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La «composición de caminos» en la provincia de Madrid

PERIS BARRIO, Alejandro

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 399.

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Los caminos españoles estuvieron durante siglos en un estado lamentable, lo que suponía un gran inconveniente para el comercio. La mayor parte de ellos eran estrechos caminos de herradura que solo podían ser utilizados por recuas de animales de carga.

Los fueros castellanos fijaban en la Baja Edad Media la anchura que debían tener los caminos según su situación[1]:

… carrera que sale de villa para puente de agua debe ser tan ancha que passen dos mugeres de encontrada con sus orços; e carrera que va para otras heredades, debe ser tan ancha que se encuentren dos bestias cargadas e que passen…

En las Siete Partidas de Alfonso X se incluía la preocupación por mejorar los caminos.

Los Reyes Católicos, en la Pragmática dada en Medina del Campo en 1497, obligaron a las justicias a que mantuvieran los caminos en buen estado[2]:

Mandamos a las justicias y concejos que fagan abrir y adobar los carriles y caminos por do pasan y suelen pasar y andar las carretas y carros, cada concejo en parte en su término por manera que sean del anchor que deban para que buenamente puedan pasar y ir y venir y que no consientan ni den lugar los dichos concejos que los dichos caminos sean cerrados, ni arados, ni dañados, ni ensangostados so pena de diez mil maravedís a cada uno que lo contrario hiciere.

En los reinados de Carlos I y Felipe II hubo poco interés por mejorar la red de caminos, por lo que su reparación fue una petición muy frecuente en las Cortes.

El problema de los caminos no era solo su estrechez, las cuestas, los malos pasos, etc., sino también la falta de señalización de casi todos ellos, lo que daba lugar a que los viajeros se extraviaran con mucha frecuencia.

En las Cortes celebradas en Madrid en 1583 se pidió al rey Felipe II que mandara colocar «cruces y letreros en las partes y en la forma que parezca convenir»[3].

La señalización solicitada no debió de realizarse, porque en las Cortes de Madrid de 1586 a 1588 se volvió a hacer al rey la misma petición[4]:

Diversas veces se ha suplicado a vuestra Majestad mandase que en todos los caminos destos reynos pongan las ciudades, villas y lugares, cada una en sus términos, a costa de propios, en las partes más convenientes cruces, y en ellas escrita la parte a donde va cada camino por el gran beneficio que dello se seguirá a los caminantes.

La decadencia económica del siglo xvii no permitió el mejoramiento de los pésimos caminos españoles.

En el siglo xviii, con el acceso al trono español de la dinastía borbónica, surgió el interés por la construcción y reparación de caminos para fomentar el comercio. La Ordenanza de 4 de julio de 1718 tenía por finalidad conocer el número de puentes, la situación de los caminos y «reparos que necesitan éstos para hacerlos más carretiles, ensanchándolos y empedrándolos si el terreno fuese pantanoso…».Bernardo Ward, economista y político al servicio de Fernando VI, achacaba el atraso de la agricultura, industria y comercio en España a la falta de comunicación de unas provincias con otras y de todas con el mar. Aconsejaba la creación de seis grandes caminos que partieran de Madrid además de «diferentes caminos de travesía que fueran de unas ciudades a otras»[5].

El plan de Ward se puso en práctica en el reinado de Carlos III, quien ordenó el 10 de julio de 1761 que se iniciaran las obras para crear una red radial de caminos que tuviera por centro Madrid. En 1762 se libraban las primeras cantidades para el camino de Cataluña, y en 1777 comenzaba la construcción desde la puerta de Alcalá para unirse con el tramo que venía de Cataluña a Madrid. En 1765 se dio la orden para el comienzo del camino de Madrid a Valencia y en 1775 para el que iba de la corte a Aragón. En 1778 se empezaba a hacer el camino de Extremadura con una consignación de 40 000 reales mensuales[6].

Los caminos madrileños no estuvieron en mejores condiciones que los del resto de España, a pesar de que, por la proximidad a la capital, eran recorridos con frecuencia por los monarcas.

