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El abrigo de las pastoras en la Tierra de Buitrago (Madrid)

LEON FERNANDEZ, Marcos

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 401.

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1. Introducción

En la primavera de 1989 subíamos por vez primera a El Atazar —localidad serrana enclavada en la cima de un altozano pizarroso, hoy cubierto por las jaras, que sirve de centro a un imponente y bravío cerco de montañas— para hacer un tanteo en la tradición oral del pueblo[1], unos años antes de que las ahora «redescubiertas» sierras de Buitrago se hubieran convertido en objetivo del turismo rural o en residencia de nuevos colonos. Al poco de llegar ya estábamos en sosegada plática con un grupo de hombres de edad, a resguardo del viento áspero que suele batir el lugar. La conversación en seguida fue serpenteando por varios aspectos de la antigua vida del país, acrecentándose el interés conforme desgranaban recuerdos nuestros interlocutores. En un momento —cómo no— se trató con detalle de las cosas del vestir. Preguntando por los usos que las mujeres daban a los refajos de paño, si estilaron volver el de encima por la cabeza para resguardarse de la lluvia o el mal tiempo, contestaron en los términos siguientes:

—No, aquí no se usaba. Se usaban unas mantillas. Las mujeres...

—En Cervera sí, llevaban el refajo para...

—El zagalejo, el zagalejo. Lo llamaban el zagalejo, porque es que llevaban uno... uno para...

—Uno puesto y otro pa ropa.

—Y otro lo llevaban en el brazo. Iban las mujeres al campo...

—Le ataban a la cintura, y unas lo llevaban p’abajo y otras veces echao p’arriba [risas]. Pero mayormente llevaban uno suelto en el... no sé si lo llevaban en el brazo o si... y cuando llovía o así...

—En Cervera no llevaban la mantilla las mujeres, llevaban un sayo[2].

—El zagalejo, que llamaban.

Durante muchos años —diez, para ser exactos— mi atención esporádica sobre este testimonio se centró exclusivamente en la cobija de las mujeres de Cervera, no exclusiva de ese pueblo, claro está, y más que eso en la aparición espontánea por vez primera para mí de esas voces anticuadas (zagalejo, sayo) en aquellas incipientes encuestas de campo por tierras de Madrid. En cuanto a la mantilla local, la despaché sin miramientos, juzgando negligente que se trataba de una confusión de aquellos serranos, y aproveché su mención para tirar por otra vereda y sacar a colación las mantellinas negras de la iglesia de las que yo creía que estaban hablando, lo que dio pie a estas consideraciones:

—Mu fuerte, sí. Era de ir a misa, no la usaban más que pa...

—Antes las mujeres pa ir a misa todas llevaban un pañuelo o una cosa. ¡Ahora van esmonterás todas, como unas sinvergüenzas!

—Una mantilla, una mantilla así, larga.

Con la airada protesta por el descoco del día en los oficios religiosos, quedó la mantilla de El Atazar doblada y guardada en el arca de los recatos de la misa, hasta que en otoño de 1999 acudí a Berzosa del Lozoya para dar una charla sobre indumentaria tradicional en la Sierra Norte, de la que algo más —poco aún— sabía por entonces. En aquellos años, la comarca ya contaba con un renovado vecindario de jóvenes que se instalaban en aquellos pueblos huyendo de la gran ciudad, la mayoría de ellos sin relación familiar con la población local, deseosos de conocer la historia y cultura, ya en irreversible abandono, de las comunidades en que fijaban su nueva residencia; a ellos iba en principio dirigido el encuentro. Pero también se hallaban entre el auditorio dos mujeres del pueblo «de toda la vida», las cuales supuse tendrían más que decir sobre el vestido autóctono de lo que yo pudiera haber recabado en mis visitas sucesivas. Con la reserva y circunspección propias de los serranos, escuchaban ambas atentamente cuanto relataba yo mal que bien, sin quitarles ojo de encima, temeroso como estaba de ser pillado en falta con algún dato erróneo. Cuando tocó hablar del abrigo de las mujeres, y al mencionar la costumbre —extendida por todas partes— de arroparse con los manteos, una de ellas añadió: «Aquí sí se tapaban con los refajos, pero en mi pueblo [Robledillo de la Jara] llevábamos un mantillo para ir de pastoras»; y en ese momento le cedí la palabra para que explicase con detalle en qué consistía el tal mantillo, prenda del todo nueva en mis pesquisas por la provincia, información que resultaba infinitamente más jugosa e interesante que todo lo que yo había contado hasta el momento. Inmediatamente quedó concertada una cita para registrar los valiosos saberes y vivencias que tan generosamente nos transmitió Alejandra Suárez, de lo que se trata más adelante.

Andando el tiempo, doce años después estábamos de vuelta en El Atazar disfrutando de la extraordinaria memoria de Francisca Herranz en su acogedora cocina[3], cuando volví a sacar a colación los zagalejos por si hubiese quedado allí recuerdo del término, a lo que Paca respondió sin vacilar:

¡Ah! ¡Eso era en Cervera donde se los llamaban eso! Sí, sí, decían eso. Porque nosotros, en vez del zagalejo que llamaban en Cervera, de sayal que venían a vender, que era como lo de los sayos, claro, que eran como las mantas de Valverde[4] y por ahí, pues entonces hacíamos una mantilla; con una vieja, cortábamos otra, como una capa, y así nos arropábamos. Por el cuello, arropaos, como teníamos que llevar al campo cesta... Nosotras la llamábamos mantilla.

La mantilla atazareña reclamó así el lugar diferenciado que le correspondía en el ajuar serrano, arropada por su hermano gemelo: el mantillo del Cuarto de la Jara.

2. El mantillo y la mantilla: forma y uso

Volviendo a tirar de la hebra que nos desveló aquella prenda hasta entonces desconocida, se reunieron en Berzosa del Lozoya un grupo de vecinos de diferentes pueblos[5] para conversar sobre este y otros asuntos del vestir serrano, empezando por el mantillo de marras:

—Eso lo compraban, lo llamaban... me parece que lo llamaban sayal, me parece que sí, era en color marrón. Y entonces luego lo iban recortando ellas y lo hacían a modo de una capa, que lo llamaban mantillo, para arroparsen las mujeres cuando salían por ahí; porque entonces, entonces no es como ahora, entonces las mujeres estaban en el campo igual que los hombres, claro, a lo mejor más, con el ganao, las ovejas, o cabras, lo que hubiese de ganao, a ver. Normalmente el sayal se lo compraba en Montejo [de la Sierra][6]. No lo hacían allí, es que ahí había un comerciante, era de Valdepeñas [de la Sierra], y entonces ese se dedicaba a comprarlo donde tuviesen los almacenes o esas cosas, y lo compraban para hacerlo. Luego ya ellas lo preparaban, lo hacían y se arropaban. Mi hermana lo sabe eso bien. Lo de los mantillos que hacíais vosotras para ir por ahí con las cabras, con las ovejas y esas cosas. Estamos explicando que eso, cómo los hacíais y esas cosas.

—Pues nada, lo poníamos así en una mesa, lo partíamos así al redondo, como si fuera capa... Como un redondel así. Hacíamos así... y luego así y así. Por arriba también lo hacíamos un poco de forma para... [Lo dibujo] Así, una cosa así, na más que más grande, así sí. Por arriba también, porque como nos lo poníamos así en el cuello. Hacíamos el dobladillo, por todo el borde, porque doblábamos la tela, y entonces al doblar la tela pues se hacía la forma y de abajo, y quedaba igual. No me acuerdo cuánto llevaba, porque... era de sayal.

—La oveja negra.

—No, era como sayal.

[Marcelino y Alejandra Suárez Moreno, Robledillo de la Jara]

De aquella quedó apalabrada la confección de un nuevo mantillo según lo recordaba haber cortado en su mocedad Alejandra, y al año siguiente me hice con una pieza de sayal de Pradoluengo (Burgos), el más grueso que se fabricaba entonces en los telares de aquel histórico centro pañero, para que nuestra colaboradora serrana se pusiese a la labor. Poco después lo tuvo listo para dejar impagable testimonio revivido de tan notable prenda, no sin insistir en que el paño original que ellas usaban para sus mantillos era mucho más tieso y recio que el que yo le había llevado, gajes de la modernidad; supongo que lo correcto habría sido un sayal intensamente abatanado como el que fabricaban en Valverde, impermeable a fuerza de pisón, lo que hacía que los mantillos cortados en él casi pudiesen sostenerse de pie y no precisaran siquiera de dobladillo alguno por su contorno.

Por mor de la ajustada economía serrana, no solía haber más que una de estas prendas en cada casa, que usaban indistintamente cuantas mujeres de la familia precisasen de ella; y, a pesar de lo aseverado por Alejandra en aquella primera mención al mantillo, con el mismo nombre e idéntica forma se llevó también en la inmediata Berzosa del Lozoya:

Aquí se llevaba el mantillo. Le hacían redondo, como una capa, como las capas que se ponen ahora así, que llevan algunas mujeres, que se las visten por aquí por la cabeza, solo que alante no, iba abierto, ¿sabe lo que le digo?

[Catalina del Pozo Blas, Berzosa del Lozoya]

Como bien me habían descrito, el mantillo de la Jara era una suerte de capilla semicircular a la que se le hubieran rebajado algo los extremos; ese corte recto hace que al vestirlo cubra más por la espalda que por el frente, permitiendo cierta holgura para caminar por entre las carrascas, a decir de nuestra informante [figs. 1 y 2b]. Presenta por el lado recto un corte redondo para sentarlo en el cuello, la «forma» que le hacían por arriba según Alejandra, ya que en estos dos pueblos se echaba sobre los hombros a modo de capa —como bien apuntaba Catalina—, a lo sumo tapando un poco la boca para protegerse del inclemente aire gélido de la sierra, mientras que la cabeza se abrigaba con el habitual pañuelo. Sin ningún elemento de cierre que lo atacase, el mantillo quedaba así abierto por delante sin más sujeción que la mano de la portadora, aunque algunas informaciones señalan el uso de alfileres en el escote:

Cogíamos con la mano, o un alfiler, había quien se ponía un alfiler. Sí, gordo. Unos matasuegras de esos grandes. Decíamos un matasuegras.

