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Correr los gallos

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2013 en la Revista de Folklore número 375.

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Quién tuviera la suerte
que tiene el gallo,
que en cuanto sale calle
monta a caballo.

En la comunidad extremeña han sido numerosas las costumbres tradicionales que, por un motivo u otro, han ido desapareciendo, especialmente en aquellos pueblos donde, primero por la emigración, y más tarde por la falta de juventud, estas prácticas fueron perdiendo el interés y el significado que tuvieron antaño, perdurando únicamente en la memoria de los mayores, incapaces de continuarlas debido a la pérdida del vigor y de la destreza que el peso de los años iba imponiéndoles. Uno de estos ritos fue el de correr los gallos —un juego de pequeños y mozos propio del carnaval—, recuperado para las generaciones más jóvenes en algunas entidades rurales, donde con mayor raigambre se celebraron en épocas pasadas, porque fue ahí donde los antiguos cultos y las antiguas deidades pervivieron con suprema fidelidad y pureza, hasta que el devenir de nuevas fórmulas y la presión eclesiástica terminaron por contaminarlas, agregándolas a nuevas ceremonias y camuflándolas bajo ropajes totalmente ajenos a su esencia primera.

En esta costumbre, la táctica o manera más común era y es enterrar en el suelo o colgar uno o más gallos vivos —en algunos ámbitos actualmente se les pende ya muertos— de una cuerda tendida entre dos puntos, bajo la cual pasan los mozos —en otro tiempo los quintos del año— que tratan de decapitar a los animales con garrotes, espadas, o simplemente con las manos, mientras se balancea la cuerda para dificultar el ataque de los jinetes. En los lugares donde únicamente se cuelga un gallo, cuando este muere es sustituido por otro para que el ritual continúe. En otras localidades extremeñas como Garciaz, Salvatierra de Santiago o Zarza la Mayor, los gallos son sustituidos por cintas que llevan en su extremo una pequeña argolla, por donde los participantes, igualmente al galope, han de intentar introducir un palo de afilada punta. En este caso, gana, por supuesto, el jinete que más cintas haya logrado ensartar.

La fiesta de los gallos, que actualmente es casi exclusiva de los mozos, fue también un divertimiento para escolares en Carnestolendas, que se ejecutaba, como hoy, enterrando un gallo, dejando solamente fuera la cabeza y el pescuezo para que los colegiales, vendados los ojos, tratasen de descabezarlos con una espada. Quevedo (1959: 17), como uno de los más fieles preservadores de las costumbres populares, cita la fiesta de gallos en el Buscón, donde dice: «Llegó —por no enfadar— el tiempo de las Carnestolendas, y trazando el maestro de que se holgasen sus muchachos, ordenó que hubiese rey de gallos[1]. Echamos suerte entre doce señalados por él, y cúpome a mí». Igualmente hacen mención a esta celebración propia del mocerío español: Góngora en numerosas partes de su extensa obra, Mateo Alemán en la primera parte de su picaresco Guzmán de Alfarache y Avellaneda, en su apócrifo Quijote —que Delfín Sánchez cita (1981: 31)—, donde pone en boca de Sancho «… y yo me quedé tras todo eso sin ser rey ni roque: si ya estas Carnestolendas no me hacen los muchachos rey de los gallos».

El vocablo quinto proviene de la contribución de sangre u obligación que Juan II de Castilla impuso en el siglo xv entre sus súbditos, según la cual uno de cada cinco varones de cada localidad debía servir en el ejército, práctica que retomó Felipe V en el xviii por Real Orden de 7 de marzo de 1705. Así pues, era llamado quinto el joven que al cumplir la mayoría de edad debía acometer dicha obligación. Y aunque este deber u obligación ha desaparecido actualmente en España, la práctica de los gallos ha pasado a los mozos o jóvenes que igualmente cumplen esa mayoría durante el año, de ahí que tal costumbre haya sido considerada por muchos estudiosos como un rito de paso y aceptada en gran número de sociedades como un acto obligatorio de iniciación que lleva implícito determinado número de pruebas de valor, fuerza, destreza, etc. como requisito imprescindible para ser considerado una persona adulta, para pasar de un estatus inferior a otro superior. Una de estas pruebas de agilidad y pericia sería la ancestral costumbre de correr los gallos, presente en numerosas localidades extremeñas.

