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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 391.

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Desde siempre, y a pesar de que había un toque específico para alejar los nublados, el «tente nublo» (tente nube, tente tú, que más puede Dios que tú), la Iglesia dio más importancia en caso de tormenta a las oraciones que a los sonidos producidos para alejarla, por muy estridentes y poderosos que fueran. De hecho, durante los siglos xix y xx se formaron dos corrientes: una, que quería atribuir a las campanas o al estampido del cañón un poder sobre los nublados ya que servía para dispersarlos, y otra, muy fuerte desde la influencia de los enciclopedistas, que negaba cualquier creencia o costumbre que no tuviese una base científica o que no se pudiese demostrar de forma fehaciente. El jesuita Juan Ferreres, a comienzos del siglo xx, escribió un tratado sobre las campanas (Las campanas, su historia, su bendición, su uso litúrgico, dominio de propiedad sobre ellas, influencia de su toque durante las tempestades) en el que parecía inclinarse por las razones de los enciclopedistas, negando cualquier credibilidad a los usos tradicionales pese a reconocer su permanente existencia y amplia difusión. Eso sí, por si acaso, venía a sentenciar con las palabras del doctor Gockel, profesor de la Universidad Católica de Friburgo y autor de una célebre obra titulada Das Gewittes [«El temporal»], que el verdadero peligro era estar agarrado a la cuerda cuando el rayo caía. Y añadía las palabras del sabio alemán: «Se conseguiría tal vez que el peligro fuese menor poniendo la cabeza de la campana en comunicación metálica con el pararrayos. Esta medida serviría también de defensa a la misma armazón, muchas veces perjudicada por el rayo. Mas esta precaución no defiende por completo a la persona que tañe durante la tempestad». Pese a esta aséptica opinión, concluye el padre Ferreres: «Nótese que los rayos no caen ahora sobre los campanarios y campaneros con más frecuencia que hace ocho o diez siglos y, sin embargo, hasta que los enciclopedistas, por su odio a la Iglesia, comenzaron a declamar contra el toque de las campanas durante las tempestades, exagerando el peligro, nadie se había dado cuenta de que tal peligro fuese cosa notable. Tan lejos estuvieron de ver dicho peligro, que en no pocos puntos existe aún hoy la costumbre de llevar una gran campana por medio de la campiña y hacerla tocar por una persona pagada al efecto, siempre que amenaza tormenta, dando a esta campana el nombre significativo de Salvatierra».

Las rayos de los enciclopedistas e ilustrados, en efecto, ya habían caído estrepitosamente sobre las torres de las creencias más ingenuas, como sucedió con el padre Feijóo y la campana de Velilla, llamada también «del milagro» pues se suponía que tocaba sola advirtiendo de algún acontecimiento perjudicial para el país o para sus gobernantes. Sin embargo, hasta bien entrado el siglo xix se continuaron publicando libros y estudios sobre sus arbitrarios y caprichosos toques a los que se pretendía dar una explicación racional o lógica.