[Catalina del Pozo Blas, Berzosa del Lozoya]

Hace poco más de año y medio nos presentamos en El Atazar con el mantillo de Alejandra para someterlo al peritaje de madre e hija. Aun reconociendo la misma prenda en esencia, ambas aseguraron que la mantilla tenía su corte característico, distinto del mantillo que les enseñábamos, semejando su silueta de largos picos más a las mantellinas de la iglesia propiamente dichas, pero en grande. Las dos recordaban vivamente el modo de cortar la pieza rectangular de sayal para darle la forma correcta sin desperdiciar ni una hebra del paño, pues, a diferencia del mantillo, se precisa aquí del añadido de sendos picos en los extremos, los obtenidos de los cortes curvos que dan la forma de capa por el borde inferior. El lado que se echaba sobre los hombros iba igualmente rebajado para adaptarlo al cuello, aunque en este caso se trataba de una suave onda y no del cuello de capa de los mantillos; el resultado de estos cortes y costuras es un a modo de mantillón que estuviera a punto de convertirse en dengue [fig. 2c]:

—Por detrás la hacías como una capa, iba como en redondo, porque así le hacías los picos, que decíamos nosotros; los echabas, de lo que cortabas por detrás, los echabas por delante para que te quedara más larga, y así te tapaba más. Era de una pieza. Si acaso lo que quitaban de un sitio lo echaban para que el pico cayese un poquito más. Llegaba hasta algo más baja de las rodillas, depende de cómo estuviera el día y te tuvieras que arropar, porque si llovía mucho y te tapabas la cabeza pues a lo mejor te quedaba un poquito más corta, pero si no sí. Nos tapábamos, llevabas pañuelo, porque te ties que proteger del frío, porque ahora hay gorros, pero entonces no teníamos gorro, majo. Llevaba un poquito costura lo de los picos.

—Yo las he usado. Hacía la forma de capa, de capa de señor pero más pequeña. Mi madre tenía, pero creo que ya no... Yo las tenía en un saco y se me metieron los ratones.

—Mira, cortábamos la mantilla, la tendíamos así, un trozo. Llevaba costura aquí en los picos.

—Para agrandar un poquito el pico.

—Esto es, efectivamente. De lo que cortábamos el redondel así, pues entonces lo añadíamos aquí el pico; la mantilla era esto y ahora lo agrandábamos así, exactamente. Se hacía dobladillo todo alrededor.

—De este color marrón sí, que lo llamábamos sayal. Una mantilla, sí.

[Francisca Herranz Herranz y su hija Pepi Lozano Herranz, El Atazar]

También en este pueblo recuerdan que traían el sayal de Montejo, aunque en este caso era el propio comerciante quien se desplazaba vendiendo su mercancía:

—Pues al señor de Montejo se lo encargabais. Había un señor de Montejo con tienda que lo traía.

—Y de ahí de Guadalajara, de Valverde.

—Ah, porque era del tipo de las mantas de Valverde. Era una pieza de paño. De hecho yo me acuerdo todavía de cuando le decían eso: «Nos traes un corte de mantilla»; entonces supongo que era el corte, que no venía cortado, y luego ya...

—Pues te traiba metro y medio, o dos metros, no sé lo que era, lo que necesitaras para la mantilla.

—«Oye, cuando puedas pues me traes un corte de mantilla»; y se lo apuntaba, «tengo que traer pa no sé quién, pues ya os traigo».

—Venía el señor de Montejo, que no sé si lo habrán llegao a conocer, Agustín se llamaba[7].

—Él tenía tienda, entonces se le encargaba y el señor se ocupaba de comprarlo.

—A nosotros nos la traiba, era metro y medio lo que llevaba la mantilla, lo que nesecitábamos pa la mantilla, o dos metros. Él te lo traía, le encargábamos la tela y lo traía. Y es que exactamente es así, esto era lo que quitábamos de aquí del redondel, el trozo que se quitaba de aquí para que al arroparse te llegara más, vamos, que fuera más largo.

Imponente debió de ser la estampa de estas pastoras serranas cuando, como también se estiló, terciaban la rústica mantilla por un hombro. A diferencia de la Jara, aquí sí recordaban que ocasionalmente se echase la mantilla por la cabeza, sobre todo para la lluvia:

Era más bien por el hombro, pero si llovía y tenías tiempo te tapabas un poco también la cabeza, sí, y te la echabas así [fig. 3].

Tampoco se recuerda el uso de alfilerones para sujetarla, pues la generosidad de los picos permitía replegarla algo más que el mantillo, más recogido y romo de puntas:

—No, con la mano y ya está. Así arropándote la cogías. Es que esa tiene los picos muy cortos y no te puedes embozar así. La nuestra cruzaba más, te lo echabas así para atrás... era un abrigo.

—Entonces, con la cesta aquí en la mano, te la tapaba toda.

En lo que sí coinciden en todos los pueblos es en el uso estricto de la prenda para el campo, y más concretamente para ir de pastoras en días fríos y lluviosos, pues es cosa sabida que el ganado no conoce mal tiempo y ha de salir a diario, nieve o truene:

... para arroparsen las mujeres cuando salían por ahí; porque entonces, entonces no es como ahora, entonces las mujeres estaban en el campo igual que los hombres, claro, a lo mejor más, con el ganao, las ovejas, o cabras, lo que hubiese de ganao, a ver. [...] Mi hermana lo sabe eso bien. Lo de los mantillos que hacíais vosotras para ir por ahí con las cabras, con las ovejas y esas cosas.

[Marcelino Suárez Moreno, Robledillo de la Jara]

—Eso era para diario, para ir al campo.

—Luego para ir a misa y eso había otro manto con fleco[8], que yo de eso me acuerdo mi madre con mis hermanos también que los llevaba. Pero la mantilla era pues eso, para trote.

—Hombre, si hacía mucho frío... no teníamos abrigo, pues a lo mejor también cogíamos la mantilla para ir por el pueblo. Yo, como llevábamos cesta antes para llevar la costura, para coser, para llevar la merienda, el pan, vamos, y eso, pues claro, tenía que tener el pico largo para que tapara la cesta.

[Francisca Herranz Herranz y su hija Pepi Lozano Herranz, El Atazar]

Además de la protección frente al frío que proporcionaba el grueso sayal, mantillos y mantillas resguardaban igualmente de la humedad y la lluvia, porque el paño abatanado escurría el agua y tardaba en calarse:

—Porque sí que es verdad que aguantaba mucho sin mojarse. Yo de esas cosas todavía me acuerdo, madre, a mí me ha tocao. Yo iba así con la mantilla, así. Bueno, eso ya depende del apaño de cada uno, así, o así...

—Yo llevaba mi mantilla, dobladita, pa que no me pesara, echá al hombro, yo llevaba mi mantilla por si había tormenta y eso. Una prima hermana mía, que ahora es monja, pues como estábamos por aquí con los chivos y todo eso, de pastoras, pues anda que no lo decíamos[9], y hacíamos lumbre en el campo pa que se levantara la niebla, pa ver si se marchaba la niebla. Era muy pesao. Hay nieblas que cernían, decíamos nosotros: «Mira, cierne la niebla». En las mantillas, el primer año que te comprabas una mantilla, como tenía el vellecillo eso —porque esa ya no es del primer año, esa mantilla ya tiene más de un año—, cernía y decíamos: «Mira, está cerniendo la niebla, porque mira mi mantilla cómo está». Se quedaba, sí, como pelusilla, parece que se quedaba pelusilla en la mantilla y eso, sí.

[Francisca Herranz Herranz y su hija Pepi Lozano Herranz, El Atazar]

Y íbamos amigas y para el agua y para todo. Se hartaba de calase eso, bastante. Lo llevábamos así cogido con la mano, porque lo hacíamos un poco más grande para que traspasara un poco.

[Catalina del Pozo Blas, Berzosa del Lozoya]

Como las madres recientes a menudo se veían obligadas a ir al campo con sus niños de pecho, la prenda cumplía entonces amorosa función para proteger a la criatura del rigor de la intemperie, bien arrimado a la cesta de la merienda y la labor [fig. 4][10]:

Yo le he llevado al campo arropadito con mi mantilla, con mi niño; y si era necesario, el que la sigue a Pepi, pues aquel yo le llevaba, le ponía un gorro hecho de lana, si era posible de estambre, que era más finito y picaba menos, cuando empezaron a venir los primeros estambres, yo le ponía su gorro, sus calcetines de lana, unos calcetinitos, arropao, ahí mi niño no tenía frío, y la mano que llevaba la cesta y el niño no se te quedaba fría tampoco, no tengas cuidao...

[Francisca Herranz Herranz, El Atazar]

Como el resto de lo de lana, muy rara vez se lavaban, oreándose por lo común con los fríos rigores de marzo. Curiosamente, en El Atazar se aguardaba al verano para airear la ropa —no sé si para aprovechar las cualidades desinfectantes del sol, o por ser más rápido el secado de las que había que mojar inevitablemente—, siendo el día de San Pedro el señalado para ese menester:

—No. Se lavaban cuando se mojaban, si no no. Si venía mojada [la mantilla] se ponía al humo. ¿Sabes cuándo decíamos que había que sacar la ropa, darle una vuelta? Era el día de San Pedro; como ya nos íbamos en el verano luego a segar y todo eso, pues particularmente si tenías que lavar una manta, que antes eran colchas de lana lo que teníamos en la cama, tenías que lavar una manta o una colcha, pues fíjate qué costumbres, pero era el día San Pedro cuando ibas. Era el día San Pedro si no estabas segando ya; y si por si acaso habíamos empezao a segar, pues entonces ya que se esperara hasta más adelante. Segábamos, aquí, centeno y trigo.

—En la zona que ha cogido el pantano[11] había trigo.

—Ahí se cogía bastante trigo.

