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El protagonismo femenino en el ámbito musical histórico

CABRELLES SAGREDO, Mª Soledad

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 394.

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Introducción

Muchas historias de la música se han escrito en las que las mujeres apenas aparecían o no existían, salvo las dedicadas a tocar, danzar, cantar o interpretar música compuesta por hombres, pero, realmente, han existido numerosas mujeres que han dejado testimonio de su presencia desde mucho tiempo atrás. Nuestro propósito es hacer un breve recorrido por la historia para rescatar el protagonismo femenino en el ámbito musical.

El papel desarrollado por la mujer en la historia de la música ha sido un tema escasamente abordado por los estudiosos. Existía hasta hace relativamente poco tiempo carencia de interés por conocer la obra musical de compositoras e intérpretes en distintas épocas y, probablemente, haya sido debido a la ignorancia que se tenía sobre estas mujeres que se enfrentaron a la sociedad de su tiempo para poder desarrollar su talento musical y a la dificultad para dejar testimonio firmado y escrito de la misma.

Principalmente, han sido los patrones sociales imperantes los que no han permitido gozar a la mujer de su correspondiente protagonismo. Su intervención ha sido indudable pero poco demostrable hasta los primeros indicios de la notación musical, cuando las mujeres empezaron a escribir música y, aun en estos casos, muchas veces sus composiciones fueron firmadas por hombres.

La mujer ha tenido que superar importantes obstáculos marcados por las diferencias de género prevalecientes desde la Antigüedad y se ha ido desenvolviendo dentro del arte musical con grandes dificultades, sobre todo como compositora, aunque también como ejecutante de todo tipo de instrumentos, directora de orquesta o profesora de música.

Es cierto que la gran mayoría de las mujeres aceptaron una forma de vida sumisa, con recato y temor, en la que se encontraban relegadas a las normas sociales. Sin embargo, otras mujeres se rebelaron ante estas obvias injusticias y lucharon por obtener un reconocimiento y un lugar en la sociedad que, en muchas ocasiones, les costó la vida porque fueron acusadas de herejes, brujas o de estar en contra de las leyes establecidas y acabaron condenadas a muerte.

Hasta ya avanzado el siglo xx, era muy frecuente que el papel femenino en la música se limitara a formar parte del «adorno familiar», permitiendo que algunas chicas de la clase media o la alta sociedad asistieran a clases de piano o de canto y, así, en las reuniones familiares, pudieran deleitar a los invitados con su interpretación. A aquellas que destacaban en sus estudios o sobresalían por sus capacidades intelectuales, no les era permitido mostrar en público su calidad interpretativa o compositiva y quedaban reducidas al ámbito doméstico. Otras, que poseían enorme talento y eran más luchadoras, a pesar de estar limitadas para desarrollarlo, se valieron de diferentes recursos para poder continuar con su labor en la composición o ejecución y fueron pilares básicos en la historia de la mujer en la música.

El legado que han dejado estas mujeres para las generaciones venideras ha sido muy importante, ya que se extiende no solo al ámbito musical sino también al profesional y sociocultural. Muchas de ellas tuvieron que luchar duramente para conseguir una representación en público de sus obras, para encontrar un editor, para poder asistir a determinados cursos de composición o para poder estudiar en determinados conservatorios.

En el actual siglo xxi parece que ya todo es posible, pero no debemos olvidar que, debido a esa intensa lucha mantenida por algunas de ellas, el camino ha sido allanado y se han conquistado aspectos que han hecho posible una mayor igualdad profesional y sociocultural. No obstante, seguimos sin preocuparnos demasiado por el patrimonio musical y artístico de nuestro país y nuestro grado de compromiso para conservarlo y mejorarlo debería aumentar, por lo que todavía queda mucha tarea pendiente por hacer.

No debemos olvidar que en música se trabaja con algo muy etéreo, el sonido, que constituye la materia prima de la que está hecha la música. Todos los sonidos poseen un cierto carácter mágico ya que son intangibles, invisibles, inaprensibles y, en principio, caóticos. A lo largo de los siglos, el ser humano los ha convertido en algo organizado y articulado, estableciendo una variedad de arte asentado en las vibraciones del aire que ha dado como resultado un universo sonoro dotado de sentido al que hemos denominado música.

