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Supersticiones extremeñas

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 391.

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Se puede afirmar que la superstición —pagana y demoníaca según san Agustín— constituye una parte muy antigua de la herencia humana, ya que desde los tiempos más antiguos, desde que el hombre existe, la creencia en mitos o fenómenos sobrenaturales inexplicables —llámense rayos, truenos, o incluso la misma vida o la misma muerte—, propiciada por su desconocimiento sobre las leyes que rigen la Naturaleza y cuanto con ella se relaciona, le llevó a formarse ideas equivocadas sobre el mundo que le envolvía. La superstición es, pues, hija de la ignorancia, que aparece cuando aflora cualquier respeto o miedo excesivo a las cosas desconocidas o misteriosas o a la creencia en seres sobrehumanos que lo mismo pueden castigar que premiar; cuando se cree que ciertos objetos o situaciones pueden tener poderes extraordinarios o sobrenaturales; cuando por una desviación del sentimiento religioso hace creer en cosas extrañas a la fe y contrarias a la razón, con alojamiento de la ortodoxia religiosa; o cuando se valora de modo excesivo una cosa o la fe exagerada en ella; de ahí que se buscase en ellos la explicación a ciertos sucesos que consideramos sorprendentes y fuera de toda lógica. Si atendemos a lo que escriben Morata Lara y Álvarez Curiel —pp. 21-22—, repararemos en que en casi todas las supersticiones populares «aparece un elemento material (objeto, planta o animal) que constituye el soporte físico sobre el que se ha elaborado una creencia al adjudicarle poderes benéficos o maléficos». Y, a continuación, citan una serie de elementos que aparecen en las supersticiones más comunes: aceite, agua, ojos, aves nocturnas, cristal o espejo, cuchillo, culebra, trébol, herradura, sal, tijeras, sillas… Elementos que giran, pues, en torno a la vida doméstica, como «vestigios domesticados de antiguos ritos».

Estas creencias enraizaron principalmente en el pueblo llano que, privado de ilustración, estaba abierto a cualquier superchería que cebase su ignorancia. Aunque hubo un papa, Juan XXII, que —según escribe Publio Hurtado, p. 127— «encantado según vox populi y creyéndose tal él mismo, aceptó de la condesa de Foix dos cuernos de dragón, estimados como talismanes infalibles contra los maleficios». De ahí que el ambiente sociocultural que surgió en Europa durante el siglo xviii —conocido como Siglo de las Luces— intentase erradicar estas falsas creencias de las mentes más proclives a aceptarlas. Así, los pensadores ilustrados franceses o ingleses utilizaron la razón humana para combatir tanto la ignorancia como las supersticiones en sus respectivos países. En España fue el padre Feijoo quien, con su Teatro crítico universal o Discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes, pretendió corregir viejas supersticiones, prejuicios y costumbres, como ya habían perpetrado autores europeos como Thomas Browne en Inglaterra, Christian Thomasius en Alemania o los enciclopedistas Voltaire y Rousseau en Francia.

Así pues, superstición es toda creencia que no tiene fundamento racional y que consiste en atribuir carácter mágico u oculto a determinados acontecimientos, superchería que puede estar basada en tradiciones populares, en general relacionadas con un sentimiento mágico. O, como dice la Real Academia de la Lengua, «creencias producto de atavismos paganos o de la ignorancia en materias religiosas, por lo cual se atribuye erróneamente valor sagrado a ciertas prácticas, palabras u obligaciones». Su etimología corresponde al verbo latino superstare —del prefijo super: ‘arriba, sobre’ y la raíz del verbo stare: ‘estar, estar en pie’—, ‘permanecer sobre’, que para los romanos tenía el sentido figurado de «ser testigo» o «sobrevivir». O, como escribía Cicerón, para quien los supersticiosos eran aquellos que rezaban u ofrecían sacrificios todos los días para que sus hijos les sobrevivieran. Es decir, que en el verbo superstare estaba inmanente el deseo de trascender y de perpetuarse —y más concretamente, el de no ver morir a la propia descendencia— a través de la realización constante de ciertos rituales, como la de hacer ofrendas a las que alude Cicerón. De ahí que en Roma se llamasen superstites a las personas que salían vivas de las batallas porque habían sobrevivido a sus compañeros y por eso estaban por encima de ellos. Igualmente, los adivinos —que generalmente basaban sus predicciones en la observación de la Naturaleza— eran calificados frecuentemente como superstitiosus, lo que de por sí no habría constituido una valoración necesariamente peyorativa. «Pero a veces —escribe Jean-Claude Schmitt, Historia de la superstición, Barcelona, Crítica, 1992 (citada en Wikipedia, La enciclopedia libre, término ‘superstición’)— sí se dio un sentido desfavorable a la palabra y las acciones que designaba, entendidas como una manifestación exagerada, y por tanto superflua y desordenada, de religiosidad. Esta idea resulta más comprensible si se considera que religio, la religión, significaba precisamente lo contrario para los romanos. Según el mismo Cicerón, religio viene de re-legere (‘reagrupar, ordenar’). Por lo mismo, dentro de la preocupación romana de realizar el culto dentro de normas rígidas, una exageración, como hacer sacrificios todos los días, podía llegar a ser entendido como un defecto». Es decir que, para los romanos, el supersticioso podía llegar a ser o bien un tartufo o una persona afectadamente religiosa.

Igualmente, el término superstición hace referencia a todo lo que está sobre (por encima de) lo determinado, lo concreto, porque subsiste o persiste en la mente humana como algo añadido a lo ya establecido. De ahí que las personas supersticiosas crean que mediante la realización de ciertos rituales —rezos, sortilegios, conjuros, maldiciones…— puedan influir a favor o en contra en la vida personal o ajena.

Hechas estas anotaciones, es momento de pasar a intentar buscar el posible origen de ciertas supersticiones que se tenían en Extremadura, algunas con paralelismo en Portugal, aunque haya un determinado número de estas supercherías a las que no se les puede aplicar una explicación, ni lógica ni esotérica.

*Se tiene como señal de mala suerte encender tres cigarrillos con una misma cerilla. Según cuentan, en una guerra indeterminada —unos dicen que en una de las guerras mundiales, otros que en la civil española— tres soldados utilizaron la misma cerilla para encender sus respetivos cigarrillos. Un soldado enemigo vio el fogonazo de la cerilla del primero, apuntó al resplandor del segundo y disparó al del tercero, matándolo.

