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La casa y el más allá. Ejemplos de la comarca de Cartagena

SANCHEZ CONESA, José

Publicado en el año 2012 en la Revista de Folklore número 369.

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Palabras previas

El hombre hace la casa a su imagen y semejanza contando con el paisaje que la envuelve, de la que se singulariza pero al mismo tiempo es parte consustancial, y contando también con los elementos materiales que le brinda el nicho ecológico que la circunda.

La casa es honda expresión de lo humano, lugar de referencia que sirve para que encontremos refugio frente a lo exterior y sus amenazas, punto de arraigo y amparo, ámbito privilegiado para la intimidad y el desarrollo de las relaciones familiares. Así nos lo recuerda el profesor Flores Arroyuelo en su magnífica obra El ocaso de la vida tradicional[1]. Igualmente es simbología de cosmovisiones porque todo lo que encontramos en una casa expresa la imagen del mundo de quienes la moran, sus vivencias, ideologías, religiosidad, situación económica y social, patrones arquitectónicos de una época, avances tecnológicos, etc. Es un producto histórico que genera identidad de un lugar, en la que los nativos se reconocen y son reconocidos por los foráneos. Como vemos es imagen representativa de importancia capital para el reconocimiento de un pueblo y a la vez para su conocimiento, al constituir un auténtico testigo de la cultura del grupo, testimonio de una etapa en la evolución humana, y por lo tanto algo valioso que hay que preservar, además de por sus notables valores estéticos.

La casa aparece vinculada al terreno de las ultimidades, es decir las fuerzas ocultas, el orden del cosmos, el destino del hombre; quien en su debilidad y temor frente al porvenir que no controla, la enfermedad o la trágica muerte que ha de venir sin remedio, se emplea en supersticiones, ritos mágicos o en la religión, que le aporta consuelo y sentido existencial.

Esto es lo que entendemos por Más Allá, la experiencia de lo inmaterial, lo que no puede aprehenderse por los sentidos, lo que escapa a la explicación racional y sobrecoge, la sorpresa ante lo sobrenatural, todo lo concerniente al espíritu, lo referido al sentido de la vida y de la muerte, la metafísica en definitiva. Un aspecto fundamental constitutivo de lo humano, que recorre nuestra historia desde las pinturas murales prehistóricas hasta nuestros días.

Una somera aproximación al tema es lo que pretende el artículo presente, concebido como pinceladas sueltas que anticipan un cuadro futuro que se desea más amplio y completo.

La sal protectora y los umbrales de las puertas

La sal protege frente a los malos espíritus, enemigos de la casa que puedan amenazar la paz de sus moradores.

Quién este artículo firma contempló como una tía de mi suegro, Dolores Saura García, al visitar unos días antes de mi enlace matrimonial (5-1-1992) la vivienda en la que habito actualmente, en la localidad de La Palma, cogió una bolsa de sal y fue echando un puñado detrás de todas y cada una de las puertas de la casa, en un rito de prevención frente a las influencias nocivas, máxime cuando una joven pareja estrena a la par vivienda nueva y vida en común. Tenemos, a mi juicio, dos elementos destacados del ritual a analizar: el umbral de la puerta y la sal.

La lectura de un clásico como es El folklore en el Antiguo Testamento[2], escrito por J. G Frazer y publicado en el año 1907, nos revela que en numerosas culturas del mundo, y en todas las épocas, se ha creído en la existencia de espíritus que rondaban los umbrales, por ello se observaba con celo algunas prevenciones como evitar pisarlo. Este es el caso de los antiguos judíos, quienes tenían tres guardianes del umbral en el templo de Jerusalén; así como el de los filisteos, los antiguos romanos, los tártaros o determinados pueblos africanos.

Hoy en día se evita que la recién casada lo pise y por ello su marido la introduce en brazos en el hogar. Además hemos de destacar que estamos ante un rito de paso o transito, de un estado de soltería a otro matrimonial. Por lo tanto, es un momento crítico de gran cambio y riesgo existencial.

Frazer, con su característico bombardeo de datos imposibles de reproducir aquí en su totalidad, nos informa que en Marruecos se cree que los duendes rondan los umbrales, desde ahí justifican la superstición de que la novia atraviese la puerta de esa guisa. También era tradicional en Rusia pensar que los espíritus de la casa tenían asiento en el umbral, por eso cuando se edificaba el hogar se colocaba en ese espacio un crucifijo, incluso algún objeto perteneciente a las anteriores generaciones. Similares costumbres mantienen los alemanes, quienes no pisan el umbral de una casa nueva para no hacer daño a las pobres almas.