Y está el gallo, que fue condenado por la Iglesia a cargar con el sambenito de representante de la lujuria al no poder erradicar ciertos rituales paganos a él anejos, que le entroncaban —como se verá— con el espíritu de la vegetación, o que lo materializaron como un tótem de la reproducción y la germinación, de ahí que se le tenga como dueño y señor del gallinero, especialmente en el plano sexual y que los quintos lo coman para adquirir su fuerza reproductora. Sin embargo, entre los griegos era el animal consagrado a Ares, dios de la guerra y la crueldad. Igualmente, como agradecimiento, griegos y romanos sacrificaban un gallo a Esculapio o Asclepios, dios de la medicina, que tenía como símbolo ese animal, cuando un enfermo sanaba. Sócrates, antes de morir, recuerda a su fiel Critón que no olvidase que debían un gallo al dios. Y aunque esta petición del filósofo ha despertado diversas interpretaciones, la más plausible y aceptable parece ser la que basa esta solicitud en el agradecimiento a la deidad médica por la curación de algún pariente o amigo, poniendo así de manifiesto la religiosidad de Sócrates, decidido a cumplir con sus obligaciones devotas hasta en trance mismo de la muerte.

Numerosas son las interpretaciones que de esta costumbre de correr los gallos se han dado. Autores hay que la creen de origen celta, como una muestra de valor donde los jóvenes ponían a prueba su destreza en el manejo del caballo de cara al combate, a la vez que el de la lanza o la espada en liza con un imaginario enemigo. Lo que parece menos probable es que los jóvenes celtas utilizaran sus habilidades para decapitar a los gallos. Bien es cierto que esta cultura empleó la figura del gallo como protagonista ornamental de un modo frecuente y repetido y que ese animal era tenido como mensajero del mundo inferior, símbolo de la seguridad y la protección, capaz de ahuyentar a los fantasmas y demonios y de transportar las almas de los soldados caídos en el combate al más allá, pero también es cierto que tanto el pollo, como el gallo o la gallina eran animales venerados por ellos y que su carne no podía comerse, tal y como hacen, por ejemplo, los mozos extremeños una vez concluido el lance de la decapitación. Otros investigadores señalan como origen de esta fiesta a la Equiria, un festival romano en honor al dios Marte que se celebraba el 27 de febrero y el 14 de marzo. Su desarrollo estaba vinculado a la preparación de las próximas campañas militares. Se celebraba en el Campo de Marte y el símbolo dominante en este ritual era el valor y la destreza física cuyo máximo exponente se reflejaba en las carreras de caballos.

En la localidad zamorana de Guarrate, el último domingo de enero los quintos levantan en el centro del pueblo un patíbulo, donde por la tarde cada uno colgará un gallo, criado por su padrino de bautizo y reservado con mimo, que ha de representarle. El quinto, escribe Rodríguez Pascual (2011: 2), montado a caballo y ataviado con ropas militares, se despersonaliza y vierte todas las acusaciones de las que él mismo se acusa[2] —la relación jocosa que ha encargado escribir a otra persona—, en el gallo que encarna su persona. «Al final de cada ‘relación’ hay un simulacro de juicio, que acaba con la condena del animal. El gallo muere a golpes de espada y con su muerte libera al mozo a quien representa de todas las culpas, defectos y facetas negativas que la ‘relación’ le atribuye». El quinto queda así limpio de toda mancha y preparado para partir de cero, para iniciar una nueva vida.

Rodríguez Pascual añade que en la ceremonia se transfieren al gallo no solo los vicios del mozo, sino también, y por extensión, los de toda la comunidad. «Al gallináceo se le recrimina su soberbia, su lascivia, las molestias que causa al vecindario con su canto mañanero»… de ahí que se le condene a morir ajusticiado. Se trataría, pues, de un rito sacrificial que podría compararse con el chivo expiatorio o emisario de la tradición hebrea y mesopotámica, donde el chivo (que cargaba con todas las culpas del pueblo) era enviado al desierto, donde se perdía, liberando al pueblo de todos los males y pecados.

Otra interpretación bastante extendida es la que relaciona la ceremonia de los gallos con un antiguo ritual destinado a procurar la fertilidad de la tierra por medio de la sangre del gallo, como sustituto del antiguo rey del territorio, que debía ser ejecutado para que no se volviera estéril y diera sus frutos regularmente.

Según Félix Barroso (1994: 53), el hecho de que los mozos o quintos de Las Hurdes decapiten una serie de gallos en carnaval y luego se los coman en grupo tiene un hondo significado que puede sintetizarse en un doble ritual. Por una parte, el ya mencionado de fecundar la Madre Tierra con la sangre y el cuerpo del gallo, símbolo por excelencia de los poderes sexuales y genésicos; y por otra, la participación colectiva de un determinado gremio de mozos —los quintos— en una comida o comunión con la carne del ave, capaz de transmitir los poderes de este animal en ellos, sobre todo su fuerza sexual. Y Barroso añade: «Por otro lado, tal vez tampoco iríamos descaminados si enlazáramos el sacrificio del gallo con la muerte del ‘espíritu de la cosecha’, tan ampliamente representado en antiguas y numerosas comunidades», pues espíritu de la cosecha, encarnado en un hombre o animal, debía morir para que se produjera la renovación, «el resurgir pujante y necesario de la naturaleza».

