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De amores imposibles y otros encantos

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 400.

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Mientras ascendíamos a la colina donde se encuentran los dólmenes de Menga y Viera, en la localidad malagueña de Antequera, el guía se detuvo para señalarnos una elevación rocosa, que iba quedando a nuestras espaldas, conocida —según nos dijo— como la Peña de los enamorados, con una morfología semejante a la cabeza de un indio tendido, de ahí que el peñón también sea distinguido como El indio de Antequera. El peñón recuerda el desdichado amor entre una princesa árabe, Tazana, y Tello, un caballero cristiano que fue aprehendido en un pueblo aledaño a la entonces Antequera árabe, leyenda inspirada tal vez en las coplas de La morica garrida —entendiendo garrida como persona joven, fuerte y apuesta—, un romance antiguo que recogió en su Historia de Antequera —año 1609— el cronista Alonso García de Yegros. Y, según dicen, Cristóbal Colón ya aludía a la Peña de los enamorados de Antequera… Sobre ello volveré más adelante.

El mismo Cervantes trata de las relaciones de moros y cristianas y de moras y cristianos, por ejemplo en la historia del cautivo Ruy Pérez de Viedma con Zoraida, hija de Agi Morato —historia que se extiende entre los capítulos XXXIX y XLI de El Quijote— y los amores de Zahara y don Lope —basados en un cuento de amor de la época— en la comedia Los baños de Argel. Sin embargo, para Jaime Oliver Asín[1], Agi Morato, padre de Zoraida, habría sido un personaje histórico, identificado con Hayyiti Murat, «de ahí que para él, la formulación literaria del suceso, y su conversión en ‘leyenda’ se habría debido a cristianos cautivos en Argel, y en ella pudieron influir episodios auténticos de musulmanas enamoradas de cautivos…». Aunque ese intento de Oliver por vincular los orígenes del tema cervantino con sucesos y hechos reales —añade Manuela Marín— ha sido vistos muy críticamente por historiadores de la literatura, «que han buscado en motivos folklóricos o épicos en origen de un tema de alcance universal: la mujer cuyo padre —u otro pariente varón— somete a cautividad a un joven extranjero, del cual ella se enamora y al que ayuda a liberarse».

El tema de las moras, encantadas o no encantás —moro/a, palabra castellana procedente de la latina maurus y esta, a su vez, de la griega mauros (negro, moreno), que designaba a los habitantes de la antigua Mauritania[2]— está muy presente en leyendas, tradiciones o mitologías populares de casi toda España, tanto de Galicia (mouras, de donde al parecer deriva el sustantivo ‘mora’ aplicado a estas misteriosas damas encantadas) o Asturias (xanas) como del País Vasco (mari[3], maddi o mairu) o Cantabria (anjanas), sin olvidar Murcia o Aragón, algunas de las cuales fueron recogidas por escritores, como Gustavo Adolfo Bécquer en La leyenda de la cueva de la Mora, que el poeta sevillano de San Lázaro ubicó en un antiguo castillo costero existente en Fitero, Navarra, y de la que hablaré también más adelante.

De ahí que no deba extrañar que la topografía extremeña esté repleta de moros y moras. Por ejemplo, la cerca de la Mora, ubicada en las proximidades de Huertas de Ánimas, núcleo urbano perteneciente al municipio de Trujillo; el charco del Moro o el arroyo del Moro, en las proximidades del mismo Trujillo; la cueva de la Mora, en la alquería hurdana de Riomalo de Arriba, o la mora que, según los vecinos de Cedillo (Cáceres), sale de su misterioso escondrijo las mañanas de San Juan para atusar su larga cabellera con los primeros rayos del sol… Pero infeliz será aquel mortal que tenga la desgracia de sorprenderla, a ella o a otra de estas mouras (en gallego), lamiak (en el País Vasco) o moracantanas (en algunas poblaciones extremeñas), mientras peinan su delicada cabellera onduladas con peines de plata.

Igualmente, estas moras solitarias y nebulosas solían ser empleadas en Extremadura por algunos padres como asustadoras profesionales para alejar los juegos infantiles de lugares peligrosos, como norias, pozos, arroyos bravíos, pedreras profundas, etc. Félix Barroso me cuenta que en su pueblo cacereño —Santibáñez el Bajo— tenían un personaje terrorífico y arquetípico: la Moraquintana. «La gente mayor —me dice— describía a este mítico personaje como a una especie de bruja fea, vieja y negra, que por las noches subía desde la antigua Juenti Lugal (Fuente del Lugar) y merodeaba por la calle que ahora lleva su nombre», calle del barrio la Cuesta, que desemboca en una serie de huertos que ostentan el mismo topónimo. Y Barroso me indica que, según la tradición, ese misterioso personaje vivía bajo unos grandes zarzales junto a la fuente, de donde salía una larga galería con diversos ramales, uno de los cuales iba derecho a la «madri del agua»: los veneros de la fuente. «Nos metían miedo las madres —añade— para que no fuéramos por esos huertos, ya que, al haber tantas norias, temían que nos pudiéramos caer dentro de alguna de ellas. Y nos amedrentaban con la Maraquintana, que nos podía raptar y chuparnos la sangre». Personaje que tenía, además, la mala costumbre de ocultarse entre los zarzales próximos a las norias de los huertos.

Estas moras, o xanas, en Asturias son presentadas como mujeres jóvenes muy hermosas, que por alguna maldición o hechizo están dotadas de poderes o particularidades sobrehumanos. Suelen habitar en castillos roqueros abandonados, en cuevas, junto a corrientes de agua, en sepulcros excavados en rocas… Aparecen durante la noche de San Juan peinando su larga cabellera a la espera de algún galán capaz de desencantarlas y que, por ello, obtendría como premio el enorme tesoro del que ellas son guardianas, como sucede con las mouras gallegas o las ayalgas asturianas. Por ejemplo, algunas leyendas extremeñas hablan de pastores o viajeros que al acercarse a beber a una fuente vieron relucir en sus aguas una cadena de oro. Sorprendidos por tan feliz hallazgo, comenzaron a tirar de ella pero, al no hallarle fin, su impaciencia les llevaba a cortarla, momento en que oyeron salir del fondo de la fontana una voz que reprochaba al imprudente su acción, pues de ese modo la moradora de aquel lugar quedaba condenada a permanecer encantada de por vida.

