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Los antiguos aguadores madrileños

PERIS BARRIO, Alejandro

Publicado en el año 2012 en la Revista de Folklore número 362.

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El crecimiento continuo de la villa de Madrid desde que en 1561 Felipe II decidió elegirla como capital del Reino creó, entre otros, el grave problema del abastecimiento de agua potable.

Durante muchos años y hasta que en 1858 se inauguró la traída de aguas del río Lozoya a través del Canal de Isabel II, se empleó el sistema de los “viajes de agua”, galerías subterráneas de ladrillo que conducían el agua por unas cañerías cerámicas desde unos pozos hasta las fuentes públicas madrileñas.El más importante de “los viajes” era el del Bajo Abroñigal que nacía en Canillejas y llegó a tener un caudal de 300 reales a principios del siglo xix (1).

El del Alto Abroñigal nacía en Canillas e iba paralelo al anterior. El “viaje” de la Alcubilla comenzaba en Fuencarral, el de Amaniel venía desde los altos de la Dehesa de la Villa y el de Castellana captaba sus aguas en Chamartín y Hortaleza.

Había también las aportaciones de las fuentes del Berro, San Bernardino y de la montaña del Príncipe Pío.

En 1822 había en Madrid 28 fuentes públicas. Diez años después eran ya 33, sin contar las monumentales. Más tarde, en el último tercio de siglo, se instalaron fuentes sencillas de hierro o bronce de las que algunas se conservan.

El cometido de los antiguos aguadores madrileños era llevar el agua en cubas o cántaros desde las fuentes a los domicilios de los vecinos que se la pedían pagándoles por ello una cantidad. Las familias más pudientes como los nobles, eclesiásticos, etc. tenían sus propias fuentes en los patios de sus casas. Los más necesitados se surtían de agua por sí mismos.

Los aguadores realizaban un servicio público que estaba reglamentado. Para poder desempeñar ese oficio se necesitaba una licencia que concedían los corregidores de la villa o bien los alcaldes constitucionales en el período de 1820 a 1823.

La licencia se les facilitaba a los aguadores para poder trabajar por sí mismos en una fuente determinada y no podían ausentarse de la corte sin permiso de la autoridad, ni ceder, enajenar, ni traspasar sus plazas. Estaban obligados además a acudir con una cuba de agua al lugar de la capital donde se hubiera producido un incendio. Si no cumplían esta última obligación eran multados con diez ducados la primera vez y se les quitaba la licencia la segunda.

Para obtener la licencia tenían que pagar una cantidad que a mediados del siglo xix era de 50 reales y 20 al renovarla anualmente. Durante el Trienio Constitucional del reinado de Fernando VII los alcaldes madrileños daban la licencia de forma gratuita.

Cada aguador tenía que llevar en el ojal de su chaqueta o chaleco una placa de latón con su número, su nombre y el de la fuente asignada.

Durante algún tiempo estuvieron obligados los aguadores a llevar un farol encendido a partir de media hora después de anochecer para poder ser identificados. El 4 de noviembre de 1809 protestaron los de la fuente de la Puerta del Sol diciendo que les resultaba costoso e incómodo llevar la luz, y que además todos eran conocidos y pacíficos y “que no se habían mezclado en asuntos distintos de su trabajo…” (2).

Sin duda el obligarles a llevar luz fue debido a la situación política de esa época en la que Madrid estaba ocupado por los franceses. Después no debieron de llevar nunca luz los aguadores.

El número de éstos varió según las necesidades: en 1831 eran 748 pero se suprimieron 12 plazas, en 1832 había 771, en 1835 había 794 aguadores, en 1853 era ya 1.145 y hubo un proyecto de aumentar ese número a 2.000.

En cada fuente había uno o varios aguadores llamados representantes y después cabezaleros, que eran los responsables del orden en ella. Eran elegidos por sus compañeros y no percibían sueldo alguno por desempeñar ese cargo que duraba dos años.

La fuente que más aguadores tenía siempre asignados fue la de Puerta Cerrada, que recibía el agua del “viaje” del Bajo Abroñigal. Otras fuentes importantes por el número de aguadores fueron las de la Puerta del Sol, Plaza de la Villa, Puerta de Moros, etc.

