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Los estudios de alfarería popular en Castilla y León (1)

BELLIDO BLANCO, Antonio

Publicado en el año 2013 en la Revista de Folklore número 381.

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A la memoria de Luis Cortés, que empezó a tirar del hilo

He de agradecer sus comentarios e ideas, además del préstamo de libros, a Enrique Echevarría.

Si la cerámica tiene una presencia constante en la vida diaria de los humanos desde tiempos prehistóricos, esa misma cotidianidad ha hecho que los alfares contemporáneos no merecieran ninguna atención ya hasta el siglo xx, justo cuando empezaba a decaer su demanda y se iban apagando sus hornos. El primer estudio que se ocupó de la alfarería en tierras de Castilla y León se publicó hace ochenta años y desde entonces, como vamos a ver, han sido numerosos los autores que han ido dibujando el panorama de la cerámica tradicional.

1. Los precursores

La primera publicación que debemos reseñar aquí es el artículo escrito por Rafael Navarro en 1935 sobre la cerámica de Palencia y León. Su análisis comienza aseverando la continuidad e inmutabilidad de la cerámica, que era «fabricada en los alfares rústicos, con técnicas y tradiciones primitivas, perpetuadas a través de los siglos, llegada sin grandes modificaciones hasta nuestros días, salvo la desaparición de algunos tipos eliminados de la producción por el progreso de los mismos» (Navarro 1935: 98).

Esta ligazón a través del tiempo le permite enlazar los tipos cerámicos que se conservaban entonces con lo hallado en yacimientos «preibéricos, ibéricos, celtibéricos e iberoromanos» conocidos en Palencia y otras zonas cercanas. En especial, marca dos referentes principales. Por un lado, «las decoraciones multicoloreadas son el resultado de las influencias musulmanas u orientales», al tiempo que encuentra como «características celtibéricas: paredes gruesas en las vasijas; decoración incisa de líneas, círculos y espirales; siluetas animales y vegetales; símbolos y colores lisos».

Una vez establecido este marco previo, continúa definiendo un esbozo de tipología y alude a las botijas del valle de Cerrato, el cántaro y los botijos de Astudillo, las escudillas de pastor de Baltanás, las escudillas del valle de Esgueva, los tarros de botica de tierra de Sahagún, la vajilla de novia de tierra de Guardo y Besande, el jarro de vino de Palencia, especieros de tres senos, aceiteras de Prádanos de Ojeda, tarolas, babosas, cazuelas de beber vino y cántaras de la ciudad de Palencia. Alude, a continuación, a la dificultad de identificar platos, fuentes y medias fuentes propios de este territorio por la importación de vajillas andaluzas, levantinas y toledanas; aunque reconoce unos platos y fuentes gruesos y toscos, típicos de la zona leonesa. De manera más escueta enumera una serie de vasijas, entre las que se encuentran la orza majadera, la olla de miel, pucheros y ollas, el botijo de Alar del Rey, el tarro de vino, la jarra de monja, el jarro de barba, el botijo de aguardiente, los cántaros, la cuartilla, los barreños y lebrillos, la olla de panadero, el herradón de ordeñar, las tinajas y el pitón o jarro de León.

Remata su texto con referencias generales a las arcillas y engobes usados, así como las faenas de trabajo para elaborar el barro, la labor en el torno, el barniz y el enhornado. Aunque no lo explicita, parece que las vasijas que ha visto y comenta en su trabajo proceden de las colecciones del Museo del Pueblo Español. Finalmente, pese a la brevedad de esta incursión en la alfarería popular, resaltan las alusiones a que se trata de una artesanía en proceso de desaparición y que ya en esos años se está viendo cómo se pierden algunos tipos de vasijas y también talleres.

Han de transcurrir dos décadas, hasta que surge la figura de Luis Cortés, para interesarse por las alfarerías del área salmantina. Uno de los grandes valores de este investigador es el trabajo de campo que realiza directamente en los centros de producción, observando y documentando la faena de los artesanos, hablando con ellos y considerando todas las labores que se han de acometer hasta la venta.

Su libro de 1953 está dedicado a los alfares salmantinos, en concreto de Alba de Tormes, Cantalapiedra, Cespedosa de Tormes, Peralejos de Abajo y Tamames de la Sierra, junto los de Ciudad Rodrigo, El Bodón, Vitigudino y Villavieja de Yeltes, que considera secundarios. Como extinguidos da los de Barruecopardo, Fuenteguinaldo y Salamanca capital. La aparente decadencia de esta artesanía queda anulada cuando compara la situación de entonces con la que reflejaba un siglo antes el Diccionario Geográfico de Madoz, por más que reconozca la escasa rentabilidad económica de esta dedicación.

Luis Cortés documenta que la alfarería «viva en una pureza y verdad, al par que en un primitivismo ejemplar, manteniendo sus usos domésticos y sin que se haya caído en seguir las demandas de los turistas u otras modas que la conduzcan a reducirse a elementos decorativos».

La descripción de los tipos elaborados en cada localidad permite distinguir cierta especialización y múltiples diferencias entre ellas. Explica, por ejemplo, cómo las piezas de Cespedosa son las mejores de la provincia para el agua, gracias a la porosidad de su barro, y de hecho para uso en el fuego se utilizan pucheros traídos desde Alba de Tormes y, sobre todo, Tamames. Al mismo tiempo, la vajilla de Alba es, por su vistosidad y decoración, la más utilizada en los servicios de mesa.

Pero la parte principal del estudio se estructura en torno a la elaboración de los cacharros (aquí destaca su preocupación por transcribir el léxico propio de cada localidad): recogida del barro (propiedad de las vetas y manera de extracción), preparación (oreado, molienda, sobado, colado), modelado (llega a controlar el tiempo que toma un alfarero habilidoso para realizar un cántaro), decoración y vidriado (destaca cómo en Cespedosa, aunque el general de la decoración es exclusivamente vegetal, una alfarera se sale de la norma e incluye el dibujo de una pájara), secado y cochura (incluye un interesante ejemplo del tipo y número de piezas que se colocan en una hornada de un alfar de Alba de Tormes) y termina con la venta de los cacharros (refiriendo las vías de salida y los mercados principales de cada centro). En este último punto plantea temas como la ventaja de disponer de ferrocarril en la localidad, el caso de la cooperativa fundada en Alba de Tormes y la falta de almacenes donde guardar la producción (lo que obliga a vender con rapidez para dejar sitio en el taller para la siguiente hornada), la importancia de acudir a las romerías para dar salida a su mercancía. Muestra además el repertorio de vasijas hechas en los alfares salmantinos, marcando las particularidades que diferencian a cada localidad.

Otra de las facultades del libro es el amplio apéndice fotográfico (junto a dibujos), de enorme riqueza testimonial y gran detalle en lo que hace referencia a los numerosos aspectos tratados. La calidad de la obra representa un enorme salto cualitativo en los estudios cerámicos y marca una referencia fundamental para toda la península ibérica.

Al año siguiente, en 1954, aborda Luis Cortés su estudio sobre Pereruela. Comienza destacando la continuidad en este «pueblo enteramente alfarero» desde al menos el siglo xix, con distintas alusiones históricas a sus cacharros, pero pasa enseguida a centrarse en lo documentado en el pueblo zamorano gracias a su trato directo con las alfareras. Al hablar de las piezas trabajadas, destaca que para los recipientes que han de contener agua los vecinos recurren a cerámicas traídas de fuera, en especial de Moveros, lo que refleja la existencia de una especialización que atribuye al tipo de arcilla y también al procedimiento de trabajo (el urdido).

Sus referencias al reparto de tareas entre las mujeres y sus maridos resultan sumamente interesantes por su discrepancia con lo que ocurre en los alfares salmantinos y por la necesidad de que exista una unidad familiar para desarrollar todas las fases de la producción, a costa de que la mujer sin marido deba vender sus cacharros en crudo a quienes disponen de horno. Destaca además que esta artesanía, pese a su generalización, recibe una dedicación ocasional que se somete a la prioridad de las faenas agrícolas y al clima. Se refiere al aprendizaje del oficio y describe con minuciosidad el modo de trabajo, acompañándolo además de abundantes fotografías, desde la extracción de la arcilla a la comercialización de los cacharros (incluye dibujos de los cacharos que hacen, así como de la rueda y el horno).

