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La vuelta al mundo en cuatro botijas

HERNANDO GARRIDO, José Luis

Publicado en el año 2013 en la Revista de Folklore número 371.

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Resumen

Presentamos aquí cuatro botijas custodiadas en el Museo Etnográfico de Castilla y León (Zamora) procedentes de la ciudad sevillana de Utrera que debieron servir para el relleno de una bóveda de fines del siglo xvi o inicios del siglo xvii, si bien, fueron piezas emblemáticas en la Carrera de Indias y cuya presencia ha sido detectada en pecios subacuáticos y yacimientos arqueológicos de todo el orbe, desde Europa a América y desde África a Filipinas, Japón y Australia.

Palabras clave: Alfarería, transporte de vino y aceite, arquitectura moderna, comercio ultramarino, Historia de Andalucía e Iberoamérica.

Summary

we present four spanish olive jars housed in the Museo Etnográfico de Castilla y León (Zamora) from the city of Utrera (Sevile) that should serve to fill a vault of the late sixteenth or early seventeenth century, though, were emblematic pieces in the American trade and whose presence has been detected in underwater shipwrecks and archaeological sites around the world, from Europe to America and from Africa to Pacific, Japan and Australia.

Key boards: Pottery, wine and oil transportation, modern architecture, overseas trade, Andalusia and Latin America History.

“Otrosí que ningund mercador venda el azeite que traxere a esta ysla syno por medidas de cuartios e açumbres o arrobado e que no lo vendan en botija cerrada sin que primeramente sea medido como dicho es e por el precio que le fuere puesto por los diputados e que de por cada arroba quatorze quartillos so pena de aver perdido el azeite que oviere vendido o el precio del e más seyscientos maravedís por cada vez e que quando la cibdad diere la tal licencia al tal mercador que traxere el azeite sea con que la venda de la misma manera dando quatorze quartillos por cada arroba e no se pueda dar licencia de otra manera”.

(Ordenanzas del Concejo de Gran Canaria, ed. de Francisco Morales Padrón, Sevilla, 1974 (1531-1555), p. 90).

“Viendo el Gobernador que, por venir derrotados los de las fustas y de tan larga navegación, traerían necesidad de algún refresco, mandó volver segunda vez al Capitán Goyti con un regalo de cosas de comer, de las que venían reservadas para él en el navío San Gerónimo y otras que tenían guardadas: que fueron un barril de biscocho blanco, otro de conserva, otro de aceitunas, cuatro botijas peruleras de vino, dos de vinagre, y una carta para el Capitán Simón de Melo”.

(Fray Gaspar DE SAN AGUSTÍN, Conquistas de las Islas Filipinas, ed. de Manuel Merino, Madrid, 1975 (1698), p. 271).

Valgan estas breves notas para presentar unas robustas botijas custodiadas en el Museo Etnográfico de Castilla y León (Zamora) que datan de fines del siglo xvi o inicios del xvii y que fueron localizadas -presumiblemente- como relleno en las bóvedas del templo parroquial de Santa María de la Mesa en la localidad sevillana de Utrera.

Poseen un atractivo perfil globular y cuerpo oval: una pieza de 28 cm. de altura x 8,5 cm. de diámetro en boca y capacidad para 6,25 litros destinada a contener media arroba de aceite [fig. 8], otras dos de 47 de altura x 9,5 cm. de diámetro en boca y una cuarta de 46 de altura x 10 cm. de diámetro en boca y capacidad para 11,5 litros destinadas a contener entre una arroba y una arroba y pico de vino (con capacidad de entre 14 y 16 litros en algunos casos) [figs. 2-6]. De cóncavas bases inestables -cual tentetiesos- y bocas muy estrechas, facilitando su manipulación, están dotadas de un potente labio para el acarreo y cierre [fig. 4], careciendo de ornamentación, aunque en un par de casos van exteriormente vidriadas con un esmalte aceitunado muy desigual [figs. 5-6]. La documentación de época moderna habla de que las botijas iban convenientemente “esteradas” o “enseradas” en cestas o mallas de esparto[1]. Las analizadas conservan leves bollos y llamativas marcas de torno en sus carenas, así como una marca incisa practicada en fresco previa a la cocción (“I I c” en una de las vidriadas de cuerpo oval [fig. 7]).