*Si a una persona soltera —hombre o mujer— se le barren los pies con una escoba, la fecha del casamiento puede demorarse indefinidamente o no se casará. También suele aplicarse a las viudas. Lo mismo se creía en Portugal.

El origen de esta superstición está relacionado con las brujas y las escobas empleadas por ellas para acudir a los aquelarres.

Esta fue una de las muchas supersticiones que hubo en la antigüedad acerca de este utensilio doméstico, pues en Europa, generalmente, las escobas se hacían con retamas, planta a la que se atribuían propiedades mágicas y sexuales; de ahí que se dijera que si una muchacha soltera, jugando, se montaba en una escoba, podía quedar embarazada. O que si una mujer que estaba barriendo chocaba con un hombre, este quedaría estéril, a no ser que le pegara a ella siete veces con el mango de la misma. O que no debía llevarse una escoba vieja a una casa nueva.

*La ruptura de un espejo anuncia la muerte de una persona, pues el espejo refleja el alma de quien lo utiliza y romperlo equivaldría a romper, a poner su vida en peligro, ya que el espejo era un elemento mágico de adivinación y, al romperse, dejaba de mostrar el futuro, aunque si recoges los trozos y los metes en un cubo con agua durante siete días y siete noches, el maleficio quedará contrarrestado. También es superstición común que, si rompes un espejo, tendrás siete años de mala suerte o de maldición, pues se creía que siete años era el tiempo que supuestamente tardaba un cuerpo en renovarse, de experimentar un cambio en su constitución fisiológica.

Los portugueses también creían que la ruptura de un espejo presagiaba la muerte de algún miembro de la familia.

*Otra señal de mala suerte es pasar por debajo de una escalera apoyada en una pared porque, según dicen los supersticiosos, se podría romper el triángulo mágico formado por la pared, el suelo y la propia escalera, pues el triángulo se tenía como símbolo sagrado tanto de las pirámides como de la Santísima Trinidad, de ahí que estuviese prohibido pasar por debajo de ese arco sagrado, pues tal acción era sacrílega. Para otros, ese triángulo correspondería al que formó la escalera por donde fue descendido Jesús, con la cruz misma y el suelo. Se creía que en esa figura moraba el diablo, que veía con rabia cómo con su muerte Jesús salvaba a la Humanidad y la maldad de Lucifer para con los hombres. Para conjurar los posibles males derivados de tal acción debían cruzarse los dedos, escupir una vez bajo la escalera y tres al terminar de cruzarla.

También hay quien relaciona el origen de esta superstición con el miedo a la horca y a los patíbulos en general, pues debía apoyarse una escalera en el poste del suplicio tanto para colgar al reo como para descenderlo. Y cualquiera que pasara por debajo de la escalera estaba expuesto a encontrarse con el cuerpo del muerto al ser bajado.

Canta Serrat en Toca madera:

Cruza los dedos,
toca madera.
No pases por debajo de esa escalera.
Y evita el trece y al gato negro.
No te levantes con el pie izquierdo.

*El hecho de que se derrame un salero es señal de desgracias para quienes moran en la casa. Igualmente, la persona que pisa esa sal derramada está expuesta a que le vengan desgracias inesperadas, pues le perseguirá la mala suerte. Lo mismo se cree en Portugal, donde pasar sobre la sal atrae maleficios por parte de las brujas. El remedio para evitar tales males es tomar un poquito de la sal derramada y tirarla hacia atrás por encima del hombro izquierdo, directamente a la cara del diablo. Porque —según puede leerse en Internet, Supersticiones más comunes— este es el sitio desde el que Pedro Botero, es decir, el diablo, espera paciente a que nuestra naturaleza pecadora renuncie al alma para siempre. «La sal arrojada no tiene otro fin que cegarlo temporalmente, para que el espíritu tenga tiempo de volver a quedar afianzado por la buena suerte. Desde la Grecia Antigua, la sal ha tenido un gran poder simbólico: procede de la Madre Tierra, del mar; las lágrimas y la saliva son saladas, y conserva, condimenta y enriquece los alimentos».

En efecto. Desde la Antigüedad, la salazón ha sido uno de los procedimientos efectivos para conservar la carne. Ello hizo pensar que la sal era incorruptible, motivo por el cual se convirtió en símbolo de amistad; amistad que se rompería si era derramada.

Igualmente, la sal en la Antigüedad significaba riqueza, pues era común pagar con sal los servicios prestados —de ahí ‘salario’—. Por ello, derramarla era tenido como desprecio hacia el dinero y, por ende, suponía un futuro sin fortuna.

También se cree que el origen de esta superstición estuvo en el hecho histórico que protagonizaron los soldados romanos tras la conquista de Cartago, pues una vez arrasada la ciudad sembraron los campos de sal para que nada volviera a crecer en ellos. Práctica que no fue única de los legionarios romanos…

Como canta Serrat:

Y métete en el bolsillo
envuelta en tu carta astral
una pata de conejo
por si se quiebra un espejo
o se derrama la sal.

*Deben evitarse las miradas de los tuertos, porque acarrean males. Para evitar el maleficio se debe desayunar temprano, dicen…

Esta falsa creencia viene de antiguo. La visión en tres dimensiones que todos tenemos viene por la combinación visual de los dos ojos. Pero cuando perdemos uno, también se pierde esa perspectiva y no somos capaces de calcular bien las distancias ni de evitar los obstáculos. De ahí que los tuertos tengan que mirar de otra manera, pues tienen que fijarse más en los detalles, en las esquinas… Y eso era algo que no conocían nuestros ancestros. De ahí, de esa forma extraña de mirar, provino la superstición actual.

*Oír a un perro aullar cerca de la casa de un enfermo presagia su muerte próxima. Igual premonición anuncia el hecho de que durante tres días consecutivos y en el mismo sitio, o en la puerta de aquel, el animal escarbe en la tierra. Ello es señal de que se le está preparando la tumba al enfermo. La misma idea existe entre los portugueses.

En algunas mitologías europeas, y desde tiempos remotos, se ha asociado a los perros con la muerte. Esta asociación parece deberse a los hábitos caninos de rebuscar en la basura y escarbar en la tierra para enterrar huesos. Así, por ejemplo, en la mitología y el folklore de Gales se menciona a los Annwn, los sabuesos del otro mundo; en la mitología nórdica, a Garm o Garmr, el terrible perro que guarda la puerta del reino de la oscuridad y de las tinieblas, el reino de Hela o Hel, la diosa o giganta encargada el inframundo… Sin olvidar al guardián del Hades en la mitología griega, Cerbero o Can Cerbero, el monstruo de tres cabezas que se aseguraba de que los muertos no salieran de él, o de que los vivos no entrasen.

