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Apariciones marianas en Extremadura (III)

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2012 en la Revista de Folklore número 363.

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Al principio de este trabajo -Revista nº 357- indiqué de pasada que el hallazgo de algunas imágenes marianas estuvo relacionado directamente con toros -caso de la mayoría de las Vírgenes Negras- o con bueyes. Así, el toro, símbolo solar fecundador por excelencia y arquetipo de la potencia viril en las religiones mistéricas, se bastaba por sí mismo para encontrar y extraer de la tierra la imagen religiosa, símil de lo femenino, a la que fecunda como dios Sol que era. El buey, toro castrado, en cambio, necesitaba agenciarse de una alegoría fálica, la reja del arado, el hierro que al penetrar en la tierra abría los surcos que habían de recoger la simiente que, al fructificar, se convertiría en nueva vida. Además, en este caso, no es el agricultor quien guía a los bueyes, sino que son éstos los encargados de tutelar a aquél para que se produzca el descubrimiento.

Volviendo al toro, puede decirse que no iríamos demasiado lejos si reconocemos en el sacrificio del toro en la antigüedad el sacrificio de un dios que se entrega por el hombre, en el sentido que tienen los mitos fundadores de la agricultura y de la recuperación de la naturaleza ‘invernal’ o yerma, cerrada, del paleolítico; de un dios que no obstante ser trascendente, se mete en la tierra para fecundar y producir el alimento físico y espiritual necesario para el hombre ya desde el Neolítico. Así, en el mito de Osiris, el dios, que descendió del cielo para adoctrinar a los egipcios en el cultivo de la tierra, es muerto y enterrado como simiente y resucita como grano de trigo, de cebada o como fruto de la vid.

Sin embargo, esta transcendencia espiritual osiríaca; la comunión con el dios que los seguidores cretenses de Dionisos conseguían despedazando un toro con sus propios dientes para comer su carne y beber su sangre, a sabiendas de que estaban ingiriendo a su propio dios, y por tanto, divinizándose; el derramamiento de la sangre de un toro en el taurobolio mithraico para revitalizar al mundo y al hombre, un nuevo nacimiento por el bautismo con la sangre… nada de eso parece desprenderse de las leyendas marianas relacionadas con toros o bueyes que corrieron por Extremadura en tiempos pretéritos. En todas ellas, y por el tiempo en que se surgieron, se aprecia el deseo de cristianizar, de lograr la unidad religiosa en unas tierras donde cristianos, mudéjares y judíos convivían en un inestable equilibrio. Otra cosa debió de ser el primitivo culto a las Isis, a las Vírgenes Negras, que los templarios y cistercienses dedicaron a estas herederas de la Madre Tierra, las Venus del Neolítico…

Una relación toro–agua–imagen mariana la tenemos en Nuestra Señora del Puerto, patrona de Ahigal. Según cuenta una piadosa leyenda, el hijo del vaquero acude, como cada día, a la Dehesa de Valverde, en el término de la localidad. El zagal viene observando el extraño comportamiento de unos toros que se suben a unos peñascales que hay junto al arroyo Palomero. Movido por la curiosidad y la persistencia de los animales en tan extraño proceder, decide aproximarse y ver de cerca qué les impulsa a obrar de ese modo. Una vez en lo alto de aquellos canchales se produce la aparición: la Virgen le comunica que bajo sus pies se halla su imagen, junto con peculio suficiente para erigirle una ermita en el mismo lugar.

Nuestra Señora de los Santos es una imagen gótica de la segunda mitad del siglo xiv -con añadido posterior de cabeza y manos- que se venera en Aldeacentenera, en la ermita de otra advocación mariana: Nuestra Señora de la Roca, un edificio moderno que sustituye a una fábrica anterior. Una leyenda local dice que la Virgen se aparecía de forma reiterada a un vaquerillo del Marqués de Riscal en el cerro del Bote para pedirle que le erigiesen un lugar de culto. “Para que no quedaran dudas de la veracidad del milagro, la Virgen de los Santos mostró su poder al aprisionar en la hendidura de una roca, que aún enseñan los devotos, las pezuñas de un toro encabritado que perseguía al joven pastor” (Pueblos y paisajes… p. 198-I).

Otra versión habla de unos espinos que florecieron en pleno invierno. Sorprendido el vaquerillo por tan insólito suceso se acercó al lugar para descubrir que aquéllos

envolvían a una imagen de la Virgen, que le habló para pedirle que se le erigiese allí un templo donde ser venerada. Corrió el zagal al pueblo y contó el prodigio. Los vecinos acogieron con gozo y júbilo la noticia y se dispusieron a cumplir el divino encargo. Mas cuando se dirigían al lugar para iniciar la obra, uno toro bravo escapó de la vacada y embistió contra el muchacho, que a duras penas logró encaramarse en lo alto de un peñascal perseguido por el astado. Pero, ¡oh providencia divina!, una de las patas del animal quedó aprisionada en la hendedura de una roca -o clavada en ella- inmovilizándolo y permitiendo que el vaquerillo se pusiera a salvo. Y dicen, como en la versión anterior, que aún puede verse la marca de la pezuña en la roca…

Mas si ambas versiones la contrastamos con lo dicho más arriba, puede emitirse una tercera versión, más acorde con las apariciones donde intervienen animales: que en este caso concreto de Aldeacentenera el toro no interviene directamente en el descubrimiento, sino que al embestir al vaquerillo lo dirige hacia las rocas, propiciando así que éste realice el hallazgo.