«Aunque —como puede leerse en Mitología extremeña. Moras y encantadas— las encantadas no siempre aparecen como seres benévolos. También es común por Las Hurdes la historia sobre una misteriosa tienda de baratijas atendida por una mora que aparece mágicamente en un lugar encantado durante la hora anterior a la medianoche. La mora solo es desencantada si a la pregunta de cuál es el mejor objeto de la tienda se responde que es la propia mora. Los que responden que son las tijeras de oro o los afilados cuchillos son muertos vengativamente con esos mismos instrumentos».

Pero ¿qué entendemos por ‘encantada’? Según el Diccionario de la Real Academia, deriva de encantar que, a su vez proviene del latín incantare, someter a poderes mágicos; significado que María Moliner amplía: «Empleado particularmente en los cuentos. Ejercitar sobre algo o alguien antes de magia; particularmente, convertir una cosas o persona de manera maravillosa en otra distinta». De ahí que encantada es la persona que está sometida a poderes mágicos o a un hechizo. Aunque para Galmés de la Fuente —sobrino nieto de Menéndez Pidal—, el término encantada procedería el prerromano kanto, piedra, orilla pedregosa, que se relaciona con el hecho de que estas encantadas suelan aparecer también en lugares donde abundan las piedras, por ejemplo, castillos. Y son tan numerosas las leyendas o tradiciones orales de las encantadas que se extienden, como dije, por numerosas localidades españolas.

Así, en Baza —Granada— existe un lugar conocido como Terrera de los Argálvez, donde se abren unas cincuenta cuevas con varias luceras. Según una antigua leyenda local, todos los años, la mañana de San Juan, al salir el sol, aparecía por una de esas aberturas una mujer morena de pelo muy largo. Nadie osaba aproximarse al lugar ese día, hasta que un audaz bastetano resolvió arriesgarse y descubrir por sí mismo la verdad de la fábula. Y, en efecto, con los primeros rayos del sol, pudo ver cómo por una de aquellas aberturas aparecía la figura de una mujer con un peine en su mano derecha y una daga en la izquierda, y dirigiéndose a él, le dijo: «¿Qué quieres: la dama, el peine o la daga?». Y como el bastetano respondiese que la daga, ella le replicó: «¡Pues que con ella te atraviesen el corazón, pues me has condenado a seguir encantada!». Nadie ha sabido decir qué final tuvo el imprudente vecino, pues tampoco se sabe la fecha exacta del suceso.

En Hellín —Albacete— cuentan un hecho semejante. En la zona del embalse de Camarillas, próxima a las localidades de Minas y Agramón, en el paraje conocido como El Tesorillo, se encuentra la cueva de La Camareta, antiguo eremitorio cristiano, donde según una tradición oral transmitida hasta el día de hoy, en la mañana de San Juan y sentada en una piedra, atusando su larga cabellera rubia con un peine de oro, aparecía una dama muy blanca. Y si alguien transitaba por el lugar, le preguntaba qué le gustaba más, si ella o el peine. Cuentan que en cierta ocasión acertó a pasar un pastor y al hacerle la pregunta de rigor este respondió que el peine. «¡Maldito seas, —exclamó la dama— pues por tu culpa seguiré encantada!». Leyenda semejante corría en Puerto Lumbreras, municipio murciano en la comarca del Alto Guadalentín. Aquí, un anciano pastor se topó de anochecida junto a un baladre con otra hermosa dama que le hizo igual oferta. Y como en el caso anterior, el hombre eligió el peine. «¡Ay, maldito —exclamó la lozana—; me has encantado por otros cien años!». Y dicho esto, desapareció en medio de un resplandor.

Otra dama vestida de blanco —en este caso una princesa mora, según dicen— aparecía en una cueva conocida como de la Encantá, en el otero de igual nombre, próximo a Coy, pedanía murciana perteneciente al municipio de Lorca, conocida desde antiguo por los numerosos restos arqueológicos neolíticos y de la Edad del Bronce y por los restos de una antigua torre medieval de vigilancia. De esa dama solo se sabe que la noche de San Juan salía a peinar su larga cabellera negra y a lavarse la cara en el manantial de la Fuente y que los vecinos no osaban callejear esa noche por temor a ser encantados por ella.

En Paterna de Madera, municipio albaceteño ubicado en el valle del río Madera, afluente del Mundo, guardan también la tradición de una dama vestida de blanco que, como en los casos anteriores, sale de una cueva conocida igualmente como de la Encantada, peinándose su larga melena.

Mas no son moras todos las encantadas que aparecen en torno a la festividad de San Juan. En la localidad murciana de Moratalla, hablan de una historia de amor trágico acaecida en época visigoda. Se cuenta que la princesa Ordelina, a pesar de estar prometida en matrimonio con el noble Sigiberto y de haber dado palabra de casamiento, rompió su promesa antes de la boda para casarse con un enemigo de Sigiberto, llamado Hiliberto. Mas el matrimonio no llegó a consumarse, pues en la víspera de la noche de San Juan, Ordelina murió repentinamente. Y por haber roto la promesa de casamiento, quedó condenada a vagar eternamente como un alma en pena, permitiéndosele, excepcionalmente, salir de su tumba la noche mágica del santo Precursor para peinar su larga cabellera en el arroyo de Benamor, que flanquea Moratalla por el sur.

Por su parte, Elvira Menéndez y José M.ª Avellán recogen otra leyenda de Villarrobledo (Albacete). No se especifica en qué época se sitúa, pues se limitan a decir que «en la noche de los tiempos» la joven princesa Dulciades, hija del señor de un castillo, fue raptada por Draskolín, el depravado hijo de Hastrano, señor de otro castillo vecino. Para conseguir su propósito, Draskolín dio muerte al aya de la princesa que, antes de morir maldijo a su asesino, que murió durante una escaramuza. Hastrano encierra entonces a Dulciades en una mazmorra y ordena a la bruja Nasanta que prepare un veneno para matarla. El aya aparece en la mazmorra y emparada a la bruja, pero ya es demasiado tarde, pues la princesa ha bebido la pócima y ha comenzado a surtir su efecto. Sin embargo, consigue que Dulciades no muera, sino que permanezca como adormilada para aparecer cada año la noche de San Juan, peinando su larga cabellera con un peine de oro y para regar y cuidar las raras flores que solo crecen en ese lugar. También hay quien dice que, si alguien la ve y le mira a los ojos, el infortunado ocupará su lugar.

