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Leyendas yorubas

VALDES DUARTE, Luis Enrique

Publicado en el año 2012 en la Revista de Folklore número 363.

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Nota: En la tradición legendaria yoruba, estas historias que sustentan las creencias que hoy entendemos por religión afrocubana, se denominan patakines. En esta revista, de carácter científico y divulgador, empleamos el término leyenda, más adecuado en nuestra lengua para nombrar exactamente lo que referimos.


Iniciamos con El gallo de Obatalá una serie de romances -diez en total- que dentro del tono épico de toda epopeya, glosarán los mitos de lo que hoy entendemos por tradición yoruba en el folclore afrocubano.

Instado a escribir sobre los vericuetos de la creación de estos poemas, me percato ahora que abordaré una dimensión muy personal, a la que se asoman creencias íntimas, leyendas centenarias, y relaciones ocultas que uno establece -bien por vías culturales o por afinidades religiosas- con dioses muy poco legitimados a veces.

La trata negrera -así se llamó el traslado de hombres negros desde la costa occidental de África hacia América- provocó algo similar a lo que había ocurrido con el Descubrimiento: el encuentro de dos culturas. Como ya sabemos, en este caso una era infinitamente más fuerte que la otra y terminó suprimiéndola, heredando la española escasísimos rasgos de lo que en Indias encontró a su llegada el almirante Colón. Sin embargo, no ocurrió esto con la llegada a América de los negros esclavos. El hombre cubano, en ese entonces llamado criollo, o sea, hijo de españoles nacido en el Nuevo Continente, había asimilado la cultura peninsular de manera indirecta, exactamente como le correspondió apropiarse de la africana. Procuro enunciarlo aquí de la manera que este espacio me lo permite, pues hablo de un proceso cultural que es, por supuesto, muy complejo. Lo que nos interesa saber, en torno a esta serie de poemas, es que aquellos hombres trajeron su religión -un amplísimo corpus litúrgico para honrar a una cantidad ingente de dioses- acompañada siempre de aspectos rituales que, en verdad, eran al mismo tiempo expresiones artísticas: música, danza, artes plásticas y teatro. Esa religión “chocó”, por decirlo de alguna manera, no sólo con la férrea evangelización que el cristianismo se propuso en aquellas tierras, sino con la readaptación que impuso un nuevo medio, me refiero también a una nueva vegetación y a una fauna diferente. Esto es fundamental en una religión donde el culto a las plantas y el sacrificio de animales desempeñan un importante rol. Por su parte, la esclavitud hizo también lo suyo. Precisamente, hace pocos días, comentando el espectáculo teatral Iniciación, dirigido en Santiago de Cuba por la destacada directora Fátima Patterson, le escribía al respecto algo que aborda este hecho y que, además, lo actualiza:

“La esclavitud, lo sabemos con la sangre, tuvo en nuestras tierras consecuencias devastadoras. Los que fueron arrancados de todo aquello que era suyo, perdieron su condición humana y con ella, muchas veces, la vida misma. Ahora los hombres miran atrás y, como han pasado los siglos, notan que hemos heredado muchas cosas: razas, religiones y culturas; y con ellas: dioses, cantos y danzas. El dolor de la esclavitud es cosa del pasado, de los libros, de los museos, como si no estuviera vivo o como si no se hubiera prolongado aquel horror, subrepticia o expresamente, escamoteando o dando la cara, cambiando su perfil en exclusivos actos de especial licantropía para conseguir llegar a hoy en infinitas formas y expresiones. La esclavitud es cosa de ahora mismo, mucha gente la ha heredado sin percatarse que tiene sobre los hombros ese peso palpitante.”

Total, que en este caso no fue suprimido el legado cultural. Estos hombres supieron esconder su verdadero sentir, disfrazándolo con la iconografía y la liturgia de la religión impuesta: un catolicismo categórico. Ello originó una de las riquezas mayores de la cultura cubana: lo que los investigadores más avezados dieron en llamar muy correctamente sincretismo. El río de aguas siempre renovadas que es la identidad de los pueblos se fue nutriendo aquí de variadísimos afluentes.

