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El marido que va a la guerra. Recuperación de antiguos temas homéricos en el romancero tradicional hispanoamericano

URIBE ULLOA, Héctor

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 399.

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Introducción

Muchos artistas —tanto de la Antigüedad como contemporáneos—, han tomado como referente para sus creaciones la literatura homérica. Un ejemplo lo demuestra un magnífico jarrón pintado con la representación de Ulises y las sirenas que data del año 480 a. C., perteneciente a la cultura helénica[1], y otro es la pintura del británico John William Waterhouse titulada Penélope y los pretendientes, de 1912: obras que, sin lugar a dudas, han logrado plasmar el espíritu de los poemas de la Odisea.

El propósito de este escrito es dar, en un primer momento, una mirada a dicha obra desde una perspectiva que recoge el acervo literario de tradición oral, ligado también a la práctica musical de los repertorios poéticos. Describiré el rol del aedo en la cultura helénica y de qué manera aparece este personaje ligado a la obra de Homero.

En un segundo momento, me centraré en comparar analíticamente los temas y motivos que se recuperan en el romancero hispanoamericano a partir de la Odisea y cómo se representa el relato en la figura literaria del marido que va a la guerra.

De esta manera, pretendo hacer un vínculo entre la antigua tradición épica griega y los romances épico-líricos breves que se cantaron y recitaron y que aún perviven en la cultura tradicional hispanoamericana, con vigencia, por cierto, en la música de tradición oral chilena.

Homero y su tiempo: la Ilíada y la Odisea

Para los griegos de la Antigüedad, como lo señala Manguel, Homero era el más grande de todos los poetas, una persona de carne y hueso que «en una época remota, había compuesto las obras en las que se basaba toda su cultura»[2]. Como los estudios lo han demostrado, estas obras obedecen a un conjunto de poemas que, con el paso del tiempo, se fueron configurando en lo que nosotros actualmente conocemos como la Ilíada y la Odisea. Mireaux señala que Homero «habría sacado a manos llenas de un gran tesoro poético y legendario ya existente, pero su genio creador lo habría poderosamente renovado»[3]. Sobre la Odisea, Bérard[4] admite que esta habría sido producto de tres poemas anteriores de poetas diferentes: Los relatos de Ulises (creado en el siglo ix a. C.), El viaje de Telémaco y La venganza de Ulises (datados en el siglo viii a. C.).

Homero vivió en el año 700 a. C., en el tiempo de expansión marítima, comercial y colonial del helenismo, en el momento de la decadencia de las monarquías religiosas y patriarcales, en las que las familias aristocráticas mantenían el poder. Grecia se abre a la aventura de conquistar nuevas tierras al tiempo que se crea un medio sociocultural propicio para pasar de la poesía tradicional de himnos religiosos hacia la epopeya heroica, representada en estos nuevos poemas que narran las aventuras de los hombres junto a los dioses, conviviendo en un todo armónico[5].

La tradición oral de estos poemas y su posterior fijación por medio de la escritura, ya sea de un Homero o de varios Homeros, va a ir configurando y aglutinando lo mejor de la poesía primitiva popular del pueblo, poesía interpretada por «bardos populares que disponían de un tesoro de leyendas»[6]. Este legado poético, sin lugar a dudas, trascendió a su tiempo y llegó a integrarse a las obras clásicas de lectura universal.

El aedo en Homero

Dentro de las profesiones de carácter intelectual que existieron en la sociedad homérica estaban los sacerdotes, quienes vigilaban y ordenaban los ritos para su perfecta ejecución en los santuarios cuando se rendía culto a los dioses por medio de sacrificios de animales. En la Ilíada, Ulises, en nombre del ejército aqueo, ofrece un sacrificio a Apolo en su templo custodiado por el sacerdote Crises, para que el Dios del arco detenga su ira sobre el ejército de Agamenón y quite la peste que les envió. Esta ira de Apolo se generó por negarse Agamenón a entregar a Criseida, hija del sacerdote a quien tenía de esclava.