Un contenido totalmente diferente tiene la leyenda que se ubica en torno a una de las lagunas próximas a la localidad badajocense de Montijo, en el camino viejo de Barbaño, junto al río Guadiana: la laguna de las Encantás. Se cuenta que una noche de San Juan, tres hermanas, llamadas Marías, paseaban por las afueras del pueblo contemplando las estrellas, que aquella noche parecían ser más grandes y brillantes que en otras ocasiones, por lo que decidieron acercarse a la laguna al objeto de verlas reflejadas en el agua. Y obedeciendo a un misterioso e irrefrenable impulso, decidieron lanzarse a ella para nunca más volver, pues desde aquella noche duermen en el fondo de la laguna un sueño del que solo despiertan la noche de San Juan para los favorecidos mortales que llegan hasta el lugar sin derramar una sola gota del agua que llevan en un vaso. Entonces, dicen, las tres hermanas emergen del agua y bailan una danza para luego concederles un deseo. Otros dicen que las Marías solo salen a la superficie cuando algún mortal, realizando cierto ritual que nadie conoce, se apiada de ellas.

En fin, que la relación de estas leyendas podría hacerse interminable[4]; historias de encantadas que en sí mismas hunden sus raíces en un tiempo —según puede leerse en Wikipedia— en que los conocimientos y la propia historia de las sociedades humanas se trasmitían de manera oral y reflejan manifestaciones del pasado de difícil explicación hoy día. Y sigue diciendo que las encantadas recuerdan a las ninfas de la mitología clásica, figuras femeninas jóvenes de gran belleza que se aparecen junto al agua. Aunque «en muchas de ellas también se pueden intuir los precedentes de los cuentos infantiles (jóvenes de gran belleza física y espiritual [que] son encantadas por algún poder maligno y [que] quedan en espera de algún héroe valeroso que rompa su hechizo con una bella acción)». Similitudes que —como Antonio Selva Iniesta dice— «sugieren un contacto cultural quizá desde la prehistoria», sugerencia que no deja de ser sugestiva[5]. Y tampoco deben olvidarse las Lamias romanas, que solían aparecer en la entrada de las cuevas peinándose los cabellos con peines de oro, que robaban a los niños. Tal vez de esa tradición precristiana naciese la advertencia que los padres de la toledana Sonseca hacían a sus hijos: «Ten cuidado, porque como seas malo, viene la mora y te lleva con ella».

O sea, puede decirse que tanto las leyendas ya tratadas, como las que reseño a continuación, su magia, se fueron transmitiendo de generación en generación, bien de forma oral, bien de forma escrita, de modo que, sin pretenderlo, pasaron a formar parte de la historia local del entorno donde dijeron que habían acontecido.

Las interrelaciones entre el mundo islámico y cristiano peninsular nunca fueron fáciles. Aunque por lo que respecta a las relaciones morosas entre miembros de una y otra comunidad, estas podían ser de moras a cristianos, de cristianos a moras, de moros a cristianas, pero nunca se mostraron sentimientos de una cristiana a un musulmán. Ya lo advierte Cervantes, en Los baños de Argel —versos 1116-1125—, donde escribe:

Zara

¿Luego a moro estás prendada?

Constanza

No, sino de un renegado

De fe foca y fe perjura.

Don Fernando. —Harto, señora, has mirado.

Zara

Has dado en una locura

en que cristiana no ha dado.

Amar a cristiano mora,

eso vese a todas horas;

mas que ame cristiana a moro,

eso no.

Y en efecto. De todas las leyendas que sobre el tema me he documentado, no he hallado ninguna donde una cristiana se apasione por un árabe, aunque sí de cristianos por moras, moras por cristianos o moros por cristianas, como he dicho. He aquí algunos ejemplos.

A 50 kilómetros de Madrid, en el Parque Regional de la Cuenca Alta del río Manzanares, donde se ubica la totalidad del municipio de Manzanares El Real, se halla el lugar, sin duda, más interesante del Parque: La Pedriza. En la zona vivía un rico árabe, que tenía una sola hija. Cierto día, mientras un joven cristiano paseaba por la orilla del río, conoció a la muchacha y el amor surgió entre ambos. Sabían que era una pasión imposible debido a las tensiones existentes entre ambas comunidades. Aun así, el mancebo acudió a casa de su amada para pedirle al padre que aprobara la relación. Pero el padre se negó rotundamente y ordenó a sus criados que echaran al osado a la calle, a la par que prohibía a hija volver a encontrarse con el mancebo. Ante la imposibilidad de ver personalmente a su amada —según una versión—, le hizo llegar una misiva de despedida; luego embarcó rumbo a Tierra Santa para luchar contra los infieles que ocupaban los Santos Lugares. Otro relato señala que, a pesar de tal prohibición, los amantes siguieron viéndose en una cueva de Las Pedrizas, hasta que unos meses después fueron sorprendidos por el árabe, que se llevó a la muchacha, prohibiéndole salir de casa hasta el día de su boda, lógicamente con un musulmán.

Y fue a partir de este suceso, según cuentan algunos, cuando el joven enamorado, ante la imposibilidad de ver a su amada, marchó, no a Tierra Santa, sino al sur de la península para luchar contra los sarracenos. Mientras, la joven languidecía en su encierro pensando en su doncel. Hasta que un día supo que él había vuelto… Y lograron citarse en aquella cueva donde fueron sorprendidos antaño. Pero el padre de la joven, al ver que esta no estaba en casa, sospechó lo sucedido. Y mandó a sus criados a la cueva, entablándose una desigual lucha entre unos y otro, donde el cristiano llevó la peor parte, pues fue mortalmente herido por uno de los sirvientes. Horrorizada la muchacha al ver a su amado cubierto de sangre, huyó de la cueva hasta un risco cercano, de donde se tiró al vacío, despeñándose.

Y dicen en el lugar que la víspera del día en que murieron los amantes, se ve el alma en pena de la mora, que vaga por La Pedriza lanzando gritos y lamentos hasta el amanecer.

