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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 394.

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Nicolao Florentino, médico casi tan citado como Galeno, fue uno de los muchos hombres de ciencia que confirieron gran importancia a la luna, aunque —al igual que algunos colegas— se curara en salud haciendo la salvedad de que «aunque la luna señale e influya una cosa, Dios nuestro señor puede, y está en su mano ordenar, otra muy diferente, y que no pocas veces por yerro de los médicos, por algún desorden de los enfermos o por otras causas, se hace mortal la enfermedad que de suyo no lo fuera». Según sus palabras, para juzgar el proceso de una enfermedad se habían de saber dos cosas: «La primera, el propio día que comenzó la enfermedad o se sintió de mala gana. Y la otra, el día de la conjunción propasada. Sabidas estas dos cosas bien y fielmente, se miran los días que hubiese desde el día de la conjunción hasta el día que comenzó la enfermedad inclusive. Sabido, pues, este número de días, se buscará por la tabla siguiente (y adjunta una tabla), y enfrente de aquel número se hallará el suceso de la enfermedad». La dicha tabla contiene treinta números, alguno de los cuales sugiere unas explicaciones que nos parecen tan exactas como las predicciones del Zaragozano, que a veces pronosticaba que llovería... o no.

A pesar de esa aparente ambigüedad, las alteraciones que el firmamento podía provocarnos estaban perfectamente previstas y descritas por los sabios gracias a la observación e interpretación previa de la máquina del mundo, idea representada por una serie de once círculos concéntricos en cuyo interior estaba la tierra, a partir de la cual once cielos o atmósferas contenían sucesivamente a la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter, Saturno, el firmamento, el cielo cristalino, el primer móvil y el cielo empíreo. A partir del octavo cielo, es decir del firmamento, todavía visible a los mortales, se producían numerosos efectos que tenían su influencia sobre la tierra y sus habitantes según la posición de las estrellas y los planetas.

En cualquier caso, Nicolao Florentino debía ser un médico un tanto sibilino y de letra complicada, ya que transcribiendo Luis de Oviedo (en el Método de la colección y reposición de las medicinas simples) la receta de uno de sus jarabes, el de achicoria —con el que según él se curaba la opilación del hígado, aunque ahora nos parezca un gazpacho extravagante—, varias veces se queja de la dificultad de lectura y de comprensión del texto de Florentino. Para ese jarabe debía usarse la «endivia doméstica, la endivia silvestre, la achicoria, tarasacon (de cada uno dos manojos), cicerbita, hepática, escarola, lechugas, sumaria, lúpulos (de cada uno un manojo), cebada con la cáscara, alchechengues (de cada uno una onza), regaliza, culantrillo de pozo, doradilla, polítrico, adianto, cuscuta (de cada uno seis dracmas), raíces de hinojo, raíces de apio, raíces de esparraguera (de cada uno dos onzas), cuézase en la cantidad de agua que bastare y cuélese y con azúcar blanco y duro se haga jarabe, y por cada libra de él se ponga a cocer de buen ruibarbo cuatro dracmas y de espica cuatro escrúpulos, atados en un lienzo ralo, el cual a menudo se exprima en el entretanto que el jarabe se cuece».

El número once de esa tabla mencionada de Florentino, por ejemplo, habla de un proceso tras el cual el enfermo «presto sanará, o luego morirá». No se sabe si por culpa de tales vaguedades —o tal vez precisamente por ellas— estos libros tuvieron un éxito notabilísimo, sobre todo entre los que quedaban vivos y podían contarlo, ya que no se sabe de ningún fallecido por su causa que volviera del otro mundo para hablar en contra de sus efectos.