El apartado dedicado a la venta de los cacharros señala atinadamente las zonas hasta donde llega la venta directa y da pie a una crítica sobre los perjuicios que para los locales supone la reventa que se hace de sus productos desde Zamora capital para distribuirlos por buena parte de España.

El interés por las alfarerías femeninas lleva a Luis Cortés hasta Moveros en 1958, donde encuentra similitudes con Pereruela en el modo de trabajo, si bien «Moveros representa un estadio más avanzado y sumamente notable». Su principal diferencia se daría en el repertorio de piezas volcado solo en las dedicadas al agua, puesto que no aguantan la exposición al fuego. El esquema de este trabajo es similar al de los anteriores, organizándose en torno a las faenas de trabajo.

Tras estos estudios notables y pioneros, deja Luis Cortés de ocuparse de las alfarerías hasta que en 1987 edita un nuevo libro que en esta ocasión aprovecha lo realizado anteriormente, lo actualiza y lo amplía hasta la provincia de León. Por más que pertenezca a un contexto historiográfico distinto, no podemos dejar de incluirlo junto a las otras obras del mismo autor, puesto que su método de trabajo sigue siendo idéntico al de años antes, con abundante trabajo de campo y visitas a los artesanos en sus obradores (que fecha en 1974, 1976 y 1982). En este momento, la situación ha cambiado para la alfarería y señala «la decadencia acusada de la actividad alfarera en toda la región, y ello, aunque parezca paradójico, en el momento en que más atención se le presta, mayor simpatía suscita y, lo que es más importante, resulta remuneradora y goza de una consideración artística de la que, sin duda, no gozó en modo alguno en el pasado». Lo que en sus artículos de los años cincuenta era un reconocimiento del auge de la alfarería salmantina en relación al pasado siglo xix, queda convertido en 1981 en un lamento por una artesanía que se agota y desaparece con la muerte de sus últimos artífices. Aparte de las referencias a la disminución del número de alfares, realiza varias alusiones al movimiento de alfareros e identifica el origen de la alfarería de Venialbo en la localidad de Cantalapiedra, de la de Carrizo de la Ribera en Jiménez de Jamuz y de la de Villar de Peralonso en Peralejos de Abajo.

Comienza creando dos grandes bloques en su obra y separando las alfarerías femeninas que encuentra en solo tres localidades zamoranas del resto de talleres, con torno alto y trabajo masculino. Y, dentro de esas secciones, sigue su habitual desgranado de las tareas alfareras. Todo, como siempre en Luis Cortés, con abundante apoyo gráfico y un apéndice con vocabulario alfarero.

Un eslabón perdido del estudio de la alfarería regional es la tesis de Ignacio Sánchez López sobre el habla de Medina del Campo (Valladolid) realizada en 1965. Uno de sus capítulos estaba dedicado al alfar local y solo quince años después vio la luz esta parte en la Revista de Folklore. Cuando realizó su trabajo de campo aún encontró en activo a dos artesanos. Recoge los detalles del proceso de trabajo desde la recogida del barro a la cocción y describe brevemente las piezas que salían de esta localidad. Ilustra todo lo relativo al trabajo del alfarero y a los tipos de vasijas. Se alude también a la comercialización y a las causas de su declive frente a la competencia de otros alfares.

2. El reconocimiento de la alfarería popular en España

Pese a la aparente prosperidad que veía Luis Cortés en la alfarería durante los años cincuenta, los años sesenta marcan un acentuado punto de inflexión que está determinado por el éxodo rural y la modernización de España. Parece que en todo ello fue determinante el Plan de Estabilización de 1959, cristalizando en el segundo lustro de los sesenta y el primero de los setenta, cuando se transforma radicalmente la estructura agraria del país y se introducen muchas novedades en las hasta entonces bastante estacionarias comunidades rurales. Muchos alfares se abandonan ante el empuje de nuevos materiales como el plástico y del uso de butano en la cocina. En este contexto surge el interés por coleccionar piezas de cerámica tradicional y por estudiar los alfares.

A partir de los años setenta se aprecia un cambio en la percepción y la valoración que se tiene de la cerámica. Un buen ejemplo de ello, y que sobresale especialmente por la escasez de publicaciones previas, es el trabajo de Josep Llorens Artigas y José Corredor-Matheos editado en 1970. A pesar de abarcar toda España, destaca por abordar un extenso trabajo de campo que lleva a los autores (y al fotógrafo Francesc Català Roca) por numerosos alfares. En tierras castellanas y leonesas reseñan los de Alba de Tormes, Tamames de la Sierra, Cespedosa de Tormes, Cantalapiedra, Peralejos de Abajo, Ciudad Rodrigo, El Bodón y Vitigudino (Salamanca); Moveros, Pereruela, Carbellino, Toro y Venialbo (Zamora); Alaejos, Arrabal de Portillo y Peñafiel (Valladolid); Astudillo (Palencia); Jiménez de Jamuz (León); Cebreros, Piedrahita y Tiñosillos (Ávila); Tajueco (Soria) y Aranda de Duero (Burgos).

Su exhaustivo repaso a los centros de producción aún activos en esos años les conduce a elaborar un estado general que recoge, de manera desigual según las localidades, tipos de vasijas producidas, motivos y técnicas decorativas aplicadas y datos sobre la comercialización de las piezas. Se alude a alfareros concretos, con los que han tenido contacto directo, y se valoran los cambios producidos en los últimos años en el tipo de productos elaborados. Así ocurre, por ejemplo, con Francisco García Martín que es el único alfarero de Tamames de la Sierra que ha introducido motivos decorativos (en una localidad donde lo normal son los cacharros lisos), lo que —dice con orgullo— le valió en 1943 un diploma de honor de la Delegación de Sindicatos.

Entre sus valoraciones en torno a la situación de la alfarería, para el caso de Alba de Tormes afirman que el paso del tiempo desde 1953 (momento del estudio de Luis Cortés) ha hecho que las vasijas ya no hayan sido «creadas por el pueblo y para el pueblo», sino que su destinatario principal ha cambiado. Y un poco más adelante aluden a Aniano Pérez Gómez, a quien pertenecían piezas que habían visto en unos grandes almacenes madrileños. Las novedades han determinado que tipos antes solo elaborados por encargo pasen a ser muy demandados por el turismo (como la jarra de trampa y la botella de mesa en Tamames) y también una evolución hacia el mayor abarrocamiento y complicación de las piezas. Para Arrabal de Portillo llegan a decir que los tipos producidos son similares a los de otros muchos alfares, independientemente de su localización: la misma «artesanía que tan bien conocemos por verla repetida por todas partes». Inciden en lo negativo de estas piezas hasta el punto de afirmar que «resulta casi increíble cómo pueden llegar a difundirse tantos objetos de tan mal gusto».

En cualquier caso, lo más ostensible es, en el caso de las localidades salmantinas donde es posible comparar con lo que Luis Cortés encontró en 1953, una desoladora disminución del número de alfares que apuntaba a su inminente desaparición.

También en 1971 un equipo de especialistas, dirigidos por Rudigüer Vossen, realiza un abundante trabajo de campo por toda España (subvencionado por la Fundación Alemana de Investigaciones Científicas) que cristaliza en una exposición que tuvo lugar en el Museo Etnológico de Hamburgo en 1972. Fruto de todo ello fue la recogida de una colección de unas 3.000 piezas, que hoy se conserva en ese museo. Al mismo tiempo, el éxito de su labor les permitió continuar en 1973 y que los resultados vieran la luz en un libro de 1975.

Su Guía de los alfares de España reconoce 233 centros alfareros activos en toda España en 1973, de los que 28 corresponden a la actual Castilla y León. El contenido se reduce a un listado de los artesanos que trabajan en cada localidad, con una breve reseña que describe su producción y fotografías de algunos de los artífices o sus labores.