El otro elemento del que hemos prometido hablar es la sal. Muchas mujeres de nuestra comarca afirman que precisamente sal y harina es lo primero que debe entrar en una casa, porque están en gracia de Dios. Estos elementos de carácter profiláctico los hallamos igualmente en Galicia, según nos confirma Lisón Tolosana[3] donde la esposa introduce en el hogar los ingredientes de agua bendita, pan y sal, y el sacerdote es a veces invitado para bendecir la vivienda.

Barrera en su obra sobre la identidad catalana explica el siguiente ritual[4]:

El rector pasa el Domingo de Pascua, u otro día acordado en torno a esta fiesta, por todas las casas de la parroquia. Va acompañado de dos monaguillos que llevan el cistell donde se recogen las aportaciones en especie de los parroquianos, la cruz y el agua bendita. La mestressa les espera con sal común en un plato y en un recipiente de agua cristalina, elementos que han de ser bendecidos. El sacerdote mezcla un poco de sal y agua bendita, una vez ejecutado el ritual sacralizador, y a continuación pone un ápice de la profiláctica sustancia en el marco de la puerta principal, mientras recita la correspondiente plegaria ritual. Siguiendo las indicaciones de la mestressa, el párroco recorre toda la casa bendiciendo y aspergando puertas y ventanas, incluidas las del llar del foc y las de los establos de los animales domésticos. De esta manera quedan protegidos los límites, umbrales y entradas de la casa contra los males externos que la acechan.

Podemos leer en El Enchiridion[5], obra atribuida al papa León III, un grimorio o libro de fórmulas mágicas usado por los antiguos hechiceros:

Te exorciso, criatura de la sal, por Dios santo, por el Dios que por el profeta Eliseo mandó que fueses puesta en el agua para que subsanases su estirilidad, a fin de que te conviertas en sal exorcizada para salud de los creyentes y seas la salud del alma y del cuerpo para todos los que te tomen, y huya y se aleje del lugar que contigo fuese rociado toda fantasía, maldad, ardid diabólico de fraude y todo espíritu inmundo (...)

Esta fórmula con algunas variaciones ha estado presente en el ritual de la Iglesia hasta hoy en día.

En La Palma recogí hace unos diez años testimonios de vecinas, por otra parte comunes a otros lugares de la comarca, a cerca de la sal como elemento profiláctico ante el mal que suponen los fenómenos desatados de la naturaleza. Así lo expuse en La Palma. Un pueblo cuenta su historia[6]:

Al llover torrencialmente o ante la amenaza de granizo se tiraba un puñado de sal a la calle, haciendo en ella la cruz. También se tiraba la cruz de Caravaca y se dice que sus brazos se abrían milagrosamente.

Los niños son los más indefensos de la casa ante el mal, por ello son los principales sufridores del mal de ojo, extraño fenómeno que es definido por el común de nuestros informantes como una fuerza mala que la tienen algunas personas en la mirada y la ejercen contra las personas, sobre todo niños de corta edad, animales y plantas.

La sintomatología de este influjo maléfico es clara, caracterizándose por el agostamiento, la debilidad y la tristeza de quien la padece. Nuevamente la sal viene en auxilio del débil pues este elemento se introduce en pequeñas cantidades en unas bolsitas de tela junto a unas migas de pan y ajo que se aplican al bebé en la ombliguera[7].

Aún hoy en día advertimos dando un paseo por la ciudad de Cartagena, o cualquier otro núcleo de población de su entorno, como jóvenes mamás pasean a sus retoños en carritos que lucen un espléndido lazo rojo. Se persigue con este elemento que las personas con mal de ojo desvíen la primera mirada, que es la que contiene mayor carga negativa, hacía el llamativo lazo. En cambio sus abuelas preferían ponerle a los infantes medallas de la Virgen María, hacer con disimulo la higa, que viene a ser una señal de la cruz realizada con los dedos de la mano, o colocarle las bolsitas de las que antes hablábamos. Y mucho antes los romanos escupían tres veces y se guardaban tres veces en el bolsillo unas piedras, según Petronio en su Satiricón. También los musulmanes se han protegido y lo siguen haciendo frente a la maligna influencia porque estamos ante un fenómeno universal que se ha dado en todos los tiempos, siempre.

La palma del Domingo de Ramos

Podemos observar palmas en los balcones de algunas viviendas, tanto en el ámbito urbano como rural, exhibidas allí hasta el próximo año en que tras ser bendecidas estas hojas de palmera, y después de procesional el domingo de Ramos, sustituirán a las anteriores, tras el acto religioso que rememora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

La palma adquiere aquí significación profiláctica de la casa frente a las fuerzas negativas del mal, reforzada con el efecto benéfico del agua bendita. No en vano goza este elemento vegetal de numerosos atributos simbólicos como son el de alabanza y alegría triunfal, además de felicidad, eternidad y resurrección.

