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Religiosidad popular: Semana Santa en la provincia de Guadalajara

LOPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 387.

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Las fiestas de carnaval dan paso al tiempo que ocupa la Semana Santa con sus rituales: bendiciones y ceremonias, entre las que destacan las tradicionales procesiones, que también se hicieron en el mundo clásico.

Es decir, la conmemoración de la muerte y resurrección de Jesucristo, que ocupa el tiempo pascual, periodo religioso por excelencia, eclesiástico, festividad sin apenas contenido lúdico, en el que hay una gran participación social y cuyo antecedente podría encontrarse en la Pascua judía.

En los siglos xiv y xv, este tiempo de dolor comenzaba el Sábado de Pasión, anterior al Domingo de Ramos, con procesiones que discurrían en el interior de los templos en los que se instalaba el «monumento» de Jueves Santo y en los que el Viernes Santo tenía lugar el sermón de la Pasión, que en algunos lugares se completaba con una escenificación de la crucifixión de Cristo y su posterior entierro.

Terminaba el Domingo de Resurrección con un nuevo sermón y, según señala el profesor Ladero Quesada, posiblemente también con la teatralización del «misterio» de la caída del sudario blanco que recubría la losa del sepulcro de Cristo, ya abierto y vacío[1].

Parece ser que las primeras procesiones en la calle vieron la luz, al menos en los países mediterráneos, en el siglo xv, gracias al culto que franciscanos y dominicos profesaron hacia la Vera Cruz y la Sangre de Cristo, respectivamente.

El mismo Ladero Quesada, citando a Juan José Capel Sánchez —La vida lúdica en la Murcia bajomedieval[2]—, indica que una procesión es un «desfile organizado de personas, de una clara significación religiosa, que marchan con solemnidad y que pretenden manifestar una idea ritual común a todos los participantes. Para poder cumplir con este fin ha de ir presidido por imágenes, reliquias y símbolos relacionados con la entidad objeto de veneración», modelo este de procesión religiosa que tanto influyó en otro tipo de cortejos: políticos y cívicos.

Con la llegada de la primavera, y como recoge el Arcipreste de Hita en su Libro de Buen Amor refiriéndose a la alegría posterior al Domingo de Resurrección, cambiará el sentir popular y surgirán los cortejos que anuncian las numerosas uniones matrimoniales posteriores.

Tiempo litúrgico que comienza con el Domingo de Cuasimodo, es decir, el segundo domingo de Pascua y que se corresponde con el despertar de la vida latente:

Día de Quasimodo, iglesias e altares

vi llenos de alegrías, de bodas e cantares:

todos avíen gran fiesta, fazíen grandes yantares,

andan de boda en boda clérigos e juglares.

(Libro de Buen Amor, estrofa 1315)

Festejos que se repetían el lunes y martes siguientes a la Pascua de Pentecostés, siete semanas después de la Resurrección.

La religiosidad en la calle

Como ya hemos visto, tras los días alegres y bullangueros del carnaval —días carnales por excelencia— se inicia la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza —un recordatorio de que polvo eres y en polvo te has de convertir—, cuya última semana es la Semana Santa.

Son estos siete días de recogimiento —¿o lo fueron otrora con mayor notoriedad?— una especie de «libro abierto» con el que enseñar a las gentes poco ilustradas el camino que Cristo, Dios hecho Hombre, tuvo que recorrer para alcanzar el perdón de los pecados cometidos por la Humanidad. Viene, o mejor, venía a ser, un equivalente a las escenas que, en muchas iglesias románicas, sirvieron al hombre iletrado para conocer el Evangelio.

Surgen entonces las procesiones, algunas de gran atractivo, como la de los Armaos del Viernes Santo seguntino, que indudablemente dejará huella en la mente del espectador cuando en el silencio sepulcral de la noche escuchen la figurada conversación entre Jesús y el portero del edificio (que es el asilo P. Saturnino Sánchez Novoa):

¡Quién es!

¡Jesús el Nazareno,

el rey de los judíos!

¡Que pase!

