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La Virgen de la Paloma: Historia y tradición

PALACIOS, Paloma

Publicado en el año 2012 en la Revista de Folklore número 365.

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Si existe en la Villa y Corte una devoción auténticamente popular es la que se tributa a la Virgen de la Paloma. Desde mediados del siglo xix, al llegar la fecha del 15 de agosto, calles y plazas cercanas a la iglesia de San Pedro el Real, en las cercanías de la Puerta de Toledo, se engalanan para competir con farolillos, oropeles y cadenetas adornando patios, fachadas, balcones y corralas en honor a la Virgen castiza que recorrerá en procesión el barrio, escoltada por una representación del Cuerpo de Bomberos (cuyo patronazgo ostenta) y acompañada por algunas personas ataviadas siguiendo con excesiva libertad modas populares de nuestra Villa y Corte en los siglos xviii y xix. Una concurrencia que podríamos denominar “multi-étnica” (que aporta un punto de exotismo a unas celebraciones en las que todos son bienvenidos) acompaña a los devotos que forman el cortejo de la imagen en su recorrido por las calles cercanas, engalanadas para la ocasión. Churros y “limoná” ayudarán a la Comisión de festejos a dilucidar cuál es el patio mejor engalanado. La fiesta concluye en la verbena popular, cuyo ambiente fue captado en los ya lejanos tiempos del año de 1894 por el maestro Tomás Bretón en su sainete lírico con libro de Ricardo de la Vega “La verbena de la Paloma”, o “El boticario y las chulapas” o “Celos mal reprimidos” (que por estos tres títulos es conocida esta joya de nuestro género lírico).

Los festejos actuales no son sino un pálido reflejo de los que antaño se realizaban en honor a la imagen castiza que han quedado reflejados en novelas, literatura religiosa, relatos costumbristas, zarzuelas, romances... Sobre todo ello la prosa periodística del siglo xix aporta gran cantidad de información que posteriormente queda corroborada en imágenes fotográficas, ya en la centuria siguiente.

Fiestas y celebraciones

Para comprender mejor el significado de esta devoción y los festejos populares que la acompañan es necesario hacer un pequeño recorrido por la historia y la leyenda de la Virgen de la Paloma. Para ello la prensa actúa como testigo fiel y agudo informador de todo cuanto rodea a las festividades del barrio de La Latina y Puerta de Toledo en honor a la imagen.

Hemos aludido sucintamente a balcones y patios adornados para la ocasión. Pero si nos asomamos a las crónicas de finales del siglo xix comprobaremos que el barrio entero se engalanaba, implicándose en una especie de “guerra encubierta” para conseguir ornatos más originales y espléndidos, compitiendo en agudeza de ingenio y esplendidez. Resulta interesante y curioso lo que describe el anónimo reportero del periódico El Imparcial de fecha 15 de Agosto de 1889, que recorrió el distrito y enumera todas la calles por las que discurrió la Procesión, pormenorizando banderas, luminarias, adornos y elementos vegetales utilizados para engrandecer el acto colocados en cada una de las vías; abundan referencias a la hiedra y muy pocas a los humildes tiestos de verbena (Verbena officinalis L.) que dan nombre genérico a la fiesta; también hace referencia a las magníficas arañas de luz, realizadas con alambre, papel y cáscaras de huevos pintadas que, colocadas artísticamente, iluminaban balcones, arcos y corralas. No resistimos a la tentación de copiar aquí alguna de las descripciones:

“...La calle de Toledo: El número 101 está caprichosamente adornado con soportal de yedra, sobre el cual osténtanse banderolas y faroles... La fuente está rodeada de guirnaldas y el león que la corona tiene un estandarte rojo que dice “Latina”...

“ En la calle de Calatrava... en el número 3 , despacho de leche y café, se ve un capricho de luces que en bonito aparato de espejos, forma una estrella giratoria, frente se ven arcos de vasos de colores rodeados de bombas blancas... Otros balcones ostentaban colgaduras de raso y preciosos pañuelos de Manila”.

