Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

El árbol de la vida en las celebraciones populares

HERRERO MORAN, Blanca Flor

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 383.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 383 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


Resumen

El árbol de la vida, al que se le ha otorgado significados profundos a lo largo de los siglos, ha jugado y juega un papel importante en la cultura popular. Dentro de la cultura tradicional que ha sobrevivido hasta nuestros días, existen numerosas fiestas, representaciones y expresiones alusivas al árbol de la vida.

Palabras clave: Árbol de la vida, tradiciones, celebraciones populares.

Introducción

La presencia del árbol de la vida en la mayoría de las mitologías implica la universalización de una misma creencia: el árbol de la vida es el axis mundi, el omphalos o árbol del mundo y representa el eje central cósmico que une el cielo, la tierra y el mundo subterráneo[1]. Este árbol, por su condición vertical, permite comunicar: el subterráneo, por sus raíces (agua); la superficie terrestre, por medio de su tronco y sus ramas (tierra); y las alturas, a través de la copa y las ramas superiores (aire). Esta comunicación o unión del cielo y la tierra permite el encuentro entre lo sagrado o divino y lo humano. Dicha concepción evoca el tiempo circular en un eterno retorno que alude a la fecundidad, el crecimiento, la regeneración, el renacimiento, la sabiduría, la longevidad y la inmortalidad.

Aparte de la tradición navideña del árbol, existen muchas otras celebraciones asociadas y relacionadas con el árbol de la vida entre las que destacan: los Mayos, las Danzas del ramo, las Mayas, las Enramadas o la Cruz de Mayo. La mayoría de las celebraciones indicadas son herederas en mayor o menor medida de fiestas ancestrales como la mayumea fenicia, la hilaria griega o la floralia romana[2].

Las celebraciones relacionadas con el árbol de la vida no son exclusivas ni originarias de la península ibérica, «sus raíces son tan antiguas que bien pudiera decirse, aun a riesgo de caer en el tópico, que se hunden en la noche de los tiempos»[3].

El árbol de la vida en las celebraciones populares

La idea del árbol gigantesco que sostiene el mundo es el germen del árbol de Navidad que se ilumina (se le ponen luces) para emular al árbol cósmico que con sus ramas sostiene las estrellas, la Luna y el Sol. El árbol de Navidad es símbolo de la vida, por no perder en invierno su verde follaje cuando casi toda la naturaleza lo hace y por su vinculación con el nacimiento de Cristo, ya que gracias a esto los hombres renacen y acceden a la plenitud de la vida. Según la tradición religiosa: las decoraciones recuerdan las gracias y dones del paraíso, el propio árbol representa el árbol del que sale la cruz (de manera que recuerda la redención) y la estrella que a veces se coloca en la punta representa a la estrella de Belén que anuncia la redención a la humanidad.

En este sentido destaca el ramo leonés, una tradición que se celebraba en la península ibérica en el solsticio de invierno desde tiempos ancestrales consistente en adornar una rama que se cogía de un árbol perenne con diferentes productos y doce velas simbolizando los meses del año. En la actualidad, el ramo leonés (tradición que estuvo a punto de desaparecer y se ha recuperado en las últimas décadas) consta de un armazón de madera con forma de triángulo que se compra o se fabrica y sobre el que se colocan primero paños con puntillas y cintas y luego productos de la temporada (como frutas o dulces). También suele constar de doce velas que se colocan en dos laterales del triángulo (seis en cada lado), de un adorno vegetal que se coloca en el vértice superior del triángulo y de varios productos que se colocan a los pies del ramo como ofrendas. Generalmente el triángulo se apoya sobre una peana sujeta a una vara de madera colocada verticalmente sobre una base.

Las fuentes textuales, iconográficas y orales aluden a diversas especies vegetales como símbolo del árbol de la vida. Si el árbol es de hoja perenne, alude a la perdurabilidad y si es de hoja caduca, a la renovación.

Junto al árbol navideño, destacan las siguientes celebraciones populares que a continuación se van a explicar brevemente de manera general: los Mayos, las Danzas del ramo, las Mayas, las Enramadas o la Cruz de Mayo.