Sobre el mal estado de ellos, a principios del siglo xvi tenemos el testimonio de Fernando Colón en la escueta descripción que hizo de sus viajes[7]:

De Torres a Alcalá: […] antes que lleguemos a Alcalá con un cuarto de legua, abaxamos una cuesta agria que terná cuatro tiros de ballesta.

De Santorcaz a Pezuela: […] e fasta Peçuela ay una legua muy grande de tierra muy doblada e de valles hondos.

De Colmenar Viejo a Buitrago: […] ay siete leguas e van por Navalpuerto, cuatro leguas de cerros e valles e montes.

En 1546 se publicó el Repertorio de caminos de J. de Villuga que, por ir indicando la distancia en leguas entre las poblaciones, la situación de las ventas, etc., fue de gran utilidad a los viajeros de aquella época, como el mismo autor dice en el prólogo de su obra:

… y por tanto pienso que tomando el consejo deste mi repertorio para caminar a unas partes y a otras, no poca congoja y solicitud quitará a los caminantes los quales por ser informados falsamente y de oydas como dizen, pierden muchas veces los caminos o ya que no los pierden házenseles muy más largos de lo que son y muy trabajosos por aver sido engañados en su pensamiento.

Treinta años después se publicó el Repertorio de caminos de A. de Meneses.

Muchos de los caminos madrileños de esa época eran solo veredas que atravesaban tierras baldías, barrancos y lodazales, como vemos en estos ejemplos tomados de las Relaciones topográficas de Felipe II:

Perales del Río a Vallecas: […] es camino muy torcido y perdido para quien no lo sabe bien, porque hay muchas veredas por no ser camino que se anda cierto, porque va por unos baldíos de la villa de Madrid y su tierra y por tanto cada uno va por donde le parece…

Perales del Río a Pinto: […] hay dende el dicho lugar de Perales hasta el dicho lugar de Pinto una legua grande y de mal camino, lodoso en el invierno y no derecho porque alguna parte de él es por vereda y lindes […] Majadahonda a Aravaca: […] el camino por donde se va al dicho lugar es por un atajo…

Campo Real a Torres: […] el primer pueblo que hay dende esta villa derecho al norte se llama la villa de Torres, está de esta villa una legua grande de mal camino, que hay barrancos ásperos…

Ambite a Brea: […] el primer pueblo yendo dende la dicha villa de Ambite hacia el mediodía es la villa de Brea, y que hay dos leguas pequeñas dende esta villa a la dicha de Brea, que es un camino áspero porque se sube por una dehesa arriba muy montuosa y de muchas piedras…

Entonces también era muy difícil ir de Móstoles a Navalcarnero no solo por la carencia de puente para cruzar el río Guadarrama, sino porque poco después había que subir un monte de empinadas cuestas.

Para ir en esa época de Móstoles a la ciudad de Toledo, de la que aquella población dependió jurisdiccionalmente hasta 1565, tenían que recorrerse más de nueve leguas «de muy malo y áspero camino» pasando «mucho lodo y trampales».

Como, además, el ir a la ciudad de Toledo les suponía un gasto considerable, los vecinos más pobres de Móstoles, que eran la mayoría, preferían perder sus pleitos y muchos delitos que ocurrían en la población quedaban impunes.

En el siglo xvii, gran parte de los caminos madrileños seguían estando en un estado desastroso. En el de Valencia, en las inmediaciones de Madrid, había unas zonas pantanosas muy difíciles de pasar, especialmente la llamada cuesta del Arroyo. Para evitar ese paso, los viajeros se salían del camino y se metían por viñas y sembrados. En 1631 se igualaron con arena «los malos pasos» y se empedró la cuesta[8].

La condesa D’Aulnoy, que recorría la provincia de Madrid en el invierno de 1679, describe así algunos caminos del norte de ella[9]:

Pronto llegamos a la montaña de Somosierra y no fueron pocas las dificultades que nos costó ganarla, tanto por lo empinado de la cuesta como por hallarse cubierta de nieve. Al llegar a Buitrago íbamos muy mojadas porque cuando las mulas atravesaban un arroyo, entraba en la litera el agua salpicada con las patas y, como no tenía salida, nos proporcionaba un baño de pies.