Fuera de estas tres localidades —Robledillo, Berzosa y El Atazar—, mantillos y mantillas de pardo eran desconocidos, al menos en los últimos tiempos y en la memoria de nuestros informantes. Incluso en un enclave tan arcaizante como la Puebla de la Sierra, donde las pastoras se abrigaban con el bravo capote local según veremos, los tenían por prenda propia de otros lugares cercanos, ya en la provincia de Guadalajara, recordándola vivamente:

—... en lugar de llevar la manta, era de la misma lana, pero na más que ellos hacían la mantilla; en La Vereda, en Matallana... en La Vereda no sé si habrá alguien ya o no habrá nadie, pero era para esos pueblos por donde lo llevaban, sí. Pues anda, que no la llevaba la María pocas veces.

—Es que era así larga larga.

—Y ancha, la llevaban ancha, que las bajaba hasta abajo así, con la saya[12]; y con la mantilla a lo mejor arriba se la ponían así y se arropaban. Eso lo llevaban pa’l campo y pa’l agua y pa todo la llevaban, sí.

[Elena Nogal Bernal y Lucía Martín Martín, La Puebla de la Sierra[13]]

En cuanto a la pervivencia del uso, parece que en Robledillo y Berzosa se trajo el mantillo hasta los años inmediatos al fin de la Guerra Civil (1936-1939), aunque estimo estos datos como referidos principalmente a la experiencia personal de las entrevistadas y es posible que hubiese quien lo llevara mucho después:

—Pues yo creo que iba por ahí con el ganao, que he ido muchos años. Hará muchos años ya. Después de guerra me parece que ya no.

[Alejandra Suárez, Robledillo]

—Yo le he llevao también. Muy poco tiempo, ¿eh?

[Catalina del Pozo, Berzosa]

Más tiempo duraron las mantillas en El Atazar. Haciendo un cálculo según la edad de nuestras informantes y su propio recuerdo, sospecho que a mediados los 80 del pasado siglo aún se pudo ver alguna pastora elegantemente rebozada con tan venerable cobertor, apacentando su ganado por entre aquellos bravos jarales ¡a solo 65 kilómetros de la Puerta del Sol!:

—Pues verás, yo tengo cincuenta y siete años...

—¡Hasta hace veinte años!

—No, menos, madre.

—¡Hombre! Yo, hace veintidós o veintitrés años...

—Bueno, tú sí, es verdad, cuando teníamos las cabras. Pero vamos, de más de... pues con veintimuchos años yo, todavía se llevaban habituales, de manera habitual. Luego es verdad que hubo gente que empezó a vender el ganao y ya al no salir tanto al campo pues ya no. Pero bueno, mi madre, tuvimos cabras hasta hace veinte años más o menos y mi madre en los inviernos, bueno, yo creo que en los inviernos y en la primavera, mi madre llevaba, luego ya en vez de cesta llevaba unas alforjas, pero llevaba la mantilla.

3. Antecedentes históricos y paralelos: los antiguos sobretodos y los inventarios de bienes

El uso de mantos —de muy diversas tipologías, claro está— por parte de las mujeres españolas puede considerarse un persistente rasgo característico que recorre casi toda la historia del traje propio de este extremo de Europa, incluso desde mucho antes de empezar a atisbarse el germen de la identidad nacional. La veladura femenina, bien fuese de pies a cabeza o bien en versiones más reducidas, está presente ya en las representaciones humanas de culturas anteriores a la romanización del territorio, y parece haber atravesado siglos y períodos en los que las sucesivas culturas imperantes en la península no han hecho sino afianzar y reforzar su uso, aunque fuese desde perspectivas e intenciones no siempre coincidentes en su intención, pero sí de similar efecto práctico, sumando la necesidad de abrigo a la consideración del cuerpo femenino como depositario de la honra familiar, y por tanto sujeto a ser preservado de la mirada ajena. Veladas se muestran en los testimonios plásticos que han llegado hasta nosotros las damas ibéricas, las matronas romanas, las mujeres andalusíes y, finalmente, desde las dueñas castellanas a las manolas del Jueves Santo, último reducto donde el velo grande fue preceptivo (todavía hoy lo es en algunas ceremonias o festividades, aunque más por apego a la tradición que por norma social estricta). Esta veladura obligatoria es o ha sido uso casi universal en el ámbito de las religiones abrahámicas, y muy especialmente en ambas orillas del Mediterráneo, pero en la tradición hispánica presentaba, como he dicho, rasgos propios e identificativos. Sin necesidad de remontarnos a épocas protohistóricas, preciso será asomarnos brevemente a los posibles antecedentes inmediatos de las mantillas de nuestras pastoras serranas. Acudamos a lo escrito sobre el mantillo —como seguían llamándolo nuestras informantes de Robledillo y Berzosa— por la autoridad indiscutible en indumentaria histórica española, Carmen Bernis, en su estudio dedicado a la moda en tiempos de los Reyes Católicos:

MANTILLO [...]. Manto de mujer. Si —tal como parece indicar su nombre en diminutivo— era un manto menor, posiblemente fuera el que tenía forma semicircular, y, en consecuencia, menos ruedo y menos tela que los amplios mantos cortados como un segmento de círculo que por su parte más ancha no llegaba hasta la mitad del radio. Ello puede explicar el hecho de que aparezca en los textos como el nombre del manto más común, el que usaban las mujeres del pueblo; éstas no iban envueltas en tan abundante tela como las demás que se cubrían con el manto propiamente dicho...[14].

La misma autora, en la enciclopédica obra que dedicó al traje y los tipos sociales en El Quijote, insiste para el siglo siguiente en la diferencia entre el manto, sobretodo grandón que ensombrecía de pies a cabeza la figura de las mujeres acomodadas, frente al menor tamaño de mantellinas, mantillos y rebociños, más propios de las mujeres comunes, señalando cómo en los libros de sastrería de la época los tres nombres eran sinónimos, empleándose indistintamente[15] [figs. 2a, 4 y 5]. Así, Gonzalo Fernández de Oviedo, en la Historia general y natural de las Indias (1535-1557), al hablar del vestido de las mujeres de Cajamarca (Perú), compara cierto sobretodo que traían con la prenda española que para él era familiar: «... e sobre esta ropa e fajadura traen cubierta una manta corta, desde la cabeza hasta media pierna, que quiere parescer mantillo de mujeres»[16], lo que también viene a coincidir en cuanto al tamaño con nuestro abrigo pastoril.

Claro que establecer una correspondencia exacta entre las prendas de los antiguos tratados de costura y las aparecidas en el trabajo de campo es algo aventurado, por más que todas pertenezcan a una misma familia y cumpliesen al cabo similar función, si no idéntica. Asimismo, resulta sumamente complicado determinar convincentemente si lo que aparece en los viejos inventarios son las mismas piezas llegadas a nosotros bajo iguales denominaciones. La polisemia del léxico de la indumentaria, con voces que por analogía se aplican indistintamente y a lo largo del tiempo a prendas emparentadas, dificulta en extremo la identificación precisa de las ropas anotadas en los protocolos, y solo consultando la escasa documentación histórica disponible podemos hacernos una idea aproximada de ante qué elemento estamos, dejando siempre a un lado los rasgos o usos estrictamente locales, acerca de los que poco o nada aportan los legajos salvo felices excepciones. Esto se hace especialmente patente con el extenso vocabulario que en indumentaria ha generado la raíz mant-, origen de toda una constelación de aumentativos y diminutivos que correspondieron a otras tantas prendas, siempre con el sentido «de cubrir» o «de tapar» implícito en su etimología. Por otro lado, los protocolos notariales de la Tierra de Buitrago, hoy englobados en el antiguo partido de Torrelaguna, se muestran muy cicateros en lo que al vestido se refiere; son escasos los inventarios, particiones y cartas de dote, quizá por las peculiares características del poblamiento en aquellas sierras, con municipios que por tamaño son casi aldeas, y donde las durísimas condiciones de vida que llevaron históricamente sus habitantes probablemente confinaron a la categoría de lujo innecesario el gastar en escribanos para sentar las pocas pertenencias y posesiones de aquellos esforzados serranos, de modo que en las apolilladas cajas la mayoría de lo que se archivó fueron escrituras de casas y tierras. Más información aportan los testamentos, muy señaladamente los femeninos, dejando registro de la alta estima en que las mujeres tenían a sus ropas, hasta el punto de consignar ese legado en las últimas voluntades; pero este tipo de documentos se limitan por lo común a anotar las dos o tres prendas —las más valiosas— que la testadora dejaba en herencia, mientras que dotes e inventarios tienen el interés de presentar ajuares domésticos casi completos, con lo que la visión que nos brindan del atavío es mucho más ajustada.

No es tarea fácil, por tanto, rastrear nuestros mantillos en los legajos. En la rebusca que vengo haciendo por las antiguas escribanías madrileñas apenas he encontrado prendas anotadas con ese nombre en aquella comarca. Ciñéndonos al Cuarto de la Jara, en 1757 María de la Puente, de Cervera, lega a su hija María Parra «... el mantillo, y el mandil, y que la hagan de vestir...»[17]; y en el inventario por defunción de Manuel Martín, asentado en Robledillo de la Jara el día 14 de noviembre de 1804, se anota entre la Ropa de la Muger «un Mantillo de frisa=13,17 rs.»[18]; más al norte, en el Rincón, aparece en el inventario de una mujer de Montejo de la Sierra «un mantillo de Paño de Riaza andado=6 rs.» en 1732[19], citas todas que seguramente pueden identificarse con nuestra prenda. Remontándonos un siglo y cruzando el antiguo camino de Francia, en el Valle del Lozoya —o como dicen en esa parte de la Sierra, el Valle a secas—, el día 22 de abril de 1644 Francisca Yagüe lega en Rascafría «... el mantillo pardo...»[20], lacónica descripción notarial que también parece coincidir con el sobretodo pastoril de La Jara.