La portada de los pies y el crucero del templo utrerano de Santa María de la Mesa son obras de la segunda mitad del siglo xvi [fig. 1][2], cubren sus naves excelentes bóvedas sexpartitas y el tramo central del crucero una cúpula sobre pechinas. En la gran torre-fachada de los pies participó Martín de Gainza, maestro vizcaíno que fue aparejador de la obra de la catedral de Sevilla (1529-1556), además de su sucesor en la catedral hispalense: Hernán Ruiz el Joven a partir de 1562.

En la construcción de bóvedas se emplearon generosamente materiales cerámicos que iban a parar a los senos, recogidos con argamasa, solían distribuirse de tamaño mayor a menor. Un ingenioso procedimiento constructivo -el uso de vasijas de agua rajadas y boca abajo- citado por Alberti de De re aedificatoria (1452), que verificó Juan Bassegoda Nonell en varios edificios de cronología gótica de la ciudad condal (claustro del hospital de la Santa Creu, Santa Maria del Mar, Santa Maria del Pi, el Carme, Sant Pere de les Puelles, casa de Convalecencia, casa de la Caritat, sala capitular del monasterio de Pedralbes, conventos de capuchinos y mercedarios y la propia catedral), pues ollas, ánforas y tinajas permitían ganar altura entre bóvedas y tejados sin que el peso resultara excesivo[3]. Similares técnicas se documentan en infinidad de edificios bajomedievales de la costa mediterránea y Andalucía: Manresa, Sabadell, Sijena, Tortosa, Arenys de Mar, Navarclés, Castelló d´Empúries, Vilafranca del Penedès, monasterio de Poblet, Montsoriu, Perpignan, Ulldecona, Sigena, Valencia, Alicante, Villafamés, Palma de Mallorca, Morella, Sevilla, Jerez de la Frontera, Santiponce, Marchena y Carmona, además de la Toscana.

Pero la nomenclatura a utilizar en el caso de los contenedores cerámicos empleados en usos edilicios no es tema sencillo pues existieron variadas formas y sus acepciones no siempre coinciden: gerres olieres y vinaderes, jarretes, ancolles, tenalles, cántaros, cantimploras, tinajas, tinajillas, tinajones, tinajuelas o botijas, además de otras más inusuales como cangilones, cántaras de ordeño, bacines, formas y ollas de purgación azucarera, comederos de aves o albarelos.

Generalmente eran piezas deterioradas o defectuosas (fractum) no fabricadas ex profeso, de modo que no suelen presentar deterioros de cocción sino de desgaste, tras haber sido utilizadas para almacenaje y transporte, pues en excavaciones sistemáticas como la practicada en las bóvedas de Santa María de Alicante, presentaban restos de protectores de esparto, fondos con pez (de Ávila, indican algunos documentos) y marcas estampilladas y pintadas con almagre u óxido de manganeso (en muchos casos superpuestas). No sería extraño pues que los maestros de obras bajomedievales adquirieran a bajo coste las piezas amortizadas a mercaderes y comerciantes portuarios, si bien en época moderna, la generalización de tinajas, cantimploras y botijas a cuenta del comercio marítimo a gran escala hizo que los alfareros las fabricaran en serie, pues al carecer de asas, resultaban idóneas para ser almacenadas en las bodegas de los navíos, donde eran distribuidas en filas y en altura aunque no se dispusiera de soleros rasos.

Obviamente, muchos de los contenedores utilizados para el transporte marítimo solían ser de madera: toneles, pipas o barriles (muchas de las duelas de roble y pino utilizadas por los toneleros andaluces procedían de Escandinavia y Centroeuropa), pero desde la Antigüedad los cerámicos fueron más frecuentes y baratos.