Almendralejo no tiene una, sino dos versiones sobre el hallazgo de Nuestra Señora de la Piedad. La primera hace referencia a unos campesinos que mientras cavaban con sus azadas en las proximidades de donde hoy se levanta la ermita, oyeron una voz quejumbrosa que salía de la tierra, implorando piedad. Impresionados por lo que consideraban un fenómeno inexplicable, removieron la tierra, poniendo al descubierto una imagen femenina que uno de los campesinos se llevó a casa. Pero la imagen desapareció durante la noche para retornar al lugar donde había sido encontrada, siguiendo así la pauta de otras apariciones marianas.

La segunda versión de la leyenda se vincula directamente con bóvidos. Ahora es la reja de un arado tirado por bueyes la que se engancha a la imagen y la arrastra, para que, como en el caso anterior, la talla grite angustiada demandando piedad. Este suceso aconteció allá por el siglo xvi, cuando unos campesinos roturaban la zona que ocupa el actual santuario mariano. Hay quien asegura que en ese lugar hubo restos de un templo romano anterior.

El descubrimiento de Nuestra Señora de Cabezón, patrona de Cañaveral, y la adjudicación a una localidad u otra fue motivo de polémica de este pueblo con el vecino de Holguera. Polémica que se dará igualmente entre Gargüera y Tejeda de Tiétar respecto a la Virgen de la Torre.

En Holguera cuentan que un vaquero de esta localidad cuidaba en la dehesa de Cabezón, aledaña al Puerto de los Castaños, término municipal de Cañaveral, donde se cree que alrededor del siglo xiii existieron restos templarios, la vacada de un vecino cañaveraliego. Dicho vaquero, como en otros casos parecidos, se sintió sorprendido por la tendencia de uno de los toros a abandonar cada tarde la manada y dirigirse a un lugar determinado, cubierto de maleza y próximo a un arroyo de aguas que hoy se tienen por salutíferas. Una vez en el lugar su pasmo fue mayúsculo, pues entre las breñas aparecía una imagen que no dudó en identificar como la Virgen. Eufórico, el gañan cargó con la efigie y se dirigió a Holguera con la esperanza de que fuese aceptada y venerada por sus convecinos. Sin embargo, los lugareños de Cañaveral no aceptaron esa opción y reclamaron la imagen alegando que había sido encontrada en su término municipal y en una fincha propiedad de un vecino de la localidad. La polémica estaba servida y parecía no tener fin. Hasta que las autoridades de uno y otro lugar propusieron que fuese la misma Virgen quien dirimiera la porfía, así que pidieron al vaquero autor del hallazgo que se dirigiese a la Virgen y le designara dónde quería quedarse definitivamente. Así se hizo y la imagen señaló la lima que llevaba en su mano. La decisión estaba clara. La Virgen se decidía por Cañaveral que en aquellos tiempos era conocida como Cañaveral de las Limas (1).

Sobre Nuestra Señora de la Soledad o de la Dolorosa cuentan en Casatejada que pocos años después de ser fundado el lugar como Aldea Chamiza, llegó una carreta tirada por bueyes camino de Plasencia. Transportaba una imagen de la Virgen que cierta familia placentina había adquirido en tierras toledanas. Pero al llegar a la aldea -según una versión- los bueyes se detuvieron y por más que los obligaron, no consiguieron que se moviesen un ápice del sitio, circunstancia aceptada por los lugareños como señal inequívoca de que la Virgen quería ser honrada allí. Entre cantos y vítores la transportaron hasta el templo parroquial, más la imagen volvió -según dicen- por su propio pie hasta donde se detuvo el carro, motivo por el cual fue calificada de Andariega. De ahí que se erigiese la ermita en aquel sitio.

Una segunda versión cuenta que en el momento de pasar por el lugar cayó una tromba de agua tan grande que la carreta quedó atollada, siendo imposible continuar la marcha, pues el camino era un completo pantano de agua y lodo. Aunque el tiempo cambió al cabo de los días y el terreno quedó seco, por más esfuerzos que se hicieron fue imposible que los bueyes arrancasen. Suceso que fue interpretado como en el caso anterior.

A esta Virgen se le atribuyen al menos dos milagros, relacionados con lluvias y tormentas. El primero habla de una niña que se perdió en el monte, donde fue sorprendida por una fuerte tempestad de viento y lluvia. Asustada, se cobijó bajo una frondosa encina donde milagrosamente una misteriosa señora la cobijó con su manto, a la vez que la tranquilizaba diciéndole que no iba a pasarle nada. Mientras, los padres de la pequeña, al ver que no regresaba, habían reunido a familiares y vecinos para echarse al monte en su busca. Mas como la tormenta arreciaba y la oscuridad resultaba infranqueable, les fue imposible continuar, de ahí que, angustiados, debieran cejar en su empeño. La búsqueda prosiguió al día siguiente hasta que hallaron a la criatura junto a la encina, suceso que padres y familiares tuvieron como inexplicable, pues la noche anterior habían pasado por aquel lugar varias veces. Y, ¡oh maravilla!, la niña estaba completamente seca, de ahí que al preguntarle su madre por tan anómala circunstancia, ella contase cómo una hermosa mujer la había protegido con su manto durante toda la noche. Una vez en el pueblo, madre e hija decidieron acudir a la iglesia para dar gracias a Dios por tan feliz desenlace. Fue entonces cuando la pequeña fijó su mirada en la imagen de la Soledad y no le cupo la menor duda: ella era la mujer que durante la tormenta cubrió con su manto. Intrigada la madre por cuanto su hija decía, tocó el manto de la Virgen: estaba completamente empapado de agua.