Con el mismo nombre, aunque ya no tan claramente identificables, surgen citas aquí y allá por el actual territorio provincial. Sin abandonar la Sierra ni esa centuria pero más al sur, por las cumbres escurialenses, se anotan mantillos blancos en Robledo de Chavela (1655 y 1663), y antes (1608) «un mantillo leonado» en Las Herreras de Arriba, aldea de Santa María de la Alameda. Aparecen asimismo estos sobretodos de lana esclarecida en las alcarrias del sureste: «... vn Mantillo blanco de Vaieta que yo tengo...» (Valdelaguna, 1678); «Y un mantillo de Vaieta blanco; [...] ...Vn mantillo de Vaïeta de Alconcher nuebo, que ansi mismo Tengo...» (Valdelaguna, 1684). Y frisando el siglo también por la raya que separa las actuales provincias de Madrid y Toledo, con las descripciones algo más detalladas que voy observando por aquellas lomas, las cuales, a juzgar por la riqueza de los ajuares, se dirían hermanas del foco conservador que ha llegado hasta hoy mismo en la comarca toledana de Oropesa, aguas abajo del Tajo: «Un Mantillo blanco de Bayeta de Nobes Con EnCaje negro alRededor=50 rs.; Un Mantillo blanco de Vayeta llano=33 rs.; Un Mantillo de Bayeta negra=20 rs.» (Griñón, 1699); «vn mantillo blanco de baieta de Zien ilos=22 rs.» (Villa del Prado, 1704); «Vn mantillo Con Ribete negro=12 rs.; otro mantillo Sin Ribete=10 rs.; otro mantillo Sin acabar deaçer=15 rs.» (Serranillos del Valle, 1712); «Vn Mantillo de Baieta Blanco=24 rs; Vn Mantillo Blanco=20 rs.» (Serranillos del Valle, 1713); «...Una Camissa Y un Guardapies de frissa ttraido Y un manttillo ques el q ttraigo Cada dia Y un pañizuelo q Yo ttraigo Cadadia Y medias Y zapattos Y un pañizuelo ttraido...» (Serranillos del Valle, 1713)[21].

Andando el siglo, reaparece el término en Bustarviejo, pero ahora con casi total seguridad estamos ante una denominación local para las mantillas de envolver a los niños de pecho; así parecen confirmarlo tanto la aparición junto a otros elementos propios del vestido infantil como las aclaraciones que hacen los tasadores o escribanos: «Un Mantillo de Vaieta Vlanca con cinta azul=12 rs.; Unos Volsillos, y unos evanjelios Morados=3 rs.» (Bustarviejo, 1786); «Un Mantillo de Vaieta para niños con cinta azul=8 rs.» (Bustarviejo, 1798). Con muchas reservas, por hallarse aislado, incluyo en esta categoría de las primeras envueltas esta cita de Chinchón, ya iniciado el convulso siglo xix: «Vn Mantillo de Cotonia=20 rs.» (Chinchón, 1808). La última vez que encuentro la palabra es en el inventario de Juana Arroyo, en Miraflores de la Sierra, que a 30 de julio de 1857 apunta «Un mantillo nuevo de bayeta amarilla=24 rs.» tras «Un Sombrero de pastora para niña, color caña con caja=20 rs.» y «Dos pares de enaguas de niña de Algodón=8 rs.».

Más incógnitas, si cabe, se despliegan ante la aparición de mantillas en los inventarios, pues la voz se aplicó indistintamente a diversos tipos de sobretodos femeninos, cada uno de tamaño y longitud variables en extremo según iban dictando las modas, pero también a prendas de otro cariz, como las susodichas envueltas infantiles. Además, el término usual para la pieza corta y de más vestir, que durante el siglo xix fue relegándose únicamente a usos ceremoniales[22], fue en esta área el antiguo de mantellina (o mantillina, también conservado en la tradición oral). Con todas las dudas, sospecho de uso cotidiano algunas piezas de pardo escuetamente anotadas: «mando Ami Sobrina Maria la mantellina parda—» (Horcajo de la Sierra, 1753); «yten mando el manto pardo a catalina rodriguez» (Piñuécar, 1765); como en el testamento de Teresa Sanz, de Robledillo, que el 11 de agosto de 1726 lega «dos mantillas negras Vna buena y otra bieja=13 rs.», y más adelante «Vna Mantellina de paño azul y pasams deseda=18 rs.». La tasación parece mostrar a las claras que las dos mantillas negras eran posiblemente prendas más de trote que la mantellina, valorada en más del doble que las otras dos juntas y merecedora de ser consignada con su rica guarnición; tal vez en algún momento se usó en La Jara el mismo nombre que le daban en El Atazar[23].

En cuanto a los paralelos de nuestra prenda, he de señalar que, lamentablemente, nuestra provincia se halla enclavada en mitad de un área donde los estudios de indumentaria local son escasísimos, inexistentes o inéditos en el mejor de los casos; y ello a pesar de rodearla zonas señeras del traje popular, como son las tierras de Ávila, Segovia y Toledo, faltas aún de estudio detallado, serio y por extenso, limitándose los tratados al uso a repetir machaconamente lo establecido en los primeros tiempos de investigación al respecto, más centrados entonces en el vestido festivo cuando no en el netamente folklórico. Más problemas en ese sentido presenta, si cabe, establecer relaciones con los territorios vecinos de las provincias de Guadalajara y Cuenca, con las que la de Madrid forma un continuum cultural —que podríamos llamar castellano nuevo septentrional— desde el punto de vista etnográfico[24].

Desplazándonos por la sierra hacia oriente, en el enclave tejedor de Valverde de los Arroyos recordaban la capa de sayal de las pastoras, en todo semejante a nuestro mantillo salvo en la ausencia de corte en el cuello, pues era allí una especie de mantillón semicircular[25]. He consultado el extenso trabajo sobre el traje en Guadalajara que en 1920 presentó María Butrón Moreno para su memoria de licenciatura en la Escuela Superior de Magisterio de Madrid, hoy custodiado en el Museo del Traje-CIPE de la capital, pero nada dice allí de los mantos pastoriles. Sin salir de la provincia vecina, camino de los altos páramos sorianos —pues considero la Tierra de Buitrago como extremo suroccidental de una área etnográfica que discurre por cumbres y valles hacia el noreste hasta confluir con el Sistema Ibérico en aquella gélida y despoblada provincia—, encuentro entre los fondos de la misma institución la imagen de una pastora de Cercadillo, en el entorno de Atienza, con un cobertor semejante a nuestros mantillos y mantillas, si bien con los picos redondeados y repulgado por un vivo de esclarecido color [fig. 6]. Más cercanos al mantillo serrano, y al margen de que se les practicase o no el rebaje del cuello, parecen los mantos con que Valeriano Bécquer pintó —para nuestra fortuna— a algunas mujeres de Soria cuando estuvo allí en 1866 pensionado por el gobierno de González Bravo para un truncado proyecto[26], muy especialmente la soberbia panadera de Almazán, que se cubre con su mantillo terciado, el codo en la grupa de su borrica mientras aguarda comprador para sus enormes hogazas [fig. 7]. Por cierto, que en esta provincia la voz mantillo se aplicó a toda mantilla de la cabeza, no solo a las de abrigar en el campo, sino que fue el común también para las mantellinas de respeto[27].

Con todo, y pese a lo extendido de su uso en siglos anteriores, no son muchos los ejemplos que persistieron de las mantillas y mantillos de pardo fuera de esta cierta continuidad geográfica que se observa al oriente del Sistema Central; o, al menos, rara vez se ha dado noticia de ellos. Entre las que guardan el patrón semicircular, sin el corte del cuello que singularizaba el mantillo jarote, pueden citarse las mantillas conservadas al sur de la provincia de León, por la Ribera y el Páramo, y señaladamente el ya mencionado manto alistano, confeccionado en tosca jerga abatanada. En suma, es en el noroeste peninsular donde se hallan más paralelos de nuestros sobretodos pastoriles. Por su corte a capa, más complejos en costura pero semejantes en el uso y modo de traerlos, pueden considerarse hermanos del mantillo robledillense la muradana de A Limia orensana[28] y el regociñu del Alto Aller, y acaso la toca sanabresa de hombros, conocida únicamente por testimonios orales[29]. Más perduró el uso en el norte portugués —y quizá se mantenga hoy en alguna mujer de edad avanzada—, donde esta familia de rústicos cobertores presentaba una variedad asombrosa; especialmente cercano al mantillo jarote parece el manto de burel trasmontano [fig. 8], cuyos corte y silueta poco se apartan de los de la prenda serrana[30]. Y aunque con hechura singular y diferente en ambos casos, citemos también entre los viejos mantos de pardo las capas de las pastoras purriegas, en el cántabro valle de Polaciones, y algunos capuchos del Pirineo aragonés, igualmente de burel en el color natural de la lana.

4. El zagalejo de Cervera

Ya conocemos la pareja mantillo-mantilla; volvamos pues al zagalejo cerverato que se presentó al principio de nuestro recorrido por los abrigos pastoriles de mujer. Según las informaciones aportadas por personas de pueblos inmediatos, creía yo que el famoso zagalejo no era sino un refajo fruncido corriente, que las serranas de aquel pueblo traerían por costumbre, ya abandonada en el entorno, razón por la que se tenía por propio de allí el uso; un manteo que se echarían por los hombros cuando arreciase la ventisca. Este gesto se dio allá donde se trajesen faldas de paño fruncidas, quizá la prenda femenina más versátil entre las tradicionales, existiendo testimonios por toda Europa[31]; no solo para abrigo, sino también a modo de mantilla diaria, como el conocido arropijo lagarterano o el faldellí de grana de las ibicencas[32]. Así parecía desprenderse del siguiente debate entre varios vecinos de lugares del contorno, el día de la encuesta en Berzosa:

—Yo un manteo llevaba. Me le ponía a la cintura, como siempre.

[Epifania Sanz, Serrada de la Fuente]

—Y, si no, echao por los hombros. Lo de la cintura echao por los hombros, y colgando p’abajo.

[Eulogia González, Paredes de Buitrago]

—¡No, no, no!

—¡Anda, que no le he llevao yo así!

—Ah, pues yo no le había llevao así, yo me le habría atao así a la cintura.

—No, no, del haz. Yo creo que era del haz, sí.

[Catalina del Pozo, Berzosa del Lozoya]

—Y si no pues atao así...

—Se le ataban ahí...

—¡A mí no me alcanza! Ahora échale p’arriba.

—No, meterlo dentro.

—Así hasta la cabeza. Así, así, y luego ya puesto por la cabeza pa eso, pa abrigo. Y puesto, puesto, pues así.

