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Los niños expósitos en tierras de Zamora durante el antiguo régimen

HERNANDO GARRIDO, José Luis

Publicado en el año 2012 en la Revista de Folklore número 364.

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Resultan desgarradoras algunas noticias extractadas de la documentación que refieren información sobre los niños expósitos en la España del siglo xviii: "Porque nací en 21 de julio, fui bautizado de socorro y me pusieron por nombre Práxedes, que fue virgen y mártir. A mi padre no le conozco, es casado y no tiene hijos, y mi madre sin marido. Dios la dé juicio y a mí fortuna. Amen" (Sepúlveda, 23 de julio de 1760); "La noche del día 26 de junio de 1764, como a las 12, llevó un embozado a la puerta de la cuna a dexar esta niña y dixo estas palabras: aí queda esa niña, muy malica biene, y por amor de Dios que se le eche agua, y presto se le echó agua y murió" (Úbeda); "…un niño que en la noche del día 5 del presente mes, presentó a las 8 de ella poco más o menos, una mujer desconocida que le entregó sin decir otra cosa que "Aquí queda esto", y un lío de ropa para el dicho niño [..] no está bautizado, se le ha de poner por nombre Lorenzo María Domingo. Lleva cuatro camisas, cuatro pañales, cuatro mantillas, dos nuevas y dos usadas, dos gorros, uno blanco y otro negro, y dos pañuelos; y es voluntad de su madre que le hayan de servir sólo a su hijo" (Plasencia, 1 de enero de 1814).

Desde que en 1487 se publicara en Padua el primer tratado dedicado exclusivamente a la pediatría De infantium aegritudinibus et remediis, de Paolo Bagellardo (†1492), la disciplina médica ha sufrido muchos avatares. Hasta época renacentista el niño no encuentra su propia identidad en el seno del conglomerado social, y hasta bien entrado el siglo xviii, no existió un interés real por los niños, sobre todo por los más desprotegidos (aunque existieran ideales utópicos de Tomás Moro, Vives o Campanella por defender la intervención del estado en la lucha contra el pauperismo que tantos reveses propinaba a la infancia). Los ideales ilustrados en pos del higienismo y de la prevención provocaron un importante cambio ideológico, pero pasaron años hasta que la pediatría se desgajara de la obstetricia-ginecología. Todos estos factores hicieron mella en la altísima morbimortalidad infantil, cuyas tasas descendieron sensiblemente, convirtiendo aquella tremenda frase de Michel de Mointagne: "la infancia es una enfermedad", en algo superado

Cuando los estudios de teología y medicina fueron desmontando la teoría veterotestamentaria que identificaba pobreza o enfermedad como situación heredada de anteriores pecados, la Iglesia contribuirá también no sólo a compadecer, lamentar y rezar por estos desgraciados, sino también a fundar hospitales, lazaretos, casas de expósitos, colegios de doctrinos, refugios y beaterios para atender al niño necesitado. La inclusa de Valencia era denominada con el ilustrativo apelativo de la Casa del Pecado.

Los Reyes Católicos apoyaron la fundación del Hospital de la Santa Cruz o de la Piedra (aludiendo al lugar donde eran "echados" los expósitos, en recuerdo de la columna lactaria de los romanos, una piedra de mármol en el zaguán la catedral de Segovia o los nichos (brizos) del santuario de Nuestra Señora de la Carballeda en Rionegro del Puente) (1), creado por el cardenal Mendoza en Toledo en 1499, Carlos V el hospital de niños expósitos de Burgos (1513-1598) y Felipe II la Inclusa de Madrid en 1623 (2). Felipe IV legislaba sobre los estudios de los niños expósitos y su destino laboral y Carlos II aprobaba las constituciones de la Casa-Cuna de Santiago de Compostela (que se había creado en 1524).