Saca el paso la Cofradía de la Vera Cruz y Santo Entierro, que cuenta con más de medio centenar de cofrades de carga, vestidos con coraza y fajín rojo y armados con picas a modo de soldadesca, encargados del Santo Entierro, mientras otro grupo, de riguroso negro, con calzón corto, chaquetilla y faja, acompaña a la Dolorosa[3].

Gran semejanza con la anterior guarda la Procesión de los Coraceros de Milmarcos[4], aunque no conviene olvidar algunas otras, también llamativas, como las del Silencio, que tienen lugar en Albalate de Zorita, El Casar, Tendilla[5], Trillo o Yunquera de Henares, la de los Faroles de Atienza[6], o la del Cristo de la Cruz Acuestas, de Jadraque[7].

Las procesiones de Guadalajara capital son sencillas y nada, o muy poco, tienen que ver con las de otras zonas, donde se definen por unas señas de identidad propias, características, de todos conocidas, como por ejemplo las de Bercianos de Aliste, en tierra zamorana, por sus atractivas vestimentas; en Cartagena y la propia Murcia, por los maravillosos pasos de Salzillo; o las de toda Andalucía, por todas sus imágenes de la Virgen, máxima expresión del arte escultórico que, casi siempre, caminan durante toda la noche a ritmo de trompeta, tambor y saeta, como sincera oración[8].

Procesiones de Semana Santa en Guadalajara

Las procesiones que en la actualidad recorren las calles de Guadalajara durante la Semana Santa no son muy antiguas; su historia es breve dado que la mayor parte de las cofradías que se encargan de ellas son posteriores a la pasada Guerra Civil de 1936-1939[9].

Anteriormente solo existieron dos que aún siguen vivas: la de la Virgen de la Soledad es la más antigua y siempre se ha dicho que data de 1469, aunque no se conserva documento alguno que lo demuestre, si bien en su primer Libro de actas se hace alusión a una «reconstitución» o vuelta a la actividad de la misma en 1682 y mucho después, en 1817, tras la ocupación de la ciudad por las tropas francesas durante gran parte de la Guerra de la Independencia; la otra más antigua es la de Nuestra Señora de los Dolores, que viene del siglo xvii.

Hoy las cofradías vienen a estar unidas a las distintas iglesias de Guadalajara.

Así, relacionadas con la iglesia concatedral de Santa María hay dos: la Cofradía del Cristo Yacente del Santo Sepulcro fue fundada tras la Guerra Civil como Hermandad de Caballeros Cruzados Excombatientes del Santo Sepulcro. Su imagen, El Yacente, fue realizada por el imaginero Fernando de la Cruz y sus cofrades visten hábito negro y capa roja con la cruz de los caballeros cruzados bordada. No llevan capirote[10].

La segunda es la de Nuestra Señora de los Dolores, cuyo origen parece encontrarse en la Esclavitud de Nuestra Señora que, como ya hemos señalado, fue fundada en el siglo xvii por grupos artesanos con carácter asistencial. Hasta mediados de los años treinta del siglo pasado su culto consistió, principalmente, en recordar los dolores de Nuestra Señora durante el mes de septiembre[11].

Su imagen, que es moderna tras haber sido destruida la anterior, sale en la Procesión del Silencio vestida de terciopelo negro bordado en oro y sus cofrades con capuchón negro y túnica blanca con los emblemas de la Pasión del Señor.

Esta cofradía también se encarga de sacar la imagen del Calvario, consistente en una sencilla cruz con las imágenes de san Juan y la Virgen, de notable antigüedad, que se conserva el resto del año en el convento de carmelitas de San José.

En la iglesia de San Ginés tiene su sede la Hermandad del Santísimo Cristo del Amor y de la Paz, fundada en 1956 y cuyo paso representa a Cristo muerto en la cruz coronando un monte de claveles rojos.

Sus cofrades visten túnica blanca, capuchón, manguitos y cíngulo rojos —símbolos del amor y de la paz— y desfilan cargando una cruz de madera, los hombres con un crucifijo al cuello y las mujeres con escapulario[12].

La Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno se halla establecida en la iglesia de San Nicolás el Real. Se pudo formar gracias a la concesión papal otorgada por Pío XII, como agregada a la archicofradía de igual nombre de los capuchinos de Madrid. Su imagen, El Nazareno, es la del Cristo de Medinaceli, tallada en 1946 por Cruz Conde en el momento en que se creó la Esclavitud de Nuestro Padre Jesús y se saca procesionalmente el Viernes Santo, así como el Cristo Crucificado[13].

Sus cofrades visten túnica y capuchón morados.

También radica en San Nicolás la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad, cuya imagen primitiva se custodiaba en la ermita de su nombre (al comienzo del Paseo de las Cruces) incendiada en el 36.

Desde entonces, los treinta y siete hermanos supervivientes impulsaron el crecimiento de la hermandad y de la Asociación de Esclavas de Nuestra Señora de la Soledad, que fue creada en 1859. Su imagen es obra de José Martínez Duches (1941)[14].

En Santiago Apóstol se ubica la Cofradía de Nuestra Señora la Virgen de la Esperanza (La Macarena), cuya creación fue aprobada por el cardenal Plá y Deniel y su imagen, debida a Sixto Alberti, que es una réplica de la Esperanza Macarena de Sevilla, fue costeada por el Colegio de Agentes Comerciales de Guadalajara, de la que es patrona. Comenzó a desfilar todos los miércoles de 1954, hasta 1968 en que, debido a unas obras en la iglesia, dejó de hacerlo, volviendo a cobrar nuevos bríos en 1987, contando con el apoyo de la Cofradía de la Pasión del Señor[15].

Durante su procesión, que llegaba hasta la Prisión Central, solía soltarse un preso.

Visten capuchón verde, túnica y capa crema y cíngulo verde y oro.

En la misma iglesia tiene su sede la Cofradía de la Pasión del Señor, fundada en 1945. Su imagen —Nuestro Padre Jesús con la Cruz a Cuestas— fue encargada al tallista Higueras y pagada mediante suscripción popular[16].

Tras la crisis de los años setenta, también se constituyó la Cofradía de Esclavas de Nuestra Señora de la Piedad, cuyo paso —que es el único que sacan íntegramente las mujeres— representa a la Virgen con Jesús muerto entre sus brazos, acompañada por dos ángeles. Dicho paso se custodia en el santuario de la Virgen de la Antigua.

Sus cofrades visten túnica morada, capuchón blanco (con una cruz bordada en la parte delantera), guantes blancos y cíngulo dorado.

Esta misma cofradía saca otro paso más: el del Cristo de la Expiración o de la Agonía, talla del siglo xvii procedente de la capilla del cementerio.

Pero no solo son las procesiones las manifestaciones más destacadas de la Semana Santa alcarreña, sino que también —desde hace no demasiados años— forman parte de ella las Pasiones Vivientes.

Pasiones vivientes y otras representaciones

Las Pasiones Vivientes, los via crucis y tantas otras manifestaciones populares tienen como objeto, a través de su «re-presentación», recordar, padecer, sufrir, «re-vivir» —aunque siempre de una manera aproximada, con el alma y el corazón— en las propias carnes, en las entrañas, aquel auténtico camino pasional que Nuestro Señor Jesucristo, como hombre, tuvo que soportar hasta su muerte en la cruz para lograr ese otro camino, ascensional, que lo conduciría hasta el Padre. Una forma, la más clarificadora, de enseñar al hombre iletrado de tiempos pasados, por medio de la comparación.

De ahí la proliferación que, desde hace unos cuarenta años hasta hoy, han venido alcanzando las Pasiones Vivientes de tantas localidades alcarreñas: Fuentelencina, donde se realiza al atardecer del Jueves Santo; Hiendelaencina, la más antigua de todas, que tiene lugar el Viernes Santo, haga sol o nieve (como ha sucedido en más de una ocasión)[17] y Albalate de Zorita, cuyas escenas —puesto que se trata de representaciones estáticas de gran belleza, a modo de fotogramas de los hechos más significativos— llenan el anochecer del Sábado Santo.