El segundo suceso cuenta que cierto día, cuando el sacristán encargado de cuidar la ermita acudió a ella para adecentarla, se sorprendió al ver que la imagen no estaba ni en su altar ni en ninguna otra dependencia del santuario. Corrió muy preocupado al pueblo y dio cuenta de la desaparición tanto al párroco como a las autoridades locales, que volvieron con el rapavelas para confirmar lo sucedido. Mas su asombro fue grande cuando vieron que la imagen estaba de nuevo en el lugar acostumbrado, aunque, eso sí, completamente empapada de lluvia. Tan extraña contingencia fue motivo de mil comentarios en la aldea y nadie parecía encontrar respuesta a suceso tan inexplicable hasta que, tiempo después, aparecieron por el lugar unos marineros naturales de Casatejada que venían para agradecer a su patrona que durante una tempestad en alta mar les hubiese arropado con su manto, acompañándoles felizmente a tierra firme. Hechas las indagaciones oportunas pudo comprobarse que este suceso coincidía con la fecha en que la imagen desapareció de su ermita. De ahí que se la moteje de Andariega, según se recoge en una copla local:

Un sacristán a la Virgen

Andariega la ha llamado,

porque fue a lejanas tierras

para obrar un gran milagro.

Esta leyenda guarda paralelismo con otra que circula en Cilleros en relación con su patrona, la Virgen de Navelonga. Según cuenta, la nave que transportaba a unos cilleranos -no se especifica número, aunque normalmente se cree que eran dos- hacia las recién descubiertas tierras americanas, atraídos por las quimeras que corrían sobre aquellas latitudes, sufrió los embates de una terrible tempestad que desarboló y hundió el navío. Los cilleranos lograron asirse a un madero que les sirvió de sostén para llegar sanos y salvos a la costa, guiados por la silueta de una figura celestial que ellos identificaron con la Virgen María. De regreso a Cilleros -tampoco se sabe si a raíz del naufragio o años después como indianos más o menos ricos- erigieron a sus expensas una capilla o ermita bajo la advocación de Navelonga -Nave longa=nave larga-, de ahí que la imagen sea sacada en procesión en unas andas sobre las cuales va un estrado en forma de nave..

Aunque tal vez no se tratase de dos o más náufragos, sino de uno, que regresaba de América. Y alcanza que pueda aplicársele hasta nombre y apellidos. No quiero decir con ello que la leyenda sea verdadera, pero sí que en el en el Libro de Visitas del Comendador de la Orden de Alcántara, de 1619, se alude de un tal Alonso Santos Perulero, que fundó una obra pía para casar huérfanas… La noticia carecería de importancia si no fuese porque perulero, se aplicaba a los españoles que habían emigrado a América, y más concretamente a Perú, y que volvieron a España tras haber hecho fortuna. Personaje que, por qué no, pudo sufrir un naufragio y salvarse.

Otra versión, menos conocida en el pueblo es que la Virgen se apareció a un pastor… ¿Acaso plagiando la aparición de la peraliega Virgen de la Peña?

Otra historia que corre en relación con esta imagen es que cuando las tropas napoleónicas llegaron a estas tierras, precedidas de una fama de salteadores y atropelladores de vidas y haciendas, los devotos de Navelonga, ante el temor a que fuera profanada o robada, ocultaron la imagen -junto con las restantes existentes en la iglesia parroquial y las ermitas- en una finca del Cuarto de los Santos entre los términos de Moraleja y Cilleros. El lugar exacto se desconoce, de ahí que a pesar del tiempo transcurrido la imagen no haya sido devuelta a su primitivo camarín, aunque también pudo ser rapiñada por las huestes francesas u otra persona, ya que la actual imagen en candelero que se venera en la ermita no se corresponde en absoluto con la que describe el visitador de la Orden de Alcántara. Porque, sino, ¿cómo es que el resto de las imágenes volvieron a sus respectivos camarines una vez pasado el peligro francés y la de Navelonga, no?

De nuevo nos hallamos con una doble exégesis en la aparición de Nuestra Señora de la Jarrera, patrona de Mirabel. Unos dicen que la imagen fue desenterrada por un campesino cuando araba en el campo con sus bueyes. ¿O fueron éstos quienes guiaron al agricultor hacia el lugar justo donde estaba celada la efigie? Lo cierto fue que la reja se enganchó en algo duro impidiéndole seguir con su labor y que cuando al fin logró que los animales superasen el obstáculo, quedó al descubierto una vasija, en cuya asa se había enganchado. Al mirar en el interior de la jarra el campesino encontró la imagen de la Virgen, que por ello fue acogida bajo la advocación de la Jarrera, aunque hay quien dice que el apelativo no deriva de jarra, sino que es una distorsión lingüística de Herrera, nombre de la finca donde se produjo el hallazgo. Ésta es la versión más aceptada. Otra tradición relata que fue un pastor el protagonista del suceso. Un día, mientras estaba en el campo cuidando su ganado, descubrió una planta muy bella que le era desconocida y pensó llevársela a casa para replantarla. Mas para ello tenía que desplazar una gran roca. Cuando al fin consiguió su objetivo, descubrió en el hueco que el pedrusco había dejado una imagen de la Virgen con su Niño en brazos. Las autoridades decidieron edificarle una ermita en un lugar distinto al del hallazgo, más próximo a la aldea, pero, cada vez que se iniciaban las obras, desaparecían de allí las herramientas de los albañiles y aparecían junto al lugar del hallazgo, suceso que -como en otras apariciones marianas- fue interpretado como que era allí donde debían iniciar la capilla.