En 1822 las fuentes principales tenían estos aguadores:

Puerta Cerrada: 142

Puerta del Sol: 88

Plaza de la Villa: 55

Puerta de Moros: 53

San Juan: 36

Cibeles: 34

En cambio en el mismo año la fuente de la calle Valverde sólo tenía 6 aguadores y las de Embajadores y Capellanes 5 cada una.

Había unas normas que tenían forzosamente que cumplir los aguadores al llenar en las fuentes según tuvieran éstas uno, dos, tres o cuatro caños. En las fuentes de un solo caño tenían preferencia los vecinos; en las de dos, uno era para los aguadores y otro para los vecinos; en las de tres, dos correspondían a los aguadores y el otro para los vecinos y en las fuentes de cuatro caños dos eran para los aguadores de cubas, otro para los de cántaros y el restante para los vecinos.

Los aguadores tenían que ser hombres fuertes para poder desempeñar su trabajo que estaba considerado como muy penoso, ya que no sólo tenían que subir sus cubas o cántaros a los pisos de sus clientes, sino que tenían que acudir con su cuba llena de agua y colaborar en la extinción de los incendios, muy frecuentes en Madrid en siglos pasados. En un escrito de 1834 uno de los aguadores de la fuente de Puerta Cerrada dirigiéndose al corregidor le recordaba “los costosos y peligrosos trabajos que tenían que prestar en los continuos incendios que ocurrían en Madrid”.

Debido a esto sólo trabajaban como aguadores un período de tiempo, generalmente tres años, y después descansaban en sus pueblos dos o tres para volver de nuevo a la capital a transportar agua. El trabajo que realizaban en sus poblaciones en las tareas agrícolas o ganaderas debía de ser para ellos un descanso comparado con el oficio de aguador.

Hubo excepcionalmente alguna mujer aguadora. Una de ellas fue Ana Muñoz, viuda de 62 años, que con una licencia concedida por el alcalde de barrio, se dedicaba en 1828 a llevar agua con un cántaro que llenaba en la fuente del Ave María.

La mayor parte de los aguadores que trabajaban en Madrid eran asturianos muchos de ellos de Tineo, Cabranes, Piloña, Salas y Pravia.

También se dedicaron al oficio de aguador en la capital bastantes gallegos principalmente de Lanzada, Vimianzo, etc.

En 1815 de los 100 aguadores de la fuente de Puerta Cerrada 72 eran asturianos y 25 gallegos. Ese mismo año los 51 de la fuente de la Puerta del Sol eran asturianos. De los 771 aguadores que había en 1822 en todas las fuentes madrileñas, 682 eran asturianos y 85 gallegos.

Fue frecuente que varios miembros de una misma familia se trasladaran a Madrid para trabajar como aguadores.Entre ellos destacaron los de una extensa familia asturiana naturales de Cabranes apellidados del Corripio.

Generalmente los aguadores llegaban a Madrid sin sus familias y solían vivir cerca de la fuente en la que llenaban, en las llamadas “casas de aguadores”. Algunas de ellas estuvieron situadas en estas calles madrileñas: Caños del Peral, Conde Duque, Hortaleza (casa de las Recogidas), Nuncio (casa de los Linajes), Costanilla de Santiago, Remedios, Tentetieso (hoy Doctor Letamendi), del Soldado (hoy Barbieri), etc.

En esas casas casi siempre vivían demasiados aguadores hacinados en reducidos cuartos con sus pocas pertenencias: cama, jergón, arca, cubas y cántaros.

El periódico Las Novedades publicó el 2 de julio de 1853 un artículo titulado “La Madriguera” denunciando las condiciones en las que vivían tantos aguadores hacinados en estrechas habitaciones en la calle del Soldado número 15 (3).

En esas casas, a pesar de que estaba prohibido, se jugaba a las cartas por lo que eran continuas las peleas. La noche del 17 de junio de 1825 los aguadores de la fuente de Relatores estuvieron jugando al monte, hubo una pelea y resultó herido gravemente uno de ellos (4).

A los aguadores no se les permitía “ceder, enajenar y traspasar” sus plazas, y eso se les recordaba periódicamente en los edictos que se publicaban. Sin embargo ellos las consideraban como un bien propio del que podían disponer libremente y por lo tanto las dejaban en herencia, las vendían, etc.

A principios del siglo xix un aguador de la fuente de la Puerta del Sol repartió al morir su plaza entre sus dos hijos. Uno de ellos arrendó su parte por 8 duros al año y el otro vendió la suya por 180 reales y 9 cabezas de ganado lanar (5).