Rojales, un municipio alicantino a orillas del río Segura, tiene una leyenda semejante, conocida como de la Encantá. Cuentan los rojaleros que durante la ocupación musulmana de la zona, una princesa árabe, llamada Zulaida o Zoraida, se enamoró de un príncipe cristiano. El rey moro, su padre, al tener noticia de estos amores, que le eran prohibidos, la maldijo, condenándola a vivir encantada eternamente dentro del Cabezo Soler, que se alza en uno de los extremos del valle del Segura, donde se han encontrado restos que van desde la Edad del Bronce hasta la época musulmana, circunstancia esta que podría haber dado antaño motivo para la leyenda que nos ocupa. Pues bien, la fábula cuenta que todos los años, y solo la noche de San Juan, Zoraida aparece por el cabezo en espera de que alguien la libere de su hechizo, para lo cual el personaje en cuestión tiene que llevarla en brazos hasta el cercano río, de modo que pueda bañar sus pies en él. Pero el lance tiene su inconveniente: a medida que el salvador avanza con ella hacia la corriente, Zoraida se va haciendo cada vez más pesada, eso sin mencionar a los monstruos que van saliéndole al encuentro, provocando que él, al fin, caiga desfallecido y, por tanto, que la princesa dé con su cuerpo en el suelo, momento en que, a pesar de sus buenas intenciones, una maldición recae también sobre su persona: la de morir pisándose la lengua.

La malagueña Antequera, como dije al principio, también guarda una leyenda donde se relatan otros amores prohibidos. Tello, un joven cristiano es hecho prisionero durante una razzia musulmana en una población próxima a la moruna Antequera. Tagzana, la hija del caíd —otra versión, tal vez más plausible, señala que el doncel servía como esclavo en casa de una importante familia local— baja cierto día a las mazmorras y, nada más ver a Tello, se enamora perdidamente de él, y él de ella. Y debido a que sus amores eran imposibles, deciden huir. Y así lo hacen. Pero los guardias —o los criados— advierten de la fuga al padre de Tagzana. Los amantes son acosados y perseguidos hasta un monte próximo a la ciudad —la actual Peña de los Enamorados—, de donde no pueden escapar, de ahí que mirándose por última vez y cogidos de la mano, salten al vacío, despeñándose.

También Cáceres —entonces Al-Qazires— tiene su doncella encantada. Se trata de la princesa mora Mansaborá, hija del caíd. Esta leyenda cuenta que esta hermosa princesa se enamoró de un apuesto capitán de las tropas de Alfonso IX de León, que tenía cercada la ciudad. Ambos procuraban verse a escondidas para vivir su amor, aprovechando los pocos momentos que entre ataque y ataque tenía el cristiano y las contadas ocasiones que Mansaborá podía escapar a la vigilancia y protección que le sometía su padre. Sin embargo, un día, el capitán cristiano —del que no ha quedado el nombre— citó a su amada fuera de la ciudad. Y ella acudió. Dos días después, las tropas del rey leonés entraban en Al-Qazires. Sospechando una traición, el caíd hizo confesar a su hija su felonía: que había dado a su amante las llaves de un pasadizo secreto que unía el alcázar árabe —el actual palacio de Las Veletas— con una calleja —que hoy se conoce como de Mansaborá— próxima a una fuente que servía para regar las huertas aledañas a las murallas. El padre, encendido de ira, la maldijo, convirtiéndola en una gallina y a las doce doncellas que la acompañaron, en polluelos, todas de oro, y las condenó a vagar eternamente por las calles cacereñas. Y se cuenta que durante la noche de San Juan o de San Jorge, hay quien las ha visto en forma humana deambular por la ciudad. Así, dicen, fue como Al-Qazires cayó en manos cristianas el 13 de abril de 1229, aunque otra leyenda popular cacereña atribuye esa prerrogativa a San Jorge, que capitaneó el ejército que derrotó a las tropas musulmanas, simbolizadas en un dragón; dragón que es quemado en la plaza Mayor el día de ese su santo patrón.

Otra versión cuenta que el caíd encerró a su hija en el aljibe que hoy es Casa de las Veletas, para que terminara ahogándose en sus aguas. De hecho, hay quien dice haber oído la noche de San Juan los gritos angustiados y agonizantes de Mansaborá, provenientes del aljibe.

En el castillo roquero de Portezuelo, localidad cacereña allende el Tajo, se sitúa la leyenda de la bella Marmionda, nombre con el que aquel es conocida por los portezueleños. La fortaleza fue erigida en el siglo xii, durante la ocupación almohade de la zona para proteger el paso de la calzada romana de la Dalmacia. En primera instancia fue conquistada por el rey leonés Fernando II, que la entregó a los Templarios, pero se perdió poco después, permaneciendo en manos musulmanas hasta 1213, en que fue reconquistada definitivamente por Alfonso IX de León, que la cedió a la orden de Alcántara.

Según cuenta la leyenda, el alcaide de la fortaleza tenía una hija, Marmionda, que era conocida en toda la comarca por su gran belleza. Pues bien, en una de las razias que el padre de la joven realizó por la zona, hizo prisioneros a unos soldados cristianos que fueron conducidos al castillo a la espera de pedir rescate por ellos. Al saber el alcaide que entre los cautivos se hallaba un noble caballero leonés, le hizo traer a su presencia, momento que coincidió con la entrada de Marmionda en la estancia. Y cuentan que bastó una sola mirada para que ambos quedasen prendados. Desde aquel momento, y durante el tiempo que tardó en llegar el rescate, la hermosa sarracena aprovechaba la ausencia de su padre para visitar el joven cristiano, encuentros que confirmaron y acrecentaron el amor que mutuamente se profesaban, olvidando las trabas que traería tal relación.

Mas al fin llegó el rescate y el noble leonés tuvo que partir, muy a su pesar, aunque prometió a Marmionda que regresaría algún día para desposarla. Pasaron los meses y el caballero no volvía, circunstancia que influyó en el antes alegre y risueño carácter de la joven, que se volvió triste e indiferente a cuanto le rodeaba. Preocupado su padre, pidió parecer a sus consejeros, que recomendaron el matrimonio como remedio a la melancolía que angustiaba a Marmionda. La noticia llegó hasta los nobles sarracenos de la comarca que acudieron a la fortaleza con la esperanza de que la joven eligiera esposo entre alguno de ellos. Pero Marmionda, a pesar de que no podía oponerse al deseo de su padre, demoró su decisión mediante artimañas, esperando que en ese tiempo apareciese su amado. Y así resistió hasta que su padre, cansado de las reiteradas excusas de su hija, le eligió marido entre los pretendientes y puso fecha para el enlace. Entonces, Marmionda, ante lo inevitable, decidió enviar un hombre de su confianza a León para informar al caballero de la decisión tomada por su padre.

Y al fin llegó el día de la boda sin que el amado apareciera. Mas cuando la ceremonia estaba a punto de iniciarse, los centinelas dieron la voz de alarma: un contingente de tropas cristianas se acercaba al castillo. Los sarracenos se dispusieron para la defensa, pero su sorpresa fue grande cuando vieron que se detenían a cierta distancia de las murallas y que se destacaban dos jinetes y un abanderado, pidiendo parlamentar. Uno de ellos era el amado de Marmionda.