Las botijas y medias botijas destinadas al transporte de aceite, vino o uvas pasas, disponían de bocas molduradas que facilitaban su sellado mediante una tapadera de corcho o yeso, y hasta con tripas o garojos de panochas de maíz, ajustados con un cordel. Las botijas se identificaban con estampillas, marcas de almagre o tinta, marcas al fuego candente o hilos anudados en sus bocas, empleando diferentes códigos que estaban registrados en la Casa de Contratación de Sevilla y permitían su consignación e identificación en los puertos de destino (por ejemplo, las iniciales del cargador y del destinatario, cruces, cruces y orbes, diferentes elementos geométricos o anagramas de Cristo (“IHS”)). En algunos casos se reforzaban mediante capillos de esparto (empeitas o pellas), como si fueran frascas de Chianti, para soportar mejor los vaivenes de la travesía y resultaban entibadas con piezas de corcho. Sus formas resultaban además idóneas para el transporte a lomos de llamas y caballerías.

Nos estremeció el testimonio aportado por Antonio de Guevara (1539), aludiendo a los durísimos viajes marítimos realizados desde Sevilla a las Indias marcados por el hambre y las infectas condiciones higiénicas que sufrían pasaje y tripulantes durante 60 o 70 días. El pan de bizcocho (sin levadura y sometido a una doble cocción) guardado en petates se conservaba en los pañoles, bajo el alcázar y en la escotilla de los barcos, pero muchas veces resultaba devorado por las ratas, los mismos animalitos eran capaces de roer “la brea y yeso con sus tapaderas [de las botijas donde se conservaba el agua], y cuando no alcanzaban entraban dentro, donde morían ahogadas, como después pareció, y las hallamos en ellas, cuando iban a dar agua a la gente. Y muchas roían el casco de la botija por abajo y le hacían agujero para beberse el agua; que se hallaron de esta suerte botijas agujereadas y vacías, sin agua”[4].

Desde los puertos de Sevilla y Cádiz, los destinos preferentes de los comerciantes hispanos eran Galicia y la costa cantábrica, Lisboa, Marsella, Génova, Civitavecchia, Ancona, Livorno, Nápoles, Venecia, Flandes, Inglaterra, Canarias, Azores, Madeira, Cabo Verde e Iberoamérica (La Habana, Cartagena de Indias, Portobelo, Veracruz o Buenos Aires). Como muestra el Unicornio, barco llegado a la localidad tinerfeña de Garachico en 1601 afectado por la peste bubónica, no transportaba hasta Canarias más que “pipas vacías, botijas peruleras y arcos de hierro”, el cabildo ordenó descender a tierra todas las mercadurías y que “a las peruleras les quiten las seretas [cestas o canastas] en que vienen encerradas y los vasos solos, llenándolos de agua salada y vaciándolos [desconocemos su contenido] los echen en la otra banda de este puerto, en la playa de las tenerías […] y las pipas las pongan en la mar con las bocas abiertas, para que se hinchen de agua salada y desde allí se lleven a la playa de las tenerías, y lo mismo hagan con los arcos de hierro”[5].

Las botijas de procedencia sevillana (a veces denominadas ánforas o botijas peruleras, porque viajaban hasta latitudes andinas, y más tarde llegaron a fabricarse en Perú) como las conservadas en el Museo Etnográfico de Castilla y León se produjeron masivamente a partir del siglo xvi en los afamados talleres trianeros y otras localidades del valle del Guadalquivir (Marchena, Carmona o Utrera). Generalmente destinadas al transporte ultramarino de vinos y aceites (al documentar su abundancia en pecios centroamericanos y caribeños los arqueólogos norteamericanos las denominaron Spanish Olive Jars), también podían contener otros productos como vinagre, aguardiente, aceitunas en salmuera, legumbres, arroz, alcaparras, miel, arrope, tocino en salazón, pescado en escabeche, harina, aceite de linaza, jabón, jarabes, ungüentos resinas, bálsamos (y hasta pólvora).