Incluyen un informe sobre la situación de la cerámica popular española, en el que destacan el elevado valor de esta manifestación de arte popular y reseñan algunas causas de su situación crítica, puesto que «el número de alfares está disminuyendo tan aceleradamente que España corre el riesgo de perder esta tradición artística y cultural en pocos años». Entre las causas, se incluye la competencia de productos industriales producidos en serie, la pérdida de valor utilitario de algunas vasijas, la inexistencia de apoyo oficial a esta artesanía, la grave situación económica y social de los alfareros que les lleva al abandono del oficio, la ausencia de centros de formación, el bajo nivel de precios de la mercancía y la escasez de museos con colecciones representativas del arte popular.

Con un carácter más divulgativo, aunque no exento de interés, puede considerarse la obra de Carmen Nonell. Basándose en la bibliografía previa, se centra en mencionar las producciones más características de los alfares localizados en Piedralavés (Ávila); Jiménez de Jamuz (León); Astudillo (Palencia); Alba de Tormes, Tamames, Ciudad Rodrigo (Salamanca); Segovia ciudad; Alaejos, Portillo (Valladolid); Moveros y Pereruela (Zamora). Las pocas vasijas que aparecen registradas en fotografías destacan su valor artístico por encima de otros aspectos. El carácter de esta publicación queda retratado en que, como el resto de guías editadas por Everest, fue declarada «Libro de interés turístico» por el Ministerio de Información y Turismo.

En 1976 presenta Natacha Seseña su estudio sobre los barros de España y recoge los centros conocidos indicando las características más significativas de sus producciones, tanto en formas como decoración. Se centra en Salamanca y Zamora, mientras que fuera de estas provincias se refiere sucintamente a los obradores ya desaparecidos. Una actualización de este trabajo sería su libro de 1997.

Igual que los libros anteriores, Emili Sempere presenta en 1982 una imagen general de las alfarerías españolas (en este caso sumando las portuguesas). Del mismo modo precede el repaso a los alfares de un análisis técnico sobre los modos de trabajo. En este primer apartado manifiesta una importante voluntad de organizar las alfarerías según diversos criterios que pueden influir en los tipos y morfologías que se producen en cada zona. Así, considera la composición y granulometría de las arcillas, la técnica de modelado y los diferentes hornos.

Los alfares recogidos repiten en parte el listado de Llorens y Corredor-Matheos, si bien incorporan Villar de Peralonso (Salamanca); Carrizo de la Rivera (León); Alaejos, Aldeamayor de San Martín, Valladolid ciudad, Tiedra y Tudela de Duero (Valladolid); Mombletrán (Ávila); Coca, Lastras de Cuéllar y Fresno de Cantespino (Segovia). Una vez más, se presenta en cada caso el listado de piezas elaboradas, junto a detalles sobre las características de los hornos y la procedencia de las arcillas utilizadas. En todas las localidades se presta atención a indicar la dirección donde se puede localizar a los artesanos. Tampoco faltan en ocasiones referencias a las zonas de comercialización ni las referencias a la situación de esta artesanía en los años previos a la Guerra Civil en muchas poblaciones, así como a centros recientemente desaparecidos.

Muchas veces se hace hincapié en señalar las relaciones entre alfares de distintas localidades, aunque sobre criterios formales y de aspecto, y solo excepcionalmente se llega a referir si ha existido movimiento de los artesanos. Tal sería el caso de un obrador de Aldeamayor de San Martín, de otro de la ciudad de Valladolid y de alguno identificado en Tudela de Duero, todos ellos surgidos a partir de Arrabal de Portillo. Lo mismo ocurre en el alfarero de Villar de Peralonso, que tiene su origen en Peralejos de Abajo (y resulta muy similar a Vitigudino) y en el de Carrizo de la Ribera, procedente de Jiménez de Jamuz.

En este trabajo, destaca la constante mención a la Feria de Cerámica de Zamora que en los años setenta se convirtió en un referente fundamental para encontrar a los alfareros y para dar salida a su producción, hasta el punto de «que los alfareros de esta zona se están percatando de la trascendencia de su trabajo y el descontento que se respiraba no hace mucho, está transformándose en esperanza en el futuro para unas cuantas familias».

3. Estudios locales y provinciales en los setenta y ochenta

El interés por la alfarería tiene su manifestación dentro de Castilla y León en tres vertientes distintas. Por un lado están los estudios locales nacidos de la mano de distintos eruditos, como Herminio Ramos o José Delfín Val; por otro hay publicaciones vinculadas al ámbito universitario y de instituciones científicas y, en tercer lugar, están los trabajos financiados o surgidos en torno al nacimiento de la autonomía de Castilla y León.

3. 1. Estudios de especialistas locales

El primero de los estudiosos locales es Herminio Ramos Pérez, que ve potenciado su papel en relación a la alfarería zamorana gracias a su cargo de concejal en la capital a partir de 1971, desde el que se hace cargo de los temas de cultura del Ayuntamiento. Ello le permite en 1972 organizar la primera Feria Nacional de Cerámica Popular, que se convierte en un modelo dentro del ámbito nacional.

Su primer libro, en 1976, lo dedica a las alfarerías activas de Zamora, que entonces eran las de Pereruela, Moveros, Venialbo, Toro, Carbellino, El Perdigón y Junquera de Tera. Un primer dato sobre el concepto que se tiene de esta artesanía se puede encontrar en el prólogo de Rosa Martínez de Lahidalga, donde se señala que han existido diferentes influjos que la cerámica ha ido recibiendo durante cerca de dos milenios, aunque «pese a estas y otras influencias registradas, la cerámica popular ha permanecido en su mayor parte a través de los siglos fiel, tanto en formas como en decoración, a la tradición y a la exigencia de los gustos locales». Por más que «sería erróneo pensar, sin embargo, que la colectividad y sus tradiciones han contribuido a hacer del arte popular un arte estático e impersonal». También Rosa Martínez destaca del libro cómo analiza las influencias estilísticas que se han ido incorporando al tiempo que se mantenían formas invariables durante numerosos siglos.

Reconoce Herminio Ramos que la alfarería se encuentra en un momento de incertidumbre tanto por los cambios que marca la moda en la producción como por el envejecimiento de los artesanos y la falta de un remplazo generacional. Propone dos soluciones: la creación de una Escuela de Cerámica en Zamora y la revalorización de los productos cerámicos. En su repaso a los alfares sigue un esquema semejante al de Luis Cortés, relatando las distintas fases de trabajo y describiendo las formas producidas, aunque con un mayor detalle en sus usos. En casi todos los centros aporta una interesante documentación de 1936 y 1940 sobre las familias o personas que manejaban la rueda y sobre los precios que tenían entonces algunos de los cacharros producidos, por más que estas referencias no pasen de eso, sin mayor valoración del poder adquisitivo o del coste de otros bienes en esas épocas. En el caso de Moveros, se anota la evolución en los precios con cinco referencias entre 1936 y 1975 y también cuenta con varias listas de las mujeres que trabajan en distintos años. En el caso de El Perdigón, destaca que se trate de un centro creado en 1946 por la llegada de artesanos de Cantalapiedra (Salamanca), según relata Gregorio Civicos.

Cuatro años después da continuidad a su obra con otro libro en el que explora los alfares de cuatro nuevas localidades: Cibanal de Sayago, Muelas del Pan, Fornillos de Fermoselle y el barrio de Olivares, en Zamora capital. Promete, para más adelante, un segundo volumen relativo a Bradilanes, Alcañices, Villalcampo, Villalpando, San Frontis, Pinillas y otros núcleos de los que solo ha recuperado escasísimas citas. Por desgracia, este trabajo prometido no llegó a editarse.

Los frutos sobre los alfares desaparecidos son más escuetos y se centran en referencias indirectas, ya sea a través del recuerdo de los vecinos más ancianos, ya por las vasijas que se han podido recuperar y que sirven para reconstruir la tipología de cada uno de los centros. Singular se presenta el caso del último alfarero de Cibanal, cuyo hijo se traslada a Fornillos y establece allí su taller, para después emigrar a Suiza en 1963 y abandonar definitivamente el oficio.

