Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

La toponimia de Guadalajara: estado de la cuestión

RANZ YUBERO, José Antonio y LOPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 401.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 401 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


La definición que otorga la Academia en el Diccionario de la Lengua Española (1995: 1995) de toponimia es la siguiente: (Del gr. topos, lugar, y onoma, nombre). f. Estudio del origen y significación de los nombre propios de lugar. Otro punto de vista interesante es el de Martínez de Sousa (1985: 300), quien señala que topónimo es el nombre que se aplica a las realidades geográficas: mayores o macrotopónimos (países, capitales, ciudades importantes, océanos, mares, grandes ríos, montañas), medios o mesotopónimos (realidades de tipo medio o de importancia menor) y menores o microtopónimos (menores, locales y de proporciones reducidas, puntos deshabitados).

Sin embargo, nosotros vamos a establecer relaciones entre la toponimia y otras ciencias afines, de modo que al parentesco entre toponimia y antropología a través de la psicología le podremos llamar toponimia psicológica. A esta le uniremos la toponimia sociopolítica, la toponimia demográfica, la toponimia arqueológica o histórico-arqueológica, la toponimia geográfica e, incluso, la toponimia lingüística. Queremos advertir de que no se trata de seis distintas toponimias, que son una solo pero que cada nombre podrá ser explicado por uno de estos factores o por más de uno. Por tanto, ni tan siquiera se pueden considerar excluyentes. Lo importante es poder dar con la alusión exacta del nombre de lugar del que nos ocupamos.

La toponimia lingüística tiene que ver con la lengua del pueblo que impone una denominación, si bien es cierto que los nombres prerromanos, romanos, germánicos y árabes han sufrido alteraciones y es que cuando llega un pueblo conquistador nuevo, al no adaptarse bien los nombres existentes a los sonidos propios de su lengua, modifica estos nombres según sus usos fonéticos. Unas veces esta alteración cuaja, pero en otras no ocurre lo mismo y puede renacer el nombre antiguo. Sería un error considerar a una buena parte de los topónimos del centro peninsular como de origen latino, ya que aquí el proceso ha ido desde la evolución del latín al romance y, una vez asentado este, se empleó en la lengua diaria. Por supuesto que se usaron palabras de esta procedencia para nominar a parajes, pueblos...

Además, es preciso considerar que bajo muchos topónimos hay una raíz, una base toponímica casi opaca y que es preciso desentrañar. ¿Por qué Albalate, en Albalate de Zorita, se viene interpretando como un topónimo de origen árabe con el valor de ‘el camino’? ¿No sería porque en el emplazamiento del actual Albalate o en sus inmediaciones podría haber un -alb o -alp (‘blanco’) correspondiente a la sierra de Altomira y que los árabes interpretaran o ajustaran fonéticamente en Albalate?

Pero queremos dejar claro que la toponimia no es etimología. No es trascendente decir que la puerta deriva del latín porta, porque los reconquistadores o repobladores de este lugar no pensaban en la significación latina de este término cuando impusieron esta denominación.

Los dos componentes de la toponimia arqueológica han transitado por senderos distintos, quizá por la falta de preparación de investigadores que dominen ambas ciencias. No podemos considerar a la una como sustituta de la otra, pero sí como complemento. Así, tendrá más visos de verdad considerar el nombre de un yacimiento como celta si allí se han descubierto vestigios de la Edad del Bronce, por poner un ejemplo. Hay un uso de la toponimia que corresponde a una «visión cuasi arqueológica, puesto que tomando como artefactos a los viejos nombres de sitios y ciudades, el científico intenta desvelar rasgos culturales de comunidades y pueblos remotos» (Murphy y González, 1996: 101). Toponimia y arqueología son disciplinas «hermanas» para todos aquellos nombres impuestos antes del siglo xiv, especialmente. Del estudio de la arqueología de Guadalajara nos ocupamos en Ranz y López de los Mozos (1999) y de los despoblados en Ranz, López de los Mozos y Remartínez (2009).

El enfoque geográfico pone de manifiesto las interrelaciones entre el territorio y los nombres, y es que la descripción geográfica recurre ampliamente a la imagen visual, al mapa, al dibujo, a la fotografía, etc., pero su medio de expresión es la palabra, por eso hay que considerar las peculiaridades de cada comarca. Por ejemplo, lo que en Castilla son tinadas, en la zona de Sigüenza-Atienza se denomina taina. Se trata de un lenguaje universal porque habla a todo el mundo, pero también porque todo el mundo puede convertirse en partícipe activo de él. Partiendo de la geografía, Tort (2000: 4) establece el «principio de significatividad territorial», que se formula del siguiente modo: en condiciones homogéneas de espacio y de tiempo, una serie de topónimos afines de un determinado territorio tiende a reflejar los aspectos geográficamente más significativos de este territorio. Sin embargo, debemos apostillar que la toponimia no es exclusivamente geografía: García Pérez (1993: 186): «En cuanto al significado de Taranz […] me tomo la libertad de añadir, para mayor diversidad, que es posible que aquí indique simplemente lo que es: “Campo Alto, del Alto”».

Otra perspectiva se inició con los primeros pasos de la antropología norteamericana. Boas (1934: 9) apuntó que «los nombres geográficos son la expresión de los rasgos mentales de cada pueblo y de cada época y, por ello, son también un reflejo de su vida cultural y de las tendencias que identifican cada área cultural». Esta tendencia se dio preferentemente en las sociedades que no conocían la escritura, ya que se valían de los topónimos como un recurso para desvelar la orientación cognitiva de aquellos pueblos para comprender y percibir lo que les rodeaba; método este muy distinto del que se ha venido utilizando en las sociedades que conocen la escritura.

También dentro del campo de la antropología se vislumbró la posibilidad de que los nombres de lugar dependieran de cómo las instituciones públicas o las comunidades adoptan unos topónimos y eliminan otros por razones sociales o políticas. Valga como ejemplo el componente religioso que conllevó la toponimia española una vez que iba ganándose territorio a los árabes, dentro del proceso de Reconquista y repoblación. Otro caso más común en nuestros días es el cambio de denominación de las calles según gobierne un partido político u otro.

