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Origen, devenir y nuevos tipos de la medida para curar (República Argentina, siglos xx-xxi)

GENTILE, Margarita E.

Publicado en el año 2013 en la Revista de Folklore número 376.

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El tema y su interés

En trabajos previos me referí a temas europeos que, en la gobernación de Tucumán y entre los siglos xvi a xx, se entremezclaron con los prehispánicos. Esta dinámica continuó por siglos, incorporando y desechando detalles, conformando periódicamente nuevos relatos y creencias (Gentile: 2001, 2003, 2004, 2007, 2008 a 2009).

En Argentina, los estudios de folklore, desde fines del siglo xix y hasta principios del xx, habían recogido algunos de esos temas, poniéndolos en perspectiva con lo que se sabía hasta ese momento acerca de la Antigüedad, de la presencia prehispánica de un apóstol en Indias y las comparaciones entre las culturas americanas pre y poshispánicas (Lafone: [1892] 1950; Quiroga: 1897; Ambrosetti: 1896-1899, entre otros); en los años siguientes, los estudios del folklore argentino se dedicaron mayormente a las artesanías y su difusión, luego al folklore como espectáculo de canto, música y danza. No obstante, la medida para curar, hasta donde sé, no mereció más atención que la de las citas que transcribo más adelante.

A los estudios de folklore les interesa la genealogía de sus datos; en lo que sigue repasaré los que dispongo sobre dicha medida en territorio argentino entre los siglos xx y lo que va del xxi ya que, desde poco antes del milenio y después, la misma se transformó y adaptó rápidamente para facilitar su difusión comercial masiva en áreas urbanas.

El propósito de estas notas no es hacer exégesis sino mostrar, mediante el caso del devenir de un objeto devocional, las continuidades y cambios de una práctica religiosa y medicinal, cotidiana vigente, por lo menos, desde la Edad Media europea.

A modo de antecedentes

A partir del siglo iv, y a pesar de las herejías cristológicas y trinitarias, y de la controversia iconoclasta al interior del Imperio Bizantino, la difusión del culto a las reliquias de los mártires y santos siguió una carrera vertiginosa, en parte auspiciada por los papas que permitieron exhumar las catacumbas romanas y repartir sus restos por el mundo conocido, en un gesto de autoridad que impulsaba su arbitraje soberano en la sociedad occidental (Del Estal: 1998, 463). Para el cristiano común, que buscaba protección mediante la devoción a un santo intercesor, sus reliquias no eran bienes posibles de adquirir, y solamente podía beneficiarse de su influencia espiritual en las fechas que la liturgia permitía exhibirlas.

Pero también existía la posibilidad de la cercanía de una imagen tallada o pintada, todo autorizado por su correspondiente historia de aparición y milagros dispensados. Se aceptaba que las telas que las hubiesen tocado habían incorporado sus efluvios de salud y salvación, acrecentando de esta manera su difusión ya que a partir de una sola imagen milagrosa era posible que hubiese varios fragmentos de telas que reuniesen dichas condiciones. En este sentido, comparto lo dicho por María Antonia Herradón Figueroa (2001), y en lo que sigue se verán las continuidades y cambios de las «cintas» o «medidas estadales» españolas en una parte del Nuevo Mundo[1].

Aquí valía lo mismo con relación a quienes ya en vida se los tenía por santos, como a fray Francisco Solano[2] (1549-1610), que cuando murió en Lima:

«... con veneración le besavan todos los pies y manos y se tenía por dichoso quien podía hazer esto, por la grande multitud de gente, que se atropellavan los unos a los otros, por siquiera ver al Santo, y tocar pañuelos y rosarios en su cuerpo, los quales han guardado como reliquias, y poniéndolos a algunos enfermos han sanado milagrosamente.» (Oré: 52).

El concepto del hombre como unidad de medida es muy antiguo, pero se difundió aún más a partir del Renacimiento, y fue resumido magistralmente en sus proporciones en el hoy conocido dibujo de Leonardo da Vinci.