También del área zamorana resulta significativo el trabajo que en 1989 publica Juan Carlos de la Mata sobre la alfarería de Benavente. Junto a unas breves referencias históricas, rescata el recuerdo de los cuatro últimos artesanos que dejaron el oficio a mediados del siglo xx. Describe lo poco que ha podido saber de las técnicas de trabajo, hace inventario de la tipología producida agrupada por usos y menciona algunos detalles sobre la comercialización. Curiosamente, encontramos aquí la referencia al marcaje de las piezas con las iniciales de los autores.

Otro autor que surge en estos años es Ramón Manuel Carnero Felipe, centrado en lo relativo a Pereruela. Su primer trabajo significativo es un catálogo de su alfarería realizado con el apoyo del alfarero Víctor Redondo Tamame en 1986, que se centra en describir los procesos de fabricación y en recoger las formas producidas.

Para el caso de Ávila existe un estudio de 1983 que Pablo Torres, Carlos Laorden y José M.ª García Merino redactan con motivo de una exposición celebrada en el Hogar de Ávila en Madrid y que se divide, en función de sus tres autores, en apartados histórico, artístico y socioeconómico. Recoge los centros de Tiñosillos y Mombeltrán, con una producción tradicional, y Arenas de San Pedro y La Adrada, con una producción más cercana a la loza y la porcelana. Además se alude a las últimas hornadas que aún entonces realizaba Remigio Álvarez en Casavieja y a otros alfares abandonados ya en Barco de Ávila, Cebreros, El Tiemblo, Maello, Muñochas y Piedrahita.

Indican en cada centro los alfareros que se mantienen en el oficio, así como las formas que trabajan y algo del proceso de elaboración, en especial el tipo de horno usado. El estudio social de la alfarería alude a la edad de los artesanos, su formación, la maquinaria y la comercialización.

La escueta información de este trabajo se completaría con el texto que Carmen Padilla redacta en 1985. Recoge referencias históricas del catastro de Ensenada, de Larruga y Madoz, además de censos industriales del siglo xix y xx que reflejan la evolución de los distintos centros abulenses. A continuación, lo completa con documentación etnográfica fruto de visitas a Tiñosillos, Muñochas, Cebreros, Mombeltrán, Arenas de San Pedro, La Adrada y Casavieja. Presenta detalles sobre las características de los talleres y los hornos, el modo de trabajo y un amplio catálogo de piezas estructurado por usos (con dibujos y fotografías). Uno de los apartados más interesantes es el referido a las cerámicas vinculadas a fiestas y rituales, así como lo relativo a las bodas y a los cementerios.

Mercedes Cano aborda una perspectiva del conjunto de la artesanía vallisoletana a mediados de los ochenta en la que incluye un apartado sobre la alfarería tradicional. Pese a adoptar una visión de conjunto que le permite introducir datos sobre alfares de otras provincias limítrofes, expone elementos propios de los talleres de Arrabal de Portillo, Alaejos y Tiedra en relación con los procesos de trabajo.

Algo anterior es el libro de José Delfín Val sobre el mismo ámbito territorial. A partir de la transcripción de algunas charlas con los cacharreros de Arrabal de Portillo, explica todo el proceso de trabajo. Aparte, incluye otras entrevistas a los de Tudela de Duero, Tiedra, Valladolid y Alaejos. Recoge diversas alusiones a la comercialización de los cacharros de Portillo y a la evolución en los precios desde 1936. Uno de los elementos más interesantes es el inventario de los artesanos que en 1980 seguían trabajando el barro, con indicación de su origen familiar, continuidad y la ubicación del taller. Los tipos de vasijas se indican someramente, con explicación de su uso pero no de los alfares donde se produce.

También de la alfarería vallisoletana se ocupa en 1989 José Ignacio Romero, aunque con un enfoque fuertemente marcado por aspectos tomados de la geografía, como la ecología o la geología. Así, analiza las diferencias entre las arcillas de los distintos barreros de donde toman su materia prima los alfareros de Alaejos, Arrabal de Portillo, Tiedra, Tudela de Duero y Pedrosa del Rey. Otros apartados de su investigación se ocupan de la extracción y preparación del barro, del torneado (con especial atención a la realización del cántaro y el ánfora por parte de Fermín F. Rodríguez Ramos, de Alaejos), la decoración, el secado y la cocción. Incluye una «tipología básica» de las formas elaboradas, si bien sin marcar apenas diferencias entre los distintos alfares, salvo en el caso del cántaro.

Entre lo más interesante de sus conclusiones está la diferenciación entre los obradores de Alaejos y Tiedra, que siguen los modos tradicionales que se encontraban también en Pedrosa, y los de Arrabal, Tudela y Valladolid ciudad, que se habían modernizado (mecanización de la preparación del barro, torno eléctrico y horno de gasoil o eléctrico) y de ese modo tenían más posibilidades de garantizar su continuidad.

Para el conocimiento de las tierras sorianas resulta fundamental el trabajo que elaboró José María Martínez Laseca en 1983. Realiza un recorrido histórico por los alfares de Tajueco y Quintana Redonda, basado sobre todo en el catastro de Ensenada, y apunta los tipos de vasijas que se elaboran. A ello suma algunos comentarios sobre los centros desaparecidos de Almazán, Deza, Soria ciudad y Ágreda, amén de algunos datos sobre Boós y Matamala de Almazán, así como las cerámicas de nueva creación.

Una década después, José Luis Argente y Celestino Colín se sirven de los trabajos de Martínez Laseca y de Fernández Montes y otros para diseñar una exposición sobre la cerámica tradicional en Soria. Incluyen abundantes fotografías y desarrollan lo relativo a los alfareros con piezas de tipología actual (asentados en Soria capital y Pedrajas).

Datos para la alfarería segoviana se pueden encontrar en la Guía de la Artesanía de la Provincia de Segovia realizada por Ignacio Sanz, Luis Domingo Delgado y Claudia de Santos, donde reconoce un gran número de antiguos centros alfareros, si bien se centran en los alfareros que aún trabajan en Fresno de Cantespino y Coca, exponiendo cómo son sus talleres, la forma de trabajar y enumeran las formas producidas. Incluyen además el taller de Ignacio Sanz y Claudia de Santos en Lastras de Cuéllar.

También sobre Segovia hay una Guía de la Artesanía editada por el Ministerio de Industria y Energía en 1981, escrita por Alonso Zamora y M.ª Teresa Tardío. Se centra en las localidades con talleres activos, que son Fresno de Cantespino, Coca y Lastras de Cuéllar, para los que presentan imágenes de los artesanos y sus producciones. El texto señala los nombres de los alfareros, algo sobre su trabajo y las piezas elaboradas. También se recogen las fábricas de loza que desde mediados del xix ha tenido Segovia.

Para Palencia, se cuenta con el trabajo de Luis Gómez y Félix Pelaz editado en 1983. Reúnen los datos de mediados del siglo xix aportados por Miñano sobre los alfares y referencias tomadas de estudios previos. Lo más relevante es la información que proporcionan sobre los alfares de Félix Moreno en Astudillo, del que describen el taller y el modo de trabajo, y de Tomás de Prado en Guardo. Se incluye además información sobre los nuevos ceramistas de la provincia.

3.2. Estudios desde el ámbito universitario

El Museo de Artes y Tradiciones Populares, de la Universidad Autónoma de Madrid, se convierte desde 1975 en un motor de diversas investigaciones etnológicas, cuya principal manifestación es la revista Narria. Esta publicación va presentando desde su origen numerosos temas etnológicos, entre ellos la cerámica, organizados por comarcas y siempre con un enfoque científico (los trabajos son realizados por profesores y alumnos de la universidad). Entre 1978 y 1982 se editan varios artículos relativos a Castilla y León.