¡Óyeme, oh tú, el de argénteo arco, que proteges Crisa

y la muy divina Cila, y sobre Ténedos imperas con tu fuerza.

Ya que una vez escuchaste mi plegaria, y a mí me honraste

e infringiste un grave castigo a la hueste de los aqueos.

También ahora cúmpleme este otro deseo:

aparta ya ahora de los dánaos el ignominioso estrago[7].

Otra profesión que aparece en la literatura homérica era la adivinación. Los adivinos manejaban el arte de conocer el pensamiento de los dioses, interpretando los presagios por medio de las señales que se manifestaban preferentemente mediante los sueños.

Un ejemplo de la adivinación está presente en la Odisea cuando Telémaco reúne en asamblea a los ciudadanos de Ítaca para denunciar públicamente a los pretendientes de su madre. En ese momento dos águilas se ven volando en el cielo:

Desgarrándose luego una a otra las faces y cuellos

y de vista perdiéronse a oriente del pueblo y su alcázar[8].

Presagio que el anciano Haliterses Mastrórida, maestro «relevante en la ciencia de las aves y en dar solución a sus signos y agüeros»[9], interpreta como señal de que la llegada de Ulises se acerca «teniendo encima una ingente desgracia»[10].

La profesión que, sin lugar a dudas, está mayormente representada en la literatura homérica es la figura del aedo. Este personaje, perteneciente también al grupo de los inspirados e iluminados junto con profetas, adivinos, médicos y poetas, fue el mediador entre el mundo terrenal y el mundo divino[11].

El aedo era el músico que cantaba exaltando las hazañas de los dioses, los héroes y los juegos, siguiendo la más pura tradición de la poesía heroica. Mireaux los describe como «los conservadores de las reglas de la prosodia sagrada que acompasan las danzas o las evoluciones rítmicas rituales rigurosamente ordenadas y acompañadas de un canto o de una melopeya; pues dicha prosodia tiene un valor místico, una virtud propia»[12].

Tanto en la Ilíada como en la Odisea podemos encontrar referencias claras sobre la práctica musical del aedo y la presencia de la música como elemento articulador de los poemas homéricos. A modo de ejemplo, estas obras mencionadas comienzan en sus primeros versos haciendo alusión a la música.

La cólera canta, oh diosa, del Pelida Aquiles[13].

Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío,

tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya,

conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes[14].

No es Homero quien comienza el relato sino que las musas, diosas de las artes y la poesía, son quienes cantan y cuentan en la voz del narrador esta poesía épica heroica.

Dos famosos aedos aparecen en escena en la Odisea, encargados de narrar y entretener con leyendas heroicas a los comensales. El primero es Femio, quien participa en los festines de los pretendientes de Penélope en el palacio de Ulises en Ítaca, provocando el recuerdo y dolor de Penélope, quien lo increpa diciéndole:

Otras muchas leyendas, ¡oh Femio!, conoces de cierto

de guerreros y dioses, que hechizan las mentes humanas

al cantar del aedo; entona una de ellas y beban

en silencio su vino esos hombres, mas corta ese canto

desdichado; royéndome va el corazón en el pecho,

pues tal es el esposo que añoro en perpetuo recuerdo,

cuya fama ha llegado la Hélade y tierras de Argos[15].

Es este mismo aedo quien suplica piedad y le ruega a Ulises que le deje con vida cuando este regresa a vengar con la muerte a los pretendientes. Femio es perdonado por su condición de músico cantor «cuyos versos recrean a dioses y a hombres»[16]. El segundo aedo es Demódoco, quien canta acerca de las hazañas de Ulises y de su disputa con Aquiles, cuando el mismo Ulises, sin revelar su verdadera identidad, está de huésped en el reino de Alcínoo.