Así pues, el gallo es un elemento simbólico, que para unos encarna la etapa del ciclo vital que el quinto o mozo debe superar para convertirse en adulto y para otros sintetiza todo lo malo y negativo de la comunidad; ciclo vital y purificación que se alcanza cuando el gallo muere… Igualmente se ha tenido al gallo como espíritu del cereal, pues fue una creencia muy generalizada en toda Europa que las plantas —y entre ellas las mieses— estaban animadas por una fuerza o espíritu que favorecía o animaba su crecimiento y su productividad.

Caro Baroja —citado por Rieseo— se remite a la explicación del simbolismo del gallo clásica aportada por Frazer, en la cual el gallo era uno de los animales que en una amplia zona de Europa simbolizaba un espíritu maligno que se refugiaba en las mieses y que era necesario combatir simbólicamente como forma de asegurar una buena cosecha, así como protegerla, lo cual —como matiza Rieseo— puede aportar una nueva perspectiva que se añade al rito, pues aparte del claro componente de iniciación se le suma, enriqueciéndolo, este otro componente simbólico de fertilidad-productividad.

En efecto, Frazer (1981: 514-515), al hablar del espíritu del grano, dice que es una creencia mitad religiosa, mitad mágica de respeto hacia el espíritu que habita en el grano o el cereal, mediante la cual se seguía intentando la fertilidad de los campos, creencia que perduró en Europa hasta finales del siglo xviii. Ese espíritu tomaba diversas formas, entre ellas la de gallo, de ahí que hubiera que matarlo enmarcado en este animal. Así, por ejemplo, en Alemania, Hungría, Polonia y Picardía los segadores ponían un gallo vivo en la última mies que iba a ser cortada y lo perseguían por el campo o lo enterraban hasta el cuello en el suelo, para luego decapitarlo con una hoz o guadaña. Igualmente, en Klauscnburgo, Transilvania, enterraban un gallo vivo, de modo que solo asomase la cabeza. Un mozo tomaba una guadaña y cortaba la cabeza del animal de un solo golpe. Si erraba al hacerlo, le apodaban durante todo el año el gallo rojo, y el pueblo temía que la cosecha del año siguiente fuese mala. Cerca de Udvarhely, también en Transilvania, ataban un gallo vivo a la última gavilla y lo ensartaban con un asador; después lo desollaban, tiraban la carne, pero guardaban el pellejo y las plumas hasta el año siguiente y en la primavera mezclaban el grano de la última gavilla con las plumas, esparciéndolo todo por el campo que se iba a labrar. «No puede exponerse más claramente la identificación del gallo con el espíritu del grano. Atando a la última gavilla el gallo y matándolo, lo identifican con el grano de ella y guardando sus plumas hasta la primavera para mezclarlas con el grano de semilla cogido de la última gavilla a la que fue atada el ave y esparciendo las plumas junto con la simiente en el campo, queda otra vez realzada la identidad del ave con el grano y su poder vivificante y fertilizante como una personificación avícola del espíritu del grano, completa y plenamente manifiesta. De este modo, el espíritu del grano muere bajo la forma de gallo que matan en la recolección, mas surge a nueva vida y actividad en primavera», escribe Frazer.