Otras dos versiones tratan de explicar también la aparición de Nuestra Señora de la Torre en el pueblo de Gargüera. La primera narra cómo un toro que pastaba en la dehesa de los Paniagua, en el término municipal de esta localidad verata, se alejaba a diario del resto de la manada, para seguir de modo invariable en una misma dirección. Movido por la curiosidad ante reiteración tan sorprendente, el vaquero optó por seguirle hasta un punto concreto del campo, donde se inclinaba reverentemente permaneciendo estático junto a una pequeña imagen que él mismo había desenterrado con sus pezuñas de junto a la base de una encina. Se trataba de una imagen del siglo xiii, que sostenía al Niño en su mano izquierda, mientras en la derecha presentaba una manzana o naranja, y que recibió la advocación de Nuestra Señora de la Torre por la atalaya que los Paniagua habían erigido junto a la ermita, en el prao de la ermita. Una segunda versión cuenta cómo un agricultor que roturaba aquellos parajes con una yunta de bueyes, descubrió la imagen en el lugar en que posteriormente se erigiría la capilla, donde le rindieron culto hasta principios del siglo xix, tanto los vecinos de Gargüera como los de Tejeda de Tiétar, que acudían en romería el segundo y el tercer domingo de Pascua de Resurrección, respectivamente. “La fuerte devoción hacia esta Virgen en el segundo de los pueblos, señala Domínguez Moreno, (Animales guía en Extremadura I, p. 185), se hacía patente a través de una pujante cofradía entre cuyas propiedades se contabilizaban ‘Resses Bacunas’ que pastaban por los alrededores de la ermita”. Así no es de extrañar -como añade Domínguez Moreno- que la propia Virgen, cuando el santuario comenzó a ser abandonado por los de Gargüera y a amenazar ruina, optara por trasladarse a Tejeda, desapareciendo una y otra vez de la iglesia de Gargüera, adonde los gargüereños, que se consideraban sus legítimos dueños, habían llevado para, teniéndola a buen recaudo, evitar nuevas desapariciones. Estas repetidas fugas nocturnas y apariciones mañaneras en el templo de Tejeda fueron definitivamente consideradas como un claro deseo de la Virgen de permanecer definitivamente en el templo de este último pueblo.

En Serrejón tienen como patrona a la Virgen de la Oliva, que fue encontrada en la finca de igual nombre. Mas cuando se trató de transportarla al templo parroquial los bueyes encargados de arrastrar la carreta cayeron de rodillas, haciendo inútiles cuantos esfuerzos se hicieron para moverlos. Actualmente la Virgen se encuentra en la ermita de San Antonio, pues la ermita erigida para conmemorar su aparición se halla en ruinas.

Según cuenta la conocida leyenda vinculada con Santiago, éste se apareció sobre un blanco corcel para conducir a las tropas cristianas a la victoria en la batalla de Clavijo. Esta fantasía heroica, desmitificada por historiadores serios, tiene algunos paralelismos en cuanto a revelaciones marianas en Extremadura se refiere. Ahora no es Santiago, sino la Virgen, quien de una forma u otra ayuda o estimula el ardor combativo de los beligerantes extremeños o castellanos -que lo mismo daba entonces- en sus lides con los musulmanes invasores hasta conseguir la victoria.

Así, una tradición popular de Alburquerque narra, que en un lugar cercano al santuario de su patrona, la Virgen de Carrión, conocido como Cerro de los Castillejos, donde existen aún restos de fortificaciones, tuvo lugar una batalla entre el general Carrión y los musulmanes, que fueron vencidos gracias a la intervención mariana. Como memoria de tan glorioso suceso la localidad erigió un santuario en su nombre, concediéndole a la Virgen, además, el título honorario de General, de ahí que desde entonces la imagen porte un bastón de mando y la faja de distintiva de los generales, faja que al parecer le fue impuesta el 8 de septiembre de 1961 por el laureado Teniente General don Miguel Rodrigo.

El nombre de Carrión se asociaba a D. Alonso Téllez de Meneses porque su familia era poseedora de la Villa de Carrión de los Condes de Palencia. En una biografía suya, al hablar de este período de la historia, se menciona la ayuda que la Iglesia local, en nombre de Nuestra Señora la Virgen María, prestó a los oficiales en su lucha contra los moros.