Otras dos representaciones más se quedaron por el camino, las de Marchamalo y Chiloeches.

En Trillo las escenificaciones se hacen a lo largo del Domingo de Ramos, con la entrada de Jesús en Jerusalén y su aclamación por el pueblo; el Miércoles Santo, con las representaciones de la última cena, la oración del huerto, la traición de Judas, el prendimiento y el juicio de Jesús; y el Viernes Santo, con un vía crucis final que recorre las calles del pueblo.

Pero estos vía crucis no son los únicos que discurren por las calles de nuestros pueblos. En Atienza, donde en la tarde del Jueves Santo tienen lugar los oficios, se rezan y conmemoran los pasos del Calvario el Viernes por la mañana, a los que sigue la adoración de las Santas Espinas en la iglesia de la Santísima Trinidad (la otra fecha en que se adoran es el 6 de mayo), ya que por la tarde sale la procesión del Santo Entierro, más conocida como la del Silencio. El Domingo de Pascua, o sea de Resurrección, se escenifica el encuentro de Jesús resucitado con su madre (para terminar con la tradicional subasta de roscas). En Almonacid de Zorita, el vía crucis del Viernes Santo corre a cargo de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús, que cuenta con la participación de la de Nuestra Señora de los Dolores en la organización de la procesión del Silencio. En Mondéjar, la procesión y el vía crucis se hacen a las siete de la mañana.

La Semana Santa de Budia despierta cada año mayor interés gracias a la participación de los llamados Soldados de Cristo, una hermandad recientemente recuperada que dejó de existir por los años sesenta (se disolvió en 1962) y cuyos orígenes parecen establecerse en el siglo xv, aunque por el desarrollo de sus actividades, vestimenta y armamento parezca muy posterior. El cometido de esta hermandad es muy amplio: cuatro soldados van a buscar al abad a su casa, para escoltarlo a la iglesia, donde se celebrará la misa del Jueves Santo. El resto de la soldadesca, en dos filas, forma guardia a la entrada del templo mientras los fieles entran. En el presbiterio oyen misa y, cuando tiene lugar la consagración, rinden las lanzas, doblando una rodilla sumisamente. Posteriormente hacen guardia junto al «monumento» y, doce de ellos, a imitación de los Apóstoles, participan en el lavatorio.

Algunas veces han celebrado una representación simbólica del Triunfo de Cristo sobre el Mal, en la que los hermanos forman un círculo en cuyo centro se sitúa el abad, que eleva la cruz al tiempo que los soldados alzan sus alabardas.

El Viernes Santo acompañan también al abad durante las catorce estaciones del vía crucis y en la procesión del Santo Sepulcro. Son cuatro de ellos los que cargan con la imagen, otro con la cruz (la que actualmente se conserva es una réplica de la original que se supone de hacia 1500 y pesa cerca de setenta kilos), y el resto acompaña en perfecta alineación.

El Sábado Santo tiene lugar la Vigilia Pascual con la bendición del agua y el fuego, y el Domingo de Resurrección, después de la misa, en la Procesión del Encuentro van escoltado la custodia que, bajo palio, es acompañada también por la justicia y autoridades y se «encuentra» con la procesión que forman las mujeres que arropan a la Virgen, a la que en el momento en que se produce el «encuentro» le quitan el velo negro y, todos juntos, regresan entre cánticos de alegría al templo parroquial[18].

Nuestro admirado Antonio Aragonés Subero indica que estos Soldados de Cristo comenzaban su cometido el Domingo de Ramos con una merienda en la que establecían el orden de los servicios de Semana Santa, que dedicaban íntegramente a la Piedad. Como soldadesca, deben acatar las órdenes de un capitán elegido por los propios soldados, cuyo cargo dura de cuatro a ocho años, que les pasa revista de vestimenta y aseo, así como a las de un teniente que nombra el capitán, como ayudante. Parece ser que cuando alguno de estos soldados fallecía, su cargo podía ser heredado por un hijo, aunque este punto no está suficientemente aclarado.