“En la calle de la Paloma, al llegar al sitio en que se encuentra la capilla destinada al culto de Nuestra Señora de la Paloma llama la atención el pabellón que con follaje, ramos de uvas, camuesas y sandías ha formado don José García y el salón de baile que frente al núm. 26 ha construído el maestro vidriero don Joaquín López...pendiente de uno de los arcos cuelga una caprichosa araña formada toda ella por cáscaras de huevo pintadas de azul, rojo, amarillo y verde...”

“En la calle del Bastero hay un tablado donde toca la música del Hospicio...Don Protasio Gómez distribuirá hoy 500 bonos de peseta entre los pobres del distrito de La Latina...”

Con respecto a la procesión, el meticuloso reportero informa:

“La cabalgata...era casi idéntica ...a la de la verbena de San Lorenzo...ofreció dos variantes: una nueva carroza que conducía varios indivíduos vestidos de majos y...la carroza... en vez de la imagen de San Lorenzo, un transparente alegórica (sic) que representaba a la reina y a una chula ofreciendo sus hijos a la Virgen.”

Otra publicación: El periódico El día, fechado el domingo 15 de agosto de 1886, en su edición de noche da noticia de similares manifestaciones artísticas, entre las que resultan curiosas las siguientes:

“Plazuela de la Morería: Se ha levantado un kiosko en el centro de la plazuela. Es de castillo árabe y lleva esta inscripción: Mezquita del Moro de Valdepeñas. La figura del rey, ataviada con bastante propiedad, sirve de remate a la cúpula”...

“En la calle de San Isidro, esquina a la de Don Pedro, el tabernero Picazo ha puesto una fuente de vino... Por la genialidad que revela, merece citarse el Arco de los Jamones, construído por Pablo Zano, salchichero, frente al número 77 de la calle de Toledo. Los adornos consisten en jamones, chorizos y salchichones, en cuyo frente aparece en letras gordas este letrero: SABED que por ser infalible en esta clase de específicos, el único que los proporciona es el doctor CARINA”...

“En la calle del Aguila varios son los arcos que se han levantado... frente al número 23 bajo la dirección del fabricante de sillas don Domingo Collado sus dependientes han construído una Virgen de la Paloma de pan y rellena de jamón... debajo de la imagen hay el siguiente letrero: “Virgen de la Paloma // que tantos milagros has hecho// ahora tienes que hacer uno // que nos haga buen provecho”.

Pero no todo quedaba en monumentos efímeros, procesiones, bailes, limonada y degustaciones de frutos de sartén o naturales. También había lugar para concursos de fuerza o destreza. Nuestros anónimos informadores comentan las cucañas levantadas en distintos lugares, dotadas con premios más o menos cuantiosos para el más hábil en superarlas. En las fiestas de 1886 fue muy comentada la prodigalidad del dueño de la tienda de ultramarinos situada en el número 1 de la Plaza de Puerta de Moros que, además de colocar verdaderos árboles en la entrada, iluminados con vasos de colores, dotó con un bolsillo de 25 pesetas y dos palomas al ganador de la cucaña allí preparada; sabemos que un joven oficial de albañil se alzó con el trofeo y su habilidad fue muy alabada.

Como vemos, la animación y la diversión estaban garantizadas, sin que el calor de la canícula influyera en el ánimo de los asistentes que sabían y querían disfrutar a fondo de la fiesta de la Santa Patrona de su barrio.

¿Por qué la Paloma?

La primera pregunta que se plantea cualquier espectador curioso es ¿dónde está la paloma en el cuadro de la Virgen de la Paloma? Ciertamente en la pintura no aparece representado ninguno de estos alados animalitos. Para contestar a una pregunta tan lógica se requiere una mirada retrospectiva que nos llevará al siglo xvii.

