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Sobre la granada y las Vírgenes de la Granada

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 396.

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Tres han sido las incidencias que me han llevado a escribir sobre el simbolismo de la granada y la iconografía mariana con tal denominación. El primero, la lectura del trabajo Aportaciones al estudio del simbolismo funerario del huevo y la granada en las creencias populares de las antiguas religiones mediterráneas, del historiador y catedrático ovetense José María Blázquez; el segundo, la lápida funeraria con relieve de granadas que vi a la entrada de la iglesia de la Natividad en Arbanasi, Bulgaria, y tercero, y principalmente, la existencia de numerosas imágenes de Nuestra Señora de la Granada, cuya advocación se extiende casi exclusivamente entre pueblos de las provincias de Badajoz, Huelva y Sevilla, al suroeste de España, aunque en algunos casos el hecho de que su nominación sea distinta no es óbice para que la imagen sostenga una granada, tal y como sucede con la onubense Virgen de la Cinta, que sostiene una en su mano izquierda.

¿Y por qué una granada y, sobre todo, qué significa?

Ante todo, hay que decir que la granada es el fruto del granado, un pequeño árbol caducifolio de la familia Lythracea, que proviene de la zona comprendida entre Irán y el Himalaya, en el norte de la India, cuyo cultivo se extendió por toda la costa mediterránea —incluida Armenia— desde la remota Antigüedad, pues, según se cree, el primer granado se plantó entre los años 4000 y 3000 a. C., aunque no faltan estudiosos que estiman que la granada fue conocida mucho antes: hace más de 8000 años. Lo que parece cierto es que la granada se consumía ya en torno al 2500 a. C. por los restos hallados en algunas tumbas egipcias, pues los habitantes del Nilo eran enterrados con granadas con el anhelo de resucitar en la otra vida. Aunque, como se verá, este fruto se presta a dos interpretaciones opuestas pues, por una parte, se le relaciona con la muerte y el infierno por el color rojo sangre de sus granos y de su jugo, y, por otra, a pesar de utilizarse como ofrenda funeraria a los dioses, se le tiene como imagen de resurrección y trasformación.

El nombre ‘granada’ proviene del latín malum granatum —manzana con grano— o punicum malum —manzana púnica—, de donde se ha tomado el apelativo punicum —punica, vocablo que se refiere a los fenicios que se ubicaron en la zona costera de Siria y Líbano— para incorporarlo a su nombre botánico: Punica granatum linnaneus.

En la mitología griega se cuenta que el primer granado fue plantado por Afrodita, diosa de la belleza y el amor, en la isla de Chipre. Y en el Himno a Deméter, del aedo griego Homero, se dice que Perséfone —que había sido raptada y llevada al inframundo por Hades— se alegró tras escuchar las palabras de este, que la animaba a volver con su madre. Y el coro canta:

Pero antes de partir tomó un grano de granada,

que es dulce como la miel y que Hades le ofreció

porque sabía que así tendría que regresar.

Y cuando Hermes la condujo hasta el templo de Deméter, madre e hija se abrazaron llenas de alegría. Pero una negra sospecha presintió Deméter, de ahí que preguntara a su hija:

Escúchame, hija querida, tan solo dime una cosa.

¿No habrás probado bocado mientras estabas abajo?

Porque si aún no lo has hecho podrás vivir con nosotros,

pero si algo comiste, tendrás que volver allí.

Pasarás los inviernos en la tierra profunda

y al llegar el calor y la tierra esté verde,

con nosotros vendrás a reunirte de nuevo.

Las semillas —como se sabe— se las había ofrecido su esposo para retenerla junto a él y evitar así que tornara al mundo de los vivos, devolviendo con ello el esplendor —la vida— a la naturaleza, tras el invierno. Pero el mito es suficientemente conocido como para volver sobre él.

Igualmente se hace alusión a la granada en el mito de Dionisos, dios del vino, cuando al ser descuartizado por los titanes de su sangre brotó un granado, de ahí que el fruto maduro de este árbol se abra mostrando su interior rojo como una herida cuando está maduro. Por cierto: una antigua prohibición recaía sobre los alimentos de color rojo, alimentos que únicamente podían ofrecerse a los muertos, entre ellos, la granada.