En la obra de Barrera sobre Cataluña leemos[8]:

Con hojas de palma, de olivo, de laurel, etc., bendecidas también el Domingo de Ramos, los campesinos confeccionan pequeñas crucecitas que después colocan sobre el dintel de puertas y ventanas, con el mismo fin de proteger la casa de toda clase de mals esprits que puedan amenazarla. Con cruces hechas con esas mismas plantas benditas puede protegerse efectivamente un campo, se han de colocar en cada una de sus cuatro esquinas.

El tejado y los dientes

Cuando a los niños se les caían los dientes de leche se procedía a la puesta en marcha de un ritual de ofrenda de la pieza al tejado de la vivienda, acompañada de una plegaria para que el nuevo diente saliera perfecto, sin ningún problema. Era el propio chiquillo quien lo lanzaba después de proclamar el conjuro siguiente:

Tejaico, tejaico

toma este dientecico

y dame otro más bonico

Así nos lo enseñó mi madre, tanto a mí como a mis hermanos, transmitiéndonos lo que ella misma realizara en su infancia en una pedanía de Fuente-Álamo. Fórmula igualmente secundada en su niñez por mi padre, natural de otra población de la comarca, perteneciente al municipio de Torre-Pacheco[9].

Sebastián de Horozco, un autor de mediados del siglo XVI nos dejó el testimonio siguiente en su Recopilación de refranes y adagios de España:

Tejadillo, tejadillo,

toma este dientecillo

y dame otro mejorcillo[10]

Conocemos de la existencia de formulas iguales, como la recogida en Motril (Granada) o de gran similitud, cual es el caso de la localidad de Mecerreyes (Burgos):

Tejadito nuevo,

toma este diente

y dame uno nuevo[11]

En toda España los hallamos en gran abundancia, pero también en el país vecino de Portugal:

Telhado, telhado,

Toma lá o mê dente podre,

Dá-me o tê doirado!

(Tejado, tejado,

quédate allá mi diente podrido,

dame el tuyo dorado)[12]

Podríamos añadir aquí infinidad de textos de todo el planeta: China, India, Japón o Polinesia, donde gozan de notable presencia y protagonismo los ratones, quienes merodean en los tejados. Aunque aparezcan otros espacios a donde son arrojados y otras especies animales como destinatarias de las piezas dentales, pero siempre en orden secundario. En la primera categoría citada podemos encontrar al sol, la luna, el fuego del hogar, las cenizas, los agujeros en la pared, los gallineros, las tumbas, los campos, y debajo de la almohada.

En cuanto al bestiario hallamos lobos, zorros, murciélagos, cuervos, castores, hienas, cangrejos, etc. En algunas tradiciones se invocan a los ángeles, santos, Vírgenes, dioses o demonios.

Hemos dado un repaso apresurado a este ritual universal, rito de tránsito o de paso por cuanto supone la muerte simbólica de una persona y su transformación en otra diferente. El pequeño al que se le caen los dientes de leche muere con ellos y simbólicamente aparece otro ser. En efecto son unos años, entre los siete y los ocho, en que se solía comulgar por primera vez, acontecimiento de gran importancia en la integración del niño en la vida cristiana. Se comienza a acudir al colegio sin el acompañamiento materno, y a la conclusión del horario lectivo le esperan juegos y diversiones con los amigos por calles y campos, todo con una gran autonomía con respecto a la vigilancia de los progenitores, antes más estrecha. El crío comienza a no depender tanto de la figura omnipresente de la madre.

Intentaremos explicar por qué es el tejado lugar de destino preferente del diente caído en el Campo de Cartagena, así como en otros ámbitos geográficos mundiales. Antes de que se impusiese en la comarca, a finales de los años 60 del pasado siglo xx, la costumbre de guardarlo debajo de la cabecera para que el ratoncito Pérez se lo llevase, dejando a cambio unas monedas o algún pequeño regalo.

El acto de arrojar el diente al tejado es interpretado por Saintyves como manifestación de un rito identificado como una fuente de fecundidad: la proyección de semillas ¿no engendra plantas parecidas a aquellas de las que nacieron? En las ceremonias de matrimonio y de bautismo se encuentran a menudo ritos parecidos. Cuando los nuevos esposos llegan a la casa, en diversas provincias de Francia, se arrojan a la casada puñados de semillas o de frutos, al tiempo que se formulan votos de abundancia y de prosperidad[13].

A nuestra memoria acude la imagen frecuente del lanzamiento de arroz a la feliz pareja que acaba de contraer matrimonio. Si la proyección de semillas hace posible la fecunda aparición de nuevas plantas, la proyección de un diente al tejado generará otro nuevo.

