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Las Obisparras en Aliste (Zamora): la celebración del «Pajarico» en Villarino Tras la Sierra a través de una descripción del siglo XVI

TOLA TOLA, Roberto

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 395.

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La descripción de una Obisparra en el siglo xvi[1]

Las mascaradas de invierno se pueden definir como celebraciones atávicas que poseen como común denominador dos características principales: su celebración (al menos en origen, se desarrollaba en torno al solsticio de invierno) y la aparición de determinados personajes enmascarados y/o disfrazados, todos ellos con una gran carga simbólica.

Una de las zonas más densas en cuanto a este tipo de celebraciones es la comarca zamorana de Aliste, donde reciben el nombre común de Obisparras. Aquí la riqueza y variedad formal de las mismas se deja notar en lugares como Bercianos (Desempradonamiento en las bodas), Pobladura y La Torre (la Obisparra), Riofrío (los Carochos), San Vicente de la Cabeza (el Atenazador), Sarracín (los Diablos) o Villarino Tras la Sierra (el Pajarico y el Caballico).

Juan Francisco Blanco[2] enlaza el origen del término Obisparra con la antigua celebración del Obispillo, «inocentada coral y consuetudinaria celebrada en las catedrales de España desde la Edad Media». A tenor de este posible origen, queremos dar a conocer una nueva aportación documental que ayude a los investigadores para avanzar en el conocimiento de estas tradiciones alistanas[3]. Se trata de una breve descripción de lo que entendemos podría ser una antigua celebración en forma de Obisparra y que aparece incluida en una de las respuestas que don Francisco Enríquez de Almansa, primer marqués de Alcañices, dirige a los distintos concejos de los lugares de Aliste en uno de los muchos pleitos litigados entre ambas partes durante la primera mitad del siglo xvi.

A tal punto trascribimos literalmente el documento en la parte tocante a la reseñada información:

… e que así mismo estava probado e se probaría desde aquí adelante de cinco lugares que heran llamados los villares del dicho tiempo inmemorial a esta parte abían estado en costumbre estando el señor a la tierra de le dar cada un vezino de los dichos lugares una carreta de leña e una carretada de paja que podría valer cada carretada de leña diez mrs. e que la dicha paja no tenía estimación porque no se aprovechan de ella sino del señor e que esta hera la costumbre e muy antigua e que non abía otra razón sino la antigüedad e que a bueltas de la leña e paja en días de fiesta e plazer hera costumbre antigua que el segundo día de pascua de navidad se avían de juntar los vezinos de los dichos billares e que hordenavan un obispo que iba a la villa de Alcañiças e que avían de matar un pájaro pintado de los que ay a la dicha tierra con garrotes y no en otra manera e que si no lo fazían que pagavan myll mrs. de moneda vieja e que heran diez cornados un maravedí e que muerto el pájaro yban con el dicho obispo al señor de la dicha villa e les avía de entregar la fortaleza e darles de comer e bever a costa del señor e que pasado aquel juego e placer se bolbían con el dicho obispo y davan con el a un charco de agua y lo remojaban bien y que así no se podían dar razones a las cosas muy antiguas sino pasar con ellas como antiguamente se avía fecho…

Relación entre la Obisparra del documento y la actual celebración del Pajarico

Pensamos que la celebración descrita pueda tratarse de un antecedente medieval del actual Pajarico de Villarino Tras la Sierra, pequeña población situada al oeste de la comarca de Aliste, en la frontera con Portugal. A continuación exponemos los motivos que nos llevan a asociar ambas celebraciones[4]:

a) En primer lugar, por la coincidencia en las fechas. El segundo día de Pascua de Navidad que se cita en el documento se corresponde con el 26 de diciembre, festividad de San Esteban, fecha en la que tradicionalmente se ha celebrado el Pajarico.