Mas, Lino Duarte (Las devociones de mi pueblo, que junto con otros datos aportados por Mariano Bejarano y Centeno -El pensamiento en un día de rogativa- y Luis Martínez Terrón -Fantasía histórico-literaria a una Virgen Campesina. Origen de la devoción a Santa María de Carrión)- que Eugenio López Cano recoge (Alminar, nº 17, pp. 24-25), refuta dicha leyenda, manifestando que “Carrión existe casi desde la fundación de Alburquerque por los siglos xii o xiii”. Además, “por aquellos años no había generales, y en el siglo xii ya estaba Badajoz unido a la corona de Castilla, y por tanto, su territorio libre de moros”. Y añade que en el siglo xiii la faja no era prenda de uniforme “ni atributo de los generales”. Sí existió allí, según cuenta más adelante, una batalla en la que los portugueses fueron derrotados por las tropas de don Alonso Sánchez, primer señor que fue de la Villa de Alburquerque. Y en efecto, tal vez hubo una batalla entre moros y cristianos ganada por éstos; que en recuerdo de aquélla, de la que queda poca memoria, se erigió en templo en honor a la Virgen, que adquirió el determinante posterior de Carrión al identificársela con el título del supuesto o real general en jefe de las tropas triunfadoras. También pudo ser que el tiempo, que no tiene memoria, unificase la batalla contra los portugueses con la posible contra los musulmanes, a quienes durante siglos se achacaron todo tipo de males y de vicios por todas estas tierras, donde el calificativo impío era el apelativo más suave… Que en el siglo xiii no hubiera generales o que en esa época la faja no fuera prenda del uniforme son simples extrapolaciones históricas dedicadas a acercar más los hechos a los tiempos modernos, donde sí había generales y sí usaban fajas y donde ya era común conceder a una Virgen o a un santo patrón el título de General o Generala, de Alcalde o Alcaldesa Mayor de tal o cual ciudad, a la vez que se le entregaba el bastón de mando o las llaves de tal ciudad o pueblo. Habría que pensar, pues, con don Lino que en este caso concreto de Alburquerque, como en otros muchos más o menos conocidos de la Comunidad extremeña, que “la leyenda y la historia se confunden”.

Más atrás, al tratar de las manifestaciones marianas sobre encinas mencioné la visión que tuvo el pagano conde Pelagio que, una vez arrepentido y converso contrajo santo matrimonio con la cristiana Leticia bajo la encina de las apariciones.

Pues bien, en Arroyo de la Luz, antes del Puerco, corre otra leyenda paralela a la anterior, que acabó por fijar tanto el determinante de su patrona como el del pueblo mismo. Se dice que junto al lugar donde hoy se levanta el santuario, en las proximidades de un pozo conocido popularmente como Matanza, en las inmediaciones del arroyo Matanzas, tenía lugar una contienda entre moros y cristianos. Como la tarde caía y se avecinaba la noche, que imposibilitaría culminar una rotunda victoria de las armas cristinas contra las agarenas, sobre una encina -denominada La Bandera-, surgió de repente una aparición virginal con dos velas encendidas, velas que dieron suficiente luz -de ahí el nombre de la Virgen- para conseguir el deseado triunfo sobre un enemigo que huyó despavorido ante tan inusual presencia.

Semejante a esta aparición es la que protagonizó la Virgen de Tentudía, patrona de la comarca de igual nombre y de las localidades de Calera de León, en cuyo término municipal se encuentra el monasterio donde se venera, y de Monesterio. Cuenta la leyenda que durante la Reconquista, al intentar cruzar los cristianos estas tierras camino de Sevilla, los reyezuelos musulmanes asentados en la Sierra de Tudía se unieron para cortarles el paso. Sobrevino el combate que poco a poco se fue poniendo a favor de las tropas cristianas. Mas, como decaía la tarde y la oscuridad se venía encima y la batalla se alargaba, don Pelayo o don Pelay Pérez Correa, Maestre de la Orden de Santiago, detuvo su caballo y pie en tierra, se dirigió de este modo a la Virgen: “¡Santa María detén tu Día!”. Y la Virgen atendiendo a su plegaria detuvo por unas horas el Sol, dando tiempo a las tropas cristianas para culminar con éxito la batalla.

La actual imagen data del siglo xviii. Se encuentra en el Monasterio de Tentudía, en el punto más elevado -1100 metros- de la provincia de Badajoz; donde don Pelay mandó erigir una ermita que conmemorara el suceso.

Al mismo maestre santiaguista le cupo el honor de recibir una segunda ayuda celestial. Según la leyenda el origen de Santa María de Nava -también llamada Hoya de Santamaría- se vincula con otra batalla de las muchas que don Pelay tuvo que lidiar contra los invasores africanos. En este caso el prodigio consistió en la entrega al caballero por parte de Nuestra Señora, La Zapatera, “de una lezna con su hilo para que reparara las riendas del caballo, que con el fragor del combate se le habían roto, impidiéndole dirigir a sus guerreros hasta la victoria” (Pueblos y Paisajes, tomo II, p. 448).

También la aparición y la ayuda de una Virgen en otra contienda, en este caso Nuestra Señora del Prado, patrona del Casar de Cáceres, motivó la construcción de un santuario a ella dedicado. Cuando mayor era el ardor combativo de ambos ejércitos, y cuando más apretaba el calor, la Virgen mantuvo frescos a los campeones cristianos llevándoles cántaros de agua desde el conocido como Pozo de la Virgen, que en aquel prado existe. Con ese alivio celestial los soldados pudieron mantener una lozanía y un frescor combativos que acabaron por desarmar al enemigo.

Nuestra Señora de la Granada, patrona de Llerena, apareció también cuando las tropas cristianas, que trataban de conquistar la ciudad, se hallaban en un momento crítico de desánimo. Ante la fuerte resistencia que los árabes oponían a los asaltantes, la entrada a la plaza resultaba cada vez más difícil. Cundió la impotencia entre las tropas santiaguistas, mas cuando iniciaban la retirada apareció ante ellos una imagen de la Virgen, que portaba en la mano una granada, como símbolo de unidad. Tal visión enardeció su espíritu combativo y, sacando fuerzas de flaqueza, arremetieron con tal ímpetu contra las murallas y sus defensores que la ciudad no tardó en rendirse.