Se vendían las plazas a precios que estaban de acuerdo con la situación más o menos céntrica de la fuente, con el número de clientes que tenía el vendedor y por lo tanto con las ganancias que se podían obtener.

En 1808 Nicolás Rodrigo pagó por una plaza de aguador de la fuente de Santa Isabel más la cama, el arca y el cántaro del vendedor, 700 reales.

Otra plaza de la fuente de la Puerta del Sol se vendió en 1823 por 4.327 reales. En 1824 se pagaron por seis plazas de aguador de la fuente de la calle Ave María de 16 a 20 onzas (cada onza valía 320 reales). En 1832 por media plaza de la fuente de Relatores se pagaron 3.520 reales.

Había plazas compartidas entre dos aguadores que trabajaban por temporadas en el oficio. Dos aguadores de la fuente del cuartel de Guardia de Corps, Francisco García y Manuel García, naturales de Sietes (Asturias) tenían la plaza compartida. Uno trabajaba 15 meses sirviendo agua y después entregaba al otro la chapa además del jergón, tablado de cama, media manta vieja, una almohada, un cofre, etc. Al cabo de otro período igual de tiempo se relevaban.

A veces una plaza pertenecia a tres aguadores que iban relevándose uno al otro.Este era el caso de tres hermanos, Juan, Pedro y Andrés de los Corrales, naturales de Cabranes, quienes tenían licencia de las autoridades para ejercer el oficio de aguador de forma alternativa “como tenían de costumbre los de su clase, en las temporadas que van a su país por no poder resistir un trabajo tan pesado continuamente…” (6).

Hubo incluso personas que negociaron con las plazas de aguador comprándolas y vendiéndolas. Algunos porteros de casas particulares próximas a las fuentes estuvieron considerados como verdaderos traficantes de ellas. Uno de esos porteros, Rafael Oñate, vendió una plaza de la fuente de los Galápagos, en la calle de Hortaleza, que a él le había costado dos onzas, a su hermano. Después vendió otras dos de la fuente de la calle Valverde, una de ellas en 3.000 reales. Había conseguido el portero con engaños que las autoridades le adjudicaran algunas plazas ya que él era inútil para desempeñar el oficio de aguador (7).

No era difícil que algunos individuos consiguieran engañar a las autoridades que se apiadaban de su fingida pobreza. Miguel de Lastra, asturiano de 46 años, pidió en junio de 1819 que se le concediera una licencia de aguador de la fuente de Santa Cruz, alegando que había tenido que abandonar su tierra y venirse a Madrid para con ese trabajo sostener a su familia. Después de concedida se comprobó que había traspasado su plaza y había hecho lo mismo con otras dos que tuvo en la fuente de Puerta Cerrada (8).

Cuando un aguador necesitaba descansar porque llevaba varios años trabajando en Madrid, pedía licencia para irse a su tierra y presentaba al que iba a sustituirle. Los restantes aguadores de la fuente informaban previamente sobre la conducta moral y política del suplente, sobre su suficiente robustez para desempeñar el oficio y que no había hecho trato, traspaso ni enajenación de la plaza. A esto se llamaban endosos y también se concedían cuando el aguador titular de la plaza se ausentaba por asuntos propios.

Lógicamente las ventas se hacían en secreto y si se conocían era porque el comprador no pagaba el total o parte del precio convenido y el vendedor tenía que denunciarle en los tribunales de justicia.

Andrés Lagar vendió en 1821 una plaza de la fuente de Santo Domingo por 7 onzas pero sólo le pagó el comprador 5 y media por lo que aquél le denunció. El hecho llegó al conocimiento del alcalde constitucional, conde de Goyeneche, quien les quitó la licencia porque estaba prohibido venderlas(9).

En 1836 dos individuos pidieron dinero prestado a Francisco García, criado del conde de Puñonrostro, para comprar sendas plazas de aguador de la fuente de la Plaza de la Villa. Como le dejaron a deber uno 6.240 reales y el otro 3.200, les denunció en el Juzgado de Primera Instancia (10).

Las cantidades tan importantes que se pagaban por una plaza de aguador nos hace suponer, porque apenas tenemos datos sobre esto, que las ganancia serían también considerables. Sabemos que a uno que sustituyó a un aguador enfermo en 1821 le pagaron 8 reales diarios. Bastantes serenos y faroleros madrileños que ganaban 6 reales al día solicitaban licencias de aguador para ganar más. En 1850 ganaban los aguadores unos 11 reales diarios.