Con tan nefandos precedentes, ¿cómo no imaginar que tales aullidos pudieran estar abriendo las puertas del otro mundo a quienes adolecían en los lechos del dolor?

*Cuando a una persona se le cae algo que tiene en las manos es señal de que alguien ausente se está acordando de ella, o la está nombrando en ese momento. La letra inicial del objeto en cuestión correspondería a la persona que la tiene en mente o la menciona. Esta falsa creencia puede estar relacionada con lo que en medicina se conoce como «síndrome del túnel carpiano», si la frecuencia con que se caen las cosas es asidua. Sin embargo, cuando las caídas son ocasionales, estas pueden deberse a simples distracciones que hacen que el nervio mediano, que lleva los impulsos del cerebro a la mano, se relaje, aflojando los dedos y permitiendo que los objetos caigan.

*También se acuerdan de ti cuando se te ponen las orejas coloradas. Si la oreja que enrojece es la derecha el recuerdo es por bien; si la caldeada es la izquierda, señal es de que te están difamando. En este caso, el remedio es morder la punta de un pañuelo para que el maldiciente, a su vez, se muerda la lengua.

Que se pongan rojas las orejas depende —según los médicos— de un mal funcionamiento del sistema nervioso neurovegetativo que tiene, entre otras capacidades, la de regular la temperatura corporal, haciendo que el cuerpo pierda o retenga calor en relación con la temperatura ambiente. Así pues, que las orejas se pongan coloradas, especialmente las más sensibles a la vasodilatación corporal, se debe sencillamente a un aumento de la circulación sanguínea en ellas, no solo cuando hay cambios de temperatura sino también cuando estamos nerviosos, ansiosos, sintamos vergüenza, etc. Lo demás son cuentos de viejas.

*Desde antiguo, la inseguridad natural llevó al ser humano a intentar conocer con antelación su futuro. Esto explica la popularidad que, ya desde la Grecia Clásica, adquirieron los oráculos y pitonisas —como los de Delfos, en el santuario de Apolo—, costumbre que pasó a los romanos que, guiados por el vuelo o entrañas de las aves, por la posición de los astros, por el agua, el fuego y otros elementos, trataron igualmente de averiguar el porvenir. Y que, con el trascurrir del tiempo, fue llegando hasta nosotros utilizando medios semejantes, si no iguales, a los de aquellos primitivos augures.

En la víspera o fiesta de San Juan —la noche más mágica del año—, según dicen, se abren las puertas del mundo invisible, de ahí que se tengan como las fechas más propicias para realizar todo tipo de ritos tendentes a conseguir prosperidad, fertilidad, éxito… O conocer el futuro sentimental, no exento de la parte pecuniaria.

Así, en Extremadura, si una soltera —a veces también algún soltero, aunque eran generalmente las mujeres quienes se sometían con más frecuencia a este tipo de prácticas proféticas— quería averiguar quién sería su novio, la víspera de San Juan debía llenar un recipiente con agua clara y a las doce de la noche mirar dentro de él. De este modo vería reflejado en el elemento acuoso el rostro de su futuro amante. Otra fórmula con igual acomodo era hacerse con un espejo y romper un huevo en un barreño lleno de agua. Y el mismo día y a la misma hora, mirar atentamente el huevo y el espejo para ver la cara del susodicho.

Otras recetas empleadas antaño tendentes a obtener igual resultado —es decir, ver la cara de su posible novio o marido—, eran:

-Que la joven se quedara totalmente desnuda delante de un espejo en su habitación, con los pies metidos en una palangana llena de agua y una vela encendida en la mano.

-Que se asomara a un pozo a las doce de la noche.

Otra práctica que estuvo muy extendida tanto en Extremadura como en el vecino Portugal se relacionaba con las alcachofas. Había que coger alcauciles silvestres y adjudicar a cada uno el nombre de los posibles pretendientes, fijándose bien a quién correspondía cada uno de ellos para no equivocarse, luego debía acostarse, no sin antes echar bajo su cama las alcachofas. Al día siguiente debía ver si alguna de ellas había florecido. De no haberlo hecho ninguna, podía significar dos cosas: que entre los nombres adjudicados no estaba el de su futuro pretendiente o que iba a quedarse soltera. ¿Y si florecía más de una? Nada se dice de esta posible circunstancia.

Otra industria para conocer el nombre del futuro consorte era que la muchacha en cuestión se subiese a la azotea o ventana más alta de su casa y a las doce en punto del día de San Juan arrojar a la calle un balde de agua y preguntar al primer hombre que la pisara cuál era su nombre, nombre que se correspondería con el de su futuro consorte.

En Olivenza —Badajoz—, para conocer el futuro amoroso que esperaba a las mocitas casaderas utilizaban habas del año, que mujeres ajenas a la joven en cuestión ponían en dos montoncitos —uno de habas peladas y otro de habas sin pelar—, montoncitos que ponían luego en un sitio oculto. A las doce de la noche de la víspera de San Juan, la joven en cuestión, y a oscuras, debía acertar con uno de los dos rimeros. Si acertaba con las habas mondadas, era señal de que tendría mala suerte en un sentido u otro; si acertaba con las enteras, la suerte le favorecería.