Las de vino suelen tener capacidad de una arroba y las de aceite de media arroba (botija medio perulera), si bien las piezas alfareras no siempre se ajustaban exactamente a las medidas canónicas, y no olvidemos que, por decreto real de Felipe II, el cultivo de la viña fue rápidamente prohibido en América (se vendimiaba en Perú desde mediados del siglo xvi y los jesuitas obtuvieron dispensa favorable)[6].

Sabemos que en 1592 se transportaron hasta América un total de 226.227 botijas registradas, a las que habría que sumar las procedentes de prácticas ilegales (era muy común entre los tripulantes) y las derivadas del contrabando[7].

A tenor de los pecios subacuáticos europeos y americanos (Goggin, Dragan, Marken o Amores y Chisvert), las formas ovales han sido catalogadas como A o C (destinadas al transporte vinario) y las globulares como B (contenedores de aceite) [figs. 11-13]. Las cónicas C y D parecen más tardías, de fines del siglo xviii e incluso del xix, pudiendo servir para el transporte de miel.

Documentos de 1551 hablan de botijas de aceite y miel y de botijas peruleras vacías, de vino o vinagre. En 1680 se refieren botijas y botijuelas de aguardiente, botijas verdes vidriadas de aguardiente, subsistiendo hasta el siglo xviii los tipos A, B y C. Numerosos hallazgos en bóvedas sevillanas (cartuja, catedral, atarazanas, hospital de las Cinco Llagas, iglesia de la Trinidad, antiguo convento de los Terceros, antiguo colegio de San Telmo, monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce, iglesia de San Juan Bautista en Marchena o convento de San José en Carmona) han permitido constatar la continuidad de diferentes tipologías datables entre los siglos xv y xviii sin apenas morfológicos cambios reseñables.

Hasta América también llegaron las técnicas de construcción de pavimentos (fueron muy utilizadas en La Habana y Guatemala), bóvedas arriñonadas y vanos tapiados con empleo de materiales cerámicos embotijados, formas ya amortizadas o con defectos de cocción (en la documentación de Indias quedan consignados viajes ultramarinos con botijas vacías destinadas a la construcción o a la reexpedición de productos coloniales) y a buen seguro se fabricaron también en Canarias, Perú (valle del Moquegua, Pisco, Ica o Arequipa) y hasta en La Habana y Mendoza. En las producciones peruanas parece estar el origen de la botija perulera, que podríamos confundir con la localidad zamorana de Pereruela, donde aún sobreviven abundantes alfareros adaptados a los tiempos.

Conocemos ejemplares hispanos de botijas muy similares a las aquí reseñadas procedentes de yacimientos terrestres y marítimos tan alejados como Irlanda, Inglaterra (Exeter, Bristol y Southampton), Italia, Francia, Flandes, Holanda, Noruega, norte de África, Funchal, Madeira, Azores y, sobre todo, el área antillana, Cuba, Islas Caimán, Martinica, el golfo de México (pecios hispanos en las costas de Panamá, El Salvador, República Dominicana, Guatemala, Belice, Bahamas, Barbuda, Florida, Virginia, Lousiana, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Maine), California, Columbia Británica, Terranova, Mar del Plata, Patagonia y hasta Mombasa, Filipinas, Australia y Japón [fig. 14]. Cuesta creer que entre fines del xvi e inicios del xvii algunas botijas manufacturadas en Triana, Marchena y Carmona llegaran hasta Nagasaki y Osaka a bordo de navíos españoles que zarpaban desde Manila ¿O quién sabe si viajaron en naves portuguesas llegadas desde Goa y Macao?