Históricamente, la relación entre este santo y las mascaradas de invierno vendría impuesta por la necesidad de la Iglesia de vincular ambos elementos, el cristiano y el pagano preexistente. La elección de san Esteban no debió de ser casual. Siendo considerado como el primer mártir cristiano, símbolo de valentía y juventud, sus valores se asociaron a este tipo de celebraciones protagonizadas por la población joven. De esta forma, la Iglesia impulsó la creación de las cofradías homónimas como herramienta de control de estas fiestas. Precisamente, uno de los personajes que actualmente aparece en la celebración de Villarino es el mayordomo de la Cofradía de San Esteban. Lamentablemente, la antigüedad y la evolución de esta cofradía en el pueblo no ha podido ser documentada.

b) El segundo motivo lo constituye la presencia del pájaro como elemento central de la celebración. En la actualidad, como en el relato antiguo, la costumbre dicta el sacrificio de un pájaro —hoy en día suele ser un pardal (gorrión)— que, puesto en lo alto de una estaca, el personaje del Pajarico exhibe por las calles del pueblo mientras recibe las limosnas y donativos de los vecinos. Sin embargo, esta tradición no es exclusiva de Aliste. En un precioso artículo publicado en el Anuario Brigantino[5], el historiador Fernando Alonso Romero recoge ritos y tradiciones similares diseminadas por otros lugares de España y Europa. Por ejemplo, nos dice cómo en la isla de Man mataban a «pedradas a un reyezuelo o petirrojo, atándolo al extremo de una pértiga que llevaban en procesión de casa en casa, para pedir dinero a los vecinos después de cantarles unos versos alusivos a la cacería». También en Irlanda se ha documentado en 1824 una fiesta similar por el Día de San Esteban, en la que un grupo de muchachos disfrazados visitaban las casas de los vecinos pidiendo limosna con una rama de acebo de la que colgaban varios reyezuelos[6]. Así mismo, el profesor Pensado Tomé documentó una antigua cacería, conocida como Solta do Páxaro, en el pueblo gallego de Vilanova de Lourenzá (Lugo), donde los vecinos en procesión, tras matar el pájaro, acudían al abad del monasterio de la villa, quien los recibía repartiendo pan y vino[7]. En su opinión se trataría de una fórmula de vasallaje por la que los habitantes de estos lugares hacen reconocimiento de su dependencia señorial. La variante con la celebración alistana estriba en que en nuestro caso quien actúa como «anfitrión» no es un abad sino el propio marqués, lo que confirmaría la hipótesis de Pensado Tomé.

En Francia se han recogido festejos similares. Por ejemplo en Carcassone, donde el primer domingo de diciembre los jóvenes salían armados con bastones o estacas para capturar al reyezuelo. El primero en conseguirlo era proclamado rey y regresaba a la ciudad con el ave colgada de su estaca[8]. En la ciudad de Brest, el rito de la cacería estaba unido a la elección de un nuevo alcalde, quien presentaba ante el gobernador el pájaro capturado en una jaula para que con su gracia pudiera liberarlo[9]. En opinión de García Quintela, la presencia de los reyezuelos estaría asociada a celebraciones de «investidura real de época medieval y moderna heredada de un fondo celta»[10].

La aparición ritual del pájaro está también presente en muchos puntos de la vecina región portuguesa de Tras-os-Montes. En concreto nos interesa destacar, por el paralelismo con el Pajarico, lo que allí se conoce como Fiesta da Matança do Porco Bispo. El profesor Dos Santos Junior documentó estas celebraciones en dos pequeñas poblaciones pertenecientes al concejo de Mogadouro: Meirinhos y Valverde[11]. Básicamente, el festejo consistía en la cacería de un ave que en la zona trasmontana recibe el nombre de porco bispo. Los hombres se reunían en la plaza de cada lugar (en Meirinhos era el día 25 de diciembre y en Valverde el 26) y salían a la caza del pequeño pájaro provistos de escopetas y un carro sobre el que reposarían sus restos. Una vez conseguida la pieza, la comitiva regresaba al lugar de partida. Lo más grotesco del ritual era la simulación por la que actuaban con el porco bispo como si de un gran animal se tratase: las escopetas que portaban los cazadores, la imitación del chirriar de las ruedas del carro como si transportasen una enorme carga o el descuartizamiento del pájaro en pequeños trozos que eran metidos en grandes cestos así lo indica. La fiesta continuaba con la petición de viandas a los vecinos más pudientes del lugar. Un hombre recorría sus casas con el cesto a hombros (en el que se había depositado una pequeña tajada del pájaro) simulando hacer un esfuerzo sobrenatural y pidiendo las limosnas. Con los alimentos obtenidos se organizaba el festín del que disfrutaban todos los vecinos.