Pedrosa, autor experto en literatura popular y antropología cultural, trata de aclarar la cuestión recurriendo a las explicaciones vertidas por informantes de diversas procedencias, abundando en que los ratones suelen pasearse por los tejados, o que incluso en ellos establecen su morada. El mismo investigador apunta además que el tejado es espacio de aparición o paso de fantasmas como atestiguan en Ciudad Real, pues en la noche del uno al dos de noviembre cuando los espíritus de los fallecidos andan por tejados y calles buscando el hogar que tuvieron en vida. En Portugal los tejados son espacios por los que circulan las brujas cuando van a reunirse, como lo corrobora alguna cancioncilla infantil[14].

En muchas culturas los tejados marcan el limite entre lo terrestre y lo celestial, la frontera donde acaba el dominio de los hombres y comienza el poder de los dioses[15].

Ahora le toca su turno al ratón Pérez, que en el mundo hispánico adopta ese apellido pero en el ámbito cultural francófono se le nombra como la petite Souris, y en Italia es Topolino. Nuestro Pérez adquiere popularidad por ser creación del escritor Luis Coloma (1851-1915), aunque recogía anteriores tradiciones orales. Más conocido por Padre Coloma, pues fue sacerdote jesuita, ingresó en la Real Academia de la Lengua gozando de la popularidad literaria del momento, lo que le llevó a frecuentar los círculos aristocráticos e incluso la Corte, estableciendo amistad con el propio rey Alfonso XII, para cuyo hijo y heredero, el futuro Alfonso XIII, escribió Ratón Pérez, un cuento fechado presumiblemente en 1894.

En síntesis se muestran las peripecias de un niño rey llamado en la narración Buby I, alter ego de nuestro monarca, quien descubre al Ratón Pérez cuando recoge debajo de la almohada real el diente de leche de la criatura. Se hacen amigos y decide compartir correrías junto al pequeño roedor, para ello se transforma también en ratón y de esta forma lo acompaña hasta el propio domicilio de Pérez, situado en los sótanos de una confitería y tienda de comestibles en la calle Arenal, nº 8, de Madrid. De allí se desplazan a la casa de un niño pobre para tomar su diente caído, dejándole de regalo bajo la cabecera una moneda de oro. El niño rey queda sorprendido de la miseria en que viven algunos de sus súbditos, lo que le llevará a gobernar socialmente de una manera más justa. Ahí está la moralina. Ratón Pérez deja nuevamente al rey niño Buby I en palacio, quién recuperada su anterior forma humana, descubrirá a la mañana siguiente su propio regalo: el Toisón de Oro.

El cedazo mágico y otros misterios domésticos

El cedazo se emplea para cerner harina y también para hallar objetos desaparecidos o saber sobre amoríos. En el aro del cedazo se clavan unas tijeras que se sujetan por las yemas de los dedos de dos personas que consultan, por ejemplo, si el reloj que se busca está en la propia vivienda, si ha sido robado, o si Fulanica quiere a Menganico. Un giro del cedazo afirma lo interrogado, la ausencia de movimiento niega, por ello se requiere de preguntas precisas para ser respondidas de manera positiva o negativa.

Otro remedio para encontrar objetos perdidos consiste en anudar los cuatro extremos de un pañuelo al tiempo que se recita:

Diablo, diablo,

los güevos te ato

si no me das

lo que te pido

no te los desato.

El nudo trasmite seguridad. Ya los antiguos egipcios lo empleaban en sus ritos mágicos[16].

Más piadoso resulta ser el siguiente conjuro:

San Antonio bendito

tres pasos andastes,

tres pasos perdistes.

Lo perdío se ha hallao,

lo hallao se ha encontrao.

Otro misterio hogareño nos fue narrado en El Estrecho de Fuente-Álamo, donde nos contaban que las puertas de los armarios deben permanecer cerradas porque sino los espíritus se escapan y recorren la casa.

Además de los asustadores tradicionales como el tío del saco, el tío saín, el sacamantecas, el piojo verde, el tío del babi o el coco, era práctica habitual amenazar con encerrar al niño, y en muchos casos se llevaba a efecto, en el cuarto de las ratas. Este espacio temido resultaba ser cualquier habitáculo a oscuras como la despensa o la cuadra.

Mi propio padre[17] me revela otros espacios mágicos para los críos de antaño como eran las negras bocas de los hornos caseros, los pozos o aljibes con las resonancias enigmáticas de sus ecos. Ámbitos domésticos con gran capacidad de interrogación y de suscitar temor pues parecían guardar algún extraño secreto. Miedos cotidianos y supersticiones que les eran transmitidos por sus mayores, como el de evitar a cualquier precio no derramar la sal en el suelo pues se tendría que recoger después de muerto con los párpados. Prohibitivo resultaba ser abrir un paraguas dentro de la vivienda o bailar una silla girándola sobre una sola pata.

La abuela de mi mujer[18] no permitía que el pan se dispusiese boca abajo en la mesa.