Durante el siglo xviii los caminos madrileños, como los del resto de España, fueron mejorando.

En 1749 se realizó uno de los muchos proyectos del gran ministro marqués de la Ensenada, que fue abrir el nuevo camino del puerto de Guadarrama que facilitaba el paso a El Escorial y San Ildefonso y que sustituía al viejo, muy difícil de recorrer.

Las seis grandes carreteras radiales que se construyeron a partir de 1761 pasaron por muchos pueblos de la provincia de Madrid, que quedaron bien comunicados, sobre todo con la capital.

Esos caminos eran «de ruedas» y se llamaban así porque podían ser utilizados por carruajes. Su anchura solía ser de diez a doce pies, o algo más si conducían a lugares muy transitados, como ferias o mercados.

Los restantes caminos, la mayoría, eran «de herradura» y solo permitían el paso de caballerías. Algunos sufridos viajeros de la época describieron las fatigas que pasaban al recorrerlos. El padre Flórez, que utilizó en junio de 1771 el camino de Paredes a Cadalso de los Vidrios, se quejaba del estado en que aquel se encontraba y que era parecido al que recorrió después desde San Martín de Valdeiglesias hasta Chapinería.

El mismo viajero dice que de Bustarviejo a Lozoyuela tuvo que atravesar «un cerro muy agrio y penoso para la rueda que llamaban Medio Celemín» y que de Buitrago a Horcajuelo «hubo de subir casi por escaleras»[10].

Hacia 1785 se tardaba más de dos horas en ir de Torrelaguna a El Berrueco, cuya distancia era de una legua, «por lo quebrado del camino»[11].

A mediados del siglo xix, según el famoso Diccionario de Pascual Madoz, 25 pueblos madrileños tenían sus caminos en mediano estado, 43 en malo y 9 en pésimo estado. En este último caso estaba, por ejemplo, Colmenar Viejo, con caminos que en invierno era peligroso recorrerlos «para hombres y caballerías». Los caminos de Chinchón, por citar otro ejemplo, estaban considerados «intransitables por las grandes cuestas que todos tenían».

A finales del mismo siglo xix, los caminos de muchos pueblos madrileños seguían estando en una situación lamentable. Para recorrer la distancia existente entre San Martín de Valdeiglesias y Madrid se tardaba trece horas utilizando un carruaje. Los caminos que partían de Arganda hacia Valdilecha y Morata de Tajuña eran solo utilizables para peatones y caballerías. Los del partido de Torrelaguna estaban considerados los peores de la provincia y solo podían recorrerse a pie o en caballerías.

Los concejos estaban obligados a arreglar los caminos que sus vecinos utilizaban. En las Siete Partidas de Alfonso X, se dice que el rey debía obligar a «allanar los pasos malos porque los homes pudieran andar et lebar sus bestias». Los Reyes Católicos, en la Pragmática de 1497, ordenaban a las justicias de los pueblos «que fagan abrir y adobar los carriles y caminos en su término». Igual ocurrió en reinados posteriores.

Era lo que se llamaba «composición de caminos», para lo que cada municipio destinaba una cantidad anual en la que solía estar incluida la reparación también de fuentes, regueras, etc. El arreglo de caminos se reducía generalmente a allanar los baches y a reparar los «malos pasos».

Los pueblos de mucho tránsito de viajeros tenían, lógicamente, un gasto mayor en la «composición de caminos». Son los que en las Relaciones topográficas de Felipe II se les llama «pasajeros de trajineros e caminantes», como Ajalvir, Alcorcón, Aravaca, Arganda, Getafe, Móstoles, Talamanca de Jarama, Villarejo de Salvanés, Villaverde, etc.

Las autoridades de Móstoles, por ejemplo, tuvieron que arreglar muchas veces el camino que pasaba por el centro de la villa, y su entrada y salida, con grandes dificultades económicas. En 1796 suponía esa obra 132 000 reales y, como el Ayuntamiento carecía de fondos para hacerla, se reunieron los vecinos en concejo público el 15 de noviembre de ese año y llegaron a un acuerdo con los directores de Caminos de la Villa y Corte de Madrid para que ese organismo costeara la obra y el Ayuntamiento de Móstoles abonara 5000 reales al año hasta completar aquella cantidad[12].

