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Toponimia y oralidad: una relación de influencias cruzadas

RIESCO CHUECA, Pascual

Publicado en el año 2012 en la Revista de Folklore número 366.

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Ha sido copiosamente reconocida y celebrada la expresividad de determinados topónimos que parecen condensar una breve narrativa, bien por alusión (Fuente de los Alunados) o a través de una fórmula sintáctica (Cantarranas). En ambos casos, el topónimo remite a una conseja, chascarrillo, refrán u otro elemento de la cultura oral. Desentrañar las conexiones entre ciertos nombres de lugar y las narrativas que los sustentan es tarea difícil puesto que gran parte de la oralidad generadora del topónimo es una oralidad sumergida o extinta. Sólo a través de recopilaciones etnográficas pueden encontrarse correspondencias que, tratadas con la necesaria cautela, conducen a postular vínculos entre los recursos orales campesinos y ciertos topónimos locales. Rastreando antiguos refranes, cancioneros, adivinanzas, apodos colectivos, cuentos y otros elementos con los que los habitantes de cada lugar interpretaban su existencia cotidiana es a veces posible entrever los remotos pero innegables lazos entre toponimia y oralidad.

Oralidad fundacional y oralidad inducida

El análisis de ciertos topónimos requiere la descodificación de narrativas y otros recursos orales inscritos en el nombre del lugar por simple alusión o mediante sintaxis contracta. Tales topónimos, ricos en referencia, nacieron y evolucionaron en una cultura rural más vital que la presente, en la que era habitual la alta densidad de tareas ligadas al espacio, el denso engranaje de acciones distribuidas sobre el término municipal y el calendario anual. Muchas locuciones que en su origen fueron transparentes han ido perdiendo inteligibilidad y actualmente quedan petrificadas como nombres opacos. La consiguiente pérdida de transparencia origina controversias en los investigadores que estudian los nombres de lugar. Ha de pensarse que, en su mayoría, las sociedades en que se producen dichos topns. son high context cultures con arreglo a la teorización de Edward T. Hall (1976). En tales situaciones, la familiaridad de los componentes de una comunidad, tanto entre ellos como en relación con las particularidades de su entorno, está tan asegurada, que las alusiones son de inmediata comprensión; las referencias sarcásticas o jocosas adquieren su pleno potencial expresivo; las fórmulas abreviadas o truncadas de expresión consiguen abrirse paso como herramientas efectivas de comunicación. Tales topns., para los cuales hemos propuesto la denominación de folktopónimos[1], implican un complemento narrativo, que está en la mente de quienes hacen uso de ellos; este paquete de connotación, que llega a adquirir estructura de relato, es el que, con la desaparición de las sociedades campesinas que lo trasegaban, coloca al topónimo en un vacío contextual.

Situar tales topónimos, cargados de referencias a una oralidad en parte irrecuperable y extinguida, en el marco teórico del alto contexto presupone que quien los estudia ha de enfrentarse a la dificultad de reconstruir un entorno cultural, recorriendo en sentido inverso una espesa capa de años, una longue durée histórica. Ante los folktopns., se tiene la impresión de percibir retazos de una conversación densamente cifrada, que deja entreoír fragmentos de un repertorio oral en gran parte enmudecido. No sólo los siglos se interponen entre el topónimo y quien lo investiga; también la especificidad cultural de un entorno campesino que tendría sus propias claves de comunicación, sus complicidades y sobreentendidos. El asidero que ofrece el topónimo a la interpretación contemporánea es variable. En algunos casos, el vacío contextual se percibe como un déficit semántico en un nombre de lugar formado por un sintagma nominal transparente. ¿Por qué se llama un lugar Fuente del Ratón, o Peña Tocinera, o Charca del Pimiento[2]? En otros casos, el topn. está construido mediante una fórmula frástica, también enigmática, del tipo verbo-sustantivo o similar: Matacristianos, Rascaviejas[3]. La extrema condensación de tales fórmulas, análoga a la descripción actual de contenidos mediante palabras-clave, omite cualquier referencia al tiempo y al modo verbal: ¿se trata de una exhortación, de una orden, de la constatación de una acción habitual, de un suceso que ocurrió una vez, de un suceso que pudiera darse?; ¿el sustantivo es sujeto activo u objeto pasivo?; ¿la fórmula adoptada constituye un arcaísmo sintáctico o una innovación? Como exponentes de una oralidad en gran parte extinta, tales topns. hacen patente un atributo que, ya de por sí, es compartido por toda la cultura oral: la imposibilidad de su cierre (Zumthor 1986). En tanto que textos, su clausura queda permanentemente suspendida. El repertorio cultural al que se anclan es proteico y polimorfo. Siempre hay cabos sueltos, opacidades que generan relatos, relatos que remiten a apodos, apodos que se transmiten a topónimos, topónimos que dependen de memorias, memorias que se deshacen en una nebulosa de contradicciones.

Consideremos un ejemplo del primer tipo toponímico, sintagma nominal de aparente transparencia pero difícil semántica. Es frecuente el topn. menor Fuente del Sapo[4], o su variante local Fuente del Tanque[5]. El determinativo en singular, mayoritario en los ejemplos encontrados, es en sí mismo sorprendente: ¿un simple sapo es el identificador de un lugar? Parece contener una intención expresiva, una sinécdoque análoga a la de los singulares usados con valor colectivo: “el enemigo”; “el turco”. El sapo, como latencia definidora del carácter del lugar, lo impregna con su simple estar: los temores y fascinaciones asociados son plurales. En Villarino (SA) Falcón (96) menciona el miedo a beber en las fuentes con “huevos de sapo”, que pueden envenenar. Las ordenanzas de Palacios de Jamuz (1636) exigen que la fuente esté limpia y aderezada, “de suerte que no caigan sapos ni puedan caer niños” (spc 409). Correas (148) habla del temor de los niños a que los sapos les escupieran, cosa evitable si uno se anticipaba a ello, escupiendo preventivamente al sapo (“eskúpote, porke no me eskupas”). Análogas mitificaciones fundamentan topns. Fonte do Bastardo[6], presentes en el área portuguesa.

También requiere complementos narrativos el topn. Fuente del Piojo[7], frecuentísimo en Castilla y presente, con ambientación picaresca, en los clásicos (Cervantes, Quevedo). La referencia al piojo, mediante la figura retórica de la sinécdoque de número (“del piojo”, y no, como sería de esperar, “de los piojos”), parece sugerir que tales fuentes eran frecuentadas por gente de paso, vagabundos y mendigos, cuya baja estimación social les acarrearía este blasón. Allí se lavarían, pondrían la ropa al sol y catarían piojos. Cf. topns. Fuente Piojosa (Torreadrada SG), Matapulgas (Sta. María Ananúñez BU; Villanueva Río Ubierna BU; Moraleja de las Panaderas AV), Alto Matapiojos (Boca de Huérgano LE), Laguna Matapiojos (Melgar de Tera ZA)[8]. El antiguo topn. Fonte de Rascavielas (1009 smc 84; smc1 140; Lloyd 13), en una donación a S. Mamés de Obarenes BU[9], debe leerse Rascavieias (García Mouton 195); la noción de base ha de ser parecida: una fuente abrigada y soleada, donde se sentaban las viejas: se repite Fuente de Rascaviejas en Torresandino (BU). Era costumbre rascarse los viejos al sol: “asi commo veemos en los viejos decrepitos que se rascan la cabeça & todo el cuerpo quando estan al sol o cerca el fuego” (Anón., Gordonio 1495). De intención jocosa, pero contenido semántico diverso serán otros topns. Rascaviejas[10], que pueden aludir a ciertas plantas espinosas[11], a peñas afiladas y saledizas, o esquinazos de casa, y sitios donde se toma el sol[12]. Una antigua calle de Rascaviejas en Sevilla obedecerá a alguna imagen de este orden; también constan apodos: Johan rasca vieyas en área leonesa (1247 Staaff 42). Es comparable por su tono festivo el nombre de otra calle, en Salamanca, Raspagatos o Rascagatos. Raspagatos es barrio en Maraña (LE).

Tales topns. se entienden como elementos de una cultura rica en contexto, en la que la simple mención del nombre de lugar activa narrativas durmientes: la poza que encharca los alrededores y hace que allí prosperen los sapos; la fuente donde alguien se envenenó por beber aguas tóxicas causadas por un sapo; el pilón reservado a pedigüeños y viandantes; el rincón soleado o la esquina propicia donde se rascan los gatos o las personas. Los elementos del paisaje se convierten en sujetos activos. Los frecuentes topns., en Galicia y Asturias, del tipo Pen[n]a Faladora ‘peña que habla’, i.e. donde retumba el eco, remiten a una concepción veladamente animista, que también aflora en los innumerables parajes designados mediante una acción verbal (Raspagatos, Cantarranas). La reconstrucción de la oralidad subyacente no es fácil, y probablemente nunca se pueda completar de forma satisfactoria. En algunos casos, se tiene la fortuna de dar con alguna evidencia, bien sea del cancionero, del refranero, o de la literatura culta, que permite dotar de contexto al topónimo, sugiriendo la atmósfera narrativa y el repertorio oral que pudo engendrarlo. Pero tal operación es siempre incierta, y las sorpresas potenciales abundantes.

Si consideramos un topn. menor como la Fuente de los Alunados (Forfoleda SA), también repetido en el paisaje español[13], es fácil remontarse a una definición antigua: alunado ‘cosa à que ha dado la luna, y le ha hecho algun daño: como sucéde con el tocíno y otras cosas’ (Dicc. Acad. 1726). En las hablas locales (área de Vitigudino), se llama alunados a los enfermos de tercianas o paludismo. Atribuir a determinadas aguas la capacidad de provocar el alunamiento es noción conocida; un médico del s. xviii declara: “he oido decir, varias veces, que bebida junto á su manantial, la que llaman, no sé por qué, agua alunada, suele mover vómitos, cursos, y aun la orina” (Real Sociedad 480). En Extremadura consta la creencia de que la ropa tendida, expuesta a los rayos lunares, transmitía el alunamiento (Vallejo et al. 5); una simple mirada a la luna llena era causa del mal en los niños (Flores 35). Dormir a la luz de la luna provocaba enfermedad en los pastores: “Pastores drúmen a la lhuna, / siempre quédan alhunados” (Leite II, 321; ortografía adaptada). Retornando a la fuente de Salamanca, o a cualquiera de sus homónimas, la oralidad subyacente al nombre debe situarse en esta nebulosa compuesta por creencias, chascarrillos, relatos, canciones, refranes y supersticiones; y no es fácil zanjar la discusión: ¿la fuente producía la enfermedad por culpa de sus aguas?; o, por el contrario, ¿la curaba?; ¿de qué enfermedad se trataba? Al entorno narrativo implícito en el origen del topónimo, que en gran medida es irrecuperable, proponemos aplicarle el nombre de “oralidad fundacional”.

Si estas oralidades primarias o fundacionales preceden a la fijación del topónimo, existen otras que surgen con posterioridad a éste, cuando ya se ha perdido memoria del origen. Adoptemos para éstas la denominación de “oralidad inducida”. Si hay una continuidad cultural bien trabada y los cambios son escasos entre la sociedad que originó el topónimo y la que lo recibe e interpreta, pasados los siglos, ambas oralidades (la fundacional y la suscitada) pueden ser similares. Es el caso de topns. transparentes en un contexto estable. Probablemente un topn. del tipo Cantarranas nació rodeado de una oralidad comparable a la que actualmente induce (un lugar cercano al agua, donde se oye croar a las ranas), salvadas las distancias y matices que implican dos sociedades muy distintas. Pero incluso en un caso así, las evocaciones sociales, probablemente peyorativas, que pudiera suponer vivir cerca del agua, los juegos y chascarrillos asociados al canto de las ranas, las connotaciones del topn. son irremediablemente transformados en su travesía por los siglos.