En la actualidad visten traje negro de pana con sombrero a juego y, en bandolera, una cinta ancha roja con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y, como arma, una pica o alabarda de grandes dimensiones.

Relacionada con esta soldadesca, el mismo Aragonés trascribió la siguiente letra, perteneciente a una cancioncilla que entonaba la chiquillería en aquella fecha concreta:

Tan-ta-ran-tan, el báculo del obispo,

El cura y el sacristán.

Tan-ta-ran-tan, con los Soldados de Cristo

La Virgen llorando está.

Tan-ta-ran-tan…[19]

Curiosas son las quemas de los distintos judas que tienen lugar en nuestra provincia, generalmente coincidentes con el Domingo de Resurrección.

Domingo de Resurrección: los judas

El Domingo de Resurrección, cuando la Madre y el Hijo se avistan, se suelen quemar los judas, esos muñecos de tamaño casi humano que los mozos realizaron la noche anterior con ropas robadas o inservibles, rellenas de paja y petardos, y que esconden en algún lugar seguro hasta el momento oportuno. A veces se les apedrea o se les dispara con escopetas. Dicen que estos judas representan al apóstol traidor que terminó ahorcándose, también que es un personaje emparentado con ciertos cultos dendrolátricos…

Pero no son solo los mozos los encargados de mantener la tradición: en algunos casos quienes llevan la voz cantante son las mujeres, como es el caso de Cogolludo[20], donde son las encargadas de mantear al pelele, pues tal es la denominación que en dicha localidad recibe. Pelele que los mozos quieren robarles a toda costa, en cuyo caso va derecho al pilón o le cuelgan letreros y atributos impúdicos.

Pelele, traidor,

Nadie te queremos.

Pelele, canalla,

Hoy te quemaremos.

En muchos lugares se juzga al judas, se le condena a muerte y se le ajusticia. Y tras esa exposición a la vergüenza pública por las calles del pueblo, a veces a lomos de una borriquilla (que solía llevarse más palos de la chiquillería que el propio judas), como sucedía en Berninches, se leía su testamento (Testamento de Judas[21]), como hace años se hacía en Fuentelahiguera —donde hoy se le cuelgan carteles del cuello y se le ahorca— tras arder pendiente de una rama al finalizar la misa mayor[22].

Son testamentos de poca calidad literaria, pero de gran interés etnográfico, porque en ellos se deja constancia de los pecadillos de andar por casa de los mozos, los quintos, sobre los que recaía el peso de la sociedad rural, que no dejaban de ser también los pecadillos del propio pueblo. Por eso se inmolaba al judas en una especie de rito de purificación a través del fuego. Unas llamas que devoran todo lo «malo» del lugar —lo peor desechable— contenido y representado en el judas que, tras morir ante la burla general, da lugar —como se ha dicho más arriba— a una nueva vida recién estrenada, hasta que se cumpla otro año, otro nuevo ciclo vital.

Estamos por tanto, según algunos, ante un personaje expiatorio, y también, según otros, ante una inversión paródica de la Pasión de Cristo. Pero esto ya es mucho decir.

En fin, serían muchas las ideas que se han venido desarrollando acerca del significado o del contenido de estos personajes de tela rellenos de paja.

El caso es que en la provincia de Guadalajara aún quedan lugares, no muchos por desgracia, donde se mantenía hasta hace poco y, en algunos casos todavía se mantiene, la costumbre de confeccionar judas y darles su merecido: Ablanque, Bocígano (donde los mozos hacen dos judas, tras cuya quema persiguen a la vecindad con ramas y palos encendidos), Cifuentes, Cogollor (donde son confeccionados por la chiquillería), Escariche (con sentencias al cuello), Huertahernando, Luzón, Maranchón, Megina, Moranchel (con judas y judesa), Navalpotro, Pareja, Peralejos de las Truchas (con motivo de la celebración de la romería de la Virgen de Ribagorda), Saelices de la Sal, Santa María del Espino (también con judas y judesa, a los que se dispara con escopetas), Zaorejas (donde su expresión sexual es máxima) o en Zarzuela de Jadraque[23].

