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Meteorología popular en la Valduerna (León)

RUA ALLER, Francisco Javier

Publicado en el año 2012 en la Revista de Folklore número 366.

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La Valduerna es una comarca tradicional leonesa, situada al suroeste de la capital provincial y establecida en un valle regado por los ríos Duerna, al sur, y Peces, al norte, si bien éste con un caudal mucho menor que el primero. El terreno se extiende desde las estribaciones de Los Montes de León hasta las cercanías de La Bañeza, limitándose en el suroeste con la Sierra del Pinar (denominada así por los pinares de Tabuyo, situados al norte de la misma), que es una prolongación de la Sierra del Teleno, en dirección suroeste y separa la Valduerna de la Valdería. Muchas veces, este valle se incluye en una comarca mayor, denominada Tierras de la Bañeza.

La eminente etnógrafa Concha Casado nos habla de la Valduerna en uno de sus trabajos: “… a lo largo de toda esta ribera poblada de chopos, paleras, alisos y fresnos… En los campos cultivos de alubias, patatas y remolacha; también florecen el trigo, la cebada y el centeno… Pinares y robledales en las cercanías del Teleno y, de vez en cuando, manchas de encinares…”[1].

Los pueblos de esta zona son de oeste a este y de mayor a menor altitud los siguientes: Tabuyo del Monte, Priaranza (donde el Duerna recibe las aguas del río Llamas), Castrillo (con sus poblados protohistóricos, y donde surge el arroyo llamado la Randa, desde la margen izquierda del Duerna, el cual baja por Robledo, reuniéndose con otras aguas de manantiales y convirtiéndose en el río de los Peces), más abajo Destriana (cabeza de municipio y población cargada de historia, donde desde sus altos se divisa la extensión de la vega por los cuatro puntos cardinales), Robledo, Robledino y Fresno (tres pueblos en mitad de la vega, con nombres que indican la abundancia de bosques que existieron en estas tierras y que con el tiempo cedieron su espacio a las tierras agrícolas), Castrotierra (con su célebre santuario de la Virgen de la lluvia, edificado sobre un castro astur), Villalís, Valle (población asolada en 1966 por una de las riadas tradicionales del Duerna), Posada y Torre, Villamontán (con sus campos que en otros tiempos fueron más ricos en cereal y en viñedo), Miñambres (antiguamente Viñambres y que padeció durante el siglo xx notables dificultades con las poblaciones de la otra orilla del Duerna por las inundaciones de este río), Redelga, Ribas, Palacios (villa señorial, asiento de la nobleza, de clima suave y tierra fértil, próxima a importantes vías de comunicaciones) y Santiago de la Valduerna (antiguamente Sacaojos)[2].

La altitud media sobre el nivel del mar de las localidades de esta comarca va disminuyendo ligeramente, de oeste a este, y siguiendo el curso de los ríos, desde los 920 metros de Velilla a los 775 de Santiago de la Valduerna. Al oeste el territorio es de montaña media y paisaje forestal, con valles en artesa; pero aguas abajo, la llanura aluvial se abre en vegas, dando lugar a un paisaje típicamente agrario.

El clima de la comarca

El clima de una determinada zona está caracterizado por las variaciones de temperatura, las precipitaciones, humedad y evapotranspiración, además de la orientación, radiación, vientos dominantes, y el relieve del terreno. Según estas características, la Valduerna tendría un clima de tipo mediterráneo templado, con temperaturas medias entre 10 y 14º C, una precipitación anual entre 400 y 900 mm y un periodo seco de tres a cinco meses. Todo ello con matices más fríos y húmedos en la transición hacia la zona montañosa. Las variaciones de precipitaciones, según los ombrotipos indican que la zona de Castrillo de la Valduerna tiene un clima subhúmedo inferior (601-735 mm), la de Destriana (seco superior, 516-600 mm), la de Villamontán de la Valduerna (seco medio, 436-515 mm) y la de La Bañeza (seco inferior, 350-435 mm)[3].

De forma particular, el clima de Priaranza, una de las localidades de la comarca, y según los datos de la estación meteorológica de Tabuyo del Monte (datos entre 1968 y 1995) indican temperaturas medias inferiores a 10º C durante siete meses e inferiores a 5º C durante tres, con mínimas de 8 a 10ºC bajo cero. El verano meteorológico, que coincide con el astronómico, es breve, con temperaturas medias que no superan los 15º C, llegando las máximas a sobrepasar los 30º C. La primavera y el otoño son estaciones de transición de corto periodo, con alternancia de días fríos y otros más benignos. El número de días de heladas puede pasar del centenar y las precipitaciones, si bien no son escasas (699 l/m2) están muy irregularmente repartidas a lo largo del año, pudiendo encontrar períodos de sequía de dos meses, sobre todo en verano o enormes cantidades de agua caídas en un solo mes[4].

No obstante, el clima ha cambiado a lo largo del tiempo y algunas características meteorológicas de esta comarca también se han visto afectadas con el paso de los años, como el aumento de la temperatura anual o la disminución de nevadas importantes, así como de los días de heladas entre octubre y junio.

En este trabajo trataremos de la meteorología popular de la Valduerna, que tiene como base la observación continua de los fenómenos meteorológicos por parte de sus habitantes y que se refleja en forma de vocablos, dichos y refranes, creencias y devociones religiosas, así como en el recuerdo de algunos de los sucesos más notables (por ejemplo tormentas o nevadas de cierta importancia), que ocurrieron a lo largo del tiempo. Entre los años 2008 y 2011 pude recoger algunos datos de esta meteorología popular valdornesa, pudiendo constatar que algunos conocimientos populares eran propios de la zona, mientras que la mayoría eran más generales y aplicables al resto de la provincia o incluso de España o más allá de nuestro país. A continuación les ofrezco una muestra de ellos.

Fríos y heladas

En relación con el factor más determinante del clima de una región, como es la temperatura, podemos indicar que el frío es la nota dominante, no sólo de esta comarca, sino también de la provincia leonesa[5]. El período de temperaturas bajas podía ser bastante prolongado y extenderse desde octubre hasta mayo o junio; en que todavía podían registrarse algunas heladas, si bien los meses más fríos son los de diciembre y enero. Algunos refranes recogidos en esta zona se refieren a estas condiciones climáticas, siendo alguno de ellos generales en toda España, mientras que otros pueden presentar un matiz más local. Así, los siguientes se refieren al periodo de octubre a febrero:

En octubre, el hogar de leña cubre.

Por la Virgen del Pilar, el tiempo empieza a cambiar.

En el día de los difuntos, memoria y frío van juntos.

En diciembre y enero, el labriego y el pastor descuidan las ovejas y encienden el fuego.

Enero veranero, ni para el pajar ni para el granero.