Esta costumbre europea terminó extendiéndose por España y, por ende, por Extremadura. Según Domínguez Moreno (1987: 22), en Eljas el gallo era enterrado vivo, con la cabeza fuera y los segadores, con los ojos vendados, intentaban cortarle la cabeza de un solo tajo con la hoz. «Su rápida muerte auguraba excelente cosecha». Con igual idea, es decir, de renovar la fuerza de la tierra, cuando esta se hallaba agotada, en la zona de Granadilla «mataban un gallo y lo enterraban en el campo que se iba a sembrar o junto al árbol estéril». En Galisteo se pensaba que el espíritu del cereal estaba en la última gavilla que se segaba. «Por eso al final de la finca colocaba el dueño un gallo apeado que pasaba a ser propiedad del que cortaba la ‘última jaci’. El ganador tiraba el animal al aire y al caer al suelo lo recogía otro segador, que hacía la misma operación. Cuando moría por los golpes, el gallo se desplumaba y las plumas eran esparcidas por el rastrojo, siendo consumida el ave por todos los operarios». El ganador del gallo tenía derecho a lucir sus espolones engarzados a la cinta del sombrero. Se suponía que la cosecha próxima sería abundante si él era el encargado de sembrarla, pero siempre que aventara los espolones junto con el grano. Igualmente, al final de la recolección, en Pozuelo los mozos tiraban con la hoz a un gallo que el dueño del sembrado había colgado de un árbol dentro de la propia finca. «El que daba el golpe certero estaba obligado a ingerir sus ‘cataplinih’», matiza Domínguez Moreno. Acciones semejantes tenían lugar en Aldeanueva del Camino —donde el ama preparaba un guisado de gallo a los segadores el último día de la recolección y los despojos y sobras del mismo eran enterrados en la finca, pues «se suponía que revitalizaban el suelo»— o en Cerezo, donde el día que comenzaba la siembra se mataba una de estas aves para rociar las semillas con su sangre. «Está claro —escribe Domínguez Moreno— que el gallo, el ‘espíritu del grano’, muere para resucitar en una nueva cosecha». En Cilleros, los animales eran colgados en un olivar que hay detrás de la ermita de San José y allí intentan abatir a tiros al animal, como en Ceclavín —donde degüellan al gallo con espada o garrote— o Serradilla, donde el martes de carnaval también se soltaban gallos alrededor de la iglesia y quienes lo deseaban podían intentar cazarlos a tiros previo pago de una cantidad estipulada de antemano por cada disparo. Antaño en Cilleros se hizo a pedradas, luego a pedradas y a tiros, a cambio de abonar cierta cantidad por proyectil, pues cada tres piedras o un disparo valían la sexta parte del precio en que era tasado el gallo. De uno u otro modo, la sangre del animal caía en el suelo y fertilizaba el olivar, base muy importante de la economía cillerana. En Torrejoncillo, el martes de carnaval se reunían las parejas de novios y salían al campo armados de varas. Soltaban un gallo, al que previamente habían cortado las alas, y lo perseguían a varazos hasta darle muerte, regando con su sangre fertilizadora la pradera. Este gallo, conocido como gallo vareao, terminaba siendo engullido por las parejas, que adquirían así su poder genésico…

Una antigua costumbre hurdana, aún vigente en el municipio de Caminomorisco el Miércoles de Ceniza, coincidiendo con el entierro de la sardina, es la de la pita ciega. Consiste en hacer un hoyo en la tierra y enterrar un gallo en él, dejándole solo fuera la cabeza. Luego, tras un previo sorteo, al participante designado por la suerte se le vendan los ojos, para que con una vara flexible de castaño intente cortar la cabeza al gallo: mientras, los demás, que forman corro a su alrededor, tratan de distraerlo con voces, a la vez que le pinchan en las nalgas con sus varas. Él, a su vez, intenta defenderse dando varazos a diestro y siniestro. «Cuando por fin ha dado con la cabeza del gallo —escribe Barroso Gutiérrez (1994: 53)—, los demás mozos acercan las puntas de sus largas varas para defender la cresta del animal. Pero han de retirarse, si es que no quieren recibir algún palo del quinto en suerte. Tan sólo se le permite al mozo que descargue tres varazos, de arriba abajo, sobre la cabeza del gallo. En el caso de no acertar, pasará otro quinto a realizar la función». Los gallos eran aportados por los mismos quintos, que acudían a la ceremonia con la cara pintada de negro y totalmente ‘antruejado’, es decir vestido con ropas ridículas, extravagantes. En Ahigal la pita ciega tenía otro desarrollo; desarrollo que según Domínguez Moreno era común a numerosos pueblos de la Alta Extremadura. En el presente caso, los mozos encierran un gallo en una vasija de boca ancha y tapan el brocal con una laja. Desde una distancia acordada, uno a uno va lanzando piedras contra el recipiente. Cuando este se rompe, el gallo escapa y los mozos le persiguen y apedrean hasta matarlo. Tras el sacrificio, el gallo era paseado por las calles. Luego, en Ahigal, el ave era enterrada junto al árbol que existía a la puerta de la iglesia. «He aquí —añade Domínguez Moreno— cómo el gallo que sale de la Madre Tierra, representada en la vasija de barro, vuelve a ella, a su matriz, a la abertura practicada en el suelo. Sólo por esta penetración del conducto vaginal se creará la nueva vida».

Pero sigamos con la costumbre de correr los gallos en otras localidades extremeñas donde arraigó esta tradición y en las que pervivió largo tiempo o en las que aún pervive con mayor o menor pujanza sin saber en muchos casos qué impulsó a sus ancestros a enterrar o apalear gallos, preferentemente durante el carnaval.