Desde el siglo xv fueron las jerarquías eclesiásticas, más que la monarquía, quienes acometieron con prodigalidad las fundaciones de niños expósitos, amén de otras contribuciones más modestas por parte de cabildos catedralicios, órdenes religiosas (los jerónimos en Guadalupe en 1480) y cofradías (la cofradía de San José creaba una casa de niños expósitos en Valladolid en 1540, surgirían otras casas en Córdoba en 1565, en Madrid en 1567, en Málaga en 1573, en Salamanca en 1586 y en Baeza en 1590). El término crianza tiene su sentido más arcaico en la voz crianzón, que significaba "alimentar y educar en casa a un hijo extraño" (aunque los criados del rey fueran los más afortunados).

Pero el mayor defensor de la infancia abandonada fue Carlos IV y, tras la Guerra de la Independencia, numerosos médicos, clérigos y educadores reformistas aludieron a este desafortunado segmento de la población: el médico y académico Santiago García, el galeno real José Iberti, el colector general de vacantes y expolios del reino Pedro Joaquín, los eclesiásticos Juan Antonio Trespalacios y Mier, el obispo de Pamplona Javier Uriz y Antonio Arteta, el cónsul de Carlos IV Alberto de Merino y hasta políticos como Floridablanca, Cabarrús y Jovellanos. En 1790 la corona enviaría un cuestionario a todos los obispos diocesanos interesándose por las casas de expósitos y sus reglamentos, elevando una Real Cédula en 1796 por la que legitimaba a todos los niños y niñas expósitos y ordenaba la creación de una casa de expósitos en cada cabeza diocesana (con otras subsidiarias en los pueblos más alejados). Muy afectadas tras la Guerra de la Independencia, muchas casas terminarían integradas en hospitales y hospicios.

La Constitución de Cádiz entregaba a los municipios (más tarde diputaciones provinciales) la protección y sustento de las respectivas casas aunque dirigidas por Juntas de Caridad (integradas a veces en las Sociedades Económicas de Amigos del País). En 1822 se proclamó la Ley General de Beneficencia, aunque Fernando VII terminaría por conceder mayores competencias a la iglesia (obras pías en forma de Sociedades de Señoras, Juntas de Damas de Honor y Mérito y Damas de la Caridad).

Al cabo, las teorías fisiocráticas consideraban que el aumento del número de brazos contribuía al enriquecimiento del país (durante el siglo xviii la población española había aumentado un 42%). Cabarrús escribía a Jovellanos llamando la atención sobre "las criaturas ahogadas, descuartizadas o expuestas a las inclemencias de los elementos o a las injurias de los animales". Mientras que el clérigo Antonio Bilvao refería que "lo que me admira más es que no atreviéndose hombre alguno a matar a un expósito de acto pensado, los dejen morir con advertencia, siendo esa muerte más dura".

Los dos problemas más graves de los lactantes eran la alimentación artificial ante la falta de nodrizas y el sistema de conducción de niños hasta las inclusas. Pero si los niños expósitos superaban la agonía de la infancia, tenían prohibido el acceso hasta las aulas de gramática y los cargos de cierto relieve social: "Los hijos de los artesanos, que solamente deben aprender un poco a leer, escribir y contar, se despedirán luego que den la lección porque si se detienen muchas horas en la escuela se acostumbrarán a la ociosidad y mirarán con horror el trabajo". Si bien algunos clérigos como Trespalacios fueron partidarios de permitir que algunos expósitos fueran admitidos en Colegios de Náutica, Cirugía y demás Escuelas de Artes y Oficios.

En Zamora, a instancias del obispo Antonio Jorge y Galván, se instalarían en 1768 en la parte baja del Hospital de Sotelo (hospital de mujeres dotado por la corona con 600 ducados anuales provenientes de la vacante de la mitra) dos salas para "partos vergonzosos" (eran denominados el cuarto claro y el oscuro, para madres solteras), el primer centro de maternidad de la provincia y de Castilla y León, aunque en Valladolid ya funcionaba el hospital de la cofradía de San José.