Festejemos al huésped, que nadie rehúse. A más de ello,

a Demódoco hacedme venid, el aedo divino,

a quien dio la deidad entre todos el don de hechizarnos

con el canto que el alma le impulsa a entonar[17].

El aedo se acompañaba de un instrumento musical que aparece en la Odisea traducido al español con el nombre de lira. Los estudios musicológicos y de organología arqueológica han determinado que la lira de Homero pertenecería a una especie de kithara de origen sirio cuya forma era redondeada y pequeña, de tres hasta doce cuerdas, aunque lo más común era de cuatro a siete[18]. Curt Sachs agrega: «… la usaban los primitivos aedos para acompañar sus canciones épicas inspiradas en las proezas de dioses y héroes. Aún era un instrumento de los músicos profesionales mil años más tarde…»[19].

Después de presentar estas características de músico-poeta en los versos homéricos, me quiero detener en identificar la Odisea como un recurso retórico propio de la práctica artística del aedo, comparando algunos aspectos que el mismo texto nos va entregando y que muchos autores ya lo han visualizado.

Tanto en la Ilíada como en la Odisea, aparecen epítetos repetitivos que caracterizan a los personajes. Ulises, como el héroe paciente; la Aurora mañanera de los dedos de rosa; Menelao, el de rubios cabellos; el discreto Telémaco; la ojizarca Atenea, o Aquiles el de los pies ligeros[20], por nombrar algunos. Según la praxis musical de los aedos, su canto se organizaba en base a repeticiones constantes de frases, versos y grupos de versos frente a un auditorio que recibía (o, más bien, escuchaba atentamente) sus relatos, y eran estos epítetos las pausas necesarias para mantener o volver la atención frente a narraciones extensas de carácter formativo[21].

En el canto IX de la Odisea, podemos observar que el recurso retórico del aedo esta vez es asumido por el propio Ulises, cuando revela su nombre al rey Alcínoo y cuenta su historia desde su partida de Troya y narra sus hazañas como héroe épico.

Soy Ulises Laertiada, famoso entre todas las gentes

por mis muchos ardides; mi gloria ha subido hasta el cielo.

Mi mansión está en Ítaca insigne en el mar, pues ella

alza el Nérito excelso sus bosques de trémulas hojas[22].

Por último, señalaremos que el nombre de Homero, según lo planteado por Manguel, correspondería literalmente al de un mendigo ciego llamado Melesígenes. Este aedo recorría diversas ciudades hasta llegar a Cimeris, donde propuso al senado local que «a cambio de manutención y alojamiento, él se comprometía a hacer famosa a la cuidad por sus canciones»[23].

Temas y motivos en el romancero hispanoamericano

El romancero hispanoamericano, si bien es muy posterior a la Odisea, posee ciertas características temáticas que les acerca. En primer lugar, ambos géneros son obras escritas en versos y narran acontecimientos épicos líricos que cantan hazañas históricas legendarias y que han sido trasmitidas al pueblo de generación en generación. En segundo lugar, tanto los poemas homéricos —como ya he descrito— como los romances más antiguos «no son otra cosa que un fragmento de poema conservado en la memoria popular»[24] y que posteriormente fueron fijados por medio de la escritura.

Sobre los temas líricos que recoge el romancero tradicional, Menéndez Pidal sostiene que sus orígenes literarios son diversos, tomados de la novelística de la Edad Media y del Renacimiento, tanto españoles como de otros lugares de Europa. Las canciones provenzales francesas, baladas y otros géneros tratan asuntos análogos a los cantados en otros pueblos del occidente de Europa y hacen mención al romance del soldado que va a la guerra[25].

En algunos romances de origen hispano se encuentran versiones temáticas alusivas al juicio de Paris o el robo de Helena, temas populares que han pasado del mundo homérico al mundo del romancero español, con presencia no solo en la península sino también en la cultura sefardí y en Latinoamérica. Ciertamente, sus diferencias son particularmente significativas, obedeciendo el romancero español a un estilo fragmentario en la composición de sus poemas.