En Ahigal, aparte de la ya mencionada pita ciega, tanto en la matanza como en las mañanas de carnaval, lanzan al ras de suelo, y de una distancia convenida y con los ojos cubiertos, leños del grosor de una muñeca para agañotar al animal —el gallu rahtrojeru— que es enterrado vivo. Previamente, el mozo que va a lanzar el leño es girado varias veces sobre sí mismo al objeto de desorientarle. «El que mataba al indefenso animal tenía derecho a beber una jarra de vino, llamada ‘sangri del gallu’, con lo que el ‘atinaol’ ingería la fuerza genésica del ave» (Domínguez Moreno, p. 22).

Los mozos de Gata aprovechan la Navidad, el primero de año y Reyes para matar los gallos. Las aves son enterradas en un hoyo, dejándoles fuera la cabeza. Luego los jóvenes, tapados los ojos con el pañuelo que antaño bordaban sus novias, intentan alcanzar el animal y cortarle la cabeza con el sable que llevan en la mano. El acertar o no significa prestigio o mengua de su dignidad ante el paisanaje, ya que los triunfadores pasearán sus trofeos —las crestas— por las calles del pueblo prendidas al sombrero, a la chaqueta o al chaleco.

Según cuenta Pulido Rubio (2007: 145-1469), en Montehermoso la tirada al gallo empezaba después de la procesión de la Virgen de Valdefuentes. Los gallos los donaban a la Virgen los devotos por algún favor recibido o por alguna promesa. ¿Rememoración de las ofrendas al dios de la medicina, Esculapio? En esta localidad cacereña la costumbre consistía en enterrar el gallo en el suelo, dejando solo por fuera la cresta. Y desde una distancia de quince a veinte pasos se lanzaban piedras —cuyo precio era fijado por los mayordomos— para tratar de hacer sangre en la cresta del animal, condición indispensable para llevarse el gallo, pues no bastaban solo con darle en ella. Claro que los mayordomos, para cubrir gastos, procuraban ponerlos de tal forma que no fuese fácil acertar con la cresta. «Había grupos de mozos —escribe Rubio— que se juntaban, reunían un fondo común para comprar más piedras y después elegían a los mejores tiradores del grupo, así conseguían que las tiradas les resultaran más baratas, porque las piedras solían valer un real o seis perras», bastante dinero para aquella época. Y añade que algunas veces había grandes polémicas entre los tiradores y los mayordomos, pues si alguna vez la piedra caía sobre la cabeza del gallo y no afloraba sangre muy visible, los mayordomos no aceptaban entregar el gallo. Entonces los mozos ponían un papel de fumar sobre la cresta y si quedaba manchado sacaban el gallo. Otros usaban la picaresca de colocarse un pincho de zarza entre la uña del dedo pulgar y mientras se examinaba la cresta de un lado y otro, si tenían ocasión de no ser vistos le hacían sangre con el pincho y conseguían sacar el gallo, «pero esto era muy delicado y ajeno a la formalidad». Este cronista montehermoseño concluye diciendo que como algunos años regalaban varios gallos a la Virgen, ante la imposibilidad de apedrearlos todos porque la ceremonia se haría interminable, los mayordomos optaban por subastar las aves sobrantes para abreviar.

En Albalá, corren los gallos todos los días que van desde el Domingo Gordo al Miércoles de Ceniza, con la particularidad de que bailan las tablas y encienden hogueras. En Alcuéscar es el domingo de carnaval cuando intentan seccionar el cuello de los gallos, que han sido previamente sacrificados para evitarles sufrimientos. En Aldeanueva de la Vera los caballistas que pasan bajo la cuerda tendida entre dos palos, de la que penden los animales, tratan de descabezarlos con las manos, como en Ladrillar, Las Mestas, El Robledo de Casares y La Huetre. En el resto de Las Hurdes la decapitación del gallo se ejecuta con una espada o cachiporra. En Arroyomolinos de Montánchez, los mozos, una vez que concluye el festejo, recorren el pueblo y son invitados en las casas de cada participante a tomar dulces y licores. En Cabrero, como en las Casas del Castañar, en Navaconcejo, Piornal, Tornavacas y Valdastillas la costumbre es conocida como repingonear el gallo. En Casatejada los gallos se corren el martes de carnaval, previamente emborrachados insensibilizándolos así para el suplicio, como también hacen en Salvatierra de Santiago. Antaño, en Cheles los mozos corrían los gallos el segundo día de carnaval; montados en caballerías y garrota en mano descargaban sus golpes sobre el ave tratando de rematarla; finalmente se las comían… En Esparragosa de la Serena se corren los gallos durante los tres días del carnaval, colgándolos igualmente de una cuerda tendida entre dos encinas a las afueras del pueblo, procurando cercenar la cabeza al animal, aunque el martes de carnaval de 2011 los mozos se negaron a correr los gallos al estar los animales previamente sacrificados. En Morcillo es el segundo domingo de Pascua cuando los morcillanos acuden a la ermita de San Antonio para izarle la bandera y ofrecerle roscas y correr los gallos por la tarde. En Torrecillas de la Tiesa, los quintos, montados a caballo, tiraban de la cabeza del animal para arrancársela. De conseguirlo, la acción era celebrada y aplaudida por familiares y amigos, que terminaban decepcionados si no conseguían arrancar alguna cabeza. Hasta hace algunos años las novias se encargaban de bordar a sus galanes el pañuelo que los mozos llevaban atados al cuello durante el acto. Y si no había novia, la encargada de bordar el pañuelo era la hermana, la madre o una amiga… Una mujer siempre. Hoy día ya no se toman tan a pecho los familiares el hecho de que el mozo no arranque ninguna cabeza e igualmente tampoco es obligatorio el que las jóvenes borden pañuelos a sus galanes.

