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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1984 en la Revista de Folklore número 41.

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La palabra leyenda, con el sentido que actualmente le aplicamos, procede de la necesidad de encuadrar dentro de un concepto todos aquellos relatos que, por una serie de características especiales, se distinguen de los cuentos o los mitos. Parece que, en cualquier caso, no está muy definida la distinción entre algunos puntos de estos tipos de narraciones; tal vez el elemento diferenciador más claro resida en la propia etimología del término: Leyenda sería el relato escrito que se ha de leer y en el que, por la misma naturaleza de sus caracteres fijados e inmutables, no existiría olvido o transformación en los datos referentes a la historia contada. El cuento, sin embargo, basaría su transmisión en la tradición oral y su propio medio de entrega haría difícil la conservación de fechas y nombres concretos; quedaría de este modo difuso el hecho histórico o mítico que dio origen a la creación de lo narrado. Sin embargo, no conviene olvidar que la leyenda puede entrar a formar parte también de los elementos culturales comunicados oralmente, con lo que, no sólo resulta incompleta la afirmación anterior, sino que se diversifica, al existir ya dos vías a través de las cuales circula el relato. Una leyenda escrita respetará hechos y personajes tomados de un suceso histórico (plasmado al cabo de cierto tiempo por un escritor) y elegidos con el ánimo de ensalzar o rechazar comportamientos arquetípicos. La leyenda oral hará lo mismo, pero añadirá nuevos elementos (extraídos a veces de interpretaciones a posteriori del propio hecho) en los que ya no cabe exigir una fidelidad ni al argumento ni al carácter de los protagonistas que en él intervienen.

En ambos casos, desde luego, las leyendas se aceptan como una parte de nuestra cultura, ya porque respondan a verdades o dogmas que no deseamos cuestionar, ya porque conozcamos -o creamos conocer- el origen geográfico o histórico del suceso. Cualquier habitante de Olmedo o Medina sabe que, entre unos árboles de la Senovilla murió el caballero de Olmedo a manos de sus enemigos,. pero tal creencia no estaba en el relato original y se basa en una aportación literaria posterior y en el hecho de que, conociendo el lugar, se deduce que puede ser propicio para emboscadas.

La evolución y desarrollo de las leyendas entra, pues, en el terreno difícil y apasionante del folklore con pleno derecho, aportando normas y esquemas de comportamiento, útiles para mejor comprender el proceso y andadura del patrimonio cultural.