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El sol y la morena en la antigua lírica tradicional hispánica

PEREZ DIAZ, Eduardo

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 400.

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La antigua lírica tradicional hispánica que se nos ha conservado ofrece una serie de poemas en torno a la morenez femenina que ha despertado el interés de varios autores en las últimas décadas. Vayan por delante algunos ejemplos:

Por el río del amor, madre,

que yo blanca me era, blanca,

y quemóme el ayre. (NC 136)[1]

Blanca me era yo

cuando entré en la siega;

diome el sol, y ya soy morena. (NC 137)

Aunque soi morena,

blanca io nascí:

guardando el ganado

la color perdí. (NC 139)

Para Wardropper (415), la morena «assumes herself […] to be ugly and unattractive to men» debido a que el ideal de belleza femenina sería «the green-eyed blonde»; Aguirre (8 y ss.) opina que habría que entender estos poemas como derivación del canon de belleza cortesano, algo compartido, aunque con matices, por Alín (253 y ss.); Sánchez Romeralo (57-59) propone distinguir «el color de los ojos y el pelo, del color de la piel» porque «lo frecuente […] es la alabanza a los ojos morenos […] y a la blancura de la piel», aunque «lo cariñoso del juego en torno a la piel morena no revela, en el fondo, desagrado por las niñas morenicas». Hasta aquí, la morenez femenina se entiende en sentido exclusivamente literal. Cummins (99), en cambio, opina que la morena es «a woman, in contrast to the pure, virginal blanca», idea que acepta y en la que profundiza Gornall. Esta ha sido la interpretación dominante desde entonces: para Vasvari (41-44) las morenas, cuyo color de piel representa la pérdida de un «former white-skinned, virginal state», «are imagined as inevitably more available sexually than their fairer sisters»; Masera (107) señala que el cambio de color de la muchacha «se debe a su contacto con el amor, a su experiencia sexual», en la misma línea que Frenk (337: «morenas, esto es, experimentadas en el amor») o Victorio (129 ss.).

Las causas explícitas de la morenez son, en el plano literal, el aire (NC 135, 136), las tareas campestres (NC 138, 139), ciertos «duelos» (NC 142 A) o «hadas negras» (NC 142 B) y, por supuesto, el sol (NC 136 bis, 137, 138, 1361). Del sol y del viento se ha dicho que «simbolizan la sexualidad masculina» (Frenk, 2006: 367), el «principio masculino» (Masera: 107, haciéndose eco de Olinger: 79). Quisiera, con el presente artículo, matizar o ampliar esta idea en lo que respecta al sol.

Algunos autores han relacionado la morena de la lírica tradicional hispánica con la del Cantar de los Cantares:

Soy morena y bella,

hijas de Jerusalén,

[…]

No os fijéis en que estoy negra;

¡me ha mirado el sol!

Mis hermanos se enfadaron conmigo

me pusieron de guardiana en los viñedos;

¡y mi propia viña no cuidé! (Luzarraga: 15)

Mi interpretación de este pasaje[2], mencionada en otro lugar (Pérez Díaz: 270 y ss.), es paralela a la de los textos hispánicos: la muchacha-viña se ha entregado sexualmente y ha quedado, por ello, morena, manchada. Ahora bien, ¿cuál es el papel del sol en este proceso, más allá del plano literal? Es significativo que el texto original no diga que la haya «tostado» o «quemado», como a veces se traduce, sino «mirado fijamente». Keel comenta: «a judging sun has […] gazed upon her in punishment» (50), y recuerda que, en el Próximo Oriente antiguo: «One of the most important functions of the sun-god was to be judge and vindicator, especially of hidden injustices» (49), lo que permite pensar que la morenez, la mancha, se deriva más de la contemplación que de la propia acción: el sol ha arrojado luz sobre su entrega sexual, es decir, esta ha sido conocida, lo que hace que la protagonista aparezca «manchada» a ojos de los demás. No en vano la muchacha pide a las hijas de Jerusalén que no se fijen en que está morena; literalmente: «No veáis que soy morena». La importancia de la mirada y del juicio que comporta es patente.