Muy diferente es el caso de los topns. que, con el paso del tiempo, se han vuelto opacos. En tales situaciones, la generalizada reticencia de los hablantes a la no-motivación del signo lingüístico lleva a la creación de las llamadas etimologías populares o asociativas, que intentan reconstruir una transparencia perdida. Es materia abundantemente estudiada, que ha sido objeto de teorizaciones exhaustivas. Como señala Vendryes (213), cuando la etimología popular entra en escena, abandonamos el terreno de la lingüística para adentranos en el del folclore. Pero la tendencia a etimologizar inventando orígenes no es exclusiva de estratos sociales humildes; no pocos eruditos antiguos se han dejado arrastrar por el prurito motivador. La comarca salmantina Campo de Argañán, por su relativa fertilidad, ha hecho pensar a cultos y profanos en una exhortación “ara, gañán” dirigida al que lleva las yuntas. Navalmorcuende (TO) es explicada como “la nava del amor del conde”, lo cual desencadena inmediatas posibilidades narrativas. Galmés (8) espiga numerosos hallazgos similares, no menos ilusorios, entre las propuestas etimológicas que un ilustrado, J. A. de Estrada, incluye en un libro de 1748. Tales procesos asociativos pueden conducir a una reinterpretación e incluso a la modificación del topónimo; también en topns. frásticos, aparentemente transparentes, se producen cambios dictados por etimología popular. Un paraje de Cantaburros (Aranda BU) puede entenderse como reinterpretación de un topn. anterior *Cataburros, i.e. lugar al que llegaba la borricada comunal tras el pastoreo diario, y los respectivos dueños se apostaban a la espera de sus caballerías para llevarlas a casa. Cf. Catabueyes, en el Bierzo (Fernández González 1670), Catabois en Galicia (Moralejo 337), Cerro Catagüés (Pereruela ZA) que harán referencia al punto desde donde se veía llegar la boyada. Sanz Alonso cita un paraje de Catalobos (Aniago VA), así documentado en 1765 (Sanz 42, 59, 446): i.e. el sitio desde donde se vigilaba el ganado por si aparecía el temido lobo. Posiblemente, parte de la rica toponimia del tipo Cantalobos, frecuente en Aragón y otras regiones, deriva, por etimología popular, de esta base[14]. La tendencia a sospechar deformaciones por asociación etimológica ha generado en muchos estudiosos un sesgo abusivo de signo contrario, cediendo a la desconfianza con respecto al sentido literal de tales topns. Tal sesgo de sospecha queda ejemplificado en la observación de Moreu-Rey (cit. Fernández González 1681): “ni hi deven matar o pelar els galls (Matagalls, Pelagalls) ni gratar els llops (Cantallops, Gratallops), ni hi pleguen les mans (Plegamans)”. Ello ha conducido a una desproporcionada postulación de étimos prerromanos, poco verosímil en general. Nótese que todos los topns. aducidos en la cita de Moreu-Rey se pueden interpretar literalmente a partir de la oralidad.

Ambas resonancias narrativas, las del origen y las de la recepción posterior, se dejan entrever en algunos casos particulares. Topns. como El Revolcadero de las Brujas (Villalmanzo BU) o Val de Siete Almas (Sta. Cruz de la Salceda BU) sin duda remiten a una narrativa local, cuyos perfiles iniciales habrán evolucionado con el mero paso de las generaciones; y el nombre de lugar estará empujando contemporáneamente a hilvanar nuevas historias justificativas. El topn. menor La Cama de la Moza, en Calzada de Valdunciel (SA), puede nacer de diversas circunstancias: una anécdota real, elevada a hecho permanente en el paisaje toponímico; o, más probablemente, la descripción metafórica de una concavidad en el terreno, natural o arqueológica. Por otro lado, en la cultura oral actual, el lugar origina narrativas de corte legendario: una muchacha, seducida por un pastor, o por un segador, hizo allí su nido amoroso. Es comparable el paraje Cama de los Novios (Anaya SG); en Cabrero (CC), unas concavidades en la roca reciben popularmente el nombre de Cama de la Virgen (Flores 194). En todo caso, para la buena interpretación de la toponimia, particularmente de la menor, es importante el conocimiento del entorno etnográfico generador del nombre de lugar y mediador de su evolución subsiguiente. No faltan ejemplos de etimologías toponímicas, en contexto rural, que fallan precisamente por su débil fundamentación en cuanto a conocimiento de la cultura campesina de base. Son los datos de la cultura material, las labores agrícolas y la oralidad los que pueden inclinar la balanza a favor de una u otra hipótesis toponímica. Y no pocas propuestas se desestiman por sí solas cuando se examina su verosimilitud en el marco de la psicología y sociología del mundo campesino.

Evidencias de una oralidad sumergida. Las paremias como germen toponímico

Si se repasa en la bibliografía el binomio paremiología y toponimia, se constata que hay aportaciones destacadas en un solo sentido, el que muestra cómo los topns., y también los antropónimos, han servido para construir refranes y expresiones idiomáticas (Martel y Bouvier 1997; Ripollés 1999): es el caso del refranero geográfico o de expresiones basadas en el floreo verbal como “entre Pinto y Valdemoro” o “estar en Babia”. Sin embargo, apenas hay estudios sobre la cuestión inversa: ¿cuáles han sido las fuentes paremiológicas, y en general, del repertorio oral, en la génesis de determinados topns.? Es comprensible el sesgo de la investigación, puesto que las primeras colecciones escritas de refranes datan en su mayor parte del final de la Edad Media, mientras que la antigüedad de muchos topns., aun insignificantes, con facilidad se remonta a siglos anteriores. Faltan pues, o son escasas, las fuentes escritas que permitirían ilustrar de forma convincente la oralidad primigenia en la que se fraguó el topn. correspondiente.

Una parte considerable de los folktopns. son compuestos verbonominales; el sustantivo actúa como objeto directo en la mayor parte de los casos, pero a veces es sujeto de la acción. Se trata de un esquema morfológico del que ya constan abundantes ejemplos en el romance arcaico de los mozárabes, a principios del s. VIII (Lloyd 22). Se trata de topns. frásticos o lexicales (Satznamen, Eichler 435), que han sido objeto de pormenorizados estudios lingüísticos, centrados en su origen y en la función sintáctica de los elementos que los componen, así como en el rendimiento semántico obtenido (Kreutzer 1967; Lloyd 1968; Bustos 1986; Bork 1990; Gather 2001; Moyna 2011). También se cuenta con valiosas revisiones toponímicas y antroponímicas locales y generales, que ofrecen ejemplos de esta clase de topns.: Cunha Serra (etp XVI, XXVI, XXX); Kremer (mhc III, 151-156), Kremer (2011, 19), Gordón y Ruhstaller (1991); Ruhstaller (1992); Fernández González (1988); Cortés (1989); Coca (1993).

Los compuestos verbales, por su expresividad, se prestan tanto a engendrar topns. como apelativos y apodos. Pertenecen a un registro desenfadado, que tiende a lo lenguaraz, rudo y satírico. Ello ha de ser tenido en cuenta al consultar la documentación antigua (Lloyd 19). No sorprende encontrar en determinadas colecciones diplomáticas medievales una drástica poda censora, especialmente cuando los documentos pertenecen a un entorno que aspira a la gravedad y la pompa, como determinados diplomas regios o suscritos por monasterios de gran poder y disciplina. Ciertos apodos y topónimos, considerados groseros, habrán sido edulcorados, sustituyéndolos por variantes meliorativas o eufémicas. Es difícil predecir qué situaciones y qué momentos históricos permiten filtrarse intacto el gran caudal de tales compuestos. En igualdad de condiciones, las áreas vinateras son más desenfadadas toponímicamente que las cerealísticas. Algunos monasterios rurales y archivos parroquiales y municipales, estrechamente apegados a su pequeña propiedad, no reparan en incluir toda suerte de apodos y de folktopns. en sus apeos y deslindes. Es el caso de la colección parroquial de Villalpando (Vaca Lorenzo 1988), de fecha bajo-medieval. Igual acontece en barrios y ruedos de las ciudades castellanas, un entorno frecuentado por mendigos, panaderos, carboneros, jornaleros y otros trajineros poco dados a remilgos. En la socampana de Salamanca constan topns. Matagrillos, Rapacoyones, Descansalobos; en el propio casco, Abrazamozas o Raspagatos. En el término municipal de Palencia se registran Escuchagallos, senda de Matagallegos, Cascabotijas, Matagalgos, Miragrillos, Rozahambres. En Ávila, una antigua calle de Estiragatos (Barrios 432); calleja de Mesabarbas en Toledo. En Zamora, una calle de Buscarruidos (ruido ‘pendencia, alboroto’). Es tentador ver en estos florecimientos de la expresividad un eco de la vieja máxima alemana “Stadtluft macht frei”: ‘el aire de la ciudad hace libre’.

En el marco del presente artículo, se pretende ampliar el conocimiento acerca de la interpretación semántica de tales topns., poniendo de relieve las conexiones que ostentan una oralidad subyacente. La extremada intensificación expresiva que caracteriza a los topns. frásticos parece a menudo evocar recursos orales de gran vivacidad, que sin embargo se han extinguido sin dejar trazas. A menudo puede ser cuestión de fortuna dar con algún relato oral, sea contemporáneo o antiguo, en el que se contengan huellas de tal oralidad extinta. Algunos casos ofrecen asidero relativamente fiable. Siegaverde (entre Serranillo y Castillejo de Martín Viejo SA) es un molino sobre el río Águeda. Viene a la mente el refrán, bien conocido en Salamanca y Zamora, “por sembrar en seco y segar en verde ningún labrador se pierde” (Morán 229); en otras comarcas, “por sembrar aína y segar verde, ningún labrador se pierde” (rm30 260). En efecto, quien siega tarde se arriesga a perder la cosecha si cae granizo o tormenta; en gallego “labrador qu’en tempo non sega, tema sempre o mal da pedra” (Vázquez 633). Por lo tanto, quien siega en verde, sin esperar una completa maduración, está optando por la seguridad. Consta en Segovia un nombre personal: Don García Siega Verde (1277 spr). ¿Es apodo del prudente en exceso, del timorato?; ¿o del precipitado, que se anticipa?; ¿o del seductor de mozas, que las siega en verde? El topn. se repite en otros puntos: Siegaverde es un santuario y despoblado (Garcirrey SA), documentado sin variantes desde al menos el s. XVI; Segaverde/Cegaverde es un paraje fronterizo entre La Fregeneda (SA) y Escalhão (Portg.) ya citado en 1666 durante las guerras con Portugal[15]; consta asimismo un topn. portg. Ceifa Cedo ‘siega temprano’ (cmrp 138).

En estos topns., la opción preferible es suponer que el apodo de un propietario ha pasado a la tierra. Pero son obligadas las dudas. No es descartable un apodo colectivo, o una particularidad del lugar, que hiciera aconsejable la siega temprana. En cambio, parece excluible la referencia a cultivos o prados que deliberadamente se orientan a la siega en verde: los prados de guadaña y el cultivo de centeno o cebada para engordar ganado. Tal cultivo se hace tradicionalmente en campos cercados, cuyo nombre y función es tan conocido que difícilmente puede haber singularizado un paraje: son los herrenales, cortinas o alcaceres, aprovechamiento común en los pueblos castellanos. La temporalidad de las labores agrícolas ha encontrado abundante expresión en la oralidad campesina. Son frecuentes refranes del tipo “Poda tardío y siembra temprano, si errares un año, açertarás quatro” (Núñez 193). Un antiguo paraje de Tardencuba (Pollos VA[16]) parece sugerir que las viñas allí situadas eran de producción tardía.

Un caso menos transparente es el Arroyo y Majada de Mansubir (Portezuelo y Portaje CC), citado por Casillas (661) sin proponer explicación. Puede sospecharse, dada su forma, una sintaxis como en los modismos “de pan llevar”, “de armas tomar”; y un apócope de mano (cf. mancornar o mampuesto). Se tratará de un lugar donde es preciso alzar la mano, probablemente durante la cosecha, bien sea de mieses o de frutos de árbol. Es aplicable el refrán “Quando siegan alto, pan ay harto” (Núñez 201); Correas recoge la siguiente formulación: “Kien baxo siega, nunka espiga dexa; si siegas alto, no medrarás en el trato” (401). Variantes de esta idea han llegado al refranero contemporáneo: “A quien siega alto, despídalo el amo” (rm41; Hoyos 1954). El aviso nace de la siguiente comprobación: es más cómodo segar levantando la mano, porque sufre menos la espalda; pero, a cambio, se pierde mucha paja. Por otra parte, si la mies crece abundante y alta, hay menos necesidad de apurar. De ahí que pueda pensarse que el topn. Mansubir aluda a un contexto local en que la siega negligente era frecuente, tal vez por circunstancias de la propiedad o la vigilancia de los segadores; o, con menor probabilidad, se refiere a una tierra de producción abundante y mies alta. En los prados mixtos de guadaña y a diente, en León, se constata la costumbre de rapuzare o segar alto, dejando mucha hierba sin recoger para que el propietario pueda luego meter su ganado: “Se ajusta la hierba sin segar; esos plaus quedan mal rapaus en beneficio del vendedor” (Bardón 251). Claro es que tales hipótesis no son concluyentes. El topn. Mansubir puede haberse originado en relación con cultivos arbóreos: v.g. la presencia de árboles de fruta al borde del camino, que invitaran a los transeúntes a levantar la mano; un olivar con árboles de alta copa. También puede deberse a cuestiones de siega ajenas a la altura de la mies. Un suelo pedregoso o con vegetación leñosa invita a pasar la hoz a media altura para evitar que ésta se rompa. Es el caso del topn. menor zamorano Prado de Britafoçes, en la tierra del Vino (1352 valp)[17].