Las monjas de San Juan de la Penitencia, de Alcalá de Henares, habían alquilado para matadero de reses un corral de su propiedad cercano a la Puerta de Toledo, donde tenían instalado un palomar. Cuando el día 1 de febrero de 1627 se celebraba una procesión para trasladar la imagen de la Virgen de las Maravillas desde el barrio de Atocha a su nueva ubicación en la calle de La Palma, una paloma blanquísima voló desde el corralón acompañando a la imagen durante todo el recorrido. Las monjas tuvieron noticia del suceso, se desplazaron desde su convento para verla y reconocieron que era la paloma que se había escapado de su palomar de Alcalá de Henares; desde entonces el corralón se llamó “de la paloma” y así se denominó también la calle que se abrió con posterioridad y que aún subsiste.

Como información complementaria para nuestro curioso espectador digamos que la imagen de Nuestra Señora de las Maravillas es muy antigua -quizás del siglo xiii- y se veneraba en el pueblo salmantino de Rodas Viejas (o Rodeviejas); muy deteriorada por el paso del tiempo, se retiró del culto en el siglo xvi entregándola a la esposa de un tal Juan González cuyo hijo la heredó y la trajo a Madrid vendiéndola a un alcabalero que, a su vez, la vendió a Ana María del Carpio, mujer del escultor Francisco de Albornoz quien la restauró con bastante acierto. Las gentes acudían a orar ante la imagen y pronto corrieron noticias de los numerosos favores que concedía. Ana María del Carpio la cedió a los Carmelitas que la colocaron en el Beaterio (luego Convento) de la calle de La Palma; su advocación de “las Maravillas” quizás se deba al adorno floral de esa humilde enredadera (cuyo nombre científico es Convolvulus tricolor L.) y dio nombre no sólo al Convento sino a todo el barrio castizo que sigue conservándolo.

El cuadro

Resulta interesante rastrear el origen de la devoción hacia este cuadro, probablemente del siglo xvii, de autor desconocido, que representa a María en actitud orante, los ojos bajos, las manos entrelazadas, la cabeza ligeramente ladeada, vistiendo como viuda toca y túnica blancas, manto negro cubriendo su cabeza y un largo rosario de cuentas oscuras que destacan sobre el hábito blanco. Cuando el cuadro fue encontrado no tenía pintada corona ni aureola alguna (luego se le colocó una diadema de plata y piedras preciosas); por ello en algún momento pudo considerarse el retrato de alguna joven profesa, pero esta hipótesis se ha desestimado pues el hábito habría permitido conocer la orden religiosa a que hubiera pertenecido.

Se trata, en realidad, de la representación de Nuestra Señora de la Soledad (la Virgen tras el entierro de Cristo) cuyo culto fue propiciado en la Villa y Corte por la reina Isabel de Valois (1545-1568) cuando vino a España para contraer matrimonio con Felipe II en 1559; la soberana trajo consigo un cuadro que San Francisco de Paula había regalado a su padre, el rey de Francia Enrique II. Por aquellas fechas se habían establecido en Madrid los frailes de la Orden de los Mínimos de San Francisco de Paula para quienes se construía el Convento de Nuestra Señora de la Victoria, que estuvo situado (hasta el siglo xix) entre las modernas calles de Espoz y Mina y la de la Victoria hasta que en 1836, tras la desamortización de Mendizábal, fue derribado permaneciendo el nombre de la taurina calle de la Victoria como recuerdo de su origen.

Los frailes pidieron a la reina el cuadro para que presidiera la iglesia de su convento pero no aceptó, si bien dio su consentimiento para que un escultor realizase una imagen de bulto semejante a la que aparecía en el cuadro. Gaspar Becerra (Baeza 1520 – Madrid 1568) recibió el encargo y talló la cabeza y las manos de una imagen vestidera que hubo de repetir tres veces porque su obra no complacía a la soberana. Palomino refiere en su Museo Pictórico y Escala Óptica III (Madrid edición moderna: Alianza 1986, página 38) que estando dormido se le apareció una señora que le dijo: “Despierta, levántate y de ese tronco que arde en ese fuego esculpe tu idea y conseguirás tu intento sacando la imagen que deseas.” Gaspar Becerra obedeció y la reina quedó asombrada ante la nueva talla de Nuestra Señora de la Soledad, la cual fue colocada en el verano de 1565 presidiendo el altar del Convento de la Victoria.