Esta idea se menciona de forma explícita en las siguientes composiciones pertenecientes a la antigua lírica tradicional hispánica:

Diçen que el sol quema las hierbas,

yo digo que las malas lenguas,

que cortan más que navaxas nuebas. (NC 488)

–Dime, paxarito, ke estás en el nido,

¿la dama besada pierde marido?

–No, la mi señora, si fue en escondido. (NC 1618)

Es el conocimiento de la falta, y su propagación, lo que quema, marca, ennegrece. En este sentido, el sol quema porque su luz permite la contemplación. El día es tiempo antierótico, tiempo del orden y de la justicia, del encauzamiento cultural de las pasiones, durante el cual los amantes cuya relación no haya sido públicamente sancionada han de esconderse o inhibirse. De ahí que la noche sea el momento ideal para la consumación de amores ilícitos, como atestiguan innumerables ejemplos en tantos espacios literarios[3]:

Salga la luna, el cavallero,

salga la luna, y vámonos luego. (NC 459)

La media noche es passada,

y no viene:

sabed si ay otra amada

que lo detiene. (NC 568 E)

Anoche, amor,

os estuve aguardando,

la puerta abierta,

candelas quemando,

y vos, buen amor,

con otra holgando. (NC 661)

Hay una composición acadia especialmente explícita en este sentido:

De noche no hay ama de casa decente,

de noche no hay ama de casa decente,

de noche no hay esposa que ponga reparos[4]. (Foster: 947)

En los textos épicos y legales de la antigua India se prohíben las relaciones sexuales durante el día, como señala J. J. Meyer (244): «Among the most dreadful sins coition during day is given».

El sol, como elemento delator de amores ilícitos, símbolo de conocimiento, justicia y orden, se encuentra en muchas otras culturas. Piénsese en el mito de Afrodita y Hefesto, por ejemplo: es Helios, el sol, quien los descubre y delata, exponiéndolos a la vergonzante contemplación de los otros dioses[5]. En el ciclo poético sumerio en torno al matrimonio sagrado de Inanna, diosa del amor y la fertilidad, y el dios-pastor Dumuzi, ella le dice:

[…] cuando el día haya pasado,

[…] cuando se acerque la noche,

[…]

el cerrojo de la puerta

quitaré por ti. (Sefati: 269)

Le franqueará el paso, como la muchacha de NC 661, cuando el sol se haya puesto. Este se vincula con la palabra cumplida y, por tanto, con la justicia, en una composición china perteneciente al Shih ching, donde el enamorado dice: «Si dices que no soy de fiar, juro por el sol resplandeciente» (Karlgren: 195). Algo similar en un poema tamil, donde una muchacha se refiere a las palabras del amado como «más verdaderas que el sol que brilla» (Kandasamy: 200). Otro poema en esta misma lengua vuelve a asociar la figura del sol con el descubrimiento de una relación amorosa ilícita:

Dicen las habladurías que ayer te bañaste en el arroyo,

abrazando a tu querida amada,

la muchacha con pequeños brazaletes de hebillas en forma de dado,

su cuerpo flexible, sus gestos tímidos.

¿Acaso puedes, mi señor, ocultármelo?

¿Acaso puedes esconder el brillo del sol? (Selby: 43)

La llegada del sol, al alba, es frecuentísimo motivo de separación de los amantes en muy diversos espacios literarios[6]:

Ora vete, amor, y bete,

cata que amanesçe. (NC 454 A)

El alva nos mira

y el día amanece:

antes que te sientan,

levántate y vete. (NC 2290)

«El alva nos mira»; otra vez, como en el Cantar, la contemplación.