—La Epi atao aquí así p’arriba.

—Y aquí nosotras igual. Arrópala p’arriba [fig. 9].

—¡Que no! Yo pa arropame era así, como os he dicho. Puesto así.

—Nosotros no.

—Para arriba. Según le tiene ella pero puesto en la cintura.

—Como yo me le he querido poner, pero ya os he dicho que no me alcanza.

—Bueno, pero según estabas que te le levanten... Así, y la Epi metía la cesta y todo ahí debajo.

—No, yo no, yo esto, aquí por delante no llevaba nada.

—Mi madre, yo se le he visto puesto alguna vez, uno marrón que tenían, y se ponían como tú y luego a la cabeza; cuando querían se le recogían así.

—Las mujeres de Cervera lo llevaban como decíamos, puesto así en el cuello el refajo ese que llevaban, que era de otro color o como fuese, pero lo llevaban nada más que así en el cuello [fig. 10].

—Pero es que esto está muy recogido de arriba. No sé cómo está tan recogido este...

—Pues porque sería delgao, o le habrán preparao pa alguna chica.

—Las faldas las llevaban con mucho frunce, mucho frunce, y eran así.

—Había de todo.

—Y las había bien gordas también.

—Pero normalmente, normalmente antes, las mujeres y los hombres, los hombres que tenían barriga era el médico y el cura si acaso; los demás estábamos así como palillos, je, je. Era más el trabajo que lo que...

Ya digo que este uso de los manteos fue común a todas partes, más frecuentemente puesto en la cintura y vuelto sobre la cabeza, como en la célebre prevención que Cervantes pone en boca de Teresa Panza[33] [fig. 11]. Así se abrigaron las pastoras en Serrada de la Fuente:

El manteo; el manteo era que te valía para abajo y para arriba, te le atabas a la cintura y te le echabas para arriba. Te lo ponías todo vestido para abajo, y cuando hacía frío te le levantabas, porque tenía mucho vuelo. Yo me acuerdo de esto que le digo yo, el manteo, que le llamábamos nosotros, con mucho vuelo. Nosotros teníamos uno amarillo, y nos tapábamos con él; negro por abajo y la cinturilla negra. De paño gordo era. Sí, sí, sí, eso sí[34].

Y también en Horcajuelo de la Sierra y en La Hiruela:

Pues un manteo, un manteo. Un manteo a lo mejor de aquí p’abajo, en la cintura, y con otro manteo nos arropábamos. Como si fuera una falda plisada, y te la metías así un poco en la cabeza y así ibas de pastora, y con las vacas, y con los cochinos, y con las mulas... Los manteos son de colores como negros, de paño, pardos, y otros coloraos y otros amarillos[35].

Asimismo, las toscas sayas pardas se usaron en La Puebla para abrigar el cuerpo cuando pastoreaban:

—Sí, pa arropanos pa llover, pa cuando llovía. Así en mangas no, la manga así.

—Con una saya también se arropaban. Atándose a la cintura y p’arriba, a la cabeza.

—Y las faldas, las faldas así como esta, na más que tenía pliegues, como esa.

—Con esta me he tapao yo muchas veces diendo de pastora, muchas. Esta me gustaba a mí llevármela de pastora. Había veces que me la ponía a la cintura, a lo mejor hilando, que no hacía frío ni había que taparse y entonces me la ponía por no llevarla en el hombro ¿no? me cogía y me la ponía y me iba andando. Y luego ya, si hacía frío, pues o bien me la echaba para arriba, o me la sacaba y me la ponía, o bien me la ponía eso o cogía y me la metía así, cogía y me la metía así, y ya está, y así, je, je... Por este lao está más parda y por este no, ¿no ves?, porque siempre nos la poníamos del revés, y así por el derecho...

—Mira, ya se ha apolillao.

—Claro, si es que ya son muchos años.

[Carmen Martín y Trinidad Bernal Martín, La Puebla de la Sierra]

De modo que seguía yo pensando que en Cervera la diferencia estribaba en que el manteo no se ataba a la cintura, sino que se llevaba uno suelto para echarlo por encima —sin vestirlo propiamente— en cuanto se presentase la ocasión, de ahí la consideración estrictamente local que tal compostura tenía en los otros pueblos de la comarca, donde al parecer se veía como una curiosidad que identificaba a las pastoras de aquel lugar, pese a que me consta que estilaron este modo de abrigarse en muchos lugares de la sierra. Tras varios intentos infructuosos, en octubre de 2014 conseguimos reunir a un grupo de cerveratas para que nos relatasen en primera persona su experiencia con el zagalejo. Lo primero que aclararon fue que solo daban tal nombre a la prenda específica de arroparse:

—El refajo era el que llevaban de ponerse, de la cintura.

—Hasta los pies.

—Son iguales, na más que el que llevaban pa falda pues era más estrecho y más ancho de cintura.

—Y de colores.

—Colorao, o amarillo...

—Y negro.

—Negro no.

—Nosotros tuvimos uno que era colorao y negro.

—Estampao, que los llamaban.

—Que era más fino que los zagalejos. Desde mitad del muslo era ya con una fenefa, que era en negro, y lo otro era colorao[36].

Y es que el famoso zagalejo de Cervera resultó ser no un manteo de abrigo, como yo creí desde un principio, sino un manto fruncido, más bien tableado, confeccionado exclusivamente para ese fin:

—Le llevábamos sin atar, con las manos, era como una capa y lo agarrábamos con las manos.

—Que debajo llevábamos la cesta.

—Doblao no, era hecho como... fruncido; no fruncido, con tablas, con tablas, se hacía con tablas hasta aquí, y luego lo otro suelto todo.

—Claro, fruncío aquí pa que agarrara al cuello.

—Llevaba una cinturilla, porque picaba mucho en el cuello.

—Yo creo que sí.

—Es que si no hacía daño.

—Con otra tela más suave, pero también gorda.

—Y pesaba...

El borde inferior de la prenda también solía reforzarse con otra pieza de tela:

—Una tira, una tira por abajo se ponía, decían que pa que no se deshilachara, una tirita de borde.

—Porque como había tanta jara, se prendía, se rompía.

—Del color que se pillaba.

—Una tela cualquiera, fuerte pa que aguantara, claro.

—Una tela puesta aquí y luego cosido.

—No un bies, porque el zagalejo era recto, no era con capa, no.

Un mandilón de hombros, al estilo de los que se conservaron con diversas variantes en el noroeste peninsular. Cortado en confortable muletón, sus colores solían ser los mismos que los de los refajos de vestir a la cintura:

—Amarillo...

—Marrón.

—Y coloraos también.

—Porque era de muletón, el zagalejo era de muletón.

—Y coloraos también los llevaban.

—Yo, desde que me acuerdo, coloraos no.

—La María de mi tía Felisa, que en paz descanse, cuando iba de cabrera le llevaba colorao.

Curiosamente, en la Cantabria de finales del xviii se documenta una prenda abierta semejante a la que daban el nombre de refajo[37], lo que la coloca, aún más si cabe, en paralelo con nuestro zagalejo:

—Estaba abierto, y se hacía unas tablas, unas tablas en el cuello, y luego esto se quedaba abierto, y con esto nos arropábamos.

—Y eso diba al cuello.

—Las tablas todas para atrás.

—Hacían de mitá para un lao y de mitá para el otro, y se encontraban en el medio.

Según nuestras informantes, los hubo también de dos capas de tela, aunque no conseguí aclarar si se trataba de dos paños superpuestos, a modo de manteo doblado, o cosidos uno junto a otro para lograr mayor amplitud:

—Y hay quien lo llevaba de dos capas, y hay quien lo llevábamos de una, porque no valíamos pa llevarla de dos.

—Yo la llevé de dos, y casi no podía con ellas; de dos paños, como si fuera dos telas. Yo le llevé de dos capas, de dos...

—De dos telas.

—De dos telas, pero pesaba más que yo; cuando llovía...

—Mi madre me puso dos, que pesaba... Yo, me dolían los hombros del peso, porque teníamos que estar todo el invierno entre el pan, entre lo que sembraban, de pie siempre, para que comiesen las ovejas y las cabras.

—Se guardaba el pan, se guardaban los praos, se guardaban los sembraos, se guardaba todo, todo, todo.

Porque el zagalejo tenía idéntico uso y ocasionalidad que mantillos y mantillas, sirviendo igualmente de cuna portátil para las madres pastoras:

La Julia, cuando crió a la Ascensión y a las otras niñas, se arropaba con el zagalejo, se ponía lo funcío abajo, y al chico lo metía y lo volvían p’arriba, y ponía el funcío abajo y ahí metía las chiquejas.

También era prenda exclusiva para el campo, sobre todo para andar con el ganado, cubriendo generosamente el cuerpo de la portadora; rara vez se ponía por la cabeza, aunque, como en el caso de las prendas tratadas al principio, supongo que esto dependería de las circunstancias:

—¡Huy! ¡Hasta mitá las piernas!

—Pa ir al campo lo mejor.

—Siempre al cuello.

—A la cabeza no.

—¡Y a la cabeza alguna vez también!

—Hombre, últimamente ya teníamos un paraguas.

—Cuando venía una tunda grande te le echabas a la cabeza y...

—¡Y a aguantar!

—Y en el brazo la cesta con la costura y la merienda.

—¡Llena de costura! Porque entonces se cosía... ¡tela marinera!

—Nos hacíamos todo, nos hacíamos los vestidos, las faldas, las blusas...

—Las bragas, los sujetadores...

—Las camisas, que llevábamos camisas de retor, si ustedes lo saben. Yo la gasté sí, tengo una todavía, está allí.

Atavío campero, como sus primos de Robledillo y El Atazar, si el tiempo empeoraba alguna vez salían de casa con él echado por los hombros, aunque esto no era lo común; de ahí la imagen de las cerveratas con el zagalejo al brazo que recordaban los hombres de El Atazar:

—Era de las pastoras y las cabreras normalmente nada más.

—Hombre, si hacía frío...

—Depende cómo hiciera el tiempo, porque claro, si hacía bueno pues no, se llevaba en el brazo, quitao, pero si hacía malo había que arroparse.