Las ánimas nos visitan

El purgatorio es el espacio de purificación donde van las almas de los que no realizaron en vida mortal penitencia suficiente por sus culpas, por ello pagan con penas la deuda contraída con Dios para después gozar de su presencia celestial. De ahí que se les llame también almas en pena, pero los vivos pueden rezar por ellas y salvarlas.

Ante la negación del purgatorio por parte de la Reforma Protestante, la Iglesia Católica, en el Concilio de Trento, iniciado en 1545, emprende la tarea pastoral de su difusión y culto a la que se consagrarán, con especial dedicación, franciscanos y carmelitas, favoreciendo por este motivo la constitución de Cofradías o Hermandades de Ánimas.

Estas cofradías organizaban diversas actividades recaudatorias para afrontar el pago de misas por el eterno descanso de las almas de los difuntos pertenecientes a la asociación, así como la asunción de los gastos de dichos sepelios y de los destinados a los pobres de solemnidad, obras de caridad, desfiles procesionales, etc. Con tal intención buscaban a una cuadrilla en Navidad para obtención de aguilandos o aguinaldos, cuyos músicos amenizaban además en esas fechas tan señaladas los bailes de pujas. La hermandad ponía en escena la obra teatral del Auto de Reyes Magos, y los pregones de ánimas, que resultaban ser versos satíricos sobre los acontecimientos del pueblo. Como es fácil deducir la cofradía marcaba en gran medida el tiempo de ocio de la comunidad local.

Estas asociaciones religiosas con gran influencia popular desde el siglo xvi hasta el xix, siglo en que fueron desapareciendo aunque aún quedan huellas muy difuminadas en las actuales cuadrillas de aguilanderos y la representación iconográfica del culto a las ánimas que representa el cuadro de la Virgen del Carmen con el Niño en el plano superior, y abajo los pecadores, quienes invocan la intercesión mariana pues sufren los tormentos del fuego. Aún se encuentra en algunos hogares de la comarca y de la región esta venerada obra pictórica, empleada en las cuestaciones a domicilio de las cofradías animeras.

Tras estas iniciales notas de carácter histórico, que nos sirven de puesta en escena, nos adentramos en la etnografía rápida, apenas una muestra breve de lo que nos han ofrecido nuestros vecinos sobre las almas de los difuntos o ánimas.

Las ánimas benditas están en comunicación estrecha con los cristianos de este mundo, como muestran las distintas oraciones que se emplearon y se emplean en nuestra zona para invocar su ayuda en la recuperación de objetos. Lo recogimos ya en Ritos, leyendas y tradiciones del Campo de Cartagena[19]:

Ánimas benditas

ponerme en mi camino

lo que se me ha perdido.

Después se rezan tres avemarías y tres padrenuestros.

Otra:

Ánimas benditas,

puras y bellas,

que en el purgatorio estáis

por la pena que tenéis

y la gloria que esperáis

concededme lo que os pido.

Igualmente después se rezan las tres avemarías y los tres padrenuestros.

Nuestro informante Ángel Aparicio nos comunica la oración que le oía en La Palma a su abuela Juana Olmos Marín, por el año 1940.

Ánimas justas y difuntas

concederme lo que os pido.

Un padrenuestro

os voy a rezar,

que salgáis del Purgatorio

y vayaís a descansar.

A continuación rezaba un padrenuestro.

Las ánimas regresan la noche del día de Todos los Santos a la casa que les perteneció en vida mortal para descansar en ella, a tal efecto las mujeres preparan una cama, la llamada de invitados que habitualmente suele estar desocupada, poniéndole sabanas blancas y limpias. El dormitorio permanecerá cerrado, guardándose un reverencial silencio cuando ocasionalmente se entre en él, y a oscuras, o quizá con la ventana levemente entornada, tan solo unas mariposas sobre la mesilla de noche iluminan débilmente la estancia. Llamamos mariposas a la corta mecha inserta en un pequeño disco de papel o cartón de reducido grosor que flota sobre aceite y agua en un vaso o tazón. Es la luz que se le pone a los fallecidos de la familia, normalmente una por difunto. Testimonios de dicho ritual lo encontramos a lo largo y ancho de la comarca cartagenera.

No faltan conversadores que nos aseguran que a la otra mañana las almas dejaban marcada su silueta en el colchón debido al peso del cuerpo. Curioso atributo de materialidad otorgado a unas almas, y por consiguiente, carentes de naturaleza corpórea. Hace unos años charlé con unos escolares de Fuente-Álamo sobre todas estas tradiciones, ya que ellos se convirtieron en etnógrafos entrevistando a sus abuelos y bisabuelos. Algunos chavales exponían que sus mayores obsequiaban a las ánimas familiares con una fuente de tostones, granos de maíz fritos en la sartén con aceite, algo de agua y un chorro de anís. No cabe duda que eran golosas, a la otra mañana quedaban menos tostones.