Abrígate por febrero con dos capas y un sombrero.

En febrero, busca la sombra el perro.

En invierno y en verano, el pastor con la capa en la mano.

Los siguientes se refieren a fechas determinadas de comienzos de febrero, como son el día 2 (la Purificación de Nuestra Señora) y el 3 (San Blas). Los refranes relativos al día 2, cuya festividad es denominada de forma popular la Candelaria, se refieren tanto al carácter del tiempo en esta época como a lo que pronostica la meteorología de ese día.

Cuando la Candelaria foria,

el invierno asomoria.

Que forie ni que deje de foriar,

el invierno está por pasar (Destriana).

Cuando la Candelaria chora, ya el invierno va fora (Castrotierra).

Cuando la Candelaria chora,

el invierno va fora.

Que chore, que deje de chorar,

el invierno falta por pasar (Priaranza, Tabuyo del Monte y otros)[6].

Por San Blas, la cigüeña verás.

Por San Blas la cigüeña verás, y si no la vieres año de nieves.

A mediados de marzo comienza la primavera, pero este mes, lejos de mostrarse de temple moderado, tiene un carácter propio y particular desde el punto de vista meteorológico, con un tiempo muy variado en la expresión de toda clase de meteoros, detectándose grandes contrastes entre el frío y el calor:

Pascuas marciales, hambrientas o mortales.

Marzo, fríos y heladas.

En marzo, calienta el sol como el pelmazo, pero al abrigo, no al raso.

Los cambios bruscos de temperatura que ocurren en marzo llegan a tener consecuencias funestas para el ganado lanar, también presente en esta comarca. Estos cambios han quedado reflejados en el diálogo que mantienen dos interlocutores: por un lado el pastor o pastora, que en tono de burla despide al mes porque cree haber salvado su rebaño, al conservarlo entero, una vez que está finalizando marzo (o febrero según otras versiones), y por otra parte, uno de estos meses que le pide unos días más de frío al mes que le sigue para castigar al insolente pastor. La tradición es general y se extiende por todo León, España y Europa. Estas son algunas versiones recogidas en la comarca valdornesa:

Era un pastor que decía:,

“Marzo, marcelo ,

tú te vas y yo me quedo

con mi rebañico entero”.

Y le dijo marzo:

“Todavía te ríes de mí, pícaro malvado,

pues con dos días que me quedan a mí,

y otro que me preste mi hermano abril

te he de hacer andar

con las pellejas al hombro

y las cencerras en la mano”.

Y le mató todas las ovejas. (Destriana).

“Ah, pícaro pastor,

¿aún te quedas alabando?.

Con dos días que me faltan

y tres que me preste mi hermano,

te he de dejar con las pillejas a cuestas

y las cencerras en la mano”.

Parece que guardó algunas ovejas debajo de la capa, pero como tienen el rabo tan largo, con el frío se les heló. (Priaranza).

“Ay, marzo, remarzo,

tú te vas y yo me quedo

con mi rebañico entero”.

“¡Ah, pícaro pastor!,

¿aún te quedas alabando?.

Con dos días que me faltan a mí,

tres que le faltan a mi hermano abril,

te he de hacer andar

con las pillejas a cuestas

y las cencerras al cuadril”. (Tabuyo del Monte).

Abril, como vemos, tampoco goza de gran prestigio en cuanto al carácter meteorológico. Y es que en abril el tiempo puede ser tan variado como en los dos meses que le preceden, con la particularidad de que en él desempeñan un papel importante las lluvias, y los vientos son menos duros y ásperos que en marzo. También, en el mes de mayo, pueden mantenerse algunos restos de los incesantes cambios meteorológicos que aparecen en febrero, marzo y abril, por lo que el tiempo se puede mostrar inseguro e incierto. Muchos refranes recomiendan estar precavidos ante los fríos inesperados de este mes, que se pueden hacer especialmente sensibles, si bien no con la fuerza de febrero y marzo. Algunos de estos dichos son muy conocidos:

En abril, el cuclillo se deja oír.

En abril quemó la vieja el mandil y en mayo quemó la vieja el sentayo

(banco de madera para sentarse).

En mayo, guarda la vieja el sayo.

En mayo, no te quites el sayo.

En mayo quemó la vieja el sayo, en abril quemó la vieja el mandil

(por arrimarse a la lumbre).

El verano es corto y caluroso en esta zona. Las fuertes temperaturas suelen comenzar a finales de junio, acentuándose en julio y la primera quincena de agosto; siendo también frecuentes en la última quincena de este mes los fuertes descensos nocturnos de la temperatura.

Junio brillante, año abundante.

En agosto, enfría el rostro.

En agosto, frío al rostro.

En agosto ya refresca el rostro (por las noches suele haber fresco).

En agosto, enfría la vieja el rostro.

Otros refranes se refieren a como debe ser el tiempo, en general, en los primeros meses del año:

Enero helado, febrero mojado, marzo airoso, abril lluvioso, sacan a mayo florido y hermoso.

Marzo airoso, abril lluvioso, sacan a mayo florido y hermoso.

Marzo ventoso y abril lluvioso, sacan a mayo florido, bello y hermoso.

Lo anterior también puede expresarse en forma de cuentecillo:

“Pasó una vez un rey con el carro y le preguntó al pastor qué cosas valían más que su mula y su carro. Y el pastor le contestó: “Un enero helado, un febrero amoroso, un marzo airoso, un abril lluvioso, un mayo pardo, un San Juan claro, ya valen más que la su mula y el carro””.

(Tabuyo del Monte)[7].

Como hemos visto, los últimos refranes se refieren a las heladas de enero, un mes en el que predominan las mismas. La nieve y las heladas tempranas suponen un gran beneficio para muchos cultivos y así, un refrán general, oído en varios lugares de León, es: “Si quieres tener buen granero, cuenta treinta heladas en enero”, es decir que prácticamente todo el mes debe helar y así se podrán fortalecer las semillas sembradas bajo la tierra, impidiendo que germinen y se formen las plantas en época inadecuada.

Además, en los meses de primavera, la temperatura podía bajar de 0º C y a esas heladas despertaban un gran temor, ya que algunas podían ser tan fuertes como las de invierno, pero con la particularidad de que podían provocar graves daños a los cultivos, y especialmente a los frutales y a la huerta. Los testimonios que recogimos sobre este asunto son muy abundantes; algunos ejemplos son los siguientes:

“Se decía, está encambriciao, está todo helado, va a venir la helada o la nieve… Antes se temía a las heladas de la Cruz de Mayo, ahora aquí hiela en todos los tiempos, un año abrasó todas las habas y todo lo que había, fue cuando el Corazón de Jesús, en junio... Se helaban cereales, centenos, uvas…” (Destriana).