El primer trabajo que nos interesa es el de M.ª Isabel de Azcárraga y Serafín Rodríguez Limón sobre las alfarerías sorianas. Aunque identifica doce localidades donde hubo alfarería, se centra en los alfares de Tajueco (aún activo) y Quintana Redonda. Su estructura parte de señalar la evolución más reciente en el número de artesanos dedicados al oficio, algunas especificidades técnicas, las formas producidas y detalles sobre la venta y comercialización. En el caso de Tajueco, se reseña el abandono de algunas formas tradicionales y la incorporación de otras nuevas acordes a los gustos de los compradores.

El siguiente es el de M.ª Luisa González Pena sobre la cerámica de Astudillo, que reconoce como el único centro activo en toda Palencia. El trabajo tiene su origen en una entrevista al alfarero Félix Moreno. Describe el obrador y el proceso de fabricación, así como las piezas elaboradas. Jesús M.ª Corredera analiza la cerámica salmantina de Alba de Tormes y Tamames. A partir de la comparación de ambos centros, va detallando el trabajo que realizan los alfareros. Luis Cortés presenta las alfarerías de Pereruela, Moveros y Carbellino de Sayago en otro número. Sintetiza lo ya sabido por sus artículos anteriores y añade algunos datos de recientes visitas a los centros, sobre todo en relación con Carbellino. Alude a las características generales de las cerámicas y al modo de trabajo, todo ello de modo escueto.

El último de los artículos de Narria que nos interesa es el de Juan Gabriel Abad sobre los alfares de Aranda de Duero, en Burgos. Su minucioso estudio identifica artesanos desde finales del siglo xix, señala relaciones familiares, relaciones de aprendizaje y venta de uno de los talleres a un nuevo alfarero. Describe el estado de los obradores, el proceso de elaboración y las piezas principales, e incluye algunas notas sobre el reparto familiar de las faenas y la comercialización.

Un artículo de Concha Casado recoge en 1979 lo relativo a la alfarería de Jiménez de Jamuz, que reconoce como la única que se mantiene en la provincia de León. A partir del listado de olleros que trabajaban en 1752, constata que dos siglos después se mantienen en el oficio miembros de las familias Sanjuán y Peñín. Y también menciona cómo sus piezas constan en inventarios y en otras referencias relativas a toda la provincia de los siglos xviii y xix. Con cierta brevedad, alude a las piezas elaboradas y desgrana las características del modo de trabajo de este centro.

Años después, en 1995, Concha Casado realiza un catálogo para el Alfar-Museo de Jiménez de Jamuz (creado por la Diputación de León) para el que aprovecha datos de su antiguo trabajo. Además amplía el listado de piezas elaboradas y las ordena por usos. Pero lo más relevante es que añade nuevos datos relativos al gremio de alfareros de Jiménez (1945-1973) y sus iniciativas en relación a la comercialización de los cacharros.

En esta sección queremos incluir también el estudio que abordan Matilde Fernández Montes, M.ª Dolores Albertos y Andrés Carretero sobre la alfarería de los hermanos Almazán Romero, de Tajueco (Soria), en los años 1977 y 1978. Redactado a modo de informe, se estructura con datos de los informantes, características de los obradores, datos sobre las distintas fases de elaboración de los cacharros, esquema morfológico de las piezas producidas (tanto tradicionales como modernas) y apuntes sobre las condiciones sociales y económicas; amén de abundante documentación gráfica y un glosario de términos.

En 1987, se celebra en Toro una exposición sobre su alfarería que es el fruto de una beca de investigación concedida a Asunción Limpo y Carmen García Reyes por el Ministerio de Cultura. Pese a tratase de un escueto catálogo de exposición, con apenas algunos datos sobre la historia de los alfares y el proceso de trabajo, se incluyen fotos de las piezas más representativas. Para llegar a conocer mejor su trabajo de campo, realizado entre 1986 y 1987, es necesario acudir al artículo que ve la luz dos años después en el Anuario de Instituto de Estudios Zamoranos.

Se cuentan aquí detalles sobre los alfareros a partir de documentación histórica que se remonta al siglo xvi, con referencia a los contratos de aprendizaje y de oficial (en contraste con la estructura y organización familiar que tuvo en épocas más recientes). Describen con minuciosidad el alfar de Félix Rodríguez Vega, incluyendo informaciones sobre la evolución que tuvo desde finales del siglo xix, cuando pertenecía al bisabuelo del actual artesano. También con detenimiento recorren las varias faenas que implica el trabajo del barro desde la extracción de la arcilla, al modelado, la decoración y la cocción. En la tipología, las piezas van agrupadas en uso doméstico, agropecuario y lúdico-decorativo, desglosándose en descripción, decoración y acabado y refiriéndose las variantes de cada forma. Se alude finalmente a las vías de comercialización y los mecanismos de venta. La documentación gráfica es muy extensa y atinada.

Otra figura destacada para el caso vallisoletano es Primitivo González, que inicia su estudio de la cerámica preindustrial de esta provincia en 1975 (el trabajo de campo se concentra en los años 1977 y 1978), si bien no es hasta 1987 cuando lee su tesis doctoral (publicada dos años después). La visita a diecisiete localidades le permitió entrevistar a 26 alfareros y a 13 familiares.

Comienza con un repaso histórico de todos los centros alfareros documentados en la provincia utilizando el catastro de Ensenada, los diccionarios del siglo xix y los censos industriales del siglo xx. Se explican las formas elaboradas, lo que queda de los obradores y las relaciones entre los distintos centros e incluso, si puede, familiares entre los distintos ceramistas. Si además siguen activos, se extiende en detallar las faenas de su labor y la evolución que se ha dado en su producción. Destaca la abundancia de fotografías de los cacharros y las tomadas durante el trabajo de los cacharreros.

El siguiente apartado se ocupa de los alfares: su organización productiva y la estructura arquitectónica. Comienza haciéndolo de manera bastante general, si bien pasa luego a incluir planimetría y descripciones más detenidas de Alaejos, Ataquines, Mota del Marqués, Nava del Rey, Pedrosa del Rey, Peñafiel, Arrabal de Portillo, Tiedra, Tordesillas y Valladolid. Lo mismo hace con las fases de elaboración de las vasijas, a partir de una descripción general con imágenes del proceso de torneado de diferentes formas; terminando con una gráfica comparativa entre los distintos alfares en relación a la extracción de arcilla, la preparación de la pasta, las características de los tornos, las decoraciones y el vidriado aplicados, la cocción y la comercialización. Este último asunto merece además un capítulo propio.

La parte más extensa del libro se ocupa de los tipos producidos, agrupados por usos e incluyendo fotografías de los modelos pertenecientes a los distintos alfares. En sección distinta trata las lozas, refiriéndose tanto a las fábricas como a sus catálogos, y las cerámicas vallisoletanas que se vidriaban en el País Vasco. También otro capítulo se dedica a las figuras de barro realizadas en Valladolid para los nacimientos. Un apartado más se ocupa de lo relativo a la fabricación de ladrillos y tejas, aunque eso queda fuera de nuestro estudio.

3.3. Los estudios con vocación regional

Los estudios regionales tienen como principal figura a Ignacio Sanz. En 1983 publicó la Guía de los alfares de Castilla y León, un estudio financiado por el Consejo General de Castilla y León. Dedica una primera parte a las técnicas generales de elaboración de los cacharros, incluyendo ritos y oraciones que se realizan antes de la cochura.

Traza un panorama de la alfarería regional y explica con cierta desazón que, pese al espejismo del interés por la cerámica tradicional a principios de los setenta, eso ha pasado ya y el declive de los obradores es inexorable. Junto a lo anterior, alude al surgimiento de una nueva generación de ceramistas, casi todos formados lejos de su tierra (ya sea en Salamanca, Barcelona o Madrid), que emplean técnicas más modernas e introducen formas y decoraciones nuevas más acordes con las demandas urbanas. Señala además la trascendencia que las ferias (con la pionera de Zamora en 1972) han tenido en el resurgimiento de esta artesanía al facilitar la venta de buena parte de la producción de muchos centros.