¡Qué lejos llegaron los humildes botijos de los cacharreros sevillanos! Hasta el Choco colombiano y los puertos mexicanos de Realejo, Sonsonete y Acapulco se trasegó cantidad de vino y pisco transportado desde Guayaquil. Hasta Potosí arribó el vino producido en el sur del Perú y Chile y envasado en botijas peruleras, fueron no menos de 50.000 botijas por año que permitían trasegar hasta 400.000 litros, aunque hasta América también llegaba el azogue peninsular desde las minas de Almadén, escurridizo mineral imprescindible a la hora de amalgamar la codiciada plata arañada de las entrañas del Cerro Rico. El azogue era conducido hasta Sevilla en los correspondientes baldreses de cuero portados por carretas[8], embotijado y embarcado en los Galeones de Tierra Firme rumbo a Portobelo, transportado en trenes de mulas hasta Panamá, reembarcado hasta Lima en los navíos de la armada de la Mar del Sur y nuevamente porteado hasta las alturas de los Andes para satisfacer las acuciantes necesidades mineras[9].

El exvoto náutico que porta la Virgen de Nuestra Señora de la Consolación de Utrera [fig. 9], un proto-galeón, a decir de los expertos, que data de 1579 y fuera donado por el capitán sevillano Rodrigo de Salinas, hábil mercader que actuó como agente del banquero Pero de Morga en Tierra Firme (Panamá), nos daría la imagen de la embarcaciones que emprendieron la apasionante carrera de Indias[10], aunque tampoco estaría de más ver el aspecto de las naves que aparecen a los pies de la Virgen de los Navegantes (ca. 1531-36), insigne obra de Alejo Fernández con destino al altar mayor de la capilla de la Casa de Contratación de Sevilla [fig. 10][11].

De Utrera parecen venir las tinajas del Museo Etnográfico de Castilla y León, ajustar la exacta procedencia del alfar -si no medió picaresca ni engaño- es más complejo, nos atenemos a su empleo edilicio, aunque facturas muy semejantes se hicieron por todo el valle del Guadalquivir, pues desde época romana sus abundantes alfares produjeron ingentes cantidades de materiales anfóricos olearios (Dressel), vinarios y de salazones -que llegaron a colmatar los potentes registros estratigráficos del Monte Testaccio en la Ciudad Eterna- y otras formas rústicas de cerámica común[12]. Son viejas historias.

Nunca sabremos si las botijas que aquí tratamos estuvieron a punto de emprender singladuras continentales tan largas y peligrosas o, sencillamente, sirvieron en un bajel de cabotaje, un humilde domicilio, una venta, una taberna o una casa de mancebía. Pero, las más viajeras, fueron casi como las inacabables terra sigillata del inabarcable imperio romano o los envases mutantes contemporáneos de Coca Cola, verdaderas avanzadillas del imperio español en tierras de medio mundo hasta que el sol se puso en un santiamén.

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Notas

[1] M. R. MANDERS, “The in situ Protection of a 17th-Century Trading Vessel in the Netherlands”, en Heritage at Risk. Underwater Cultural Heritage at Risk: Managing Natural and Human Impacts, ICOMOS, ed. de Robert Grenier, David Nutley e Ian Cochran, París, 2006, pp. 70-72.

[2] Cf. José HERNÁNDEZ DÍAZ, “La parroquia de Santa María de Mesa, en Utrera (Sevilla)”, Academia. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, nº 46 (1978), pp. 227-228.

[3]La cerámica popular en la arquitectura gótica, Barcelona, 1983.

[4] Alfredo MORENO CEBRIÁN, “La vida cotidiana en los viajes ultramarinos”, en España y el ultramar hispánico hasta la Ilustración. I Jornadas de Historia Marítima, Madrid, 1989, pp. 113-133, en esp. pp. 129-130.

[5] Una pipa hacía 23 botijas o 30 botijas peruleras, cf. Manuela Cristina GARCÍA BERNAL, “Las Islas Canarias y Yucatán. La importancia de un comercio marginal (1700-1750)”, en XIII Coloquio de Historia Canario-Americana. VIII Congreso Internacional de Historia de América, coord. de Francisco Morales Padrón, Las Palmas de Gran Canaria, 1998, Las Palmas de Gran Canaria, 2000, p. 1984.