Etimológicamente, la palabra ‘música’ procede del griego mousiké por su referencia a las musas que eran fuente de inspiración artística, y tiene género femenino. Originalmente, este término significaba ‘el sonido de la poesía’, es decir, versos que se recitaban cantando y bailando. El filósofo griego Platón, en el siglo iv a. C., establecía que la canción constaba de tres elementos: melos-logos, armonía y ritmo. El melos estaba formado por los sonidos sucesivos de lectura horizontal, el logos por la palabra como sostén de sentido, la armonía por los sonidos de lectura vertical simultánea y el ritmo por la distribución temporal de los acentos. Así constatamos que la melodía estaba estrechamente unida a la palabra, es decir: música y poesía constituían una unidad. También encontramos otros ejemplos de la música hermanada con la poesía en la documentación plástica, especialmente decoración de vasos, y en fuentes literarias por referencias de poetas y escritores, más que por el legado estrictamente musical. Esta interrelación se desmoronó después de la época clásica, y la palabra se separó de la música discurriendo ambas por cauces distintos. De esta manera, la música se convirtió en un arte autónomo y en una profesión con virtuosos especializados. Actualmente, definimos la música como la ordenación racional de sonidos y silencios dotados de significación.

Asimismo, la palabra ‘musa’ tiene género femenino y procede del griego mousa. Su significado está relacionado con el arte que otorgaban las musas a través de la inspiración que hacían llegar a sus agraciados. Según la mitología griega, las musas eran nueve hermanas hijas del dios Júpiter y formaban lo que llamaban El Coro de las Musas, constituido por: Clío (historia), Erato (poesía lírica y erótica), Terpsícore (danza y canto coral), Urania (astronomía), Talía (comedia), Polimnia (retórica y declamación), Euterpe (música), Calíope (poesía épica y elocuencia) y Melpómene (tragedia).

Por último, la palabra ‘museo’ deriva del griego museion, y significa el lugar dedicado a las musas. Por este motivo, históricamente, ha sido un espacio destinado a la conservación y custodia de obras de arte, muchas veces con representaciones musicales y objetos científicos pertenecientes a las disciplinas que mejor ilustran el desarrollo de los conocimientos humanos. Ya en la antigua Atenas se encontraba la colina denominada Museo, dedicada a las musas. Y en la ciudad de Alejandría, una parte del gran edificio erigido por Tolomeo I para albergar la biblioteca, recibía también el nombre de museo.

Las mujeres siempre han utilizado los sonidos, en los trabajos agrícolas o en el cuidado de los hijos, y de su continua labor han quedado como testimonio importantes obras musicales, algunas transmitidas por tradición oral y otras conservadas en partituras escritas con la correspondiente grafía musical, conservadas en museos y bibliotecas.

Como hay numerosos ejemplos de mujeres destacadas en la música, y resultaría imposible mencionarlas a todas, nos hemos limitado a destacar solo algunas entre todas ellas, elegidas no por ser las más importantes sino por estar documentada su existencia. Estas mujeres, con su legado, han hecho posible que podamos apreciar la composición musical como obra femenina de otras épocas recuperándolas del injusto olvido. También queremos manifestar nuestro agradecimiento a todas las mujeres que han intervenido, con múltiples aportaciones, para profundizar y ampliar el conocimiento del universo musical.

Prehistoria

Los tiempos prehistóricos abarcan muchos milenios (400 000 años aproximadamente) y constituyen los períodos anteriores a la utilización del testimonio escrito. A lo largo de todos esos años se fueron forjando lenta y penosamente los comienzos de las primeras culturas, a las que siempre acompañó la música y que fueron la base de ulteriores progresos históricos.