El obispo alegaba ante el rey que casi todos los niños "mueren sin bautismo, con el horror de ser a manos de los mismos padres delincuentes, o parientes más cercanos y la desgracia al Estado de malograrse una población". Se guardaba el anonimato de las madres solteras y los niños nacidos eran atendidos, bautizados en la catedral, vestidos y trasladados al Hospital de Expósitos de Salamanca. Las parturientas recibían la asistencia de ama, comadrona, médico, cirujano y criadas, podían ser alimentadas con caldo de gallina y chocolate, que aparecen entre los productos ofrecidos a las recién paridas según algunas respuestas obtenidas de la Encuesta del Ateneo de Madrid elaborada en 1901-1902.

En 1795 el corregidor Juan Romualdo Ximénez solicitó la apertura de una nueva Real Casa Hospicio de Zamora con departamento para niños expósitos (además de departamentos para ancianos pobres y de corrección de mujeres de mala vida (la Casa Galera)) en el palacio de los duques de Frías y condes de Alba y Aliste, que fue inaugurado en 1798, más escuela de primera enseñanza y labor, taller de oficios y telares de lino y lana (para confeccionar lienzos, paños, bayetas para los atuendos de las gentes del país, estameñas finas y sayales para hábitos de órdenes religiosas). La apertura de un taller textil se dio también en la Casa-Cuna de Plasencia.

El hospicio de Zamora obtenía sus ingresos de las asignaciones aportadas por el obispado, el importe de la bula de comer carnes en cuaresma, un arbitrio sobre la venta de vino al por menor -pues cada azumbre de vino era género de "viciosa consecuencia" (un arbitrio que también abasteció a los hospicios de León, Valladolid, Burgos, Cuenca, Santiago de Compostela y Cádiz)- y el producto de la Casa de Comedias de la ciudad, más lo obtenido de limosnas, herencias y rendimiento de los talleres textiles del propio hospicio.

Para la casa zamorana Ximénez redactó en 1800 un reglamento inspirado en los hospicios de Madrid, Salamanca y Murcia y los correspondientes informes de las Reales Sociedades Económicas de Madrid y Murcia. Se admitirían niños expósitos procedentes de la ciudad y del obispado de padres conocidos y no conocidos, huérfanos de hasta 14 años que vagaran por la ciudad y los pueblos y mujeres escandalosas (algunas preñadas). Los niños se levantaban todos al salir el sol, rezaban, se aseaban, iban al refectorio (desayunaban a las 8 en invierno y a las 7 en verano) y asistían a clase o trabajaban hasta las 12, comían, volvían al tajo por la tarde y cenaban a las 9.

Los días festivos los hospicianos salían de paseo en grupos, circulando en fila y vistiendo casacón cerrado, sombrero y zapatos de madera (las niñas portaban mantón, mantilla de cuello, medias y zapatos de madera). La ropa de cama se cambiaba cada dos meses y los muchachos se mudaban cada quince días. Disponían de enfermería pues las enfermedades más comunes y peligrosas eran el sarampión, el cólera, la escarlatina, la tosferina, la difteria (garrotillo), la disentería, la tuberculosis, la viruela, la tisis o la hidropesía (por incompatibilidad del Rh). Por no hablar de los destetes prematuros, pasando de la teta al vino, y del raquitismo.

El grueso de los chicos aprendían las primeras letras y enseguida pasaban a la fábrica de tejidos, donde se afanaban en cardar, peinar y tejar lanas (los más espabilados salían fuera del hospicio para aprender otros oficios como los de zapatero, cabestrero, herrero, cerrajero, tornero o vidriero). Las muchachas solían aprender a hilar y, ya mocitas, con 10 o 12 años, salían del hospicio para servir en domicilios particulares (aunque solían regresar a dormir cuando terminaban las faenas).

Un cuadro de vida dura, sometida muchas veces a días enteros a pan y agua, prisión de cárcel y hasta envíos a navíos y servicios de armas para los chicos más díscolos e impetuosos. Muchos aprovecharon la menor oportunidad para fugarse del hospicio "tirándose peñas abajo por la muralla" y algunos acompañaron y hasta suplantaron el cadáver de algún hospiciano deceso para darse el piro. Escenas que nos recuerdan el Oliver Twist de Charles Dickens y El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas.