La aplicación más reciente es la que relaciona la toponimia y la demografía. Así, Basso (1984: 25) señala que un incremento poblacional en un espacio produce nuevos topónimos que sirven para nombrar y diferenciar nuevas partes en él. En la región centro esta teoría ya la postuló Oliver Asín (1991: 123-124), como se transcribe en Malaguilla. Este historiador y lingüista señala que, cuando un poblado ya no puede soportar económicamente a la población existente, algunos de sus habitantes, generalmente entrelazados familiarmente, se desplazan a un lugar nuevo, entre diez y quince kilómetros distantes del anterior, para fundar un nuevo enclave. Pues bien, esta población de nuevo cuño lleva el mismo nombre que el anterior pero portando un diminutivo, valga como ejemplo el caso de Salmerón y Salmeroncillo. A este grupo se pueden añadir los topónimos gemelos que presentan un segundo elemento diferenciador: Gárgoles de Arriba y Gárgoles de Abajo, siendo el que presenta el elemento «de Arriba» el inicial, ya que originariamente los poblados se disponían en lugares altos para defenderse mejor.

Por toponimia se entiende el hecho de descubrir el origen y el significado de los nombres de lugares, ríos, montañas, parajes, calles… es decir, el trabajo del toponimista será descubrir los porqués de estos nombres. Desde aquí queremos dejar claro que los creadores del topónimo son gentes sencillas y lógicas, por lo que en ocasiones tratar de buscar explicaciones enrevesadas no hace sino detener la labor del estudio. La opacidad de algunos nombres se debe no tanto a la falta de lógica o de sencillez a la que acabamos de aludir, sino también a que un nombre en un determinado momento ha podido sufrir una deformación que no se logra desentrañar.

Por tanto, creemos que la etimología de un nombre no es tan trascendente como se ha considerado en la mayoría de los trabajos de esta disciplina de la segunda mitad del siglo xx. Solo en los casos donde la toponimia mayor, oronimia e hidronimia puedan ser extraordinariamente relevantes por ser antiguos, ya que en estos casos las denominaciones informarán no solo de cuál es la alusión del topónimo, sino también qué pueblo lo impuso, lo que directamente nos llevará a constatar que ese territorio fue habitado por un determinado pueblo en cuestión.

La mayoría de los topónimos surgen principalmente por dos factores: el económico y el defensivo. En este segundo campo están las torres, castillos, alcoleas, casas, palacios. Y en el primero, las razones tienen que ver con los productos de supervivencia, los animales, las zonas de cultivo, el agua, los caminos por los que se debe transitar para comprar o vender productos, para ir a una romería, etc. Pero otros lo hicieron por cuestiones históricas, creencias populares o necesidades de expansionarse. Todos los nombres tienen una etapa y cada etapa tiene sus nombres.

Es preciso establecer una salvedad y es que ciertos nombres de solera, correspondientes a pueblos antiguos, se han convertido en parajes de labor, sin resto alguno de lo que fue el núcleo de población anterior. La concentración parcelaria acaecida en España desde los años cincuenta y sesenta ha mejorado la situación de la agricultura pero se ha llevado muros, pequeñas construcciones de poblaciones que existieron anteriormente. De todos modos, queremos hacernos eco de la opinión de Canal (1988: 24), para quien no existe la distinción entre toponimia mayor y toponimia menor «porque esta distinción no es objetiva [...] ya que en el fondo todos los nombres de lugar tienen el mismo valor».

A juicio de Tort (2000: 4) es útil realizar estudios de toponimia mayor porque estos conforman un conjunto homogéneo desde el punto de vista territorial por lo que unos se relacionan con otros, su fundamento histórico es similar (es muy antigua y a partir de un momento dado encontramos documentación escrita sobre ella), hay múltiples obras de referencia sobre ella, unas veces de forma particular y otras general.

Pero ¿cómo surge un nombre? Cuando un espacio cobra relevancia para una persona o grupo de personas es el momento en que se le «bautiza», así se convierte en punto de referencia importante y claro para quienes viven entorno a él. Por eso, como dice Zafra (2004: 49), «la anonimia espacial es casi absoluta para quienes solo miran, pero los que hacen algo más que mirar necesitan nombres y cuando no los conocen se los inventan».

Hasta ahora, la función del investigador de toponimia ha sido la de «explicar el topónimo», frase que se aplica a «descubrir su significado exacto», pero ya que en la mayoría de los casos es muy difícil determinar la significación concreta del nombre, pues referente a la época en que pudo surgir un determinado nombre no poseemos los suficientes datos lingüísticos, pensamos que tal vez este concepto, como se ha utilizado en nuestra investigación, se pueda reemplazar por el de «el topónimo se relaciona con» o «alude a». De esta manera, no conocemos la significación exacta de un topónimo como Albendiego, pero una vez expuesto el dato geográfico de que por allí pasa el río Bornova, y de que la posible base del topónimo alba, que procede del celta alega, significa ‘alta fuente’, bien podemos suponer que este nombre guarda relación con el ‘agua’.

Sobre cuál es el mejor método para interpretar un topónimo, nos decantamos por el método comparativo tras un verdadero acercamiento al topónimo. Verbigracia, en Guadalajara existe el pueblo de El Ordial, si alguien va allí descubre un pueblo casi deshabitado pero con una vega cerealista productiva, dato que además puede constatarse en obras como la de Madoz. Nombres similares aparecen en Asturias, Castilla y León, y todos los toponomistas los relacionan con el latín hordeum, ‘cebada’. De este modo, podemos concluir que también El Ordial guadalajareño tiene que ver en cuanto a su alusión con esta contingencia; la duda estriba en saber si este pueblo surgió como referencia directa a la bondad de sus campos o se trata de un nombre transplantado, recordando la procedencia asturiana de sus repobladores. Por ello, constantemente aparecerán relaciones entre los topónimos de Guadalajara y otros de la península ibérica.

Por tanto, podemos concluir que la toponimia constituye un fiel reflejo de las realidades del territorio, de las interrelaciones entre los aspectos físicos y humanos del mismo y de sus transformaciones habidas a lo largo del tiempo, derivadas del asentamiento de sucesivos pueblos sobre un mismo territorio.

También cabría establecer una relación entre los nombres y el territorio, que quedaría materializada en dos niveles según Tort (2000, 2): por un lado, el sentido común cuando aludimos a nombres que se refieren de un modo genérico al espacio, es decir, a nombres sin individualizarlos (un valle, una montaña, un río...), y por otro, el sentido propio si nos referimos a nombres que individualizan el espacio (valle de los Almendros, por ejemplo).