Durante los últimos siglos, han aparecido en Occidente diversos estudios que han facilitado las tareas de análisis y profundización sobre este tema ya que, anteriormente, los científicos tenían que atenerse a referencias casuales sobre textos escritos, formulación de hipótesis, conjeturas y datos recogidos por otras disciplinas (arqueología, medicina, filología, pintura, escultura, etiología musical, etc.), para poder investigar los orígenes de la actividad musical en los grupos más primitivos de seres humanos a fin de conocer mejor el cómo, cuándo y por qué lograron poco a poco expresarse musicalmente.

Los comienzos del fenómeno musical humano están completamente envueltos en la oscuridad. El mundo de los sonidos es algo tan incorpóreo que poco ha llegado hasta nosotros de aquellos inicios salvo los grabados y pinturas, lo que ha supuesto que el fenómeno sonoro haya sido un enigma durante milenios.

De las investigaciones realizadas se deduce que cuando el ser humano conquistó el fuego, aprendió a avivarlo soplando suavemente por una caña hueca y, tal vez, la primera flauta del mundo nació así, por pura casualidad, hace unos 40 000 años. En las reuniones del clan, en la celebración de ritos, utilizaba todo el cuerpo como instrumento musical: marcaba el ritmo golpeando el suelo con los pies, batía palmas, sacudía collares y pulseras de hueso, de semillas o de conchas, como vehículo para comunicarse con los dioses. También usaba las bramaderas, que consistían en una tabla delgada atada en uno de sus extremos a una cuerda que la hacía girar a gran velocidad y, así, emitían un misterioso sonido parecido al bramido del viento. Los zumbadores, hechos con huesos de frutos, vértebras o conchas perforadas, eran pequeñas bramaderas utilizadas por sus sonidos mágicos que reproducían los emitidos por la naturaleza. Todos los pueblos, en un principio, han transformado los cuernos de animales o caracolas en trompas capaces de emitir sonidos terribles que usaban como instrumentos de llamada, con una finalidad guerrera o religiosa.

El individuo de un pueblo primitivo diferenciaba con dificultad su entorno de sus pensamientos. Estaba, sencillamente, en el mundo. Los incomprensibles fenómenos de la naturaleza solo podía explicárselos como obra de seres invisibles de los que dependía en alto grado y a los que tenía que poner a su favor para cazar, sembrar, cosechar, guerrear o defenderse en la enfermedad y la muerte. Siempre había algo que conjurar, intentando imitar sonidos y voces de su alrededor, tendiendo hacia lo extrahumano o sobrehumano para transformar su existencia meramente instintiva en otra con una evolución continuada y consciente de su finalidad.

Ya en las primeras incisiones de las cavernas y en las más antiguas pinturas en vasijas aparecen mujeres tocando instrumentos y danzando. También existe una gran profusión de descripciones gráficas que denuncian la significación de la música en la vida de los pueblos, la forma elevada del desarrollo de los instrumentos y de las diversas funciones de la música en la comunidad.

En el Paleolítico, hace 24 000 años aproximadamente, encontramos la figura de una venus prehistórica llamada Venus con el cuerno, procedente de Laussel (Dordoña). Representa una mujer desnuda, gruesa, con pechos y caderas de formas rotundas y muy exageradas como deformadas por maternidades sucesivas, cabeza pequeña, una mano reposando en su vientre y la otra mano manteniendo un cuerno en lo alto. Es una pieza de gran calidad, con una altura de 43 centímetros, en la que se percibe un especial cuidado en la ejecución. Tanto las proporciones como el modelado se han realizado con gran esmero y si los detalles de la cabeza no se encuentran bien representados no es por escasa capacidad del artista sino por falta de interés, porque no lo consideraba importante. Muchos posibles significados han sido atribuidos a esta figura y uno de ellos es que dicho cuerno (de buey o ciervo) bien podría ser un instrumento musical.