Caso extremo fue el de la humilde Casa-Cuna de Úbeda (1665-1788) que regentó la cofradía de San José, recogiendo expósitos echados al torno o abandonados en variopintos lugares (muladares, barrancos, fuentes y hasta nichos de camposantos), la mayoría de las criaturas moría de hambre y sólo el 2,26% superó la barrera de los 3 años. Ni uno solo de los expósitos ingresados, que no prohijados, superó la infancia. A fin de cuentas, muchos cofrades de la Casa-Cuna de Úbeda fueron pillados echando mano al cajón y semejante hospicio fue casi una antesala de la muerte.

En Zamora se recibía a los niños expuestos en un torno de cajón dotado de campanilla (como en los conventos de monjas), que permanecía abierto desde el amanecer hasta la puesta de sol. Todas las ordenanzas hispanas prohíben rigurosamente que se identifique a los padres o personas que acuden con los niños por miedo a los infanticidios (no olvidemos que la pobreza era entonces galopante).

El torno estaba aledaño a un cuarto donde permanecía vigilante una nodriza de lactancia que debía acreditar buena conducta, solían ser mujeres entre 20 y 30 años, muchas procedentes de la comarca de Sayago (en otros lares meseteños pasiegas de la Montaña y en Extremadura muchachas procedentes de la Sierra de Gata y de las Hurdes) y era alimentada de a diario con una libra de carne, dos onzas de tocino y cinco cuarterones de pan para que tuviera leche y amamantara con solvencia (cuidando de que consumiera sus raciones con aprovechamiento y no las vendiera). Otras nodrizas criaban a los niños en sus propios domicilios durante 18 meses, habitualmente eran aldeanas de los pueblos más cercanos. Confesaba una nodriza cacereña de la década de 1920: "Desde luego que a mi me cebaban como a una lechona, para sacarme bien la grasa: galletas, fideos, churros, pollo, chocolate, que en el pueblo esto solo se lo daban a los medio difuntos. Así que me traje alguna perrina en casi dos años".

Si el niño no portaba ningún cartoncillo al cuello indicando su nombre, era bautizado con el del santo del día (o con el de José, en el caso de Valladolid, por ser el nombre de la cofradía que acogía a los expósitos, y los apellidos habituales de Patrocinio, Salvador, Santa María o Expósito). Otros nombres corrientes para los varones fueron los de Juan, Francisco, Pedro, Manuel, Antonio y Bernardo. Y entre las niñas los de María, Josefa, Isabel, Teresa, Catalina, Juana, Ana o Apolonia.

En todo caso, un nuevo cartoncillo o un marchamo de plomo pendiente de un hilo o cordón asignaba al expósito un número de identificación visible a modo de carné de identidad (en la inclusa de Santiago de Compostela un cirujano realizaba una tarja o incisión sangrante en un brazo de los niños expósitos recién ingresados).

La información suministrada en los cartoncillos transcritos en las cédulas de entrada de las criaturas al hospicio de León (la Obra Pía de Nuestra Señora de la Blanca, llamada Arca de Misericordia, dependiente del cabildo hasta 1786 (aunque ya existía en el siglo xiv, depositando a los niños en un pesebre de piedra con bordes de hierro dentado a las puertas de la catedral), cuando el obispo Cayetano Antonio Quadrillero fundó la Casa de Misericordia u Hospicio, con casas sucursales en Astorga y Ponferrada) son muy ilustrativas porque en tales recomendaciones manuscritas había de todo, ilegitimidad, honra social, miseria u orfandad: "Es hijo de buena madre, el padre no se sabe quien es"; "Su madre no es muy buena y su padre peor, porque ofendieron al Redentor"; "oriéntala bien, por el amor de Dios, que su padre no la quiere"; "Cuando mis padres se casen vendrán a por mí"…

Y no olvidemos que durante el siglo xviii en la ciudad de León, los expósitos llegaban hasta el 47% de los bautizados. La mayor parte (casi el 80%) con menos de un mes de vida y expuestos mayormente entre la primavera e inicios del verano, entre marzo y junio (osea, cuando menguaban los excedentes y más apretaba el hambre antes de las cosechas, llegaban los segadores gallegos y asturianos rumbo a Tierra de Campos o nacían los niños de los pastores trashumantes de la Montaña que habían pasado el verano anterior con sus esposas).