No debe extrañar a la vista de todo esto que los griegos actuales —herederos de esos antiguos mitos— rompan granadas en las bodas como símbolo de fertilidad pues, aparte del mito mencionado, Hera —la diosa con mayor rango en el Olimpo por ser esposa y hermana de Zeus, dios supremo— y la misma Deméter —diosa de la agricultura y madre de Perséfone— aparecen a veces entronizadas con granadas en sus manos.

Y en la mitología romana estaba Juno —hermana y esposa de Júpiter— que, si en un principio fue la personificación del ciclo lunar, concluyó simbolizando el matrimonio, de ahí que en algunas representaciones suyas aparezca con una granada en la mano, distintivo de la fecundidad.

En una nota —155, pág. 156—, José María Blázquez señala que en una pintura procedente de una tumba de Ostia, representativa del rapto de Perséfone por Hades, aparecen dos gigantescas granadas, que vienen a encarnar la misma idea que los versos homéricos. Y añade —págs. 155-156—: «Estos versos prueban la vinculación de la granada con la ultratumba. El que come del fruto de la granada, aunque vuelve a la tierra, torna al Hades y son los que explican satisfactoriamente la presencia de las granadas en monumentos funerarios; indican que las personas están muertas, es decir, que moran en el Hades». Con anterioridad, Blázquez había citado numerosos ejemplos de temática funeraria frecuentes en pueblos de Italia. Así: una urna de Chiusi —en la Toscana—, fechada en el siglo iv a. C., que representa a una matrona que sostiene una granada en su mano izquierda; una estatua cineraria que muestra a un varón sentado con una granada, igualmente en la mano izquierda, datada entre finales del siglo iv o comienzos del iii a. C., y una segunda estatua cineraria que encarna a una matrona ensalzada entre esfinges, con una granada en su mano izquierda. Y Blázquez —págs. 140-141— añade que esta «pertenece al mismo grupo de otras estatuas chiusinas cinerarias de damas entronizadas entre esfinges, una conservada en el museo arqueológico de Florencia, con un niño en brazos, fechada poco después de la mitad del siglo v». Además, en la llamada Tumba del Guerrero, de Paestum, ciudad grecorromana ubicada en el sureste del golfo de Salerno, una de las pinturas muestra una gruesa granada entre dos huevos, también estos de clara significación funeraria. Y el historiador ovetense insiste: «El hecho de que los difuntos en los sarcófagos y urnas lleven granadas o huevos, y el de que estos se depositen en las tumbas, señala claramente que poseen un significado funerario preciso» (pág. 147). Y que son símbolos de la inmortalidad.

Igualmente, no debe olvidarse la relación que la granada ha tenido, al menos en Extremadura, con la fiesta de los difuntos. Bien es cierto que el elemento principal de esta celebración era y es la castaña que, según creencia popular gallega, es el símbolo del alma de un difunto, de ahí que cuantas más castañas se coman ese día, más almas se salvan del purgatorio, o que para aplacar la ira de los difuntos en la noche de Todos los Santos en ciertos lugares existiera la costumbre de dejar en las casas algunas castañas como ofrenda a los antepasados fallecidos. O como en Las Hurdes cacereñas, donde se acostumbraba a dejar encendida la lumbre del hogar y un plato de comida para que las almas difuntas pudieran calentarse y comer. Incluso hoy día en algunas alquerías de la comarca esa noche no se barre la cocina porque, según dicen, hay que dejar las migas para las ánimas familiares del purgatorio que acudan a la casa. En mi opinión, ello se debe a una mayor abundancia de castaños que de granados en las localidades estudiadas por mí[1] y aunque la castaña esté relacionada con Nea, ninfa de la diosa Diana (a la que trató de forzar sin éxito, pues la joven prefirió antes morir que perder su virtud, por lo que el dios supremo, enfurecido, la transformó en ese árbol de frutos espinosos), lo cierto es que son mínimas, si no nulas, las representaciones funerarias donde aparezca la castaña, no así la granada, como se ha visto. Además, es o era rara la localidad donde junto a la castaña y el higo no estuviera presente, en mayor o menor medida, la granada en las cuestaciones que monaguillos y muchachos realizaban entre los vecinos, o en los frutos que familiares y padrinos ofrecían ese día a sus deudos y ahijados. Por ejemplo, cuenta Abundio Pulido —pág. 179— que una costumbre de Montehermoso —Cáceres— era que «las madrinas, en esta fiesta de los Santos, regalaban a sus ahijados un collar. Este consistía en enhebrar castañas cocidas, higos pasos, alguna manzana en los laterales y en el centro una buena granada, que hacía como de colgante en el collar que se formaba».