En respuesta a la demanda de parlamento, del castillo salió un pequeño grupo al frente del cual iba el alcaide, que no tardó en reconocer a su antiguo prisionero, a quien echó en cara que se presentara armado en una ocasión tan importante para él y su hija sin haber sido invitado.

—Señor —repuso el caballero —en el tiempo que estuve preso en este castillo me enamoré de su hija y fui correspondido por ella. Os ruego que no sigáis adelante con un enlace que ella no desea y que me entreguéis su mano.

—¡Jamás entregaré la mano de mi hija a un perro cristiano! —exclamó furibundo el alcaide. Y dando media vuelta, se dirigió hacia el castillo, poniendo fin a la reunión.

Pero el caballero cristiano no estaba dispuesto a marcharse sin su amada, por lo que ordenó asaltar el castillo. Y se entabló una encarnizada lucha que fue seguida por Marmionda, sin quitar los ojos de su amado que, repartiendo mandobles a diestro y siniestro, se iba acercando al baluarte. Hasta que, herido de muerte su caballo, cayó al suelo, quedando inconsciente. La joven quedó paralizada y, en vista de que su amado no se levantaba, creyéndolo muerto, se arrojó al vacío. La escena fue presenciada por el leonés, vuelto en sí, que, al ver el cuerpo destrozado de su amada, también puso fin a su vida, precipitándose desde las alturas.

En Ávila tienen la leyenda de la mora Aixa, hija de Al-Menón de Toledo y sobrina del rey Al-Mamún. Siendo aún una niña de catorce años, fue conducida a aquella ciudad castellanoleonesa. La joven va triste porque el objeto de sus amores, Jezmín Yahia, queda en Toledo, de ahí que ninguno de los agasajos y fiestas que se realizan en su honor le hagan olvidar su pesadumbre. Aun así, son numerosos los caballeros abulenses que la pretenden, para al fin decidirse por el noble Navillos Blázquez gracias a mediación de doña Urraca, hija del monarca Alfonso VI. Mas este compromiso parece imposible, pues, por una parte, los padres de Navillos tenían concertada su boda con una dama de la ciudad, Arias Galindo, y por otra, el propio rey Alfonso ya había acordado la de Aixa con Jezmín, en agradecimiento a los servicios que este había prestado a la corona.

Pero Navillos era terco y no cejó hasta conseguir desposarse con Aixa, convertida al cristianismo. Ello le granjeó el odio de Jezmín y el desencanto de Arias, que tuvo que resignarse a contraer matrimonio con Blasco, hermano de Navillos.

Durante un viaje a Talavera, sin saber quién era realmente, conoció a Jezmín y tan fuerte fue la amistad que surgió entre ambos que Navillos no dudó en invitarle a la boda de su hermano Blasco con Arias. Incluso lo alojó en su palacio. Y como era común en el medievo, durante la celebración nupcial se organizaron justas y torneos como agasajo a los recién casados. Y Navillos retó a su nuevo amigo a combatir amistosamente con la espada, venciéndole fácilmente. Jezmín se siente humillado, especialmente porque allí esta su amada Aixa y ve la angustia pintada en su rostro, angustia que fue convirtiéndose cada vez más en tristeza y abatimiento.

Navillos, que no sabe las causas que motivan esta postración, decide llevarla fuera de la ciudad, a una mansión que ha hecho construir para ella. Aun así, la bella Aixa languidece de pena y solo ve aliviado su dolor con las visitas nocturnas que Jezmín le hace en las prolongadas ausencias de Navillos. Finalmente, los amantes deciden retornar a Talavera, de ahí que, cuando el caballero regresa de una de sus campañas militares por tierras musulmanas y es informado de la fuga de su esposa, monta en cólera y al frente de sus huestes se dirige hacia Talavera para castigar a los adúlteros. Pero no la ataca directamente, sino que deja al ejército a las afueras y entra solo en la ciudad, oculto bajo vestiduras árabes. Eso sí, ha ordenado a sus capitanes que, si en dos días no ha vuelto, ordenen el ataque. Y con su disfraz, y embozado, llega hasta el jardín donde Aixa pasea. Navillos se acerca a ella sin ser reconocido y con adulaciones y galanteos logra que le permita acceder a la alcoba matrimonial, donde se descubre. Aixa grita pidiendo ayuda. Con ello, al abulense se le desvela la verdad: Aixa no fue raptada, sino que le abandonó voluntariamente. Pero ya es demasiado tarde; entran los soldados en la alcoba y le apresan.

Jezmín condena a Navillos a ser quemado en la plaza pública. Como último deseo, este pide a su rival que le permita hacer sonar una trompa de guerra. Aquel accede, sin sospechar que es una señal para que las tropas acantonadas en las afueras entren a saco en la ciudad. Esta se rinde y Navillos ejecuta a los adúlteros quemándolos en la pira que estaba preparada para él. Y cuentan que durante el resto de su vida se dedicó únicamente a batallar, tal vez como única forma de olvidar su infortunio.

Otra versión cuenta que la joven mora esperó en vano el regreso del caballero y que, a pesar de los numerosos intentos de sus padres por casarla, ella se negó rotundamente y no aceptó a ningún pretendiente. Y para domeñarla, su padre la encerró en una cueva a pan y agua, pero en vano. Hasta que un día, al llevarle la comida, la encontraron muerta. Y dice esta versión que el mismo día en que su amado partió hacia el sur, su espíritu apareció en lo alto del cerro desde donde se precipitó. Y mira y mira hacia el horizonte, esperando la vuelta del amado.