… los romances se distinguen por una extrema sencillez de recursos, que se manifiesta ora en la abstención o eliminación de elementos maravillosos o extraordinarios, ora en la parquedad ornamental, en la adjetivación reprimida, ora en la versificación asonantada monorrima; es la misma austeridad realista, la misma simplicidad de forma que caracteriza nuestra literatura más representativa desde el primer monumento literario[26].

Presento un fragmento del romance sefardí conocido bajo el nombre de Robo de Elena, como ejemplo de la literatura homérica inserta en el romancero judío español:

Reina, reina, reina Elena, ¡mantenga Dios vuestro estado!

¿Quién es ese caballero tan cortés y bien hablado?

Paris soy, la mi señora, Paris vuestro enamorado.

¿Qué oficio hacéis, Paris, qué oficio habéis tomado?

Por la mar ando, señora, por la mar ando corsario;

Tres navíos traigo al puerto de oro y almizcle cargados,

Y en el más chiquito de ellos tengo yo un rico manzano,

Manzanitas de oro crecen en invierno y en verano[27].

Me referiré someramente a la música que acompaña estos romances plasmando algunas ideas que estoy desarrollando de acuerdo con ciertos hallazgos realizados en el repertorio tradicional minero, que, por cierto, también está conformado por romances.

Cuando alguien canta un romance, no intenta primordialmente entonar una canción, sino contar una historia, y son las palabras el elemento dominante. La melodía en este caso no es más que un simple soporte sonoro para que la narración adquiera mayor claridad, mayor dramatismo, mayor emotividad[28].

Esta subordinación de la melodía al texto poético es un elemento clave para comprender la naturaleza musical en las melodías de los cantos narrativos. Siguiendo lo planteado por Manzano, el texto condiciona la estructura del canto y su fórmula rítmica, que se tiene que adaptar a la mensura poética de las palabras. El texto también condiciona el carácter de la melodía, siendo esta sobria, breve y directamente relacionada con la versificación del texto. Y, por último, el texto condiciona el estilo melódico, principalmente silábico[29].

El marido que va a la guerra

Como tema principal en la Odisea está el relato poético del regreso de Ulises a su patria, Ítaca, después de haber participado en el bando de los aqueos para vencer a Troya. Su regreso es muy dificultoso, pues tiene que sortear innumerables situaciones y pruebas para que, con la ayuda de Atenea, logre regresar a su país. Mientras regresa Ulises, en su palacio se encuentran los pretendientes, quienes dan festejos y muchos banquetes a expensas de los bienes del rey ausente, mientras cortejan en todo momento a la fiel Penélope, que espera por muchos años el regreso de su amor eterno.

El romancero de tradición oral español recupera el tema de la Odisea del marido que va a la guerra y de la espera eterna de su esposa y lo transforma en una serie de romances muy populares y con variantes riquísimas en toda Hispanoamérica que son, además, unos de los romances más difundidos en Chile. El romance conocido bajo el nombre de Las señas del marido o La Catalina, y también ligado a Mambrú y la mujer infiel, describe en metro octosílabo y con rima consonante motivos poéticos derivados de la Odisea homérica.

Estaba la Catalina

sentada bajo un laurel

mirando las espumas

de las aguas al caer.

De pronto pasó un soldado

y lo hizo detener

deténgase usted, soldado

que una pregunta le voy a hacer.

¿Usted ha visto a mi marido

en la guerra alguna vez?

Yo no he visto a su marido

y tampoco sé quién es.

Mi marido es alto y rubio

buen mozo como usted

y en la punta del sombrero

lleva escrito San Andrés.

Yo sí he visto a su marido

en la guerra muerto es

y me ha dejado dicho

que me case con usted.