Si bien estuvo entre los antecedentes del tema de estas notas, la exposición detallada de dicho concepto no corresponde ahora, pero señalaré un hito del siglo xiii: un estudiante de Bologna llamado Nicolás, enfermo de los riñones y casi inmóvil en su cama, consiguió curarse invocando los nombres de Jesús y santo Domingo al tiempo que se medía con un hilo torcido por él mismo; comenzó midiendo su propia estatura, y siguió por los perímetros de cuello, pecho, etc. Cuando Santiago de la Vorágine intercaló este milagro en la historia del santo, la medida para curar ya era conocida y aceptada como posible remedio a dolencias físicas, pero la intención de nuestro fraile se extendió a mostrar que también lo era del alma porque Nicolás corrigió el rumbo de su vida a partir de aquella curación (Vorágine: 454).

Aquí, la unidad de medida fue la de la propia persona, comenzando por su estatura; y el objeto para medirla fue algo tan sencillo y común como el hilo para el pabilo de las velas; sin embargo, quedaba claro que de nada habría servido sin la mediación de Jesús y santo Domingo.

Cuatro siglos después, en España se usaba para curar una cinta cortada al tamaño de la efigie de un santo en la que se había estampado su figura y las letras de su nombre con plata u oro (Alonso: 2763); en ese momento la mediación se había reducido a una solicitud directa al santo, y esta creencia llegará, con muchas otras[3], a la gobernación de Tucumán en el siglo xvi traída por los remanentes de las huestes pizarristas y almagristas que fundarían las primeras ciudades.

Tipos de medidas y su uso

1.

En la primera mitad del siglo xx, en el área rural de la pampa argentina, existía la medida del perro; la misma consistía en rodear con una cinta, midiéndolo, el cogote de un perrito que aún no hubiese cambiado los dientes. Dicha cinta se colocaba luego alrededor del cuello de un niño a fin de que sus primeros dientes salieran sin dificultad, aunque también se aseguraba que de esa manera se curaban otras enfermedades (Saubidet: 243). Félix Coluccio agregó que en el noroeste argentino se curaba «la tos convulsiva atando al cuello de los niños la medida del cogote del perro» (452).

También para la misma época y lugar había una medida del pie, que se formaba apoyando plenamente el pie del niño enfermo sobre el lado del tronco de una higuera que miraba hacia la salida del sol; se recortaba su forma en la corteza de dicho árbol y se la arrojaba lejos. Como con esta acción se esperaba curar la hernia en los niños, si la dolencia se encontraba en el lado derecho del cuerpo debía apoyarse sobre el tronco la planta del pie izquierdo, y viceversa; y en caso de hernia umbilical, se apoyaba cualquier pie (Saubidet: 243).

En estos casos, la medida cumplía la misma función citada por Vorágine, es decir, curaba un mal presente; la erupción dentaria se incluía, en esa época, en el rubro enfermedad (tal vez por el dolor y molestias que provoca en los niños) y al igual que el embarazo y el parto con relación a la protección dispensada por las medidas estadales en España hasta estos años.

2.

En la provincia de Corrientes era un talismán; allí había una clase especial de medida usada con el fin de ganar en los juegos de naipes. La misma consistía en una cinta o cordel de color rojo con la que se había tomado el largo exacto del cuerpo de un niño difunto (angelito). Debía hacerse durante su velorio, y sin que nadie advirtiese que se estaba realizando dicha medición; luego, bastaría con llevar la cinta o cordel en el bolsillo durante las partidas (Perkins Hidalgo: 126).

3.

El tercer tipo es un amuleto, llamado medida del santo, o medida de la Virgen; en ambos casos se trataba de una cinta con la que se había medido la altura de una imagen milagrosa, y que el devoto llevaba consigo como protección (Coluccio: 452).