El porco bispo portugués del que nos habla la crónica es conocido en España como petirrojo, aunque en Aliste recibe el nombre de pimentera o pimenteira. Sin duda la referencia al pájaro «pintado de los que ay a la dicha tierra» que aparece en la descripción del siglo xvi debe de hacer alusión a este mismo tipo de ave, debido a la mancha roja de que posee en la parte anterior de su plumaje.

La relación entre estas festas trasmontanas y la mascarada de Villarino es importante, ya que en nuestra opinión poseen un origen compartido. Todas ellas tienen rasgos comunes, aunque también elementos discordantes como la ausencia del obispo o el «remojón» que recibía. Posiblemente debemos interpretarlo como una consecuencia lógica de su evolución a lo largo del tiempo. Acerca del origen y evolución de estas mascaradas volveremos más adelante.

c) Ya como último motivo para asociar la descripción documentada con la actual celebración de Villarino Tras la Sierra, señalamos la coincidencia toponímica. En el texto se mencionan cinco lugares que reciben el nombre de Los Villares, aunque sin especificar su ubicación. En el poblamiento medieval de Aliste es habitual la presencia de estos villares, asentamientos de menor tamaño que la aldea medieval. La denominación villar debe de hacer referencia al origen fundacional de los núcleos. En su desarrollo histórico, este tipo de asentamientos, que suelen ser característicos de modelos de poblamiento disperso, evolucionaron en su morfología y funcionalidad a través de una progresiva concentración en el hábitat hasta consolidarse como núcleos aldeanos. Es lo que debió de suceder con los cinco villares, que se identifican en el documento con otros tantos lugares. Solo como hipótesis, ante la ausencia de registros escritos antiguos, cabe la posibilidad de que estos pequeños asentamientos formaran parte de un territorio subordinado, con un eje central y jerarquizador constituido por la villa de Alcañices. Tanto por la asociación entre la Obisparra descrita y la actual celebración del Pajarico, como por la referencia toponímica (Villarino = villar pequeño), así como por su relativa cercanía a Alcañices, pensamos que uno de estos villares debe de ser el propio Villarino Tras la Sierra. Sin embargo, la escasez de documentación, la falta de un estudio pormenorizado de la toponimia menor en Aliste y la ausencia de registros arqueológicos, impiden por el momento ser más precisos en la localización del resto de núcleos.