A la hora de clasificar a los topónimos según el momento en que se impusieron, es necesario señalar que para este apartado únicamente tendremos en cuenta la primera parte del topónimo, ya que la segunda surgió por diferentes causas (de este modo, en una denominación como Humanes de Mohernando, solo situaremos en su época a Humanes.) Sin embargo, hemos de tener en cuenta la opinión de Miranda (1985: 75) sobre el hecho de que «en el terreno de la cronología, no pueden establecerse apenas afirmaciones de carácter general. Lo único que se podría decir es que, teniendo en cuenta el origen de los topónimos, ninguno de ellos pudo imponerse en épocas anteriores a aquella durante la cual el pueblo que hablaba la correspondiente lengua, penetró en la península».

Del año 3200 al 200 antes de Jesucristo, tenemos la época denominada Neolítico puro o reciente español. Los hombres que se asentaron sobre este territorio debieron de proceder de las zonas costeras. De Almería llegaron hasta Levante y desde aquí, siguiendo los pasos naturales, se extendieron hacia el centro: provincias de Guadalajara, Cuenca y Madrid. Eran ya agricultores, fabricaban una cerámica de barro oscuro.

Respecto a la Edad del Bronce, observamos que en España se produce un período de apogeo, en el que la cultura ibero-sahariana de los agricultores y metalúrgicos asimila todos los elementos anteriores. Afirman Ballesteros y Murillo (1985: 43) que, en torno al año 1700 a. C., se comenzó a producir una agricultura rica y una ganadería floreciente junto a una activa metalurgia, que era una manifestación clara de superior cultura. En la Edad del Hierro, los celtas traen la cultura de los castros. Su industria metalúrgica llegó a ser asombrosa por su técnica, caracterizándose su organización social y económica por el desarrollo de la actividad pastoril, ganadera y agrícola. En este momento se desplazaron hacia la península ibérica, con sus ganados, grupos de gentes procedentes del centro de Europa, como se puede atestiguar por los restos arqueológicos y cuevas halladas en Castilla (Ávila, Soria, Madrid, Guadalajara y Cuenca). En aquel momento, los pueblos que habitaban la provincia de Guadalajara son: Carpetanos (ocupan la parte más rica de la provincia de Guadalajara, su ciudad más importante era Arriaca), Arevacos (se dedicaban a las actividades agrícolas y ganaderas, su principal enclave es Segontia), Olcades (pueblo rico en cereales y muy luchador, como lo demostró en la resistencia que opuso a los cartagineses, aquí destaca Althía, denominación que podría corresponder a la actual Sacedón) y Lusones (situados alrededor del nacimiento del Tajo, era el pueblo más luchador dentro de aquellos territorios. Es relevante el poblado de Molina de Aragón. Dentro de su territorio se hallaban los Bellos y los Tittos).

Consideramos prerromanos aquellos topónimos que, procedentes de una lengua prerromana, se impusieron antes de la venida de las tropas romanas. Apunta Echevarría (1996: 860) que la investigación sobre toponimia prerromana es bastante precaria, no asegurándose conocimientos definitivos, así es que esta toponimia se sitúa en un acervo onomástico que resulta opaco al usuario y difícil al investigador. En este punto dividiremos entre los de origen vasco (Anguita, Anguix, Aranzueque, Arbeteta, Iriépal, Irueste?, Ledanca, Loranca y Selas), celta (Alocén, Arandilla, Atance, Atienza, Carabias, Chiloeches, Condemios (2) Luzón, Luzaga, Medranda, Quer y Sigüenza) y los prerromanos en general, que serán aquellos nombres que los lingüistas o historiadores han calificado como anteriores a la invasión romana, pero sin ser adscritos a una lengua en concreto (Albolleque, Alustante, Angón, Balbacil, La Barbolla, Barbatona, Durón, Gárgoles (2), Guisema, Labros, Luliana, Malacuera, La Mierla, Palancares, Tamajón, Traid, Utande, Yebra, Yela, Yélamos (2) y Yebra).

Dice Caro Baroja (1984: 147) que los romanos, al someter a los pueblos del norte de España, procuraron que abandonaran los asentamientos en lugares altos más o menos fortificados donde tenían costumbre de vivir, y que bajaran a los llanos, en donde se les podía vigilar mejor y en los que podían dedicarse a formas de explotación de la tierra más productivas.

Llegan los romanos a la península hacia el año 218 a. C., comenzando sus disputas con los cartagineses, en lo que se ha llamado segunda guerra púnica. A raíz de estos enfrentamientos, la mayor parte del sur peninsular y de la zona costera del este pasaron a depender de Roma. Salinas de Frías (1986: 12) afirma que a partir del 179 a. C., año en que Graco atacó la celtiberia, se vivió un nuevo orden pues, una vez vencidos los celtibéricos, procedió a repartir las tierras entre los habitantes que nada tenían. Las guerras se suceden hasta que, en el año 19 a. C., tras la pacificación de Cantabria, se establece un nuevo orden en la península, donde el proceso militar deja paso a la romanización propiamente dicha, que afecta a la vida económica, social e, incluso, a la cultural.

En cuanto a la conquista romana, respecto a lo que hoy comprende esta provincia, podemos señalar que hasta el año 154 a. C. los romanos habían conquistado una franja estratégica de terreno. Se apoderaron del terreno que queda a la izquierda de la vía Emérita-Caesaraugusta y, a partir del año 29 a. C., todo lo que hoy es Guadalajara era de dominio romano.

Las primeras noticias sobre la presencia de tropas romanas en Guadalajara corresponden al año 195 a. C., año en el que un gran ejército al mando del cónsul M. Porcio Catón recorrió gran parte de la península ibérica. Así, Catón llegó a Segontia (Sigüenza), que era un almacén de víveres de los celtíberos, pero el cónsul romano hubo de replegarse al valle del Ebro.

Pese a que, para los romanos, la ciudad era el centro administrativo, a juicio de Pavón (1984: 9 y 11) la forma de asentamiento romana era la villa como forma de poblamiento rural en función de la explotación agrícola del terreno: «En la provincia de Guadalajara, las grandes zonas cerealistas de la cabecera del Tajuña y Campiña del Henares, junto con los valles interiores de la Alcarria y la zona de contacto con Soria, atrajeron un tipo de población rural de tipo agrario, establecido en “villae”. La villa es un reducido conjunto habitado enclavado junto a zonas de cultivo, que se puede considerar autosuficiente, por cuanto que por su estructura y sus fines producía todo lo necesario para su mantenimiento» (Pavón, 1984: 11).