En Sigüenza, donde cada barrio confecciona su judas, compiten en estruendo, ya que entre la paja de su relleno hay multitud de petardos y correpiés que revientan mientras arden. Se sacan el Domingo de Resurrección y, tras su quema, tiene lugar un pantagruélico desayuno a base de sardinas fritas o chocolate, según gustos.

Curiosamente, por la fecha, que es el 28 de octubre, recorre las calles de El Cubillo de Uceda un personaje (ahora varios) semejante al tradicional judas que se conoce como el sansimón, de gran atractivo.

Una fiesta, esta del judas, de gran contenido simbólico que habría que mantener en su pureza originaria. Al menos en esa «pureza» que conservaban cuando nuestro recordado amigo y maestro S. García Sanz recopiló seis ejemplos pertenecientes a las serranías de Atienza y Tamajón, a los antiguos partidos de Cifuentes y Sigüenza, a parte de los de Cogolludo y Brihuega y al Señorío de Molina (puesto que ni en la Campiña ni en la Alcarria Baja se celebraban estas manifestaciones folklóricas), algunos de los cuales ya hemos citado: Peralejos de las Truchas,

En Pinilla nació el Judas,

por Vallorente pasó,

y por su mala cabeza,

en Peralejos murió.

Sacecorbo, Peñalva de la Sierra (donde los mozos robaban las ropas tendidas y olvidadas de recoger, por las que sus dueñas tenían que pagar un rescate —que se empleaba en una merienda— para poderlas recuperar, porque de lo contrario servirían para vestir el judas), Palazuelos, Cifuentes y Cogolludo[24].

Algunos aspectos antropológicos sobre las procesiones

Además de todo lo anterior, la Semana Santa (sus procesiones especialmente) contiene algunos elementos culturales, antropológicos, que pretendemos analizar brevemente.

En primer lugar habría que tener en cuenta que el «tiempo» de Semana Santa —es decir, el que media entre el Domingo de Ramos y el de Resurrección— es, o ha sido hasta hace relativamente poco, un «tiempo especial», casi latente, en el que se suspendían ciertas actividades: las emisoras de radio emitían música sacra o clásica, la comida no era la de todos los días y ciertos comportamientos sociales se suprimían o aminoraban: contar chistes, reírse a carcajadas, permanecer en determinados establecimientos (por ejemplo, en los bares)…

Igualmente, es un periodo en el que quienes permanecen en Guadalajara salen a la calle y la recorren en todas direcciones. Unas veces para cumplir con el rezo de las «siete estaciones» del Jueves Santo y, a través de esos recorridos y también del que siguen las propias procesiones, puede tenerse una idea de la configuración urbana de la ciudad, de la evolución que han ido siguiendo sus calles y barrios a lo largo del tiempo, su progreso o decadencia, puesto que representan su unidad, localizada en el centro, al tiempo que su diversidad, que radica en los distintos barrios. Itinerarios que, como señala María Cátedra (a quien seguimos en nuestra exposición), «afirman el poder central»[25].

Además, en las procesiones desfila un amplio espectro social, desde los niños vestidos de nazareno que acompañan a sus padres y los jóvenes, sobre todo en los vía crucis nocturnos, hasta las mujeres que, dejando a un lado las tradicionales mantillas prefieren vestirse de capuchino, denotando con ello cierta tendencia a la «igualdad» con los hombres. Aspectos sociales que también quedan de manifiesto en algunas procesiones de las que, como grupo, son benefactores o corren a su cargo, por ejemplo: la de la Virgen de la Esperanza, directamente relacionada con los agentes comerciales o la de Nuestra Señora de la Piedad que sacan exclusivamente las mujeres, radicadas ambas en la iglesia de Santiago.