Precisamente en una pedanía de Fuente-Álamo llamada El Escobar, no retiraban de inmediato los restos alimenticios tras el almuerzo para dar tiempo a las ánimas a comer las sobras.

Resulta tradicional otro relato sobre esta noche tan especial de encuentro entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos como son los visajes, llamados así por nuestros campesinos, quienes referían observar, por la noche y en la calle, misteriosas gallinas cluecas o “lluecas”, seguidas por sus polluelos, ovillos de lana que rulan, chotos misterios, etc. Era norma no escrita la prohibición de salir la noche del día de To los Santos al día de Difuntos o de Ánimas, un tabú que a veces incumplía algún osado joven que marchaba por oscuros caminos rurales a casa de la novia para galantear con ella. Pero corría el riesgo de enfrentarse a estas visiones extrañas que acabamos de enumerar y que resultaban ser materializaciones de espíritus negativos.

Serían muchas las referencias a incluir aquí que harían de este un artículo de desmedida extensión, tan solo recogeré la aportación grabada a Paca, de la librería Espartaco, sobre El Mingrano (Fuente-Álamo)[20]:

En la cuesta de la Pernera lo que salía a la una de la noche era una llueca con pollos, y que los pollos eran de oro y se perdían. Salía una mujer con el pelo muy largo, muy guapa, de una cuevecica, que si pasabas a la una te salía.

Y lo del choto. Uno se lo encontró. Se lo echó a cuestas y venga, venga. ¡Oye, pues sí que pesas. Y contestó el choto: ¡Y más me pesan los güevos!. Y le enseñó los dientes, y dice el otro: ¡Ave María Purísima! Y al decirlo se fue porque era el diablo.

Tan solo añadir algunos detalles que nos narran en distintas localidades, sobre todo del ámbito torre-pachequero, en relación con la aparición del choto, cría de la cabra, que se encuentra un mozo y que carga sobre sus espaldas para llevarlo a casa. En el trascurso de la caminata pesa más y más, hasta tal extremo que llega a arrastrar las patas por el suelo debido a un crecimiento extrañamente exagerado. El choto le dice al oído al muchacho: ¡Mira que dientes más largos tengo! En otras variantes: ¡A que tu no tienes unos dientes tan bonicos![21]

En el pueblo de Roldán la leyenda es origen de toponimia. Así en las inmediaciones de la finca de la Torre, en Lo Ferro, y dirección a Balsicas se encontraba el hoy desaparecido olivar de la Cabra. El paisaje tradicional del Campo de Cartagena sufrió hondas transformaciones, así los cambios introducidos en los cultivos y el desarrollo del urbanismo han acabado con los inmensos olivares de la zona, tan solo queda el de los Palomares[22].

No solo aquí, en otros lugares de la región se aparece el choto diabólico, cual es el caso de Jumilla[23].

No podemos olvidar que el Diablo suele representarse preferentemente como macho cabrío. Bajo esta forma se muestra en los aquelarres de brujas y brujos para ser adorado y mantener relaciones sexuales, como así confesaban los acusados de adorarle ante los tribunales de la Inquisición. En euskera akerr es macho cabrío y larre o larra significa prado. En efecto, existe una estrecha relación de este animal con ritos sucios y de carácter sexual, como expone Julio Caro Baroja[24]. La imagen caprina parece inspirada en sátiros, silvanos y faunos de la Antigüedad. Uno de los atributos característicos de Satán serán los largos colmillos o dientes fuera de la boca que junto a los cuernos son signos de maldad por lo que no cabe duda alguna que el famoso choto del campo cartagenero es el mismísimo Príncipe de las Tinieblas[25].

Tanto en Torre-Pacheco como en sus pedanías, incluso en la cartagenera localidad de La Puebla se venía repitiendo hasta hace pocos años un curioso ritual consistente en tapar las cerraduras de las viviendas de las mozas casaderas, empleándose para ello barro, yeso, excrementos, y más recientemente silicona. La acción tenía lugar de noche, tras la ingesta de los tostones típicos de estas fechas que antaño convocaban a familias y a grupos de amigos, y que en muchos casos así continúa siendo. Estas fechorías guardan relación con la creencia en que ánimas malignas podrían entrar en la casa por la cerradura, aunque también puede ser interpretado como alegoría alusiva al acto sexual. Corrobora la primera explicación el Manual de Folklore[26], una obra que apareció en el año 1946 como auténtica rareza bibliográfica:

La creencia en la vida futura presenta variación en múltiples formas, como la existencia de almas vagabundas o errantes como fantasmas, de asesinados, asesinos, deudores, etc., naciendo de esto prácticas de defensa contra los espíritus, evitando su entrada en las casas por embadurnamiento de cerraduras y rendijas con puches y engrudos en un cierto día, en comarcas de la Mancha y Andalucía.