El atuendo de la imagen seguía el de las viudas nobles, adoptado por Juana la Loca al morir su esposo Felipe el Hermoso: túnica y toca blancas y manto negro cubriendo la cabeza, que era la vestimenta habitual de la Camarera Mayor de Isabel de Valois, la condesa viuda de Ureña doña María de la Cueva, que donó sus ropas para la imagen tallada por Becerra.

Cofradías y procesiones

Pronto varias personas decidieron constituir una Cofradía para fomentar la devoción a Nuestra Señora de la Soledad; se aprobaron los estatutos y solicitaron a los Mínimos del Convento de la Victoria que les cediesen una capilla para celebrar allí las juntas y guardar en ella las imágenes y objetos de culto e insignias para las procesiones, instalando además una mesa y un cajón para recoger las limosnas. La propia reina quiso ingresar en la Cofradía en 1568 reforzando así las raíces de la devoción a esta imagen; su ejemplo fue seguido por nobles y funcionarios de la Real Casa y el 6 de abril del mismo año procesionó por vez primera acompañada por dos mil “penitentes de luz” (que portaban velas) y más de cuatrocientos “ penitentes de sangre” (que azotaban sus espaldas desnudas), más las mujeres que formaban parte de la Cofradía quienes, según León Pinelo, eran “de gran abolengo”.

Los cofrades celebraban junto con la comunidad las fiestas propias de la Orden (San Francisco de Paula, la Virgen de Agosto) y los entierros, compartiendo con los Mínimos las limosnas recibidas.

Primeras formas procesionales

La nueva cofradía abría y cerraba las celebraciones procesionales de la Semana Santa del Madrid del siglo xvii. También recogía a los clérigos pobres o extranjeros, cuidaba a los convalecientes que salían del hospital y se hacía cargo de la llamada “Procesión de los Quartos” que recogía los restos de los descuartizados por la Justicia y se encargaba de enterrarlos en una sepultura del atrio del Convento de la Victoria; esta procesión salía el Jueves de Pasión y era el inicio de la Semana Santa madrileña. Llevaba únicamente una cruz parroquial con manga negra iluminada por dos niños vestidos de hábito negro portando sendos faroles, un carro tirado por dos mulos y rodeado por los cofrades de la Soledad; un sacerdote y frailes del Convento más los “mullidores” cerraban el cortejo. Los mullidores eran hombres contratados para efectuar el trabajo de quitar las partes de los ajusticiados que colgaban cerca de las puertas de Madrid o en los puentes; bajaban los “quartos” o restos envolviéndolos en un saco de tela negra y los colocaban en el carro para concluir en el Convento de la Victoria donde eran velados hasta el día siguiente cuando, tras una misa por su alma, eran llevados a la sepultura, sufragando la cofradía los gastos.

En 1572 se decidió acoger también a los niños abandonados que se encontraban por las calles, en los portales de las casas principales o de las iglesias o incluso en las propias procesiones de penitencia; la Cofradía poseía una casa cerca de la desaparecida iglesia de San Luis, edificada en la calle de la Montera e incendiada en 1936; allí recibían a los niños desamparados y también se cuidaba a los sacerdotes enfermos. Todo ello se financiaba con las cuotas y limosnas de los hermanos, que se invertían en la compra de solares e inmuebles que eran posteriormente arrendados. Los corrales de comedias eran asimismo fuentes de ingresos interesantes: sabemos que en 1579 se edificó uno en la calle de la Cruz y se tenían alquilados el Corral de La Pacheca y el de la calle del Lobo, suponiendo importantes beneficios. Cuando Felipe II ordenó fusionar los hospitales en uno solo en 1586, el hospital de Niños Expósitos de esta Cofradía se fusionó con el Hospital General de la Pasión pero, a causa de los problemas surgidos, regresaron a San Luis, su primitivo domicilio, llevándose allí también los enseres y estandartes de la Cofradía, lo que provocó grandes quejas por parte de los Mínimos, sobre todo al pretender la Cofradía obtener la propiedad de la imagen: el problema llegó a los tribunales, que fallaron en favor de los frailes. La Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad encargó una copia de la talla de Becerra que se colocó en el templo de San Ginés. En 1651 se extinguió la cofradía entre conflictos en los que participaban ella misma, los Mínimos y la iglesia de San Ginés.