Igual ímpetu combativo manifiesta Nuestra Señora de la Victoria, patrona de Trujillo, que se aparece a las tropas cristianas sobre las almenas del castillo, que seguía en poder musulmán, para dar ánimo a los sitiadores en su empeño de reconquistar la ciudad, empresa que consiguieron prontamente gracias al estímulo recibido de la virginal aparición. Esta imagen, que algunos consideran negra erróneamente, según me comenta José Antonio Ramos Rubio -Cronista Oficial de Trujillo- tuvo una restauración en el año 1984 y el restaurador le dio una policromía oscura en la tez. Y Ramos Rubio añade que nunca ha estado en el castillo. “Estuvo en la ermita de La Coronada, de ahí su nombre, ermita templaria desde 1274 (dintel de la ermita) hasta 1809, fecha en la que se trasladó a la parroquia de Santiago y, posteriormente, en el año 1993, se bajó a la iglesia de San Martín, donde aún está. Sí es románica y uno de los mejores ejemplos medievales románicos que quedan en la Extremadura del siglo xiii”.

Además de las leyendas marianas recogidas, agrupadas en contenidos parejos, en Extremadura perduran otras tradiciones que, salvo los casos de Pinofranqueado en Cáceres y Talavera la Real en Badajoz, no se adaptan a los parámetros de los casos hasta ahora mencionados.

Así, en la localidad hurdana de Pinofranqueado son las mulas que tiran del carro que transportaba la imagen de una Virgen, las que deciden el lugar donde ha de rendírsele culto.

Eva Martín, desde Azabal, me informa que según una antigua tradición que circula por la comarca, dicha Virgen se veneraba antaño en el hoy derruido convento franciscano dedicado a Nuestra Señora de los Ángeles, próximo a la alquería de Ovejuela, en el nacimiento del río de los Ángeles, junto a la titular de la abadía.

No consta en los archivos de la memoria hurdana ni en los registros parroquiales las circunstancias o motivaciones que indujeron a las autoridades eclesiásticas a sacar la imagen rumbo a esa ciudad importante -tal vez Coria, tal vez Plasencia…- que menciona la leyenda… Lo cierto es que cuando la carreta que la trasladaba llegó a Pinofranqueado, los mulos se detuvieron junto a una encina y no se movieron más, a pesar de los denuestos del carretero y de los golpes que les propinaban. Este hecho fue al fin interpretado como un designio divino indicativo de que la Virgen quería permanecer en aquellos lugares para seguir velando por sus habitantes. Así que se le erigió un templo donde ser venerada bajo la advocación de Nuestra Señora de la Encina, advocación con visos dendrolátricos si se tiene en cuenta el lugar donde curiosamente fueron a detenerse las mulas.

En el caso de Talavera la Real se conocen dos versiones sobre el hecho de que la Virgen de Gracia sea venerada en esta localidad badajocense. Ambas tradiciones coinciden en una cosa: en que la Virgen la llevaban a Badajoz en un carro de mulas.

Según la primera, el carretero que transportaba la imagen se detuvo en Talavera a pasar la noche y para que no quedara a la intemperie decidieron cobijarla en la iglesia parroquial. Pero al intentar reanudar la marcha al día siguiente, las mulas se negaron a seguir y si el carretero lograba que avanzasen algo a base de golpes, las mulas daban la vuela y se volvían al pueblo. La otra versión cuenta que en esta ocasión fueron las ruedas de la carreta las que se rompieron y que cada vez que trataban de reanudar el camino, las ruedas volvían a partirse. E incluso hay quien añade que hasta las mulas murieron. Sea como fuere, lo cierto es que la imagen se quedó en Talavera para convertirse en su patrona.

El convento de Ntra. Sra. de Montevirgen, de Villalba de los Barros, se sitúa a dos kilómetros y medio, junto al río Guadajira, y aunque desde muy lejanos tiempos, existía en el lugar una humilde ermita con gran devoción a esta Virgen, las primeras noticias escritas llegadas hasta nosotros, referidas a ella, se remontan al año 1515, en que un visitador de la villa de Aceuchal, de la orden de Santiago, indicaba la existencia de una ermita bajo la advocación de Santa María de Montevirgen en el Ducado de Feria.

Según leyenda, la imagen apareció sobre un pilar de piedra, e intentando llevarla a la villa de Zafra a lomos de una mula ésta reventó. Ello motivó, como en otros casos semejantes, que se abandonase la idea del traslado por creer que era designio de la Virgen permanecer en este lugar.

El padre franciscano Juan de Trinidad, relata la aparición de esta forma: “Un agricultor que pasaba por allí se extrañó de una urraca volaba hacia él y saltaba sobre las piedras gritando la palabra Montevirgen. Su curiosidad le llevó a remover aquel montón de piedras encontrando la imagen sobre un pilar que le servía de peana; y que por esta razón, los Condes, decidieron se construyera allí una ermita”. (Villalba de los Barros. Wikipedia. La enciclopedia libre. Internet).

En aquella primitiva y humilde ermita, vivieron numerosos religiosos de la orden de San Francisco, haciendo vida eremítica. Uno de estos fue fray Francisco de Almería, a cuya petición, el Papa concedió Bula de perdones para cuantos visitasen la ermita.

Acrecentándose la devoción a la Virgen, aumentaron las visitas y aunque los vecinos disponían de un fraile santero que atendía con gran devoción y esmero la ermita, eran sus deseos, como también los del Duque, que se edificase un convento en el lugar como, así se hizo.