La cueva de la Mora está a unos dos kilómetros de Fitero, en un término conocido hoy como la dehesa del Castillo, en la Comunidad Foral de Navarra. Y situado en lo alto de unas rocas cortadas a pico se alzan los restos de un antiguo castillo árabe, desde el que se divisa todo el valle del río Alhama, donde hoy están los baños termales de Fitero. Además, cerca de este lugar estuvo el antiguo poblado romano de Tudején, antecedente del actual Fitero. En este paraje, cargado de historia, situó Bécquer dos leyendas: El Miserere y La cueva de la Mora, pues este balneario —antes llamado de Tudején— fue visitado por el escritor sevillano entre los años 1861 y 1868, cuando era redactor del periódico madrileño El Contemporáneo, donde publicó la mayoría de sus Leyendas y Rimas. Y como buen periodista curioso, cuando terminaba de tomar las aguas acostumbraba a pasear por los alrededores del balneario. En estos deambulares hablaba con los lugareños, quienes le contaban las historias del pueblo. Y así fue como llegó a sus oídos la leyenda de la mora, precisamente un día en que merodeando por la base rocosa donde se alzaba la vieja fortaleza, descubrió «uno de esos caminos secretos tan comunes en las obras militares de la época, el cual debió de servir para hacer salidas falsas o coger durante el sitio, el agua del río que corre allí inmediato». Y fue un trabajador que andaba podando unas viñas en aquellos lugares quien le puso en antecedentes de la leyenda que, resumida, dice así: cuando los árabes eran todavía dueños del castillo de Tudején, tuvo lugar junto a la villa de Fitero una reñida batalla en la cual cayó herido y prisionero de los árabes un caballero cristiano al que sus familiares rescataron tras pagar una buena suma de dinero. De vuelta a casa, el caballero permaneció un tiempo sumido en una extraña melancolía. Y es que durante su cautiverio se había enamorado de la hija del alcaide, «de cuya hermosura tenía noticias por la fama antes de conocerla». Sorbido el seso por los recuerdos de la mora, el caballero organizó una partida y atacó en castillo por sorpresa, con el fin de conseguir el favor de su amada. Y gracias a lo imprevisto de su ataque, el cristiano logró su objetivo. «El caballero, embriagado en el amor que al fin logró encender en el pecho de la hermosísima mora, no hacía caso de los consejos de sus amigos, ni paraba mientes en las murmuraciones y las quejas de sus soldados. Unos y otros clamaban por salir cuanto antes de aquellos muros, sobre los cuales era natural que habían de caer nuevamente los árabes, repuestos del pánico de la sorpresa».

Y en efecto sucedió, pues, poco tiempo después, los musulmanes reunieron nuevas tropas, mas, ante la resistencia de los castellanos, cercaron el castillo decididos a rendirlo por hambre. Pero los sitiadores, impacientes, decidieron dar un asalto durante la noche. En el ataque murieron el padre de la dama y el mismo caballero cayó herido de muerte. Y los cristianos comenzaron a replegarse. Entonces, ella se inclinó sobre su amante, que yacía en el suelo moribundo, y «tomándolo en brazos» lo bajó hacia los subterráneos del castillo, donde, al volver en sí, pidió agua. La mora sabía que el subterráneo tenía una salida hacia el río. Y a pesar de que el valle y todas las elevaciones del mismo estaban llenos de soldados musulmanes, obviando el peligro, la joven enamorada logró llegar hasta la corriente y llenar de agua el casco del moribundo. Pero cuando volvía con el agua, una saeta lanzada por unos soldados musulmanes que habían visto moverse unos matorrales le alcanzó de lleno, hiriéndola mortalmente. Incluso así, logró arrastrarse hasta donde yacía el caballero que, al verla cubierta de sangre y próxima a morir, le preguntó si quería hacerse cristiana. Y derramando el agua sobre la cabeza de la amada, la bautizó. Al día siguiente, el soldado que había disparado la saeta, vio un rastro de sangre a la orilla de río, «y siguiéndolo, entró en la cueva, donde encontró los cadáveres del caballero y su amada», que según dicen los lugareños, aún iban a vagar por aquellos contornos.

La sierra de Guara es una cadena montañosa en las primeras estribaciones de los Pirineos, al noroeste de Huesca. Se trata de un territorio habitado desde tiempos prehistóricos pues, durante el Paleolítico Superior, el hombre ya habitaba la cueva del Vero, donde se han encontrado pinturas rupestres. Igualmente, en el Parque Natural de Sierra y Cañones de Guara existen muestras de monumentos megalíticos de carácter funerario construidos durante el iii milenio antes de Cristo. No es de extrañar, pues, que en este lugar hayan surgido mitos y leyendas que hunden sus raíces en tiempos antiguos. Así, en torno a uno de los dólmenes, el conocido como de Losa Mora, gira una fábula, tal vez la única donde la enamorada es una princesa cristiana. Dicen que bajo las piedras del dolmen yacen los cuerpos unos enamorados, ¿rey? moro él, princesa cristiana ella. Dicen que los padres de la joven se negaron a reconocer ese noviazgo, por lo cual, los enamorados decidieron escaparse hacia Nocito, también localidad de la Hoya de Huesca. Pero a la altura del dolmen fueron sorprendidos por una patrulla cristiana que, tras darles muerte, los enterraron en aquel mismo lugar.

En Sonseca (Toledo), desde tiempo inmemorial los padres solían advertir a sus hijos: «¡Ten cuidado, que como seas malo, viene la mora y te lleva con ella!». Sorprendente admonición que movería a pasmo y extrañeza a quien no conozca una leyenda local del siglo viii: la de la mora de la Mezquitilla, que se relaciona también con la torre Tolanca, una atalaya de origen musulmán localizada al suroeste de esa localidad castellanomanchega. Dicha leyenda, transmitida por tradición oral, cuenta que, cuando el monarca leonés Alfonso XI el Bravo devastó el poblado árabe de la Mezquitilla, sobrevivieron un moro y su bella hija. El pobre hombre deambulaba de un lado a otro, como perdido, sin saber hacia dónde ir, orando en el llamado cerro del Moro, mientras su hija permanecía entre los muros de la Talanca, próxima a la Mezquitilla.

La bella musulmana solía bajar a lavarse a la fuente Boticaria, próxima al arroyo del Espinarejo, y al atardecer subía a lo alto de la torre donde, mientras peinaba su morena cabellera, cantaba desesperadamente su infortunio, embelesando con su voz a los pastores que apacentaban sus ganados por las cercanías. Hasta que uno de ellos, más osado, se decidió a visitarla y el amor surgió entre ellos. Desde entonces, el galán subió todos los días y, poco a poco, la fue instruyendo en la doctrina cristiana con el propósito de que no hubiese ningún impedimento a la hora de contraer matrimonio. Cuando la creyó suficientemente preparada para recibir el bautismo, subió un cuenco con agua, le colgó al cuello una medalla de la Virgen y, arrodillándola ante él, la bautizó, poniéndole el nombre de Soledad. Luego le pidió que se casara con él; ella accedió y con la euforia del momento, el galán resbaló y como no pudo asirse a lugar seguro, se precipitó al vacío, matándose, ante la atónita mirada de su amada. Desde entonces, allá en la torre —concluye la leyenda— solo se escucharon los lloros de la bella mora anunciadores de su desdicha.