[6] Cf. Lorenzo HUERTAS VALLEJO, “Historia de la producción de vinos y piscos en el Perú”, Universum. Revista de Humanidades y Ciencias Sociales, 19 (2004), pp. 44-61; Celia LÓPEZ-CHÁVEZ, “Con la cruz y con el aguardiente: la empresa vitivinícola Jesuita en el San Juan colonial”, Universum. Revista de Humanidades y Ciencias Sociales, nº 20 (2005), pp. 82-107; Alicia POLVARINI DE REYES, “Las haciendas de la Compañía de Jesús: la vid y el mercado de aguardiente en el Perú del siglo xviii”, en Esclavitud, economía y evangelización. Las haciendas jesuíticas en la América Virreinal, comp. de Sandra Negro y Manuel M. Marzal, Lima, 2005, pp. 345-375; Ana Mª SOLDI, “La vid y el vino en la costa central del Perú, siglos xvi y xvii”, Universum. Revista de Humanidades y Ciencias Sociales, 21 (2006), pp. 43-61; “Los precios del vino en el Virreinato del Perú y la Capitanía General de Chile (siglos xvi-xvii)”, Universum. Revista de Humanidades y Ciencias Sociales, 14 (2010), pp. 63-78.

[7] Cf. Robert OJEDA PÉREZ, “Producción, comercio y contrabando del vino en el Virreinato de Nueva Granada en el periodo colonial”, Memorias. Revista Digital de Historia y Arqueología desde el Caribe, nº 7 (2007), en http://redalyc.uaemex/pdf/855/85540708.pdf.

[8] Cf. Mervyn F. LANG, “El azogue de Almadén, su empaque y conducción a Sevilla”, Hispania, nº 186 (1994), pp. 95-110.

[9] Alexandra KENNEDY, “Arte y artistas quiteños de exportación”, en Arte de la Real Audiencia de Quito, siglos xvii-xix, ed. de Alexandra Kennedy, Madrid, 2002, p. 188; Daniel W. GADE “Vitivinicultura andina: difusión, medio ambiente y adaptación natural”, Treballs de la Societat Catalana de Geografia, nº 58 (2005), pp. 69-87; Juan Carlos GARAVAGLIA y Juan MARCHENA, América latina de los orígenes a la independencia. I. América precolombina y la consolidación del espacio colonial, Barcelona, 2005, pp. 425-426.

[10] Cf. Francisco FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, “Los barcos de la conquista: Anatomía de un proto-galeón de Indias. Reconstitución conjetural del “exvoto de Utrera””, Monte Buciero, 4 (2000), pp. 17-59; Salvador HERNÁNDEZ GONZÁLEZ y Julio MAYO, Una nao de oro para Consolación de Utrera (1579), Utrera, 2008.

[11] Joaquín YARZA LUACES, “Iconografia del cammino e del viaggio”, Columbeis, V (1993), pp. 317-339.

[12] Cf. Genaro CHIC GARCÍA, “Lebrillos y macetas en los antiguos alfares romanos del Guadalquivir y del Genil”, Habis, 15 (1984), pp. 275-282; Estudios sobre el monte Testaccio (Roma), coord. de José Mª Blázquez Martín y José Remesal Rodríguez, 2 vols., Madrid, 2001; Miguel BELTRÁN LLORIS, “Alfares y hornos romanos en Andalucía. Historiografía de la investigación y claves de lectura”, en Actas del Congreso Internacional Figlinae Baeticae. Talleres alfareros y producciones cerámicas en la Bética romana (ss. II a. de C.-VII d. de C.), Cádiz, 2003, ed. de Lázaro G. Lagóstera Barrios y Darío Bernal Casasola, Cádiz, 2004, vol. 1, pp. 9-38.