El mayo consiste en una celebración en la que los mozos del pueblo traen un árbol o palo alto del bosque y lo colocan en un lugar público (plaza o descampado) de su pueblo el primer día de mayo[4]. En unas ocasiones dicho árbol se adorna con cintas, flores y frutas y sirve de lugar de reunión y festejo utilizándose como mástil de la danza del ramo. En otras ocasiones, se elimina la mayor parte del follaje con el fin de que sirva de cucaña[5]. Otras variantes de este festejo son el adorno y la posterior procesión ceremoniosa del mismo como símbolo de la llegada de la primavera, y la poda de ramas verdes para colgarlas en las casas del pueblo con el fin de asegurar la prosperidad a todos los vecinos. Dicha fiesta es un mecanismo para acelerar la primavera y conserva en parte el mito de la regeneración y la mejora del bienestar colectivo común en muchas tradiciones[6]. Además se considera un rito de paso (niño-hombre) que define su pertenencia a un grupo en función de la edad, pues en la mayoría de los casos el mayo es una celebración asociada a los quintos del pueblo.

Según ha señalado José Luis Alonso Ponga, «en los pueblos de Castilla y León esta costumbre, que cuenta con tres variantes (representación a través de una persona que se disfraza de árbol, de un muñeco o pelele que se coloca en lo alto del árbol o del típico árbol mayo), perdura reducida a un esquematismo simplón que dista mucho de los ritualismos y significación que tuvo en sus orígenes, e incluso de lo que podríamos encontrar en estas mismas zonas a principios del xx»[7].

La Danza del ramo, de las cintas o el cordón es un baile tradicional que consiste en un ramo adornado con flores de cuyo centro cuelga un palo con varias cintas de colores diversos que los danzantes trenzan dando vueltas alrededor del mástil[8]. Esta danza extendida por toda Europa es una alegoría de la vida en la que el palo central representa al árbol de la vida al que está unido cada danzante a través de su cinta. El baile, circular como la vida, obliga a los danzantes a entrecruzarse para trenzar las cintas en el palo, donde van tejiendo y construyendo el futuro a medida que evitan los obstáculos que representan los demás. Los bailarines, mediante la danza, celebran el rejuvenecimiento del cosmos en primavera con alegría a través de un rito que alienta la fusión con el poder vegetal y su sagrado efecto de renovación de la vida universal.

Las mayas y/o la elección de la maya es una ceremonia propia del mes de mayo en la que la protagonista es la feminidad y la primavera de la vida. Existen múltiples variantes que van desde la decoración floral de calles y altares presididos por niñas engalanadas y presentadas como mayas[9] o la elección de la maya o reina de mayo donde se premia la belleza femenina y la ganadora se adorna con guirnaldas de flores[10]; hasta la celebración de una procesión en la que se incluye a la maya[11]. En algunos casos estos festejos se acompañaban de la representación de casamientos ficticios colocando parejas de niños sentados en un tálamo como símbolo del matrimonio. En estas ceremonias heredadas de un antiguo rito primaveral «la mujer-niña es la protagonista de una representación de la infancia femenina, sujeta a un rito de paso mediante el cual se define su pertenencia a un determinado grupo de edad y se produce la asignación de un estatus de virginidad primero y fertilidad después»[12].

Las Enramadas es una festividad celebrada la víspera de Pascua Florida, el Domingo de Ramos o la noche de San Juan —solsticio de verano— en la que los mozos hacen acopio de ramas y arbustos[13] que en la madrugada (del Domingo de Resurrección, de Ramos o en la del 25 de junio, respectivamente) colocan en la casa de las mozas del pueblo en general o de las mozas a las que se pretende rondar —quienes por la mañana tratan de averiguar al responsable de estas acciones—. Durante la colocación de las ramas en los balcones y ventanas de las casas, se entonan cantos de ronda y de enramada y se degustan productos típicos de cada localidad. En algunas localidades, al finalizar la noche de ronda se echaba el rastro o sendero, es decir, los mozos hacían un reguero de paja desde la casa del novio a la novia. La enramada se considera descendiente de diversas fiestas celebradas a primeros de mayo que iban acompañadas de cánticos y tenían una destinataria femenina que era la madre naturaleza y, por semejanza de rol biológico, la mujer[14]. Por ello, a veces las enramadas van unidas a la celebración de los mayos y mayas.