En Peraleda de la Mata hay dos tipos de quintos: los de 18 y los de 19 años. Los primeros corren las cintas a caballo el fin de semana del carnaval, procurando ensartar el mayor número de ellas en una varilla. En la mañana del día de Nochebuena esos mismos mozos pasean un carnero borracho por el pueblo y recorren las casas de las mozas de igual edad para que los obsequien con algo de comida; en caso de que estas se nieguen, les meten el carnero en casa. Esa misma noche, el animal es sacrificado y comido en un banquete comunitario al que acuden los quintos, las quintas y sus familiares y amigos. Al cumplir los 19 y durante el carnaval, corren ya los gallos a caballo del modo y forma en que lo hacen en otras localidades.

Igualmente se corren los gallos en Fresnedoso de Ibor —el domingo y martes de carnaval—, en Galisteo —el 26 de enero—, mientras que los mozos de Guijo de Galisteo se entretienen durante las carnestolendas en pisar los gallos a caballo.

En la localidad badajocense de Campanario son los muchachos varones de hasta 14 o 15 años quienes corren los gallos. El festejo comienza con la adquisición de un animal vivo por parte de un grupo de amigos. Estos, con su gallo, recorren las calles buscando otros grupos y cuando los encuentran, hacen un corro y echan sus gallos a pelear. Estos encuentros tienen lugar hasta el día 2 de febrero, festividad de La Candelaria o de Las Candelas, en que se corren los gallos, propiamente. La ceremonia comienza con la reunión de los grupos en diferentes calles de la localidad; luego tienden una cuerda entre dos ventanas y cuelgan de ella el gallo por las patas, últimamente ya muertos, para evitarle sufrimientos. Los muchachos llevan un pañuelo atado al cuello, con el nudo hacia delante y una espada o sable de madera. Así pertrechados se colocan en fila frente al ave y en riguroso orden van cruzando bajo la cuerda a la vez que golpean enérgicamente con el sable en el cuello del animal. La esperanza de cuantos participan es arrancarle la cabeza. Los muchachos pasan una y otra vez en riguroso orden, cada vez más manchadas sus ropas con la sangre del animal… hasta que uno, al fin, consigue su objetivo y la cabeza del ave cae… Todos elogian su valor y para reafirmarlo, invita a todo el grupo a degustar el guiso que su madre preparará esa misma tarde con la víctima sacrificada… En La Coronada también los adolescentes son los encargados de correr los gallos el domingo gordo de carnaval.

Luis Chamizo versifica en la segunda parte de su poema Extremadura (1982: 248-251) una carrera de gallos que ubica el 12 de octubre en Medellín.

Tarde mansa de otoño.
Medellín arde en fiestas.
Recios gañanes lucen sus mulas labraoras
En un cabalgar lento, camino de l’alberca.
[…]

Van a correr los gallos en el lejío. Cruzan
Las calles polvorientas,
Sobre potros d’empuje, cubiertos d’alamares,
Bordando, fachendosos, lanzas y moringuetas…

Ansiedad, cuchicheos;
Redoblantes, trompetas…
¡Silencio! El pregonero
Va a fallar la contienda:

—Once, los coloraos; y nueve, los azules,
Pedro Cortés, el nieto d’Alfonsa la yegüera,
Seis viajes, seis tajos;
Seis tajos, seis cabezas.
Pedro Cortés: en nombre del Concejo os nombramos
Capitán de la fiesta.