Tampoco debe olvidarse que los libros sagrados de las tres religiones monoteístas —judía, cristiana y musulmana— otorgaron importancia suma tanto al granado como a su fruto.

En el Antiguo Testamento se hace alusión a la granada en varias ocasiones. Así —por citar algunos ejemplos—, en el Éxodo —28, 33-34—, al referirse a la sobretúnica que había de llevar el sumo sacerdote, se dice: «En la parte inferior pondrás granadas de jacinto, de púrpura y de carmesí, alternando con campanillas de oro, todo en derredor; una campanilla de oro y una granada sobre la orla de la vestidura, todo en torno»; en Números —13, 24 (23)—, cuando los exploradores fueron mandados por Moisés a la tierra de Canaán, «llegaron hasta el valle de Escol, donde cortaron un sarmiento y un racimo de uvas, que cargados en un palo trajeron entre dos, juntamente con granadas e higos», y en el Deuteronomio —8, 7-9—, al referirse a la nueva tierra donde Yahvé va a introducir al pueblo elegido y los frutos que hay en ella, se lee que es una buena tierra, «tierra de corrientes, de fuentes, de aguas profundas, que brotan en los valles y en los montes; tierra de trigo, de cebada, de viñas, de higueras, de granados…».

También estaban presentes las granadas, en gran número, en los capiteles que Hiram puso en el tiempo de Yahvé por mandato de Salomón. Así, en I Reyes —7, 41-42—, se dice que hizo «dos columnas con sus capiteles para encima de las columnas; sus reticulados y trenzados para los capiteles; la cuatrocientas granadas para los reticulados y trenzados; dos filas de granadas para cada una en derredor de los capiteles…». Y en II Crónicas —4, 12— «… y las cuatrocientas granadas para los entrelazados dispuestas en dos órdenes para cubrir los capiteles que estaban sobre las columnas». O alusiones a las granadas en algunos versículos del Cantar de los Cantares. Así, al referirse a la belleza de la esposa —4, 3—, se lee: «Tus mejillas, mitades de granada / a través de tu velo», versículo que se repite en 6, 7. Y en el coloquio mutuo entre la esposa y el esposo —4, 13—, dice este: «Es tu plantel un bosquecillo / de granados y frutales los más exquisitos». Versículos estos que los padres de la Iglesia y algunos teólogos han considerado como una alegoría de la Iglesia, simbolizada en la loada esposa del Cantar; es decir, la Virgen María.

En relación con ello, Emilio y Tina escriben que «… la mitología nos da varias pistas, tres diosas relacionadas con la granada y su alto valor simbólico, que inmediatamente tenemos que relacionar con la Virgen María: primero Afrodita, que plantó el primer árbol del granado; entre los muchos títulos con los que nos referimos a la Virgen María está el de Madre del Amor Hermoso, y María o Myriam en hebreo significa ‘Amada de Dios’. En segundo lugar, la diosa Perséfone, pero también era la ‘Core’ (hija) o joven doncella, y en el catecismo cristiano se dice: “La Virgen María es la doncella escogida por Dios para ser Madre de Nuestro Señor Jesucristo y Madre nuestra”. En tercer lugar, la diosa Juno, representada en ocasiones con la granada en la mano como símbolo de fertilidad, como las Vírgenes de la Granada» y otras Vírgenes a las que haré referencia más adelante.