Señala José Luis Alonso Ponga que «las rondas y enramadas son, dentro de las fiestas de la juventud, las manifestaciones que más han pervivido en la mentalidad de los mayores de Castilla y León»[15].

La Cruz de Mayo, celebrada el día 3 de dicho mes, conmemora el hallazgo de la cruz donde murió Cristo realizado por santa Elena tras la visión de su hijo el emperador Constantino I, pero también se considera una cristianización de diversas celebraciones realizadas durante el mes de mayo como las ya citadas. La fiesta de la Cruz de Mayo supone en algunos casos la sustitución de algunas fiestas paganas dendrolátricas de tal modo que el árbol de la Cruz se convierte en el símil del árbol-mayo donde a veces las muchachas se adornan con coronas y guirnaldas de flores siendo una de ellas la reina o maya que porta una cruz de ramos y flores.

Por otro lado, la festividad de las enramadas está ligada con la de Pascua de Resurrección (Pascua Florida), ya que el signo de la Cruz se cubre con ramas, o con muchas fiestas patronales populares donde las imágenes sacras pasan bajo arcos enramados. Además, el mes de mayo se ha transformado en el mes de la Virgen María a la que se le realizan ofrendas florales que recuerdan a antiguas celebraciones paganas, de tal modo que el mes de mayo ha sido transformado en el mes de la castidad y se ha considerado infausto en lo relacionado con el matrimonio y la reproducción.

Gran parte de estas tradiciones relacionadas con el simbolismo del árbol de la vida se celebran en la práctica totalidad del territorio español incluyendo de manera especial las tierras castellanas y leonesas, donde perviven con arraigo buena parte de las tradiciones y creencias populares.

Por otro lado, existen multitud de expresiones populares referentes al árbol que representa la protección, el cobijo, el misterio y la magia. Además, «la Virgen del Olmo, del Castañar o de la Carrasca en Castilla y León, son algunos ejemplos de Vírgenes asociadas a árboles sagrados en España. El olmo o la olma son en Castilla lo que el ciprés en Cataluña, el latonero en Levante o el tejo en Asturias, árboles míticos»[16].

Conclusión

El cambio anual del ciclo de la naturaleza favoreció el símbolo del árbol como ejemplo de ciclo eterno: nacimiento, muerte y renacimiento (esencia de la vida). Esta idea, común en la mayoría de los pueblos primitivos, ha perdurado durante la antigüedad, se ha desarrollado en distintas mitologías compartiendo características comunes y ha tomado varias formas en las diferentes culturas a lo largo del tiempo, incluyendo el momento actual, entre las que destacan numerosas celebraciones populares.

La mayoría de las celebraciones relacionadas con el árbol de la vida son propias de pueblos rurales, basados en la agricultura y la ganadería, cuyo ciclo de vida se hallaba fuertemente marcado por el transcurso de las estaciones que periodizan las labores. Por ello, dichas costumbres que festejan el inicio de la primavera (concebida como una transformación y regeneración de la naturaleza, una exaltación del esplendor vegetal y una resurrección de la vida) han ido perdiendo fuerza y en algunos sitios han desaparecido casi por completo.

Con todo lo expuesto podemos afirmar que la imagen del árbol de la vida es un favorito en la cultura —en el amplio sentido del término— que ha tenido y tiene diversas formas y comparte una serie de significados de gran valor mítico e iconográfico a lo largo del tiempo y del espacio.


BIBLIOGRAFÍA

ALONSO PONGA, José Luis:

- Tradiciones y costumbres de Castilla y León. Nueva Castilla. Valladolid, 1992.

- Rito y sociedad en las comunidades agrícolas y pastoriles de Castilla y León. Junta de Castilla y León. Valladolid, 1999.

BARROSO CABRERA, Rafael y MORÍN DE PABLOS, Jorge: El árbol de la vida. Un estudio de iconografía visigoda: San Pedro de la Nave y Quintanilla de las Viñas. Ediciones BMM y P. Madrid, 1993.