Algunas notas sobre su origen y evolución

Las similitudes entre la mascarada de Villarino Tras la Sierra y el resto de celebraciones que han ido apareciendo hasta ahora son tan evidentes como para pensar en que, al menos, sus raíces se hunden en un mismo sustrato cultural. Y echando un simple vistazo a su localización geográfica (Irlanda, Isla de Man, Francia, Galicia, norte de Portugal), nos reafirmamos en la idea de que dicho sustrato tenga como denominador común un influjo de origen celta. Ahora bien, la lógica derivada de esta hipótesis lleva a plantearnos la presencia de elementos célticos en territorio alistano, asunto espinoso si tenemos en cuenta la dificultad para explicar su origen y encuadre étnico y la complejidad del movimiento migratorio de estos pueblos. En el caso gallego, Pensado Tomé planteó la hipótesis de que la citada celebración de la Solta do Paxaro, similar a la mascarada que documentamos, habría sido introducida bien por los monjes bretones llegados a Galicia hacia el siglo vi o bien por los benedictinos establecidos en la zona en el siglo x. Ninguna de las dos teorías parece aplicable en nuestro caso. Es cierto que los monjes bretones arribados hacia el siglo vi a las costas gallegas consolidaron un fuerte dominio en la zona, creando su propia diócesis de Britonia, cuyo obispo aparece en el concilio de Braga de 572. Sin embargo, es difícil que su influjo llegara a zonas como Aliste que, a pesar de formar parte de la diócesis de Braga, mantendría cierta autonomía eclesiástica dentro de un control laxo por parte de dicha sede bracarense[12]. Por otro lado, la presencia de benedictinos no es desconocida, siendo los franciscanos quienes tendrán una mejor acogida en toda la comarca. Por tanto, debemos encontrar otras alternativas más acordes al desarrollo histórico de la zona. Nosotros nos decantamos por la posibilidad de establecer el germen en la presencia de los pueblos prerromanos de origen precéltico, pero a los que se le supone posteriormente un substrato cultural celta. Concretamente, en Aliste se establecieron los zoelas, tribu englobada dentro del pueblo de los astures. Su zona de asentamiento se corresponde con el territorio de la actual comarca alistana y el sector oriental del Tras-os-Montes portugués, siendo posiblemente su capital Curunda, cuya antigua ubicación se desconoce[13]. Demostramos anteriormente los paralelismos que existen entre las festas trasmontanas del porco bispo y la celebración alistana del documento. La presencia de los zoelas en todo este espacio podría explicar la relación. Sin embargo, los vínculos históricos, sociales o culturales entre ambas zonas perduraron en el tiempo, incluso más allá de la romanización, por lo que la raíz de las mascaradas bien podría encontrarse en influjos posteriores a la presencia de estos pueblos prerromanos. La formación de la frontera portuguesa en el siglo xii sí estableció la división política del espacio, proporcionándole un marcado carácter de perificidad interior en los dos casos, pero desde un primer momento no se fijó una frontera rígida, sino más bien permeable, donde los intercambios de tipo comercial, económico o cultural se hacen patentes. Y es en este punto donde barajamos otra explicación, en este caso complementaria de la anterior. Estaría relacionada con la implantación en la zona de los templarios. La primera aparición documentada de estos en suelo ibérico se produce en tierras portuguesas, donde la orden tiene una buena acogida por parte de los monarcas: ya en 1128 la reina Teresa de Portugal dona a los templarios el castillo de Souré en Braga. No obstante, en el vecino reino leonés, que indudablemente los templarios tuvieron que atravesar para llegar a Portugal, no tenemos constancia escrita de su presencia hasta el año 1157. Es probable que hacia el último cuarto de siglo la Orden del Temple se instalara en tierras alistanas. No conservamos ningún documento que lo acredite, pero sí contamos con el pacto que suscriben en el año 1211 el rey leonés Alfonso IX y don Gómez Ramírez, en aquella época maestre templario, por el que el monarca devuelve a la orden diversos lugares que les había tomado[14]. Entre estos lugares aparece Alcañices. Luego debemos retrotraer su presencia en Aliste unos cuantos años. También conocemos la existencia de un tenente llamado Nuño Froilaz, que ya en el año 1204 aparece al frente de la encomienda de Alcañices y que dejará su impronta en la comarca[15]. La llegada de estos templarios fue auspiciada por la monarquía, que ejercía un dominio regio directo sobre esta zona y buscaba en ellos un elemento externo de carácter feudalizador. Este mismo carácter justifica que su radio de actuación traspasara la frontera portuguesa para hacerse con el dominio de lugares como Avelanoso, Serapicos o Vale de Frades[16]. Nos interesa destacar este último lugar, Vale de Frades, por limitar al norte con el propio Villarino Tras la Sierra. Es un ejemplo interesante ya que su fundación siempre se ha relacionado con los templarios; de hecho, el topónimo —‘Valle de Frailes’ en castellano— apunta en ese sentido hacia estas antiguas posesiones de los monjes establecidos en Alcañices[17]. Teniendo en cuenta este contexto, planteamos la posibilidad de que los mismos monjes asentados en la zona, y procedentes de Francia, habrían importado desde allí nuevos elementos con un claro sabor feudal (recuérdense, por ejemplo las celebraciones de investidura real en Carcassone o Brest) y que se habrían superpuesto en la celebración a ritos más arcaicos de influencia celta. Nos estamos refiriendo a las fórmulas feudo-vasalláticas que se infieren en la celebración documentada y que también veíamos en la Solta do Páxaro de Vilanova de Lourenzá. El reconocimiento de dependencia señorial por parte de los vecinos de los villares habría germinado durante la etapa templaria, cuando los monjes repueblan la zona. El traslado en comitiva a la fortaleza de la villa está evidenciando el papel central que ejercía esta como núcleo jerárquico respecto a las poblaciones dependientes. No en vano, Alcañices fue una de las principales encomiendas templarias en suelo ibérico. Posteriormente, la nobleza suplirá el vacío de poder dejado tras la desaparición de la orden en 1312, recogiendo la tradición anterior; de ahí la presencia del marqués en la liturgia del siglo xvi. En este sentido, es importante señalar una diferencia notable entre la fiesta documentada y la actual: la interrelación festiva entre varios lugares, inexistente hoy en día. Al admitir un vínculo de dependencia o vasallaje en estos rituales, hemos de considerar que la desaparición de este tipo de relaciones entre pueblos en las mascaradas se deba, más que a una relajación progresiva del poder feudal, a un menor interés por parte del mismo, quedando relegada la celebración a un ámbito exclusivamente local y donde el ritual se amolda a las características internas de cada núcleo poblacional. En estas circunstancias es donde podrían haber sido eliminadas ciertas partes del ceremonial como el «remojón» del obispo al que hacíamos referencia anteriormente. Se trataría de un acto purificador y renovador ligado a ritos arcaicos en los que el agua tendría un papel destacado. De las celebraciones reseñadas, tan solo en la de Brest hemos constatado algo similar. Según recoge Levot[18], una parte del ceremonial consistía en lanzarse al agua del puerto, tradición que se celebraría por última vez en 1748. Vemos cómo desaparece del ceremonial, aunque desconocemos el motivo. Algo parecido debió de producirse en Villarino Tras la Sierra, ya que en la actual fiesta no se recoge este rito; sin embargo, cabe recordar la presencia en ella de los Caballicos, personajes que se caracterizan por incorporar a su indumentaria un armazón de madera que se remata con una cola, simulando la de los caballos, con la que golpean a los vecinos tras remojarla en un charco embarrado. Precisamente la aparición simultánea del caballo y el pájaro en la mascarada de Villarino la convierte en única en toda Castilla y León. En Europa sí encontramos algunas celebraciones que poseen ambos elementos, como en Dingle (península del suroeste de Irlanda), donde tradicionalmente se celebraba la caza del reyezuelo por parte de los wrenboys o niños del reyezuelo, junto a los que aparece el hobby-horse, personaje que portaba un armazón de madera con forma de caballo y que movía a través de cuerdas. Otros caballitos festivos aparecen en lugares como Cork (Irlanda), Gales o Cornualles[19].