Posteriormente, en el Neolítico, el paso revolucionario y decisivo para la humanidad consistió en la forma de obtener el alimento, es decir: en vez de recolectar o capturar dicho alimento, los seres humanos lo producían. Con la domesticación de animales y el cultivo de plantas, con la ganadería y la agricultura, se inicia una marcha triunfal sobre la naturaleza y una independencia mayor del destino, del azar y de la casualidad, ya que comienza la era de la previsión organizada de la vida. En lugar de la economía de la rapiña, del vivir al día y de hacer pasar todo de la mano a la boca, aparece una economía previsora, regulada con anticipación, a largo plazo, pasando del estadio de la búsqueda individual del alimento a una comunidad laboral colectiva y más planificada. Se establece la organización del trabajo, el reparto de funciones y la especialización de las tareas del trabajo femenino y masculino se van separando gradualmente.

Como consecuencia del proceso de este cambio social, la agricultura y la ganadería traen consigo largos períodos de ocio que, tanto hombres como mujeres, destinan para elaborar obras de arte como necesidad de manifestar la trascendencia. En un principio, comenzaron como trabajo manual y labor doméstica, pero más tarde evolucionó expresando inquietudes más religiosas y espirituales, generalmente acompañadas de cantos y música instrumental.

Ritos y cultos sustituyeron la magia y la hechicería para protegerse del miedo al hambre, al dolor y a la muerte. Con la conciencia de depender del tiempo favorable o desfavorable, de la lluvia y de la luz del sol, del rayo, granizo o sequía, de la prosperidad o esterilidad de la tierra, abundancia o escasez de los animales cazados en las redes, surgió la idea de toda clase de demonios y espíritus benéficos o maléficos que reparten bendiciones o maldiciones; los seres humanos invocaban a lo desconocido y misterioso con ofrendas, ídolos, amuletos, símbolos sagrados, cánticos y música que servían para comunicarse con las divinidades.

A lo largo de todos los tiempos y más allá de las fronteras culturales, la voz humana ha tenido la facultad de expresar de forma entonada la emoción y el afecto. Cantar ha sido una de las manifestaciones vitales fundamentales en los seres humanos. Las mujeres estaban dedicadas fundamentalmente a la función reproductora que era la predominante en el grupo para perpetuar la especie y, estrechamente ligada a esta esfera vital femenina de alumbrar y criar a los hijos, estaba el canto tranquilizante de las canciones de cuna, los arrullos y los besos dedicados al bebé. En todas estas actividades realizadas por las mujeres en su vida diaria, el sonido jugaba un papel muy importante. No siempre se trataba de una relación entre la madre y su hijo exclusivamente, porque el cuidado de los más pequeños del clan también era responsabilidad de otras mujeres cuando sus madres se ausentaban para cumplir otras tareas.

Desde tiempos antiquísimos, la canción de cuna ha existido como una de las formas musicales más esenciales presentes todavía hasta nuestros días, sin excepciones, en todas las comunidades humanas y sus creadoras anónimas han sido las mujeres. Este canto, gracias a la emoción y a la sensibilidad, se convierte en una de las más antiguas expresiones de afecto y ternura asociada a la música. La madre, con su canto melodioso, adormece al niño en un sueño reparador y plácido protegiéndolo de sus miedos y el niño reconoce en la canción de cuna la voz de su madre: su presencia y su gesto que le ofrecen seguridad y confianza. Así, en la intimidad del momento se crea un espacio de profundos símbolos ancestrales donde la música y la palabra son vínculo de pura autenticidad que reflejan una ancestral preocupación por conseguir el bienestar de la infancia.

Desde el punto de vista musical, en todas las culturas las canciones de cuna o nanas presentan unas características similares y están formadas por un número de componentes melódicos que, a menudo, se repiten y donde domina la sencillez. Son una manifestación musical natural de las madres hacia sus hijos para favorecer la paz y el sosiego del sueño.

Hoy sabemos que la estimulación auditiva potencia el desarrollo intelectual, emocional y físico de los bebés desde las primeras semanas de gestación. Por este motivo, el canto es considerado una herramienta educativa de gran importancia que ha de ser incorporada a las rutinas previas al descanso. El contacto afectivo a través de la música invita a reforzar la relación entre padres e hijos, promueve la creatividad gracias a que estas melodías están apoyadas en la voz humana y son puerta de acceso a los plácidos mundos oníricos.