“¿Heladas?... Muchas. Por Santa Cruz la peor, la del 3 de mayo, esos días del año raro es el día que no aparecen heladas, son malas para la fruta y el huerto… Helar muchos días, pero la que más fama tiene es esa. Es cuando más perjuicio hace porque está todo reverdecido… A lo largo del mes de mayo también hay otras heladas, no son tan nombradas, pero también las hay”. (Castrotierra).

“Hay buen tiempo en marzo y luego, en mayo, suele haber heladas que hacen daño… Este año [2010], a mediados de junio cayó una, que la gente quedó austada, se heló hasta el maíz, la hoja se la quemó, unas patatas estaban como heladas... La helada del 2 al 3 es la de Santa Cruz… Dicen: “Bueno, ya pasó Santa Cruz”… pero pueden venir otras”. (Villalís).

“Igual aquí en septiembre viene una helada que lo hiela todo..., las de mayo, en ese mes suele helar casi siempre y coge los pimientos... Hasta el quince suelen caer... Después del quince puede ser, pero ya es menos…Hacíamos una resbaleta, como esta mesa, y a resbalar, en las eras, donde había sombra... Había carámbanos, lo que cuelga de los tejados, aquí les llamamos chupones o caramelos de hielo”. (Tabuyo del Monte).

“Las peores heladas son las de diciembre y enero, también las hay en mayo y junio… Por aquí se dice “la helada de San Fernando y Santa Petronila”, son los días 30 y 31 de mayo, son las que resultan terribles para los frutos. Se dice eso, pero hay otras, esas son las que pagan, en junio también hay”. (Priaranza).

Precisamente, en este último pueblo, en un teso cercano al mismo, existe una cruz donde debió haber una ermita dedicada a San Julián (San Juliano como dicen por allí). Inicialmente esta cruz era de madera y se decía que protegía los campos de las heladas. Hace unos cinco o seis años se cambió por una de hierro.

Finalizamos este capítulo mostrando algunos refranes que tratan de la duración de la luz del Sol a lo largo del año, la cual está relacionada, en gran medida, con las diferentes temperaturas que se registran en los distintos meses. Desde el solsticio de invierno estos son algunos dichos recogidos en la Valduerna:

El día de Santa Lucía ni espurre [crece] el día ni la gallina pía.

El día de Santa Lucía espurre el día tanto como la gallina pía.

Por San Antón, la pita pon.

En abril a cenar y a la cama sin moscas y sin candil.

(No hace falta candil porque los días son más largos).

Días de marzo, días del diablo, no tiene tiempo una vieja de hablar un rato.

(Posiblemente hay una equivocación en el mes, y se refiere al mes de mayo).

Días de mayo, días del diablo.

Días de mayo, días del diablo y no tiene la vieja de echar una parlada.

(Hay una ironía en esto, por cuanto los días ya son más largos en este mes).

San Bartolo amecha [enciende] candiles y tapa barriles.

(Refrán oído en Castrotierra. Nos lo explicaban de esta manera: “Se acaba la siega y se acaba de beber y el candil porque vas a velar, porque se hace de noche”. San Bartolo o San Bartolomé es el 24 de agosto).

Santo Tomé dijo el Sol, aquí llegué y de aquí no pasaré.

(Se refiere a Santo Tomás de Villanueva, el 18 de septiembre, que por su proximidad con el equinoccio de otoño, prácticamente son iguales los días y las noches).

Lluvias y nieves

Las lluvias suponen una necesidad en tierras agrícolas, como las de esta comarca, especialmente las que llegan en la primavera, ya que sirven para asegurar la cosecha de cereal y, en general, la fertilidad de los campos: “En abril, aguas mil” y “Ramos regados, Santos mojados” (si llueve el Domingo de Ramos, el día de los Santos también llueve).

El agua de mayo resulta adecuada para los cultivos de secano, por cuanto las borrascas atlánticas, que traen aire húmedo y templado, dan lugar a las lluvias típicas de este mes, las cuales pueden extenderse hasta junio y resultar también beneficiosas las de este último mes, sobre todo si el año ha sido seco; lo recordábamos antes en algunos refranes sobre la temperatura, como éste: “Mayo pardo y San Juan claro, valen más que las tus mulas y el carro”. No obstante, en junio las precipitaciones no deben prolongarse demasiado, pues, si no resultarían perjudiciales para las cosechas: “Mayo seco, junio aguado, todo vendrá trastornado” y “Agua de San Juan quita vino y no da pan”.

De los meses otoñales, octubre parece el más lluvioso, en general, en la provincia de León, si bien en el mes de septiembre pueden caer fuertes aguaceros, y así no es raro oír en esta zona refranes tan generales como “Septiembre, o seca las fuentes o tira los puentes” (según venga el tiempo, seco o lluvioso). Las lluvias de invierno son muy inconstantes; pero pueden llegar a ser incluso inconvenientes: “La miseria del año entra en enero nadando”. Otro dicho de por aquí es “Año de ciruelas, nunca más vuelvas”, porque, según nos dijeron: “las ciruelas traen mal año, hay mucha humedad y todo se pudre, como las patatas”.

A fin de vaticinar la llegada de estas precipitaciones, las gentes de la Valduerna, al igual que los de otros lugares, hicieron acopio de una serie de referencias que, fruto de la observación, les servían como indicadores más o menos fiables de este cambio de tiempo. Entre ellas se encontraban la aparición de nubes de carácter local, debido al aumento de la humedad del aire, que es indicio, en tierras del interior, de un cambio de tiempo que se reflejará en la llegada de lluvias o tormentas:

Las nubes de León, de agua son.

“Las nubes si van pa León, de agua son… suelen venir del sur y van hacia León,… son los vientos ábregos, soplan en invierno” (Villalís).

“Cuando las nubes de verdad [es decir no la tormenta, que también se llama nube] marchan pa allá para el Teleno, y eso era buen tiempo” (Destriana).

Cielo empedrado, suelo mojado.

Este último refrán se refiere a la presencia de un conjunto de nubes algodonosas y pequeñitas que asemejan, no sólo losas o ladrillos (de ahí la alusión a “cielo empedrado”), sino también vellones de lana, o un rebaño de corderos u ovejas. Todas estas formas han dado lugar a refranes variados, como éste de Astorga: “Cuando el cielo se viste de lana, si no llueve hoy, llueve mañana”. En general, este tipo de nubes medias (altocúmulos) parecen pronósticos seguros de lluvias próximas y si bien algunas veces es cierto (cuando preceden a frentes de lluvias o a tormentas dispersas), en otras ocasiones no les siguen precipitaciones próximas.