El Halloween norteamericano, tradición de raíces celtas que llevaron allí los emigrantes irlandeses, cada vez más en boga entre niños y jóvenes ha ido barriendo, con la ayuda inestimable del cine y la televisión, estas costumbres que ya venían flaqueando.

Otra vez Frazer, pero en esta ocasión con su obra maestra La rama dorada[27], editada por vez primera en 1890, viene a ilustrarnos sobre la víspera de Todos los Santos en Europa, especialmente en el mundo céltico:

(...) creemos que ha sido de antiguo el momento del año en el que se supone que las almas de los difuntos volvían a sus antiguos hogares para calentarse en el fuego y confortarse con la buena acogida que se les hacía en la cocina o en la sala por sus parientes cariñosos. Era quizá un pensamiento natural que, al aproximarse el invierno, los espíritus ateridos y hambrientos abandonasen los campos desnudos y las deshojadas arboledas buscando el abrigo de la cabaña con su hogar familiar (...)

Pero nos advierte este autor que no solo están presentes los espíritus de los difuntos. También las hadas, las brujas dañinas, y los duendes, que se cree que son espíritus de recién nacidos muertos.

He hallado algunas similitudes con el Halloween, tiempo en que los vivos se sienten amenazados por los muertos, temor ancestral en el ser humano. Por ejemplo, su icono más característico: la calabaza a la que se le vacía su contenido interior para formar los orificios de la boca, nariz y ojos, iluminando la oquedad resultante con una vela interior. Los mozos la empleaban hasta los años 50 para asustar al prójimo, como nos han referido en La Palma[28]. Encontramos esta costumbre asimismo en Aragón[29]:

La finalidad podía ser la de ahuyentar los espíritus, aunque sólo servía para asustar a algunas mujeres.

Así lo creo. En su sentido primigenio sería evitar que los muertos, que visitan en estas horas las casas y los lugares que les fueron propios en otro tiempo, se establecieran definitivamente entre los vivos.

Nos cuentan en La Palma y Roldán que otra vía de introducción de las almas de los difuntos en la casa era a través de la chimenea, por lo que algunas familias no cocinaban en esas horas. Tal vez en el hogar se hallaba descansando alguna ánima y podría quemarse. En esta ocasión se le atribuye nuevamente rasgos de “fisicidad” a lo inmaterial. Esta información hace resonar en nosotros la antigua creencia romana en los lares, divinidades familiares, el espíritu de los antepasados representado en pequeñas estatuillas que se colocaban en sencillos altares cerca de la puerta principal o en la cocina, junto al fuego del hogar.

Reflexiones finales

Todo un maestro de la antropología social como es Carmelo Lisón Tolosana[30] nos aporta al respecto de todo lo tratado aquí reflexiones a tener muy en cuenta:

La imaginación y la fantasía muestran proclividad a la superproducción de significado, a la creación de mundos irreales, sonidos y palabras sin razón obvia ni lógica externa necesarias. Una y otra, no obstante, reflejan -a veces de muy lejos- o pueden reproducir, en imagen especular, las experiencias vividas.

La realidad, rica y plural, puede ser conceptualizada de maneras diversas, por ello un mismo hecho es interpretado de diferente forma por personas distintas. La ficción forma parte de la realidad, imaginada pero realidad al fin y al cabo. Realidades fantasiosas que nos vienen provocadas por nuestros deseos, odios, ideologías, y por tensiones existenciales radicales como la muerte, acontecimiento de gran densidad emotiva. El regreso de los muertos expresa el miedo a desaparecer del ser humano, es la visualización perfecta de la vida como transito a otra vida, la afirmación, en definitiva, de que no todo acaba con la muerte.

El ser humano, en su debilidad e indefensión ante el misterio, desarrolla mecanismos de defensa y explicación para abordar la vida de la manera más satisfactoria posible. Los mitos y los ritos le acompañan en ese cometido desde el Neolítico como poco, en una carrera de relevos en la que se pierden contenidos, se deforman, o bien se incorporan nuevas aportaciones a este inmenso caudal. Las tradiciones anteriores son mantenidas tal cual o bien revisadas y adaptadas a los nuevos tiempos. Así actuaron con las herencias neolíticas o de la Edad del Bronce y del Hierro tanto los clásicos griegos y romanos, como posteriormente musulmanes o cristianos[31].

El cristianismo oficial prohibirá y desplazará la práctica religiosa pagana que quedará reducida al ámbito privado de la magia, la adivinación, el folklore. No obstante, toda esta diversidad de elementos recibirán su barniz cristiano y los conjuros benéficos metamorfosearán en oraciones; las prácticas maléficas y dañinas de esta religiosidad natural quedarán asociadas por la Iglesia con el culto a Satán.