Casi a fines del siglo xx, en la ciudad de Catamarca, cuando un devoto de la Virgen del Valle debía viajar lejos, solía llevar consigo, colgando del cuello, unas cintas con las que no se debió medir nada antes, aunque sí debían haber tocado su imagen milagrosa; luego se las conservaba como un remedio contra las enfermedades (F. Guzmán, comunicación personal). Aquí hay un punto de contacto con la medida para curar propiamente dicha que es el primer tipo de nuestra clasificación.

Y, en el transcurso de menos de cincuenta años, se produjo un cambio en el sentido de que podía no ser necesario que la medida correspondiese con la altura de la imagen sino que bastaba su contacto, pero a condición de que la cinta debía ser nueva, en el sentido más amplio.

4.

El cuarto tipo, en mi opinión, volvió al concepto renacentista, con el ser humano como referencia; a mediados del siglo xx, en la ciudad de Salta había criollas que usaban una cinta métrica (metro), o una cinta de tela de color celeste, para diagnosticar el empacho (mala digestión) y el susto (angustia). En el primer caso se medía el contorno del abdomen; en el segundo, se medía el largo de las piernas de la persona y, si los resultados eran distintos, seguramente el niño o el adulto estaba asustado (H. Pérez Campos, comunicación personal).

Coetáneamente, en Buenos Aires, en los barrios donde había alguna migrante italiana, ella solía curar el empacho a los hijos de sus vecinos. Primero procedía a medir el empacho con una cinta roja cuya manipulación ocultaba diestramente mientras decía algo en voz muy baja, tras lo cual pellizcaba, tirando hacia arriba y con fuerza, la piel (cuerito) de la espalda del crío, entre la cintura y el coxis; debía producirse un ruidito particular, como si se separaran dos membranas que hubiesen estado pegadas (E. Lafaille, P. Guevara, entre muchas otras comunicaciones personales).

Uso y función de cintas en el milenio

La expectativa del cambio de siglo contribuyó a la posibilidad de creación de nuevos cultos religiosos y el relanzamiento comercial de algunas antiguas creencias adaptadas a los próximos nuevos tiempos.

A esto contribuyeron las antiguas publicaciones científicas sobre folklore regional, además de los cuentos de Ovidio y Apuleyo y clásicos populares como la cruz de Caravaca, la clavícula de Salomón, san Cono y otros derivados del ocultismo decimonónico. Esta bibliografía, que por conocida y fácilmente asequible no cito aquí exhaustivamente[4], fue reciclada y resignificada en el marco de la New Age, es decir, gemas, aromas, colores y una determinada dieta alimenticia se incorporaron al milenio en un despliegue impresionante de combinaciones. Desde los estudios de folklore, el conjunto tenía un aspecto caótico que finalmente resultó que no era tal (DD.AA.: 2011).

Esta dinámica también dio lugar a lo que llamé un nuevo tipo de literatura de cordel[5], impresa en formato estandarizado de 32 páginas, texto pautado (historia, descripción, acciones, testimonios), y ofrecida en displays en las tiendas de venta de objetos rituales junto con velas, sahumerios, música, imágenes, etc. Aunque todavía hay en la red global una lista de sitios renovados periódicamente (blogs) dedicados a la cura del empacho al modo del siglo pasado (tirar el cuerito, usar una cinta roja), sin embargo, en el vórtice de las continuidades y cambios fueron a dar las medidas en cuanto a su función: ya no curan (como en el Medioevo), ni diagnostican (como en el siglo xx) sino que, en sintonía con los preceptos de la medicina moderna, previenen.

Códigos de forma y color

En los puestos de venta callejera ubicados a la entrada de los principales santuarios de la ruta del turismo religioso argentino se encuentran, además de velas, rosarios y medallas en diferentes versiones, cintas en las que está impreso el nombre del santo y el propósito de este exvoto textil: cuida mi casa / moto / auto, protegeme.