Después de las ciudades, se hicieron al modo de vida romano las zonas rurales, ya que había un fuerte movimiento de población a causa de la economía: explotaciones mineras que se hallaban en el interior, los destacamentos militares, y el hecho de que algunos terratenientes establecieron sus villas en el interior. Dice Chapot (1927: 5) que «la vida tierra adentro es más estable; con la agricultura se gana menos, pero con más seguridad que con el comercio, y, por otra parte, la vista del mar embaucador alimentaría en ellos recuerdos tristes y peligrosas esperanzas».

El paso de las lenguas prerromanas al latín fue paulatino, y durante un largo período hubo un proceso de bilingüismo. Aquí incluimos los nombres relacionados con la lengua latina, y que se impusieron en la época de la dominación romana. Los romanos remarcaron, a través de la toponimia, la ligazón entre hombre y suelo, siempre partiendo de la casa como elemento de mediación. Nombres de lugar: El Casar, Estriégana, Gualda, Illana, Palazuelos, Tierzo y Terzaga.

Los visigodos dominaron la península desde el año 409 d. C. al 711, fecha de la invasión beréber. Las emigraciones germánicas hacia España se venían produciendo de forma pacífica desde el siglo i, suevos, vándalos y alanos vagaban por la península. El choque entre germanos y romanos no fue muy violento dado que el pueblo bárbaro, en contacto con el Imperio, conocía la civilización y cultura de este y era consciente de su inferior grado de desarrollo. Los germanos no trataron de imponer sus costumbres, sino que procuraron adaptarse a la de los pueblos invadidos. Los pueblos bárbaros carecían de fuerza numérica y cultural para desplazar a una lengua, la latina, que los germanos encontraron formada como fuerte administración, la romana, del Derecho y de la Iglesia católica.

En el año 429, la gran mayoría de Guadalajara estaba ya poblada por los visigodos. Como bien apunta Orlandis (1977: 98) en el año 578, momento cenital del califato, Leovigildo mandó construir una gran empresa pacífica en el corazón de la Celtiberia, Recópolis, en honor de su hijo Recaredo (así el significado del topónimo Recóopolis es el de ‘ciudad de Recaredo’); aunque Pardo y Vázquez (1992: 22) proponen el que este nombre provenga de recco y cix, donde el celta ric se relaciona con el alemán reik, forma que, latinizada, da ‘ricos’, equivaliendo a ‘real’. Así, Recóopolis sería ‘ciudad del rey’.

En la alta meseta castellana se han encontrado pizarras visigóticas, claro ejemplo de una economía cerealista, aunque algunas se refieren a los rebaños y a sus productos.

La toponimia de origen germánico, que es escasamente significativa, es dudosa y la mayoría está constituida por nombres de personas que se refieren a los repobladores o señores de villas. Algunos de estos nombres proceden de la Reconquista y la repoblación cristiana y no tienen que ver con los germanos (siglos v y vi). Ejemplo en Guadalajara: Escariche, donde podría vislumbrarse la base germana -esc, ‘roble’.

Afirma Mantran (1982: 70) que la conquista musulmana se vio facilitada en gran manera por la debilidad de la monarquía visigoda. Los primeros intentos de conquista árabe en la península, que fueron rechazados, se realizaron hacia el 680. La conquista árabe de la península, como tal, comienza en julio de 711, cuando Tarik se enfrentó a los guerreros del rey visigodo Rodrigo a orillas de las marismas del Janda, en la desembocadura del río Barbate.

Un primer acercamiento a las fuentes escritas desde la conquista musulmana demuestra que la provincia de Guadalajara constituyó un importante asentamiento beréber: algunos grupos vinculados a las tropas de Tarik B. Ziyad se instalaron en la kura de Santabariyya (Santaver). La presencia beréber llegó a ser tan preponderante que a la frontera entre Guadalajara y Medinaceli se le llamó Tagr Banu Salim, ‘frontera de los Banu Salim’, a partir de uno de sus principales clanes (Fernández Ugalde, 2001: 156).

Dentro de la dominación árabe, en lo que hoy conocemos como provincia de Guadalajara se produjeron distintas situaciones: a comienzos del siglo x todo el territorio se encontraba bajo el control del califato de Córdoba, en 1035 se encuadraba dentro del reino taifa de Toledo y en 1085 nuestra provincia estaba dividida en dos: la zona de Molina de Aragón, que pertenecía al reino taifa de Zaragoza, y el resto del territorio provincial, al reino de Castilla y León.

Al basarse la economía árabe en la agricultura y en la ganadería, es de suponer la importancia de este territorio para los musulmanes; la principal innovación económica que aportaron fue el comercio, durante el siglo ix.

Como dice Baldinger (1972: 75), la discrepancia lingüística entre lo arábigo y lo románico por esa enemistad continua, la situación histórica de lo mozárabe y la Reconquista, hicieron que el influjo árabe no modificara el romance de forma muy decisiva.

La primera derrota militar árabe de cierta importancia tuvo lugar en Poitiers en el año 732. Pero Watt y Cachia (1981: 97) consideran que el derrumbamiento beréber se produjo por los «particularismos» tanto locales como raciales. Las dificultades de comunicación fomentaban el que cada región quisiera poseer una unidad política independiente.

Muchas de las denominaciones procedentes del árabe comienzan por Al, otras derivan de antropónimos, pero la mayoría remiten a campos léxicos de la vida cotidiana de los árabes: términos guerreros, arbustos, formas de regadío. Denominaciones: Alarilla, Albalate, Albendiego, Alboreca, Alcocer, Alcolea (2), Alcuneza, Algar, Algarga, Algora, Alhóndiga, Alique, Almalla, Almoguera, Almonacid, Alovera, Armuña, Azañón, Azuqueca Bujalaro, Bujarrabal, Galve, Guadalajara, Jadraque, Maluque, Mazarete, Pálmaces. En los topónimos romances compuestos por dos lexemas procedentes del árabe, como subraya Terés (1986: 237), si el nuevo étimo es un sustantivo acompañado de un adjetivo calificativo «podemos observar la ausencia del artículo -al determinativo del primer elemento, artículo que es preceptivo en puro árabe, pero que en árabe hispánico dialectal no solía emplearse, como está comprobado en otros muchos casos de estructura análoga. Tales resultados responden, pues, a la construcción propia del árabe andalusí, construcción que a veces se refleja incluso en los textos de árabe literal en que dichos nombres se insertan».