En la también localidad badajocense de Valencia del Mombuey eran tres las habas: a una la dejaban entera, a otra le quitaban solo la cejilla y a la tercera la pelaban completamente. Luego las escondían separadas bajo la almohada de la cama de la moza que, a las doce de la noche de la víspera de San Juan, debía elegir a ciegas una de las tres. Y ya se sabe: si sacaba la entera tendría una vida placentera, con un marido rico; si sacaba la medio pelada, solo disfrutaría de una módica posición económica durante su matrimonio… Y si sacaba la pelada totalmente, pues nada, estaba claro que se casaría con un pobrete…

¿Y si pretendían conocer el oficio del futuro consorte? Muy sencillo: la noche de San Juan se iba echando plomo fundido en un recipiente con agua fría y se esperaba a ver qué figura formaba en la superficie del líquido elemento… Luego debía descifrarse la figura para ver a qué oficio o profesión más se correspondía…

Aunque no solo se recurría a estas prácticas adivinatorias el día de San Juan o su víspera. También se acudía a san Pedro en su vigilia. Así, en algunas localidades badajocenses, como Villanueva de la Serena, la moza que deseaba conocer su futuro amoroso debía coger una llave y subir al lugar más alto que pudiera encontrar. Y, levantando al cielo su mano con la llave, dirigirse al santo, diciendo: «Señor san Pedro: tus llaves tengo. ¿Me caso o no me caso?». Luego se retiraba a su casa y a las doce de la mañana del día siguiente, día del santo, se asomaba al brocal de un pozo. De estar predestinada para casarse, vería reflejada en el agua la cara de su futuro marido… ¿Y si no veía nada? Estaba claro: se quedaría soltera…

*La aparición de una mariposa blanca es señal de que se van a recibir buenas noticias o dinero. Por el contrario, un moscardón o mariposa negra anuncia desgracias, especialmente recibida por carta.

Algunos, en vez de mariposa blanca o mariposa negra, hablan de palomita blanca o palomita negra. Lo de paloma blanca procede, al parecer, del relato bíblico del arca de Noé, cuando el patriarca, para saber si ya era seguro salir del arca tras el diluvio, soltó una paloma que regresó con la buena noticia de que las aguas habían bajado y la tierra estaba ya seca. Por el contrario, la paloma negra, la noche, a lo largo de la historia ha tenido, según la experiencia humana, connotaciones negativas, símbolo de tristeza, de desgracia y de malos augurios.

*Se tiene como señal de buen agüero que el vino se derrame sobre la mesa, especialmente si mojas los dedos en él y te tocas la frente con los dedos húmedos.

Desde antiguo, derramar vino en el suelo se tenía como un tributo a los antepasados, fertilizadores de la tierra. Igualmente, en las ceremonias más antiguas el ser humano apelaba a él como elemento mágico, pues atribuían a Dionisos los rituales de prosperidad y fertilidad basados en su uso y en un medio para atraer la voluntad y la protección de los dioses, que, igualmente, comenzaron a disfrutar desde entonces de un placer que les había resultado desconocido hasta que Dionisos lo fabricó por primera vez. Por otra parte, el hecho de que el vino se derramase en la mesa era tenido como símbolo de la alegría compartida en buena compañía.

Hay quien piensa, sin embargo, que verter vino en la mesa trae mala suerte, por lo que debe aplicarse en seguida un poco del mismo sobre la frente para atraer la buena suerte.

Dice el viejo refranero: «Derramar vino, buen sino; derramar sal, mala señal» y «Derramar el vino es buena señal, pero no la sal».

*Esparcir agua bendita por los rincones de la casa, especialmente si es la que se ha cogido en el Oficio de Tinieblas del Viernes Santo, aleja al diablo de esa morada. Tocarse en la frente con el agua bendita trae buena suerte.

El uso del agua bendita, a la que había que añadir sal para purificar las casas cristianas, fue instituido —según la tradición— por el papa san Alejandro (106-115). Actualmente, cuando se le añade sal, el sacerdote bendice primero la sal, con este ensalmo: «Que el espíritu inmundo con su malicia y sus engaños se aleje de los lugares donde sea derramada y que todo lo que toque sea preservado de toda mancha». Luego bendice el agua con este otro sortilegio: «Yo te exorcizo para que seas un agua pura y santa propia para destruir el poder del demonio. Que esta agua reciba el efecto de la gracia para preservar de toda mancha y alejar las trampas secretas del enemigo». Y, a continuación, las mezcla.

Pero no debe olvidarse que lo que hoy conocemos como agua bendita tuvo su origen en el agua lustral de los gentiles; agua donde se había apagado un tizón ardiente sacado de la hoguera de un sacrificio. Los sacerdotes paganos —egipcios, etruscos y de otros pueblos de la Antigüedad— ya atribuían a esta agua ciertas virtudes, de ahí que se sirvieran de ella en sus ceremonias, rociando al pueblo y a distintos objetos como hoy hace la Iglesia. «La tenían por lo común en unos grandes vasos colocados a la puerta o en el vestíbulo de los templos y los que entraban en ellos se lavaban ellos mismos o bien se hacían lavar por los sacerdotes. Cuando había un muerto en una casa, se ponía a la puerta un gran vaso lleno de agua lustral, que pasaba de la casa de un difunto a la del otro. Todos los que asistían a los funerales se rociaban al salir con ella, sirviéndose también de la misma para lavar el cadáver». (Wikipedia. Agua lustral). Incluso la privación de esta agua entre los griegos era una especie de excomunión.

En la actualidad se usa para bendecir personas, objetos o lugares concretos pues, como señala la Iglesia católica, el agua bendecida es el símbolo exterior de la pureza interior y tiene la facultad de atraer la gracia sobre lo asperjado con ella, alejar al demonio, curar a los enfermos y purificar.

*Se dice que las manchas blancas —nubecitas— que aparecen en las uñas de una persona —leuconiquia, debida a un proceso inflamatorio o un traumatismo en la matriz de la uña, que provoca una queratinización anormal anterior— indican que es mentirosa, y que cada nueva manchita es indicativa de una mentira reciente o un pecado. Y por más o menos mentirosa o pecadora se tendrá según tenga más o menos manchitas. También se cree que el número de manchitas blancas que aparecen en las uñas de un hombre son indicativas del número de mujeres que se interesan por él. Igualmente, se consideran portadoras de buenas o malas noticias.

Asimismo, es creencia generalizada la convicción de que, si se cortan las uñas en viernes, las muelas no dolerán.

En Portugal, sin embargo, si la mancha aparece en la mano derecha de esa persona es señal de que recibirá pronto un regalo; por el contrario, si aparecen en la mano izquierda señalan mentiras. Igualmente, se cree que cuando aparece alguna de esas manchas blancas es porque cuenta estrellas.

De todas estas supersticiones, tal vez la más conocida sea la de las manchas en las uñas. Sin embargo ninguna de ellas tiene una explicación ni racional ni esotérica. Tampoco se sabe cómo surgió, aunque bien pudo surgir en el mundo infantil, tan propenso a la fantasía y las elucubraciones misteriosas. O propiciada por los mayores para atemorizar o controlar a los rapazuelos más inquietos y picaruelos.