La leyenda de La morica encantada está relacionada con la zaragozana ciudad de Daroca y su conquista por los cristianos. Cuenta que, allá por el siglo xii, gobernaba la ciudad un reyezuelo llamado Aben-Goma, que tenía como favorita a una bella princesa llamada Melihah. Esta se había enamorado perdidamente de un caballero cristiano llamado Jaime, que Aben-Goma hizo prisionero en una de sus salidas guerreras y al que había condenado a ser ejecutado y posteriormente colgado de una de las almenas del castillo como advertencia a los cristianos, a pesar de las considerables sumas de dinero que el padre de Jaime había ofrecido al reyezuelo. Todas las tardes, cuando Aben-Goma salía a sus expediciones guerreras, Melihah abandonaba el palacio y por un enrejado exterior, que daba a la mazmorra donde adolecía el prisionero, se comunicaba con él. Cuando Melihah conoció el fin que esperaba a su amado, prometió darle la libertad a cambio de que cuando los cristianos tomaran la ciudad se la llevara con él para convertirla en su esposa. «Yo también te amo —le dijo él—, pero mi religión me prohíbe hacerte mi esposa». «Con tal de vivir a tu lado —repuso Meliha— renegaré de mi religión e invocaré al Dios que tú invocas. Esta noche serás libre». Y, en efecto, aprovechando el revuelo y la confusión que se organizó en la ciudad ante la presencia de las tropas de Jaime I de Aragón, el Conquistador, que amenazaban tomar la ciudad, Melihah bajó a las mazmorras y puso en libertad a su amado, que pudo llegar ileso al campamento cristiano, donde fue recibido con gran alegría. Pero Aben-Goma había sido informado de los amores que su favorita tenía con Jaime y de la fuga de este. Comprendiendo que había sido traicionado por ella, la llevó a los subterráneos del palacio y ordenó que la ejecutaran. El cuerpo sin vida de la joven cayó a un pozo que allí había, un pozo sin fin. Mas, cuando Aben-Goma salía del pasadizo fue apresado por las tropas cristianas, que habían perpetrado el asalto a la ciudad, siguiendo los consejos de Jaime. Los árabes, al saber que su rey estaba prisionero, fueron presas del pánico y los asaltantes se hicieron dueños de la ciudad. Y Daroca se rindió. Corría el año 1122 de nuestra era. Cuando Jaime supo de la muerte de su amada, fue presa de una extraña melancolía. Y cuentan que todos los días, al anochecer, bajaba a las mazmorras del castillo, que se sentaba junto a la boca del pozo y que allí permanecía horas y horas, rumiando sus recuerdos. Y también se cuenta que, años después, desde el día en que murió el caballero, todas las noches, del pozo donde cayó, sale el espíritu de Meliah, vestido de blanco, y que vaga por las murallas en una infructuosa búsqueda de su amado. Por eso, es conocida entre los darocenses como la morica encantada.

El arroyo de la Mora, que discurre por tierras abulenses de Arévalo, se relaciona con otra de estas historias amorosas que vengo relatando. En esta ocasión se trata de la mora Zoraida, la mujer más hermosa del lugar. Pero tuvo la desgracia de enamorarse de quien no debía: un noble cristiano. Sabedor su padre de tal enamoramiento, le prohibió ver a su amado y la retuvo por la fuerza en la fortaleza. Entonces, sigue la leyenda, los cristianos sitiaron la plaza y exigieron la libertad de Zoraida. Un día, el padre de la joven se acercó hasta el lugar donde los cristianos tenían instalado el campamento y arrojó al arroyo el cuerpo sin vida de su hija, advirtiendo al joven noble que quien no acatara su autoridad seguiría la misma suerte que ella. Al día siguiente, los cristianos entraron en Arévalo. Y, en recuerdo de Zoraida, levantaron un puente en el mismo lugar donde su padre la había arrojado al arroyo.

En Bullas, Murcia, también tienen su historia de amor entre princesa mora y príncipe cristiano, romance que guarda elementos comunes con otras leyendas de las que me he ocupado anteriormente. Pero en esta localidad hacen una celebración original y curiosa: la noche de San Juan todo el pueblo de Bullas se reúne en el río Salto Usero, lugar donde, según la leyenda, tuvo lugar el primer encuentro y el enamoramiento de los personajes de la historia. Allí, una persona, disfrazada de mora y con acompañamiento moruno con antorchas baja al río, se mete en él y, con un cántaro, coge agua, agua que servirá para rociar a los presentes, pues, según el mito, esa agua es mágica y representa la belleza eterna. Se non è vero, è ben trovato.

Pero, sin duda, la más extraña y sorprendente historia de cuantas circulan por la geografía peninsular sobre amores entre moras y cristianos es la que corría por la Sevilla del siglo xv. Cuentan que vivía en la ciudad un modesto comerciante en telas, llamado Aben-Jasuf, ya entrado en años y viudo, que vivía con su hermosa hija Zoraya. Aben-Yasuf era un hombre hosco, poco comunicativo, a quien pocas veces se veía sonreír. Por el contrario, su hija era una joven vivaracha, alegre y atenta con su padre y, aunque rara vez salía de su casa, las veces que lo hacía era la admiración tanto de cristianos como de moros. Por eso, cuando el padre empezó a notar cierta tristeza y falta de apetito en ella y, sin sospechar que aquellas ojeras y desganas se debían a un enamoramiento, decidió acudir a los mejores médicos. Pero en vano. Primero le entró una fiebre altísima y luego cayó en letargo del que ya no despertó. Aben-Yusuf aceptó con resignación los designios de Alah. Pero cuando, al fin, se decidió a entrar en la alcoba de su difunta hija, salió con la color demudada y se dirigió directamente al alcázar para pedir justicia al rey, Ebu-Abed, gobernador de la ciudad. Mostró a este un cofrecito donde su hija había guardado cierto número de cartas, por cuyo contenido deducía el desventurado padre que su hija había llegado a la postración que le costó la vida, ya que deducía que Zoraya había preferido morir para evitar a su padre la vergüenza de verla deshonrada. Una de las cartas decía: «Por Alah te pido no hables de morir. Dices que es muy tarde y que tu resolución está tomada, pero debes saber que si alguna afrenta ha causado mi amor, yo estaría dispuesto a lavarla con mi sangre, pero tú no debes morir, Zoraya mía». La firmaba Abul-Zaid. El sultán mandó buscar al firmante de la misiva, que negó rotundamente había visto a la hija de Aben-Jasuf y mucho menos que hubiese tenido tratos con ella. Pero de nada sirvieron sus protestas y alegatos: fue condenado a ser decapitado en público para que sirviera de escarmiento tanto a musulmanes como a cristianos. E iba a cumplirse la sentencia cuando irrumpió en la plaza un joven cristiano que gritaba en árabe: «¡Alto, por el amor de Dios, alto!». Y, dirigiéndose a Aben-Jasuf, le dijo que el reo era inocente y que él era quien había seducido a Zoraya. «Yo fui el que hizo los escritos, yo el que, creyendo inventar un nombre inexistente, puse el de este infeliz…». Ante tal declaración pública, reo y cristiano fueron conducidos a presencia del rey, que perdonó a Abul-Zaid y mandó al cristiano a la cárcel. Mas cuando, a los tres días, los soldados fueron a buscarlo a la celda, el preso había desaparecido. Tiempo después, una mañana, los madrugadores sevillanos que pasaban frente a la tienda del comerciante pudieron ver pendiente de una cuerda atada al balcón del cuarto de Zoraya el cuerpo del cristiano prófugo, que tenía asida a su ropa un escrito que decía: «Justicia que hace a sí mismo un nombre hijo de Castilla. Zoraya no debió morir por mi culpa, yo debí haber muerto por ella». Y cuenta la leyenda que Abu-Abed, impresionado por el valor del castellano, mandó que su cuerpo fuera enterrado con toda clase de honores.