Las fuentes públicas madrileñas fueron los más importantes mentideros. Allí llegaban todas las noticias, se comentaban, se exageraban, se criticaba y se difamaba.

Fueron también lugares de frecuentes disputas y peleas entre aguadores y vecinos, entre aguadores entre sí y también entre éstos y los soldados de los numerosos cuarteles que entonces había en Madrid.

Los enfrentamientos eran más frecuentes en los meses de verano que era cuando más agua se consumía y también cuando más escaseaba en las fuentes, sobre todo en las últimas de cada “viaje”. Para llenar cada una de las bañeras de los domicilios se necesitaban de 8 a 10 cubas de agua.

A menudo los aguadores llenaban sus vasijas en los caños destinados a los particulares que, lógicamente, se oponían.

Hubo entre los aguadores individuos tan desaprensivos que llenaban sus cubas o cántaros en los pilones donde bebían las bestias y servían ese agua a sus clientes. Para evitar esa y otras muchas irregularidades llegaron a nombrarse en algunas fuentes llenadores.

En 1825 los aguadores de la fuente de Santa Cruz pidieron a las autoridades que se expulsara a un compañero, Domingo Fernández, por su mala conducta. En 1851 se hizo lo mismo con Manuel Rodino de la fuente del Cerrillo del Rastro, porque era borracho y pendenciero.

En 1818 tres aguadores madrileños que servían a sus clientes utilizando criados porque fingían estar enfermos, fueron acometidos por sus compañeros asturianos que decían que el agua tenían que transportarla por sí mismos. Los madrileños dijeron sentirse “atacados por todo el Principado de Asturias” (11).

Pasado el Trienio Constitucional se concedieron licencias nuevas a los aguadores. Éstos no dejaban llenar en las fuentes a los que las tenían de aquel período “por ser afectos al gobierno anterior”. Los nombramientos de la época constitucional los consideraban nulos “por ser del gobierno ilegítimo”.

Estos enfrentamientos políticos entre los aguadores realistas (blancos) y liberales (negros) fueron entonces muy frecuentes.

Más graves y de peores consecuencias fueron las peleas que en las fuentes próximas a los cuarteles de Guardias Españolas, de Inválidos, de Guardias Valonas, de Aranda, de Santa Isabel, de San Francisco, etc. sostuvieron los vecinos y sobre todo los aguadores con los soldados.

Los cuarteles solían tener fuentes propias pero a veces su caudal era escaso, el agua les parecía de peor calidad, etc. y los soldados se apropiaban de las fuentes próximas para llenar sus numerosas vasijas y a veces incluso fregaban sus marmitas en los pilones donde tenían que beber las bestias.

Las fuentes de Santo Domingo, Capellanes, San Fernando, Puerta de Moros, de los Mostenses (llamada popularmente del Piojo), Matalobos, de la Cebada, de los Galápagos, Santa Isabel y de los Afligidos, sobre todo, estaban siempre ocupadas por soldados.

El 6 de abril de 1808 hubo un fuerte enfrentamiento entre soldados españoles, aguadores y un grupo de vecinos contra la tropa francesa en la fuente de Matalobos (12).

En esa época también los soldados franceses acampados en Chamartín tomaron para ellos uno de los ramales del “viaje” de la Alcubilla, lo que ocasionó un problema para muchos madrileños.

En la fuente de la Cebada en 1818 además de muchos soldados que llenaban sus cántaros en los caños, bebían 500 caballos del Regimiento de Sagunto en su pilón. Era una fuente de poco caudal por ser la última del “viaje” del Alto Abroñigal y era muy utilizada por muchos arrieros y carreteros que se hospedaban en las posadas que entonces había en la calle de Toledo.

En la fuente de los Galápagos en uno de estos enfrentamientos tan frecuentes por el agua, unos aguadores mataron a un soldado en 1818.

El 18 de agosto de 1821 un militar llenó de forma provocadora varias veces un botijo en el caño destinado a los aguadores de la fuente de Santa Isabel y uno de ellos enfadado le rompió el recipiente. Le llevaron al cuartel de las Reales Guardias de Infantería y el aguador, al exigirle un sargento que pagase el botijo que había roto, le golpeó produciéndole varias heridas (13).