Un apartado bien abonado por paremias es el de los lugares peligrosos, insalubres o inhóspitos (o insignificantes, que no merecen detenerse). En tales casos, se apremia al caminante a salir sin demora de allí. Los dicterios geográficos del tipo “Albacete, míralo y vete”, dictados por la rima, se repiten aplicados a muchas localidades: Caudete, Huete, Alcaudete… De un pueblo de Pontevedra se dice: “na Lama xanta e vaite”, i.e. come y vete (Vázquez 870). Es significativa una frase proverbial del Glosario del Escorial: “pues que la casa se llueve, arre burra, tirte dende, que esta es calle de mira y vete” (Castro 112). “Tirte dende” = ‘tírate dende’ equivale a ‘quítate de en medio; sal de ahí’. Locución sinónima es “tírate fuera”. Bien conocidos son los diversos topns. que invitan a ello: en 1435 un olivar en término de Portillo (TO) al “que llaman de tirate afuera” (Franco y Mora-Figueroa 112). Otro lugar más célebre, de resonancia cervantina, es el Tirteafuera de Ciudad Real. Puede compararse a lo anterior la serie de topns. derivados de la locución “mira y vete” > Miravete (Riesco 2006, 203); añádase a los ejemplos allí citados un paraje de Miraueteio (ca. 1350) en tierra de Cuenca (lmont), evidente diminutivo toponímico; o un Cueto de Miravete (1822 crp, Mayorga VA), El Miravete (Celada de la Torre BU). Comparable a éstos son sendas Fonte de Beve e Vai-te (PT, mhc III, 155), Fuente de Bebe y Vete (Lumbrales SA). En alguno de estos casos, no es descartable, como ocurre siempre en esta clase de topns., que el origen esté en el apodo de un propietario. Consta en León un “Abdalla Sal aca fuera” (1171 Staaff 4).

De alcance similar son topns. que contienen un aviso directo. El paraje de Ponteensalvo, en Mozodiel de Sanchiñigo (SA), citado ya en el cme, puede advertir al viajero del peligro de ser asaltado. Hernán Núñez recoge ca. 1549 un refrán alusivo a un tramo situado una legua más adelante en el mismo camino: “A Valdegoda pásala con hora”, explicando: “Valdegoda, lugar peligroso de salteadores entre Salamanca y Almenara” (36). En otros topns. la advertencia apremia a terminar las tareas campesinas y salir corriendo. Gargavete, aldea y riachuelo junto a Salamanca, consta en 1259 como “rivulum qui dicitur Cargavete”. Riesco (2006, 203) pone en relación este topn. con un antiguo Carregavete (1265) cercano a Medina del Campo, actualmente Prado de Gargabete (Campillo VA). Pueden añadirse Carivete (Aledo MU), antes Carga y Vete (González Blanco et al. 193). Parece del mismo origen una Ribeira de Carcavai (Loulé, Algarve): “carrega e vai”. En todos ellos está presente la locución “carga y vete”, correctamente analizada como topn. por Fermín Caballero (17); aconsejan a apresurarse a cargar la cosecha o la molienda y salir prontamente.

Un topn. Matagrillos, junto a la ciudad de Salamanca (1860 adel), o Matagrillos (Codos Z) se sitúan también en este contexto de expresividad jocosa, tal vez vinculado a la esfera del lenguaje infantil. Correas cita el modismo “andar a kaza de grillos. La rraposa kuando no halla ké komer, buska grillos; i por metáfora, es: okuparse en kosas rrateras, i tener nezesidad i andar sin pro” (57). Es decir, la ocupación de cazar grillos es ociosa e improductiva. En otro dicho, este mismo hecho se formula como prescripción: “la zorra no se anda a grillos; o no se ande... Ke kada uno siga, o sige i mira su negozio” (186). Casi un siglo antes Vallés expresa una idea similar, pero acentuando el carácter fútil de la caza de grillos, que no aplaca el hambre: “Quando la zorra anda a grillos: ni ay para ella: ni para sus hijos”; muy parecida la construcción de este dicho gallego (Vázquez 363): “Cando a zorra anda ós grilos, mal pola nai e pior polos fillos”. El topn. salmantino probablemente se originaría en bromas reiteradas que ponen de relieve la poca productividad del paseo (o la indigencia implícita de los que merodean a la busca de recursos menores, v.g. leña, setas o cardillos) por parajes cercanos a la ciudad. En una sociedad de raíz campesina, la interpretación crudamente interesada del entorno ridiculiza la inutilidad o la penuria de tales ajetreos mediante fórmulas del tipo “andan a la caza de grillos”. Compárense Miragrillos, en término municipal de Palencia; o el topn. portugués Malha-grilos (Melgaço, doe 928).

Una figura de poderosa imantación en las culturas orales es la del lobo. Entre los hábitos del lobo está el rascar con las patas la tierra, intentando entre otras cosas tapar sus excrementos. Tal costumbre parece estar en la base de los frecuentes topns. franceses Gratteloup y similares (Nègre 1277; Rolland 14). La existencia de una rica oralidad acerca del lobo permite que los lugares así llamados no necesariamente nazcan de la comprobación de que allí se encuentran rascaderos de lobos. La cultura oral subyacente alimentaría tales topns. por vía expresiva, como modo de dotar de mayor realce al hecho de que un paraje es frecuentado por lobos (o de que es un andurrial dejado de la mano de Dios). El mismo tipo toponímico se constata en España: Gratallops en Cataluña[18]; Escarbal.lobus (Villafeliz LE: Álvarez 160); Rascallobos, paraje y calle (S. Cebrián de Castro ZA: Hernández 6 ; Ferreruela de Tábara ZA); Alto de Rascalobos (Laxe C). La voz gallega rañar, sinónima de rascar, se encuentra en sierra de Rañalobos (Castrelos ZA); Rañalobos (Buxán OR). No escasean formaciones equivalentes, que remiten a una oralidad prolija y multiforme en torno al lobo: un topn. medieval Fasta Lobos, paraje en Granja Florencia (ZA) (1463 valp) probablemente ha de leerse Fartalobos. Cf. un topn. antiguo Pasada de Hartalobos (Rioja: Rodríguez de Lama 294), Comelobos (Huerta de Rey BU), así como el antiguo refrán: “El lobo, harto de carne, se mete frayle” (Núñez 90). En el sintagma contracto Farta lobos, el sujeto es lobos; lo mismo ocurre en Cantacucos y otros topns. del mismo esquema. Así pues, habrá de entenderse como el lugar donde, en la realidad de un hecho sucedido o en el espacio hiperbólico de las narrativas, los lobos banquetean tras sus depredaciones.[19] Del mismo origen, o de narrativas emparentadas, ha de provenir un conjunto de topns.: La Loba Farta (1822 crp, Riego LE); La Loba Harta (Mansilla de las Mulas LE); un antiguo topn. portugués Loba Farta (1258 omp 198; mhc 13, 164); o un riego y orga (‘huerga’) de Loba Farta, en Fresno (junto a Carrizo LE, 1258 crrz).

La noción de un lugar donde los lobos banquetean y se solazan tras sus correrías, no exenta de indignada preocupación, aflora en Descansalobos (junto a la ciudad de Salamanca, 1860 adel; y en S. Vicente de Arévalo AV y Ayoó de Vidriales ZA). Del mismo orden sugestivo es la familia de topns. Caga Lobos (Fontanil de los Oteros LE): en la Rioja, Solana Cagalobos (S. Román) y Cagalobos (Villamediana, González Blanco 103); una Fuente Cagalobos, en el río Odrón (NA), citada por Madoz; en Palencia, un arroyo de Cagalobos; teso de Cagalobos (Robleda SA: Alonso 86); Cagallobos (Lodares LE). El mismo topn. consta en PT; así en el concejo de Arcos de Valdevez en 1284 (Andrade y Krus I, 168); también es apodo medieval portugués (1258 omp 64). Variantes joviales del mismo concepto no escasean: Mealobos (Sebúlcor SG). En todos estos topns. se adivina una intención peyorativa de unos parajes considerados ínfimos, andurriales desasistidos de toda civilización, donde los lobos campean.

La vigilancia pastoril desde puntos elevados parece pervivir en topns. del tipo Catalobos (Aniago VA; Boadilla del Monte M), y sus posibles derivados Cantalobos, antes citados, exactos sinónimos de Miralobos (Caboalles de Arriba LE; Leiro OR). Con el mismo sentido, tal vigilancia alcanza expresión en el topn. Espantalobos (Rioseras BU; Peñafiel VA). Pueden ser apodo de propietario Huerta Capalobos (Villacorta LE), Estroncalobos (S. Martin del Monte P; destroncar ‘mutilar’), Amansalobos (Alcazarén VA) o Escodalobos (Ferreruela de Huerva TE)[20]. El apodo colectivo de los de Banastón (HU) es escodalobos (Costa 191): cortan la cola a los lobos; también el de los de Muro de la Solana (HU). La implicación contenida es la de alguien bravucón, capaz de domeñar a un animal tan fiero como el lobo.

La vigilancia de las viñas, las vendimias y el beber han originado una densa oralidad. Si consideramos el topn. Cagavinos (1861 adel, Cabezavellosa de la Calzada SA), se plantean conexiones con diversos recursos orales. Correas recoge el dicho: “¿Nadie tiene viñas sino kien kaga oruxo?” (229); y lo explica mediante el siguiente chascarrillo: “uno ke la tenía mirava lo ke kagavan los ke no la tenían, pareziéndole ke avrían komido uvas de su viña, i por estas señas los akusava, i rrespondían ellos esto”. Es decir, “caga vino” se inscribe en la órbita de los apodos o referencias a un lugar basados en la guarda de las viñas. El topn., como es común en esta clase de nombres de lugar, puede derivar de una circunstancia local o de un apodo de propietario. Como apodo, consta mea-vino ‘borracho: mal nombre que daban los españoles a los franceses en las campañas del Gran Capitán en Italia’ (Heros 86). Pixaví es el sobrenombre de los habitantes de Gandía y Valencia (de pixar ‘mear’ y vi ‘vino’, Martí 435). El refrán “tronc de Nadal, caga tarró i pixa vi blanc” implica asociaciones similares. La cara opuesta de la vigilancia parodiada es el mundo de excesos, reales o simbólicos, de la vendimia, o los hurtos de uva que se producían en los viñedos mal guardados. Cuando las viñas estaban alejadas del poblado, era frecuente que los propietarios se quejaran del robo de uva; de ello dan fe refranes como: “Ni kasa kabe rrío, ni viña kabe kamino”. “Ni kasa en kantón, ni viña en rrinkón” (234), glosado por Correas como sigue: “Viña en rrinkón es: entre dos kaminos, ke haze eskina, i la eskilman todos los ke pasan”. En la toponimia, constan huellas de esta preocupación: el camino de Urtavino (cme Parada de Rubiales SA), posteriormente convertido en cº del Tavino (1904 pñl); o el Cº de Hontavinos (1907 pñl) = Cº de Hurtaviñas (actual, en Fuentesaúco ZA).

Un frondoso ramillete de topns. deriva de la ponderación y vituperio de la cosecha o vendimia y de la oralidad del beber y el comer. Se repite el topn. Quitapesares (Valdestillas VA; Villagonzalo de Coca SG; Talamanca M; Cazalla SE) asignado a viñas, de cuyo fruto se dice “no hay mejor quita pesares, que el mosto de los lagares”; en Galicia, “A pesares, tragos, i-a disgustos, cigarros” (Vázquez 466). Son frecuentes las referencias hiperbólicas a quienes apuran las botas de vino, no dejando en ellas ni gota; en muchos casos es difícil deslindar si el topn. resultante procede del apodo de un dueño aficionado a beber, o de una actividad que se realiza en el paraje porque no hay fuente cercana, o porque la labra es allí tan ardua que precisa de frecuente refresco. Era común estimular al trabajador con tragos de vino: en Salamanca se recoge el refrán “al serrador, vino, y a la sierra, tocino”. Son abundantes los ejemplos toponímicos: Escurrebotas (Bañobárez SA), Vaciabotas (Villadiego BU; un despoblado en San Fernando M), Escullabotas (Valles de Palenzuela BU; escullar ‘escurrir, verter’ es voz dialectal en Cantabria y su entorno); Rodalabota (¿donde la bota pasa de mano en mano?[21]: Coria SE, El Cuervo SE, Chiclana CA), Ruedalabota (partida de tierras en el partido judicial de Málaga). Como generador de apodos, individuales y colectivos, el mismo concepto es fértil: escuerrebotas son los de Quintana de Sanabria (ZA) (Cortés 1995, 114), escorrebotas los de Escusaguás y La Muria (HU) (Andolz 189); en Barroso (PT), escorricha-capichés es el apodo colectivo de los de S. Lourenço (Lourenço 221): escorrichar es ‘beber hasta la última gota’.