En las señales de lluvia también intervienen meteoros como las luces del amanecer y del ocaso, los halos de luna y el arco iris:

“Esta noche va a llover,

que tiene cerco la luna.

Las estrellas me lo dicen

y el cielo me lo asegura” (Castrotierra).

“Cuando está el cielo rojo al atardecer, va a haber buen tiempo,

porque está el cielo de carne de vaca desollada” (Destriana)[8].

“Hala, mira, va a llover, está el arco iris, hay sol, o para de llover, pues ya no llueve más porque salió el arco iris. Otras veces decían: Pues mira va a llover porque está cogiendo agua en el río de las Huernias y del río Peces… ahora está bastante seco este último” (Robledo)[9].

“El arco iris cuando salía es que ya había pasado la tormenta” (Villalís).

“Cuando viene un cierzo y tormenta y hay sol, se ven los colores del arco iris” (Tabuyo del Monte).

“Va a llover, que está el arco iris pa abajo (al este)”. (Castrotierra).

El arco iris es posible divisarlo cuando el Sol se encuentra de espaldas al observador y frente a él se alza una cortina de lluvia; de ahí que por la mañana se forme al poniente (Oeste), y por la tarde al saliente (Este). Esta posición ha sido relacionada por las gentes del campo con la ausencia de precipitaciones en el primer caso o con la llegada de aguaceros en el segundo, y los pronósticos encuentran alguna justificación, en el sentido de que, en nuestras latitudes, la circulación general del aire es de Oeste a Este; por ello cuando el arco iris se divisa al Este, con el cielo despejado por el poniente, puede indicar que durante algunas horas no habrá precipitaciones; mientras que por la mañana, la lluvia que revela el arco iris en el Oeste es posible que nos llegue a dar alcance.

El comportamiento de los animales también anuncia cambio de tiempo o llegada de lluvias:

“Cuando rebrincaban las ovejas, que va a cambiar el tiempo o si cantaba el gallo… no se cuando” (Robledo).

“Cuando se llenaba todo de telinas de araña, todo, las habas, decíamos buen tiempo, porque están las telinas de araña así” (Destriana).

“Los pájaros cuando andaban en bandadas se decía que iba a llover mucho, se ponía el cielo muy lleno de pájaros… Y cuando marchaban las golondrinas, decíamos, “¡hala, ya el tiempo empieza a cambiar porque ya las golondrinas marchan!” … marchan a últimos de septiembre y en octubre puede que el tiempo esté bueno, pero ellas marchan a últimos de septiembre… Las golondrinas dicen que marchan pal África, van encima de los barcos” (Destriana).

Finalmente, la observación de los charcos durante la lluvia también podía servir para conocer el tiempo que durarían las precipitaciones o cuanta cantidad de agua arrojarían las nubes:

“Cuando llovía y hacía gorgolitos, eso era que iba a llover mucho. Se decía “caen a gorgolitos” cuando llovía mucho” (Destriana).

“Se llamaban maragatas o margaritas [a los gorgolitos que se formaban en los charcos] y es que iba a llover mucho, iba a seguir lloviendo... se subían mucho para arriba.” (Robledo).

Otro meteoro acuoso es la nieve, la cual hacía su presencia en las zonas altas de la comarca de forma más intensa y frecuente durante los inviernos, mientras que por debajo de los mil metros estas nevadas eran menos frecuentes y duraderas. En nuestras conversaciones con los informantes de la Valduerna, pudimos comprobar que guardaban recuerdos bastante nítidos de las fuertes y prolongadas nevadas que ocurrieron hace muchos años: “Nevaba mucho y ¡se formaban unos parvones! [montones de nieve, como los de paja de las eras]”, nos informaba una señora centenaria de Destriana. Recordaban los campos blancos y los caminos bloqueados por densas capas de nieve, que provocaban el aislamiento de los pueblos durante períodos prolongados de tiempo y hacían necesaria la apertura de sendas o rastros. Estos son algunos testimonios sobre estas nevadas copiosas y frecuentes que ocurrían hace años, porque como nos decían: “¡ya no nieva como antes!” o “la nevada marcha pronto ahora”:

“¿Nieve?… Había mucha, mucha, pero luego ya no... Este año [2009] sí que nevó que yo le hice hasta una foto... Antes nevaba mucho... un año [1957, febrero] nevó mucho, metro y medio y estuvo quince días sin poder salir los rebaños de casa y el primer día que salieron tuvieron que ir con los caballos delante para que pudieran llegar al monte, porque si no, no andaban”. (Robledo)

“Este año [2009] hubo siete nevadas, una la del 17 de diciembre, que empezó, la primera... nevadas de 5-10 centímetros, no fueron muy grandes... Antiguamente nevaba más, tengo unas fotos de ahí del tejado, unos churumbeles de hielo de más de metro y medio de largo... Desde el año 1997 no ha nevado fuerte,... a mi hermano, que tuvo que marchar a Santiago, lo tuvo aquí detenido cuatro o cinco días... Ahora como hay tractores con palas muy grandes, pues los limpia...” (Villalís).

“La nevada que hubo por los cincuenta… por hacendera se tuvo que limpiar la carretera hasta Tabuyo… Antes nevaba mucho, por los Santos la nieve ya estaba aquí… La nieve de diciembre es la que más dura y la más beneficiosa, porque es la que empapa el terreno, es como nosotros, para estar bien tenemos que comer y la tierra lo mismo, también necesita esa agua para alimentarse” (Priaranza).

“Nevada cuando yo tenía 14 años y fuimos a apalar la nieve, no había otra cosa, de aquí a Castrillo con las palas, los de Castrillo pa arriba y nosotros de aquí pa abajo (hacia Castrillo), hasta que nos encontramos todos, en hacendera, había hasta dos metros de nieve, fue dos años más de la tormenta [sería en 1960 o 1961]” (Tabuyo del Monte).

“Antes caían muchas más nevadas que ahora. Cada uno quitaba un trozo de nieve, y luego si hacía falta lo quitaban entre todos; pero no había máquina quitanieves y antes caían muchas nevadas… En el mes de febrero, no sé de qué año, cayó una nevada que se creían que se iban a hundir los tejados”. (Tabuyo del Monte).

Estas nevadas de cierto espesor comenzaban a observarse en noviembre (como nos recordaba uno de los testimonios) tanto en las montañas, como en las sierras y en los llanos de altitud media y continuaban durante el invierno, por lo que no se han olvidado los siguientes refranes, muy generales por otra parte:

Por los Santos, la nieve por los campos.

Por los Santos, nieve en los altos y por San Andrés, nieve en los pies.

Por los Santos, nieve por los campos y por San Andrés, nevadicas tres.

Año de nieves, año de bienes.

