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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 385.

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Parece evidente que la función de los museos en la sociedad de hoy, así como su futuro, está íntimamente relacionada con el grado de exigencia que muestren tanto sus directivos como los propios visitantes. Los dos usos extremos del espacio museístico, que llegaron a convivir en el siglo xx y que iban del concepto de simple almacén de objetos preciosos a un azaroso campo de pruebas en el que todo valía y casi se exigía una experiencia física, de contacto, con las piezas expuestas, demuestran que no estaba muy claro hasta esas fechas el objetivo principal de los museos y menos aún el valor social de sus resultados. La figura del «defensor del público», muy frecuente en museos del siglo xx —sobre todo en aquellos cercanos a la cultura anglosajona y por tanto proclives a la forzos a democratización de todo—, habla bastante a las claras de esa historia un poco vergonzante del museo en la que no cabía la idea de que sus salas pudiesen tener una finalidad social. Tampoco debe confundirse esa finalidad con una suerte de tiranía en la que el gusto del público pudiera tener más peso que la opinión de los profesionales de un museo; menos aún con esa tendencia, tan del gusto de algunos visitantes de hoy, por la que un museo y una superficie comercial deben tener los mismos servicios y permitir el mismo comportamiento relajado, cuando no mal educado, en sus instalaciones. Buena parte de ese comportamiento está justificado por la confusión que genera en el visitante —habitualmente viajero o turista— el hecho de incluir en el mismo paquete a los museos y a todos los demás establecimientos de la industria del ocio, desde los bares a los parques de atracciones, donde no se necesitan ni el silencio ni una mínima concentración como bases para el enfrentamiento a una realidad distinta a la habitual. Tampoco es ajena a esa equivocación la nueva tendencia que considera a un museo como el resultado de una «eficaz» política cultural en virtud de la cual sus piezas han entrado, de alguna manera, a formar parte de un potente mercado en el que tiene mucho más peso la economía que el propio arte. Ambos conceptos, turismo y economía, pueden llegar a subvertir el verdadero sentido de un museo y transmitir a la sociedad una sensación sesgada cuando no inapropiada de sus auténticos valores. Uno de esos valores, precisamente, es el de comunicar al visitante de forma altruista una serie de emociones que le obligan a usar los sentidos, algo tan infrecuente en una sociedad pasiva como la nuestra. Esa percepción a través de los sentidos de un mensaje múltiple con un fuerte contenido patrimonial pone en relación al visitante con alguna parte de su propia existencia, patente o latente, que le ayuda a descubrir matices o intensidades interesantes para su formación o para mejorar su criterio. Inmersos en la era de la comunicación, recibimos tal exceso de información que apenas si tenemos tiempo para asimilarla o para aprovecharla. Se impone, por encima de la tradicional labor de aprender, la de aprender a recordar y mejor aún la de aprender a olvidar. Seleccionar lo que se nos está transmitiendo para quedarnos con lo imprescindible es tan esencial como el hecho de no cargar con un peso excesivo una pequeña barca o un frágil globo aerostático en el que nos vayamos a subir, pero requiere una capacidad de discernimiento y mucho sentido común. No podemos tampoco convertir la visita a un museo en un producto consumible, alejado por tanto de una decisión personal y voluntaria. Esta consideración, que tendría mucho que ver con las visitas guiadas en las que predominan la prisa y la desgana, nos llevaría a distinguir, en la intención de los visitantes, tres tipos más o menos característicos: el paseante, el espectador y el crítico. No son estas figuras, sin embargo, asimilables a grupos sociales determinados o de edad, sino que corresponden más bien a la voluntad potencial con que se aborda la visita a un espacio museístico. Los responsables de un museo deben trabajar siempre para conectar plenamente con quienes más les van a exigir y, al menos, coincidir en los puntos en que se pueda con quienes pasarán sin demasiadas aspiraciones por las salas. Por eso un museo debe considerar como un privilegio recibir un porcentaje elevado de espectadores y críticos que aportarán en su visita preguntas o planteamientos serios cuya visión ayudará a completar los niveles de eficacia en esa alianza que se pretende entre el mensaje y su destinatario. La incorporación de determinados departamentos como el de didáctica o el de marketing a los museos tradicionales solo tiene ese sentido: acertar en las vías de comunicación y hacerlas más eficaces, nunca introducir criterios de educación reglada o de mercado en una institución cuyo principal cometido consiste precisamente en ayudar al individuo a ser más libre y más sabio, con todo lo que esa pretensión implica de rotura de barreras educacionales, de ausencia de prejuicios o de limpieza mental. En ese sentido son engañosas y perjudiciales las estadísticas que engloban a la fuerza sectores distintos de la industria del ocio.