En la religión islámica se dice que Mahoma alentaba a sus seguidores a comer granadas para así purificarse de la envidia y el odio, y que el granado era el árbol del paraíso. Y, en relación con esto, hay expertos bíblicos que piensan que la fruta prohibida que comieron Adán y Eva no fue una manzana sino una granada, pues esta fruta ha recorrido toda la historia siendo un símbolo tanto en la religión como en la cultura y la mitología, como se ha visto. Y por otra parte, ¿no se ha tenido en la teología mariana a la Virgen María como la nueva Eva, que sustituyó el pecado original —simbolizado en la manzana— por una nueva vida de gracia —presente en la granada— a través de Jesús, su hijo? Téngase en cuenta también que en algunas mitologías la serpiente no representa a la tentadora provocadora del pecado original, sino a la fertilidad, la sabiduría, la multiplicación y la reproducción, encarnada en la muda periódica de su piel. Aunque autores hay que piensan que el fruto prohibido fue la vid, que según Mircea Eliade —pág. 347— «era la expresión vegetal de la inmortalidad». Y añade que la Mihsná —cuerpo exegético de leyes judías— «afirma que el árbol de la ciencia del bien y del mal era una vid». Otros, empero, creen que fue una higuera el árbol prohibido pues, cuando vieron que estaban desnudos tras haber comido de su fruto, «cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones» o «ceñidores» —Génesis 3, 7—. Díaz-Plaja —pág. 10— razona diciendo que resultaba asombroso que un hombre y una mujer nacidos y crecidos en la más pura de las naturalezas tuvieran idea de cómo se hacía un ceñidor y de que las hojas de higuera eran las más aptas para confeccionar un ropaje, por lo que el hecho de «encontrar de modo tan inmediato ese árbol podría indicar que ‘el fruto’ aludido era un higo, lo que explicaría también —ironiza— la obsesión con que este se ha ligado en la imaginación popular al órgano genital femenino (en italiano, en castellano, en catalán)».

Como dije al comienzo de este trabajo, son numerosas las advocaciones marianas con denominación de la Granada, centradas principalmente en las provincias de Sevilla, Huelva y Badajoz. Esta circunstancia parece estar relacionada con la conquista de estos territorios occidentales por Fernando III el Santo, y más concretamente con la Orden Militar de Santiago que, bajo la dirección del maestre don Pelay Pérez Correa, a quien el monarca había confiado la ocupación de las tierras aledañas a Sierra Morena, fue el principal artífice de la conquista. La devoción a la Virgen de la Granada por parte de los santiaguistas se inició, según parece, durante el intento de reconquistar la plaza badajocense de Llerena, enclave muy disputado tanto por musulmanes como por cristianos dada su estratégica situación. Las tropas cristianas tenían cercada la ciudad y, a pesar de los numerosos intentos, todos resultaron vanos, de ahí que empezara a cundir el desánimo entre los soldados que, ante las embestidas agarenas, comenzaron a replegarse. Mas entonces se obró el milagro. Según cuenta la leyenda, se les apareció la Virgen con una granada en su mano derecha, lo que fue interpretado como símbolo de la unidad que debían mantener para apoderarse de la fortaleza. Y, así, enardecidos y llenos de valor, contraatacaron con tanta fuerza que aquello que en un principio parecía imposible se hizo realidad y Llenera volvió a manos cristianas en 1243. Por ello, sobre la que fuera una mezquita, se erigió una iglesia consagrada a Santa María de la Granada, sobre la cual se harían más tarde algunas ampliaciones patrocinadas e impulsadas por los Reyes Católicos. E igualmente cayeron en poder cristiano las localidades de Montemolín, donde el ocho de septiembre, en la antigua parroquia de Santiago, en la falda del antiguo castillo musulmán, se festeja a la Virgen de la Granada. Y en Fuente de Cantos, donde la Virgen de esta advocación fue sustituida en el siglo xviii por la Virgen de la Hermosa como patrona local.

Pero hagamos nueva mención a don Pelay Pérez Correa que, según cuentan las leyendas —recogidas por mí en el número 363, págs. 39-40, año 2012 de esta Revista de Folklore—, vivió en primera persona dos hechos milagrosos. El primero fue cuando los árabes, asentados en la sierra de Tudía, le impidieron el paso hacia Sevilla, intentaron cortarle el paso. El combate se decantaba a favor de las tropas cristianas, mas como la batalla se alargaba, la tarde decaía y la oscuridad amenazaba con envolver a los combatientes, el maestre santiaguista echó pie a tierra y, dirigiéndose a la Virgen, le dijo: «¡Santa María, detén tu día!». Y la Virgen, atendiendo a su ruego, detuvo por unas horas el movimiento del Sol hacia el ocaso, dando tiempo a las tropas cristianas para culminar con éxito la batalla. La Virgen es venerada como de Tentudía y tenida como patrona en toda la comarca de igual nombre, así como en las localidades de Calera de León, en cuyo término municipal se encuentra el monasterio donde se venera, y de Monesterio.