Un nombre de lugar como Atiestaodres, aldea de Ávila (J. González 422), parece subrayar la productividad de las viñas locales que colman los pellejos de vino. Pero en el sustrato de la imaginación medieval, el odre lleno a reventar remitía a evocaciones de potencia erótica. Refranes como “a kuero tiesto, álzase el piezgo”; [o] “a kuero tiesto, piezgo enhiesto” (Correas 22), “el cuero, despues de lleno, alça el piezgo” (Núñez 12), se explican porque los pitorros del pellejo, que se corresponden con los pies del animal, se ponen respingones cuando el odre está henchido de vino. La alusión es clara; contrariamente a la creencia actual, era común considerar que el hombre bien bebido era más potente. Pervive tal noción en el refrán de Calzada de Valdunciel (SA): “bien comido, bien bebido, bien armado” (Riesco 2003, 127). Tales ingredientes narrativos propiciaban los apodos. Una “uinea de boto inflato”, en León (1158 acl) puede contener el apodo de un propietario bebedor o gordo, abotargado. Pero no es descartable la referencia a una buena viña, de alta producción de vino. Indudable referencia a los pobladores en un apodo colectivo, hinchafoles, aplicado a los de Carreiros (Muras LU, Vázquez 838); si bien en este caso, los foles pueden ser tanto de vino como de harina u otro producto; o preferentemente, como indica Saco, se tratará de un apodo debido a la afición local a tocar la gaita.

De signo opuesto, aludiendo a la mísera vendimia o cosecha que proporcionan ciertas tierras, son topns. como Vacíahornos (Gordaliza de la Loma VA), así como Otero de Vaciadores (SA), documentado Vaziaodres en 1265, un despoblado de Vacíaodres (1247) en Íscar VA (Riesco 2006, 246), o Vaciabotas (Villacalbiel LE) Bazacueros (Barcial del Barco ZA). El odre vacío también tiene su lugar en la paremiología: “odre vazío, kuero le digo” (Correas 171); “quien en ruyn lugar planta la viña, a cuestas saca la vendimia” (Núñez 208). La escasa productividad de algunas viñas también se ve reflejada en el refranero: “La viña del zerro, kávanla ziento i bendímiala un perro” (Correas 200). Claro está que en los topns. Vaciaodres y similares (del tipo de Vaciabotas) puede esconderse un apodo de propietario: el gran bebedor, hiperbólicamente hablando, deja vacíos los pellejos. De una implicación similar (o tal vez en referencia a tenerías) habrá nacido el antiguo topn. de la ciudad de Burgos Calle de Vacía Cueros: como indica el refrán recogido por Vázquez (625) “odre de bo viño dura pouquiño”. De la tendencia hiperbólica en la oralidad subyacente a estos topns. dan fe las alternancias de signo opuesto. Junto a un Vacíapaneras (Almenara SA: Coca 211) encontramos un Llenapaneras (Carrión de los Condes BU): ambos aluden, con magnificaciones de distinta polaridad, a la productividad de una tierra, que llena los graneros, o los deja vacíos; análogamente, junto a Cansavacas (S. Juan de Paluezas LE) encontramos Descansavacas (1861 adel, Zamarra SA; Sonseca TO).

Entre personas y territorios: la sombra de los apodos

Como muestran los ejemplos anteriores, una constante de los folktopns. de tipo frástico es la permanente inseguridad en cuanto a su carácter: tanto pueden contener una descripción del lugar como una referencia a su propietario. Sólo la indagación detenida de las circunstancias del paraje y la vida colectiva de los pobladores permite, en ocasiones, zanjar la cuestión. Una partida de tierras llamada Pelagatos (Chiclana CA) podría deberse al apodo del dueño; pero es improbable que un término potencialmente ofensivo como éste haya gravitado sobre un propietario de cierta importancia. Puede también evocar una actividad local, real o figurada; análogamente, en El Bierzo, un paraje de Pelagallo (Fernández González 1670), suscita la misma duda (pelagallos se ha usado despectivamente como sinónimo de pelagatos): pelapollos llaman a los de Mesón Nuevo (HU). En estos topns., la duda aumenta al considerar que el término pudo aplicarse de forma expresiva, para sugerir peyorativamente la mísera subsistencia de la gente que rondara por estos parajes, con semántica parecida a los topns. Matagrillos. La misma dualidad de interpretación se manifiesta en un paraje de Rastrapajas (Valderas LE). Por un lado, Berceo hace uso del apelativo rastrapaja para referirse al campesino, al destripaterrones, cuya muerte es glosada del siguiente modo: “Finó el rastrapaja de tierra bien cargado” (633). En su origen, tal apodo debe de describir al labrador pobre, que se afana cosechando tierras pobres, de las que saca más paja que otra cosa. El apodo colectivo de los de Segura (Idanha-a-Nova PT) es ata-palhas, i.e. los que atan haces de paja (la cosecha no da más de sí). Los espigadores, que recorren los rastrojos, persiguen la mísera presencia de grano: “Alça paja, por meaja”; “Mucha paja y poco grano es por vicio del verano” (Núñez 159). Esta misma circunstancia sitúa al topn. leonés Rastrapajas en la incertidumbre: ¿un propietario así apodado?; ¿unas tierras que daban mucho tallo y poca espiga? Un nombre propio de estructura similar, Brega Paleam (1176 sobr), Brega Paille (1163), en Sobrado de los Monjes (C) parece apodo.

Contra la hipótesis de apodo de propietario se suele alzar el hecho de que, en su mayoría, los motes peyorativos suelen recaer sobre jornaleros y menestrales, mientras que los labradores dueños de tierras no eran objeto, al menos de forma notoria, de apodos. Tal regla es de aplicación incierta, por los matices y salvedades que la rodean. Por un lado, en la Edad Media es frecuente encontrar un uso más desenfadado y casi oficial de los apodos: un señor local puede figurar en la documentación con su mote, sea éste todo lo crudo que llegue a ser. Por otro lado, en siglos más recientes, incluso una familia no propietaria podía adquirir una vinculación intensa con un paraje, por ejemplo a causa de explotar un pequeño huerto, poseer un molino o llevar generaciones sucediéndose como renteros de tierras ajenas. En todo caso, y con las indispensables precauciones, tales factores inclinan la balanza en el caso del topn. leonés Rastrapajas hacia su carácter descriptivo del lugar. Lo confirma una atestiguación antigua del topn.: Vega de Pastapayas (1358 vlb), forma originaria que probablemente se ha modificado por aproximación al apelativo rastrapaja; ello remite a pastos áridos, donde el ganado se ve abocado a pacer pajas. Un prado seco, un paraje centenero rodeado de trigales, o una tierra donde la mies granaba poco, podían ser valorados despectivamente como productores de paja y poco más. El cultivo del centeno, en comparación con el más prestigioso trigo, suponía una cosecha abundante en paja y pobre en grano. Una referencia similar estará detrás de topns. como Carga Palha (Odemira PT) o Tiestapajares (Villamuera de la Cueza P). De valor inverso sería un paraje como Valle de Siegatrigos (Flores de Ávila AV). Solían ser gallegos los segadores: probablemente aluden a la dureza de la siega (¿un pago de gran extensión?) topns. como Matagallegos (término de Palencia; Fontiveros AV) y Espantagallegos (Población de Cerrato P). La Fuente de Matagallegos, en el Guadarrama, refleja un hecho similar: “debe este nombre á que los segadores que pasan á Castilla la Nueva, y en dias de calor y fatigados por una larga jornada á pié beben ansiosos de su agua, excesivamente fria, suelen pagar muy caro semejante imprudencia” (Rubio 543).

Topns. como Pincharratas (Olmedillo de Roa BU; Torre de Peñafiel VA) presentan la misma disyuntiva de interpretación. Se registran en un contexto rural donde la rata de agua meridional (Arvicola sapidus) era cazada para comer, probablemente en calidad de recurso de subsistencia para las clases más humildes; así lo refleja Delibes en su novela Las ratas, ambientada en pueblos como Castrillo Tejeriego (VA). Se solía buscar las huras, pinchar en su interior con un mimbre o una vara, y coger la rata con la mano. Por lo tanto, el apodo Pincharratas puede haberse aplicado a determinadas familias (el mismo mote se ha aplicado a los malos toreros). El apodo colectivo de los de Torruella (HU) es mincharratas ‘come-ratas’ (Costa 189); mincharratas sin pan los de Arasán (HU); en Mollières, en los Alpes (Valdeblore FR), son manjamures ‘come-marmotas’. Por otro lado, las proximidades de algún arroyuelo o acequia propicio para la caza de roedores pueden haber recibido el mismo nombre para evocar la actividad local. Análoga evocación, tal vez, en el arroyo de Paparratones (Rota CA), Paparratas (Lebrija SE), Matamures (Fuente la Peña ZA).

Un tipo toponímico difundido es Come Capas (1861 adel, Aldearrubia SA), cº Comecapas (Estepona MA); un antiguo mesón homónimo en Córdoba; análogamente Quemacapas (1822 crp, Poveda de la Obispalía CU; Mestanza CR). Correas (172) ilustra acerca del significado: “Komerse las kapas. Es: no ganar i gastar hasta vender las kapas i komerlas”. Es decir, quien vive por encima de sus posibilidades termina vendiendo la capa y gastando el importe en comida: se come la capa. En el Siglo de Oro se denomina “come capas” a las mujeres livianas, probablemente porque arrastran al juego y al gasto a sus hombres, y los fuerzan a vender sus capas para mantenerlas (Avendaño 118). Se comprende, dentro de esta órbita semántica, el nombre del citado mesón cordobés. El despilfarrador que derrochando se ha quedado sin capa es el personaje de estos versos anónimos (ca. 1540) “quien sin sayo trae desonrra / y sin capa beue y come” (Rodríguez Moñino 98). Un desarrollo semántico posterior será el de ‘lugar frío’. Correas cita el modismo “akí, kómense las kapas”, explicando: “dízese adonde ai aire frío, i no se puede parar. Metáfora kon ironía de los ke venden las kapas kon nezesidad para komer, i dizen no se komen de polilla” (612). La expresión surgiría a partir de comparaciones del tipo “pasar más frío que come-capas”. En los topns. de ámbito rural antes mencionados, es difícil decidir si su origen está en un apodo de propietario, aplicado a alguien gastoso o arruinado, o si se alude a la bajísima productividad de la tierra, que obliga al dueño a empeñar la capa para comer. La dualidad entre apodo y descripción se plantea nuevamente en el topónimo Arroyo de Rompecapas (Los Yébenes TO). Probablemente describe un lugar de vegetación enmarañada, donde las capas se enganchan y desgarran. Un apodo colectivo similar, entendible como dicterio alusivo a la pobreza de los habitantes, es Capa-rotas (los de Sampaio, Castro Laboreiro PT; Prádena de la Sierra SG).

De distinta implicación son los topns. descriptivos de lugares ventosos: Arrebatacapas, Tormantos y Tolmantos < tolle mantos (etp XXVI, 13; Martínez Díez 160; Gordón 2009, 37). Generalmente están ubicados en puertos de montaña; también en parajes costeros, si añadimos Tentegorra (Cartagena MU). Gordón Peral añade a éstos el extendido topn. andaluz Pierdecapa y derivaciones como Piel de Capa, frecuentes en Sevilla (37). En alguno de ellos, sin embargo, el hecho de que el relieve sea suave y el paraje no destacadamente ventoso puede inclinar hacia una explicación general como la esbozada sobre Comecapas y Quemacapas: apodos varios del dueño, referencia a un lugar improductivo que obliga a empeñar la capa, o alusión a ladrones y salteadores.

Una serie de topns. alude al retorcerse de la barba: Retuercebarbas (Siero de la Reina LE), Torcebarbas (La Parrilla VA); Tuerce Barbas es el nombre antiguo de un pueblo rebautizado Villaverde de Medina (VA). Puede tratarse de un paraje ventoso, que tuerce la barba del que camina o va a caballo por él. En Cataluña, Pelagrinyó (grinyó ‘barbas, greñas’): Coromines (ocat V, 121) piensa que alude a la extrema pobreza del lugar, que haría al dueño entregarse a gestos de desesperación; pelarse la barba es antiguo ademán expresivo de frustración e ira. Caben otras hipótesis: lugar ventoso; paraje de vegetación enmarañada, donde se enganchan los barbudos; apodos diversos (Barbatorta es apodo medieval bien conocido). Análoga hipérbole late en topns. como Pelabarbas (Zamarra y Pedraza de Alba SA) o la calleja de Mesabarbas en Toledo. En este último, las disputas en ambiente rufianesco pueden haber originado el nombre: mesar ‘arrancar a tirones el pelo con las manos’. En cambio, los topns. del tipo Mojabarbas (Burgos ciudad; Villalba de Guardo P) parecen aludir a fuentes o arroyos de aguas hondas, que obligan a agacharse mucho.