Por otro lado, si aceptamos un posible origen de base céltica en estos ritos, no es menos cierto que a través de su evolución histórica encontraremos otro tipo de elementos que distorsionarán su pureza primitiva. No sabemos si la entrega simbólica a los vecinos de la fortaleza de Alcañices que se describe en el documento es uno de ellos, ya que podría asimilarse a una forma evolucionada de fiestas de inversión como las Saturnalia romanas, que se celebraban en torno al solsticio de invierno y en las que por un día los más desfavorecidos (esclavos) disfrutaban de prebendas, intercambiando sus papeles con los dueños: en nuestro caso, los vecinos se hacían por un día con el símbolo del poder representado en la fortaleza de la villa y recibían comida y bebida a cuenta del marqués. Lo que sí parece evidente es que, con la cristianización, este tipo de celebraciones sufrirán cambios en su desarrollo. La ordenación del obispo que nos menciona el documento, ciertamente carnavalesca, debió de ser uno de ellos. La Iglesia consintió inicialmente la aparición de estos personajes como forma de desvincular estas tradiciones, tan arraigadas a nivel popular, del mundo pagano. Sin embargo, en el actual Pajarico de Villarino no aparece, o al menos no se ha podido atestiguar. Una posible explicación habría que buscarla en las prohibiciones que la Iglesia efectuó a lo largo del tiempo, temerosa por la ridiculización de figuras como la del obispo. Ya en las Constituciones Sinodales de las Vicarías de Alba y Aliste (publicadas en 1613), concretamente en la Constitución III, título III del libro II, se recoge la obligación de que los clérigos «no dancen ni bailen ni canten ni anden de noche por las calles ni se disfracen ni salgan en máscaras de a pie ni de a caballo». Así mismo, durante el siglo xix los recelos de las autoridades eclesiásticas se hacen extensivos al resto de la población. Entre los documentos que lo prueban, nos hacemos eco de la circular expedida en 1827 por el chantre de la catedral de Zamora, don Pedro Tiburcio[20], en la que se «prohíbe para siempre en todas las Iglesias de las vicarias la misa nocturna llamada de gallo, actos sacramentales, y toda clase de representación, que pase de un sencillo ofertorio en el Acto de la Misa Popular: y el entrar en ellas y lo mismo en procesiones las obisparras, y danzas, por más que digan defraudan a las imágenes de sus limosnas y también el recoger en ellas los granos en sus arcas paneras, y la sal para repartirla al Pueblo. Lo mismo que en el recinto las reuniones concejiles, bayles, danzas, obisparras, juego de barra, volos, canto, pelota, y de cartas; y en fin, el acto gentílico degradante de la humanidad, llamado del baldeón con motivo de la concurrencia a la Iglesia, so cargo de los Párrocos que tal permitan, a quienes autorizamos para llevarlo todo a debido efecto…». También en la cercana población de Trabazos (municipio al que pertenece actualmente Villarino Tras la Sierra) tenemos constancia de una prohibición similar por parte de don Manuel Cid y Monroy, vicario y visitador de las vicarías de Alba y Aliste. Al realizar la visita pastoral del año 1791, dejó anotada para la parroquia de Trabazos una providencia por la que prohibía «el intolerable abuso de hazer en el día de San Esteban ciertas fiestas y dibersiones irreverentes, ridículas y ocasionadas a muchos pecados y excesos[21]».