Y tampoco olvidemos que el 33% de los expuestos no superaban los 30 primeros días de vida (sobre todo durante los meses más fríos a causa de enfriamientos y pulmonías, y los del final del verano por deshidratación y gastroenteritis). Sólo el 22% lograba superar el año de vida y un exiguo 3,6% los seis años.

Si el expuesto era mocito podía largar más de la cuenta, y si no fíjense en lo que ocurrió con una niña llamada Brígida que en 1699 ingresaba en el hospicio de Sigüenza, carecía de cédula pero debía tener unos tres añitos porque: "según también ella decía y así mesmo fue preguntada dichas otras muchas preguntas, como de donde era, respondió que de Vera de Almazán, del lugar de Cutalvillas, que se llamaba Brígida de las Muchachas y era su padre Miguel de Torres, que su madre se había muerto, que tenía tres hermanas viviendo en Almazán, que a Sigüenza la había traído su yaya y otras muchas respuestas respondió con lindo pico". Todo un compromiso para un progenitor sinvergüenza que se había desentendido completamente de la criatura.

El rector del hospicio de Zamora era un capellán, generalmente el sacerdote de la iglesia de San Cipriano. Una singular picaresca entre las nodrizas resultaba llevarse expósitos para amamantar careciendo de leche o seguir cobrando el sueldo tras el fallecimiento de la criatura e incluso introducirlos de nuevo en el torno mientras ejercían oficialmente como amas de cría.

En el hospicio de Zamora residían otras amas de pan -generalmente mujeres viudas- para cuidar a los niños (de su alimentación, aseo e indumentaria) que tenían entre 18 meses y 7 años. Una vez destetados, los niños ingerían sopicaldos con arroz o fideos y papillas, y si había dinero, hasta legumbres, verduras y fruta.

Datos extractados del hospicio de León informan de que los niños entre 7 y 12 años recibían diariamente cinco cuarterones de pan y uno de carne con legumbres o verduras (más un cacho de tocino, según la época). Otro documento de 1804 cita un almuerzo con sopas de ajo, una comida con media libra de pan, caldo de berzas o nabos y un cuarterón de carne de vaca o de cordero o una ración de tocino (a veces menudillos y en verano un pisto de tomate con cebolla y pimientos verdes) y una cena con un cuarterón de pan y una sopa de sebo o manteca de cerdo o cordero. Osea, una dieta de 1.700 kilocalorías diarias (cuando en realidad hubieran hecho falta unas 2.500-3.000 kilocalorías para chavales en una edad de pleno crecimiento). En los libros de cuentas aparecen alimentos como huevos, azúcar, miel, pescado o chocolate, pero no parece que los niños ingresados tuvieran acceso a los mismos.

Los índices de mortalidad eran brutales: casi el 79% de los niños sucumbían en el hospicio o los domicilios de las nodrizas (cifra que era habitual -y hasta superior- en otros centros del país como Santiago de Compostela, Úbeda, Baeza, Cartagena, Girona, Murcia y Salamanca), el grueso de ellos muy pequeños, apenas con uno o dos años de vida, seguramente afectados por la miseria de sus progenitores y lesiones parinatales, agravadas por la escasez de amas de cría. Entre los hospicianos mayores de 7 años, la mortalidad rondaba casi el 20% (el grueso de ellos fallecían de cólera morbo). La mortalidad infantil entre los expósitos era del 86% en el hospicio de Úbeda, 81% en Madrid, 77% en Santiago de Compostela, 73% en Salamanca, 69% en Sevilla o 61% en Andújar). Pero tampoco olvidemos que en la España de los siglos xvii y xviii la mortalidad infantil general alcanzaba el 25/30% durante el primer año de vida.