La referencia al comer en los topns. suscita dudas similares. Topns. como Zampatortas (Villalobos ZA), Papatrigos (Valdescorriel ZA), Manjarreses (Cantaracillo AV), Laguna de Manjavacas (Mota del Cuervo CU; topn. ya citado en el lmont), Papatrigo y Manjabálago, lugares en Ávila (Tejero 76, 179), Papalagallina, en el Bierzo (Fernández González 1670), Papapollos (Villaco VA: Sanz 450), Paparrejas (Santovenia de Pisuerga VA: Sanz 450)[22] pueden ser apodos sobre la base de los verbos zampar, manjar (arag. minchar) y papar, de construcción afín al actual tragaldabas y muchos apodos colectivos (comeburros los de Sarrión TE) e individuales (Manjacoiros y Manjalboy, 1269 Bierzo: Álvarez Garnelo 221). Pero también pueden ser topns. descriptivos de una actividad agrícola o ganadera local: la pradera donde las vacas pastan en abundancia puede recibir el nombre de Manjavacas[23]. En la toponimia portuguesa este tipo es común: Paparanhas (s. XV omp 253), Papanabos (Êvora), Papa-Toucinho y Papa-Tremoços (Estremoz: tremoço ‘altramuz’). Análogamente, el topn. Capanabos (paraje montuoso en Fuentenebro SG) puede aludir burlescamente al cultivo de la tierra o remitir a un apodo local (¿de hortelano?)[24]. Nombres burlescos similares, aplicados a quienes viven de la hortelanía, son frecuentes: los de Matosa (Benabarre HU) son escoronanaps ‘los que descabezan nabos’ (190); los de Mediano (HU) bufanapos ‘sopla-nabos’ y los de Sahún (HU), minchafabes (Costa 191); los de Herrera (BU), zampaberzas (Vergara 1950, 536); los de Beas de Segura (JA) son naberos. En este conjunto de topns., inseparable de la hipótesis de un apodo es la de posibles alusiones a circunstancias del lugar. Un sitio queda singularizado satírica o encomiosamente por ser, ante todo, productor de nabos, de trigo, de tortas, de altramuces. En el paseo de Papalaguinda, cercano al río Bernesga, de la ciudad de León se aludirá pintorescamente al hábito de robar fruta al paso, en área de huertas.

De similar contenido y ambigüedad han de ser los topns. Papeleche (1822 crp, Manceras SA), Barranco Papa Leche (Arenas del Rey GR), Barranco do Papa Leite (Beja PT), Guarita do Papaleite (Souzel PT); como diminutivo, Papaleitinho (Mêrtola PT), Papa Nata (Lousã PT)[25]. Como apodo, el tipo papaleches (papaleite en PT) o mamaleches, semánticamente análogo a papanatas, ha sido común, aludiendo a distintas circunstancias satirizables: la forzosa dieta láctea de pastores y vaqueros; o las travesuras de mozos, que, a veces, al regresar de una ronda, sedientos, ordeñaban con la boca a cabras, burras o vacas; un Mamaleche es mencionado en un apeo medieval en Blasco Sancho, tierra de Ávila (dmca 333); un judío de Ciudad Rodrigo era Mamaleche (crd 332). Mamaleche o Mamaleches era una dehesa en término de Trujillo (CC) (Madoz; Concepción 87)[26]. Era frecuente que la soldada del pastor incluyera un cuerno a rebosar de leche, aproximadamente la medida de un azumbre[27], como se recuerda en Parada de Arriba (SA), popularmente Parada de los Lecheros. También es común tal referencia para describir, desde el campo, a los señoritingos de ciudad, que antaño solían consumir leche de vaca. El campesino veía en esto la expresión de una salud melindrosa y afectada. Cagaleches llaman a los de Salamanca capital (Sánchez 64); el mismo remoquete se aplicaba en Perú a los blancos, por parte de negros y mulatos (Romero 61). Es el mismo mecanismo sociolingüístico que produce los apodos colectivos de los de Lisboa, alfacinhas (alface ‘lechuga’), en exacta analogía con la voz castellana lechuguino ‘dandy’, antiguamente ‘lechuguita tierna, de plantel’.

Las labores del campo: etnografías implícitas en los topónimos

En otros casos, el topn. parece aludir a actividades que se desarrollan en el lugar. Tampoco aquí es posible descartar del todo la presencia de un apodo de oficio. En el topn. Sacatiras (Valdelosa SA) es tentador ver una referencia a la pela de los alcornoques que salpican el paraje. Valdelosa constituye una isla excepcional en el paisaje vegetal de la provincia, pues su término está presidido por esta especie arbórea, con una notable especialización en la industria corchera, antiguamente destinada a la producción de colmenas. El hecho de que Sacatiras se encuentre en un área de propiedad comunal da verosimilitud a la interpretación como topn. descriptivo, y no como nombre de propietario. Alusivo a antiguas rozas de pinar, si no es apodo de propietario, puede ser el topn. Arrancapinos (Rapariegos SG). Análogamente Sacapiedra (Adalía VA) y Sacatierra (Villafría BU), probablemente asociados a una cantera o a un barrero, bien en designación directa o a través del apodo de un propietario. El topn. Pisa Barro (Castro Marim PT) puede ser apodo (Pisabarro es apellido en León y otras provincias[28]) o referirse a la actividad que se realiza en los barreros y lugares de construcción: sacar tierra para hacer tapia, tanto de casas como de vallados, apisonando. Como apodo es antiguo: en León, Bartolomeus Calcaterra (1228 acl). Arrancacepas, pueblo en la provincia de Cuenca, deberá su nombre a la actividad de descepar, bien sea cepas de viñedo, o matorral y arbustos de monte para obtener leña o para desbrozar el terreno. A actividades de escarbar el suelo con las manos, tal vez jocosamente descriptivas de los vanos intentos de hallar tesoros, parecen aludir topns. como Comeuñas, finca en Trigueros (H); en Medina del Campo VA (1822 crp) “un majuelo al sendero de los Tesoros que llaman come uñas”.

Un topn. repetido en la península es Paracuellos (P. de Jarama M; P. de Jiloca Z); en Cataluña, un castillo de Paracolls (L). Coromines, en su Ocat (V, 155) piensa en una construcción verbal del tipo imperativo: “para coll”, asociada a un paraje de barrancos y precipicios. La idea central sería “para comptes, no et trenquis el coll” ‘presta atención, no te rompas el cuello’. Si bien la noción semántica de partida parece innegable, y los Paracuellos de Madrid y Zaragoza presentan un paisaje accidentado, cabe matizar algún punto en la interpretación. La construcción sintáctica abreviada que presupondría Coromines incluye una subordinada. Sin embargo, si revisamos los topns. frásticos que se reflejan en la bibliografía general, y en particular los incluidos en el presente artículo, se constata que en todos ellos la parte nominal está en relación directa y simple con el verbo: o bien es sujeto (Cantarrana)[29] o es objeto directo (Papatrigos). Por ello, parece improbable que Paracuellos suponga una oración de base compuesta; tampoco se entendería la desinencia de plural (cuellos). La explicación ha de estar en las tareas de gañanes y arrieros. Quienes aran con una yunta de bueyes o de mulas, al aproximarse a un borde escarpado de la besana, deben “pararle los cuellos” a los animales de tiro para que no se despeñen. En el tipo de yugo más común en Castilla y León, el yugo descansa sobre los pescuezos de los bueyes, aunque vaya enlazado mediante coyundas a los cuernos (Martín Criado 42); análogamente ocurre con el yugo de collera para caballerías. De sentido similar serán topns. como Tentebueyes (S Miguel de Bernuy SG), situado en un área con abruptos escarpes, Tenteburro (Canarias), o Ribeira Tem-te Não Caias (Madeira PT); dos barrios de Trevélez (GR) son Tentebecerra y Atabuey.

Era común que los pastores, mujeres y hombres, hilaran para entretener sus largas horas velando el ganado. Así lo reflejan algunas ordenanzas municipales leonesas. En Priaranza de Valduerna (1675) se prescribe a quienes pastorean vacas y cabras: “si fuer mujer, no lleve rueca ni criatura alguna que la impida ni otro instrumento […]. Y si acaso algún pastor o persona que guardare la dicha becera la llevare…” (spc 423); en Valle de la Valduerna (1676) se multa a “el vecino que fuere tarde a la hacendera y llevara rueca” (462). Miñano (IV, 262) describe la costumbre gallega de hilar en el campo: “las mugeres acompañan los hombres al campo, los ayudan en las labores, van a buscar la yerba para los ganados, á llevar éstos a pacer, a los molinos y a otras mil partes. A todas suele acompañarlas la rueca, y tienen la costumbre de hilar al mismo tiempo que van andando”. Además de la labor de punto propiamente dicha, los campesinos solían llevar consigo agujas para realizar pequeñas reparaciones de calzado o de ropa mientras guardaban el ganado; queda constancia de ello en el refrán gallego “Busca unha agulla pra levar na falchoca [‘faltriquera’] e tres ou catro pra cose-la boca” (Vázquez 740); igual en Núñez (260): “Un aguja para la bolsa y dos para la boca”. Un topn. menor, Pierdeagujas (1909 pñl, Moraleja de Sayago ZA), en un prado adyacente a un pequeño arroyo, parece contener memoria de tales ocupaciones. En tal paraje las circunstancias del lugar impedirían la guarda tranquila del ganado; o la hierba era alta en exceso, en la línea del refrán “aguja en pajar mala es de hallar”; o sobrevendrían distracciones añadidas que justificaran el topónimo. Si el nombre de lugar alude a pastoras, la implicación latente en él puede ser que el prado fuese favorable al retozo o coqueteo, lo cual sería causa de negligencia. De Cañamares (GU) se recoge el siguiente dictado tópico: “Cañamares, pierde agujas y dedales”. Añade el recopilador (Vergara 1986, 188): “indica que sus mujeres son poco previsoras”. Análoga implicación en el dicho recogido por Núñez (188): “Perdí la rueca y el huso no hallo, tres días ha que le ando en el rastro”[30].


La vieja costumbre de remojar panes en las fuentes produce una abundante toponimia. Así, en León, Fonte Panera (shg 1085) y Fonpanera (1201); así como en Fuente [de] Mojapán (1822 crp, Villasandino BU; Valencia de Alcántara CC; Pesadas de Burgos BU), Moyapán (Boisán LE), Mollapán (Crecente PO), Mojapán (Urbel del Castillo y La Nuez de Arriba BU), arroyo Mojapán (Fuenteguinaldo SA; Colmenar Viejo M), Fuente del Mollete (Fuenterrebollo SG), Muellepán (y Fuente de Mollarpán) en el Bierzo (Fernández González 1670). En PT, una Quinta de Molhapão (Belas, Sintra), y un homónimo en Serta (cmrp 314, doe 1009)[31]. El hábito nace de la necesidad: pastores, segadores y otros itinerantes llevaban en el zurrón grandes panes, a veces de varios kilogramos; con los días estos panes se ponían duros, y era preciso ponerlos a remojo en fuentes o arroyos para poder hincarles el diente. Se han propuesto otras explicaciones. Machado (doe 1009) considera probable que el origen esté en el calderón de los conventos, al que afluían los pobres a remojar su mendrugo en días en que había sopa boba. Tal explicación parece sin embargo muy restrictiva, y no atendible en el caso de localidades rurales y parajes aislados, alejados de cualquier monasterio. Cunha Serra (etp XXVI, 272) sugiere que los Mojapán sean apodos de panadero transmitidos a un terreno de su propiedad. Mojar el pan era una práctica fraudulenta, severamente castigada. En algún ejemplo (Mollafariña en Lugo) puede tratarse de una operación de remojado del grano previo a la molienda. De nuevo, estas explicaciones son posiblemente válidas en casos aislados, pero difícilmente generalizables[32].

En el topn. Ahumaculos (Luengos LE), en paraje llano de regadío y secano, puede intuirse una referencia a la producción local de carbón vegetal. Dado que el arbolado de ribera, dominante en el paisaje vegetal, es productor de leña verde, el topn. refleja hiperbólicamente la condición de los que se atarean produciendo carbón. Sin embargo, la alusión contenida en Ahumaculos puede ser otra: quienes vivían en chozas, por dormir y comer en la estrechura, en torno a un fuego central, podían motejarse de “culo ahumado”. Las chozas de cubierta vegetal han sido extraordinariamente comunes en la arquitectura popular. Un topn. que apunta en esta dirección es el Chozo de Quemaculos (Hoyos del Espino AV). Vivir en chozas, o en casas sin chimenea (casa de humo en Asturias), alumbrarse con teas de pino, o con varas de gamón, hacer hogueras en las fiestas, producir carbón vegetal: tales situaciones son suelo fértil para motes individuales o de grupo. No pocos apodos colectivos contienen implicaciones de este orden: ahumados son los de Valdilecha, Valdemaqueda y Vicálvaro (M); los de Taracena, Valdeconcha, Fuentelviejo y Auñón (GU); los de Gerindote (TO) (Torre 2006); así como muchos otros pueblos. Culiquemaos son los de Adamuz (CO) por sus hogueras de romero, sobre las que saltan el día de la Candelaria. En todo caso, Quemaculos ha sido apodo individual; y quemaculo se aplica en Cantabria a la especie arbórea Pistacia terebinthus ‘cornicabra’, figuradamente, porque con las varas de este arbusto hacían los maestros férulas para castigar a los niños (Esgueva 137).