La mayoría de las nanas tiene una estructura musical ternaria (compás de 3/4) para inducir a la calma y resultar tranquilizadoras. Si poseyeran una estructura musical binaria (compás de 2/4), un pulso similar al latido del corazón, favorecerían la actividad y no serían recomendables para relajar al pequeño por producir efectos contrarios.

Las canciones de cuna, en un principio, pasaban de generación en generación por transmisión oral. Posteriormente, diversos compositores y compositoras han dejado escritas canciones de cuna como particular homenaje a todas las madres que velan por mejorar el sueño de sus hijos.

Antigüedad

La Antigüedad o Edad Antigua es la época histórica que, en sentido amplio, transcurre desde el final de la Prehistoria, período anterior a la invención de la escritura, hasta la caída del Imperio romano, es decir, el inicio de la Edad Media.

En las antiguas civilizaciones, la música servía de acompañamiento en la celebración de ceremonias religiosas o militares y también de entretenimiento en estancias palaciegas donde habitualmente era interpretada por esclavas y esclavos especializados.

En la civilización sumeria, la primera civilización urbana del mundo, aproximadamente en el año 2500 a. C., en la ciudad de Ur, según investigaciones realizadas, aparecen las primeras arpas de cuatro cuerdas, que después aumentaron a diez, y más tarde se añadieron las liras. Ambos instrumentos eran utilizados en las danzas de fiestas palaciegas. Posteriormente, se unieron instrumentos de percusión como castañuelas, címbalos, cítaras y grandes tambores de marco aunque eran más utilizados para la celebración de los ritos. Como testimonio, existe una estatuilla sumeria, del año 2000 a. C., que representa la figura de una mujer tocando el címbalo. Las fuentes literarias indican, además, que los sumerios utilizaban más la música culta destinada a ceremonias público-religiosas, aunque también tenían la música sencilla del pueblo. Fue la hija del primer rey de Acadia, Sargón de Agade, llamada Enheduanna, quien acompañaba con música los poemas que escribía. Era una suma sacerdotisa y participaba en la vida política de su país. La importancia de la mujer entre los sumerios era mucho mayor que la que tuvo en el mundo posterior, ya que podía ser sacerdotisa, tener propiedades y firmar contratos. Además, las primeras sacerdotisas fueron poetisas y músicas, lo que significa que poseían un elevado nivel cultural, económico y social.

En el Antiguo Egipto, en el año 1750 a. C., destacó la esclava del faraón cuyo nombre era Hemre, quien estaba a cargo de los músicos de su corte desempeñando elevadas funciones. Unos siglos después, otra esclava llamada Bakit fue también maestra de música en la corte egipcia. Las flautas largas, parecidas asombrosamente a las actuales, eran tocadas por los hombres, mientras que los instrumentos de cuerda podían tocarlos las mujeres. Muchas veces estas mujeres eran nobles y destacaban por la esmerada educación recibida.

Con el tiempo, las mujeres de clase media fueron aceptadas en el ámbito musical, llamándose «cantoras del dios», cuya misión consistía en participar en las distintas liturgias y ritos de los templos. Algunas de ellas pasaron a ser músicas de la corte, y de su presencia y su importancia en la vida del país dan testimonio los sarcófagos donde se las enterraba con grandes honores. La reina Hatsheput dirigió a las cantoras antes de subir al trono en el año 1529 a. C. También existieron otras cantoras famosas que estuvieron al servicio de la familia real, como Merit ―que vivió en el reinado de Amenofis II (1450-1425 a. C.)―, Tentioh ―que vivió en la ciudad de Mut (950 a. C.)― y Esihebsed ―que vivió en el harén de palacio y era hija de otra cantora llamada Esptah (500 a. C.)―.