Seguramente la fuente de los Afligidos fue la más concurrida de soldados de todas las de Madrid. Llegaron a llenar en ella 14 compañías de soldados en el primer tercio del siglo xix y no se podía aumentar su caudal por ser la última de su “viaje”. Eso explica las quejas de los aguadores y de los vecinos del barrio que protestaban porque llegaban las once de la mañana y aún no habían podido “arrimar los pucheros”, es decir no habían puesto a cocer sus legumbres por falta de agua.

Llegaron a ser tantos y a veces tan violentos los enfrentamientos con los soldados, que surgieron problemas entre las autoridades políticas y las militares.

Hubo épocas en las que los aguadores incumplían totalmente las normas existentes, vendiendo sus plazas con total descaro, marchándose a sus pueblos sin permiso e incluso algunos de ellos dejando de cumplir la obligación de acudir con el agua en los incendios.

En 1832 para corregir todo esto las autoridades madrileñas acordaron dividir las 33 fuentes que entonces había, en cuatro departamentos nombrando para cada uno un alguacil de fuentes.

Siempre se opusieron los aguadores a que se aumentara la concesión de licencias porque eso iba en perjuicio de sus intereses económicos. El 3 de enero de 1846 por esa y por otras razones empezaron una huelga orginando con ello un grave problema a los madrileños. El Ayuntamiento tuvo que dedicar todos los carros disponibles a transportar y distribuir agua de forma gratuita a los vecinos. Los funcionarios de la Administración Municipal se encargaron también de llevar agua a las casas. A las personas que quisieron participar en suministrar agua se les pagaron 6 reales diarios (14).

En 1853 el oficial encargado del Negociado de Aguadores presentó al corregidor de Madrid un proyecto para intentar una vez más acabar con la anarquía existente entre los de ese oficio, para los que decía “no había más ley que su capricho, ni más autoridad que su voluntad propia”.

Estableció el oficial como requisitos para admitir a un aguador ser español, hijo legítimo de legítimo matrimonio, tener 18 años cumplidos y ser de buena conducta moral.

Se permitían los endosos de las plazas con el permiso del corregidor y pagando ambos, endosante y cesionario, 60 reales cada uno.

Se prohibía el hacer pagar a los aguadores nuevos la patente o convidada de costumbre a sus compañeros a base de vino, queso, etc. que les costaba a aquellos de 400 a 500 reales.

Propuso también el oficial que se aumentase el número de aguadores de los 1.145 que había entonces, a 2.000.

En las fuentes de menos de 20 aguadores debería haber un cabezalero, en las de 20 a 30 dos, en las de 30 a 50 tres, en las de 50 a 80 cuatro y en las de 80 a 110 aguadores 5. En las fuentes como la de Puerta Cerrada que pasaba de ese número, habría un cabezalero más por cada 20 plazas.

Los cabezaleros pasarían revista a los aguadores todas las mañanas a primera hora, para ver si se presentaban limpios y con las uñas y el pelo bien cortados.

Se prohibiría también a los aguadores la mala costumbre que tenían de sentarse sobre las cubas.

Por último propuso el oficial encargado que para evitar el mal aspecto “sucio y andrajoso” que muchos de los aguadores presentaban, sería conveniente que fueran vestidos con uniforme para invierno y para verano (15).

No sabemos cuántas de estas propuestas se harían realidad.

Unos años después con la conducción de agua a las viviendas terminó el tradicional oficio de los aguadores de cuba y cántaro.



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NOTAS

1 Un real de agua era una medida de aforo que correspondía al líquido que corría por un caño cuyo diámetro era igual a una moneda de real de plata.

2 Archivo de Villa de Madrid. Corregimiento 1-71-50.

3 A.V.M. Corregimiento 2-55-11.

4 A.V.M. Secretaría 44-327-24.

5 A.V.M. Secretaría 44-327-23.

6 A.V.M. Secretaría 44-327-6.

7 A.V.M. Corregimiento 2-82-3.

8 A.V.M. Corregimiento 1-49-76.

9 A.V.M. Secretaría 44-327-34.

10 A.V.M. Corregimiento 1-120-22.

11 A.V.M. Corregimiento 1-53-22.

12 A.V.M. Secretaría 44-327-17.

13 A.V.M. Corregimiento 1-156-30.

14 A.V.M. Corregimiento 2-288-24.

15 A.V.M. Corregimiento 2-57-25.