La dura labor a que eran sometidos los animales de carga, de tiro o de arada ha dejado una abundante huella en la toponimia. Cansacaballos, cuesta en Piedras Albas LE; Cansavacas (Montemayor de Pililla VA), Cuesta de Cansavacas (S. Juan de Paluezas LE, Bello 2001); Cansabueyes (1822 crp Frómista P; Calatorao Z); un topn. antiguo Colada de Cansabués, en Lena (García Cañón 49); Cansamulos (Pinillaambroz SG); Cuesta de Cansaburros (Valencia de Alcántara CC); Cansaburros (Garrovillas CC); loma de Cansaasnos, junto a Madrid; la Naua de Sudamulos (1350 lmont Sierra de Guadalupe CC)[33]; collado de Quebrantaherraduras en la sierra de Madrid; Hierra Caballos (Puerto de Béjar SA). El cansancio de los animales, debido a cuestas pendientes, a parajes alejados del núcleo rural, a terrenos pedregosos duros de arar o a otras circunstancias, se convierte en germen toponímico. Meamachos (Fuente de Santa Cruz SG) puede evocar un lugar de descanso de las recuas de mulos, tal vez junto a un abrevadero; análogamente Meabueyes (Tordesillas VA) o Pijabuey (Pozoantiguo ZA). Un descansadero o quizás el lugar donde se revezan las yuntas originará el topn. Esperabueyes (Olmedo VA). Cotarro Hinchabueyes (Lantadilla P) parece aludir a un prado donde los bueyes beben o pastan hasta hincharse. Fozapuercus (Mena LE: Álvarez 162) describe un paraje donde hozan cerdos (o jabalíes). Atrancavacas (Bocigas VA) es de interpretación dudosa: ¿un atolladero?, ¿un prado abundante donde las vacas pastan hasta el hartazgo

Una variante hiperbólica de la serie anterior reemplaza el verbo cansar por matar. Da lugar a una copiosísima toponimia: Cº de Matavacas (1918 pñl, Valdespino de Somoza LE), Mata Asnos (en Villameriel, Sta. Cruz del Monte y Villamoronta P, y en la comarca de la Lampreana ZA, 1822 crp), Mataborricos (Pajares LO, Fuensaldaña P), en PT los antiguos Mata Boi y Mata Vacas (1258 omp 213), Mata Burros (Valcabado ZA , Cevico Navero P; Portugal cmrp 297)[34], Matabueyes (La Mata y Valdunciel SA; Revellinos ZA; Herrera de Pisuerga y Calahorra de Boedo P, Villacid de Campos VA), Matamulos (Villasabariego de Ucieza P), Matamulas (Támara de Campos P), Matamachos (San Martín de Valveni VA). A propósito del trabajo de las recuas de mulos que traían pescado al interior, Núñez (40) recoge un dicho de elegante minimalismo, “besugo mata mulo”, con la glosa “la razón es por ser el besugo pez que en poco tiempo se daña; y por esso los harrieros caminan de noche y de día sin parar”. Matatoros (Tarifa CA; Alcalá de Guadaíra SE; cme Castellanos de Villiquera SA), se aleja del patrón anterior, pues los toros no solían ser animales de labor; pero puede aludir al movimiento de toros destinados a la lidia. Domapotros (Flores de Ávila AV) podría implicar un camino escarpado donde los potros se desmandan con facilidad.

La dureza de la labor es expresada hiperbólicamente en abundantes casos. Sacaojos (LE), pueblo rebautizado en 1957 Santiago de la Valduerna, deberá su nombre a la presencia de gatiñas u otras plantas espinosas que pusieran en peligro a los segadores. En algún caso se sugiere que la dureza del terreno hace difícil la arada: Quebrantarados (Osorno P), Quiebra-arados (Móstoles M), Tirabuey (Bahillo P, Chozas de Canales TO, Paracuellos M), Quiebrayugos (El Ajo VA), Quebrantacamas (Fuente-Olmedo VA, referido a la cama del arado); un sinónimo, que preserva una forma léxica arcaica, es Quebrantacambas (Salinas de Pisuerga P)[35]. Deshonrra Yugueros (Aldeaseca AV) puede aludir a alguna característica del suelo o de las tierras que hiciera difícil la labra a surco derecho, prez de los gañanes; es muy conocido en Salamanca el cantarcillo en que una moza anima al arador: “si echas el surco derecho a mi ventana, labrador de mi padre serás mañana”. Una tierra de forma irregular, con picos y estrechamientos, hacía imposible el lucimiento; Correas refleja en esta paremia la preferencia de los labradores por las tierras anchurosas, aunque su calidad no fuera la mejor: “are mi buei por lo holgado, i el tuio por lo alabado” (36). Ruhstaller (235, 236) muestra ejemplos de topns. referidos a caminos que someten a los carros a dura prueba. Alusivos a la viga del carro serán Quebrantavigas (Carmona SE) y Quiebravigas (Mérida BA), Tronchavigas (Palacios del Pan ZA).

Una heredad de Cincha Ruedas (1213 cpoo), que fue del Cid Campeador en Villahernando BU, podría recibir su nombre de la dureza del camino o la propia tierra (habría que poner cincha a las ruedas del carro tras transitar por allí), o puede ser apodo de oficio del propietario. De valor similar serán Cinchamulos (Palacios de Benaver BU, Cabezón de la Sierra BU), ubicados en paraje quebrado. Rompecilha (S. Pedro do Sul PT), documentado en 1156 Runpicingulas, un topn. gallego Rumpecinlla (1243) (etp XXVI, 11), y Quiebracinchas (Porcuna JA: Ruhstaller 236) evocan trechos accidentados de un camino, donde la cincha < lat. cingŭla > corre peligro de romperse. Análogamente, en relación con el aparejo de las caballerías, Rompealbardas (Cehegín MU, Herrera del Duque BA). Los topns. del tipo Descuernabueyes pueden aludir a lugares escarpados, pero es frecuente que se apliquen a parajes llanos y sin afloramientos rocosos; en tal caso describen la dificultad de la labor de arada, que hace que los bueyes, literalmente, se descuernen arando. Una Sierra de Escorga Colleras, cerca de Peñarroya CR (lmont 122: escorchar ‘desollar’), puede entenderse como paraje abrupto donde las colleras de los mulos sufren abrasión por el esfuerzo (o por roce con plantas o rocas). Análogo valor tendrán Escolchabueyes (Fombellida VA) y Escorxabous ‘desuellabueyes’ (Tortosa T), Val de Suellavacas (Valencia de Alcántara CC)[36]. Una fuente y paraje de Trabacuernos (Castrillo de Sepúlveda SG) puede aludir a un brocal o pila angostos, donde las vacas o bueyes se quedarían encajadas al beber; también a un paso encajado entre rocas o árboles. En cambio, Trabacuartos (Torrejoncillo CC), ya citado en 1427 (cor 218) hace referencia probablemente a la costumbre de poner apeas o trabar los pies (cuartos) de las caballerías, especialmente las yeguas, cuando se dejan en los prados para pasar la noche.

Untacarros (Urbel del Castillo BU) es topn. que indica que las ruedas van a sufrir, probablemente por lo abrupto de un camino. Es conocido el refrán “Quien sus carros vnta a sus bueyes ayuda” (Vallés). De similar valor serán Quebranta-carretas (1822 crp Bocigas VA), Quebrantacarros (Donhierro SG; Espinosa de Cerrato P; Isar BU), Quiebracarros (Baños de Valdearados BU). Núñez (327) registra el refrán asturiano “A carros quebrados, carriles a fartos”; cuando se rompe el carro, se ofrecen por ironía del destino caminos en abundancia. Como es habitual en estos topns., es preciso mantener abierta la posibilidad de un apodo del dueño de la tierra: Quebrantacarros es mote medieval en Trianos LE (1241 tri), y Queblanta Montes en Salamanca (1224 ssp)[37]. Los malos suelos y los riesgos del camino aparecen frecuentemente en la toponimia. El calzado es una de las víctimas: Rompealbarcas (Villahán P; Valdepeñas JA), Rompeabarcas (Jiménez de Jamuz LE; Otero de Bodas ZA), Serra de Rompa-Barcas (Vimioso PT), Quiebrabarcas (Arroyo de Cuéllar SG)[38], Rompezapatos (Donhierro SG), Rompesuelas (Villanueva de los Caballeros VA). De mayor peligro es Traga Hombres (1822 crp, Rojas BU); o Los Tragahombres (Mancera de Arriba SA), que pueden aludir a pozos, simas o precipicios.

En alguno de los anteriores puede esconderse un apodo colectivo o individual. Entre los dicterios aplicados a los de uno u otro pueblo es frecuente encontrar referencias a la dura vida de los animales de labranza. La acusación implícita en ello es que los de tal pueblo son pobres y disponen de pocas bestias de labor, o que viven entre barrancos y andurriales inhabitables: por ello, sus mulos, caballos, burros y otros animales de labranza se ven explotados hasta lo indecible. Tal acusación, sea fundamentada o proceda de la habitual animosidad etnocéntrica, es común. Apodos colectivos no escasean: mataburros en Murugarren; y matacaballos los de Azcona (Navarra) (Iribarren y Ollaquindia 339); “mataburros por tozales”, i.e. por colinas escarpadas, llaman a los de Ballobar (Huesca, González Blanco 176).

Implicación similar se esconde en apodos colectivos del tipo pica-burros (frecuente en PT: Boticas, Atilhó, Viduedo, Aveleda); los de tales pueblos, bien por lo duro de sus cuestas, por lo afanoso de su subsistencia, o por la escasez de animales de labor, sometían a los burros a constante estímulo aguijándolos. Análogamente, pincha-burras son los de Alguerdo (Asturias). Un exacto sinónimo es el apodo colectivo de los de Pobladura de Aliste (ZA), tañaburros (Baz 121); se repite exactamente como apodo de los de Muro de Bellós (HU): tañeburros (Andolz 407). Esta voz contiene el arcaico tañer < latín tangĕre, con el sentido de ‘aguijar, picar [al burro]’. La voz parece pervivir en tierra de Miranda do Douro, fronteriza con el Aliste zamorano: “tanher las bacas” es ‘tocar, picar las vacas’ (Pires 506). Era habitual estimular al asno para hacerlo avanzar con paso más vivo: “asno malo cabe casa aguija sin palo” (Núñez 35; similar en el Marqués de Santillana); i.e. incluso sin necesidad de arrear, al sentir la proximidad del pesebre, el propio burro aligera el paso. “La bestia que mucho anda, nunca falta quien la taña”: Núñez (133) explica que, por querer comprobar cómo de bien anda, todos la aguijan. Correas, a su vez, menciona el refrán “por el rrabo se tañe el asno”, aconsejando “ke ansí se kastige al muchacho” (471). Añade la indicación: “tañer es: harrear, pikar”. Claramente, rabo aquí es sinónimo de ‘culo’; al burro se lo arrea dándole en la grupa. De un origen similar habrá de ser el topn. menor de Fuentesaúco (ZA) Cº de Arraba Asnos (1822 crp); en el léxico gallego es habitual (Rodríguez González 227) la voz arrabar ‘poner en hilera, “a rabo” una recua de caballerías’, práctica común en caminos estrechos y empinados. Tal vez tiene el mismo sentido el topn. Arroyo Estirarrabus (Lago LE: Álvarez 160).