*Era creencia general que, cuando dos cónyuges estaban en las velaciones de los esponsales, aquel a quien se le apagaba primero la vela moriría también primero. En Portugal, si durante la ceremonia del casamiento la vela que estaba al lado de la novia era más pequeña que la otra, también era signo de que ella moriría antes; si caía al lado del novio, sería este quien fallecería primero.

En el mundo del esoterismo y la magia blanca, la vela representa al ser humano en su conjunto: la cera al cuerpo físico, la mecha a la mente y la llama al espíritu. Así, en la ceremonia del casamiento, cada vela representa individualmente a los contrayentes, su hálito vital. Igualmente, la presencia de las velas simboliza la alianza de quienes van a unir sus destinos mediante el rito de los esponsales. Y también con el encendido de las velas se acercan a los antepasados, que ya no están en este mundo. Por todo ello, que una de las velas se apague antes que la otra era tenido como presagio de ruptura, de ruptura vital; es decir, de muerte, para quien tenía la desgracia de ver apagar su vela antes que la del otro.

También se pensaba que, en la noche de bodas, el desposado que apagase primero la luz al acostarse también sería el primero en morir. Superchería que tiene menos posibilidad de ser entendida que la referente a las velas, pues creo que ni los esotéricos y ni los magos o adivinos sabrían explicar el cambio de luminaria…

*Si una joven quiere que le salga novio, deberá encender dos velas a san Antonio, o meter una imagen del santo en un pozo. Dice la canción:

Tú fuiste la que metió
a san Antonio en el pozo
y le diste zambullías
pa que te saliera novio.

San Antonio es tenido como patrón de los pobres, de los viajeros, de los panaderos, de los papeleros, y se recurre a él para hallar los objetos perdidos desde que en cierta ocasión se le invocó para encontrar un libro extraviado… De ahí que se le tenga por milagrero.

Pero también es patrón de las solteras y casamenteras… porque, según dicen, antes de ser beatificado solía defender a las mujeres que eran víctimas de desigualdad o de violencia.

Lo de meter en el pozo una imagen del santo tal vez fuese usado como una solución extrema para conseguir pareja por parte de alguna mujer desesperada. Aunque bien pudo guardar paralelismo con otras tradiciones populares extremeñas consistentes en bañar a san Marcos u otro santo patrón como medida tajante para solicitar la lluvia, como magia simpática: lo semejante trae lo semejante.

*La noche de San Juan, las mozas casaderas solían tirar al aire uno de sus zapatos. Si caía boca arriba era señal de que habría pronto una buena boda. Pero esta actuación tenía su contrapartida, pues si el zapato caía al revés indicaba que la moza en cuestión se quedaría para vestir santos. En otros lugares, de caer el zapato en esa posición, advertía de la muerte violenta de quien lo arrojó, pues el zapato, identificado con la persona que lo usa, tiene una significación funeraria en algunas tradiciones de Occidente.

*Cuando la luna tiene cerco es señal de que el tiempo va a cambiar. También se cree que las nubes rojizas del atardecer anuncian lluvia. Dice un refrán: «Candilazo al anochecer, lluvia al amanecer».

Ese tipo de cerco lunar en algunas ocasiones se tiene como presagio de lluvia, pues es la vanguardia de sistemas frontales cálidos. Pero no puede considerarse totalmente cierto, porque en meteorología nada se cumple al cien por cien, de ahí que en el mismo refranero popular haya unos adagios que confirman tal aserto: «Si la luna tiene cerco, va a llover de cierto» o «Cerco de luna, agua segura», y otros que lo desmienten: «Cerco de luna, no llena laguna».

Las mismas posibilidades pueden darse al color rojizo de las nubes al atardecer, que son un reflejo de la luz solar en los cristales de hielo o en las gotas de agua que forman las masas nubosas; efecto que resulta más potente cuanto más bajo está el Sol en el horizonte, pues más atmósfera atraviesan.

*Sobre el origen del temor supersticioso al número 13, existen dos posibles explicaciones. Una habla de un banquete al que fueron invitados doce dioses decimoterceros de la Antigüedad, pero el espíritu del mal y de la disputa se coló entre ellos, como invitado número trece. Su presencia fue motivo de una pelea para expulsarlo del banquete, lo que motivó la muerte violenta de varios dioses, entre ellos el favorito de todos ellos. Otra posible explicación se refiere a la Última Cena, donde se reunieron trece comensales: Jesús y sus doce apóstoles. Veinticuatro horas después de esta cena, la traición de Judas llevó hasta el patíbulo a Jesús. De ahí que se creyese que si se sentaban trece personas a una misma mesa, una de ellas moriría antes de un año.

El día aciago varía según las culturas. En España, Grecia y México, se tiene como tal el martes y trece; en los países anglosajones es el viernes trece, ya que, según la tradición, en un viernes trece murió Cristo en la cruz, Eva tentó a Adán con la manzana, tuvo lugar el diluvio universal, finalizó la construcción de la Torre de Babel y los romanos arrasaron el Templo de Salomón.

*Los niños que juegan con fuego durante la noche se orinarán en la cama. La misma creencia existe en Portugal.

En mi opinión, esta creencia, más que una superstición debe considerarse como una medida preventiva tendente a evitar que los niños, que se sienten impulsados instintivamente por la curiosidad que el fuego despierta en ellos y que no comprenden aún el peligro que conlleva, traten de producirlo ellos mismos con cerillas, encendedores, brasas, etc., convirtiéndose, sin saberlo, en una de las principales causas de los incendios en el hogar. De ahí el intento de evitar estos accidentes creando en el niño temor y vergüenza hacia la enuresis, especialmente cuando van ya teniendo cuatro o cinco años.

*Para que algo perdido aparezca, además de rezar a san Antonio, deben hacerse tres nudos —otros dicen que es suficiente con anudar una de sus puntas— a un pañuelo —lo que se conoce como atarle los huevos al diablo— mientras se va salmodiando:

San Cucufato, san Cucufato,
los cojones te ato.
Hasta que no aparezca,
no te los desato.

Luego, el pañuelo se echa debajo de una cama o un mueble cualquiera.

También hay quien dice que debe rezarse un padrenuestro a las ánimas benditas del purgatorio. Esta creencia se basa, al parecer, en que, al rezar por ellas, su estancia en el purgatorio se acorta, acción que ellas agradecen orientando a la persona en cuestión sobre el lugar donde se halla lo perdido.