Para explicar la importancia de los mozárabes, vamos a guiarnos por Menéndez Pidal (1986: 415-434), quien distingue tres etapas:

– El primer período dura hasta el año 932, es una época de rebeldía y heroísmo. Toledo empezó sus sublevaciones a finales del siglo viii, y con la protección del rey leonés Ordoño I (850-866) consiguió constituirse en un Estado; repuebla las zonas de León, Astorga y El Bierzo, y se organiza militarmente a base de castillos la zona oriental, naciendo así Castilla. En un clima de exaltación de los mozárabes, la guerra toma tintes religiosos y en el 839 hay preocupación en el clero andaluz por mantener la unidad religiosa frente a los herejes. Aunque se emplea en gran medida el árabe, el latín no se pierde, utilizándose la variante hispanolatina.

– Desde el 932 hasta el 1099, es una etapa de postramiento de los mozárabes, en la que se duda de que se hablara romance. La muerte de Almanzor trajo consigo la decadencia musulmana de los reinos de Taifas.

– Época de emigración y descenso de la población mozárabe por el advenimiento de dos tribus africanas: almorávides (1099) y almohades (1146). Es el período de los segundos reinos de taifas. Los almorávides detuvieron la Reconquista del norte y persiguieron a los españoles del sur. Tras el levantamiento fallido de Alfonso I en Granada (1126), muchos mozárabes fueron exilados a Marruecos. A comienzos del siglo xii, las ciudades reconquistadas contaban con poca población mozárabe. La Batalla del Río Salado (1430), en la que se enfrentaron cristianos y mozárabes, supuso el empobrecimiento general de la península. El romance mozárabe conservaba valor social y cultural.

Por lo que respecta a nuestra provincia, diremos que varios poblados, tanto en la zona que pertenecía al reino de Toledo como en la Seguntina, estaban compuestos de habitantes mozárabes, y es que, como dice Izquierdo (1985: 49): «Existían grupos mozárabes que se incrementaron con los que llegaron del sur, como, por ejemplo, el grupo que pobló Zorita en el siglo xii». Todo ello se verá reflejado en el estudio de los nombres de lugar que sigue a continuación.

Afirma Martínez Ruiz (1988: 117) que hay en la zona de Castilla-La Mancha un gran número de nombres de lugar mozárabes, debido a «la existencia de un apreciable grupo mozárabe, conocedor del medio físico, con un bilingüismo que se manifiesta en sus relaciones sociales y en la designación de los topónimos». Los principales caracteres que este grupo dejó en la toponimia son: pérdida de -o final (Murello > Muriel), el sufijo -occu se convierte en -ueque (Trijueque), nombres iniciados con Y- (Yela), plurales femeninos en -es. Topónimos: Almadrones, Archilla, Benelique, Berrinches, Castilblanco, Castilforte, Castilnuevo, Clares, Chera, Chillarón, Cobeta, Concha, Henche, Horche, Huérmeces, Jirueque, Jodra, Mochales, Muriel, Pioz, Sienes, Tobes, Turmiel, Villel y Yunquera.

El último capítulo que vamos a considerar es el de «Reconquista y repoblación». Durante los siglos ix y x, dos civilizaciones coexisten en la península ibérica. Aunque desde el siglo viii hasta el xi la hegemonía musulmana es absoluta, ya en el ix las revueltas antiomeyas en los reinados sucesores a Abd al-Rahmán I favorecían la política repobladora de los cristianos. La verdadera reconquista empieza después de la muerte de Almanzor (1002) y llega hasta las últimas conquistas de Andalucía en el siglo xiii.

La zona centro peninsular fue durante el siglo xii un territorio de frontera, sometido a numerosas alternativas, ataques cristianos y contraataques musulmanes. De este modo, y como hizo Alfonso VI, la repoblación debía apoyarse en los núcleos de población que eran importantes dentro de al-Andalus: Guadalajara, Atienza, Medinaceli y, en menor medida, Sigüenza.

Afirman Nieto, Alegre y Embid (1991: 21) que la primera etapa de repoblación de estas tierras debía coincidir con la toma de Toledo en el año 1085, pero diversas razones, como el poblar en tan solo un cuarto de siglo la zona comprendida entre el Duero y el Tajo y las continuas batallas entre árabes y cristianos, hicieron que se desestimase la empresa en este momento.

Prosiguen diciendo Nieto, Alegre y Embid que, una vez desaparecida la presura, sistema de población dominante en la zona del Duero, consistente en la libre ocupación por un pequeño grupo o persona individual de las tierras yermas y abandonadas, los municipios, entidades orgánicas tanto en lo político como en lo administrativo, comenzarán la repoblación concejil, centrándose en la empobrecida Atienza, tras el paso de Almanzor, y que se convierte en la cabeza de un gran alfoz que llegaba hasta el Tajo, donde existían campos aptos para la ganadería y el cultivo que se complementaban con la existencia de salinas en Imón, Santamera y Olmeda.

Hasta mediados del siglo xii, la labor repobladora se desarrolló por Medinaceli, Sigüenza y Molina (gracias a los Lara) en la campiña del Henares (Hita, Beleña, Uceda, Talamanca y Guadalajara) y en las tierras del Tajo desde Zorita hasta Oreja. En la segunda mitad del siglo xii desarrollan una gran labor, tanto los monasterios, regidos por cluniacenses principalmente, como por las órdenes militares.

La toponimia de la Reconquista y la repoblación es la que se fijó cuando los castellanos arrebataban estas tierras a los musulmanes, y posteriormente al ser repobladas estas tierras reconquistadas.

Así, tenemos denominaciones de ascendencia:

– Prerromana, y es que los reconquistadores o repobladores recordarían, a la hora de nombrar un poblado, su lugar de origen.

a) vascos: Arbeteta, Moranchel, Ures y Usanos.

b) celtas: Arandilla, Brihuega, Nava de Jadraque y Querencia.

c) fenicio-púnicos: Málaga y Malaguilla.

d) prerromanos en general: Ablanque, Argecilla, Arbancón, La Bodera, Bustares, Maranchón, La Miñosa y Orea.

– Romana, referentes a la lengua latina, pero que no habían pasado al lenguaje común castellano: Aguilar, Auñón, Congostrina, Córcoles, Embid, Gárgoles (2), Guijosa, Iniéstola, Millana, Molina, Trijueque, Uceda y Viana (2).

– Árabe, nombres derivados del árabe, a los que se les ha unido un sufijo u otro elemento que no era propio de esa lengua: Acequilla, Adobes, Alboreca, Algora, Almiruete, Arbeteta, Armalla, Armallones, Armuña, Atanzón, Aldehuela, Baides, Madrigal, Marchamalo, Megina y Zorita.