Eso sí que no lo hago

eso sí que no lo haré

he esperado siete años

y otros siete esperaré

y si llego a los catorce

a un convento me iré

y a mis dos hijas mujeres

al convento llevaré

y a mis dos hijos varones

a la guerra entregaré.

Calla, calla Catalina,

calla, calla de una vez,

que estás hablando con tu marido

y no lo sabes reconocer.

Esta es la feliz historia

de una infeliz mujer

que estaba hablando con su marido

y no lo supo reconocer[30].

Esta es una versión moderna del viejo romance La Catalina, recogido en Chile por medio de la tradición oral. Si analizamos sus versos y los comparamos con el poema homérico, ciertamente encontramos motivos de la Odisea adaptados a una realidad contemporánea común a cualquier lugar actual donde pudiesen ocurrir estos hechos.

Si analizamos el poema vemos que en sus doce primeros versos se presenta la escena de la espera eterna de Catalina, caracterizada por estar sentada mirando al mar. Ella toma la iniciativa y le habla a un soldado que pasa por el lugar para hacerle algunas preguntas. Este motivo poético de consultar al forastero por su marido lo podemos encontrar en el canto XVII de Odisea cuando Ulises, ya disfrazado de mendigo, había llegado al palacio sin revelar aún su identidad. Los versos son los siguientes:

De este modo Penélope hablaba, sentada en su alcoba

en mitad de sus siervas, al tiempo que Ulises comía.

Ella luego, llamando al egregio porquero, le dijo:

Anda, ve, noble Eumeo, al encuentro del huésped, y dile

que aquí venga, pues quiero con él conversar, preguntarle

si algo sabe de Ulises el gran sufridor, o por caso

con sus ojos lo ha visto, pues dicen corrió muchas tierras[31].

Nuestro romance recoge también el motivo del marido disfrazado, que en la Odisea lo representa Ulises como mendigo y en Catalina lo personifica en un soldado. Ambos maridos conversan con sus respectivas esposas sin que estas se den cuenta de la identidad de los galanes, y se produce un diálogo donde el marido trata de probar la fidelidad de su amada. Frente a esta situación, el soldado le pregunta a Catalina que le dé señas para reconocer a su marido. Catalina le responde:

Mi marido es alto y rubio

buen mozo como usted

y en la punta del sombrero

lleva escrito San Andrés.

Otra versión dice:

Mi marido es muy buen mozo,

muy gentil y muy cortés,

en la punta de la espada

lleva un pañuelo escocés

que lo bordé cuando niña,

cuando niña lo bordé[32].

En esta versión se describe un pañuelo tejido, coincidencia que se da también en la Odisea, cuando Penélope le habla al extranjero huésped —su esposo oculto— sobre el tejido que ella está realizando y de qué manera engaña a los pretendientes, tejiéndolo durante el día y deshaciéndolo por la noche.Pretendientes que así me asediáis, pues ha muerto Ulises,

no tengáis tanta prisa en casar, esperad que acabe

yo la tela que estoy trabajando, no pierda estos hilos.

[…]

Yo, entretanto, tejía mi gran tela en las horas del día

y volvía a destejerla de noche a la luz de las hachas[33].

Y como el soldado le da la noticia a Catalina de que su marido está muerto, viene la prueba de fidelidad ofreciéndole matrimonio. En todas las versiones del romance de La Catalina o de Las señas del esposo la mujer rechaza la propuesta y prefiere continuar con la espera o entrar a un convento junto con sus hijas. En la versión del romance La adúltera, también registrado en varias versiones en nuestro país, la situación cambia y la mujer (de la que no aparece mencionado su nombre) cae en la trampa tendida por su propio marido, quien le propone la infidelidad.

¡Válgame Dios de los cielos,

válgame el santo san Gil!

¿Quién es este caballero

que mis puertas hace abrir?

Yo soy el francés de Francia,

quien te solía servir;

[…]

Y lo echa en cama de holanes,

donde solían dormir.