En un retablo barroco de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, de Aldea del Obispo, se venera la Virgen del Carrascal, imagen gótica del siglo xiv, en posición sedente con el Niño en el brazo izquierdo. Según información facilitada por el Ayuntamiento probablemente fue originaria de la capilla del palacio de campo de El Carrascal, una antigua parada en el camino a Madrid en tierras de Trujillo en dirección a Torrecillas de la Tiesa y lugar donde oficiaba el párroco de esta iglesia. Aunque también cuentan que apareció dentro de un arca o urna de bronce que el ermitaño mandó fundir en Trujillo para hacer una campana que, según dicen se oía hasta Torrecilla de la Tiesa, en los propios de la ermita, que linda por el río Almonte. “Esta última cita parece sustentarse en una base histórica escribe Domínguez Moreno (Las Campanas en la provincia de Cáceres: Simbolismo de identidad y agregación, pp. 184, ya que el santuario de Santa María del Carrascal, ubicado en el hoy despoblado de Malpartida, fue parroquia que tuvo como anejos a Aldea de Trujillo, Torrecilla y Torre Aguda”. No antes de 1840, a causa del abandono e inseguridad de aquel lugar, se decidió el traslado de la imagen, lo que provocó un conflicto de intereses entre Aldea de Trujillo y Torrecilla que según recoge Domínguez Moreno se solucionó haciendo tocar las campanas parroquiales de las iglesias de ambas localidades y la que más se oyese en la ermita, se quedaría con la imagen. Sin embargo, en esta leyenda no se especifica quién encontró la imagen, ni como, ni qué prerrogativa tenía el ermitaño para disponer del arca a su antojo y ordenar la construcción de la campana, por lo que es de suponer que la información facilitada por el Ayuntamiento sea la más fiable.

La Virgen de la Encarnación, conocida también como Virgen de la Montaña, es la patrona de Cáceres. Según una tradición que se remonta al siglo xvii, la imagen la trajo a esta ciudad un ermitaño nacido en Casas de Millán. Este hombre recorría la comarca con una pequeña imagen mariana, pidiendo limosnas pues tenía como misión construir una capilla para su Virgen. Y que sería la misma imagen quien le indicaría el lugar donde debía erigírsela. Un día, mientras atravesaba la Sierra de la Mosca, próxima a la ciudad, sintió que era aquél el lugar elegido para realizar su obra. Y así, entre los años 1621 y 1626, aprovechando los peñascos de la cumbre, construyó una pequeña cabaña y colocó a la Virgen en un saliente de la roca. Éste seria el primer santuario que tendría la patrona cacereña. Fue consagrada el 25 de marzo de 1625, cuando el párroco de la iglesia de Santa María dijo allí la primera misa. Por cierto: la primera vez que esta imagen bajó a Cáceres fue el 3 de mayo de 1641. Lo hizo en rogativa por una sequía que asolaba los campos.

Claro que también se dan algunos casos de advocaciones marianas extremeñas que no se tienen como apariciones, sino como simples encuentros casuales. Así, por ejemplo, en las Casas del Castañar, un vecino de esta localidad, a comienzos del siglo xx, en un robledal de su propiedad, en el sitio conocido como Fuente del Moral, próxima a los riscos de Villavieja, donde quedan restos de un castro celta, encontró una imagen de la Virgen. Y según dicen se quedó con ella, pasando luego a sus herederos, sus actuales propietarios. .

Algo parecido acaeció en Ceclavín, sólo que en este caso, la Virgen del Olmo, imagen protogótica del siglo xiii, apareció encajada en uno de los muros de iglesia, donde debió de ser embutida cuando los ceclavineros dejaron de rendirle culto. Debe hacerse constar que el actual templo parroquial, dedicado a Santa María del Olmo, sustituyó a otro del mismo siglo, del que tal vez la imagen sería titular.

En Fuente de Cantos veneran a Santa María de la Hermosa, escultura que se conoce como La Aparecida. Se trata de una imagen gótica de principios del siglo xiv que fue encontrada por un labrador en el sitio que ocupa hoy su camarín, que al verla exclamó. ¡Qué hermosa!”. Y por ello comenzaron a venerarla con ese apelativo.

En Garciaz, pequeña localidad de la comarca de Trujillo, se venera a Nuestra Señora de la Portera, culto que pudo iniciarse hacia el siglo xiv, como consecuencia de la cristianización de un templete dedicado a una diosa o dios pagano que originariamente se construyó en un asentamiento romanizado. Así opinan Emilio y Demetrio González Núñez (1986:72), quienes añaden -citando a Francisco Fernández Serrano, Las ermitas de Garciaz, Estudios dedicados a Carlos Callejo- que la emita de Nuestra Señora de la Portera, “se trata de un pequeño recinto, que pudo ser templo romano”, o visigodo, según otros.

Cuentan en esta localidad cacereña que la Virgen, en vista de que los garcieños no acudían a su ermita a rendirle el culto debido, se inclinó por intentarlo en la iglesia parroquial. Así, una mañana de invierno, cuando el sacristán acudía a repiquetear las campanas llamando a misa, se encontró en la puerta del templo, protegida por un rucio tendido junto a ella, que supuestamente le había servido como medio de transporte, la imagen de la Virgen. Tan maravillados y sorprendidos quedaron los garcieños que decidieron volver a rendirle culto como Nuestra Señora de la Portera, por la forma en que fue encontrada en la puerta principal de la parroquia. Mas estas primeras intenciones debieron durar muy poco, pues la imagen acabó siendo arrinconada definitivamente, hasta que años después fue adquirida por un párroco de Herguijuela, donde ocupa un lugar destacado dentro de su iglesia. Lo que queda de la primitiva ermita de Garciaz, a ella dedicada, se usa hoy como establo.