En marzo, algunos años puede haber “cierzos de nieve”, como nos decían en Destriana y desde luego, en enero es más natural que esté presente el meteoro acuoso, tal y como nos comentaron en Redelga:

“San Tirso [el 28 de enero, es el patrono del pueblo] nos da mucha agua y mucha nieve. Siempre hay nieve esos días”.

Las lluvias y el deshielo aumentaban el caudal del río Duerna (y en ocasiones también el del Río Peces), que al no estar regulado provocaba inundaciones de cierta importancia en algunas localidades de la Valduerna, o incluso en la misma ciudad de La Bañeza. Con anterioridad nos hemos referido a las de Valle y Miñambres y de otras inundaciones notables nos habla Conrado Blanco en sus “Capiteles para la Historia Bañezana”:

“11 de diciembre de 1589: Las aguas del río Duerna se desbordan, entrando por la calle del Relox (hoy General Franco), llegando casi hasta la Plaza Mayor, para ser más exactos, hasta el segundo poste de los portales de la casa donde moraba el secretario Velasco, casa que pertenecía en aquella época a Doña Isabel de Mansilla… Esta crecida fue recordada durante muchos años como la mayor de todas cuantas se conocían”[10].

Aires, bufas y remolinos

Al viento le llaman aire o bufa en varias localidades de esta comarca, empleando preferentemente el segundo término para referirse al viento frío: “¡Cierra la puerta, que entra una bufa!”. Otro tipo de viento conocido en esta zona es el cierzo, que describen en Priaranza como “el viento frío que trae gotitas de lluvia o nieve”[11].

De forma más general, en el Diccionario de Madoz, cuando se describe el clima del Partido Judicial de La Bañeza (al que pertenece la comarca valdornesa), se dice que: “Los vientos que con más frecuencia reinan, son los de la parte Sur, que regularmente originan lluvias, y los del N.E. precursores de fríos y nieves”[12].

Los siguientes testimonios recogidos en la zona confirman la presencia de estos vientos direccionales en la comarca:

“Cuando soplaba del soto decíamos “malo, mañana llueve”. El soto es el río Duerna [el sur], si soplaba de allí decíamos “que era de manantial”, que traía lluvia… Del Teleno [oeste] no vienen lluvias, baja aire, sopla un aire más fuerte” (Castrotierra).

“Viene por ejemplo el viento del norte, si es invierno, que va a helar, fijo y si viene el aire de las Huernias, que es el sur, que va a haber calor, que traiga frío es muy difícil, y ya del este y oeste depende, el oeste más bien frío aquí, que es el del Teleno” (Robledo).

“Los del Teleno (oeste) son muy fríos, y cuando hay nieve mucho más… Se dice: “O cerca de la montaña o lejos de ella”, y aquí debemos estar en el medio… Los vientos gallegos son de la parte esa del noroeste… Vientos cálidos son los del sur, son los que traen agua… Del este, de Burgos le dicen aquí, cuando nieva mucho, en invierno, “¡Ya viene de Burgos!”, a lo mejor trae agua”. (Villalís).

“Los vientos eran los siguientes: de abajo (del sur), de arriba (del norte), de dentro (del este), de afuera (del oeste o de Tabuyo)”. (Priaranza).

Los vientos estivales eran empleados en esta zona, como en general en el interior peninsular, para las labores de limpieza o aventamiento de los cereales ya trillados, por lo que se esperaba que llegaran esas corrientes de una determinada dirección, colocando los montones de mies trillada en un lugar específico de la era para ser limpiados por el aire. De forma general, en muchos lugares de León (Maragatería, Valduerna, Tuerto, Órbigo y Páramo) se aguardaba a las brisas del amanecer o del atardecer, que se presentaban de forma regular, sobre todo durante los meses de julio a septiembre, para la limpieza de las eras. Concretamente, en algunas localidades de la Valduerna nos comentaron lo siguiente:

“La bufa, llamaban, la bufa de arriba, de Astorga, se decía: “¡A ver si viene la bufa!” y mirábamos las tijeras de la ermita, a ver si venía el aire bien para bildar… por arriba de la campana, colgando había unas tijeras, y cuando las tijeras estaban bien pa limpiar iba la gente pa las eras. Eso se hacía en agosto, todos los días. Se limpiaba por la mañana y por la tarde, porque no limpiabas todos los días lo mismo. Trillar todo el día y luego se amontonaban las parvas hacia un lado, dependía de la era y según viniera el viento.” (Destriana).

“El aire que se empleaba para limpiar la era, para hacer la limpia de la paja, que estaba amontonada en parvas y parvones, después de trillarla, era el “aire de arriba”, del norte”. (Priaranza).

“Las parvas para limpiar era el viento de arriba, igual era una parva de cuatro o cinco trillas, y si no venía el aire había que dejarla allí, una parva grandísima... ya empezaban a limpiar a últimos de julio y hasta el mes de septiembre, todo, trigo, cebada, lo que hubiera,... todo el día trillando allí con esos calores,... La trilla era redonda y se hacía al final pa la parte de abajo [el sur] hacían la parva que le llamaban, se limpiaba a bildo, que se llamaba. El viento tenía que venir de aquí de arriba, que le llaman, tenía que venir de arriba, si no, no se podía limpiar.” (Tabuyo del Monte).

La labor de aventar la mies había que realizarla antes de determinados días, según algunas creencias, por ejemplo antes de San Bartolomé (24 de agosto), ya que ese día el santo metía en un barril los vientos y ya no habría corrientes de aire para realizar tal limpieza. A San Bartolomé, uno de los apóstoles de Cristo, que fue desollado vivo, se le considera el carcelero del diablo (se le suele representar con un diablillo encadenado a sus pies). Por otra parte se cree también que las fuerzas del mal (diablos o brujas) desencadenan los vientos, por lo que San Bartolomé puede aparecer como un santo capaz de controlarlos, la tener poder sobre tales fuerzas. En Priaranza, el 10 de agosto, festividad de San Lorenzo, era tanto el comienzo como el final del aire y por eso se decía: “San Lorenzo es el que echa los aires o los corta”.

Durante el verano, en las eras también se formaban los remolinos o brujas, nombre que recibían las columnas de aire ascendente, formadas debido al fuerte calentamiento que experimentaba el suelo. A veces alcanzaban gran altura y la fuerza ascensional del aire levantaba partículas de polvo o residuos orgánicos:

“A los remolinos de viento que se formaban en las eras se les llamaba brujas, decíamos: “¡que viene una bruja!, ¡que viene una bruja!”, o: “¡Hala, a parvar esto que viene una bruja y nos lo lleva!”, y también “¡Ay que bruja viene por allí!” (Robledo).