En Grecia, la música tenía una gran importancia y se le otorgaba un carácter pedagógico fundamental por considerar que ayudaba al orden social. También se le atribuía un valor ético porque se consideraba que escuchar un determinado tipo de música influía en el comportamiento y potenciaba las cualidades morales, por eso estaba tan presente en la vida cotidiana comprometida con las instituciones sociales y los usos tradicionales. Instrumentos y cantos acompañaban los acontecimientos públicos como procesiones, ceremonias fúnebres y misterios de diferentes dioses. Utilizaban los instrumentos de cuerda (como la lira y la cítara) para acompañar poemas y cantos. En cambio, los instrumentos de viento (como el órgano de tubos o la flauta-siringa) eran menos comunes, salvo el aulos, que fue muy empleado en la época. Los instrumentos de percusión (como el címbalo, el tambor, el triángulo y los crótalos) eran los más usados. La música facilitaba el desarrollo del trabajo y también el entretenimiento del deportista, ordenaba la marcha de los soldados y amenizaba las fiestas y acontecimientos sociales. Existían cantantes profesionales en las cortes de los príncipes y también músicos profesionales para las grandes fiestas cultas, como los Juegos de Delfos, las Gimnopedias (fiestas gimnásticas) de Esparta, las Panateneas, Dionisíacas y los ensayos dramáticos en los teatros de Atenas.

En la educación de los nacidos libres, la música, por un lado, y la gimnasia, por otro, procuraban la kalokagathia, es decir: el adecuado equilibrio entre la perfección corporal y espiritual. Dicha formación comprendía tres grados. En el primero, aprendían el canto y a tocar los instrumentos de cuerda, a leer, a escribir y los conocimientos fundamentales para la comprensión de la poesía. En el segundo y tercero, seguía el adiestramiento para los conjuntos de baile, desarrollando el sentido rítmico y coreográfico de la danza.

Las hijas de los ciudadanos solo aprendían a tocar la lira, ya que el aulos no se consideraba un instrumento musical apropiado para el género femenino decente, por el esfuerzo físico que requería, también a hilar, tejer y algo de poesía y danza. Las hijas de los esclavos se dedicaban, en su mayoría, a realizar el duro trabajo de las tareas domésticas para atender las necesidades básicas del hogar de sus amos.

En torno al 600 a. C., la mítica poetisa Safo, nacida en Eresó, una de las cinco ciudades principales de la isla de Lesbos, en el mar Egeo, recitaba sus poemas acompañada de música de lira, flauta o cítara, en medio de un ambiente de refinamiento. Según atestiguan documentos antiguos, Safo pertenecía a una familia noble y estaba rodeada de un gran lujo en su vida. Una parte de los ingresos económicos provenían de su poesía de encargo y también de los epitalamios o canciones nupciales para bodas llenos de motivos tradicionales y populares que generalmente eran cantados por los coros de muchachos y muchachas que formaban el cortejo nupcial. Ella escribía en un dialecto griego (eólico) y su nombre Safo, en dicho dialecto, significaba ‘transparente’. En total, escribió nueve libros de odas entre los que destaca la Oda a Afrodita, diversos epitalamios, himnos y varias elegías, pero apenas se conservan algunos fragmentos de todos ellos. Durante el pasado siglo xx, se descubrió un papiro con seis fragmentos de sus poemas y la Oda a las Nereidas.

Safo fue calificada por Sócrates como hermosa, contando entre sus atributos el encanto de lo delicado, de lo exquisito y una lúcida inteligencia a la que la cultura no había falseado hasta el punto de encubrir y disimular la ternura de su alma. Fue muy respetada por sus propios contemporáneos, Platón y Aristóteles. No podemos olvidar la admiración que le profesaron personas capitales en la historia, como el ya mencionado Platón, Catulo, Ronsard, Leopardi, Hölderling, Byron o Rilke, entre otros muchos.

También la poetisa y compositora Telésila de Argos, que vivió en torno al 546 a. C., destaca por la composición de sus himnos de guerra, marchas, cantos políticos y sus parthenaia, que eran cánticos entonados por las vírgenes en las ceremonias en honor de Apolo y Artemisa. Era una mujer valiente y decidida. Cuando los espartanos amenazaron Argos, ella misma capitaneó la tropa de mujeres y contribuyó a la victoria de su pueblo.