Pero también queda clara la participación de otros niveles sociales: militares, políticos, clero…

Hay patente también una doble vertiente vital, pues la muerte y la alegría se suceden en este tiempo de acusada religiosidad. Cristo padece y sufre hasta morir, con lo que las gentes lloran y sufren con Él cargando cruces pesadas, arrastrando cadenas, llevando los pies descalzos, lacerándose el cuerpo con cilicios, etc., pero después resucita y aquellas lágrimas de dolor se convierten en verdadera explosión de alegría como demuestran tantas Procesiones del Encuentro, donde lo masculino —los hombres que acompañan a Jesús— y lo femenino —las mujeres que van con María— se unen tras el abrazo de Madre e Hijo y tras cambiarle a la Virgen su vestido de luto por otro que denota alegría.

Se vuelve al tiempo cotidiano: se ríe, se canta, se bebe vino en las tabernas y la música varía su temática y ya es de todo tipo. Las tinieblas se rasgan y nace la luz. Mientras que en la naturaleza, esa de la que todos participamos, muere el invierno y nace la primavera.

Un re-nacimiento cíclico que aparece tras la anterior purificación.

Pero, como en toda manifestación humana, hay también periodos de mayor participación, de mayor impulso a la Semana Santa, y otros, en cambio, más laicizados, en que la «redención» por el dolor se sustituye por esa otra «redención» (entre comillas, según María Cátedra) por el turismo, pues no en vano son muchas las «semanas santas» que han alcanzado la declaración de Interés Turístico Regional.

Finalmente podríamos hablar de la importancia de las procesiones como formas de «peregrinaje», contempladas desde un doble punto de vista: como recorrido físico entre un lugar y otro, con lo que ello puede entrañar de rapidez o lentitud, de mayor o menor dificultad o de más o menos dolor (si se llevan cadenas o pesadas cruces), o vistas como «recorrido» religioso interior. Es decir, lo tangible terrenal y/o lo inmaterial y espiritual.

A veces ambos recorridos se aúnan y el camino en la tierra sirve para lograr esa elevación espiritual que acerca a Dios al «peregrino».

En fin, serían muchos los aspectos que podrían estudiarse en una procesión, pero sirvan estas notas para que cada lector añada de su cosecha las que estime más oportunas y complete su propio abanico de ideas.

NOTAS

[1] LADERO QUESADA, Miguel Ángel: Las fiestas en la cultura medieval, Barcelona, Random House Mondadori, SA, 2004, p. 49.

[2] Murcia, 2000.

[3] ORTEGO GIL, Pedro: «La Cofradía del Santo Sepulcro en Sigüenza», en Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 25 (1993), pp. 9-82. Ídem: Historia de la Cofradía de la Vera Cruz de Sigüenza, Madrid, Bornova, 2008.

[4] MIGUEL HERNÁNDEZ, José María: Milmarcos. Crónica de la Villa, Getafe, el autor, 1993.

[5] CASADO ROBLEDO, María Jesús: «Rituales de Cuaresma y Semana Santa en Tendilla (El ayer y el hoy de la Cuaresma y la Semana Santa en la villa de Tendilla)», en Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 41 (2009), pp. 147-157.

[6] GISMERA VELASCO, Tomás: «La Virgen de los Dolores de Atienza y su Rosario de Faroles», en Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 37 (2005), pp. 385-399.

[7]BRIS GALLEGO, José María: El libro de Jadraque, Guadalajara, el autor/Aache, 2010, pp. 114-126; DÍEZ DÍAZ, Teresa: «El Cristo de la Cruz Acuestas de Jadraque», en XII Encuentro de Historiadores del Valle del Henares. Alcalá de Henares 25-28 Noviembre 2010. Libro de Actas, Alcalá de Henares, Institución de Estudios Complutenses, Diputación de Guadalajara y Centro de Estudios Seguntinos, 2010, pp. 741-756.

[8] SÁNCHEZ, María Ángeles: Fiestas populares. España día a día, 2.ª ed., Madrid, Maeva, 1998.

[9] LÓPEZ ESCAMILLA, Carmen: «Cofradías y Hermandades en la ciudad de Guadalajara», en Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 27 (1995), pp. 241-260; OLIVIER LÓPEZ MERLO, Felipe M.ª: «La Semana Santa en Guadalajara y su provincia», en Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 20 (1991, 4.º), pp. 101-110.