Suelen colgarse del espejo retrovisor del auto, tras la puerta de la casa, o anudarse en el manubrio de la moto. Tienen unos 5 cm de ancho por unos 50 cm de largo, con las letras impresas en color negro. A veces, si la cinta se usa al interior de la casa, puede tener adherido un pequeño calendario del año corriente, una canastita con panes modelada en cerámica o una estampita del santo en cuestión. Este suele ser un santo popular, es decir, que tiene miles de devotos aunque no siempre se trate de uno canonizado por la Iglesia (DD.AA.: 2006).

La oferta de objetos rituales para cumplir con las devociones personales (en la casa o en determinados lugares junto a las rutas) se multiplicó entre siglos a tal extremo que se impuso, sin dificultad, la necesidad de pautar la identificación del santo y lo que se le pedía. Tanto para las velas como las flores y los aromas, los colores señalan destinatario y propósito lo que, junto a la literatura citada antes, facilita la elección y excluye la asesoría de un especialista en el punto de compra y venta, generando así puestos de trabajo informal, para cubrir los cuales no se requiere más que un mínimo de instrucción. Pero las posibilidades de recombinación de formas, colores y propósitos asegura el sustento de una elite de especialistas en adivinación y magia que trabajan a puertas cerradas.

Un ejemplo de la compleja combinación de pautas, en cuanto a formas y colores, es el de las velas, objeto común a todos los tipos de culto popular[6]: New Age, Umbanda, santos canonizados o no por la Iglesia. Aquí algunos ejemplos relevados durante el trabajo de campo en varios lugares del país:


Color / forma de la vela


Dedicación, según el cartel de venta


Blanco y negro / común


«San La Muerte»



Blanco y azul oscuro


[Virgen] «Desatanudos, destrabe económico»



Rojo, blanco y verde / hacha, tijeras


«San Jorge» / cortar problemas, males, etc.



Verde y rojo / común


«San Expedito, patrono de la justicia»



Verde oscuro


«Salud»



Marrón


«Dinero»



Rosa


«Unión familiar»



Naranja


«Bienestar económico»



Roja / común


«Unión familia» / «Gauchito Gil»



Roja y negra / común


«Exú» [orixá de la umbanda]



Azul Francia


«Solución familiar (estudio)» / «de negativo a positivo»



Verde agrisado / común


«San Pantaleón, médico santo, salud»



Celeste, blanco y rojo


«Solución familiar (estudio)»



Hay muchos más colores y combinaciones de ellos, pero san Jorge, san La Muerte y Gauchito Gil tienen los suyos establecidos desde hace varios años, y nada permite pensar que puedan ser modificados en el corto o mediano plazo.

Lembrança do Senhor do Bonfim da Bahía

Las primeras cintas o medidas llegadas a Buenos Aires en las cercanías del milenio fueron las de Señor de Bonfim, procedentes de Bahía; las traían los turistas que viajaban masivamente al Brasil impulsados por cierta prosperidad económica. Estas cintas eran rojas, angostas, con el nombre del santo impreso en negro y se llevaban anudadas a la muñeca; otras, más anchas, se anudaban al caño de escape del auto y, en ambos casos, el pedido se cumplía cuando la cinta se rompía por desgaste.

De esta novedad se derivaron primero las cintas rojas con nombres de diversos santos; y cuando el Feng-Shui se popularizó, también las hubo con dijes chinos que imitaban monedas antiguas. La historia de esta cinta (fita) se repite en la red global casi a la letra:

La fita original fue creada en 1809, permaneciendo desaparecida hasta los años 50. Conocida también como «medida» de Bonfim, su nombre se debe al hecho de que medía exactamente 47 centímetros de largo, la medida del brazo derecho de la escultura del Señor de Bonfim, puesta en el altar mayor de la iglesia más famosa de Bahía. La imagen fue esculpida en Setúbal, Portugal, en el siglo xviii. La «medida» era hecha de la seda, con el diseño y el nombre del santo bordado y acabado en tinta dorada o plateada. Se usaba alrededor del cuello como un collar, en el cual se colgaban medallas e imágenes de santos, que funcionaba como moneda de cambio: al pagar una promesa, el fiel llevaba una foto o una pequeña escultura en cera que representan la parte del cuerpo curada con la ayuda del santo (exvoto). Como recordatorio, adquiría una de estas cintas, que simboliza la propia iglesia. No se sabe cuándo fue la transición a la actual fita, pero en la década de los 60 fue adoptada por los hippies bahianos como parte de su indumentaria.