Cada cual aporta sus peculiaridades a un sistema que pretende ofrecer respuestas a los grandes y a los cotidianos interrogantes de la existencia. Sin olvidarnos de las especiales expresiones y acentos propios de quienes residen en un territorio determinado, consecuencia de características socioeconómicas y vicisitudes históricas.

[1] FLORES ARROYUELO, Francisco J. El ocaso de la vida tradicional. En Historia de la Región Murciana. Tomo IX. Ediciones Mediterráneo. Murcia, 1980, pag. 298.

[2] FRAZER, J.G. El folklore en el Antiguo Testamento. Fondo de Cultura Económica. Madrid, 1993, pags 421-432.

[3] LISÓN TOLOSANA, Carmelo. Antropología cultural de Galicia. Akal editor. Madrid, 1990, pag 377.

[4] BARRERA GONZÁLEZ, Andrés. La dialéctica de la identidad en Cataluña. Un estudio de Antropología Social. Centro de Investigaciones Sociológicas. Madrid, 1985, pag 39.

[5] PAPA LEÓN III. El Enchiridion. Barcelona, 1983, pag 42.

[6] SÁNCHEZ CONESA, José. La Palma. Un pueblo cuenta su historia. Torre-Pacheco, 1998, pag 69.

[7] SÁNCHEZ CONESA, José. Ritos, leyendas y tradiciones del Campo de Cartagena. Editorial Corbalán, Cartagena, 2004, pag 16.

[8] BARRERA GONZÁLEZ, Andrés. La dialéctica de la identidad en Cataluña. Un estudio de Antropología Social. Centro de Investigaciones Sociológicas. Madrid, 1985, 39.

[9] Florentina Conesa Nieto. El Estrecho (Fuente-Álamo). Juan Sánchez García. El Jimenado (Torre-Pacheco)

[10] DE OROZCO, Sebastián. Recopilación de refranes y adagios comunes y vulgares de España, la mayor y más copiosa que hasta ahora se ha hecho. (Manuscrito 1849, del siglo XVII, Biblioteca Nacional de Madrid) f.220.

[11] PEDROSA, José Manuel. La historia secreta del ratón Pérez. Editorial Páginas de la Espuma. Madrid, 2005, pags 94-95.

[12] LEITE DE VASCONCELLOS, José. Etnografía portuguesa, vol V. Editorial Imprensa Nacional. Lisboa, 1982, pag 60.

[13] PEDROSA, José Manuel. Op. Cit. Pag 218.

[14]PEDROSA, José Manuel. Op. Cit. Pag 279-281.

[15] PEDROSA, José Manuel. Op. Cit. Pag. 287.

[16] LLAGUE,F. El fetichismo. Barcelona, 1975, pag. 92.

[17] Juan Sánchez García. El Jimenado (Torre-Pacheco).

[18] María Saura García. La Aparecida-La Palma.

[19] SÁNCHEZ CONESA, José. Op. Cit. Pag 21.

[20] Francisca Martínez Cañabate. El Mingrano (Fuente-Álamo) Entrevista 9-12-2004 .

[21] SÁNCHEZ CONESA, José. Op. Cit. Pag 181-190.

[22] SÁNCHEZ CONESA, José. Op. Cit. Pag 187.

[23] MOROTE MAGÁN, Pascuala. La medicina popular de Jumilla. Real Academia de Medicina y Cirugía de Murcia. Murcia, 1999, pag 299.

[24] CARO BAROJA, Julio. Las brujas y su mundo. Alianza Editorial, Madrid, 2003, pag 128.

[25] CARO BAROJA, Julio. Op. Cit.Pag 194-195.

[26] DE HOYOS SAINZ Luis y DE HOYOS SANCHO, Nieves. Manual de Folklore. La vida popular tradicional en España. Ediciones Istmo. Madrid, 1.985, pag 358.

[27] FRAZER. J. G. La rama dorada. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2001, pag, 713.

[28] Antonio Pérez Segado. Entrevista mayo 2005. La Palma.

[29] ADELL CASTÁN, José Antonio y GARCÍA RODRÍGUEZ, Celedonio. Brujas, demonios, encantarias y seres mágicas de Aragón. Editorial Pirineo. Huesca, 2003, pag 123.

[30] LISÓN TOLOSANA, Carmelo. Antropología Social y Hermaneútica. Fondo de Cultura Económica, pag 157.

[31] INIESTA VILLANUEVA, José Antonio y JORDAN MONTES, Juan Francisco. Ritos mágicos y tradiciones populares de Hellín y su entorno. Murcia, 1991, pag. 82.