Esto que los ancestros pusieron en mis manos, muy redimensionado ya, como es lógico en una tradición que sólo ha llegado hasta aquí, como dicen ellos mismos “de lengua a oreja”, provocó la inspiración poética. De hecho, algunos poetas de aquellas latitudes hallaron en la delirante mitología afrocubana muchas motivaciones, pero siempre desde los presupuestos que esas leyendas y el lenguaje yoruba -si es ello posible a estas alturas- ofrecen. Yo tenía aquí un problema. A pesar de sentir con vehemencia un gran amor por todas estas manifestaciones, no era capaz de reproducir, y en el fondo no me interesaba, los modos de expresión que han llegado hasta nosotros procedentes de la cultura yoruba, es decir, la del pueblo llamado así que ocupó los actuales territorios de Nigeria y Benin. Su encanto debió estar en su oralidad primigenia y por ello, las estructuras literarias no han sido amables ni efectivas con unas leyendas que dan mucho de sí. Pero como cubano, tenía también en mi carne lo que, del mismo modo y en las mismas manos, habían depositado los ancestros de acá. Y como yo soy una cosa y la otra sin ser ninguna de las dos, hallé en ello el camino: contar estos avatares, hasta ahora solo referidos en los orikis -expresión “literaria” de estos pueblos-, en los moldes del romance.

El poema contendría entonces aquel sincretismo. Es decir, que me brindaría la exquisita posibilidad de mezclar, exactamente como ha ocurrido con la religión en Cuba -y también, en diversa medida, en todas partes-, muchos elementos de orígenes múltiples. Lo primero que decidí fue cuál de las innumerables historias quería contar e inmediatamente dar coherencia a la gesta con su proyección mítica, ontológica y religiosa. Y claro está, tenía que empezar por el comienzo de las cosas. Es decir, por la versión yoruba de la Creación del Mundo: una historia que comparte con sus homólogas de cada tradición el hecho de ser absolutamente inverosímil y, por tanto, necesitada de apoyarse en una fe muy alta. Y como no se trataba en el poema de contar lo que han creído los yorubas, sino lo que un cubano ha asimilado, muchos aspectos de la versión bíblica de la Creación, inevitablemente, se filtraron en él. Éstos, como los compartimos unos y otros, no hace falta que los enumere. Basta con decir que ambas versiones comparten muy poco. En la versión yoruba no fue creado el Mundo en seis días, ni tuvo lugar el Jardín del Edén, ni el hombre recibió el alma con un soplo… y así sucesivamente cuando el lector se tope con evidentes concomitancias bíblicas. Esta vinculación no es inédita. Basta ejemplificar que en Cuba cada deidad africana se ha sincretizado con un santo católico o con el propio Dios. Así, la Patrona de Cuba, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, es Ochún; Santa Bárbara, Changó; la Virgen de Regla, Yemayá; la Virgen de las Mercedes, Obatalá; San Cristóbal, Agayú; San Francisco, Orula; Santa Teresa, Oyá; el Niño de Atocha, Eleguá; San Pedro, Ogún; San Isidro Labrador, Orisa Oco; San Cosme y San Damián, los Ibeyis; San Norberto, Ochosi… y un larguísimo etcétera que está regentado por Dios (Olofi) y el Espíritu Santo (Olodumare). Así mismo ocurre en otras tierras, como Haití y Brasil, aunque varían las combinaciones. Esto no se limita sólo al nombre sino que, además, comparten colores, atributos, días de celebración e incluso cultos.

Existen varias versiones de la Creación del Mundo según los yorubas, aunque todas se parecen bastante. Ello es lógico teniendo en cuenta que las hemos conocido exclusivamente a través de la tradición oral. La más extendida, excluyendo lo que acabo de referir sobre la herencia bíblica, es la que se delimita en este primer romance, titulado El gallo de Obatalá.

En el romance aparecen términos que son eminentemente cubanos: bohío (especie de choza), marpacífico (flor tropical muy común en Cuba), guanábana (fruto arenoso nombrado así por los aborígenes), jutía (roedor caribeño), almiquí (extraño mamífero insectívoro) yagruma y ceiba (dos árboles, el segundo de ellos sumamente sagrado y bajo el cual suelen ofrecerse los sacrificios rituales.)

Obatalá, en su avatar de Odúa, equivale al hijo de Dios (Olofi). Fue él, precisamente, el encargado por el Todopoderoso, tras una serie de fracasos a los que se aluden en el poema -querubines borrachos, semidioses inconscientes, etcétera- para venir al mundo a dar la forma definitiva del hombre y de las cosas. Una misión que se encomienda, finalmente, al gallo de Obatalá.