Un topn. antiguo de estructura comparable es Tañabueyes de la Sierra (BU), documentado Tanibueyes (ca. 1250) y Tañebueyes (1432). Martínez Díez (176) lo interpreta como ‘lugar desde donde se tañía o llamaba a los bueyes a la boyada’. No parece avalada esta idea si se tiene en cuenta que la acepción de tañir ‘tocar un instrumento musical, unas campanas etc.’ se aplica siempre al instrumento y rige acusativo. Son los bueyes los que reciben la acción: como en el caso de los apodos antes señalados, son ellos el objeto receptor del estímulo, esta vez provocado con la aguijada. Posiblemente el topn. burgalés evoca un lugar donde es preciso aguijar a los bueyes para que avancen: suelo duro o profundo, cuestas pronunciadas; tampoco es descartable que el topn. nazca del apodo colectivo de los pobladores, si es que su ocupación principal, de boyeros y gañanes, justificaba aplicarles el citado remoquete. La versatilidad de estas voces es grande. Por un lado genera topns.: Arremulo (Bobadilla del Campo VA); Cº de Tocaburros (Villanueva del Gállego Z); Burreiros (Castelo Branco PT); Cº de Picapuercos (1921 pñl Laguna de Somoza LE: referido probablemente, y en tono jocoso, al camino por donde salía la porcada comunal, “la vecera de los puercos”). El paraje de Quebranta la vara (1867 adel, Gallegos de Solmirón SA) podría aludir a un repecho pronunciado donde es preciso castigar a las bestias para que avancen; en tierra de Miranda do Douro se oye el refrán “zurra i mais zurra até que la bara se quebre ou se caia la burra” (Mourinho 105)[39]. Por otro lado, las mismas voces originan apodos individuales y colectivos. Así ocurre con burreiros, mal nombre de los de Trefacio (ZA); y Aymar Tocauaca (1222 acl) en León. Llaman espoltraburras a los de Torga y Tormaleo (Ibias, Asturias): la acusación contenida en el apodo es ‘las hacen abortar [perder el potrillo] por el excesivo trote a que las someten’ (Castañón 340). La ocupación de aguijar burros cuenta con escaso aprecio social pues presupone una hacienda escasa, como indican, irónicamente, estos versos populares del área de Óbidos (PT): “Meu pai é lavrador, / anda sempre co’o aguilhão; / eu cá sou ‘arre burro’, / tenho esta ocupação” (Moutinho 163).

Una frecuente complicación añadida en los topns. y apodos que se originan en la oralidad es que a menudo la voz tiene un uso apelativo independiente. Así ocurre con picaburros ‘clase de cardo’, en Orense (Rivas 2001); tañaburra ‘collalba gris’ en Riofrío de Aliste (ZA) (Rodríguez Fernández, 1992). Bernis (60) recoge en la provincia de Zamora un nombre de igual sentido para la misma ave (Oenanthe oenanthe): arriaburros, en dos localidades, que cabe suponer situadas en el oriente de la provincia. La clave de estos nombres estará en el reclamo de esta ave, que recuerda al chasquido seco y reiterado que usa el campesino para arrear al burro. Una confirmación de tal hipótesis aparece en una voz, que parece vivir en Tierra de Campos, arreaburros ‘pájaro que anida en los terrones y barbechos e imita el sonido con que se arrea a los burros; suele seguir al caminante con vuelos cortos’ (Burgos 97). Indudablemente se trata de la misma especie. En Campanario (BA) se registra el nombre jarriera para una ave de este género (O. hispanica) (Barajas 1156), que responde a la misma imagen[40].

La diferenciación de género y edad en la toponimia

Las tareas del campo implicaban un constante trajín, que recaía de forma diferenciada sobre mujeres y niños. Éstos eran frecuentemente los encargados de llevar y traer la comida a las tierras; muy a menudo eran aguadores, hacían mil variados encargos en un vaivén entre el núcleo rural y los parajes donde se hacía la labor. Un topn. evocador de este ajetreo es Mandaviso (Castrillo de Villavega P). Para los abundantísimos topns. menores del tipo Matahijos cabe proponer una explicación que bascula entre tres posibilidades, presentadas aquí por orden de verosimilitud: (1) Un lugar tan alejado del casco de población, o de tan trabajoso acceso, que los rapaces, recaderos y aguadores habituales, se extenuarían cuando tocara laborear o cosechar tales terrenos. Quien tiene fincas lejos de casa se somete a un agotador esfuerzo en los trayectos. Morán (229) recoge el refrán salm. “el que camino ara, mata los bueyes y no coge nada”: arar camino es fatigarse, no en las labores in situ, sino en el camino de ida y vuelta. Cf. el topn. Andabalde (Ganame ZA). (2) Una fuente o un pozo peligrosos para los niños encargados de buscar agua. Así ocurriría en la Fuente de Matahijos (Piña de Esgueva VA), citada por Sanz Alonso (203). (3) Alusión a terrenos tan infértiles o ásperos de labrar, que dárselos en herencia a los hijos equivalía a condenarlos al hambre. (4) Hallazgo arqueológico: necrópolis donde la pequeña estatura o el estado de ovillamiento de las osamentas haya dado pie a la creencia popular en algún episodio de matanza de niños, como proponen Gordón y Ruhstaller (133, 135) para determinados topns. vinculados a yacimientos arqueológicos que contienen el término infantes o niños. En Beas (H) consta la existencia de un paraje de Matahijos, probable asentamiento del Bronce, en el que se han hallado múltiples enterramientos en forma de cistas.

Generalmente las tres primeras explicaciones son las más habituales, dado el contexto. Matahijos es muy común, y se extiende a diversas áreas dialectales. En las provincias de León y Zamora, se encuentran restos de una forma leonesa, fiyos, que a veces se vocaliza por completo, fíos. Testimonios arcaicos son Mata fiyos, en Sta Marina del Páramo (LE) (spm); una viña en un bago “in loco que dicitur Mata filios” en la provincia de León (1195 psml). Las formas contemporáneas son diversas: Matafíos (1910 pñl, Villadepera ZA), muy alejado del casco; Matafíos (Valdestrigo del Páramo LE, Losacio ZA). No es infrecuente encontrar formas en que el hiato se ha regularizado mediante epéntesis de una –g-: Cº de Matafigos (1908 pñl, Roales ZA); Matafigos (Fontanillas de Castro y Fermoselle ZA); Matahigos (La Hiniesta ZA). Sinónimo de los anteriores serán Mataniños (Cubo de Benavente ZA), Matamuchachos (Pajares de Adaja AV) y Matamozos (Olmedo VA). Con tono jocoso, y tal vez referido a una tierra propiedad de clérigos (no tenían hijos para matarlos a trabajar, y sí sobrinos), es un topn. antiguo Matasobrinos, bago de viña en Benavente LE (1435 sen).

El mismo modelo se puede aplicar a maridos y mujeres, a niños o viejos, según quien se suponga el principal damnificado por el lugar en cuestión. En ello entrarán nociones de sociolingüística de género y edad, con asignación diferenciada de tareas. Es el caso de Fuente de Matamujeres (Valencia de D. Juan LE, Gago 180; Sigüés HU); Matamujeres, muy alejado del pueblo (Fuenterrebollo SG); Regato de Matamulleres (Callobre PO). Mata Hijas (1861 adel, Barruecopardo SA); en la sierra de Sevilla, un topn. antiguo: Matahijas (1495), Matafijas (1505) (Gordón 1995, 242); un antiguo Mata Fiyes, paraje en Gema (ZA) (1463 valp). Matapadres (Amusco P), Matamaridos (Mozodiel y El Campo de Ledesma SA), Matanietos (Pinilla de Toro ZA). En el área de Braganza (PT) constan topns. Mata Filhas, Mata Homens y Mata Genros ‘yernos’ (etp XVI, 112).

De la autoridad paterna que presidía el trajín de los hijos durante las faenas del campo parecen hablar topns. del tipo Gobierna Hijos (1822 crp, Villalba de Lampreana ZA), Gobiernafillos (El Bierzo LE; Fernández González 1988). Tal nombre se aplicaría a lugares escarpados o peligrosos por cualquier otra razón, donde es preciso ejercer un severo control sobre los hijos.

Las edades reciben atención especial: Pico Cansaviejas (Melgar de Yuso P) y Cuesta de Cansaviejos (Villadepera ZA), junto a un Descansamozos (1861 adel, Puerto Seguro SA); río Mataviejas (BU); en el s. XV un paraje de Mataviejas en tierra de Ávila (Luis López 88, 94, 96); actualmente en Guzmán (BU) y El Cubo de Don Sancho (SA). Puede ocurrir también que el topn. enfatice la general penuria y dureza para todos sin discriminación de género: Matavivos (Villaseco de los Gamitos y Encina de San Silvestre SA), Matahombres (Fuente-Olmedo VA; Valdezate BU; Berlangas de Roa BU), Matacristianos (Cañizal y Villalube ZA; Palacios de Corneja AV; Juzbado SA). Cf. el antiguo ‘sendero de Matachristianos’ en Gansinos (SA). Más enfáticamente, Revientacristianos (Lodares LE). De la inutilidad de labrar determinadas tierras parece hablar el topn. Pierdeobreros (Tordehumos VA: obreros ‘jornaleros’); quien hubiera trabajado allí no querría volver. Análogamente Matapeones (Villalba de Duero BU). Un Descansarruines (Moreruela de los Infanzones ZA) puede evocar anécdotas de jornaleros o de trajinantes, de difícil reconstrucción..

El principio de diferenciación espacial definía en el mundo campesino áreas marcadamente masculinas (fragua, taberna, juego de pelota o de bolos) separadas de las de dominante femenina (hornos, lavaderos, corrillos a la puerta de las casas). El que las fuentes y lagunas pudiesen tener una adscripción preponderante para uno u otro sexo es entendible dado que era frecuente lavarse en ellas. En Calzada de Valdunciel (SA), los segadores gallegos o portugueses, cuando concluía la ardua temporada de siega, procedían a un lavado concienzudo antes de emprender viaje de retorno a sus pueblos de origen. Era la ocasión en que, con la pequeña renta ganada, se hacían algunas modestas compras para el camino y a veces se organizaba un baile; los segadores, súbitamente arreglados, “parecían señoritos”. Las mujeres, encargadas de la labor de atiñas (atar haces), y los hombres, que manejaban la hoz, se lavaban en charcas y fuentes diferentes. Se entienden, en virtud de esta segregación, topns. como Fuente de las Mujeres (Pinheiro Velho PT), Laguna de Lavacricas (Pajares de Lampreana ZA: González Calvo 46) y La Fuente la Clicla (Carande LE: Miranda 671); crica es voz aun vigente con variadas acepciones en las provincias leonesas: ‘vulva; clítoris’ ‘pamplina; melindre’ y otros sentidos translaticios. Añádase una Fuente de Lauaconnos (1406) en Villamuel de Campos (VA) (Sanz 391); Fuente Lavacoños (Sedano BU); en un documento medieval de Burgos, “la vinna de la fuente de Lauaconos” (dcb); en PT, un Lavaconos (1401, Piel 197). De otro signo, en Fuencalada de Vidriales (ZA) se registra en el s. XV una Fuente de Carajos y Fuente de Pixas (1444 sen). El mismo valor ha de tener el paraje de Lava Colos (Fundão PT, cmrp 272), en 1190 Lava Colhos (Piel 197), y el río Laua Colizinos (1257 omp 191); tales abluciones, en este caso de peregrinos, perviven toponímicamente en Lavacolla (junto a Santiago de Compostela), latinizado Lauamentula en el Liber Sancti Jacobi. Sin marca de género, Lavaculos (1072, 1086 brac) en el área de Braga, Lavaculos (Sancti Petri CA), Fuente Lavaculos (Quintanarraya BU, Torresandino BU), Lava Rabos, en Ançã (1299 omp 192, junto a Coimbra; actualmente es S. João do Campo: Piel 197).

En los referentes jocosos al inevitable mojarse la ropa propio de lugares donde era preciso vadear un arroyo, o donde se practicaba la pesca, o se lavaba la ropa, parece apreciarse la siguiente distinción de género: es inequívocamente masculina la mención de las bragas ‘calzones’ o las calzas; en cambio, la alusión a rabos ‘faldas o culo, indistintamente’ puede orientarse a ambos sexos. Al primer tipo responden un puente de Mojabragas BU, en 1199 en el camino de Santiago (Vázquez de Parga et al. II, 143), una braña de Mojabragas, Cantabria, o el paraje de Mojabragas (Abejar SO). Sinónimos son, en PT, una Herdade de Tiracalças (Veigas do Sever), Tiracalças (Póvoa de Rio de Moinhos, Castelo Branco) y un Esteiro [estero fluvial] Tiracalças (Lisboa). Ello enlaza con la conocida paremia: “no se toman truchas a bragas enxutas” (Núñez 169), “bragas duchas, komen truchas” (Correas 367). Los topns. del tipo mojarrabo son en principio sinónimos, si bien pueden orientar en ocasiones a la mujer: “aqua que vocitant Mulia Rabo” en Galicia (1235 caav 331-332); Huelga y arroyo de Mojarrabos (s. XV szc 227, Calzada de los Molinos P), Charco y vado de Mojarrabos, en el Guadiana (Villagonzalo BA). Ya figura entre los refranes del Marqués de Santillana (1454) “quien peçes quiere el rabo se remoje”. Sin distinción de género, los frecuentes topns. del tipo Mojapiés (en el río Odra, Hinestrosa P; en Ciadoncha BU); Arroyo de Mojapiés (Revillarruz BU); un Ribeiro de Calacú (Rosmaninhal PT: Pinheirinho 20) podría interpretarse análogamente como ‘cala culo’. Mojabarcas, en los Montes de Ruesga (ca. 1340 Cantabria lmont) es ‘moja abarcas’.