Los frailes decidieron crear en 1619 la Esclavitud de Nuestra Señora de la Soledad para dividir a los cofrades y que retornasen a venerar la misma imagen; ingresan así nuevos miembros de procedencia gremial y artesanal que participan en los desfiles procesionales del Viernes Santo y que poseían diversos pasos que acompañaban a la imagen: el gremio de pasteleros, el de carniceros y tablajeros, el de tratantes de fruta… todos tienen allí sus representantes y la guardia tudesca del rey acompaña la procesión con “atambores y pífanos” e incluso era contratada una cuadrilla de “danzadores en hilera”.

Participaban numerosos penitentes de luz y de sangre, así como niños vestidos de ángeles que portaban los atributos de la Pasión; al concluir el cortejo tenía lugar el “lavatorio”: los disciplinantes lavaban sus heridas con vino, llegando a producirse gastos muy elevados al adquirirse también dulces que convertían en un festín el lavatorio. El Consejo Real de Castilla amonestó a la Cofradía en 1627, poniendo así límite a esta situación.

Desde el siglo xvi la Cofradía de la Soledad organizaba una procesión en la madrugada del Domingo de Pascua; a hombros de sus cofrades vestidos con sus mejores galas y alumbrada con velas blancas, la imagen de Nuestra Señora de la Soledad acompañaba al Santísimo Sacramento procedente del Monasterio de San Felipe Neri. Además se contrataban músicos y cantores, así como danzantes que, según consta en el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, ejecutaban danzas “en hilera” y “de cascabeles”.

Todo ello comenzó a decaer a partir de 1643, cuando los gremios empezaron a negarse a sacar los pasos y a realizar las demandas, lo que trajo consigo una crisis que repercutió hasta en la Inclusa. La situación no mejoró y quedó extinguida la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad; su imagen permaneció en poder de los Mínimos de San Francisco de Paula y un rector de designación real se hizo cargo de la administración de la Inclusa.

En el Hospital General y de la Pasión se formó una nueva cofradía bajo la misma advocación de Nuestra Señora de la Soledad y otra en el Colegio de Desamparados, que poseía una copia de la imagen de bulto de la talla de Gaspar Becerra.

Desde finales del siglo xvii aparecen muchas cofradías de esta misma devoción en distintas parroquias, conventos e iglesias de la Corte todas bajo la advocación de Nuestra Señora de la Soledad, en el Hospital General y en la iglesia de San Lorenzo.

En origen la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad no fue de carácter penitencial; tenía hábito propio pero no participaba como hermandad en la Semana Santa de Madrid y celebraba el 15 de septiembre la fiesta de la Virgen.

La llegada de la nueva dinastía de Borbón en el año 1700 no produjo en principio modificación en la ubicación de la cofradía, que continuó radicada en el Convento de la Victoria de los Mínimos de San Francisco de Paula. El gobierno de José Bonaparte decretó en 1809 la supresión de todas las órdenes religiosas, lo que afectó directamente a las cofradías. Con el regreso de Fernando VII se restablecen y frailes y monjes regresan a sus conventos. La Real Orden de 1815 estableció que las iglesias permanecieran como oratorios reservados; ese era el caso del Real Colegio de Niños Desamparados, donde estaba establecida la congregación de Nuestra Señora de la Soledad, que buscó un nuevo emplazamiento en 1817: el convento de San Gil el Real, por entonces ubicado en la actual iglesia de San Cayetano, en la calle de Embajadores, fue sede de la Cofradía hasta la desamortización de Mendizábal en 1836, fecha en que la imagen es trasladada a la Colegiata de San Isidro donde fue quemada en 1936.

Los fieles no cesaban de requerir reproducciones de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad para colocarlas en iglesias, conventos, capillas y oratorios particulares; por ello las encontramos no sólo en la geografía madrileña sino en la española y americana; entre ellas pueden destacarse la de la catedral de Granada (de Alonso Cano), la del Santuario del Cristo de la Victoria en Serradilla (Cáceres) y la del Convento de las Comendadoras en Madrid.