Allá por la media noche

le pregunta: ¿Qué tenís,

que le temís a mis criados?

Ellos me temen a mí,

ni menos a tu marido,

porque hablando está con ti[34].

Luego concluye este romance de la misma forma que el de La Catalina, haciendo un mea culpa por no haber podido reconocer a su propio marido, situación que también ocurre en la Odisea, pues para que Penélope pudiese reconocer a Ulises su mismo esposo tuvo que describir con muchos detalles su lecho nupcial y solo ahí Penélope:

Rompió en llanto, a su encuentro corrió con los brazos extendidos

y estrechándole el cuello besábale el rostro[35].

Conclusión

Para finalizar, quisiera señalar que el legado poético de la Ilíada y la Odisea vienen a configurar una obra magna que se puede estudiar, además, desde una perspectiva de la musicalidad, considerando que:

Los aedos cantaron desde el interior en la Odisea, como Femio y Demódoco, o el mismo Ulises, exaltando las grandezas y proezas de los dioses y los hombres en una sociedad griega que se preocupaba por legar la memoria a su gente. Estos aedos, maestros de las artes de la prosodia y la entonación, quedaron inmortalizados junto a sus dioses por la pluma de otro aedo, Homero, quien cantó desde fuera del poema y fue ordenando y recreando magníficamente una rica tradición oral que llega hasta nuestros días con este grupo de cantos.

Los temas y motivos en la Odisea son temas universales que en este escrito se relacionaron con otro género poético musical, el romance, legado desde España a América y que, según lo ejemplificado, escoge como temática central el motivo literario del marido que va a la guerra.

Este tema aparece en el romance Las señas del marido, uno de los de mayor difusión en Chile con vigencia actual. Los motivos que se relacionan con la Odisea son: la mujer que espera, el marido que se va y el marido que regresa pero que cambia de apariencia para no ser reconocido y el marido que pone a prueba a su mujer frente al adulterio y que culmina en un encuentro final de reconocimiento y amor eterno de los enamorados.




BIBLIOGRAFÍA

Finley, Moisés. El mundo de Odiseo. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1995.

Gómez, César. Romances tradicionales del área cultural de Chiloé. Fondart, Puerto Montt, 1998.

Ilíada, Gredos, Madrid, 2004.

Manguel, Alberto. El legado de Homero. Debate, Barcelona, 2010.

Manzano, Miguel. «La música de los romances tradicionales. Metodología de análisis y reducción de tipos y estilos». Revista Nasarre, X, Zaragoza, 1994.

Menéndez Pidal, Ramón. Flor nueva de romances viejos. Espasa Calpe, Buenos Aires, 1962.

Menéndez Pidal, Ramón. Los romances de América y otros estudios. Espasa Calpe, Buenos Aires, 1948.

Mireaux, Émile. La vida cotidiana en tiempos de Homero. Librería Hachette SA, Buenos Aires, 1962.

Odisea, Gredos, Madrid, 2004.

Sachs, Curt. Historia universal de los instrumentos musicales. Centurión, Buenos Aires, 1947.

Uribe, Héctor. Cancionero popular minero. Estudio y antología de música de tradición oral. Ril, Santiago, 2014.

Vidal-Naquet. El mundo de Homero. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003.

Vicuña Cifuentes, Julio. Romances populares y vulgares. Imprenta Barcelona, Santiago, 1929.

Weich-Shahak, Susana. Romancero sefardí de Marruecos, Alpuerto, Madrid, 1997.




Notas

[1] Véase imagen en http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Odysseus_Sirens_BM_E440.jpg. [Consulta: 02/05/2014].

[2] Manguel, Alberto. El legado de Homero. Debate, Barcelona, 2010, p. 39.

[3] Mireaux, Émile. La vida cotidiana en tiempos de Homero. Librería Hachette SA, Buenos Aires, 1962, p. 8.