*Por igual motivo, cuando una persona desea despertar a una hora determinada, deben rezarse tres padrenuestros a las ánimas antes de acostarse.

*La mujer, cuando tiene la menstruación, no debe tocar las flores, porque se secan. En Portugal creen que las mujeres en tal situación no deben subirse a los árboles, porque se secan.

Muchos pueblos han considerado que la mujer es impura durante la menstruación y, por lo tanto, puede acarrear desgracias. Según el historiador y cardenal italiano César Boronio, «las mujeres, durante el período, eran excluidas de las sinagogas de los hebreos, y de la mesa en que se recibía la comunión durante los primeros tiempos de la iglesia cristiana». Y Frazer señala que «es regla que después de la primera menstruación una muchacha debe quedar apartada con algunas de sus compañeras en una cámara cerrada y oscura».

Esta creencia pervive aún en algunas culturas actuales, que prohíben a la mujer menstruante bañarse, lavarse la cabeza… o incluso comer almendras crudas o altramuces, pues el menstruo, además de ser utilizado por brujas y nigromantes en pócimas y bebedizos, tiene ciertas virtudes mágicas negativas, pues rabia el gato o el perro que lo lame.

*No debe hacerse daño a las golondrinas, porque ellas arrancaron las espinas de la corona de Cristo durante la crucifixión.

Según una leyenda piadosa, cuando Jesucristo estaba en la cruz, una bandada de golondrinas le alivió el sufrimiento arrancando con sus picos las espinas de la corona que laceraban su frente. Por ello, el Señor las bendijo e hizo que su carne fuese amarga e incomestible, motivo por el cual fueron respetadas por los cazadores, tanto cristianos como ateos. También se dice que el color oscuro que llevan en el dorso se lo pusieron ellas mismas en señal de luto por aquella muerte. De ahí que se dijese que «las golondrinas son de Dios» cuando alguien aludía a si se debían matar o no esas aves.

Son numerosas las canciones que aluden a este suceso, como la siguiente, que cantan en Guijo de Coria —Cáceres— en Semana Santa:

Ya vienen las golondrinas
con el pico ensangrentado,
de quitarle las espinas
a Jesús Sacramentado.

La anterior leyenda se completa con esta otra que, según se dice, recuperó, o tal vez creó, el poeta Francisco Acaso, natural del pueblo madrileño de Cercedilla. Cuenta que la primera de las golondrinas que le quitó una espina a Jesús salió volando, anduvo perdida no se sabe cuánto tiempo y, al final, tras cruzar mares, montañas y valles, vino a caer rendida sobre la cumbre de un cerro sin nombre, que desde entonces fue conocido como Cerro de la Golondrina, en las proximidades de la localidad madrileña de Navacerrada.

*Se tiene por nefasto hacer girar un cuchillo sobre la mesa, porque cuando se detenía, señalaba con su punta a la primera persona que iba a morir de entre los comensales. Esta creencia se originó en Inglaterra a mediados del siglo xix, donde fue práctica muy común entre los ocultistas utilizar este instrumento cortante para vaticinar acontecimientos futuros, pues al virar actuaba como ruleta vital, emisaria de mensajes del más allá.

*No debe apuntarse a una persona con un arma de fuego aunque esté descargada porque, según se cree, a las armas las carga el diablo. Claro que esta creencia parece más bien una medida preventiva que una verdadera superstición.

*Se tiene por pecado el tirar el pan al suelo o echarlo a la lumbre. En Portugal tienen la misma creencia.

Tirar el pan siempre ha sido mal visto, porque era sinónimo de comida. Y como se dieron ocasiones en que resultaba un bien escaso, tener un pedazo de pan que llevarse a la boca era todo un lujo. Por eso, despreciarlo, cuando había personas que pasaban hambre, era tenido como pecado. De ahí que, hasta no hace tanto tiempo, cuando a alguien se le caía un trozo de pan al suelo, lo recogiera y lo besase. También solía decirse que no debía jugarse con él, por lo mismo.

*Cuando hay tormenta, si quieres evitar que descargue sobre ti o sobre tu casa, tienes dos soluciones: rezar a los santos de tu devoción o rezar a santa Bárbara:

Santa Bárbara bendita,
que en el cielo estás escrita,
con papel y agua bendita;
al pie de la Santa Cruz,
Padre nuestro, amén, Jesús.

No se sabe exactamente desde cuándo se vinculó a santa Bárbara con los truenos, pero sí que las creencias, ritos y conjuros supersticiosos destinados a protegerse de los rayos y sus nefastas consecuencias provienen de un pasado no muy lejano. Sea como fuere, lo cierto es que la existencia terrena de esta santa está tan adornada de elementos tan inverosímiles y contradictorios entre sí que la misma Iglesia católica, tras el Concilio Vaticano II, la eliminó del calendario litúrgico, como hizo con otros santos y santas.

Hasta nosotros han llegado dos versiones de su vida, tan distintas una de otra que hacen sospechar que se trata de dos personas distintas con un mismo nombre. Una dice que su padre era un sátrapa llamado Dióscuro, que al saber que Bárbara era cristiana solicitó permiso para matarla él mismo. Al momento de degollarla con su propia espada, Dióscuro fue fulminado por un rayo. De aquí vendría lo de «acordarse de santa Bárbara cuando truena» y de que se la tuviera como protectora de las personas y de sus bienes frente a las tormentas.

Otra leyenda posterior señala que el padre de santa Bárbara se llamaba Alipius, que había nacido en Hippo, Argelia, y que había dedicado su vida a estudios de química aplicados a la fabricación de explosivos y que Bárbara, a pesar de los numerosos pretendientes que tuvo, ingresó como religiosa en el convento de Santa Perpetua. En el año 430 de nuestra era, la ciudad de Hippo fue cercada por pueblos bárbaros. Alipius murió en la defensa de la ciudad, que finalmente caería en poder de los invasores a pesar de la ayuda prestada por Bárbara como conocedora de los secretos bélicos de su progenitor. Los bárbaros decidieron vengarse de la santa y decidieron asaltar el convento de Santa Perpetua, donde se había refugiado. Pero ella, previendo lo que podía suceder, había almacenado gran cantidad de explosivos en los subterráneos del convento, que hizo explotar cuando la entrada de aquellos se hizo inevitable, muriendo todos bajo los escombros. De ahí que a santa Bárbara también se la tenga como patrona de los artilleros, mineros, trabajadores de las canteras, pirotécnicos…

En Portugal también tienen una invocación para defenderse de los rayos. La siguiente oración se reza en Marvao, localidad lusa próxima a la frontera española, y la semejanza con la que se reza en Extremadura y otras partes de España es evidente. Dice así:

Santa Bárbara bendita
Lá no ceu está escrita
Num papel com agua benta,
Livre-nos desta tormenta
Que a leve lá para bem longe
Pr’a onde nao haja pao nem vino
Nem flor de rosamarinho
Nem mulher com meninos
Nem vacas com bezerrinhos.
Já os galos cantam,
Já os anjos se levantam,
Já o Senhor está na cruz
Para sempre, amém Jesús.