Si había llovido, la pastora tornaba al hogar con el peso añadido de la humedad, por lo que debía extenderse a fin de que quedase listo para la brega del día siguiente:

—Es que aguantaba mucho el agua aquello, tardaba mucho de calarse.

—Cuando llovía y se empapaba, no podíamos casi con ello.

—Aquí, en esto que está hundío, ahí le dejaba yo colgao en unas maderas que había así cruzás, y le tenía bien mojao, y por la mañana estaba seco.

Uno solo bastaba por casa, aunque en esto también hubo excepciones, especialmente si había en la familia más de una encargada de andar a guardar lindes:

—No, normalmente na más para la que iba al campo.

—Nosotros teníamos dos, uno pa cada uno. Uno era amarillo y el otro era marrón.

El género lo compraban en Torrelaguna, aprovechando el mercado semanal de los lunes al que concurrían numerosos vecinos del partido, aunque también se surtieron de los pañeros ambulantes segovianos:

—En Torrelaguna, había muchas tiendas en Torrelaguna.

—Y venían de Segovia a venderlo, de Segovia traían por aquí, sí, sí, sí; porque a mí el último que me compró mi madre, que en paz esté, le compró a un hombre de Segovia, y no echó más que pa una capa.

—Pa un paño, un paño lo llamaban.

—Pero no se calaba. Era de paño. Aquel no, no pesaba nada. La María de la tía Felisa le llevaba colorao, y decía el pastor: «Esa de la chisma colorá».

—Paño, paño.

—¡Menudo paño! ¡Le tuviésemos que llevar ahora...!

Como propio del lugar se tenía el zagalejo en Cervera, constituyendo una especie de seña de identidad; así contestaron nuestras informantes cuando preguntamos si vieron zagalejos en los pueblos vecinos, dejando testimonio además de cuán reducido fue siempre el ámbito por el que se desenvolvían en el pasado los afanes cotidianos, siendo rarísimo que se traspasaran los límites concejiles:

—Pues a ver, yo creo que solo casi aquí en Cervera.

—En El Berrueco también vi yo alguna.

—¿También?

—Sí.

—Es que en Robledillo yo no he conocido pastoras.

—Yo conocí a una, pero no me acuerdo qué llevaba. Mu simpática. La vi un día y luego la vi varios días, pero no me acuerdo qué llevaba.

—El Atazar igual que nosotros, ¿no? Una mantilla... yo no sé.

—Yo ya te digo, ni con las de Robledillo ni con las de El Atazar he coincidido.

—Yo con las de El Berrueco nunca.

—Con las de El Berrueco sí, por ahí por el río estábamos mucho.

—Pero es que vosotras siempre estabais en el río, y nosotras siempre estábamos en los cerros.

—En los jarales, normal.

Según hemos visto, el zagalejo identificaba a las cerveratas por todo el contorno:

—Eso aquí no, en Cervera sí lo llevaban. El zagalejo, sí. El zagalejo ellas lo hacían como... en vez de estas, que las de Robledillo tampoco lo daban la misma forma que nosotros, porque en cada sitio tenían su forma de hacerlo, pues ellas lo hacían con pliegues, bueno, igual que un sayo, porque antiguamente se gastaban sayos para ir al campo, yo no le llegué a gastar, pero conocí a la gente mayor que si se calaban de agua, qué te voy a decir, no sé cómo se movían con aquellos sayos. Era una falda de paño.

—Bueno, de hecho la abuela nos contaba a nosotros de alguien que se había caído a la fuente, ¿no?, y no se había ahogao porque...

—A la fuente vieja que tenemos ahí, se resbaló, se cayó a la fuente, la madre de la señora Leonor, la señora Matea, si yo me acuerdo.

—Entonces la mantuvo a flote.

—La hizo pompa el sayo y no la dejó hundirse.

—Sí, sí, sí.

[Francisca Herranz Herranz y su hija Pepi Lozano Herranz, El Atazar]

No hemos conseguido ver ningún testigo de esta prenda. Sospecho que, como tantas otras piezas de buen género cortadas al hilo, acabarían en su mayoría reutilizados sus paños en épocas de escasez, muy especialmente en los años que siguieron a la Guerra Civil (1936-1939):

—Yo me hice una falda; y cuando llovía —era rojo— me se ponían las piernas colorás.

—De un color que antes era color café.

—Y amarillos, y coloraos.

—Yo también le llevemos colorao, hasta que luego ya le partimos por mitad, porque era muy fino, y nos hicimos una combinación pa cada una.

—Un refajo.

—Anda, que si lo sé yo, me había traído el que le hice una falda... Yo me hice una falda con un refajo colorao, y le tengo guardao.

Más problemas aún que el mantillo y la mantilla presenta la identificación de esta prenda en los inventarios, porque el zagalejo, fuera de esta acepción peculiar de Cervera, es en toda tierra de garbanzos equivalente a refajo, es decir, una falda de uso semiinterior, en algunos casos del mismo paño que las prendas cimeras, en otros designando a las faldas de idéntico patrón cortadas en algodones, a veces estampados. Con toda reserva traigo aquí esta manda de la cerverata Antonia Sanz, porque no me queda claro si se trata del zagalejo pastoril o de un manteo interior al uso, como parece sugerir la cita: «...vn manteo vueno y otro manteo ami yJa pepa y otro zagalejo ami yja andrea Diaz y otro ami Nuera manuela mrñ»[38]. Sin salir de la Jara, y aunque bien podrían referirse a refajos comunes, otras tres muestras por el estilo, de hecho las únicas que me han salido al paso: «Vn zagalejo biejo=1,20 rs.» (Robledillo de la Jara, 1742); «yten mando a mi moza a Antonia hernanz el çagalexo» (Paredes de Buitrago, 1759); «un zagalejo Colorado de bayeton=33 rs.» (Robledillo de la Jara, 1790), este último, por su elevado precio, más parece tratarse de una falda de cintura. Ocasionalmente, se anotan en los protocolos del resto del partido, mas no los traigo aquí por estimar que corresponden a faldas acaso interiores, como dije más arriba; valga el ejemplo de una vecina de Prádena, donde son relativamente frecuentes las citas, que parece sugerir esa función: «Primera mente parezio tener la dha difunta Vn Bestido que es Vn Manteo de paño mediado yun zagalejo Amarillo mas que mediado Vn Jugon Biejo=19 rs.» (Prádena del Rincón, 1750)[39].


En cuanto a los parientes próximos del zagalejo de la antigua Cervera de la Jara, nuevamente es en el noroeste peninsular donde damos con la más rica y diversa rama familiar, desplegada en multitud de variantes; son los mandís de picote o picotes —cinguideiro en la provincia de Orense, avental de costas o avental de tiar en Portugal—, usados por ambos sexos para protegerse de la persistente lluvia, distinguiéndose los de hombre por su mayor tamaño y por disponer las tablas todas en la misma dirección, mientras que en los femeninos se encuentran los pliegues en el centro, como en nuestra prenda serrana. Por las Pitiusas se usó, asimismo, cierto abrigall de color ceniciento, fruncido por un lado, adaptado al cuello y apto para abrocharse bajo la barbilla, según me apunta Lena Mateu Prats. También en las islas Canarias las magas trajeron capotillos de bayeta de color (esclavinas en La Palma) —primos cercanos de la capa de bicos madeirense, aunque esta se acerca más a una parlamenta con su doble esclavina—, todos ellos igualmente cortados al hilo y fruncidos o tableados[40]. Pero, salvando estos y el ejemplo cántabro más arriba citado, no he encontrado otro paralelo en la indumentaria del resto del territorio, al menos en la bibliografía consultada[41].

5. La manta y el capote

Concluimos nuestro recorrido por los resguardos pastoriles con dos modos de cubrirse acaso anteriores en el tiempo a los hasta aquí descritos, pues toman como base la pieza según sale del telar, sin cortes ni costuras, o al menos sin costuras permanentes. Porque las pastoras serranas también se valieron de las viejas mantas de pardo para defenderse de la intemperie:

—Eran de paño, de sayal que llamaban antes, como las mantas que traían los segovianos.

—Todavía tengo yo una.

—Y yo.

—Y yo también la tengo.

—Te tapabas con una manta de esas mojá...

—... y pesaba como... bué...

—Pero no te calabas, por donde te pillaba.

—Sí, pasaba como los zagalejos, no se calaban hasta que no se calaban, pero cuando se calaban... tela marinera.

[Cervera de Buitrago]

Mantas alargadas para uso personal, a diferencia de las concebidas para vestir la cama, suelen presentar unas medidas aproximadas de unas tres varas y media de largo por una y media de ancho, y en los bordes estrechos se rematan con flecos de diferente longitud, los cuales marcaban en el propio telar el principio y fin de cada pieza antes de ser cortada; en el color natural de la oveja negra, unos pares de listas de fábrica en lana blanca o más clara, en número casual o indeterminado, recorren en paralelo sus cuatro orillas [fig. 12]. La sabia Felisa Frutos nos mostró en el otoño de 1987 la peculiar manera de disponer la manta que estilaban en Montejo de la Sierra para salir al campo con el ganado, acomodo que otorgaba a las mujeres un dejo de antigüedad clásica, y ciertamente debía de ser digna de ver la aparición de aquellas esforzadas pastoras envueltas de pies a cabeza en esa suerte de palla rústica —o jaique morisco— de indudable primitivismo surgiendo entre los chaparros como matronas carpetanas. Para vestirla, se doblaba a lo ancho la manta y se echaba a la espalda amarrándola fuertemente a la cintura con una correa o cinturón, quedando así las manos libres para la sempiterna labor, pues las pastoras aprovechaban las horas en el campo para hilar o coser sin descanso; el borde del doblez iba a enmarcar cabeza y hombros a modo de mantilla, quedando la manta dispuesta tal cual el earasaid de las escocesas. En los días lluviosos se desplegaba por completo excepto uno de los extremos, que quedaba doblado y suelto pa que escurriese bien el agua [fig. 13].

A parecida manta de vestir llamaban capote en La Puebla de la Sierra, y esta denominación la diferencia allí de la manta propiamente dicha, nombre que reservaban para las de sayal abatanado salidas de los telares valverdeños[42]:

—Era una manta larga.