Y el mozo sale al medio del lejío. Se cuadra,
Se quita la montera
Y marca, cimbreándose sobre su potro negro,
Garbosas reverencias.

Y el pueblo s’alborota,
Le saluda con vivas, le aplaude, le corteja…
Y a su paso enrojecen las mocinas tempranas,
Le saludan los viejos y le palpan las viejas…

En nota 946, Viudas Camarasa escribe:

«El Ejío, 1942. La carrera de gallos que Chamizo sitúa el día de la Virgen del Pilar, la recoge B. Gil en la fiesta de carnaval en Navalvillar de Pela, el día de S. Antón, el día 17 de enero. Narra como sigue la costumbre: Carrera de gallos. Se celebra por la tarde.

Hombres, casados y solteros, montados en caballerías, se dirigen al sitio de la carrera, a la que acuden el tamborilero y el portante de la bandera de la Cofradía con su enseña.

Otorgan premios a quien atrapa un gallo y quien intenta hacerlo con mayor velocidad.

Colocan los gallos en una cuerda que pende de dos palos altos (conforme a la altura de los jinetes). Durante el concurso los hombres encargados de sostenerlos estiran o aflojan para burlar la acción del jinete que quiere coger los gallos.

Son muchos los concursantes y lo mismo el número de espectadores» (t. II, pp. 123-124). «En Casas de Don Pedro hasta 1904 existió una ‘Junta de gallos’ con los cargos de ‘Alcalde, Alguacil y Botero’» (Vid. B. Gil, t. II, pp. 126-127).

En resumidas cuentas: en la comunidad extremeña esta fiesta ha seguido básicamente la tradición indoeuropea y pagana de estimular la fertilidad de la tierra derramando sobre ella la sangre del gallo, como espíritu del cereal. La incorporación al ritual de caballos y otras caballerías para degollarlo en frenética carrera bien pudo ser el posterior añadido —tal vez religioso para ocultar la primigenia intencionalidad del mismo— de otra tradición ecuestre —posiblemente de origen celta, como creen algunos, o romano, como opinan otros—, donde únicamente la agilidad y la destreza del jinete —¿una carrera de cintas tal vez o la intención de entrar el primero en la meta en una enardecida carrera como la que actualmente tiene lugar en Arroyo de la Luz?— ponía en pie de fiesta a toda una comunidad para contemplar el paso a la mayoría de edad de los jóvenes lugareños.

Y para concluir, dos milagros relacionados con gallos que no dejan de ser interesantes, pues parecen refrendar la creencia que los celtas mantenían sobre los gallos como animales protectores; milagros que, sin embargo, fueron adjudicados a Santiago y a santo Domingo. Me refiero a los conocidos sucesos acaecidos en el pueblo portugués de Barcelos y en el español de Santo Domingo de la Calzada.

La leyenda del Gallo de Barcelos cuenta la historia de un peregrino gallego que salía de Barcelos —ciudad portuguesa del distrito de Braga, en el Baixo Miño— camino de Santiago de Compostela. El hombre fue acusado de robar la plata a un terrateniente y condenado a morir en la horca. Ya ante el cadalso, y como última voluntad, pidió ser llevado de nuevo ante el juez, que en ese momento se disponía a comer un pollo —un gallo— asado con unos amigos. El peregrino volvió a insistir en su inocencia y señalando el gallo que se disponían a comer, dijo: «Mi inocencia es tan cierta que os puedo asegurar que este gallo asado se pondrá de pie en su plato y cantará si soy colgado por el cuello sin ser culpable del crimen de que se me acusa».

Los presentes escarnecieron esas palabras. Sin embargo, ninguno osó tocar la fuente donde estaba el gallo asado y mucho menos comerlo. Al reo se le devolvió de nuevo a la plaza y colocado en el cadalso esperó el cumplimiento de la sentencia mas, en el preciso momento en que era ahorcado, el gallo se levantó, batió las alas y cantó en la mesa del magistrado. Ante este portento, ninguno de los presentes dudó ya de que se había cometido una injusticia con el aquel hombre inocente, y todos corrieron hacia la plaza para intentar detener la ejecución, pero cuando llegaron el pobre forastero pendía ya de la cuerda. Angustiado por lo que había hecho, el juez ordenó descolgarlo y para sorpresa y alegría de todos, luego de toser varias veces el presunto cadáver se puso de pie y recuperó el resuello. Un nudo mal hecho o una torcedura de la cuerda habían impedido que esta se cerrara totalmente sobre la garganta del sentenciado, acogotándole. El peregrino fue puesto en libertad y así pudo caminar hasta Santiago para cumplir su promesa.