BLANCO CASTRO, Emilio: «En seres: el aprendizaje de la naturaleza (espacio y tiempo)» en VV. AA.: Catálogo de la Exposición Enseres del Museo Etnográfico de Castilla y León. Museo Etnográfico de Castilla y León. Zamora, 2002. Pp. 140-147.

CARO BAROJA, Julio:

- La estación del amor. Fiestas populares de mayo a San Juan. Taurus. Madrid, 1979.

- Del viejo folklore castellano. Páginas sueltas. Ámbito. Palencia, 1984.

- Los pueblos de España, I-II. Istmo. Madrid, 1985.

CASADO LOBATO, Concha: Ciclo festivo y vital. Edilesa. León, 2008.

DÍAZ GONZÁLEZ, Joaquín:

- La Navidad en la Tradición. Universidad de Valladolid. Valladolid, 1997.

- La Tradición Plural. Castilla. Urueña, 2004.

ELIADE, Mircea:

- Lo sagrado y lo profano. Paidós. Barcelona, 1998.

- Imágenes y símbolos. Taurus. Madrid, 1999.

- Tratado de historia de las religiones: Morfología y dialéctica de lo sagrado. Ediciones Cristiandad. Madrid, 2000.

GONZÁLEZ SÁNCHEZ, José Luis: «La fiesta de la enramada en dos municipios castellanos: Cuevas del Valle (Ávila) y Paredes de Nava (Palencia)» en Trasierra, II, época, n.º 6. Ávila, 2007. Pp. 313-322.

MORENO PALOS, Cristóbal: Juegos y deportes tradicionales en España. Alianza. Madrid, 1992.

SEBASTIÁN LÓPEZ, Santiago: Mensaje simbólico del arte medieval. Encuentro. Madrid, 1994.

SEVILLANO SAN JOSÉ, Carmen: «Permanencia y adaptación de cultos ancestrales en representaciones femeninas actuales» en SEVILLANO SAN JOSÉ, Carmen (coord.): El conocimiento del pasado: una herramienta para la igualdad. Plaza Universitaria. Salamanca, 2005. Pp. 425-438.


[1] Más información sobre el simbolismo cósmico del árbol en: SEBASTIÁN LÓPEZ, Santiago: Mensaje simbólico del arte medieval. Encuentro. Madrid, 1994. P. 35.


[2] Véase: SEVILLANO SAN JOSÉ, Carmen: «Permanencia y adaptación de cultos ancestrales en representaciones femeninas actuales» en SEVILLANO SAN JOSÉ, Carmen (coord.): El conocimiento del pasado: una herramienta para la igualdad. Plaza Universitaria. Salamanca, 2005. PP. 425-438.


[3] BARROSO CABRERA, Rafael y MORÍN DE PABLOS, Jorge: El árbol de la vida. Un estudio de iconografía visigoda: San Pedro de la Nave y Quintanilla de las Viñas. Ediciones BMM y P. Madrid, 1993. P. 18.


[4] Según las zonas, la colocación del mayo varía. Se coloca durante el mes de mayo, la noche de San Juan, el día del Corpus y/o el día que un lugareño canta su primera misa. La colocación del mayo se fue convirtiendo en sinónimo de valentía, rivalidad y competitividad, pues se intenta que destaque sobre el mayo de los pueblos vecinos y que supere en altura y esbeltez el de los años precedentes.


[5] La cucaña es «un juego de locomoción en el que se prueba la destreza en la trepa. Aunque la práctica ha descendido, se documenta principalmente en las siguientes regiones: Aragón, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Navarra, País Vasco y La Rioja. Las cucañas acuáticas se dan en Cataluña, Valencia y Murcia. El juego de la cucaña deriva de la tradición ritual de plantar un gran tronco de árbol en un lugar público del pueblo durante las fiestas de fines de la cosecha y de la primavera. Este árbol se denomina “mayo” o “maya”. Se documenta en numerosas regiones desde hace varios siglos. Goya dedicó uno de sus tapices a este tema. […] El juego consiste en trepar por el tronco hasta la cúpula del mismo, que se adorna con motivos festivos entre los que cuelgan los premios. Estos galardones varían según la costumbre local. Botellas de licor, jamones o chorizos son comúnmente utilizados para este menester. La trepa del joven se ve dificultada debido a las sustancias deslizantes que, en la mayoría de los casos, se aplican a la superficie del tronco, tales como jabón o sebo». MORENO PALOS, Cristóbal: Juegos y deportes tradicionales en España. Alianza. Madrid, 1992. P. 48.