– Romances, nombres que componen más de la mitad de las designaciones; se trata de étimos que, aun proviniendo de diversas lenguas, principalmente del latín, el hablante castellano los adapta a su lengua y los emplea para designar lugares, denominación tomada de Llorente Maldonado (1972: 298) y Hernández Carrasco (1978: 9): Alaminos, Albares, Aleas, Alcoroches, Amayas, Anchuela, Anquela (2), Aragosa, Balconete, Baños, Bañuelos, Bocígano, Budia, Buenafuente, Cabanillas, La Cabrera, Campillejo, Campillo (2), Campisábalos, Canales (2), Canredondo, Cantalojas, Cañamares, Cañizar, Cañizares, Cardeñosa, El Cardoso, Carrascosa (2), Casa, Casas, Casasana, Casillas, Caspueñas, Castejón, Castellar, Castellote, Castilblanco, Caltilforte, Castilmimbre, Castilnuevo, Cendejas (3), Centenera, Cercadillo, Cereceda, Cerezo, Checa, Chera, Cifuentes, Cillas, Cincovillas, Ciruelas, Ciruelos, Codes, Cogollor, Cogolludo, Colmenar, Concha, Corduente, Corralejo, Cortes, Cubillas, Cubillejo (2), El Cubillo, Cuevas (2), Driebes, Escalera, Escamilla, Escopete, Espinar, Espinosa, Esplegares, Fraguas (2), Fontanar, Fuembellida, Fuencemillán, Fuensaviñán, Fuentelahiguera, Fuentelencina, Fuentelsaz, Fuentelviejo, Fuentenovilla, Fuentes Galápagos, Heras, Heros, Herrería, Hiendelaencina, Hijes, Hinojosa, Hita, Hontanillas, Hontoba, Horna, Hortezuela, Huerce, Huertahernando, Huertapelayo, Huetos, Hueva, Humanes, Imón, Las Inviernas, Lebrancón, La Loma, Mandayona, Mantiel, Masegoso, Matallana, Matarrubia, Matas, Matillas, Mazuecos, Membrillera, Mesones, Miedes, Milmarcos, Mirabueno, Mohernando, Monasterio, Montarrón, Moratilla (2), Muduex, Morenilla, Navas de Jadraque, Negredo, Novella, Ocentejo, El Olivar, Olmeda (3), Olmedillas, El Ordial, Oter, Otilla, Padilla (2), Pajares, Pastrana, Pardos, Paredes, Pedregal, Pelegrina, Peralejos, Picazo, Pinilla (2), Piqueras, Pobeda, Pobo, Pozancos, Pozo (2), Prádena, Pradilla, Prados, Puebla (2), La Puerta, Rebollosa, Recuenco, Renales, Renera, Retiendas, Riba (2), Ribarredonda, Rienda, Rillo, Riofrío, Riosalido, Robledarcas, Robledillo, Robledo, Roblelacasa, Robleluengo, Romerosa, Rueda, Rugilla, Sacecorbo, Sacedón, Saelices, Salmerón, San Andrés (2), Santamera, Santiuste, Santotis, Saúca, Sayatón, Semillas, Setiles, Solanillos, Somolinos, Sopetrán, El Sotillo, El Soto, Sotoca, Sotodosos, Tabladillo, Tamajón, Taracena, Taragudo, Taravilla, Tartanedo, Tendilla, Teroleja, Terzaguilla, Terraza, Toba, Tobillos, Tomellosa, Tordelpalo, Tordelrábano, Tordellego, Tordelloso, Tordesilos, Torete, Torija, Tórtola, Tortonda, Tortuera, Tortuero, Torre (2), Torrebeleña, Torrecilla (2), Torrecuadrada (2), Torrecuadradilla, Torrejón, Torremocha (3), Torremochuela, Torresaviñán, Torronteras, Torrubia, Trillo, Umbralejo, El Vado, Val de San García, Valbueno, Valdarachas, Valdealmendras, Valdeancheta, Valdearenas, Valdeavellano, Valdeaveruelo, Valdeconcha, Valdegrudas, Valdelagua, Valdelcubo, Valdenoches, Valdenuño, Valdepeñas, Valdepinillos, Valderrebollo, Valdelsaz, Valdesotos, Valfermoso (2), Valhermoso, Valsalobre, Valtablado, Valverde, Veguillas, Ventosa, Villacadima, Villacorza, Villaescusa, Villanueva (3), Villar, Villarejo, Villares, Villaseca, Villaverde, Villaviciosa, Viñuelas, La Yunta y Zarzuela (2).

En la toponimia de Guadalajara también aparecen «topónimos híbridos», aquellos nombres de lugar que están compuestos por dos palabras de distinta lengua: Alcohete, Alcorlo, Alcoroches, Aldeanueva (2), Aldehuela, Almonacid, Alpedrete, Barriopedro, Bujalcayado, Laranueva, Mojares, Mondéjar, Navalpotro, Peñalba, Peñalver, Peralveche y Zaorejas.

Un pequeño número de nombres se refieren a los repobladores del lugar o a las características de los moradores de ese lugar: Aragoncillo, Gascueña, Hombrados, Málaga, Malaguilla, Naharros, Romancos, Romanillos y Romanones.

También hemos hallado dentro del ámbito provincial una serie de poblaciones que, con posterioridad a la época de repoblación, han modificado sus nombres. Tal vez este hecho sucedió para diferenciar algunos topónimos entre sí: Anchuela del Pedregal sustituye a Torre de Anchuela en 1469, Arroyo de las Fraguas reemplaza a De las Fraguas en un momento situado entre el siglo xvi y 1850, Majaelrayo a Majadas Viejas, Miralrío a Cornudiella, y Santa María del Espino a Rata, a finales del siglo xv se documenta Sierra de Ranas, lugar que modificaría su nombre hacia Campillo de Ranas. Caso aparte lo constituye el topónimo Alovera, que en el siglo xiv se denominaba Alovera, desde finales del xvi hasta por lo menos 1850 se llamó Villanueva de Alovera, pero en el siglo xx se restituyó el antiguo nombre Alovera.