Otra poetisa, danzarina y compositora fue Megolástrata de Esparta, llamada la «hermosa rubia», que vivió aproximadamente en el año 529 a. C., dirigió un coro de muchachas espartanas y compuso la música para sus actuaciones.

Como ejemplo que se conserva de la música griega interpretada por mujeres, podemos citar las imágenes que componen el Epitafio de Seikilos, siglo ii a. C., perteneciente a una persona que llevaba dicho nombre. Se encuentra esculpido en una columna funeraria dedicada al dios Baco y su motivo estaba formado por tres mujeres tocando instrumentos musicales: la de la izquierda estaba sentada y con un arpa sobre sus rodillas, la del medio estaba de pie con una lira y la de la derecha también sentada, sobre una silla, con otra lira hecha del caparazón de una tortuga. Fue encontrado en el siglo xix en Aydin (Turquía).

La teoría musical griega, a través de Roma, Bizancio y Arabia, fue tradición occidental y así quedaron algunas expresiones técnicas hasta la actualidad como melodía, ritmo, armonía, tono, cromatismo, enarmonía, coro, orquesta y, sobre todo, la misma palabra música. Por eso decimos que en la cultura griega se estableció el fundamento para desarrollar la música, se desvelaron las primeras leyes numéricas sobre las relaciones entre los sonidos, se sirvieron de una notación precisa para que la posteridad pudiera descifrar los apuntes conservados de muchos fragmentos musicales y se valieron de un sistema armónico que ha dominado durante dos milenios el arte musical europeo.

En Roma, en el siglo ii a. C., se aclamaba con entusiasmo las obras teatrales que estaban acompañadas de música, así como de bailes y canciones compuestas especialmente para dichas obras. No se conservan obras compuestas por mujeres, pero la música estaba muy presente en el teatro aunque fuesen obras creadas por hombres. Por ejemplo, el comediógrafo romano Plauto (254-184 a. C.) escribió diversas obras musicales y de gran popularidad gozó la titulada La comedia del fantasma, repleta de situaciones cómicas cuyo argumento se basaba en el engaño de un esclavo llamado Tranio a su amo Teoprópides. Generalmente, los argumentos estaban inspirados en autores griegos.

Los instrumentos musicales más utilizados en las representaciones teatrales eran los sistros, címbalos, flautas, tamboriles, castañuelas y panderetas. El teatro solo abría en las festividades, que duraban dos o tres días y en las que se representaba todo tipo de obras, desde tragedias hasta farsas, aunque las más populares eran las pantomimas, en que un actor escenificaba y bailaba una leyenda griega acompañado por música y canciones.

Otros instrumentos musicales metálicos de viento, como la tuba, el lituo (trompeta de tubo en forma de cayado) y el corno, eran utilizados también para indicar las señales militares. A estos, añadieron la bocina (curvada y hecha de cuerno de toro), usada anteriormente por los pastores. Las trompetas fueron muy empleadas en las ceremonias religiosas, y la tibia (hecha de hueso, de ahí su nombre) adquirió rango de instrumento nacional y estuvo destinada para actos fúnebres y ofrendas. Las castañuelas y los platillos o címbalos se utilizaron para marcar el ritmo en las danzas y el conjunto musical, en especial el grupo formado por tibias y cítaras, fue muy valorado.

Los poetas recitaban sus versos acompañados de música, al igual que en Grecia, pero adquirían mayor relieve los acontecimientos de dimensión social ya que, para los romanos, cualquier ocasión era buena para escuchar música: desfiles, banquetes, funerales, sacrificios a los dioses, juegos y espectáculos. Habían inventado incluso un instrumento complicado para animar las matanzas del circo, el llamado órgano hidráulico. La principal función de la música era, por tanto, excitar y divertir a la muchedumbre.