Los pueblos serranos de Alpedrete, Cercedilla, Collado Mediano, Guadarrama, Los Molinos, Villalba, etc. estaban obligados también a quitar la nieve en invierno para que pudieran pasar por sus caminos los viajeros.

Estaban especialmente obligados los pueblos madrileños a realizar arreglos en sus caminos cuando estos eran recorridos por los monarcas y por miembros de la familia real.

El 26 de noviembre de 1569, y para la llegada a Madrid de Felipe II y Ana de Austria tras su boda, se ordenó a varios municipios allanar los atolladeros y reparar los pasos dificultosos. En el arreglo del puerto de Valmigral, en el camino de Fuencarral, trabajaron durante un mes 150 hombres.

En diciembre de 1634, y con motivo del viaje que realizó Felipe IV desde Madrid a San Martín de Valdeiglesias, ordenó el monarca «la composición del camino». La orden se dio el 11 de ese mes y el viaje se efectuó el 16, por lo que solo se dispuso de cinco días para adecentar tan larga distancia[13].

Los continuos desplazamientos de la familia real desde Madrid a El Escorial, San Ildefonso, Valsaín, Aranjuez, etc., o viceversa, obligaba a los pueblos próximos a frecuentes reparaciones de los caminos.

Guadarrama destinaba 600 reales al año a mediados del siglo xviii «en el reparo y composición del camino real de Sal Ildefonso». Navalquejigo, Gandullas, Moralzarzal, Torrelodones, etc. debían allanar los caminos cuando la familia real se trasladaba a El Escorial. Igual ocurría en Valdemoro, lugar de paso para el Real Sitio de Aranjuez. El municipio de Los Molinos tenía también un gasto anual de 600 reales «en los reparos de los caminos y calzadas en ellos cuando transitaban sus Majestades…».

Para practicar su gran diversión, la caza, los monarcas españoles dispusieron de magníficos cazaderos que envidiaron otros reyes extranjeros. Esos cazaderos estuvieron situados no lejos de la capital e incluso uno de ellos, la Casa de Campo, tan próximo al palacio real que, saliendo de él por los jardines del Campo del Moro y cruzando el río Manzanares por el puente del Rey, podían en pocos minutos estar disparando a los conejos y perdices.

Sin embargo, todos estos cazaderos fueron muchas veces insuficientes para ellos y con frecuencia acudían a cazar a cualquier lugar donde fuera abundante tanto la caza mayor como la menor.

A veces, incluso, si los reyes lo creían oportuno, se apropiaban de cazaderos pertenecientes a los pueblos. Los Reyes Católicos, por ejemplo, ordenaron en 1480 a la justicia de Todesillas «que ninguno fuera osado de cazar en la villa perdices, ni conejos, ni liebres» porque pensaban crear allí una dehesa real. Felipe II, por citar otro ejemplo, mandó tambien que le guardasen para él la caza de la población de Daimiel.

Cuando un monarca decidía trasladarse a un lugar para dedicarse a la actividad cinegética, se comunicaba previamente a las autoridades para que unos días antes de la llegada del rey prohibieran a los vecinos de allí (y también a los de los pueblos próximos) no solo cazar, sino sacar sus ganados a pastar, cortar leña, etc. y, por supuesto, estaban obligados a reparar los caminos que el rey y su séquito iban a recorrer.

Los pueblos madrileños, por su proximidad a la corte, recibían con bastante frecuencia la visita de los reyes y sus acompañantes para cazar en sus términos.

Felipe IV y Carlos II fueron muy aficionados a dar batidas de lobos y lo hicieron varias veces en los pueblos madrileños y toledanos bañados por el río Alberche, donde entonces abundaban esos animales.