Hoy en día, en un blog de venta en línea se dice que sus muchos colores derivan de la umbanda[7], así:


Color de la cinta


Propósito / umbanda






Blanco


Paz, sabiduría, calma. Repele las energías negativas y eleva las vibraciones positivas. También significa inocencia y pureza.



Rojo


Es el color de la pasión y los sentimientos. Simboliza el amor, deseo, poder, fuerza y energía.



Verde


Refleja el vigor, la juventud, el frescor, la esperanza. Representa las energías de la naturaleza y del renacer.



Verde oscuro


Asociado a lo masculino. Simboliza la virilidad. / Oxossi.



Amarillo


Utilizado para tener mucho dinero y riqueza. Asociado a la prosperidad y al optimismo. / Oxúm.



Naranja


Trae suerte en la consecución de objetivos personales y profesionales. Simboliza el movimiento y la espontaneidad.



Azul


Conlleva seguridad, tranquilidad, armonía y salud. Es el color del cielo, del espíritu y del pensamiento. Simboliza la lealtad, la fidelidad, la personalidad y la sutileza.



Azul claro


Este color no se encuentra entre las cintas con el texto dedicado al Señor de Bomfin, tal vez porque es exclusivo de Iemanjá.



Rosa oscuro


Usado para lograr la felicidad en el amor. Significa belleza, salud, sensualidad y romanticismo.



Rosa claro


Asociado a lo femenino. Ternura, suavidad, cariño, amor… y al mismo tiempo cierta fragilidad y delicadeza.


Fuentes: http://lannelspain.blogspot.com.ar/2012/09/las-cintas-de-colores-de-bonfim.html; http://es.wikipedia.org/wiki/Fita_de_Bonfim

Cintas dedicadas a santos populares argentinos

En Buenos Aires, también en el entorno del milenio, las cintas para colgar (del espejo del auto, en algún sitio de la casa, etc.), eran rojas y dedicadas a Gauchito Gil; pero antes de 2004 se comenzaron a vender otras de color negro por san La Muerte o Señor La Muerte (Gentile: 2008).

Hay una excepción en cuanto al color con relación a Difunta Correa; también en el entorno del milenio, los lugares a la vera de las rutas donde se encuentran los pequeños monumentos que la recuerdan, en los que sus devotos dejan ofrendas de agua, comenzaron a distinguirse por estar pintados de color azul celeste y, en algunos de ellos, por su «vecindad» con Iemanjá, una orixá de la umbanda (Gentile: 2009). Sin embargo, con relación a las cintas, solamente se las vende en la provincia de San Juan, donde se encuentra su tumba; las mismas son de color rojo, con inscripción en negro o amarillo que dice: «Gracias Difunta Correa» o «Difunta Correa protegeme». También impreso en la tela hay un dibujo en el color de las letras que recuerda el ícono (R. Ferrer: comunicación personal).

En el momento que escribimos (abril de 2013), desde hace unos meses se están vendiendo frente al santuario de San Cayetano cintas de color amarillo dedicadas a este famoso santo del pan y del trabajo en los mismos términos: «Cuida mi casa», «Protegeme»; pueden tener, o no, un calendario, estampita o canastita con panes.

Hoy día hay, para anudar a la muñeca: cintas rojas, angostas, con medallas de Gauchito Gil, san Cayetano o el amuleto conocido como ojo griego u ojo turco en varios colores. De color blanco es la cinta que se acompaña con Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa; pero también hay cintas angostas, de unos 40 cm de largo, sin inscripción, en colores violeta, celeste o rojo; estas se suelen exhibir con relación a las varitas de sahumerios, los que también cuentan con una extensa lista de combinaciones color / aroma / función.