A partir de esta larga introducción va recorriendo, provincia por provincia, las diferentes localidades donde aún se mantiene el oficio del barro. Su estudio se basa en las entrevistas directas con los artesanos, que le informan de técnicas y producción, además de relaciones entre centros (Arenas de San Pedro deriva de Mombeltrán, en Ávila, y tiene una fuerte influencia de Puente y Talavera, mientras que el de Coca procede de Jiménez de Jamuz, por ejemplo), o de antiguos alfareros con reconocimiento local (Higinio Moreno es uno de ellos, en Aranda de Duero). Pese a que su visión de cada alfar es bastante breve, por necesidades de ocuparse de todos los alfares, en el caso de los zamoranos se extiende más que en el resto.

La visión que presenta Ignacio Sanz permite apreciar el estado general de la alfarería regional en esos años, donde se constata con claridad cuáles son los talleres que están abocados a la extinción y cuáles los que mantienen mayor estabilidad gracias a su modernización. La sensación general de caducidad se aprecia con fuerza cuando explica que Félix Moreno, de Astudillo, se jubila ese mismo año 1982 sin contar con continuadores y más cuando enumera todas las piezas que realizó para esa última hornada (5.300 en total).

Un pequeño coletazo de esta obra es el Mapa de la alfarería tradicional de Castilla y León, editado en 1989, que incluía una breve introducción donde se resumen las piezas más características de los alfares tradicionales más conocidos de Castilla y León. La parte esencial es el inventario de esas formas, 43 en total, junto a un dibujo realizado por Jesús Carlos Espinosa.

Singular resulta la labor de la Asociación Deportiva Cultural Michelín, de Aranda de Duero, que en 1979 organizaba su I Exposición de cerámica popular. De esa actividad surge tres años después la publicación de Juan Gabriel Abad.

Su trabajo comienza con la descripción de la técnica alfarera en Castilla y León, para lo cual, pese a darse peculiaridades en cada zona, reconoce la existencia de varios autores que ya han realizado esta tarea. Él decide aportar datos generales, pero teniendo como referencia principal a la familiar Herrera, de Aranda. Menciona la fama que ha ganado en los últimos años la tierra de Pereruela, que se utiliza mezclada con la propia en muchas otras localidades de la región. Además, en el apartado de las arcillas, refleja la importancia que tiene su color para diferenciar algunos centros.

A continuación pasa a recorrer provincia por provincia, cada una debida a distintos autores. Van reseñando los distintos alfares que subsisten, con unos pocos datos sobre las formas producidas, las condiciones del taller y algo sobre el aprendizaje del oficio. No obstante, allí donde escasean los cacharreros se recurre a hacer un repaso sobre lo que hubo algunos años antes. Termina la obra con un glosario de términos alfareros.

Otro foco desde donde se ha generado un interés por la alfarería desde el punto de vista regional ha sido la colección etnográfica que se formó en la Caja de Ahorros Provincial de Zamora, de la mano de Carlos Piñel. Su manifestación más clara fue la exposición celebrada en 1983 en Zamora bajo el título «Cerámica Popular de Castilla y León».

En la introducción del catálogo de esta exposición, Piñel incide especialmente en el carácter cambiante y variable de las producciones alfareras, sometidas a las necesidades funcionales de cada momento y a la disponibilidad del material con que se fabrican. Otro punto importante en su texto es la reivindicación de que se cree un «Museo de Alfarería Regional en Zamora», y en esta ciudad y no en otra por —dice— el apoyo que a esta artesanía realiza la Feria de San Pedro y la existencia de la colección que la Caja de Zamora ha ido adquiriendo.

En el catálogo, además de Piñel, participan el equipo Adobe, Teresa Tardio Dovao, José Noriega y Primitivo González. Todos ellos hacen un repaso rápido por los centros alfareros conocidos, contemplando los desaparecidos y los que aún subsisten con mayor o peor fortuna. Se aprecia la escasez entonces de estudios relativos a las provincias que no había recorrido en su momento Luis Cortés.

En 1982, la colección de la Caja de Ahorros de Zamora también sirvió para una exposición de cerámica zamorana, con un breve catálogo realizado por Carlos Piñel, que al año siguiente viaja a Valladolid y Portillo. Una década después, este autor recupera lo relativo a Zamora, y en realidad a toda el área leonesa, en su libro La Zamora que se va.

En 1991, la entonces Consejería de Cultura y Bienestar Social organizó una exposición en Valladolid con obras de alfarería regional que había ido adquiriendo, a través de la Dirección General de Deportes y Juventud, con motivo de la Muestra Joven de Folklore de 1990 y 1991. Recogía un número variable de piezas de reciente factura (desde dos a nueve) de cada centro mostrando distintas formas elaboradas en ellos. Las seleccionadas eran dieciocho localidades: Mombeltrán, Tiñosillos (Ávila); Aranda de Duero (Burgos); Jiménez de Jamuz (León); Astudillo (Palencia); Alba de Tormes, Cespedosa de Tormes y Villar de Peralonzo (Salamanca); Coca, Fresno de Cantespino (Segovia); Quintana Redonda, Tajueco (Soria); Alaejos, Arrabal de Portillo, Tiedra (Valladolid); Moveros, Pereruela y Toro (Zamora).

La última gran manifestación de una política regional que pretendía la documentación de los alfareros y, en este caso, de los artesanos en su conjunto fue la redacción de la Guía de la artesanía de Castilla y León. Esta colección de nueve tomos, uno por provincia, fue dirigida por Ignacio Sanz y editada por la Consejería de Economía y Hacienda.

4. Estudios a partir de los años noventa

En este momento se detecta un enfriamiento del entusiasmo que la alfarería generó en las dos décadas anteriores. En parte puede deberse a que los alfares que se estaban agostando en esos años terminaron por desaparecer con la muerte de sus artífices, lo que oscureció el panorama general de la alfarería. El interés que despertaba el trabajo de aquellos últimos testigos de una época se desvaneció con ellos, mientras que los que sobrevivieron lo hicieron a costa de adaptarse a las demandas nuevas y a los gustos estéticos del momento, al tiempo que mejoraron las condiciones de su trabajo y las herramientas. Ello no quiere decir que dejase de estudiarse la alfarería, si bien al desaparecer la premura por querer documentar algo que parecía perderse irremediablemente, cambió el enfoque y disminuyó el número de trabajos generados.

Como iniciador de esta etapa, cabría colocar el estudio que los antropólogos Mariana Brando y José Luis González editan en 1990 sobre la alfarería de Jiménez de Jamuz, al que titulan «Alfarería popular leonesa». De forma esquemática van describiendo las características de los alfares y el procedimiento de elaboración de los cacharros, continuando con un detallado y amplio listado de formas, con sus particularidades y dibujo o fotografía. Se finaliza con un escueto apartado sobre la economía del oficio, en relación a la obtención de las instalaciones, herramientas y materias primas, además de a la comercialización; y otros dos sobre las condiciones de trabajo y el aprendizaje del oficio y su consideración social. Todo el trabajo se centra en el momento es que se realiza la investigación, sin mayores consideraciones históricas.

Quizá de mayor peso es otro estudio monográfico, en este caso sobre Alba de Tormes, elaborado en 1991 por M.ª Victoria Bofill, Luciano Hernández y Gloria Latre. Sigue el esquema clásico de ir desgranando los detalles del trabajo de los alfareros, con una especial atención a la realización de decoraciones, y mostrar las cacharros que se elaboran. Pero, además, desarrolla con cierto detenimiento el análisis de la organización familiar del trabajo, con las genealogías de las familias Pérez y Dueñas, la comercialización y particulares costumbres y tradiciones.

En la parte relativa a la tecnología, se opta por reflejar los procedimientos tradicionales, aunque a sabiendas de que, «de las tres generaciones de alfareros que conviven en Alba, la más joven, no solo no utiliza los viejos métodos, sino que en muchos casos los desconoce». La información recogida sobre el terreno es además comparada con los datos recogidos por Luis Cortés a principios de los años cincuenta y también con las novedades modernas. La importancia de encontrar una referencia tan minuciosa relativa a cuatro décadas antes resulta de una enorme utilidad, como se ve —por su ausencia— en el caso de las piezas negras con baño de manganeso.