A mediados del siglo xviii, le suponía al Ayuntamiento de Colmenar Viejo 1000 reales al año «la compostura de los caminos» por las batidas del Manzanares que daba Fernando VI. En la misma época, las autoridades de Hoyo de Manzanares destinaban 300 reales anuales para arreglo de caminos también cuando la familia real cazaba en su término.

El 28 de agosto de 1758, día siguiente de la muerte de su esposa, Bárbara de Braganza, el rey Fernando VI decidió trasladarse a vivir al palacio de Villaviciosa de Odón con su hermano, el infante D. Luis, y allí permanecieron hasta la muerte del monarca que ocurrió el 10 de agosto del año siguiente. Durante ese tiempo, la población de Móstoles tuvo que alojar muchas tropas reales y reparar los caminos próximos que recorría D. Luis —Fernando VI estaba ya muy enfermo— cuando salía de caza[14]:

… mediante el gravamen y extraordinarios considerables gastos que ha soportado el pueblo con la mucha tropa que continuamente ha habido alojada […] y en la composición de caminos que se han reparado varias veces especialmente con la jornada y estancia de V. A. en el real palacio de Villaviciosa, que dista poco más de un tiro de fusil, hasta entrar en el término de esta villa que llega hasta el puente de Navalcarnero, cuyo camino carreteril, que coge dos leguas de largo, se ha compuesto y acotado todo él repetidamente para pasar el serenísimo señor D. Luis a la diversión de la caza…

Como la estancia de los reyes en una población era un acontecimiento singular, las autoridades organizaban en su honor unos festejos especiales que suponían un gasto considerable añadido al de la «composición de caminos».

En febrero de 1683 estuvieron Carlos II y su comitiva en el pueblo madrileño de Villa del Prado para dar una de sus batidas de lobos. Se organizaron en su honor varias diversiones, entre ellas una corrida de toros, máscaras, música, fuegos artificiales, etc. que supusieron, sumando la «composición de caminos», la importante cantidad de 3017 reales. Como el Ayuntamiento no disponía de ese dinero, tuvo que pedirlo prestado a varios vecinos y tardó algún tiempo en poder devolverlo…

La falta de cumplimiento de la obligación de arreglar los caminos suponía la puesta en prisión de los responsables de los municipios. En 1739 era encarcelado el alcalde de Torrelodones por negarse a la reparación del camino que iba desde Madrid a San Ildefonso. Poco después se le dejó en libertad, recomendándole que procurase «tener bien reparado el expresado camino, en lo que toque a su jurisdicción, porque de cualquiera justa queja que haya se le castigará nuevamente»[15].




Notas

[1] Sánchez, Galo, Libro de los fueros de Castilla. Barcelona, 1981.

[2]Novísima Recopilación. Libro VII, título XXXV.

[3]Capítulos generales de las Cortes de Madrid que se començaron el año de mil y quinientos y ochenta y tres y se fenecieron el de ochenta y cinco. Madrid, 1587, folio 10.

[4]Actas de las Cortes de Castilla. Madrid, 1885, tomo IX.

[5] Ward, Bernardo, Proyecto económico en que se proponen varias providencias dirigidas a promover los intereses de España con los medios y fondos necesarios para su plantificación. Madrid, 1782, página 55.

[6] Archivo Histórico Nacional. Hacienda, legajo 229.

[7] Colón, Fernando, Descripción y cosmografía de España. Madrid, 1910.

[8] Archivo Histórico de Protocolos. Protocolo 4903.

[9] D’ Aulnoy, condesa de, Relación que hizo de su viaje por España en 1679. Madrid, 1891, página 75.

[10] Méndez, Francisco, Noticias de la vida y escritos del padre fray Henrique Flórez. Madrid, 1780, página 165.

[11]Interrogatorio de Lorenzana: Torrelaguna. Archivo Diocesano de Toledo.

[12] Archivo Histórico de Protocolos. Protocolo 32715.

[13] Archivo Histórico Nacional. Sala de Alcaldes, 1634, folio 330.

[14] Archivo Histórico Nacional. Consejo de Castilla, legajo 31667.

[15] Archivo Histórico Nacional. Sala de Alcaldes, 1739, folio 386.