Los niños, para llegar a convertirse en ciudadanos romanos, recibían una educación muy cuidada. Un bebé recién nacido era colocado a los pies de su padre y, si el bebé era niño y estaba sano, su padre lo tomaba en brazos. Las niñas, en cambio, eran entregadas directamente a la niñera. Una semana después del nacimiento de un varón, se colgaba al cuello del bebé un amuleto de oro, a modo de sonajero, llamado bulla, para indicar que había nacido libre y no esclavo. En la mayoría de los hogares, la tarea de educar era responsabilidad de los padres o de un tutor esclavo. Todos aprendían a leer y escribir, incluso los esclavos. Los niños aprendían griego, oratoria y leyes, además de habilidades militares y deportes. Las niñas aprendían a llevar la casa, mientras que algunos esclavos recibían conocimientos de aritmética para poder servir a la familia como administradores.

Cuando los niños cumplían 15 o 16 años, se celebraba una fiesta de mayoría de edad. El joven dejaba la bulla y la toga infantil en el lararium (altar) del hogar como ofrenda a los dioses y después se dirigía al foro con su padre y amigos para hacer un sacrificio.

La mujer romana en la vida familiar fue más importante que la griega o la de muchos pueblos de la Antigüedad. Ellas aprendían a dirigir la casa, mandaban a los esclavos los trabajos que tenían que realizar, administraban el presupuesto familiar, decidían las cuestiones domésticas, así como hilar y tejer. Después de su marido, era dueña en la casa y tenía una vida muy activa en el exterior. Muchas señoras eran instruidas y amaban las artes, música, poesía y otras actividades culturales. También estaban relacionadas con el mundo de los negocios, que era compatible con la independencia patrimonial femenina, y algunas de las cuentas en el Banco de L. Caecilius Iucundus eran de mujeres. Asimismo, se dedicaban a tareas económicamente productivas, como ser prestamistas de dinero, propietarias de talleres de fliginae (producción de objetos de terracota) o talleres textiles, propietarias de baños públicos y algunos comercios. Con el tiempo, la mujer se fue haciendo cada vez más libre y gozando de mayor autonomía, propietaria de sus bienes, de su propia dote y, a menudo, de su propia vida.

Las mujeres de hombres públicos, como cónsules, senadores, etc., en general, acompañaban a sus maridos cuando estos tenían que desplazarse durante bastante tiempo a las colonias a las que eran enviados. Ellas trataban de reproducir el modo de vida romano en esas tierras, aunque también incorporaban nuevas costumbres de ese lugar a su vida cotidiana. Estas mujeres gozaban de gran poder, pero siempre detrás de la figura de sus maridos.

Roma nos ha transmitido figuras de mujer firmemente delineadas como la dulce Octavia, la disoluta Mesalina, la imperial Gala Plácida y otras muchas que han pasado por la historia, pero en el ámbito musical no nos ha dejado un legado importante. Aun así, es de destacar que, a pesar del protagonismo masculino predominante en el ámbito artístico, fue concretamente a una mujer romana cristiana llamada Cecilia a quien se le otorgó el título de «patrona de la música». Según la tradición, esta mujer fue perseguida y martirizada por las autoridades del Imperio romano debido a sus creencias cristianas y la condenaron a muerte. Cuando estaba a punto de ser ejecutada, un 22 de noviembre alrededor del año 180, entonó un canto como alabanza a Dios y después murió. Generalmente, se la representa rodeada de instrumentos (órgano, laúd, salterio, flauta, clavicordio, violines, contrabajos, etc.) o acompañada de ángeles cantores.

Los festivales musicales para conmemorar a Cecilia comenzaron a celebrarse en Europa en el siglo xv. Esta tradición continuó en los siglos posteriores y en la actualidad cada 22 de noviembre se celebran festivales musicales y conciertos conmemorativos en todo el mundo. Fue en el año 1594 cuando el papa Gregorio XIII nombró a santa Cecilia patrona de la música y, en el contexto europeo, esta figura ha permanecido venerada por la humanidad con este padrinazgo hasta nuestros días.

María Soledad Cabrelles Sagrado
Doctora en Filosofía y CC. de la Educación
Titulada en Música



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