En Toro (1805) existió otra casa de expósitos bajo la inspección del Hospicio de Zamora, ocupando la casa hospitalaria de la extinguida encomienda de San Antón. Poseía capellán, madre rectora, cirujano, nodrizas (que no era fácil hallar pues solían trabajar en casas particulares) y ropero (cada hatillo de lactancia tenía dos camisas, dos pañales, dos mantillas, fajero con cintas ataderas, gorro y jubón negro de estameña, y los "niños de pan" disponían de dos camisas de lienzo, dos enaguas, jubón negro, dos manteos, un par de talegas, de calcetas y de zapatos). Datos extractados del hospicio de León informan de indumentarias hechas en la casa y compuestas de camisa, justillo, chupa fuerte y corta usada a modo de chaqueta, gorro de bayeta, medias y zapatos.

Pero para el estudio de la indumentaria son mucho más interesantes los datos del siglo xviii que extractaba Juan Díaz-Pintado procedentes del hospicio de Manzanares (Ciudad Real), allí llegaban los expuestos metidos en espuertas mediadas con paja de centeno y harapos de lana y envueltos en ropas andrajosas de todos los tejidos, facturas y colores. Fajados y abrigados con envolturas inverosímiles compuestas por pedazos de capotes, cobertores, sayas y mantillas de bayeta, pañales de tela recia, trozos de camisones o manteles viejos, y para reforzar el resguardo, mandilillos de albornoz, trozos de costal, pellejos o sayas, camisillas o delantales, calzones abiertos y la cabeza cubierta con pañuelos, trapos viejos, gorros y hasta cachos de faltriqueras.

En 1799 fue encontrado el pobrecillo Aureliano "fajado con un vendaje blanquiazul y liado en un trozo de saya con un picote con muchos remiendos de distintos colores", en 1806 Isidro "hallado en el interior de una espuerta entre un pedazo de tienda de pastor" y otros llegaban con el culo pajarero. Duele pensar en casos tan alarmantes como el de Venancio, que en 1799 aparecía "abandonado desnudo y sin atar la tripa de parir ni lavar" o el de José en 1802 "atado el ombligo con un cordón pajizo, atado en un pie de pájaro que llaman gorrión".

Hay casos de niños expuestos bien vestidos (con pañales presentables, mantillas recias, fajas decentes y gorras de muselina guarnecidas de gasa), quizás criaturas ilegítimas de familias acomodadas, pero son los menos. Una imagen que contrasta frente a algunos exvotos (ermita del Cristo de Hornillos en Arabayona de Mógica (Salamanca) y otro del Museo Nacional de Antropología) y lienzos modernos con infantes de la casa real de Velázquez y Pantoja de la Cruz con críos, vestidos que es un primor, y portando dijeros cuajados de amuletos para evitar el mal de ojo y otras crisis infantiles.

En Toro hasta disponían de cabras para alimentar a los niños cuando faltaban nodrizas (como en Madrid, Santiago de Compostela, Burgos, Ronda, Badajoz y Málaga), los críos mamaban directamente de la teta del animal mediante un cajón acondicionado con almohadas donde la cabra era inmovilizada de patas (en la inclusa de Burgos el invento fue mucho más sofisticado, pues la leche llegaba hasta el niño filtrada mediante esponjillas). Luego eran enviados al Hospicio de Zamora en caballerías acondicionadas mediante cajones con colchoncillos y mantas, acompañados por una nodriza provista de una especie de jarabe o lamedón (suerte de biberón de viaje). Cada niño llevaba anudada a las ropas una cartilla en la que figuraban todos sus datos personales junto a un número de registro.

Uno de los mayores problemas de los lactantes abandonados era la conducción de éstos a las cunas definitivas pues el traslado solía realizarse en pésimas condiciones higiénicas. Los depositados en iglesias, ayuntamientos o pequeños conventos de localidades alejadas de la capital o de la cabecera comarcal, tenían pocas garantías de sobrevivir. Muchos eran trasladados en alforjas y capachos mugrientos llegando con la cabeza abollada, el cuerpo llagado y el ombligo suelto. Y hasta algunos encargados del transporte abandonaban la carga a su suerte.

