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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2012 en la Revista de Folklore número 366.

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Hasta épocas recientes se consideró como el más antiguo grabado xilográfico uno que representaba a San Cristóbal que se halló pegado a un manuscrito y que se dató hacia la segunda década del siglo xv. En él ya se observaban algunos de los hechos milagrosos atribuidos al santo que se habían venido narrando en escritos legendarios como la Leyenda Dorada de Santiago de Vorágine. Se veía a San Cristóbal, cuyo nombre anterior a la conversión era el de Réprobo, atravesando un profundo río con el niño Jesús a sus espaldas y orientado hacia la orilla por el farol que empuñaba en su mano el ermitaño que lo convirtió y que sería -según las leyendas que circulaban sobre el santo desde el siglo xi- quien le recomendaría a partir de se momento que ayudara a cruzar el río a los peregrinos librándolos de la muerte. Esta facultad de salvar de la muerte violenta o súbita se le atribuyó durante toda la Edad Media (la menciona Erasmo en su Elogio de la locura), protegiendo el santo, según decían, de cualquier tipo de agravamiento de una enfermedad cardiovascular con el simple hecho de mirar su imagen al entrar o salir de una iglesia (precisamente por eso sus estatuas eran tan enormes). Pero incluso tal facultad ha llegado a nuestros días en que ejerce su patronazgo sobre los automovilistas, que son quienes más posibilidades tienen de sufrir una muerte supitaña. Hasta tiempos recientes los niños cristianos y judíos rezaban antes de acostarse una oración en la que se encomendaban a los protectores de las cuatro esquinas del mundo para que los salvaran durante el sueño de una muerte repentina (estos protectores eran Miguel, Rafael, Uriel y Gabriel en la tradición judaica y Lucas, Marcos, Juan y Mateo en la católica).

Pero San Cristóbal ha quedado además, por encima y más allá de su antigua leyenda, como topónimo ligado a una elevación del terreno en la que se cruzan varios caminos. Casi todos esos topónimos se relacionan con una ermita o iglesia, edificada en el lugar y dedicada al santo, que terminaba dando su nombre al cerro o teso en el que se encontrara. La tradición de bautizar o dedicar los altozanos a San Cristóbal pasó a América donde son imposibles de contar las alturas o montículos que recuerdan al personaje, independientemente de que su culto haya desaparecido casi por completo a pesar de ser patrono de los usuarios de uno de los artefactos más representativos de la edad contemporánea.