Hallazgo del cuadro de la Virgen

Esta devoción fue debilitándose a lo largo del siglo xviii hasta que se vio reforzada a causa de un hecho fortuito a finales de dicho siglo. En el año 1787, unos chiquillos encontraron en el solar cercano a la Puerta de Toledo, ya mencionado, propiedad de las monjas de Santa Juana, un bastidor con un lienzo muy deteriorado que representaba el retrato de una monja. Cuando intentaban hacer con él una cometa, Isabel Tintero, portera de una de las corralas cercanas que vivía en la calle de la Paloma, se lo compró a los niños (dice la tradición que por cuatro cuartos), lo limpió y comprobó que era una imagen de la Virgen de la Soledad; lo colocó en un marco rústico y colgó el cuadro en el portal de su casa, alumbrándolo con un farolillo. La costumbre de colocar imágenes iluminadas e incluso con altarcillos en los portales perduró incluso hasta mediadios del siglo xix; testimonio de ello es la diligencia notarial que transcribimos:

“En la villa de Madrid a 7 de mayo de 1857, siendo la hora de las tres de la tarde, yo el infrascripto escribano de S.M., notario del colegio de esta corte, en virtud de requerimiento del Dr. D. Mariano Pardo de Figueroa, vecino de Medina-Sidonia y residente en dicha corte, calle Mayor, núm. 61, cuarto principal, como apoderado de su señor padre D. José Pardo de Figueroa, también vecino de Medina-Sidonia, poseedor de la casa situada en esta propia corte y su calle de Postas, señalada con el número 31 antiguo y 32 moderno, de la manzana 195, que perteneció al vínculo y mayorazgo fundado en 1645 por Martín Fernando Hidalgo y doña Claudia Fernández su mujer, me constituí en la expresada finca, con objeto de presenciar la traslación de una pintura al óleo sobre lienzo, que representa a Nuestra Señora de la Soledad, colocada en un retablo existente en el zaguán de la misma casa... El dicho lienzo representa a la Virgen, de medio cuerpo, vestida de blanco, con manto negro y rosario... Tiene de altura 1 metro 84 centímetros, por 1 y 14 de ancho. [...]” (Chaulié, Dionisio. Cosas de Madrid. Madrid: La Correspondencia de España, 1886. T. II, pág. 35.)

La notica del hallazgo se extendió rápidamente a lo largo del Reino, de ello da testimonio el siguiente canto de la Aurora que el musicólogo estadounidense Alan Lomax grabó en Alhama de Murcia el día 16 de diciembre de 1952 a Eduardo y José Valverde Pérez:

De los reinos que el mundo compone entre todos ellos sin duda no habrá

una corte como la de España tan maravillosa, digna de admirar;

gran prueba nos da

porque en ella se ha establecido la hermosa Paloma de la Soledad.

Esta Reina bajó de los Cielos, para fe y aumento de la Cristiandad,

transformada en un cuadro de lienzo su hermosa figura viva y natural,

y vino a tomar

el asiento en el barrio más pobre que en toda la Corte se ha podido hallar.

Unos niños jugando en la calle con este retrato van sin reparar;

ha pasado una anciana devota y vio que era el cuadro de la Soledad,

gran pena le da,

se lo pide a los niños y dicen: -Si usted nos lo compra se lo llevará.-

La señora sacó del bolsillo una monedita y a los niños da,

le entregaron el cuadro precioso que a toda la Corte favor le va a dar,

y vino a fijar

en el mismo portal de su casa, la gente que pasa se para a mirar.

Al fijarse en tan bello retrato no hay otra hermosura que pueda igualar;

los vecino[s] y la gente del barrio tienen por costumbre de irle a rezar,

y con fe leal,

el rosario a la Blanca Paloma, que a aquel que está enfermo la salud le da.

(Puede escucharse en la página www.culturalequity.org, ref. T757R06)

Isabel solicitó al párroco de San Andrés, a cuya jurisdicción pertenecía, un permiso por medio de la reina para construir una capilla en la misma calle, concedido por el arzobispo de Toledo en mayo de 1791.