—Era alargá, y luego con unos fluecos en la punta, que se la cogía asín el pico y se la echaba...

—En la punta, o sea, era alargada, ¿no?, y ahora en la punta tenían unas rayas blancas, unas eran así más oscuras, otras más claras, y luego tenían unos flecos.

—Aquí las vendían...

—Nosotros llamábamos...

—Yo, cuando eso, lo tejían en Prádena también, y mi abuelo también las tejía, pero luego venía el de Valverde de los Arroyos, que es de Guadalajara.

—Pero en Valverde de los Arroyos era las que hacían de lana, como la que tenía tu padre, la que tenía el señor Paco...

—Unas mantas que te se cargaban de agua, yo una vez las tiré allí...

—Eeesa... eso eran las mantas, eso era la manta, pero di que el capote, lo que llamaban el capote, eso lo compraban hecho ya, lo compraban... yo no sé, que era aquello que tenía los flecos[43].

Distinguían al capote propiamente dicho los fluecos y las bandas entrecruzadas por los bordes, a lo largo y a lo ancho de la pieza, combinando la lana negra con la blanca e incuso algunas hebras bermejas por adorno, además de la relativa suavidad y ligereza del género, sobre todo comparado con el impenetrable sayal de las mantas del Ocejón. Pero lo que daba carácter a ambas prendas era la bolsa picuda que se formaba cosiendo por mitad uno de sus extremos, pico al que llamaban cucurucho:

—Era alargao.

—Unas tenían [bandas] por los dos laos y otras tenían solamente por uno.

—Y luego, como era alargao, cogíamos, le doblábamos semejante así como esto, y luego le hacíamos un cucurucho.

—Eso eran las mujeres, las que llevaban el cucurucho.

—Hacíamos así, esto era la manta, pues luego hacíamos aquí, y po aquí... íbamos de pastoras y aquí metíamos las bellotas.

—El cucurucho.

[Carmen Martín y Santiago Bernal Bernal]

Esa costura provisional convertía al capote de La Puebla en un práctico modo de llevar segura la cesta con la merienda y la labor, y además permitía acomodarlo de forma que no penetrase el frío helador, ya fuese terciando el extremo suelto por el hombro, ya protegiendo la cabeza entera [fig. 14]:

—Las mujeres, como llevaban cesta entonces pa ir de pastoras, pa coser, pa llevar la costura, pues entonces llevaban la cesta, se metían en el cucurucho la cesta y ya está, y luego con el otro pico, pues se tapaban desde arriba.

—Claro, si teníamos frío nos le echábamos así, lo que es la manta, nos poníamos así. Y algunas veces que íbamos con el ganao y luego teníamos que venir, pues hija, estaba mucha nieve, y luego venía una cisquilla que nos teníamos que tapar así.

—Se tapaban la frente con la manta, porque no tenían gorro.

—Aquí, ¡jolines!, la cabeza se amolaba, que es que teníamos que andar mucho.

—Lo que no hemos pasao nosotros aquí con la nieve...

—Llegábamos a casa toas caramelaítas. Teníamos calzao con correas y no nos las valíamos quitare. Estábamos arrecías y los padres luego ya nos desataban las correas[44].

[Carmen Martín y su hija Trinidad Bernal Martín]

—Había que llevarla así. Nosotros le llevábamos pa ir de pastoras. Cuando hacía frío por la cabeza, y cuando no nos le poníamos, luego después la otra postura, ya vos enseñaré yo cómo es.

—Así íbamos de pastoras. Me ponía en los solanos[45].

Sin descansar de la labor, estas serranas togadas subían desde el hondo valle donde se asientan las casas de La Puebla a apacentar por los riscos, o se desplegaban por entre los linares y los sembrados cuidando mucho de que el ganado no entrase en ellos. Sin la rueca a la centura, porque la lana ya cardada se llevaba en la misma cesta de la merienda, oculta en el cucurucho, aprovechaban las paradas para darle al huso o a la calceta:

Comparao con la ropa que hay hoy, abriga poco. Lo que pasa que esto también quita mucho aire, al ser tan fuerte... y luego, cuando hacíamos calcetines, pues íbamos haciendo según íbamos andando, los calcetines hechos a cinco agujas, cerrados, y andando.

[Alejandra Bernal Martín]

Este es el cucurucho pa meter la cesta. Llevábamos la cesta, aquí la lana, que muchas veces lo’ llevao, y el huso, y cuando llegábamos a un sitio se ponía así la cesta encima [sobre una piedra o tronco] y aquí se estaba hilando, va tirando de la hebra y se iba hilando, cuando se estaba paraos, porque cuando s’iba andando había que guardar muchos panes, porque se sembraba todo, y había mucho ganao, y le poníamos así la cesta en un sitio y aquí así se estaba hilando, divinamente... ¡Mucho, mucho, mucho ha pasao por mis manos de to eso!

[Elena Nogal Bernal]

Como nos informaban, los capotes —al menos los últimos que se usaron— no salieron de la artesanía local, sino que se preferían los del comercio, y posiblemente los hoy conservados en el pueblo sean de procedencia segoviana[46]:

En Fuentepelayo. Venían a venderlos aquí de Segovia, Fuentepelayo[47], y venía con tienda el hombre. ¡Qué buenos géneros traía! De Valdepeñas venía un tendero a vender tamién, y venía aquí; mi abuela, que era aquí, aquí estaba de posá, aquí dormía; se llamaba Agusto, y una que se llamaba Juliana, que luego se casó con un hermano de un sacerdote de ahí de la plaza, se casó con Agusto, Agustín, y el de la tienda era Agusto, venía con la hermana, con la Juliana, de Valdepeñas.

[Elena Nogal Bernal]

Cuando templaba un poco y no se precisaba, el capote se llevaba elegantemente doblado sobre un hombro:

Brázate, brázatele, así, así, ya está, ya está puesto. Ahora quítate el capote. Y cuando no nos le poníamos... espera, quita, quita, doblar el capote; espera, dóblale así bien, así. Así se llevaba el capote cuando no se iba arropaos. Luego se destendía cuando hacía falta [fig. 16].

[Elena Nogal Bernal]

También los hombres gastaron los capotes, y aunque no siempre le cosían el preceptivo cucurucho de sus compañeras, en días de mucho viento cumplía una práctica función valiéndose del siguiente ardid[48]:

Y hacían un cucurucho. Yo a tu madre la decía «dame, que me está jodiendo el aire», y metía una piedra. Yo una piedra echaba, pa que no me estuviera quitándola el aire.

[Santiago Bernal Bernal]

Los capotes —a diferencia del mantillo jareño, por lo común no más de uno por familia— abundaron en La Puebla, llevados como eran indistintamente por ambos sexos:

¡Huy, o más! Según la gente que se fuera. Si éramos cuatro o cinco la casa, había que tener cuatro o cinco capotes, porque se salía tos al campo, los hombres tamién.

[Elena Nogal Bernal]

Si presentaban problemas de identificación las prendas anteriores, inútil resulta tratar de rastrear estos capotes y mantas por los protocolos, dada la polisemia de ambas voces, por lo que no reseño aquí las anotaciones de los escribanos. De hecho, no deja de ser una rareza que en La Puebla denominen así a lo que ya hemos visto que no es más que una variedad de las mantas de cogujón, porque en general por capote se pueden entender desde las capas cortas del paseíllo toreril hasta toda una familia de sobretodos con mangas e incluso capucha; no sé si se trata de un préstamo desde otra prenda anterior en el uso del lugar, hoy perdida —acaso una manta con agujero central para sacar la cabeza—, que acabó dejando el rastro de su nombre por cumplir idéntica función, en un proceso de transferencia muy habitual en indumentaria popular. De lo que no me cabe duda es de que el sobretodo pastoril de Montejo y La Puebla tiene unos cuantos siglos a sus abrigadas espaldas.

6. Epílogo

Al margen del evidente arcaísmo de algunas de estas prendas y usos, pervivencia de antañonas modas campesinas, llama poderosamente la atención el acentuado localismo que presentó el abrigo de las pastoras en aquel rincón serrano objeto de nuestra búsqueda. Según puede comprobarse por los testimonios arriba citados, existió una clara conciencia casi identitaria en cada lugar, y al mismo tiempo la noción de que las de otros pueblos vecinos se singularizaban igualmente por su aspecto al ir con el ganado: las de El Atazar surgiendo entre las pizarras rebozadas con sus mantillas de luengos picos, las de Robledillo y Berzosa envueltas en los amplios y elegantes mantillos, las de Montejo con la estampa casi prerromana que les prestaba el peculiar modo de disponer la pesada manta, las de la Puebla bravamente protegidas con el capote terciado, las de Cervera resaltando sobre las jaras con sus coloridos zagalejos, y las de los otros pueblos arrebujadas con refajos y manteos, salpicando cerros y veredas con la silueta anacrónica de la tapada nacional; todo este abanico indumentario sin salir de una breve comarca, a las puertas mismas de la capital y no en un remoto pasado bucólico e idealizado, sino traspasando en algunos casos el comedio del siglo xx y bien pegadas a las fatigas de los trabajos diarios. No quiere decir esto que cada una de esas prendas o estilos no se hubiesen conocido igualmente fuera de esos ámbitos locales en tiempos lejanos o, incluso, conviviesen más de dos tipos en el mismo lugar, al menos hipotéticamente (así parece desprenderse de las citas notariales), pero el hecho en sí nos ilustra a la perfección acerca de un fenómeno inherente a la indumentaria tradicional que hoy, en ocasiones, suele pasarse por alto a la hora de las reconstrucciones o recreaciones. Claro está que contradice el sentido común suponer un traje enteramente diferenciado para cada localidad, porque la indumentaria tradicional se comportaba como la lengua misma, aún viva desplegada en innumerables isoglosas que se entrecruzan y superponen abarcando áreas enormes o diminutas, todavía más cuanto más nos remontamos en el pasado; pero en el otro extremo es un error de bulto pretender borrar de un plumazo esas pequeñas o grandes diferencias en el atavío, que tan perceptibles eran tanto para quienes vistieron a la antigua de modo cotidiano como para sus observadores forasteros coetáneos[49]. Es cierto que muchas veces esa diversidad lo era solo desde una óptica sincrónica, y seguramente desplazándonos por el tiempo encontraríamos que lo que hoy tenemos por estrictamente local fue en otra época común a territorios más extensos, incluso generalizado, pero por lo mismo toparíamos con otras tantas caracterizaciones diversas «según y como se estila en el pueblo», aprovechando la locución tomada de los protocolos notariales. Quede aquí testimonio de esa variedad que presentaron a la hora de abrigarse las sufridas pastoras de aquel rincón de la provincia en el pasado siglo, último aliento de una cultura hoy definitivamente desaparecida. Por razones de orden meramente práctico, que ya no por el recato obligatorio de antaño, mantuvieron viva la secular veladura femenina del Mediterráneo hasta anteayer, y así puede decirse que el abrigo peculiar de las pastoras serranas sobrevivió en varias décadas al propio vestido tradicional.