A veces los niños pasaban de justicia en justicia, o de párroco en párroco que alquilaba alguna nodriza hasta que una cabalgadura llevaba la criatura a la casa de expósitos, a veces distante 10 o 12 leguas, y en el caso zaragozano: "catando mil leches, vino y agua, sufriendo las intemperies de climas diferentes, la humedad de la noche, el ardor del sol, la porquería de sus excrementos, roto el ombligo y aplastada la cabeza con el traqueteo de tan largo viaje y con la inhumanidad de bárbaros conductores".

A veces, las mismas amas de cría adoptaban a los niños, pero fue más común que lo hicieran otras familias, e incluso que fueran objeto de un tráfico ignominioso, pues terminaban como vulgares pastores o eran manipulados por compañías de comediantes que los forzaban a trabajar como contorsionistas y los mataban de hambre. En el caso leonés, los niños expósitos supervivientes solían ser desalojados del hospicio a los 7 u 8 años, no quedándoles otra solución que meterse a mendigos callejeros.

En la provincia de Zamora existieron otras casas de expósitos en Rosinos de Vidriales (gobernada por un cabildo compuesto por gentes de Fuente Encalada, San Pedro de la Viña y Santibáñez de Vidriales) que igualmente sostenían la instituida en el santuario de Nuestra Señora del Campo en Rionegro del Puente, advocado a Nuestra Señora de la Carballeda y sufragado por la cofradía de los Falifos (3). Desde 1847 ambas fueron hijuelas dependientes de la casa principal de Zamora.

En 1885 aconsejaba Concepción Arenal: "Se evita la aglomeración de niños en las casas de beneficencia, convertidas en depósitos temporales y centros tutelares de protección, dirección y vigilancia, procurando que desaparezca del mundo moral (y aun del físico podría decirse) el desdichado tipo del hospiciano. En vez de aglomerar, de almacenar á los asilados en las ciudades, se llevan al campo con familias honradas, que suplen á la suya con ventaja, y muchas veces los miran como hijos. Como se ha salvado la vida de miles, de millones de niños recién nacidos llevándolos á criar al campo, se salva su salud física y moral sacándolos de pestilentes y perjudiciales aglomeraciones: no es más que aplicar á los primeros años el principio que sirve de norma para los primeros meses. Hoy nos parece un desatino, próximo á la locura, la Annunziata de Nápoles á principios del siglo, con sus 300 amas sedentarias y sus 2.259 expósitos, de los cuales morían casi todos (el 87,50 por 100); mañana ó algún día (¡y puede abreviarse!) causará la misma extrañeza y horror saber cuántos están y cómo están los asilados en el Hospicio de Madrid" (4).

El madrileño Hospital del Niño Jesús, inaugurado en 1877, fue el centro de formación de los primeros pediatras españoles, surgieron otros como el instituto de Federico Rubio en Madrid, el centro creado en Barcelona en 1890 por Francesc Vidal i Solares y las primeras Gotas de Leche o dispensarios pediátricos en 1904 gracias a la labor desarrollada por Rafael Ulecia y Cardona (1850-1919). A la primera Gota de Leche, creada en Madrid por Rafael Ulecia en 1904, siguieron las de Barcelona, Valencia, Palma de Mallorca y San Sebastián. Se desarrollaron allí las pioneras técnicas de esterilización preparando biberones de uso diario para lactantes pobres. La Gota de Leche fue el nombre dado a las instituciones creadas para remediar los problemas de desnutrición y altísima mortalidad infantil en aquellas familias que no podían permitirse el lujo de contratar una nodriza.