En todo caso destaca el trabajo realizado con las entrevistas a los alfareros que, además de recogerse íntegras en un apéndice, se van incorporando parcialmente a lo largo del texto. También la parte gráfica es muy significativa, recogiendo multitud de detalles sobre los procesos seguidos en el trabajo.

Se incluyen consideraciones sobre cómo la disminución de la demanda ha ido influyendo en aspectos como el abandono o reforma de los hornos más grandes, igual que en la adopción de hornos industriales. La tipología de vasijas se divide entre formas tradicionales y nuevas, dividiendo las primeras en función de su uso: para consumo y conservación de alimentos; para transporte y consumo de líquidos, para el fuego y para usos diversos. Su descripción se acompaña de fotos y dibujos.

Cuando se habla de las formas nuevas, en el botijo de torre y en el de toro se exponen diferencias en los tipos y las decoraciones según los artesanos o las familias que los realizan. No obstante, no se hace lo mismo en el resto de formas ni tampoco al tratar los motivos decorativos pintados con el aguamanil. Excepcional resulta una referencia a que una variedad de orla de semicírculos es típica de Lorenza Domínguez y otra sobre una cenefa de flores-mariposa característica de Bernardo Pérez.

Rosa M.ª Lorenzo repasa los alfares salmantinos en 1999, tras un largo trabajo de campo y de investigación archivística que se inició en 1986. Como en otros trabajos, es el contacto con los alfareros y sus allegados lo que depara mayor cantidad de información. Pero también los registros parroquiales, las ordenanzas y censos y protocolos notariales le han brindado numerosos datos. A lo anterior se sumó un rastreo de cacharros a través de los museos y además se emprendió una excavación arqueológica en el barrio alfarero de los Olleros en la ciudad de Salamanca.

La documentación histórica ha sido en especial relevante para el caso de la capital salmantina, pues ha permitido reconstruir condiciones de vida de algunos de los alfareros y las condiciones del aprendizaje, las normas del gremio y el funcionamiento de su cofradía, pero también la historia del barrio de los Olleros. Se han obtenido datos sobre las condiciones del trabajo y las características de su producción y comercialización.

Recorre a continuación los centros alfareros de la provincia, donde reproduce el esquema seguido en el primer capítulo del libro, aunque aquí con menor disponibilidad de fuentes históricas. Sin embargo, no entra en profundidad en las informaciones etnográficas, por más que estas tengan su reflejo en un rico apartado gráfico. Al hablar de cada uno de los alfares principales, destaca los muchos artesanos que partían de ellos para fundar sus nuevos talleres en otras localidades salmantinas, pero también de Ávila y Valladolid.

De gran interés resultan así mismo las gráficas comparando las técnicas de trabajo y las vasijas producidas en todos los centros alfareros, así como el apartado tipológico con gran número de fotografías con vasijas de los distintos talleres. Y lo mismo cabe destacar de los listados con los datos de todos los artesanos que ha ido encontrando a través de las diferentes fuentes desde el siglo xvi al xx.

En relación con Alba de Tormes, hay que referirse al artesano Bernardo Pérez Correas, alfarero y descendiente de alfareros que trabaja como profesor en el Centro de Cultura Tradicional de Salamanca. Sus trabajos toman como base las formas y decoraciones tradicionales, pero las desarrolla para adaptarlas a lo actual con una finalidad esencialmente artística. Lo traemos aquí porque ha quedado constancia de su labor en numerosos catálogos de exposiciones y en un libro de 2002.

Capítulo aparte merece el catálogo de la exposición «Las alfarerías femeninas», organizada en el Museo Etnográfico de Castilla y León (Zamora) en 2006. Aúna esta obra un gran número de elementos de investigación, de distintas épocas y distintos investigadores, que incluyen entrevistas, fotografías y diversos datos históricos. Se efectúa así, con una intención divulgativa, una síntesis de los trabajos anteriores sobre los alfares zamoranos de Muelas del Pan, Pereruela, Carbellino y Moveros. A ello se suma el catálogo de vasijas que con tal procedencia se guardan en el Museo.

También peculiar es el trabajo realizado por José Arias Canga en 2009, dedicado a la alfarería en el reino de León y que Antonio Bonet Correa define como «científico y literario». Se estructura separando las alfarerías femeninas y las masculinas y, pese a su voluntad de centrarse en las provincias de León, Zamora y Salamanca, en el primero de los apartados se permite ampliar sus límites para incluir los centros portugueses de Pineal (Bragança) y Malhada Sorda (Guarda). Aúna el trabajo de campo realizado a finales de los años ochenta con la documentación actual de las producciones cerámicas de cada centro, sumado a datos históricos que copia sobre todo de Moratinos y Villanueva y a otros etnográficos tomados de Luis Cortés, Herminio Ramos y Rosa M.ª Lorenzo.

De su recorrido por los alfares del área leonesa, queremos reseñar su llamada de atención sobre el fuerte desconocimiento que existe de los alfares de Benavente, Ponferrada, Villafranca del Bierzo y Sahagún.

El estudio de Carlos Porro en la provincia de Palencia conjuga el rastreo documental histórico con el intenso trabajo de campo dirigido a los alfareros y sus familiares, junto al análisis de colecciones de particulares y museos. Sus resultados permanecen todavía en buena medida inéditos, si bien podemos conocer su metodología de trabajo y los objetivos según se plantearon en los años 1997 y 1998.

Las intenciones iniciales se centraban en identificar todos los alfares que fuera posible, su método de trabajo, las características de las viviendas y talleres, la definición de las producciones y lo relativo a su comercialización; además de reconocer piezas llegadas a tierras palentinas desde otros alfares. En todo ello resultaba especialmente representativa la información que depararon los alfares de Astudillo, con el de Félix Moreno ocupando un lugar destacado.

En 2004 se publica la tesis doctoral de Agustín García Benito sobre la cerámica tradicional de Peñafiel. Su investigación tiene la peculiaridad de que estamos ante el trabajo de un artista que en 1983 pasó a ser aprendiz del último alfarero que había existido en Peñafiel, Pablo Curiel, para intentar recuperar la alfarería de esta localidad. Lo que comenzó con la intención de reabrir un alfar terminó sirviendo una abundante información que de este modo aporta un punto de vista original e inusual en otros estudiosos. En el libro, a lo largo de todo el texto va intercalando comentarios recogidos en sus entrevistas que reflejan la opinión y pensamientos de los alfareros y sus familiares en relación a cada uno de los temas que se van refiriendo.

Inicia su obra con un censo de alfareros, recogiendo los ocho primeros nombres citados del catastro de Ensenada. Pero la parte más interesante se encuentra a partir de mediados del siglo xix, momento en que comienzan a menudear los censos y cuando se ponen de manifiesto las relaciones familiares entre ellos. Llegado este punto, no se limita a elaborar el árbol genealógico, sino que reconstruye en la medida en que lo permiten los recuerdos de los familiares el aprendizaje de cada uno y la forma de trabajo (rastrea las familias Curiel y Calderón).

Continúa con la arquitectura de los alfares, describiendo todos los que han existido en el siglo xx no solo en estructura, sino con alusiones directas a cómo se organizaba el trabajo en cada espacio. Añade planos y fotos. El siguiente apartado es el de los terreros, a lo que añade análisis de las arcillas y referencias a sus propiedades y defectos visibles en las piezas ya cocidas. En los procesos de fabricación, contempla desde la recogida de la arcilla al deshornado, con un apartado independiente dedicado a la decoración de las piezas (señalando los motivos que realizaba cada una de las mujeres que los pintaban). En todas las fases se acompaña de fotografías con detalles del trabajo, las herramientas y las piezas trabajadas.

Al llegar a la parte dedicada a la tipología de las vasijas que se elaboraban, comienza considerando cómo ordenaban los tipos tanto quienes las usaban como quienes las hacían (y lo hacen destacando las que más usaban o las que más hacían), y opta por organizarlas por su función. En cada uno de los cacharros se señala una descripción, el proceso de elaboración y las huellas que deja, la relación entre forma y función, las costumbres relacionadas y las posibilidades de reciclaje. Se señalan además las diferencias que pueden existir en un mismo tipo según quién sea su artífice.