[4] Citado por Mireaux en La vida cotidiana en tiempos de Homero…

[5] Mireaux, Émile. La vida cotidiana en tiempos de Homero… Véase, también, al respecto: Moisés Finley, capítulo «Homero y los griegos» en El mundo de Odiseo. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1995.

[6] Vidal-Naquet. El mundo de Homero. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003, p. 62.

[7]Ilíada, I, pp. 451-456.

[8]Odisea, II, pp. 153-154.

[9]Odisea, II, pp. 158-159.

[10]Odisea, II, pp. 163.

[11] Mireaux, Émile. La vida cotidiana en tiempos de Homero…

[12] Mireaux, Émile. La vida cotidiana en tiempos de Homero…, p. 99.

[13]Ilíada, I, p. 1.

[14]Odisea, I, pp. 1-3.

[15]Odisea, I, pp. 337-344.

[16]Odisea, I, p. 346.

[17] Odisea, VIII, pp. 42-45.

[18] Sachs, Curt. Historia universal de los instrumentos musicales. Centurión, Buenos Aires, 1947.

[19] Sachs, Curt. Historia universal de los instrumentos musicales…, p. 125.

[20] Finley señala que existen 36 epítetos diferentes para Aquiles presentes en la Ilíada y que obedecen a su ubicación en el verso y a la sintaxis requerida.

[21] Finley, Moisés. El Mundo de Odiseo. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1995. Mireaux, Émile. La vida cotidiana en tiempos de Homero… Manguel, Alberto. El legado de Homero... Todos estos autores, en sus respectivos trabajos, relacionan la literatura homérica con la práctica poética musical para lo cual fueron creadas estas obras.

[22]Odisea, IXI, pp. 19-22.

[23] Manguel, Alberto. El legado de Homero. p. 40.

[24] Menéndez Pidal, Ramón. Flor nueva de romances viejos. Espasa Calpe, Buenos Aires, 1962, p. 11.

[25] Menéndez Pidal, Ramón. Flor nueva de romances viejos…

[26] Menéndez Pidal, Ramón. Flor nueva de romances viejos… p. 19.

[27] Menéndez Pidal, Ramón. Los romances de América y otros estudios. Espasa Calpe, Buenos Aires, 1948, p. 152. Es un ejemplo de los romances de la tradición judía en Marruecos recogido en 1939 a los ancianos, quienes conservaban en la memoria la recitación y canto de estos romances. Otro estudio más reciente realizado por Susana Weich-Shahak, Romancero sefardí de Marruecos, Alpuerto, Madrid, 1997, ofrece una definición tipológica de romance, además de una excelente antología que incorpora la transcripción musical de cada romance recogido.

[28] Manzano, Miguel. «La música de los romances tradicionales. Metodología de análisis y reducción de tipos y estilos». Revista Nasarre, X, Zaragoza, 1994, p. 61.

[29] Uribe, Héctor. Cancionero popular minero. Estudio y antología de música de tradición oral. Ril, Santiago, 2014.

[30] Versión poética musical recogida en Lota por Héctor Uribe U., 1983. Este romance era interpretado por niñas, quienes los cantaban en sus juegos. En la actualidad todavía se conserva en la memoria de la gente del carbón, reinterpretándose en las nuevas generaciones.

[31] Odisea, XVII, pp. 505-511.

[32] Recogido por Vicuña Cifuentes a Aurelia Baeza en Santiago, 1929. Publicado en Romances populares y vulgares. Imprenta Barcelona, Santiago, 1929, p. 56.

[33] Odisea, XIX, pp. 141-143 y 150-151.

[34] Recogido por Vicuña Cifuentes a Juana Guajardo, de 105 años de edad, en Santiago, 1929. Publicado en Romances populares y vulgares. Imprenta Barcelona, Santiago, 1912, p. 94.

[35] Odisea, XXIII, pp. 207-208.