Resumiendo:

Color de la cinta


Dedicación






Blanco


Ntra. Sra. de la Medalla Milagrosa



Rojo


Gauchito Gil



Negro


San La Muerte



Amarillo (¿solo en el barrio de Liniers?)


San Cayetano



Violeta, celeste, rojo


Sin inscripción



Rojo, solamente en la provincia de San Juan


Difunta Correa


Fuente: trabajo de campo (M. G.: varias fechas) en los alrededores del santuario de San Cayetano, barrio de Liniers, Buenos Aires. Debo el dato de san Juan al Lic. Rodolfo Ferrer.

En el reino de la creatividad sin límites[8]: el caso de san Antonio de Padua

Dedicada a este popularísimo santo franciscano hay una oración a cuyo texto se le anuda o pega una cinta angosta en algún tono de azul, de 30 cm de largo, por ser esta, dicen, la altura del Niño que el santo tiene en brazos.

El texto se reproduce, manuscrito o en fotocopia, en papel blanco; no corresponde a ninguna oración conocida, antigua o actual; y mediante ella, con absoluta confianza, sus devotos expresan su pedido breve e imperativamente.

Como ejemplo, copio a continuación[9] una, hallada en el altar de santa Rita, en la iglesia de San Francisco de Asís de la ciudad de Córdoba (R. A.: 30-11-2000). Dice:

«Solamente haga esta oración cuando necesite algo muy grande puede guardarla el tiempo que quiera, hasta cuando sea necesario si usted es católico o no necesita de esta oración[10] no la destruya entréguela junto con la cinta azul de 30 cm (que es el tamaño de la imagen del niño Jesús que San Antonio lleva en sus brazos) a alguien que en este necesitando mucho una gracia

ORACIÓN

San Antonio que la pena que hoy me aflije se torne alegria (haga su pedido) rezar un Padre Nuestro, Tres Ave Maria y un Gloria durante trece Martes, cada semana entregar o dejar en una Iglesia tres copias con una cinta, hacer sus oraciones dando un nudo por semana en su propia cinta es tan grande el milagro que no llegara al cuarto nudo y la gracia sera alcanzada».Es notable que esta medida del Niño, similar a la medida del santo y de la Virgen no sea explícitamente una medida para curar; en mi opinión, la asociación entre el Niño y el ruego es muy clara, aunque la gracia se le solicite directamente al santo.

Comentarios finales

La genealogía de los datos relacionados con la medida para curar arranca en Europa mucho antes del siglo xiii; a la gobernación de Tucumán llegó a mediados del xvi, y los datos entre el siglo xx y xxi muestran cambios rápidos acordes con la amplia difusión de nuevas creencias y cultos populares, a todo lo cual los medios masivos de comunicación no fueron, ni son, ajenos.

Comparto con Herradón Figueroa lo dicho sobre que la creación de la medida para curar se produjo a partir de la popularización de las reliquias de mártires y santos cristianos; sus efluvios de salud y salvación se interpretaron fuera del ámbito religioso en el sentido más amplio, incorporando a esta creencia la de la salud y salvación del cuerpo físico respecto de enfermedades y accidentes. Pero que, ante la imposibilidad de allegarse a una reliquia verdadera, para el devoto común surgió la posibilidad de la trasmisión de dichas emanaciones a partir de telas u objetos que hubiesen estado en contacto con alguna reliquia o imagen milagrosa autorizadas, canonizadas por, cuanto menos, un prelado.

En mi opinión, en algún momento y lugar se habría amalgamado esta creencia con la de la unidad de medida basada en las proporciones del cuerpo humano a partir de la estatura, dando como resultado la cinta con el nombre y la figura del santo que, además de haber tocado la imagen milagrosa, conservaba en su precisa extensión la de dicha figura; la irradiación saludable concentrada en la cinta adquiría así el valor agregado de la altura de la imagen, impregnando al todo de una inconmovible certeza.