“Se formaban remolines en la hierba cuando estaba trillada y la levantaba para arriba, aquí los llamaban brujas también y se hacía la cruz, cruzando los dos dedos índices de ambas manos, para que no se llevasen las bildas… ¡Mira, que viene una bruja!... Se llamaban brujas, pero más remolines que brujas” (Tabuyo del Monte).

En otros lugares de la comarca también se santiguaban o “hacían la cruz” metiendo el pulgar entre los dedos índice y corazón, una práctica que no es exclusiva de la Valduerna, ni siquiera de León, y así en algunas localidades salmantinas se hacía la señal de la cruz para que se marchase el diablo y en algunos lugares de Burgos también se lanzaban al remolino algunas piedrecitas benditas del Sábado Santo[13].

Todo ello está relacionado, en último término con la superstición popular sobre el origen del viento, creyendo que son los espíritus malignos los que animan los huracanes y torbellinos, bien por sí mismos, bien por medio de una bruja o endemoniado. Así, la exclamación, “¡qué bruja se habrá escapado!”, dicha cuando hace viento era bastante general y frecuente.

Las tormentas

Sin duda, el mayor contenido informativo que recogimos en nuestra labor de campo por esta comarca, fue el relacionado con las tormentas, sus consecuencias y las defensas empleadas contra estas “nubes”. Y no es de extrañar, por cuanto este fenómeno meteorológico es el que más nítidamente se graba en la memoria de las gentes, debido a la espectacularidad del mismo y a los temibles perjuicios que ocasiona.

De acuerdo con los testimonios recogidos, “las tormentas malas eran las del Teleno” (cordillera situada al oeste de la comarca); pero también resultaban desastrosas las que provenían de la Sierra de Carpurias, al norte de Zamora y al sur-sureste de la zona de estudio[14]:

“Decían también que cuando las tormentas venían de Carpurias que eran malas siempre, muy malas, era del sureste… Es un monte o un pueblo, no sé lo que era… Venían con muchos rayos y granizo, mucha piedra… Hace dos noches [22 de julio de 2009] hubo una tormenta grande. Vendría de allí, porque estaba oscuro por ahí que se mataba”. (Castrotierra).

Estas tormentas de la Sierra de Carpurias pueden ser indicadas por el nombre de alguna localidad que se encuentre en esa dirección, por ejemplo Castrocalbón y Herreros, tal y como se desprende de los siguientes etnotextos:

“Aquí se suele decir que cuando vienen de la parte de Castrocalbón que son las malas. Es cierto, ¡eh!, aquí la tormenta que venga de allí,... decimos Castrocalbón como si decimos otro pueblo... el sur.. son malas, y sobre todo si son rojas, como la tormenta sea roja, casi seguro que por donde pase cae piedra... si está rojo el cielo... en cambio las que empiezan por donde el Teleno suelen marchar más para el norte... las de abajo [el oeste] también, sin embargo éstas, las del este, el sur…” (Robledo).

“La de más peligro, la más cerca la llamamos de Herreros…, del sureste, de un pueblo… Cuando viene, viene de todos los lados… Las que vienen de arriba van más para el río, son las del Teleno, esas siguen el cauce del río Duerna.” (Villalís).

Otro foco de tormentas es la Sierra del Sanguiñal, próxima a Tabuyo del Monte:

“También eran malas las tormentas que venían del Teleno y las del Sanguinal…, le llamaban Sanguinal nuestros abuelos, pues habría un pueblo…¡Uy, esa viene del Sanguinal”,… igual venía de un teso de allí”. (Destriana).

En lo que hay una cierta disparidad es en la consideración de la peligrosidad de la tormenta dependiendo del color que presente el cielo, pues si bien en el testimonio anterior de Robledo se considera a las tormentas rojas como las más temibles por el granizo que descargan, en otros lugares nos dijeron que esas tormentas son vespertinas y “con mucho ruido, pero secas”, mientras que las peores eran “las que venían ablancazadas” porque “descargaban mucha piedra y daban mucho miedo”.

Algunos refranes o dichos recogidos en esta comarca se refieren a las tormentas en determinados días o meses del año, o incluso a ciertos pronósticos por los colores del Sol:

Tormenta mercolina, nueve días contina.

(A veces se decía: ¡Ay mira, empezó en miércoles, va a seguir).

Si tronaba en miércoles, ocho días continuos (a veces sí y a veces no).

Truena en marzo, se cría el trigo en los peñascos.

(Iba a ser buen año y habría trigo en todas partes).

Cuando en marzo oigas tronar, echa la llave a tu pajar.

(Que va a venir tormenta y te lo arrasa y no hay paja). Contradictorio con el anterior.

Las tormentas se formentaban en febrero.

(Era cuando se juntaban las nubes).

Tormenta en el Sanguiñal, agua sin parar.

(La Sierra del Sanguiñal, ya indicada anteriormente).

Recogimos también varios testimonios acerca de algunas tormentas especialmente espectaculares, al menos para nuestros informantes, ocurridas hace ya algún tiempo, y de los cuales no daré cuenta, a fin de no hacer más extenso este artículo.

Frente a la llegada de estas “nubes” estivales, las gentes valdornesas ponían en práctica una serie de medidas protectoras, por lo demás comunes en otras zonas leonesas y de fuera de nuestra provincia, si bien algunas de ellas muestran alguna peculiaridad propia de la comarca.

Así, se rezaba a Santa Bárbara, protectora específica contra las tempestades:

“Santa Bárbara bendita

que en el cielo estás escrita,

en el aro de la Cruz,

de nuestra muerte,

Amén Jesús.

Que nos libre de truenos y relámpagos” (Priaranza).

“Santa Bárbara bendita,

que en el cielo estás escrita

con papel y agua bendita.

Dadnos pan y vino

a la gente que andamos por los caminos”. (Destriana).

“Santa Bárbara,

tú que eres bella,

libranos de la centella

y del rayo mal parado.

Jesucristo está enclavado

En el aro de la cruz,

Amén Jesús”. (Tabuyo del Monte).

También se rezaba el Trisagio:

“Santo, Santo, Santo

Dios de los ejércitos,

Llenos están los cielos

Y la Tierra de tu gloria

Gloria al Padre,

Gloria al Hijo,

Gloria al Espíritu Santo”.

Y luego se rezaban unos padrenuestros

(Castrillo).

