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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 393.

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La Antropología tiende a dividir y clasificar buena parte de las actividades que ocuparon al ser humano en tiempos pretéritos y las que aún le ocupan en su vida de relación. La imitación y la exhibición, por ejemplo, suelen ser algunos de los comportamientos que inciden en el aprendizaje y que están presentes en los procesos por los que ha ido atravesando el individuo como ser social a lo largo del tiempo. Una circunstancia más, sin embargo, vendría a condicionar esas dos tendencias de la imitación y la exhibición. Tal circunstancia sería el innato afán de perfección en el individuo, que llevaría al imitador, por ejemplo, a perfeccionar su ritual para parecerse cada vez más a su presa (en el caso del juego de la caza) y al competidor (en cualquier otro tipo de juego) a crear unas normas y ponerse bajo su amparo a fin de que ninguno de los contrincantes sacase una ventaja o una prebenda de la ausencia de reglas.

A partir de esa «normalización», el juego entra a formar parte de la educación cultural de cada comunidad, se transmite ligado a rituales o como pasatiempo, y hasta puede convertirse en hecho diferencial que distinga a un grupo por sus peculiaridades de otros grupos vecinos que limitan con él. Por otra parte, se elevan a «costumbre» las reglas del juego (lo cual entronca el tema con la disciplina jurídica) y se definen, al menos en teoría, los contornos del campo o terreno en el que se va a desarrollar el acto, enmarcándose de esa forma el hecho «extraordinario» para diferenciarlo claramente de la actividad ordinaria, es decir: para evitar que se considere el juego como un acto cotidiano o común que cualquiera podría desarrollar. Por eso, además de los jugadores, adquiere importancia el público que va a contemplar el juego, conocedor de su desarrollo y en ocasiones —en ausencia de juez— verdadero árbitro de la contienda. El acatamiento de las normas, finalmente, es la base imprescindible para que el vencedor pueda recibir su premio, sea este honorífico o material.

Respecto a por qué juega el ser humano, podríamos responder que su tendencia a imitar con fines mágicos y su capacidad para representar, remedar o parodiar escenas del mundo real le inclinaron desde el nacimiento de las primeras formas de civilización a crear, desarrollar y perfeccionar un tipo de actividad que, siguiendo un esquema que se pudiese repetir y sujeto a unos preceptos, le permitiese medir sus capacidades con las de otros. El individuo confecciona un entramado temporal en el que están presentes todas sus actividades y sus formas de actuación, girando alrededor de la naturaleza o de un ser superior. El concepto diferente que hoy tenemos del tiempo y la manera de gastarlo hacen que, lógicamente, la colocación de los juegos —cuyo sentido mágico o ritual se ha ido reduciendo— dentro de ese entramado o calendario se haya desplazado hacia espacios reservados para el ocio.