Posiblemente esta actitud facilitó la desaparición del obispo en la celebración. Sin embargo, desde nuestro punto de vista creemos no tanto en su erradicación de la fiesta como en una transformación formal (por lo menos en el caso de Villarino Tras la Sierra). Es decir, tanto el obispo que aparece en el relato antiguo como la actual figura del Pajarico serían la representación de un mismo personaje, simplemente evolucionado estéticamente a lo largo del tiempo. El motivo que nos lleva a pensarlo es la presencia de características comunes en ambos. Por ejemplo, el hecho de que tradicionalmente haya sido uno de los más jóvenes del pueblo, quien ascendería en el escalafón social en calidad de mozo[22], el encargado de representar al Pajarico. También el papel de líder que ejerce en la celebración, lo mismo que ocurría con el obispo antiguo. De hecho, uno de los pocos atributos que presenta en la actualidad es la vara de la que pende el pájaro sacrificado, símbolo de autoridad como afirmación de su liderazgo en la liturgia festiva. Otro elemento que juega a favor de esta teoría es la actual representación de la figura despojada de cualquier tipo de indumentaria, al contrario de lo que sucede con sus compañeros los Caballicos y los Zamarrones. El recelo de las autoridades eclesiásticas contribuiría a ello aunque, al mismo tiempo, permitiría a la población mantener la tradicional figura del personaje despojado ya de cualquier rasgo religioso.

La aparición de los obispos en las mascaradas alistanas también ha llevado a establecer su vinculación con los Obispillos medievales. Estos tradicionalmente tuvieron un mayor desarrollo entre grupos de estudiantes y escolanías, celebrando la fiesta el 6 de diciembre (San Nicolás) los primeros y el 28 (Día de los Inocentes) los segundos[23]. El ritual solía seguir un mismo patrón: por un día, uno de los niños se revestía de la autoridad eclesiástica y, acompañado por el resto de muchachos, acudían a pedir limosna mientras cantaban versos alusivos a la fiesta. Sin embargo, y pese a contar con algunos rasgos similares, no hay base documental suficiente como para asociar ambas celebraciones, más allá de ciertos influjos cristianos compartidos. Posiblemente, y como acabamos de señalar, la presencia de estos obispos en los rituales de Aliste vino impuesta inicialmente por la necesidad de la Iglesia de sacralizar la fiesta. Es en este punto donde convergen ambas celebraciones, pero tanto su desarrollo anterior como su posterior evolución difieren notablemente: por ejemplo, los elementos arcaicos de raíz celta que hemos encontrado en las Obisparras alistanas no parecen tener su reflejo en los Obispillos medievales.

Lo que sí parece claro es que la presencia de estos Obispos quedará fosilizada en la etimología popular de las celebraciones alistanas, derivando en consecuencia hacia el nombre actual y genérico de Obisparras.