Práctica muy difundida era encender las velas del Jueves Santo o de las Candelas. En Castrillo de la Valduerna se le tiene una gran devoción a la Virgen de las Candelas, patrona de la localidad. El día 2 de febrero le ofrecían velas a la Virgen, luego se llevaban para casa y se encendían también el Jueves Santo, el día del Corpus Christi y “cuando había alguna necesidad”, por ejemplo para velar a los difuntos o cuando llegaban las tormentas. El siguiente testimonio trata de una práctica similar, en este caso en el pueblo de Miñambres:

“Se llevaba la vela el día de las Candelas a bendecir y después se guardaba para Jueves Santo, se ponía en un hachero grande que había, cada uno llevaba su vela, le poníamos un lacito y con cartón se hacía una cosa para que no cayera la cera. Estaba el Jueves Santo y el Viernes Santo, y el día de Viernes Santo cuando se recogía el Monumento se quitaba la vela y la llevabas para casa y esa vela siempre la tenías bendita y si alguien se ponía malo la encendías, si había tormenta, la encendías.”

En Robledo, para aumentar la eficacia de la vela, se cogían tres piedras de granizo, de las primeras que cayeran, y se echaban dentro de la vela, que estaba luciendo mientras duraba la tormenta. Esta costumbre, aunque un tanto insólita, no es única de esta zona y así, la volvemos a encontrar, por ejemplo, en el País Vasco:

“Cuando viene una tronada suele el párroco subirse a la torre y allí, mientras dura, suele estar rezando, y después; si cae piedra, coge y arroja al fuego tres de aquellos pedruscos”[15].

En Castrillo, como protección también empleaban un tronco de leña que había sido encendido el día de Navidad:

“Cuando el día de Navidad, mi madre ponía un tronco de encina, lo prendían cuando el Nacimiento del Niño, dejaban algo y luego lo prendían cuando había tormentas”.

Esta última es una costumbre bastante peculiar, si bien dentro de la comarca la volvimos a encontrar en Priaranza, aunque con un matiz diferenciador, y es que aquí el tronco que se encendía como protección frente a las tormentas no era el de Navidad, sino uno que había sido bendecido el Sábado Santo:

“El Sábado Santo había que llevar un tronco de roble a la iglesia, allí se quemaba un poco y el cura lo bendecía. Se llevaba para casa y cuando había truena se ponía en la lumbre, luego se recuperaba y servía para más tormentas, cada vez que había una truena se echaba al fuego”[16].

No faltaban tampoco los toques de campana a “Tente nube”, tanto como medida preventiva (el día de Santa Brígida (1 de febrero) en Ribas)[17] como ante la proximidad de la tormenta. En la Valduerna, dos campanas eran especialmente poderosas en el cometido de alejar las “truenas”, una era la de la ermita de la Virgen de las Candelas (en Castrillo) y otra la de la ermita de La Piedad (en Tabuyo del Monte). Así nos lo refirieron:

“Oí decir a mi madre que la Virgen tenía una esquila que paraba la piedra, pero… hará más de cincuenta años que no se toca esa esquila” (Castrillo).

“Nada más caía la piedra tocaban la campana y así paraba: “Tente truena, tente tú, que más puede Dios que tú”. La tocaban cuando empezaba a caer y así paraba,... era la campana de la ermita de la Piedad... ¡dice la gente que eso eran bobadas!”. (Tabuyo del Monte).

Otro amuleto protector de gran poder era la Cruz de Caravaca, tal y como se refleja en el siguiente testimonio, recogido también en Tabuyo del Monte:

“Estaban dos señoras atropando trigo (porque como había tantas vacas) y sacaban la hierba que podían para dar al ganao, y una de ellas tenía un niño pequeñín y se arrimaron a un roble, y decía mi madre que una mujer tenía la cruz de Caravaca puesta, y la otra no tenía nada y tenía el niño al cuello, y estaba dándole pan mascao, porque antes… cuando los niños iban pa las tierras con las madres, pues, ¿qué le iban a dar de comer?, y llevaban un poco de pan, se lo mascaban y se lo daban, y la chispa mató al niño y a la madre, y a la otra no la tocó porque tenía la cruz... Se tenía mucha fe en la cruz de Caravaca, yo siempre la he tenido.”

Finalmente, y dentro de estas medidas protectoras, quedan algunos recuerdos de sacerdotes que dirigían sus oraciones a las nubes para impedir que descargaran el pedrisco sobre estos pueblos agrícolas:

“Salía el sacerdote al balcón de su casa y echaba los exorcismos y se esparcía la nube”

(Destriana).

“Un sacerdote de este pueblo… hará unos sesenta o setenta años… cuando tronaba subía al campanario, tocaba las campanas y conjuraba la truena desde el mismo campanario… Tocaba las campanas así, como asustándola”. (Robledo).

“Yo viví siempre con el cura y cuando había una tormenta, íbamos a la iglesia y había un ritual allí de un libro, y rezaba en latín… Estaba la tormenta, ¡traas, traas!, y nosotros allí en la iglesia… Iba él solo y me cogía a mí que estaba allí en casa” (Villalís).

AGRADECIMIENTOS E INFORMANTES

Los datos empleados para la redacción de este artículo se obtuvieron durante los veranos de 2008 a 2011 y fueron proporcionados por las personas que se relacionan a continuación. Agradezco a todas ellas la amabilidad y la hospitalidad con que nos acogieron, tanto a mí como a mi madre, María Luz Aller, a quien agradezco también su compañía en estos viajes a tierras valdornesas y su colaboración para vencer la reticencia de algunos de los encuestados. Estos son, por localidades, los siguientes:

Castrillo de la Valduerna: Araceli López López y José López López (agosto 2010).

Castrotierra de la Valduerna: Alejandro Guerra Román, Casilda Román Muelas (99 años)* y Manuel Román Rodríguez (agosto 2008 y julio 2009).

Destriana: Elena Berciano, Feli Berciano, Isabel Berciano, María Fuente (101 años) y Pilar Valderrey (83 años) (agosto de 2008, 2009 y 2010).

Miñambres: Laureana Lobato (julio 2009).

Priaranza de la Valduerna: Trinidad Abajo, Isolina Bajo, Fernando García (83 años) y Evilio Ramos (agosto 2008 y julio 2011).

Robledo de la Valduerna: Celerina Ferrer Prieto (73 años) (agosto 2009 y agosto 2010).

Tabuyo del Monte: Victorina Astorgano Fernández (68 años), Clemencia Fernández de Dios (100 años), Tomasa Fernández de Dios (103 años) e Isidro Fernández (julio 2011).

Villalís: Justo Carracedo (73 años) y María Pilar Planelles (agosto 2009 y agosto 2010).

Villar de Golfer: Avelino Perandones (agosto 2009).

Agradecemos también la colaboración de los informantes anónimos de Redelga, Ribas y Robledino.

(* Las edades pertenecen al último año en que se realizó la entrevista).

Notas

[1] C. CASADO LOBATO, “La Valduerna”, en Filandón, nº 293, Diario de León, 18-agosto-1991, pp. IV-V.