[6] Por ejemplo, en el mundo romano durante el equinoccio de la primavera se celebraba el rito del arbor intrat en el que la cofradía de dendróforos seleccionaba y talaba un árbol en el bosque que era llevado en procesión hasta en el templo de Attis, el dios que muere y resucita. Dicho árbol evocaba la muerte de Attis, pues se quitó la vida emasculándose debajo del árbol, pero también auguraba su resurrección que se celebraba al día siguiente. También en Roma había fiestas dedicadas a Maya, hija de Atlante, mujer de Júpiter y madre de Mercurio.


[7] ALONSO PONGA, José Luis: Tradiciones y costumbres de Castilla y León. Nueva Castilla. Valladolid, 1992. P. 53.


[8] Cada danzante, con su cinta en la mano, baila alrededor del mástil entrecruzándose con las demás bailarinas, de forma que cada cinta se va trenzando en el palo dibujando un cordón. Posteriormente el trenzado se vuelve a deshacer al ejecutar el baile en sentido inverso.


[9] Con frecuencia en estos altares la decoración floral formaba una cruz junto a la que se colocaban las mayas.


[10] Tras la elección de la maya, la reina de mayo era la encargada de dirigir las danzas de la juventud durante el primer día de mayo o bien, tal y como ha recogido Caro Baroja, «rodeada de una especie de corte, se colocaba junto al árbol en un altar especial (luego dedicado a la Cruz, la fiesta cae en el 3 de aquel mes)». CARO BAROJA, Julio: Los pueblos de España, I-II. Istmo. Madrid, 1985. P. 220. La elección de la maya ha pasado a convertirse en muchas localidades en la elección de la reina de las fiestas y en algunas ocasiones a este festejo le acompaña la elección del feo, su contrapunto.


[11] A propósito de esta tipología celebrativa, Julio Caro Baroja recoge la tradición de la penla, que es una «niña ataviada» que llevan en hombros en la procesión del Corpus en varios pueblos, representando la alegría. CARO BAROJA, Julio. La estación del amor. Fiestas populares de mayo a San Juan. Taurus. Madrid, 1979. P. 114.


[12]«A través de estas prácticas la comunidad refleja una cosmovisión naturalista de la vida social, sobre la cual se van vertebrando muchos de los aspectos que afectan al ciclo festivo comunitario: ciclos de edad, sexo, naturaleza, cultura, familia, etc. Por otra parte, hay que tener en cuenta que, en las denominadas sociedades tradicionales, al mes de mayo se le atribuía un poder real sobre lo femenino, sobre las fuerzas de la muerte y del renacer». ROSCALES SÁNCHEZ, Mary: «Las Mayas-niña de la Junta de Voto: representación simbólica de la pureza como virtud de género» en Zainak. Cuadernos de Antropología-Etnografía, n.º 26. San Sebastián, 2004. Pp. 445-457. P. 452.


[13] A veces las ramas se enriquecen con productos comestibles como rosquillas, golosinas y frutas y/o con objetos decorativos realizados en papel. Dependiendo de la intensidad afectiva hacia las mozas, así como del comportamiento y simpatía de las mismas, los ramos serán más o menos floridos/hermosos, secos/feos o de unos árboles u otros.


[14] GONZÁLEZ SÁNCHEZ, José Luis: «La fiesta de la enramada en dos municipios castellanos: Cuevas del Valle (Ávila) y Paredes de Nava (Palencia)» en Trasierra, II, época, n.º 6. Ávila, 2007. Pp. 313-322. P. 320.


[15] ALONSO PONGA, José Luis: Tradiciones y… P. 67.


[16] BLANCO CASTRO, Emilio: «En seres: el aprendizaje de la naturaleza (espacio y tiempo)» en VV. AA.: Catálogo de la Exposición Enseres del Museo Etnográfico de Castilla y León. Museo Etnográfico de Castilla y León. Zamora, 2002. Pp. 140-147. P. 142.