La leyenda concluye diciendo que el gallego volvió años más tarde a Barcelos, según unos para esculpir el crucero del Señor del Gallo que actualmente se conserva en el Museo Arqueológico de Barcelos, según otros para construir a sus expensas un monumento en honor a Santiago y a la Virgen, como testimonio de su gratitud.

Según otra versión, en cierto momento los habitantes de Barcelos se sobresaltaron porque en el pueblo, normalmente tranquilo, había ocurrido un crimen horrendo que las autoridades fueron incapaces de resolver. Un día apareció por el pueblo un forastero y los aldeanos no dudaron en acusarlo como el autor del crimen. Las autoridades resolvieron aprehenderlo y muy a pesar de sus protestas de inocencia nadie quiso creerle. De poco valió que repitiera hasta la saciedad que era un peregrino que se dirigía a Santiago para cumplir una promesa. Pero pudo más la suspicacia y finalmente fue condenado a morir en la horca. El resto es como lo que antecede.

Actualmente el Gallo de Barcelos es el símbolo nacional de Portugal y significa: serenidad, fe, confianza y honor.

Otra leyenda semejante a la de Barcelos sitúa la tradición en la localidad riojana de Santo Domingo de la Calzada. Se cuenta que un matrimonio alemán y su hijo de 18 años, llamado Hugonell, que peregrinaban a Santiago el año 1080, hicieron un alto en la ciudad para venerar las reliquias de santo Domingo. La chica del mesón donde se hospedaban se enamoró de la belleza del mozo Hugonell y se ofreció a él pero, ante la indiferencia del joven, ella, despechada, decidió vengarse. Metió una copa de plata en el equipaje del muchacho y cuando los peregrinos siguieron su camino, la muchacha denunció el robo al corregidor.

El Fuero de Alfonso X el Sabio —que regía entonces— castigaba con la horca el delito de hurto y, una vez prendido y juzgado, el inocente peregrino fue ajusticiado. Los apenados padres decidieron seguir su interrumpido peregrinar hasta Compostela, pero antes de abandonar la ciudad, decidieron pasar por la plaza donde se alzaba el patíbulo para despedirse de su hijo, mas cuál no sería su sorpresa cuando, al acercarse al cadalso, oyeron la voz de Hugonell que les decía que seguía vivo porque santo Domingo le había sujetado por los pies. Como es de suponer, los padres corrieron a casa del corregidor, haciéndole partícipe del portento. Incrédulo, el magistrado repuso que su hijo estaba tan vivo como el gallo y la gallina que en ese momento él se disponía a comer. Mas, para sorpresa de los presentes, el gallo y la gallina saltaron del plato, se cubrieron de plumas y principiaron a cantar.

De este suceso viene el conocido dicho que reza: En Santo Domingo de la Calzada cantó la gallina después de asada.

Actualmente, y en recuerdo de este suceso, en la catedral calceatense, dentro de un habitáculo gótico del siglo xv, viven un gallo y una gallina completamente blancos, que son cambiados cada quince días[3], procedentes de donaciones devotas. Nadie conoce la fecha exacta en que estos animales fueron colocados en el templo, aunque sí se sabe que el actual habitáculo gótico sustituye a una jaula de madera anterior. «Y existe un documento, fechado en 1350, que recoge una bula dictada por el Papa Clemente IV (1265-1268) mediante la cual se concedían indulgencias a quienes ‘mirasen al gallo y a la gallina que hay en la iglesia’» (Pío García, 2011: 41). Otro documento de igual fecha, firmado por ciento ochenta obispos, explica que «concedían a la Catedral de la Calzada, donde hay un gallo y una gallina blancos, a quienes devotamente giren en torno al sepulcro del Santo, recitando el Padrenuestro, Avemaría y Gloria» (Internet).

Pío García cuenta también —y con esto concluyo— que el diplomático polaco Jakub Sobieski de Janina (1590-1646) y duque de Rutenia anotó en su cuaderno de peregrino a Compostela cómo los caminantes, al llegar a Santo Domingo de la Calzada, «insertaban un pedazo de pan en sus cayados y lo alzaban hacia el gallinero de la catedral. Si el gallo o la gallina se comían el mendrugo, era señal de que llegarían a Santiago sanos y salvos; si lo rechazaban, las aves vaticinaban una muerte pronta».

Ya se sabe: las supersticiones se implantan hasta en lo más sagrado…


BIBLIOGRAFÍA

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[1] Muchacho que hacía de rey de otros en esa celebración.


[2] Fracasos escolares, fechorías, borracheras…


[3] El resto del tiempo permanecen en un gallinero que la Cofradía de Santo Domingo mantiene en su domicilio social.