En muchos casos, sin embargo, a pesar de contener una alusión que parece sexualmente marcada, la oralidad subyacente es de difícil reconstrucción. Hay topns. que, aun conteniendo referencias inequívocas, pueden aludir tanto a personas como a animales de labor. En la delimitación del Montalvo, espacio acotado para leña en el entorno de la ciudad de Salamanca, consta en 1341 un mojón en “rrapa coyones” (Castro y Onís 69); en la Asturias medieval, una “vinna que dizen de rapa collones” (Fernández Conde et al. 396). Este topn. se puede interpretar, al menos en el caso de Salamanca, como sigue. El Montalvo, antes llamado Montenegro (un caso de retoponimización de buen agüero: Riesco 2006, 240), era el coto principal para abastecimiento de leña de la ciudad, así establecido al menos desde la redacción del fuero medieval (Castro y Onís 174). Este paraje debería su nombre original (“negro”) a la densa cubierta de matorral de carrasca. La recogida de leña se hacía con carro, pero también a lomo de bestia. Atravesar con burro o mulo un paraje tan denso de carrasqueras supondría para las caballerías el constante roce, en patas y vientre, con la hoja coriácea y espinosa del matorral de encina. De ahí, hiperbólicamente, el nombre de “rrapa coyones”. Un sentido similar, en este caso referido a los galgos o perros de caza, ha de tener el topn. Páramo de Capaperros (Cevico de la Torre P): la hirsuta vegetación herbácea o de matorral dificulta su carrera. Cf. Teso de Rascapiernas (cme Robleda SA, Alonso Pascual 85). Análogamente Capazorras (Lastras de Cuéllar SG). El Enzjnareio de Despierna Cauallos, junto al Guadiana (lmont 100), hará referencia a un encinar donde la áspera vegetación hería las patas a las caballerías.

Las mismas dudas se hacen presentes al interpretar el topn. Tajarrabos, que se repite en la provincia de Zamora: Tajarrabos es un altozano entre Prado y Villalobos (ZA); consta en 1466 con idéntico nombre (vllp); debe de coincidir con “Villa Castrello, que se dize Taiarrabo”; “que dicitur Tallarrabos” (lpsj). En la Tierra del Vino se registra un perfecto homónimo: Tajarrabos, pago de viñas en Pontejos (ZA) (1488 valp). La indeterminación es grande: ¿se trata de un lugar donde se esquila, y por lo tanto se corta rabos a los corderos?, ¿donde el caminante roba racimos al paso, cortando el rabo? Nunca se puede descartar un apodo de propietario, basado en cualquier anécdota o rasgo de carácter. Tajar faldas (= rabos) a las mujeres era una afrenta conocida, que algunos textos legales medievales sancionan con cierta severidad; el Fuero de Zorita incluye disposiciones al respecto: “a muger rabos cortare” (Ureña 150, n. 258). Correas también recoge este uso figurado de rabo con el valor de ‘falda’: “Kien pezes kiere, de moxarse tiene; o el rrabo se moxe”, explicando que se alude a “las faldas” (408).

El fuero de Úbeda, por su parte, incluye una disposición relativa a “todo aquel que farapos cortare” (Peset et al. 1979), referido a la misma afrenta contra las mujeres; el de Sabiote (JA) presenta la variante “del que taiare farapos” (Porras 297). En relación con ello puede aducirse el antiguo topónimo, uno de los más arcaicos documentados del tipo verbo sustantivo, Alzaparapos. Aparece en un deslinde de 864, en una carta de donaciones al Monasterio de S. Félix de Oca BU (smc1 15; Llorente 93, 95)[41]. Podría pensarse en una variante arcaica de farrapo; es característico del vasco la conversión, en los préstamos del latín o romance, de una /f/ inicial en /p/. El topn. parece estar situado entre los valles de Mena (BU) y Ayala, en Álava. También más al sur, en el área de Montes de Oca, se constatan abundantes topns. de raíz vasca. De confirmarse esta suposición, Alzaparapos contendría una atestiguación sumamente antigua de la familia ibérica far[r]apo, harapo, farpas[42]. Dado lo remoto del topónimo, no parece fácil decidir el contexto en que se produce: un sitio ventoso, que levanta las faldas; un vado que las mujeres han de cruzar arremangándose; arcaicos galanteos con pastoras; el lugar de una afrenta. Más improbable es la alusión a un lugar donde la gente se lava, pues tal acción no se suele designar con este verbo; alzar nunca equivale a quitarse la ropa.

Enlaza con locuciones del tipo “tajar rabos” la forma variante “alzar rabos”. Consideremos el topn. medieval Alça rabos, en Melgar de Arriba VA (1260 shg). Tanto si el origen del nombre está en un apodo de propietario como si deriva de una circunstancia descriptiva del lugar (un paraje batido por los vientos, que levanta las faldas; un vado fluvial transitado por mujeres, que se remangaban la falda), acuden a la mente diversas paremias aplicables, semánticamente emparentadas. El Marqués de Santillana recoge la frase proverbial “alça el rabo, ruçia, que vanse los de Olmedo”, alusiva a la batalla de Olmedo (1445); al acabar ésta, se producirían mofas, de intención escatológica o erótica[43], dirigidas contra los de dicho pueblo, quienes supuestamente se habían orientado husmeando los pedos de una burra. Como proverbio, sugiere que, pasado un peligro, llega el momento de relajarse o de desmandarse, dejando aflorar la malicia oculta. Como recoge Núñez (81), “El asno, el diablo tiene so el rabo”. Por otra parte, localmente el rabo ha designado a la esteva del arado; una canción de Braganza lamenta la escasa hacendosidad de la gente joven: “Eu ouvi cantar o cuco, / na rabela o arado; / estes mocinhos de agora / trazem o rabo alçado” (Moutinho 118). Es decir, son poco esforzados, no hunden bien la reja, y dejan desatendida la mancera, con lo que el cuco, burlonamente, se posa en ella. Las paremias antiguas ensalzan al gañán fornido, que hunde bien la esteva: “El arado rabudo y el gañán barbudo” (Núñez 91).

Por otra parte, con clara insinuación erótica suena el dicho “alzá el rrabo, Mengua, pues no ai kien os le tenga” (Correas 49), i.e. ‘levanta la falda [o el culo], Menga, pues no hay quien te la [lo] sujete’. Del mismo recopilador procede el de “A la moza i a la parra, alzalla la falda” (8), equivalente a esta paremia: “La muxer i la parra, arremangada”, que Correas opta por glosar con palabras castas: “habla de la bendimia: ke la bendimiadera á de andar alzadas las faldas, i la parra á de tener alzados los sarmientos o pánpanos, para ke la uva goze del sol i madure bien; i ansimesmo la muxer kasera i hazendosa á de andar desenbuelta, i la labradora, para el trabaxo, haldas en zinta” (205). Para ciertos trabajos del campo, para lavar la ropa o atravesar un arroyo, las mujeres habían por lo tanto de remangarse; el mismo Correas define una rrabeada como ‘el rregazamiento de la saia i faldas para hazer algo un rrato’ (757)[44]. En todo caso, la implicación erótica de un vuelo de falda, voluntario o no, nunca queda lejos (cf. el topn. La Piedra Mirafaldas, Cuéllar SG), y la toponimia contiene referencias directas que describen la apropiado de un lugar para el retozo: Arroyo de Furtabesos (s. XV Mingorría AV: Barrios 348); antigua calle de Abrazamozas en Córdoba, Guadalajara, Toro y otras muchas ciudades; tal vez Sacarrabos (Pajares de la Lampreana ZA).

Tan sugerente campo de posibilidades orales abre interpretaciones diversas para el apodo del propietario, o para las circunstancias locales que suscitaran topns. como Alça rabos, Alzaparapos: ¿viñedo en el que las mujeres han de remangarse las faldas para el trabajo?; ¿anécdotas jocosas relacionadas con la labor?; ¿el dueño del pago era mujeriego y dado a levantar faldas?; ¿el lugar era propicio a retozos y galanteos pastoriles? Añádanse otras posibles imágenes, transmitidas por vía de apodo; alça-rabos se usa en Valencia con el sentido de ‘adulador, tiralevitas’, y por obvias razones descriptivas se ha aplicado a diversas especies de aves[45], lagartos y escorpiones. En todo caso, tropezamos aquí nuevamente con “l’impossible clôture du texte oral” de Zumthor (1983), agravada si cabe por el continuo trasvase entre lo parémico, lo antroponímico y lo toponímico que aquí se observa.

Considerando el topn. antiguo molino de Ypauieyas [el molino que hace hipar, de susto, a las viejas], en Morales del Rey (ZA) (ca. s. XIV spm 574), es inevitable la conexión con otros nombres populares de artefactos hidráulicos que aluden jocosamente a su traqueteo, temblores y percusiones, fuente de espanto y asombro; así consta en un celebrado pasaje del Quijote, la aventura del batán. Es el caso del Molino de Espantaniños (Robleda SA)[46]. O el “molino que dizen Arinca Pennas” ‘arranca peñas’, también en Morales del Rey (ca. s. XIV spm 572), claramente hiperbólico, aludiendo a la fuerza del agua. El topn. se repite: Arranca Peñas (Bijuesca Z), Oya de Arrancapeñas (cme Castellar de Santiago CR)[47]. En Olivares, junto a Zamora, consta una aceña medieval “que llaman Triquitania” (1182 lera). Cf. parajes Triguitaña (Bermillo de Sayago ZA) y El Triguitón (Sogo y Ganame ZA). En esta voz encontramos un apelativo vigente en portugués, el de las calesas de alquiler lisboetas o traquitanas (Figueiredo ‘coche de quatro rodas, para duas pessôas’), así llamadas por el traqueteo que las caracterizaba. Un apodo medieval, Maria Domingo la Tiquitanna (= Triquitaña), en Salamanca (1299 dcs), puede entenderse como ‘la alborotadora, la que se mueve mucho’, tal vez con connotación erótica.

De análoga referencia son topns. sayagueses citados en el cme, como el Molino Chacón (Fariza ZA), o los Molinos Temerosos (Torregamones ZA, Castaño 1992). En el primero encontramos la voz chacón ‘estruendoso, jacarandoso, alborotador’, de origen imitativo, que, convertida en apodo, ha dado lugar al conocido apellido (dcech, s.v. chacón). En el segundo topn. se registra la acepción popular, común en Zamora y Salamanca, temeroso ‘temible, imponente’. Los topns. que contienen referencias al miedo pertenecen generalmente al campo folktopn. puesto que se insinúa en ellos una narrativa, a menudo dirigida a los niños, o, en su caso, circunscrita a la oralidad infantil. Nava Medrosa (Escuadro ZA) alude a un paraje calificado de espantable y al que los niños no querrían o debían ir. Puede tener un origen anecdótico, basado en algún accidente o asalto; o puede estar asociado a algún relato destinado a amedrentar a niños. Su situación detrás de un humilladero puede haber propiciado las narrativas de tal género. Otros topns. de este tipo son Mata Medrosa (El Manzano, Sardón de los Frailes SA), La Peña Medrosa (Valdelacasa de la Calzada TO).

En otros casos, la tradición que atribuye a molineros y molineras conductas licenciosas se hace notar en la toponimia: así en el topn. medieval, en Zamora, Molino de Apalpatetas (1488 lera). La molinera fácil al requiebro es un lugar común en los cancioneros y la literatura, tanto culta (El sombrero de los tres picos) como popular. Son numerosos los ejemplos, v.g. en Asturias: “esta noche fui al molino, / no perdí la caminada: / dormí con la molinera / y molí lo que llevaba” (Nuevo 106).

Conclusión

En el estudio de muchos topónimos, es preciso acudir a las fuentes etnográficas y a la historia de las costumbres para situar la génesis del nombre de lugar a la luz de los recursos orales disponibles. En el recorrido efectuado aquí, que no agota la cuestión, queda de manifiesto un grado variable de indeterminación en el rastreo de la oralidad fundacional. Muchos folktopns. se expresan mediante compuestos verbonominales, un procedimiento de sintáctica contracta altamente expresivo y difícil de desentrañar, habida cuenta de su nacimiento en situaciones de alto contexto. La ambivalencia principal en tales nombres de lugar procede de la dualidad entre topónimos descriptivos y topónimos procedentes de apodos. Los topns. descriptivos pueden nacer de atributos físicos (biogeográficos) del lugar, de una especie animal o vegetal presente en él, o de una actividad que se desarrolla localmente: una propensión expresiva que roza el animismo convierte a los elementos, la flora y la fauna, o la industria del lugar, en actores del paisaje. Los topónimos originados en apodos dimanan de un mote individual del propietario, o de un apodo colectivo (dictado tópico, alcunha o nomeada). A su vez, muchos apodos colectivos son indistinguibles de la descripción de una actividad local. Los habitantes quedan identificados en la imaginación popular como seres impregnados de lo que ocurre allí donde viven. Resulta de todo ello un paisaje animado, una amalgama de lugares, acciones y personas, un continuum metonímico y metafórico que permite entrever una brumosa pero palpitante oralidad de siglos ya extintos.

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