El segundo se relaciona con la leyenda en torno al origen de Santa María de Nava —pedanía de Montemolín—, también conocida como Hoya de Santamaría. En esta ocasión, el prodigio consistió en la entrega al caballero por parte de Nuestra Señora, la Zapatera, «de una lezna con su hilo para que reparara las riendas del caballo, que con el fragor del combate se le habían roto, impidiéndole dirigir a sus guerreros hasta la victoria», allanando así otro escollo en su avance hacia el sur, campaña que daría lugar a la conquista de Sevilla.
Ello propició que en la capital y localidades próximas existan numerosas localidades con advocaciones a la Virgen de la Granada. Así, en Guillena —de cierto paralelismo con Llerena—; en Benacazón, donde existe una imagen muy antigua, de autor anónimo, que fue encontrada en un pozo; en Cantillana, donde la imagen, del siglo xvi, presidió el altar mayor hasta 1850 en que fue trasladada a otro altar a los pies de una de las naves del templo; en Puebla del Río, donde existe una Hermandad de la Virgen, cuyo origen se remonta al parecer al siglo xiii, tras la conquista de Sevilla por el rey Fernando, culto mariano que extendieron con él su hijo Alfonso X y el obispo don Remondo; en la colegiata de Osuna, que guarda en una capilla aparte una imagen del siglo xvi. Y, finalmente, en la catedral metropolitana de Sevilla, en la capilla de la Scala o de las Scalas, aparece un relieve de terracota policromada. En él figura la Virgen, que ofrece al Niño una granada, símbolo de la Redención, flanqueados ambos por san Sebastián, san Francisco, santa Catalina y santo Domingo.

Y ya en la provincia de Huelva, en Moguer, una Virgen de esta advocación preside el baldaquino central del presbiterio. Según información recibida desde esta localidad, el origen de la imagen es desconocido, aunque estudiosos hay que la consideran como el resultado «de la adaptación de una Inmaculada para ser venerada como Pastora Celestial» en Sevilla. Por último, en la también onubense localidad de La Granada de Riotinto, los naturales celebran a su patrona de esta advocación, imagen del siglo xvii, en agosto, su festividad más importante.

Como conclusión cabe decir que, generalmente, las imágenes llevan la granada en la mano derecha y al Niño Jesús en la izquierda. Como excepción, la Virgen de la Cinta de Huelva la lleva en la mano izquierda. Y en Benacazón, es el Niño, apoyado en el costado izquierdo de su Madre, quien porta la granada.





BIBLIOGRAFÍA

*Emilio y Tina. La Virgen de la Granada. Guillena: Historias de esta advocación y mitología. Blog dedicado a Las Pajanosas, Internet [consulta: 1 de septiembre de 2014].

*Blázquez Martínez, José María. «Aportaciones al estudio del simbolismo funerario del huevo y la granada en las creencias populares de las antiguas religiones mediterráneas», en Revista de Dialectología y Tradiciones populares, tomo XXIII, cuadernos 1.º y 2.º. Madrid, 1967.

*Díaz-Plaja, Fernando. La Biblia contada a los mayores. Plaza & Janés, editores. Barcelona, 1977.

*La Santa Biblia. Traducida de los textos originales en equipo bajo la dirección del Dr. Evaristo Martín Nieto. Ediciones Paulinas. Madrid, 1973.

*Pulido, Abundio. Memoria de costumbre y tradiciones perdidas en Montehermoso. Plasencia, 2007.

*Sagrada Biblia. Versión directa de las lenguas originales. Eloíno Nácar Fuster y Alberto Colunga. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1961.




NOTAS

[1] Véase mi trabajo sobre «La fiesta de todos los Santos en Extremadura», publicado en Las Hurdes. Revista sociocultural de As-Hurdes, números 27 y ss.