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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2013 en la Revista de Folklore número 374.

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Erasmo de Rotterdam, en su Elogio de la locura, hace hablar a la estulticia como si fuera una deidad, en cuyas manos está el poder para divertir a los dioses y a los hombres. No andaba descaminado el buen humanista, pues la sociedad siempre consideró a los locos como esos sabios a los que una vuelta sobrante de tuerca había dejado el tornillo bastante suelto y con escasas posibilidades de encajar de nuevo en la rosca. Y sin embargo, a diferencia de los idiotas, tan metidos en sí mismos y tan misántropos, los orates locuaces ejercían una cierta ascendencia sobre la gente, hecho que forzó finalmente a la Iglesia a que les dedicara un día concreto en el santoral del año cristiano. Por aquello de que «de niños y de locos todos tenemos un poco», los santos padres, siempre oportunos ellos, asimilaron la fiesta de los santos inocentes —el día 28 de diciembre— al perenne carnaval de quienes se saltaban toda norma existente o hacían de ella el conveniente escarnio. Dentro de los templos cristianos, y desde los primeros siglos, parece que comenzó a desarrollarse un tipo de celebración en la cual la autoridad eclesiástica —el obispo, generalmente— era sustituida temporalmente por un loco que lanzaba un discurso disparatado y grotesco en el que no había piedad ni respeto hacia lo correcto. Se unían de esa forma, y no precisamente por casualidad, dos cualidades que ya alabó Horacio en su Ars poetica, la necesidad de instruir y la posibilidad de hacerlo de forma entretenida: o sea, «prodesse et delectare». ¿Y por qué no iba a ser instrucción también el acto de comunicar ideas, aunque esas ideas saliesen de una mente que había renunciado a ordenarlas? Acerca de la diversión que provocaban en el público, no habría espacio suficiente en este editorial para recordarlo y celebrarlo. Los reyes españoles mantuvieron siempre cerca de su trono a los bufones, no sólo porque eran capaces de divertirles sino porque entre disparate y disparate soltaban verdades como puños y a un soberano prudente cualquier opinión —sobre todo si estaba aparentemente alejada de la azarosa realidad— le venía al pelo. Famoso hasta el extremo de verse coronado por la fama fue Francesillo de Zúñiga, a quien favoreció el emperador Carlos V con su benevolencia y con más de una carcajada. Algunas de sus ocurrencias quedaron reflejadas en su célebre Crónica, donde se llama a sí mismo «criado privado, bienquisto y predicador del emperador». Cuentan que poco antes de fallecer, estando en el lecho de muerte, se acercó compungido el decidor o bufón del Marqués de Villena a pedirle que cuando estuviese en el cielo rogase a Dios por él. A lo cual respondió Francesillo: «Átame un hilo a este dedo para que no se me olvide». No dice la crónica qué dedo le mostró el de Zúñiga pero sí asegura que fueron sus últimas palabras.