La ermita de la Virgen de Valverde, patrona de Valdeobispo, tiene su ermita en la finca de Valverde -de ahí su nombre-, próxima a la calzada Vía de la Plata que atraviesa el municipio. Fue encontrada dentro de una arquita cuando se excavó en el terreno aunque no se sabe cuándo ni por quién. Así lo dice la canción:

Virgen Santa de Valverde,

donde fuiste parecida

en medio de aquellos montes

en una arquita metida.

Se trata de una imagen románica de madera policromada que representa a la Virgen en actitud sedente, con el Niño sentado sobre su pierna izquierda, bendiciendo con una mano y portando un libro o rollo en la otra. La Virgen sostiene en su mano derecha la bola del mundo.

Según el Análisis Histórico-Artístico de Valverde de Burguillos, en el apartado de la época romana y tardorromana, la ermita de Nuestra Señora del Valle, posiblemente un convento templario, si sitúa junto a los restos de un edificio romano, una gran villa, con recinto sagrado, con inclusión de un posible baptisterio y una necrópolis, que se ha fechado a partir del siglo iv. ¿Es por este motivo que, según cuenta una leyenda, recogida en una web local, la Virgen se apareció “a los romanos”? Dudoso dictamen… Aunque otros más extraños se han oído.

En Zafra, según dice la tradición, fue en el año 1428, al abrir los cimientos para la construcción del monasterio, cuando se encontró en ellos una imagen de la Virgen en blanco alabastro, con una inscripción que decía: “Santa María del Valle”. La imagen es obra del siglo xiii, pintada y dorada. Tiene el añadido posterior de una corona barroca de plata, cetro rematado por un pájaro en la mano derecha y en la izquierda al Niño Jesús. A sus pies muestra una media luna.

Por lo que respecta ala Virgen de los Remedios de Zahínos, sólo queda el recuerdo de que su imagen aparecía reflejada en las bellotas de la encina donde se manifestó. No hay nada más.

Por último, en Oliva de la Frontera se da un caso curioso, distinto a los hasta ahora estudiados, porque sino, ¿cómo se explica que sin mediar aparición o manifestación mariana, haya que cambiar el emplazamiento de un templo que iba erigírsele? ¿O ha de considerarse como una simple fábula esta leyenda? Cuentan que en el siglo xv el Conde de Feria decidió construir a sus expensas una ermita, extramuros de la villa, en la confluencia del camino que une Oliva de la Frontera con Zahínos, dedicada a la Virgen de Gracia, por la que los oliveros sentían gran devoción desde que los Templarios introdujeron su culto en la localidad. Como la imagen templaria estaba ya muy deteriorada, el Conde encargó otra en alabastro italiano que iría en la nueva construcción, mientras la antigua permanecería en la pequeña iglesia que la Orden había construido dentro del pueblo.

Según me informa Ana Isabel Moreno -bibliotecaria local- las obras se iniciaron en 1498 con la ayuda de de vecinos de Zafra, las personas pudientes, la Iglesia y, por supuesto con la aportación vecinal. Las obras se llevaban a buen ritmo, de modo que a finales del siguiente año, las paredes de la nave estaban ya terminadas e iba a comenzarse la techumbre. Mas en enero de 1500, cuando los obreros acudían a continuar con el trabajo, descubrieron que todo lo que hasta entonces levantaran, estaba derruido. Y así, una y otra vez, a pesar de la vigilancia y otras medidas que se tomaron para descubrir al autor o autores de tales destrozos. Hasta que el Obispo de Badajoz ante sucesos tan extraordinarios, donde parecía vislumbrarse una clara voluntad divina, recomendó que se cambiase el lugar para edificar la ermita. Y así fue como el primitivo emplazamiento se cambió al pie de un alto cerro cercano a la población, donde inexplicablemente, y en repetidas ocasiones, habían aparecido ladrillos y otros materiales de la primitiva ermita, y en cuya cima aún podían verse restos de un antiguo oratorio templario. A partir de entonces las obras se llevaron a cabo sin ningún otro contratiempo, hasta que finalizaron en el verano de 1515.



BIBLIOGRAFÍA

Domínguez Moreno, J. Mª (2008), Animales guía en Extremadura, I. Revista de Folklore, nº 330. Fundación Joaquín Díaz, Valladolid.

Domínguez Moreno, J. Mª (1988). Las campanas en la provincia de Cáceres. Revista de Folklore, nº 96. Fundación Joaquín Díaz. Valladolid.

González Núñez, E. y D. (1986). Nuestra Señora de la Torre y su ermita. Revista de Folklore, nº 72. Fundación Joaquín Díaz. Valladolid.

López Cano, E. (1980) Las devociones de mi pueblo. Alminar, nº 17. Revista de Cultura de la Fundación “Pedro de Valencia” y el periódico HOY, Badajoz, septiembre.

Pueblos y paisajes para andar y ver. I. Coleccionables HOY. Badajoz, 1994.



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NOTAS

1 El hecho de que ciertas imágenes, como esta de Cabezón, la de la Torre, de Tejeda de Tiétar o la de la Granada,

de Llerena muestren en alguna de sus manos alguna fruta -manzana, lima, naranja, granada ...- se ha interpretado como una

alegoría de la fertilidad, entroncada con cultos paganos adscritos a Gaia, la Madre Tierra.