Además, hay topónimos de reciente creación: «La complejidad de la cultura moderna y la transformación de las condiciones sociales, históricas y geográficas hacen difícil controlar las causas del nacimiento de muchos nombres» (Terrado, 2000: 109). Estos se crean a partir de siglas, a partir de nombres exóticos, casi siempre ajenos al espíritu de la lengua. En este apartado vamos a reunir topónimos nacidos en el presente siglo, que se pueden dividir en:

a) Poblados que recuperan un nombre anterior: Salto de Bolarque, rescatando la antigua denominación de Balaric (1156) (Pareja, 1921: 114). También el polígono industrial de Miralcampo recupera el nombre del caserío de Miralcampo, reseñado en Madoz (1987 I: 216), que existía dentro de la jurisdicción de Azuqueca de Henares.

b) Lugares que se crean con una función específica: Poblado Central Nuclear, para dar servicio a ese lugar. También podríamos incluir aquí al acrónimo Riotovi del Valle (denominación formada por las iniciales de Riosalido, Torre de Valdealmendras y Villacorza), lugar que se pretendía formar hacia 1960 con la unión de los tres pueblos mencionados, pero que no se ha llevado a cabo. Un caso similar en el tiempo fue Secarro, formado a partir de Semillas, Cabezadas y Robredarcas.

c) Nombres correspondientes, principalmente, a urbanizaciones que nacen por motivos comerciales: si están cerca de un embalse (Las Anclas, Pantano de El Vado, Peñalagos), si se encuentran en el campo (El Clavín, Las Dehesas, Mirador de Hontoba, Paraíso, Parque de las Castillas, Sotolargo), si se hallan junto a una montaña (Monterrebollo, Monteumbría, Nueva Sierra de Madrid) y los que nos recuerdan a personajes históricos (Mirador del Cid, La Beltraneja).

Hay una serie de topónimos que, aunque situados en un determinado tiempo o con un significado más o menos claro, puede decirse de ellos que su clasificación ofrece diversos problemas. Sin embargo, hay probabilidades de adscribirlos a un campo concreto, salvo el caso de Cabida, cuya explicación es dudosa.

Diversas son las clasificaciones que se han realizado sobre la significación de los topónimos; nosotros vamos a seguir la de García de Diego (1959, n.º 1: 129-135), adaptándola a los límites de este trabajo.

En primer lugar, están las razones verdaderas del topónimo, donde el significado real del topónimo sirve de asidero para la casuística toponímica:

En cuanto al apartado del hombre y sus actividades distinguimos entre antroponimia, y es que a la hora de nombrar un terreno con el nombre del poseedor, destaca la onomástica personal latina y la de época medieval, donde muchas de las villas nacidas en la época de Reconquista toman el nombre de su dueño feudal o fundador: Alocén, Atance, Barriopedro, Bocígano, Bujalaro, Fuensaviñán, Fuencemillán, Galve, Huertahernando, Huertapelayo, Illana, Lupiana, Millana, Mohernando, Taracena, Torresaviñán, Valdenuño Fernández, y la de grupos humanos: Aragoncillo, Gascueña, Hombrados, Málaga, Malaguilla, Naharros, Romancos, Romanillos, Romanones.

En el apartado de metáforas humanas diferenciamos entre las referidas al cuerpo humano (Codes, Sienes, Tobillos), a lugares de reposo (Mesones, Alhóndiga), a percepciones sensibles (Anchuela (2), Anquela (2), Mirabueno, Miralrío, Razbona), al predominio de lo blanco (Argecilla, Baides, Condemios (2), Peñalba, Peñalver, Zorita), o a otros colores (Negredo, Valverde, Villaverde), a referencias degustativas (Valsalobre), a actividades psíquicas y estéticas (Checa, Escamilla, Novella, Valfermoso (2), Valhermoso, Villacadima), a cobijos (Cabanillas, Tendilla), a la recolección (Gárgoles (2), El Ordial, Salmerón, Semillas), al lugar de recolección (Cillas, Chillarón, Pajares, Tordesilos), a las labores agrícolas (Cabida, Lebrancón, Loranca), a la higiene (Baños, Bañuelos, Gualda), al establecimiento industrial (Atanzón, Azañón, Azuqueca, Fraguas, Herrería, Horna, Somolinos), a las labores de administración (Cendejas (3), Maluque, Escariche, Jadraque), a la arquitectura (Adobes), a castillos y defensas (Albares, Alcolea (2), Almiruete, Balconete, Brihuega, Bujalaro, Bujalcayado, Bujarrabal, Castejón, Castellar, Castellote, Castilblanco, Castilforte, Castilmimbre, Castilnuevo, Cívica, Cobeta, Cubillas, Cubillejo (2), Cubillo, Embid, Establés, Mirabueno, Miralrío, Mazarete, Morillejo, Muriel, Palazuelos, Paredes, Riba (2), Ribarredonda, Sigüenza, Taracena, Taragudo, Taravilla, Tartanedo, Teroleja, Terraza, Tordelpalo, Tordelrábano, Tordellego, Tordelloso, Tordesilos, Torete, Torija, Tórtola, Tortonda, Tortuera, Tortuero, Torre (2), Torrebeleña, Torrecilla (2), Torrecuadrada (2), Torrecuadradilla, Torrejón, Torremocha (3), Torremochuela, Torresaviñán, Torrubia, Trillo, Turmiel, Valdelcubo, Zaorejas), a la distancia entre poblaciones o ubicación concreta de la población (Milmarcos, Terzaga, Terzaguilla, Tierzo), a la diferencia de altura (Alcoroches, Condemios de Arriba, Condemios de Abajo, Gárgoles de Arriba, Gárgoles de Abajo, Yélamos de Arriba, Yélamos de Abajo) y a alusiones poéticas (Fuembellida, Mirabueno, Miralrío, Villaviciosa).

Un grupo significativo es el de las clases de poblamiento. Para Morala (1984: 145), las edificaciones que estaban alejadas del núcleo urbano y situadas en el campo servían como punto de referencia de comunicación. La referencia a las villas (Alique, Cincovillas, Villacadima, Villacorza, Villaescusa, Villanueva (3), Villar, Villarejo, Villares, Villaseca, Villaverde, Villaviciosa, Villel), a aldeas (Aldeanueva (2), Aldehuela), a barrios (Alarilla, Azuqueca?, Barriopedro, Bujarrabal, Laranueva), a casas (Algora, Casa, El Casar, Casas, Casasana, Casillas), a ciudades (Cívica, Henche, Megina, Sayatón, Yebes, Yebra), a las pueblas (Puebla de Beleña, Puebla de Valles), a palacios (Alcocer, Palazuelos) y a heredades (Jadraque).