[2] El que desee una mayor información sobre esta subcomarca, puede consultar, entre otros: C. BLANCO GONZÁLEZ, “El río Duerna”, en Capiteles para la Historia Bañezana V, La Bañeza (León), 2002, pp. 68-69, M. FERNÁNDEZ NÚÑEZ, Apuntes para la historia del partido judicial de La Bañeza, Madrid, 1919, pp. 7-8; C. CASADO LOBATO, León y sus comarcas, Valladolid, 1991, pp. 63-64 y J.M. ÁLVAREZ DOMÍNGUEZ y J.J. SÁNCHEZ BADIOLA, “La Bañeza y sus tierras”, en El Siglo de León, vol. II, Diario de León, León, 2000, pp. 342-346.

[3] Los ombrotipos son los tipos climáticos calculados en función de la precipitación, que se relaciona con la presencia de determinadas comunidades vegetales. Sobre el clima de esta comarca se puede consultar el Atlas de León, La Crónica. El Mundo, León, 2000, pp. 200-201 y 225-231.

[4] Datos tomados de la página de Antonio Berciano: http://platea.pntic.mec.es/~abercian/. (Consulta realizada el 28 de abril de 2011).

[5] Véase el capítulo “La temperatura”, en mi libro Meteorología Popular Leonesa, Universidad de León, León, 2007 (Colección “Conocer León”, nº 23), pp. 23-55, en especial pp. 27-38.

[6] En España son muy abundantes los refranes sobre la meteorología de este día. Ver por ejemplo F. RODRÍGUEZ DE LA TORRE, “354 Paremias sobre el día de La Candelaria”, Revista de Folklore, nº 337, Valladolid, 2009, pp. 14-32. El que “llore la Candelaria” (llueva ese día) podría tener un mayor fundamento que la otra parte (“que ría”), por cuanto si a primeros de febrero llega a España una borrasca procedente del Atlántico que genere un temporal lluvioso y de temple suave, ocurrirá que cuando pase este temporal y se despeje el cielo, las capas inferiores de la atmósfera conservarán la temperatura moderada adquirida, gracias a la fuerza que va mostrando la radiación solar por ese tiempo, y no serán por tanto de temer los rigores del frío (Ver Meteorología Popular Leonesa, pp. 32-33).

[7] Otras versiones similares existen, al menos, en otros lugares de León y de Asturias. En Maragatería hemos recogido algunas y también en la localidad asturiana de Urria decían: “Val más que truene entre mayo y abril, que los bueyes ya’l carro del rey gentil” (L. GARCÍA GARCÍA, Refranes en Asturias, Oviedo, 2004, p. 248).

[8] En algunas localidades cercanas a la capital leonesa, como Vega de Infanzones, se decía también que el cielo rojizo del atardecer tenía “el color de una vaca desollada”, y se creía que su aparición era un presagio de lluvia en dos o tres días. En la localidad extremeña de Oliva de la Frontera también existe el refrán: “vaca soyá y a los tres días mojá”, siendo “soyá” el aféresis de “desollada” y “mojá” de “mojada”, en relación con la visión de un cielo que muestra una nubes muy diluídas y enrojecidas al ponerse el Sol. Sobre este asunto y, en general, sobre el pronóstico de lluvia por los arreboles, llamados “rubianzas” en algunas zonas de León, ver Meteorología Popular Leonesa, pp. 88-90.

[9] Esta es una de las diferentes creencias relacionadas con el arco iris, que presenta a este fotometeoro como un ser sobrenatural que es capaz de beber las aguas de algún punto de la tierra e incorporarlas al cielo. Otras expresiones recogidas en León son: “Cuando el arco de iris baja a beber, señal que ha llovido y quiere llover” (Valverde, Montaña de Curueño) o “Cuando el arco iris bebe, no llueve” (Solana de Fenar), (ver por ejemplo J.L. PUERTO, Fascinación del Mundo, Motivos legendarios tradicionales, Universidad de Valladolid, Valladolid, 2006 p. 20).

[10] C. BLANCO GONZÁLEZ, Capiteles para la Historia Bañezana III, La Bañeza (León), 2000, pp. 43-45.

[11] Ver “Vocabulario de Priaranza de la Valduerna”, en la página de Antonio Berciano: http://platea.pntic.mec.es/~abercian/priaranza. (Consulta realizada el 23 de julio de 2010).

[12] P. MADOZ, Diccionario geográfico, estadístico e histórico de España y sus posesiones de Ultramar, 1845-1850. Edición facsímil (Valladolid, Editorial Ámbito, 1985), volumen correspondiente a León, p. 57.

[13] Ver Meteorología Popular Leonesa, pp. 195-197.

[14] Existen varias creencias en León relacionadas con dioses o genios que provocan las tormentas; así, por ejemplo se cree que en la Sierra de Carpurias vive un gigante de un solo ojo que guarda un tesoro y que cuando está enfurecido sopla el viento contra las tierras bañezanas en forma de tormentas rojas infernales, rugiendo estrepitosamente y produciendo los truenos. Asimismo, el dios Teleno, que habita en su montaña del mismo nombre, lanza sus rayos contra las tierras de alrededor y luego los apaga en aguas subterráneas de la comarca próxima de La Cabrera. Sobre estas creencias ver F.J. RÚA ALLER y M.E. RUBIO GAGO, La piedra celeste. Creencias populares leonesas, León, 2001 (2ª edición), Colección Breviarios de la Calle del Pez, nº 13, pp. 87-90.

[15] DE AZKUE, R.M.: Euskaleriaren Yakintza. Literatura Popular del País Vasco. Tomo I. Costumbres y supersticiones, Euskaktzindia y Espasa Calpe, Madrid, 1989, 3ª edn, p. 171.

[16] Hay varios trabajos etnográficos referentes a otros lugares de España, sobre la costumbre de encender este “tronco de Navidad” y las virtudes que le acompañan. Ver, por ejemplo: J. CARO BAROJA, “Olentzaro”, Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, tomo II, 1946, pp. 42-68.

[17] La fiesta de Santa Brígida está documentada en las ordenanzas concejiles de dos localidades de la Valduerna (Ribas y Castrotierra). Así, por ejemplo, en las ordenanzas de Rivas de la Valduerna del año 1755 en su capítulo 2 titulado “Fiestas de voto del Concejo”, incluye entre estas las de Santa Brígida (febrero), San Gregorio y San Victorio (en mayo), indicando “que se guarde todo el día y en cada uno de ellos oigan misa todos los vecinos y gente de su casa y en estos días no trabajen en manera alguna en labor y como si fuesen fiestas de precepto de la Iglesia ...”. Ver: N. BARTOLOMÉ PÉREZ, “La fiesta de Santa Brígida en León. Una celebración invernal preludio de la primavera”, Revista de Folklore, nº 293, 2005, pp. 147-161.