El actual territorio argentino pasó por una larga etapa de guerras civiles en el siglo xix; durante la misma, el área rural careció de asistencia espiritual regular por parte de la Iglesia, quedando sus raleados habitantes a merced de sus propias creencias trasmitidas oralmente por quienes alguna vez habían sido catequizados. De ahí que la vulgarización de algunas de ellas adquiriera rasgos que, en otros tiempos y lugares, habrían sido considerados impropios de cristianos.

Los casos revelados me permitieron clasificar la medida para curar en cuatro tipos: para curar propiamente dicha, como talismán, como amuleto y para diagnóstico. En probable que en la neta frontera entre la ciudad y el campo que existió hasta entrado el siglo xx surgieran la medida del perro y la medida del pie, cuyo poder curativo de la erupción dentaria y hernias se extendió a la tos convulsa. También se creía que el angelito, que se enterraba acompañado de cartas con pedidos a Dios, y a cuya cintura su madrina amarraba una cinta o cordón para que la ayudara, llegado su momento, a subir al cielo, podía bendecir su propia medida al punto de atraer la buena suerte. Y en el tercer tipo, el amuleto es, regresando al Renacimiento, la medida del santo o medida de la Virgen, que en menos de cincuenta años ya se reproducía mediante el solo contacto con la imagen, o con lo que llamo la cinta patrón, tal como sucedió después con la medida del brazo del Señor de Bonfim de Bahía, cuya historia, a su vez, se fue articulando a nuevas modas para mantener vigencia: de cinta roja a cintas de colores derivados de la umbanda, de llevarla en la muñeca o el auto a anudarla en la reja de la iglesia. Es interesante notar que, para este tipo, se mantiene en ámbitos hispanos el concepto de enfermedad referido a momentos del ciclo vital, como el embarazo y el parto, tal como la erupción dentaria en los niños correntinos se «curaba» con la medida del perro.

El cuarto tipo, como dije, tuvo función de diagnóstico; aunque no hay registro ni piezas de museo, en mi opinión es más que probable que la cinta usada fuese la medida de algún santo o virgen de quien la curandera era devota.

Como en otros casos que publicamos, en este también quienes se dedicaron a promocionar esta nueva versión de la medida para curar en el entorno del milenio recurrieron tanto a bibliografía especializada como a clásicos de la Antigüedad y los del ocultismo. Por eso, cambió no tanto el aspecto (una cinta) como su uso y función: la medida para curar ya no cura ni diagnostica sino que previene: protegeme, cuidá.

Entre los cambios, rápidamente producidos en menos de cincuenta años, sin embargo se establecieron (sin posibilidad aparente de novedades) los colores de las cintas relacionados con santos populares argentinos: rojo para Gauchito Gil; negro para san La Muerte; rojo, verde y blanco para san Jorge. A la lista se incorporó el rojo —excepcional— para Difunta Correa y el recientemente establecido amarillo para san Cayetano.

La cinta de color celeste o azul, para llevar la cuenta de los trece martes dedicados a san Antonio de Padua, solamente la vimos en las oraciones que los devotos dejan en el altar de alguna iglesia franciscana. El texto puso nuevamente en relieve la creencia de que es el santo quien dispensa la gracia solicitada. Por otra parte, respecto de este popularísimo santo hay una línea devocional, que depende de la acción directa de sus devotos y presenta una apariencia de informalidad en la redacción de las oraciones y novenas, y en la difusión de las mismas (Gentile: 2013 ms).

Me llama la atención que, hasta donde pude indagar, no hay datos acerca de la medida para curar entre los testimonios quinientistas y sesentistas de las campañas contra las idolatrías andinas. Si así fuera, esto permite pensar que los evangelizadores no estaban tan preocupados por tomar nota de las formas de la medicina hispano-indígena, tal vez porque en esa época se las considerara dentro del rubro «hechicería» aunque muchos se beneficiaran de ella (Cristóbal de Albornoz, Luis Millones, entre otros autores).