En la actualidad, la celebración de Villarino Tras la Sierra sigue teniendo plena vigencia, gracias al esfuerzo de todos los vecinos por mantener inalterable la tradición. De hecho, durante los últimos años se ha recuperado la figura de los zamarrones, desaparecidos desde la guerra civil, y se está luchando por mejorar la indumentaria de personajes como los caballicos. Sin embargo, en el último medio siglo han ido surgiendo nuevos elementos que amenazan gravemente esta fiesta. Nos referimos principalmente al envejecimiento gradual y la despoblación a la que está sometida toda la comarca. Teniendo en cuenta el carácter juvenil de estas fiestas, la ausencia de relevo generacional podría constituir no ya su simple transformación sino su desaparición inmediata. Ahora no son influjos externos los que alteran la celebración, sino factores endógenos los que amenazan su continuidad, algo contra lo que todos deberíamos luchar.

Conclusión

En definitiva, con este breve artículo esperamos haber contribuido en la difusión y conocimiento más profundo de estas celebraciones que forman parte de nuestro legado cultural y constituyen la base del patrimonio inmaterial.

La descripción que damos a conocer es importante por lo inédito de la misma, por su grado de detalle y por la dificultad en hallar registros escritos antiguos de este calibre. También lo es porque presenta ante nosotros una forma intermedia de la celebración, a mitad de camino entre las formas primitivas y las actuales, posibilitando conocer mejor su evolución estética y formal.

El origen y evolución de estas fiestas es complejo. La presencia de rasgos arcaicos en la mascarada y su paralelismo con otras celebraciones europeas en ámbitos de influencia celta nos conducen a proponer un tronco común. La dificultad estriba en conocer las raíces exactas. Su posterior evolución introducirá nuevas variantes en el ritual, principalmente impulsadas por los poderes cristianos, que modifican su postura en base a la coyuntura social de cada época.

Por otra parte, la relación que establecemos entre el relato antiguo y la actual celebración del Pajarico nos parece dejar cimentada con bases sólidas. La similitud en fechas, elementos rituales, referencias toponímicas y, sobre todo, la cacería del pájaro como rito central de la fiesta, así nos lleva a pensarlo. Sin embargo, la aparición de elementos discordantes como la presencia del obispo o el ámbito de relación entre diferentes lugares, inexistentes en la actualidad, nos hacen ser más prudentes (si cabe) respecto a afirmaciones tajantes. Es en este punto donde el terreno se vuelve más resbaladizo y peligroso y donde las propuestas mejor formuladas pueden caer con facilidad. Nosotros hemos hecho las nuestras. Ahora corresponde a los especialistas de verdad plantear las suyas.


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NOTAS

[1] Quiero expresar mi sincero agradecimiento a Bernardo Calvo Brioso, José Lorenzo Fernández Fernández, Luis Miguel Mota Álvarez (por las fotos cedidas) y, muy especialmente, a Pedro Gómez Turiel por la ayuda prestada en la elaboración de este artículo.

[2]Vid. Blanco González, J. F., «Tiempo de Máscaras: Los Carochos de Riofrío de Aliste (Zamora)», en Argutorio, n.º 22, pág. 59, primer semestre de 2009.

[3] Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Registro de Ejecutorias, caja 713, n.º 1 (22/08/1550). La data de este documento se corresponde con la ejecutoria de pleito. Sin embargo, al tratarse de una ejecutoria, está recogiendo datos sacados del proceso judicial. En realidad, la descripción debe encuadrarse en tiempos del primer marqués de Alcañices, don Francisco Enríquez de Almansa (fallecido en 1541).

[4] En este artículo solo nos centramos en los aspectos relativos al Pajarico, por su asociación con el documento que analizamos, sin entrar a valorar a fondo otros personajes de la celebración actual como el Caballico o los Zamarrones.

[5] Alonso Romero, F., «La Cacería del Reyezuelo: análisis de una cacería ancestral en los países célticos», en Anuario Brigantino, n.º 24, 2001, pág. 86.

[6] Ibídem, pág. 93.

[7] Pensado Tomé, J. L., «La caza del Rey Charlo en Villanueva de Lourenzana», en Alonso Hernández, J. L., Literatura y folklore: Problemas de intertextualidad, Salamanca, 1983, págs. 75-82.

[8] Frazer, J. G., Le Rameau d´Or, vol. III: Espirits des blés et des bois, París, 1983, págs. 382-383.

[9] Tanguy, B., «Le roi de Brest», en Études sur la Bretagne et les pays celtiques. Melanges offerts a Yves Le Gallo, 1987, págs. 473-476.