EL GALLO DE OBATALÁ

(Génesis yoruba)

I

El Padre quiere dormir
celestialmente en su cama
y encarga a la bruma eterna
los detalles y las ganas.
Sus dieciséis querubines,
ebrios con vino de palma,
descienden muertos de risa
por una escalera abstracta.
Y cuando rozan las nubes
con el filo de sus alas,
ártico sol mutilado,
dieciséis perfiles rasga,
acunando los ojillos
altos de la madrugada.
Pájaros, peces y flores
bajo sus mantas se guardan,
continentes, montes, ríos,
cordilleras, valles, playas…
Desde la tierra se burla
el espíritu del agua:
los dieciséis querubines
han olvidado la gracia.
Lívida en el horizonte
está la luna doblada;
su rubor oculta un aire
de licores y de danzas
que va despeinando, mustia,
la tropa en su basta cábala.
Busca el Creador suplentes
por celestiales ventanas
y encuentra insomnio y agravio
de borrachera y trastada.
Le da a Obatalá el encargo
con tres condiciones raras:
que recaiga en fiel criatura,
que pique en tiniebla opaca,
que ignore que es el misterio
quien da a la esencia ganancia.


II

Escarba un gallo en la tierra
la cantidad hechizada;
los querubines se ríen
al ver resbalar su lágrima.
Pero el gallo mostrará
que de su tímida entraña
surgen nítidas las cosas
en una turba de tramas.
En seis días la belleza
contra la nada se embauca.
De la pata izquierda salen
todas las semillas granas:
trigo, arroz, maíz y avena,
centeno, bambú y cebada.
En el mismo día el polen
salta, coloreando el alba,
a lirios y marpacíficos,
sauces, mangos y guanábanas.
Y de la pata derecha,
en la segunda jornada,
inmensas filas de embriones
recónditos en su cáscara:
aves, reptiles y peces,
de huevos y cataplasma,
más la exhibición galante
de gacelas, leones, cabras,
elefantes y jutías,
almiquíes y jirafas.
Al tercer día en la cresta,
el gallo busca las casas:
océanos, serranías,
selvas, estepas, sabanas…
y enloquece de grandeza
por la arquitectura exacta.
Al cuarto día pretende
embellecer las moradas.
De sus plumas fulgurantes,
roto espejo en catarata,
los minerales se agrupan
en valencias arbitrarias:
basalto, níquel y plomo,
hierro, pirita, pizarra…
y junto a la consistencia
de pétrea razón en rama,
con fina espuela perfora
las preciosidades altas:
jade, zafiro, amatista,
lapislázuli, oro y plata.
De minería empolvado,
se enfrasca en la quinta obrada.
Para ornar el apetito,
el de la avidez con trampas,
roba del piélago eterno
la glosa de las miradas.
A las heridas del prisma
recorta excesivas gamas
y los más puros colores
de policromía santa:
azul, rojo, verde, añil,
amarillento y naranja…
Rasca el gallo su sesera
en la sexta laborada
y lúcido se pregunta
por la grandiosa antesala:
¿Habrá en el fichero eterno
lo igual a su semejanza?
Bate las fuerzas telúricas
con la pátina encrespada
y un hombre y una mujer,
manual de matrices sacras,
abren los ojos al mundo,
emergiendo de las aguas.
Brilla el sol por un paisaje
de formas reconciliadas
y el amor a borbotones
que en dulce verdor encalla
se refleja en la yagruma
al vaivén de su hoja falsa:
leve cara al mediodía
y un envés de noche larga.
En el varal de un bohío
y sin más labores claras
se limpia el gallo su airón
intuyendo que algo falla.


III

Al séptimo día exacto,
cuando Dios en paz descansa
y la materia agoniza
por una espuela encantada,
lo perfecto se despierta,
exigiendo al gallo alas.
El ave triste prescinde
de sus plumas más doradas.
Por más que las hermosuras
le envenenan las entrañas,
por más que busca en el mundo,
no logra encontrar las ánimas
y el gallo se desespera:
¡Ay, el hombre pide un alma!
Ya nada puede alentar
con espuela tan escasa
ni sabe cómo ofrecer
espíritu a la sustancia.
Mira a Dios piadosamente
y atravesando galaxias
el soplo queda en el hombre
de celeste ala dorada.
En los collados solares
se queda el gallo sin habla.
Rompe el pergamino azul
donde iluso proclamaba:
“De todo soy creador,
dé la esencia mi ganancia.”
Obatalá lo conduce
a las estancias sagradas
y un vago kikirikí
trepa torpe la garganta:
último canto inmortal
de melodía profana
que retumba el terciopelo
de la Majestad intacta.
En el Jardín del Edén,
sobre carroza argentada,
las jerarquías yorubas
dan fe del gallo y su hazaña,
con el primer sacrificio
bajo una gran ceiba extática.