*Para que no duelan las muelas, cuando se lava uno, debe secarse antes las manos que la cara. Creencia que no tiene ninguna base científica ni esotérica.

*Dar vueltas a un paraguas dentro de casa trae mala suerte. Ya de por sí se tiene como presagio de mala suerte abrir el paraguas bajo techo, superchería que al parecer proviene de Inglaterra por la contraposición que significaba abrir un paraguas, que supuestamente servía para proteger, con la casa, que tenía igual cometido, de modo que esta no admitiría la injerencia de una protección supletoria. Esta idea hizo pensar que la persona que abría el paraguas sobre su cabeza moriría antes de terminar el año.

Para otros, el origen de este temor se remonta a cuando los reyes orientales y africanos usaban paraguas o sombrillas para protegerse del sol. Debido a su forma circular, semejante a la del astro rey, abrirlo en un lugar donde no llegaban sus rayos era considerado como un sacrilegio. Máxime si además se hacía dar vueltas al paraguas dentro de un lugar cerrado imaginando sus movimientos. «Es probable —puede leerse en Internet: Aprender más… Supersticiones más populares— que la superstición se reforzara cuando los paraguas llegaron a Europa y empezaron a ser empleados casi exclusivamente por los sacerdotes en los oficios de los difuntos, sin otro fin que protegerse de las inclemencias del tiempo».

*El gesto habitual de taparse la boca cuando sentimos deseos de bostezar tiene un significado más profundo que el común de guardar las buenas maneras ante quienes nos acompañan o el de evitar que los gérmenes de nuestra boca puedan infestar el ambiente. Es una derivación de otra costumbre anterior a las actuales normas de cortesía: la práctica que muchas madres tenían con sus bebés de cerrarles la boca o de hacerles la señal de la cruz sobre la boca abierta cuando los veían bostezar para evitar que el demonio se le metiera en el cuerpo y estableciera en él su morada pues, según el dicho antiguo, «por una puerta abierta el diablo se cuela».

También se pensaba que en el trascurso de uno de esos vahos o esas exhalaciones se podía escapar el alma de quien bostezaba.

*Una palma o rama de olivo usados en la procesión del Domingo de Ramos, y colocadas sobre las rejas de una ventana o balcón, defienden la casa del rayo y de la entrada del diablo en la casa.

Después de la procesión del Domingo de Ramos, es costumbre cristiana antigua en algunos pueblos el llevar las palmas y ramos bendecidos por el sacerdote de turno para ponerlos en ventanas, balcones o puertas de las casas como medida protectora y ahuyentadora del demonio. Otros lugares adonde se lleva es a los campos para resguardarlos de males y epidemias y obtener buenas cosechas y, en otros, se queman durante una tormenta para que cesen los rayos y la lluvia; residuos que en otros lugares el sacerdote usaba el Miércoles de Ceniza para imponérsela a los fieles…

Y todo por el valor espiritual y protector que se ha concedido al agua bendita ya que, como he escrito más arriba, tiene la facultad de atraer la gracia sobre lo asperjado con ella, alejar al demonio, curar a los enfermos y purificar. Y, por cierto: cuando los hogares quieren deshacerse de las palmas o ramos consagrados el Domingo de Ramos, es preceptivo no tirarlos a la basura, sino quemarlos, pues al estar bendecidos, se tiene por sacrilegio y como presagio de mal agüero el hacerlo.

*Ponerle perejil a san Pancracio trae suerte y dinero a la familia. En la Grecia Antigua el perejil se tenía como planta sagrada, símbolo del triunfo y la resurrección, de ahí que adornasen sus tumbas con coronas de perejil.

Por lo que respecta a san Pancracio —Pancracio en griego significa ‘el que lo sostiene todo’—, no se sabe exactamente por qué ha ganado la fama de traer suerte y dinero si se le coloca unas ramitas de perejil sobre su imagen, a pesar de los dudosos datos que se tienen sobre su vida y las contradicciones que se dan sobre la misma, incluso entre los no cristianos.

*Si truena mientras una gallina clueca está incubando sus huevos, estos se volverán hueros. Se supone que por el susto…

*Una herradura colgada detrás la puerta trae buena suerte y asume las energías positivas del cielo. Para los griegos, el hierro en forma de media luna, en cuarto creciente, además de tenerse como símbolo de buena suerte y de la fertilidad, protegía de los hechizos, de modo que si se colgaba o clavaba en las puertas actuaba de barrera para impedir que entrasen las brujas o cualquier mal. Eran preferidas las herraduras de los burros, pues tenían siete agujeros, el número mágico por excelencia.

Para otros, la herradura simbolizaba en tiempos pasados la fuerza del caballo, así como su utilidad tanto para la guerra como para las faenas agrícolas. Y como se pensaba que las brujas se desplazaban en escobas porque tenían miedo de los caballos, cualquier objeto que les recordase a estos équidos las asustaba sobremanera. Además, una herradura vuelta hacia el lado derecho en posición horizontal representaba la C inicial de Cristo.

*Tocar madera aleja la mala suerte. Un posible origen de esta creencia supersticiosa tiene que ver —según pensaban en la Edad Media— con que Jesús murió en una cruz hecha de madera, algunos de cuyos trozos supuestamente existen esparcidos por algunas iglesias. Así, cuando alguien toca madera, esta aprisiona al espíritu maligno y a su fuerza negativa y le hace caer en tierra. Para otros, el hecho de que los rayos cayesen la mayor parte de las veces sobre robles les hizo pensar que era allí donde moraba el dios de los cielos y, por tanto, el dios del rayo.