La idea procedía de Francia, donde el doctor Dupont había creado la primera Gota de Leche en 1894. En 1904 se inauguraba en Barcelona el Servicio Lácteo Infantil, además de prestar asistencia pediátrica, facilitaba la alimentación láctea. La primera Gota de Leche barcelonesa fue la de Vidal i Solares, médico pediatra fundador del Hospital de Niños Pobres (se inauguró bajo la dirección de los médicos Cardenal, Girona y Soler). La Gota de Leche de San Sebastián data de 1903, la de Logroño fue inaugurada en 1905 y el Consultorio de Niños de Pecho de Sevilla tuvo su apertura en 1906 (iniciativa a cargo de Ciriaco Esteban, José Román Chico y Jerónimo Oliveras Piscol).

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NOTAS

1 "Estando en estas razones llegó un ministro de la Iglesia, llamado Leobigio, con un niño nacido de tres días que acabava de hallar en la concha, que era una piedra donde se ponían niños expósitos, y el obispo dava orden como algún hombre rico se cargasse dellos y los criasse; pues, como viesse este Rústico, el obispo, dixo a los presentes: -Aora podemos provar si las obras sobrenaturales que Goar haze son de Dios o del demonio, con que haga a este niño de tres días nacido que manifieste los nombres de sus padres, y no haziéndolo, será indicio que no es inocente y sin culpa, sino hechizero, y como tal llevará la pena..." (Alonso DE VILLEGAS, Fructus sanctorum y quinta parte del Flossanctorum, ed. de Josep Lluís Canet Valles, Valencia, 1988 (1594), no 22).

2 "Dase en Madrid el nombre de Inclusa á la casa de niños expósitos, porque en el siglo xvi, al fundarse el estable- cimiento, se adornó el portal con la imagen de una Virgen, traída á España desde una isla de Holanda, llamada en francés l ́Ecluse" (Daniel DE CORTÁZAR, Discurso de recepción en la RAE, Madrid, 1899, pp. 42-43). Indicaba Francisco de Vilches: "Madrid y Junio 6 de 1634.[...] Ayer lúnes hubo una solemnísima procesion: era de los niños expósitos que se crian casa de las amas en los lugares comarcanos: al principio iban los niños de las doctrinas que se crian en los colegios, que tambien son expósitos: mas de doscientos, con sus malas hopas y peores sobrepellices cantando las letanías. Este principio es comun á toda la procesion: luego se seguia un hermoso pendon carmesí, que llevaban cofrades de la cofradía de los expósitos. Se- guíanse mil y ochocientas mujeres aldeanas, en cuerpo, como suelen andar por las calles, con los niños expósitos que crian en los brazos, en forma procesional; los niños nuestros bien vestidos; otros muy pobremente: dicen iban mil y ochocientos niños. Al fin unas andas, en ellas San José con el Niño Jesús de la mano: inmediatamente dos docenas de niñas mas bien vestidas, y mejor aún los niños. Hasta en esto hay distincion. Seguíanse como novecientos caballeros, casi todos de hábito, á modo de acompañamiento que le hacian al duque de Medina de las Torres, que llevaban un lábaro blanco con una cruz pintada y las armas reales; despues cuatrocientos hombres con hachas encendidas; Nuestra Señora de las Angustias con su palio colorado, cruz alta; doscientos frailes victorios y dos docenas de clérigos, capa, música. Salió del convento de la Victoria; fué á Palacio, estacion comun de las procesiones, y volvió adonde habian salido; á las amas les pagaron su salario..." (Cartas [Cartas de algunos padres de la Compañía de Jesús, I], Madrid, 1861 (1634), p. 58).

3 Con ordenanzas de época de Carlos IV redactadas en 1787, refiriendo que también acogían niños huérfanos de padres conocidos que hubieran sido cofrades hasta los 7 años.

4 El pauperismo, Madrid, 1897 (1885), p. 230.

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BIBLIOGRAFÍA:

León Carlos ÁLVAREZ SANTALÓ, Marginación social y mentalidad en Andalucía Occidental. Expósitos en Sevilla (1613-1910), Sevilla, 1980.

Silvia ARROÑADA, "La nodriza en la sociedad hispano-medieval", Arqueología, historia y viajes sobre el mundo medieval, n° 27 (2008), pp. 44-52.

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