Y ya que este trabajo va sobre encantamientos, no está de más hacer referencia a dos canciones alusivas al tema, centradas en la Alhambra granadina. La primera tiene el título de Leyenda mora, cantada por la sevillana Estrellita Castro en la década de los 40. Su letra dice:

Por los aljibes

de la Alhambra mora,

en la noche de luna,

dicen que se ve

pasar una sombra

cubierta con velo,

que nadie conoce,

ni sabe quién es.

Dice la leyenda

que es la favorita

de un emir que tuvo

en tiempos Granada,

que murió de amores

porque un rey cristiano

despreció su boca

al irla a besar.

¡Ay, lunita, luna! ¡Ay, luna, lunera!

Di tú si sabes quién es,

la sombra que por la Alhambra,

cuando tú sales se ve.

Dime si es mora o cristiana,

dinos si murió de amor,

dinos si solo es embrujo

que la leyenda formó.

¡Ay, lunita, luna! ¡Ay, luna, lunera!

También la leyenda

dice que en la Alhambra

se oyen por la noche

cantos de dolor

y que de las fuentes

y los surtidores

parece que salen

susurros de amor.

Y al cruzar la sombra

de la favorita

se siente a lo lejos

la burla sonar,

y el aire se llena

de ricos perfumes

que llegan de Oriente,

Damasco y Bagdad.

¡Ay, lunita, luna! ¡Ay, luna, lunera!

Di si tú sabes quién es

la sombra que por la Alhambra…

La segunda tal vez sea más conocida. Se trata de Llorando por Granada, canción que el grupo musical Los Puntos hizo famosa. Aquí, el embrujado no es otro que Boabdil, el último rey moro de Granada, condenada su alma a permanecer en Granada por toda la eternidad. Y…

Dicen que es verdad

que su alma está

encantada por perder un día a Granada

y que lloraba.

Cuando el sol se va

se le escucha hablar

paseando su amargura por la Alhambra

recordando

y llorando por Granada.

Dicen que es verdad

que nunca se fue,

condenado está a vivir siempre en la Alhambra

y a llorarla.

Cosas de hechicerías árabes, supongo…




BIBLIOGRAFÍA

Álvarez, José M.ª y Menéndez, Elvira. Leyendas de España. Editorial S. M. Madrid, 2002.

Galmés de Fuentes, Álvaro. Toponimia: mito e historia. Real Academia de la Historia. Madrid, 1996.

Leyenda de la Encantada. Wikipedia, la enciclopedia libre.

Martín, Manuela. «Amar a cristianos moras. Ecos de un tema cervantino en textos españoles sobre Marruecos (s. xix-xx)». Bulletin Hispanique, volumen 109, número 109-1. Año 2007.

Mitología extremeña. Wikipedia, la enciclopedia libre.

Moliner, María. Diccionario de uso del español. Edición abreviada. Tomo 2.º. Gredos, Madrid, 2008.

Silva Iniesta, Antonio. «La Encantada de la Camareta: antología e interpretación (revisión del tema)». Antigüedad y Cristianismo, X. Madrid, 1993.



NOTAS

[1] La hija de Agi Morano en la obra de Cervantes. Cit. por Manuela Marín, pág. 237.

[2] En su columna «A cuerpo gentil». Plan VE. Guía de Ocio del Norte de Extremadura, Félix Barroso dice que los moros aludidos en lo topónimos nada tienen que ver con el mundo de los musulmanes. «Casi siempre responden a vestigios arqueológicos anteriores al siglo viii, cuando se produjo la invasión musulmana de la Península Ibérica» y cita al doctor en Filología Hispánica, José Antonio González Salgado, que en su trabajo Toponimia de la comarca de Trujillo, afirma que «los topónimos que hacen referencia a ‘moros’ parece demostrado que en realidad proceden de la raíz prerromana ‘mor’, que tiene el significado de montón de piedras y que, por tanto, nada tiene que ver con los sarracenos». (De la misma opinión era el filólogo, dialectólogo y arabista madrileño Álvaro Gálmcea de Fuentes). Añade Barroso que «también pudiera ser que la palabreja en cuestión se entroncase con ‘mrvos’, un término céltico que significa ‘muerto’ y ‘ser sobrenatural’. O con ‘mora’ o ‘morga’, que es el nombre que le otorgaban a la diosa-madre esos celtois que dejaron mitológicas huellas por valles y por montañas, por algaidas y ribazos. Y es que seres mágicos y sobrenaturales dan vida a estos moros y moras en muchas historias recogidas de la tradición oral».

[3] Es una divinidad vasca precristiana de carácter femenino que habita en todas las cumbres de las montañas vascas. La más importante de sus moradas es la cueva de la cara este del Anboto, a la que se conoce como cueva de Mari.

[4] Véase Leyenda de la Encantada. Wikipedia, la enciclopedia libre.

[5] Ibíd. sobre el simbolismo de la cueva, el espejo, la noche de San Juan y el peine.