La naturaleza está reflejada en la altura (Alcorlo, Aleas, Berninches, Carabias, Cogollor, Cogolludo, Copernal, Galápagos, Gárgoles (2), Huetos, Ledanca, La Loma, Mandayona, Mantiel, Matallana, Matarrubia, Matas, Matillas, Mazuecos, La Miñosa, Mochales, Mohernando, Mojares, Mondéjar, Molina, Orea, Oter, Otilla, Piqueras, Utande), en las hondonadas (Hueva), en las cuevas (Algar, Almoguera, Cuevas (2), Pálmaces), en las tierras bajas (Nava (2), Navalpotro), en las llanuras (Heras, Prados Redondos, Pradilla, Prádena), en los peñascales (Berninches, Canredondo, Carabias, Chera, Peñalba, Peñalver, Peñalén, Quer, Querencia, Rugilla, Sopetrán, Sotoca, Valdepeñas), en la calidad del terreno (Alpedroches, Arbancón, Bocígano, Caspueñas, Corduente, Guijosa, Hijes, Malacuera, Pedregal, Peralejos, Peralveche, Pinilla (2), La Toba, Tobes, Ujados), a la situación (Aragosa, Arbancón, Arbeteta, Cortes, Iriépal, Irueste, Jirueque, Malacuera, Málaga, Malaguilla, Maluque, Recuenco, Solanillos, Ventosa, Yebra), a la forma del terreno (Escalera), a los límites (Alcohete, Alcoroches, Amaya, Arandilla, Hita, Maranchón, Medranda, Sienes, Zorita?), a los cantos (Cantalojas), a los valles (Val de San García, Valbueno, Valdarachas, Valdealmendras, Valdeancheta, Valdearenas, Valdeavellano, Valdeaveruelo, Valdeconcha, Valdegrudas, Valdelagua, Valdelcubo, Valdenoches, Valdenuño, Valdepeñas, Valdepinillos, Valderrebollo, Valdelsaz, Valdesotos, Valfermoso (2), Valhermoso, Valsalobre, Valtablado, Valverde), a los vados (El Vado, Budia, Driebes), a las vegas (Veguillas), a los pasos (Albendiego, Angón, Congostrina, Labros, La Mierla, Ocentejo, La Puerta, Valdeconcha), a las clases de tierra (Loranca, Montarrón, Morenilla, Pardos), a las vías de comunicación (Albalate, Concha, Estriégana, Rueda de la Sierra, Viana (2)), a los huertos (Armuña, Hortezuela, Huerce, Huertahernando, Huertapelayo, Pareja, Tabladillo, Ujados, Valtablado), a los pastos (Aleas, Anguita, Anguix, Bustares, Campillejo, Campillo (3), Campisábalos, Canredondo, Heras, Los Heros, Humanes, Las Inviernas, Jadraque, Majaelrayo, Marchamalo, Moranchel, Motos, Pastrana, Selas, Setiles, Sotillo, Soto, Usanos, Yela, Yelamos (2)), a los arbustos y plantas (Abánades, Alcorlo, Alcoroches, Algarga, Aranzueque, Archilla, Budia, El Cardoso, Codes, Córcoles, Corduente, Escopete, Esplegares, Hinojosa, Iniéstola, Masegoso, Tamajón, Tomellosa, Tordellego, Tordelloso, Uceda, Viñuelas, Zarzuela (2)), a los árboles (Alaminos, Alovera, Arbeteta, Fuentelahiguera, Fuentelencina, Fuentelsaz, Galápagos, Garbajosa, Hiendelaencina, Hijes, Negredo, El Olivar, Peralejos, Pobo, Robledarcas, Robledillo, Roblelacasa, Robleluengo, Sacecorbo, Sacedón, Salmerón, Saúca, Sayatón?, Ujados, Valdeavellano, Valdenoches, Valdepinillos, Valderrebollo, Valdesaz), a los colectivos arbóreos (Carrascosa (2), Cañamares, Cañizar, Cañizares, Cereceda, El Espinar, Espinosa, Membrillera, Pobeda, Rebollosa (2), Robledo, Olmeda (3), Olmedillas, Umbralejo, Yunquera), a los frutos (Centenera, Cerezo, Ciruelas, Ciruelos, Gárgoles (2), Tordelrábano, Trijueque, Valdealmendras) y a la ausencia de vegetación (Albolleque, Clares).

La zootoponimia, o las referencias al reino animal, se dividen en nombre del animal (Aguilar, La Cabrera, Colmenar, Mierla, Renales, Renera, Villacorza), a los pasos del ganado (Majaelrayo), los lugares donde viven los animales (Corralejo, Sotodosos), los cobijos para los pastores (Cabanillas, Tendilla) y los pastos para el ganado, a los que ya nos hemos referido.

Bajo el epígrafe de hidronimia se encuadran los nombres de ríos o cursos de agua. Esta rama de la toponimia es considerada como la parte cuyos elementos lingüísticos pueden ser explicados por las lenguas más antiguas, aquellas que corresponden a los primeros pobladores de la península ibérica. En ocasiones, el nombre del río coincide con el del lugar, o el topónimo alude al río que pasa por la localidad (Cañamares, Cifuentes, Guadalajara, Retiendas, Rillo, Riosalido), en otras se refiere a una conducción de agua (Acequilla, Almadrones, Arroyo, Canales (2)), a las orillas de los ríos (Riba (2), Ribarredonda), a las aguas estancadas (Albares, Alboreca, Almalla, Armalla, Armallones, Aragoncillo, Bochones, Imón, Pozancos, Pioz, Pozo (2)) y los relacionados con los cursos menores de agua (Abánades, Ablanque, Alcoroches, Albolleque, Almiruete, Alpedroches, Alustante, Arandilla, Argecilla, Auñón, Barbatona, Balbacil, La Barbolla, Benalaque, Bodera, Buenafuente, Carabias, Cirueches, Chiloeches, Durón, Escamilla, Fontanar, Fuembellida, Fuencemillán, Fuensaviñán, Fuentelahiguera, Fuentelencina, Fuentelsaz, Fuentelviejo, Fuentenovilla, Fuentes, Gualda, Guisema, Hiendelaencina, Hontanares, Hontoba, Hontanillas, Horna, Huérmeces, Jócar, Jodra, Labros, Madrigal, Miedes, Padilla (2), Palancares, Pardos, Paredes, Pareja, Rienda, Santamera, Sigüenza, Torronteras, Tórtola, Trillo, Traid, Ures, Valdeaveruelo, Valdelagua, Yebra, Yebes, La Yunta).

Los hagiotopónimos son aquellos nombres de santos, de construcciones, o de cosas santas convertidas en topónimos: de santos (Saelices, San Andrés (2), Santa María, Santiuste, Santotis) o lugares de devoción (Alcuneza, Almonacid, Monasterio).