Durante muchos siglos antes del cristianismo —puede leerse en Internet: Supersticiones más comunes. Central Esotérica—, «los pueblos célticos de Europa rendían culto a los árboles por considerarlos los templos de la santidad y la principal presentación de los dioses era la Tierra. El árbol servía como medio para enviar la dolencia, o el mal a la tierra. También se recurría a este vegetal si la mala suerte visitaba a un hombre bajo la forma de demonios o si iba a librarse una batalla. En estos y otros casos el sacerdote druida celebraba una serie de ritos y ensalmos en las llamadas enramadas sagradas, lugares que equivalían a las modernas iglesias».

Serrat canta:

Toca madera,
toca madera.
Cruza los dedos,
toca madera.

*Publio Hurtado —Supersticiones extremeñas, p. 158— escribe que en algunos lugares de Extremadura se cuidaba mucho que la madrina que llevaba al recién nacido a bautizar no lo llevara apoyado en el brazo izquierdo pues, de hacerlo, el infante sería zurdo. Ya en la iglesia, si la futura neófita era niña, la madrina solía aconsejar que no escasease la sal que iba a dar a la infanta para que a la ahijada no le faltase «el gancho de la sandunga».

En caso de que fuese varón, debía observarse cómo respondía al derramamiento de agua sobre su cabecita. Si no lloraba, era señal de que el muchacho sería fuerte y sufrido. Y si lloraba se tenía por señal de que sería «impresionable a los reveses de la vida».

Ya en la calle, el padrino debía arrojar monedas a los curiosos, confites o caramelos de acuerdo con su posición social pues, de lo contario, su ahijado sería «sujeto de poco pelo», ya que aquellos gritan: «¡Pelón, pelón!», conjuro que, respecto del padrino, venía a significar ruin, tacaño y miserable.

Actualmente, existe una antigua superstición que se ha convertido en tradición, o más bien en ilusión infantil vigente —la del Ratoncito Pérez— que, si en un principio consistió en contar a los infantes una ingenua fábula según la cual los dientes de leche que se le caían eran cogidos por un ratón, de modo que los nuevos adquirirían la fortaleza y calidad proverbiales de los roedores, pasó más tarde a convertirse en un modo de hacer más animosa la pérdida del diente, convirtiendo el diente perdido, colocado bajo la almohada, en un regalo, bien monetario, bien de cualquier otra índole. Cuenta Frazer que en Susex, Gran Bretaña, hacía ya unos cuantos años, una criada se opuso con energía a que se tirase el diente de leche de un niño, asegurando que podría encontrarlo algún animal que lo royera y, en ese caso, el diente nuevo sería exactamente como el del animal que mordiera el de leche. «Para probar su afirmación —añade Frazer, cap. III. Magia y Religión, III. «Magia contaminante o contagiosa», p. 33—, se refirió al viejo señor Simmons, que tenía un diente enorme y largo en su maxilar superior, defecto personal que siempre se achacó a su madre, quien por inadvertencia tiró un diente de leche de aquel a una pocilga».

Y, por último, indicar que a san Cipriano de Antioquía —que no debe confundirse con su homónimo de Cartago— se le hizo patrón de las artes mágicas, de los hechiceros y de las brujas. Nacido de familia pagana en el siglo iii d. de C., no tardó en alcanzar fama como mago en toda la cristiandad por el libro que lleva su nombre, un grimorio —conocido también como el libro del Hechicero— que recoge fórmulas y prácticas mágicas, conjuros y oraciones destinadas protegerse de maleficios de cualquier nivel. Una de estas poderosas oraciones mágicas de san Cipriano —el santo Mago— reza así: «Poderoso San Cipriano, hechicero de las tinieblas y de los poderes ocultos, para ti que nada es imposible, para tu conjuro, corta con tu santa tijera la lengua de mis enemigos, el camino de los malvados y malintencionados que quieren acercar sus malas influencias hasta mi casa. Devuelve el doble de todo lo que desean para mí, amparándome y protegiéndome en todo momento. Amen [sic.]».

También es conocida esta otra oración para los casos de hechicería, ceremonia que ha de realizarse del modo siguiente: se escribe la petición en un papel, se dobla y se coloca sobre un plato y se coge un velón de san Cipriano con las dos manos. Luego se repite mentalmente o de palabra la petición que se ha escrito en el papel, se enciende el velón y se reza: «En nombre de Dios, yo invoco a San Cipriano, rezo y cargo con mi devoción. Líbrame de todo peligro y daño de prójimo, de lo malo de todo animal rabioso y venenoso; líbrame de cualquier maleficio o ensalmo maligno. Dirígeme con toda felicidad y seguridad en mis viajes. Aclárame el camino, aleja de mí el peligro y todos los daños que me rodean. Amen [sic.]».

Tras el cumplimiento del deseo, se le sirve un trago de alguna bebida como caña y se le enciende un cigarro.

Su propia conversión al cristianismo —que, según dice, tuvo lugar cuando Cipriano contaba treinta años—, se produjo como consecuencia de un encuentro con el diablo. Se cuenta que un joven pagano, llamado Aglaide, se enamoró de Justina —más tarde santa Justina de Antioquía—, pero esta le rechazó porque había consagrado su vida a Jesucristo. El joven enamorado recurrió a Cipriano, un célebre mago, para que con sus artes mágicas doblegase la terquedad de Justina. Pero en vano. Por más que Cipriano lo intentó con sus artes mágicas, la entereza de la joven seguía indemne. Entonces Cipriano invocó a Lucifer para que le dijera por qué resultaban inútiles todos los encantamientos y hechizos que usaba con Justina. Y Lucifer le responde que el Dios de los cristianos era el señor de todo lo creado, estando él también sujeto a su poder, de forma que no podía hacer nada contra quien hiciese el signo de la cruz. Esta respuesta le convirtió.


BIBLIOGRAFÍA

*Frazer, J. G. La rama dorada. Magia y Religión. Edición, introducción y notas de Robert Frazer. Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2011.

*Gallardo de Álvarez, Isabel. El día de San Juan. (Un capítulo para el folk-lore fronterizo). Revista del Centro de Estudios Extremeños, XVI. Badajoz, noviembre, 1942.

*Hurtado, Publio. Supersticiones extremeñas. Anotaciones psico-fisiológicas. A. Artero Hurtado. Huelva, 1989.

*Morata Lara, Miguel Á. y Álvarez Curiel, Francisco. Supersticiones populares andaluzas. Editorial Arguval. Málaga, 1992.

*Wikipedia. La Enciclopedia Libre. Internet.