También es probable que los curanderos o hechiceros coloniales no hubiesen usado la medida para curar. Esto generaría un solución de continuidad en la cadena de datos, que podría haberse completado con la llegada de la misma por segunda vez en el siglo xviii; pero también es posible que quienes recopilaban datos para sus relatos de viajes, por ejemplo, no se percataran de un asunto que solamente era un saber compartido al interior de los ámbitos comunal y doméstico. En ese sentido, respecto de temas cuya visibilidad no es inmediata al observador forastero, tenemos el ejemplo de lo que se sabía acerca del uso de la pichca para conocer nada menos que la voluntad de las ancestros (huacas andinas oraculares); este pequeño objeto prehispánico, tallado en madera, hueso o piedra, excepcionalmente de cerámica pintada, siguió cumpliendo la misma función durante la colonia antes de transformarse en un juego de fortuna en el siglo xviii, pero pasó desapercibido para la ciencia en cuanto a sus usos y funciones hasta 1998.

Margarita E. Gentile

Profesora Titular, cátedra de Instituciones del Período Colonial e Independiente,

Instituto Universitario Nacional del Arte, Buenos Aires


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Agradecimientos

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, República Argentina; Instituto Universitario Nacional del Arte, Buenos Aires; Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires; Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; Museo de Artes y Tradiciones Populares, Universidad Autónoma de Madrid.

Dedico este trabajo a Rodrigo Santos, sin cuya colaboración el mismo no se habría realizado.


[1] Esta autora reunió definiciones, descripciones y propósitos referidos a España en un importante trabajo al que remito; compromete mi agradecimiento por este dato la Técnica Superior D.ª Ana Isabel María Díaz-Plaza Varón, quien me lo enviara al solicitarle fotos de medidas españolas para ilustrar el presente trabajo.


[2] Beatificado en 1675, y canonizado en 1726.


[3] C. 1612, los evangelizadores de los indios calchaquíes les dispensaban, ¿a modo de medicina espiritual?, agua de cáliz, tierra de San Pablo y cédulas para ponerse en la cabeza con la inscripción «Sanet te Christus filius dei viui» (Torres: 199-201).


[4] Ver Gushiken: 1977, para un ejemplo peruano, ya que no hay publicaciones en esa línea para el territorio argentino; el trabajo de Farberman (2005) se refiere a hechos documentados para Tucumán ya entrado el siglo xviii, cuyo común denominador son los venenos, reales o imaginarios.


[5] Que habría dado nuevo paño que cortar a don Julio Caro Baroja.


[6] También varía el alto de las velas de formato común, ya que las hay de 20 cm de alto que se venden por unidad, y otras de unos 10 cm de alto que se venden en paquetes de nueve, una por cada día de la novena dedicada al santo. Además, los veloncitos (unos 5 cm de diámetro por unos 10 a 15 cm de alto) suelen tener uno o varios colores combinados con los mismos propósitos que las velas de formato común, pero se destaca el dedicado a Sansón porque tiene los siete del arco iris (Gentile: 2008 b).


[7] La umbanda es un epígono del vodú africano; se formó en Brasil en los años 30 del siglo xx, agregando el espiritismo kardecista a las danzas y cantos rituales afroamericanos, y años después la New Age. Su diversidad en las formas de culto se debe a que cada pai de santo (padre de santo) o mãe de santo (madre de santo) pueden realizar cambios en su terreiro (templo) respaldados en el deseo de un orixá que habla por una médium, o directamente en sueños al pai o mãe. Orixá son representaciones antropomorfas de las fuerzas de la Naturaleza.


[8] La expresión, que ilustra bien lo que vengo diciendo, es del franciscano Buenaventura Kloppenburg (1980: 523).


[9] En la trascripción se respetaron ortografía y sintaxis (Gentile: 2013 ms).


[10] A partir de 2000, esta oración dice: «... si usted no es católico o no necesita de esta oración...».