[10] García Quintela, M. V., «El Reyezuelo, el cuervo y el Dios céltico Lug: aspectos del dossier ibérico», en ARYS, 5, 2002, pág. 160.

[11] Dos Santos Junior, J. R., «O Pisco. Erithacus Rubecula, Numa festa popular de exuberante simbolismo», en Ardeloa, vol. 21, 1975.

[12] Aliste ya aparece en el Parroquial Suevo, conocido también como Divisio Theodomiri, como pagus (equivalente a distrito) de la sede bracarense, aunque es posible que se trate de «una interpolación posterior» a raíz de las luchas que mantenían las diócesis de Astorga y Braga. Dicha diócesis bracarense que, junto a la mayoría de las diócesis visigodas prácticamente desaparecen con la invasión musulmana, fue restaurada a partir del año 1071 con la llegada del obispo don Pedro, que fija de nuevo la residencia en Braga tras la dominación musulmana y se encarga de su reorganización. Es en este contexto en el que reclama sus derechos sobre Aliste, considerándolo un antiguo territorio suyo. Respecto a este tema vid. Da Costa, A. J., O Bispo D. Pedro e a organizaçao da diocese de Braga, Coimbra, 1959, 2 vol.

[13] Para algunos autores, su ubicación se corresponde con Castro de Avelhàes (junto a Bragança), mientras para otros estaría situada en la zona conocida como El Castrico, junto a la actual población de Rabanales de Aliste. Vid. Prospecciones arqueológicas, Rabanales de Aliste Curunda Caesara?, Zamora, 1999.

[14] González González, J., Alfonso IX, Madrid, 1994, volumen II, doc. 274.

[15] Se ha identificado a este Nuño Froilaz con el conde Nuño de Zamora, quien repoblaría Castro de Alcañices. Vid. Martín Viso, I., «Asentamientos templarios en una frontera periférica: Aliste y Tras-os-Montes oriental (siglos xii- xiii)», pág. 194, en Sánchez Herrero, J. (coord.), El Tratado de Alcañices, Ponencias y comunicaciones de las Jornadas Conmemorativas del VII Centenario del Tratado de Alcañices, Zamora, 1999.

[16] «Aos Templarios de Alcanices perteneciam as “vilas” de Avelanoso e Cerapicos, no concelho de Vimioso, e parte de Réfega (hoje Quinta da Réfega, freguesia de Miranda), no concelho de Miranda; além disso uma “villa de Fratibus”, que julgo poder identificar sem receio com Vale de Frades, do concelho de Vimioso, tanto mais que é nessa actual freguesia que se encontra Cerapicos», en Herculano de Carvalho, J. G., «Porque se falam dialectos leoneses en terras de Miranda?», Revista Portuguesa de Filología, V, 1952, págs. 266-267.

[17] Es indicativa la presencia cerca del propio Villarino Tras la Sierra de un lugar conocido como Patio de los Danzantes. Posiblemente la aparición en esta zona de los monjes templarios tenga relación con el mismo, ya que este tipo de danzas rituales, por su nivel de complejidad, suelen asociarse a elementos cultos de la población. Sobre estas danzas vid. Pinelo Tiza, A. A., O conhecimento mútuo das tradicoes etnográficas na educaçao espanhola e portuguesa. Mascaradas e pauliteiros em terras de Zamora e Bragança, tesis doctoral, Universidad de Valladolid, 2010.

[18] Levot, P., Histoire de la ville et du port de Brest. La villa et le port jusqu´en 1681, Brionne, reed. 1972, pág. 244.

[19] Alonso Romero, F., op. cit., pág. 94.

[20] Archivo Histórico Diocesano de Zamora, sección parroquiales, Villarino Tras la Sierra, n.º 91, libro 1º.

[21] Gómez Ríos, M., Alba y Aliste en la visita de don Manuel Cid y Monroy, 1791, Salamanca, 2001, pág. 134.

[22] Lamentablemente, la despoblación y la falta de relevo generacional han contribuido a la ausencia de jóvenes en el pueblo, siendo actualmente personas adultas las encargadas de representar al Pajarico.

[23] Caro Baroja, J., El Carnaval. Análisis histórico-cultural. Madrid, 1965, págs. 305 y ss.