Cuando se aproxima a la venta de los cacharros tiene muy en cuenta que es el cliente quien determina en cada momento las formas producidas, por más que el alfarero adapta los requerimientos a su forma de trabajo. Se refiere la venta ocasional y los encargos en el propio obrador junto a lo que salía a través de los revendedores, sin descuidar la llegada de piezas de Arrabal y Tudela que se complementaban con lo producido en Peñafiel. Esa llegada de piezas de estos otros centros y el cambio de los gustos se vincula con la decadencia de los alfares locales. Se incide especialmente en las condiciones de trabajo de los revendedores o cargueros, recogiendo además el nombre, relaciones familiares y rutas de varios que trabajaron en el siglo xx.

Manuel Moratinos y Olatz Villanueva abordan en 2006 el estudio histórico de las alfarerías zamoranas de Muelas del Pan, Pereruela de Sayago y el barrio de Olivares en Zamora. El principal aporte procede de añadir, a la habitual utilización de referencias históricas y etnográficas, una documentación histórica inédita que recuperan de los archivos históricos provinciales de Zamora y Valladolid, del de la Real Chancillería y del General de Simancas, aunando censos, inventarios y ordenanzas municipales.

Remontan de este modo las alfarerías tradicionales de estos centros hasta fechas de los siglos xv y xvi (en el caso de Zamora capital hasta 1279), recogiendo datos que permiten establecer un continuum hasta la actualidad o la desaparición de estas alfarerías. Aunque no son muy precisas, no faltan referencias históricas sobre las formas que se elaboraban en tiempos pasados y sobre la arriería en Muelas, que en ocasiones realizaban los propios alfareros. Se incorporan además anexos con listados de los alfareros existentes en 1752 con detalle, en el caso de la ciudad de Zamora, de los bienes que poseían.

Otros trabajos de 2002, 2004 y 2005 realizados por estos mismos autores hacen hincapié en similar recuperación histórica de los alfares de Benavente y Toro.

El último libro que se ha sumado a esta lista es la reciente publicación sobre el obrador de la familia Fernández, en Baltanás (Palencia), realizado por Enrique Echevarría, José Fernández Alejos y Cristina Valdivieso. El gran mérito de estos investigadores reside, siguiendo el esquema habitual de indagar en la historia de la alfarería en la localidad, en su forma de trabajo y la tipología de su producción, haber recuperado para el conocimiento general un centro casi olvidado y del que apenas existían referencias.


Prospectiva

Uno de los primeros puntos que queremos destacar es que la situación que han deparado las décadas pasadas de investigación es un intenso trabajo sobre los alfares del «reino de León». Desde los primeros trabajos de Luis Cortés, los centros mejor conocidos han sido los de Jiménez de Jamuz, Alba de Tormes y los de alfarerías femeninas zamoranas. En el resto de provincias, las incursiones han sido más esporádicas y genéricas, lo que ha dejado un amplio terreno sin conocer en profundidad.

Ya en 1976 escribía Natacha Seseña que «León y Castilla la Vieja presentan en la actualidad una escasa densidad alfarera. Se tienen pocas noticias de que en el pasado la situación fuera distinta. La excepción la constituye la provincia de Salamanca por la riqueza y abundancia de centros y Zamora a causa del interés etnográfico de su alfarería femenina».

Lo cierto es que en todas las provincias se encuentran al menos una decena de villas donde en algún momento de los últimos tres o cuatro siglos han existido alfareros, si bien en la mayoría de los casos su conocimiento se reduce a menciones escuetas. En realidad, muchas provincias han sido de hecho poco exploradas. Así, por ejemplo, en tierras leonesas un repaso al Diccionario de Madoz permite añadir a las villas alfareras señaladas por Luis Cortes y José Arias otras nuevas: Bembibre, León ciudad y Ocero. La misma indagación se puede hacer en otras provincias y así en Burgos, una de las más desconocidas, descubrimos menciones a alfares en Belorado, Miranda de Ebro, Munilla (Valle de Valdebezana), Robledo de las Pueblas, San Martín del Rojo (Manzanedo), Santa Inés y Villanueva Carrales (Alfoz de Bricia). Y eso acudiendo a una sola fuente de un momento histórico concreto.

Un rápido vistazo al elevado número de centros que aparecen citados en la bibliografía actual, por más que en muchos casos no se haya encontrado más testimonio que la sucinta mención a la existencia de cacharreros en diversas épocas, ya manifiesta que se ha polarizado el interés en unos pocos lugares.

Las muchas localidades con alfareros que existieron, unido a las relaciones que se establecieron entre ellos, nos da una idea de que el panorama resulta mucho más complejo de lo que hasta ahora se ha intuido, como ha revelado Lorenzo para la provincia de Salamanca. Muchos centros ven emigrar a sus artesanos a nuevas localidades, aunque sea solo por unos años o una sola generación, y así está por constatar en gran medida cómo incide el paso del tiempo en el cambio de establecimientos alfareros.

Queda en evidencia que se desconoce aún mucho sobre la alfarería de nuestras tierras. Quizá, por los trabajos realizados hasta ahora, haya predominado una imagen de lo que existía a mediados del siglo xx pero se ignore en buena medida lo que había con anterioridad. En ese sentido, es necesario seguir las pautas marcadas por Moratinos y Villanueva indagando en las fuentes documentales. Tal vez las más accesibles sean el catastro de Ensenada, la memoria de Eugenio Larruga y diccionarios como los de Madoz o Miñano, además de censos comerciales e industriales de los que se pueden encontrar desde el siglo xix. Una vez identificadas estas referencias, conviene profundizar en fuentes locales, como las que proporcionan los archivos parroquiales para conocer las relaciones y orígenes familiares de los alfareros. Se ha constatado en muchos casos, a través de distintos censos de artesanos, cómo muchos apellidos desaparecen y llegan otros nuevos. Aún está por conocer a qué se deben muchos de esos cambios.

Más difícil cada día resulta imitar el ejemplo de los autores de los años setenta y ochenta, que acudían a los centros alfareros y recogían informaciones de primera mano hablando con los artesanos que aún seguían, la mayoría a duras penas, con su trabajo del barro. El ejemplo más excepcional lo proporciona García Benito, que no solo convivió con uno de los alfareros peñafielenses, sino que además compartió taller y aprendió el oficio con él. Hoy ya han debido de morir todos los cacharreros tradicionales, pero aún hay gente que los recuerda y ahí están sus familiares para traernos algo de lo que se hacía hace unas décadas. En tal sentido el trabajo de Echevarría, Fernández y Valdivieso nos ofrece una muestra de las posibilidades que depara en la actualidad volver a los pueblos y hablar con las gentes que los habitan.

Sin embargo, en buena medida estas investigaciones se han convertido en un trabajo cercano al arqueológico y por eso no está de más analizar lo que se desentierra en las excavaciones y sondeos que por toda Castilla y León se efectúan dentro de contextos de época moderna y contemporánea. Como se está viendo en algunas de esas intervenciones arqueológicas, los siglos pasados deparan vasijas no muy alejadas de lo que se elaboraba en la primera mitad del siglo xx, al mismo tiempo que otras que evidencian cambios. También el conocimiento de los antiguos obradores depara informaciones sustanciales para conocer estas alfarerías populares que en algún momento se quisieron entender solo con lo que había hacia 1950 y fosilizar los tipos en aquellos modelos.

En tal sentido cabe ampliar nuestras miras y empezar a considerar como objeto de estudio los actuales talleres de cerámica surgidos a partir de los años ochenta, muchos con artífices formados en las Escuelas de Arte y cuya producción se adapta a la demanda actual, con la necesaria variación de los modelos respecto a los tradicionales. Otras veces se imita lo tradicional pero con una intención puramente estética. La ruptura de estos artesanos con todo lo tradicional puede ser de un enorme impacto, pero no debe despreciarse su trabajo ni olvidarse que son los continuadores de los antiguos alfareros. Como tales, muchos de ellos siguen mereciendo ser el centro de atención de los actuales investigadores.

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