De acuerdo con todo lo dicho, en el estribillo «Mucho pica el sol: / más pica el amor» (NC 41) podría entenderse algo como: «A pesar de las consecuencias de un amor ilícito descubierto, el impulso es irresistible»; en «Allá se me ponga el sol / do tengo el amor» (NC 65 A y 65 B), se expresaría un deseo de oscuridad que oculte la relación erótica, algo que se habría hecho efectivo en las siguientes canciones:

En los olivares

de junto a Ossuna

púsoseme el sol,

salióme la luna. (NC 1073)

Púsoseme el sol,

salióme la luna:

más me valiera, madre,

ver la noche escura. (NC 1074)

¿Pero qué significan estos dos últimos versos? Para Frenk (2006: 336), podría interpretarse que «en este escenario, con la luna alumbrando, la muchacha se encontraba sola, sin su amado». Me parece muy probable que este sea el sentido del texto, aunque opino que caben otras interpretaciones: que la muchacha se arrepienta de haberse entregado o que, al contrario, una luna demasiado luminosa haya impedido la relación.

Que la morenez sea consecuencia más del conocimiento que de la acción explicaría la ambigüedad de «Morenica m’era yo: / dizen que sí, dizen que no» (NC 129). Algo similar en «Morenita me llaman, madre» (NC 131): no es que lo sea, es que se lo llaman; la morenez depende del otro. De hecho, «[al] galán que me ronda la puerta / blanca y rubia le parecí», porque no conoce (o no reconoce) lo que de otros es sabido. Por eso no se casan las morenas (NC 144): no es el color lo indeseable, sino la previa disponibilidad sexual que, una vez conocida, es causa de rechazo.

En «Aunque me vedes / morenica en el agua, / no seré yo frayla» (NC 213), la morenez (subrayada por el símbolo erótico del agua) vuelve a depender del conocimiento externo («aunque me vedes», nuevamente la contemplación): por eso, porque se sabe lo ocurrido, la morena menciona (y rechaza) la solución que estaría en mente de todos. Y todos son, en NC 273 A, quienes explican la «pérdida de color» de la muchacha: «Perdida traygo la color: / todos me dizen que lo é de amor».

Pero existen poemas en que la luz del sol no parece ser impedimento para las relaciones amorosas, como aquel que comienza:

Al alva venid, buen amigo,

al alva venid.

Amigo, el que yo más quería,

venid a la luz del día. (NC 452)

Naturalmente, para que se descubra una relación erótica no basta con la luz, sino que es necesario un observador. Y de eso se cuida la muchacha de la canción:

Venid a la luz del día,

non trayáys compañía.

[…]

Venid a la luz del alva,

non traigáis gran compaña.

Por eso cabe entregarse al amor durante el día en lugares apartados:

No me habléis, conde,

d’amor en la calle:

catá que os dirá mal,

conde, la mi madre.

Mañana yré, conde,

a lavar al río;

allá me tenéis, conde,

a vuestro servicio. (NC 390)

Y por eso, quizá, la muchacha de NC 141 establece un contraste entre la aldea, donde se hizo morena, y la villa en que «más bonica fuera», pues «entre la población humilde del campo rigen unas normas morales más rigurosas que las existentes en la ciudad» (Frenk, 2006: 27); quema la mirada, el juicio de la acción; la mujer no se torna morena al entregarse, sino cuando la entrega es conocida y valorada negativamente.

En conclusión, opino que el sol de las «morenicas» de la antigua lírica tradicional hispánica se relaciona, en cuanto que fuente de luz y conocimiento, con el juicio y la represión, y que este es uno de los motivos de que simbolice la masculinidad, en la medida en que esta se conciba como potencia controladora y represora.



BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS

[1] Cito, a lo largo de todo el artículo, por el Nuevo corpus de la antigua lírica popular hispánica (abreviado NC) de Margit Frenk (2003).

[2] Deudora de las de Keel (51 y ss.), Fox (100 y ss.), Luzarraga (169 y ss.) y, sobre todo, Morla (99 y ss.), entre otras.

[3] Cf. Pérez Díaz: 255 y ss.

[4] Las traducciones de esta y de las siguientes piezas tomadas de obras en inglés son propias.

[5]Odisea VIII, 266 ss.

[6] Cf., entre muchos otros trabajos, los de Hatto (1965), Empaytaz de Croome (1976, 1980), Wilson (1977: 273 y ss.), Fuente Cornejo (2001), López Castro (2000), Reckert (2002) y Pérez Díaz (2012: 255 y ss.).