[10] «Reseña histórica. Cofradía del Cristo Yacente del Santo Sepulcro», en Semana Santa Guadalajara 2000, Guadalajara, Ayuntamiento de Guadalajara y Junta de Cofradías, 2000 (programa oficial). Web: www.cristoyacentegu.com.

[11] «Breve reseña histórica de la Cofradía de Ntra. Sra. de los Dolores», en Semana Santa Guadalajara 2009, Guadalajara, Ayuntamiento de Guadalajara y Junta de Cofradías, 2009 (programa oficial). Web: www.vsoledadguada.es.

[12] MARTÍNEZ FERNÁNDEZ, Miguel Ángel: Amor y Paz. Cincuenta años de Hermandad, Guadalajara, Hermandad del Santísimo Cristo del Amor y de la Paz, 2012.

[13] LÓPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón: Cofradía Esclavitud de Nuestro Padre Jesús Nazareno (Iglesias de San Nicolás el Real). Crónica de 1946 a 2006. Notas acerca de su fundación y evolución hasta el momento actual, Guadalajara, Cofradía Esclavitud de Nuestro Padre Jesús Nazareno, 2006 (LX aniversario de la fundación de la cofradía).

[14] «Breve reseña histórica de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad», en Semana Santa Guadalajara 1999, Guadalajara, Ayuntamiento de Guadalajara y Junta de Cofradías, 1999.

[15] «Ilustre y fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Ntro. Padre Jesús de la Salud y M.ª Stma. de la Esperanza Macarena», en Semana Santa Guadalajara 2003, Guadalajara, Ayuntamiento de Guadalajara y Junta de Cofradías, 2003 (programa oficial).

[16] «Breve reseña histórica de la Cofradía de la Pasión del Señor», en Semana Santa Guadalajara 2011, Guadalajara, Ayuntamiento de Guadalajara y Junta de Cofradías, 2011 (programa oficial). Web: www.cofradialapasionguadalajara.es.

[17] VACAS MORENO, Pedro y VACAS GÓMEZ, Merche: Pasión Viviente de Hiendelaencina, Guadalajara, Ayuntamiento de Hiendelaencina, 202.

[18] «La Hermandad de los Soldados de Cristo de Budia», en Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 34 (2002), pp. 179-192.

[19] ARAGONÉS SUBERO, Antonio: Danzas, rondas y música popular de Guadalajara, 2.ª ed., Guadalajara, Institución Provincial de Cultura Marqués de Santillana. Diputación de Guadalajara, 1986, p. 205.

[20] LÓPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón: «Algunas fiestas y tradiciones de Pareja (Guadalajara)», en Revista de Folklore, n.º 383 (Valladolid, Fundación Joaquín Díaz, enero 2014), pp. 31-32 y nota 3; PÉREZ ARRIBAS, Juan Luis: Cogolludo, su historia, arte y costumbres, Guadalajara, el autor/Aache, 1999, p. 391 (El pelele).

[21] LÓPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón: «La sentencia del ahornado (Berninches)», en Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 17 (1991, 1.º), pp. 103-106.

[22] LÓPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón: «Dos ejemplos de censura popular en Fuentelahiguera de Albatages: el testamento de Semana Santa», en Cuadernos de Etnología de Guadalajara, 16 (1990, 4.º), pp. 49-78.

[23] LÓPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón: Guadalajara, fiesta y tradición, Guadalajara, Nueva Alcarria, 2005, pp. 164-181.

[24] GARCÍA SANZ, Sinforiano: «La quema del Judas en la provincia de Guadalajara», en Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, tomo IV, (Madrid, CSIC, 1948), pp. 619-625.

[25] CÁTEDRA TOMÁS, María: «Símbolos y ritos de paso», en FERRERO I GANDIA, Raquel (coord.), Conversaciones antropológicas, Valencia, Museu Valencià d’Etnologia (Diputació de València) y Universitat de València, 2013, pp. 51-53.