El culto a la Virgen de la Paloma

Rápidamente corrió la voz de los favores y gracias concedidos por la “Virgen del Portal” (denominación inicial que pronto fue sustituida por la actual) y la devoción por la imagen se intensificó; su fama de milagrosa fue en aumento de forma que se instaló un oratorio para dar culto a la Virgen. Se levantó pronto la pequeña capilla y el día 8 de octubre de 1796 se trasladó en procesión el cuadro de Nuestra Señora de la Soledad desde la parroquia de San Andrés a su nueva ubicación: la capilla levantada en la calle de la Paloma. Participaron todas las cofradías de su advocación así como las parroquias con las autoridades, presididas por el alcalde del cuartel de San Francisco, marqués de Casa-García, acompañado por el arquitecto Francisco Sánchez, subdirector de Arquitectura de la Real Academia de San Fernando, que ofreció desinteresadamente su trabajo.

Ante la creciente afluencia de fieles al santuario de la Virgen de la Paloma la capilla resultó enseguida pequeña y en 1885, cuando se aborda la creación de nuevas parroquias al crearse la Diócesis de Madrid-Alcalá, se designa la de San Pedro el Real con sede en la Iglesia de la Paloma (recordemos que la Parroquia de San Pedro es una de las diez mencionadas en el Fuero de Madrid del año 1202; estuvo en principio edificada cerca de Puerta Cerrada y probablemente antes fuera mezquita; en el siglo xiv se levantó en la calle del Nuncio la actual iglesia de San Pedro denominada “El Viejo” para distinguirla de ésta).

Fervor popular

En la actualidad los templos no admiten exvotos ni tampoco se recogen los hechos prodigiosos que se atribuyen a las imágenes sagradas. Pero la devoción a la Virgen de la Paloma testifica las gracias que desde su aparición ha derramado sobre el pueblo del arrabal donde apareció. Si Isabel Tintero inició su culto, rápidamente se expandieron las noticias de los favores recibidos por la intercesión de la Santa Imagen.

Entre los primeros testimonios de los que poseemos referencia escrita señalemos la curación del conde de las Torres, cuya pierna gangrenada a consecuencia de una caída del caballo le había puesto en peligro de muerte. Tras encomendarse a la Virgen, sanó de forma milagrosa con gran asombro de los físicos que no se explicaban su total curación. El conde de las Torres agradeció con objetos litúrgicos y elementos para la decoración y cuidado de la imagen, así como con generosas dádivas que contribuyeron a la instalación del oratorio.

La segunda curación tuvo lugar en la persona del niño de ocho años Fernando (luego Fernando VII). Enfermo de escorbuto y en estado gravísimo, su madre, la reina María Luisa, ofreció a su hijo a la Virgen y al poco tiempo el enfermo experimentó un fuerte alivio, llegando a una rápida y total curación. La reina supo agradecer esta ayuda y dotó a la imagen con elementos para el culto, costeando además el mantenimiento una lámpara perpetua.

Ante la Imagen se inició un río de fieles que solicitaban beneficios para ellos mismos o sus más cercanos familiares. Queda como elocuente testimonio de esta acción de gracias popular la necesidad de ampliar los lugares de su culto y la enorme cantidad de ex-votos que colgaban de las paredes del templo en forma de muletas, objetos de plata, elementos de cera, etc., que hubieron de retirarse porque no había materialmente lugar para colocarlos.

Pero la feligresía actual continúa las formas tradicionales de devoción solicitando favores e intercesiones de la Virgen de la Paloma. A ella se han ofrecido los Príncipes de Asturias y los hijos de menestralas, aristócratas, cigarreras, burguesas, pobres de solemnidad... Con el fin de que sus hijos obtengan la protección de la Virgen, las madres, en su primera salida después de dar a luz, asisten a la llamada “Misa de Paridas”, recuerdo de la misa de Purificación, como consta en numerosos artículos y comentarios aparecidos en diarios y otras publicaciones. El archivo fotográfico del periódico ABC y de la publicación Blanco y Negro cuentan con infinidad de testimonios gráficos que dan fe de esta piadosa tradición; y como detalle curioso hemos de mencionar la visita efectuada el día 25 de agosto de 1912 por las jóvenes premiadas en el concurso de belleza del barrio, que aparecen orando ante el altar de la imagen. También siguen concitando afluencia de fieles las principales fiestas en honor a la Virgen: además de la del 15 de agosto, todos los terceros domingos de cada mes y dos novenas: una en la Semana Santa y la del mes de agosto, que culmina con la tradicional procesión y la verbena que estamos comentando.

El templo actual

En 1896 se comenzó a levantar el templo que conocemos actualmente en la misma calle de la Paloma, con entrada también por la calle de Toledo; en el solar de la antigua capilla se edificaron unas escuelas. Para la construcción de la nueva iglesia, denominada de San Pedro el Real, como hemos dicho, contribuyeron con generosidad el pueblo y ciertas personas pudientes. El edificio, obra del arquitecto Rodríguez Izquierdo –que no cobró por su colaboración- se inauguró el día 23 de mayo de 1912 con gran afluencia de fieles no sólo de la Villa y Corte, sino de pueblos y lugares no tan cercanos.

A comienzos del siglo xx y con el fin de fomentar el culto a la imagen, se fundó una Congregación compuesta en su mayoría por señoras; más adelante se creó, a la vista del gran número de devotos, una rama de dicha Congregación bajo la denominación de Caballeros de la Virgen de la Paloma en la que se encuadran congregantes de todas las clases sociales.

El ajuar de la Virgen

En origen el lienzo encontrado por los chiquillos carecía de cualquier ornamentación. Poco a poco los donativos de fieles y devotos fueron componiendo un ajuar cuyo valor se fue incrementando. Se dotó a la Virgen de una corona adornada con piedras preciosas y después se confeccionó una aureola de rayos similar a la que en el momento actual podemos ver. Fieles y congregantes fueron componiendo a lo largo del tiempo un ajuar de objetos de ornato y litúrgicos de notable valor.

¿Qué fue de la imagen y su ajuar en las últimas contiendas?

Sabemos que durante la Guerra de la Independencia Isabel Tintero consiguió ocultar las joyas de la Virgen a la codicia de los invasores. Pero cuando en 1840 el gobierno instituyó un impuesto extraordinario para sufragar los gastos de la Guerra Carlista, fue necesario vender algunos objetos de culto para cumplir con este pago.

La Guerra Civil de 1936 da lugar a que se pierda una custodia de gran valor, nunca recuperada, que se había depositado en el Banco de España; otras joyas se ocultaron en lugares seguros y pudieron recuperarse tras la contienda.

Con respecto a la imagen y ante el temor de que fuese destruida, se colocó una copia en el altar y el lienzo original fue escondido entre otros cuadros en el domicilio del presidente de la Junta Parroquial, Sr. Labiaga, que residía en el número 62 de la calle de Toledo; cuando la familia se trasladó a la calle de Altamirano, ocultaron la imagen en el cabecero de una cama. Los bombardeos forzaron el traslado de los vecinos de la zona, que quedó en ruinas, y la esposa de Labiaga consiguió llevarse el testero de la cama alegando que era suya y no tenía dónde dormir. Quedó en el sótano de una farmacia de la Glorieta de San Bernardo. Resulta curioso que al comienzo de la guerra un zapatero, creyendo que era el original, se llevó el lienzo a su casa para salvarlo de la destrucción y así resultó que la imagen fue salvada por partida doble.

Como podemos apreciar, la devoción y el cariño de los madrileños quedan plasmados en el gusto por venerar, enriquecer y proteger el modesto cuadro cuyos avatares hemos tratado de describir grosso modo en estas líneas.

Esperamos que esta sucinta relación sobre la historia y circunstancias relativas a la imagen que disputa a la de Nuestra Señora de Atocha el patronazgo de la Villa pueda haber servido, al menos, como divertimento al paciente lector que haya permanecido fiel a nuestro relato.