7. Relación de informantes

(Entre paréntesis, el año aproximado de nacimiento)

Berzosa del Lozoya

Demetria García García (1929)

Catalina del Pozo Blas (1922)

Florencia del Pozo Blas (1932)

Juana Ruiz García (1930)

Cervera de Buitrago

Gabina Acevedo Martín (1935)

Felisa García Nogal (1936)

Lucía García Nogal (1932)

Alfonsa Valle García (1942)

El Atazar

Francisca Herranz Herranz (1934)

Pepi Lozano Herranz (1955)

Pedro Martín Herranz (1920)

Horcajuelo de la Sierra

Máxima Sanz Sanz (1927)

La Hiruela

Pilar Fernández García (1928)

La Puebla de la Sierra

(antes Puebla de la Mujer Muerta)

Santiago Bernal Bernal (1921)

Alejandra Bernal Martín (1945)

Trinidad Bernal Martín (1950)

Aniceta Bravo Bernal (1923)

Carmen Martín (1920)

Lucía Martín Martín (1925)

Elena Nogal Bernal (1925)

Montejo de la Sierra

(antes Montejo del Rincón)

Felisa Frutos Heras (1909)

Paredes de Buitrago

Eulogia González Martín (1928)

Robledillo de la Jara

Alejandra Suárez Moreno (1928)

Marcelino Suárez Moreno (1934)

Serrada de la Fuente

Fernanda García González (1943)

Epifania Sanz Martín García

A todas ellas —y ellos—, mi gratitud y afectuoso recuerdo.

Marcos León Fernández

Madrid, abril de 2015




NOTAS

[1] La encuesta se hizo el día 2 de abril de 1989 por José Manuel Fraile Gil, Álvaro Fernández Buendía y quien esto escribe. En aquella ocasión, al verificarse la entrevista un poco improvisadamente y en la calle, no tomé los nombres de quienes tan amablemente nos atendieron (y bien que me pesa ahora), pero entre ellos se encontraba Pedro Martín Herranz, entonces de 69 años de edad, quien años después volvería a aportarnos jugosas informaciones acerca de la vida local, además de cantar el mayo con mucho garbo. Puede escucharse en el CD Madrid tradicional, Antología, vol. 10; Madrid: Tecnosaga SA, 1995 (KPD-10.935), pista 2.

[2]Sayo en ese pueblo vale para cualquier falda cerrada de patrón tradicional; se emplea indistintamente allí junto a refajo, término más moderno en el área y hoy casi exclusivo. Aguas arriba del Lozoya se recuerda la antañona voz manteo, olvidada en El Atazar.

[3] José Manuel Fraile y yo conocimos a Francisca Herranz Herranz (78 años) y a su hija Pepi Lozano Herranz (57 años) el día 8 de diciembre de 2012 por mediación de Andrés Nogal Bravo y Cristina Eguía Bernal, de La Puebla. El día 3 de septiembre de 2013, volvimos a subir a El Atazar para ampliar estas y otras espléndidas informaciones.

[4] Valverde de los Arroyos, en la actual provincia de Guadalajara, donde acudían últimamente los habitantes de esta sierra a que les tejieran la lana que producían e hilaban en casa, tras el abandono de la industria local; de sus peines se recuerdan, además del paño común, las arcaicas mantas de pastor de abatanado sayal y las de cama —llamadas colchas por todas estas sierras—, así como las alforjas, los costales, las mantas traperas y el llamado tapabocas morillano, una estrecha cobertura que combinaba lana en sus dos colores naturales haciendo rayas o cuadros; también encargaban allí las de La Puebla el género para las toscas sayas pardas y sus mandiles de picote para diario, antiguos delantales que ya no recordaban los hijos de los últimos tejedores que hubo en el lugar, a quienes tuvimos ocasión de entrevistar el día 11 de abril de 2015 en aquel pueblo a la sombra del imponente Ocejón. Llegó a contar con cuatro telares en activo además de tres batanes que trabajaban día y noche durante todo el año, según el Diccionario de Madoz. En la parte madrileña, el último telar de lienzos estuvo funcionando en Prádena del Rincón, y allí acabaron convertidas en sábanas y costales —y acaso alguna camisa— las postreras cosechas del lino serrano: «Teníamos que hilar pa hacer estas cosas. Hilaban esto, hilaban las mantas, y medias, y los hombres calcetines. Y luego se lo mandaban al tejedor de Valverde, que venía aquí a recogerlo, y a otro que había en Prádena antes, que luego ya dejó. Y antes había un abuelo mío, que lo hacía él. Mi abuelo yo no le conocí, sería ya tatarabuelo, y vi yo esas cosas de los peines y le dije a mi padre: “¿Y esto, pa qué es?”. Dice: “Eso era del abuelo, que era tejedor”. En Prádena sí había otro». [Santiago Bernal Bernal (80 años), La Puebla de la Sierra, 14 de julio de 2001].

[5] El día 15 de noviembre de 2000, Marta Beceiro convocó en Berzosa a Eulogia González Martín (72 años), de Paredes de Buitrago; Juana Ruiz García (70 años), Demetria García García (71 años), Florencia del Pozo Blas (68 años) y Catalina del Pozo Blas (78 años), de Berzosa del Lozoya; Alejandra Suárez Moreno (72 años) y Marcelino Suárez Moreno (66 años), de Robledillo de la Jara; Epifania Sanz Martín García, de Serrada de la Fuente, y Aniceta Bravo Bernal (77 años), de la Puebla de la Sierra.

[6] En otro momento Alejandra Suárez recordó que también se mercaba el sayal de los mantillos en las ferias de Buitrago.

[7] Seguramente se trate de Agustín Pérez Sanz, el del comercio o el de la Manola. De una familia procedente de Cedillo de la Torre (Segovia), tan apegados a su origen que incluso la casa-comercio familiar en la plazuela —conocida en Montejo como comercio de las Esperanzas— estaba tejada a la segoviana, es decir, sin las cobijas superiores, característica cubierta también conocida como teja a canal o a torta y lomo, e inusual en Montejo. El negocio estaba dedicado principalmente a tejidos, prendas y zapatos, aunque en los últimos años también vendieron legumbres y otros géneros. Debo esta información a la amabilidad de Mario Vega Pérez y Purificación Hernán de Frutos.

[8] Los pesados mantones de pelo y fleco, propios de la última etapa del traje popular. Carentes por completo de carácter e interés, si acaso pueden considerarse como el postrer estadio de la secular cobertura femenil.

[9] Se refiere Paca aquí al conjuro local para esclarecer la niebla: Niebla terrera, / vete a tu tierra, / entra en tu casa, / cierra la puerta / y no salgas de ella. Publicado en José Manuel Fraile Gil, De conjuros y oraciones en la tierra madrileña, Madrid: La Librería, 2013; p. 86, n.º 94b.

[10] También las alistanas se valieron de los grandes mantos locales de pardo para llevar a sus hijos abrigados sin entorpecer la labor. Véase Gustavo Cotera, La indumentaria tradicional en Aliste, Zamora: Instituto de Estudios Zamoranos «Florián de Ocampo», Diputación de Zamora, Caja España, 1999; p. 277.

[11] El embalse de El Atazar, el mayor de toda la provincia, comenzó a levantarse en el año 1965 para abastecer de agua a la creciente capital. Su construcción se prolongó hasta 1972 y ostenta el dudoso honor de haber sido el último que inauguró personalmente el dictador Franco.

[12] Aunque el léxico de indumentaria suele ser inestable y un tanto «infiel», saltando los términos de una prenda a otra según las necesidades expresivas de la época o el momento, saya suele aplicarse en La Puebla a las faldas tradicionales de sarga de lana parda, tejida últimamente en los peines de Valverde de los Arroyos (Guadalajara), que se gastaron en aquel escondido pueblo serrano hasta hace tres décadas, si bien ya solo en el ivierno y para las faenas más rudas. Todavía a principios de los años 80 del siglo pasado pudimos sorprender en las calles sin asfaltar de la antigua Puebla de la Mujer Muerta a alguna mujer que las vestía cotidianamente. También se aplicó el término a las basquiñas ceremoniales de paño más fino en negro o morado: la saya grande. Para las faldas festivas de color vivo solía reservarse en la Puebla la voz guardapié, y más modernamente refajo, y se gastaron allí de diversos tipos a los que correspondían otros tantos apellidos.

[13] La encuesta se hizo el día 31 de julio de 2014, cuando contaban ambas mujeres 89 años de edad. Fueron los recopiladores, además del autor: José Manuel Fraile Gil, Begoña Peco, Jamie Benyei y Cristina Eguía Bernal, nieta de Elena.

[14] Y añade: «Un testimonio de que el mantillo era una prenda popular son las cuentas del limosnero de la reina Isabel, que anota gastos como los siguientes: “Di a una muger por mandado de su Alteza un mantillo... esta mujer es de Arcos [de la Frontera] y pedia para un captivo”; “di mas el Viernes Santo en Palacio a una muger que le furtaron el mantillo, quatro reales”; “di a Maria Lopes, vecina de Jaen, mil maravedies que nuestra señora le mando dar en limosna para un mantillo conque se metiese monja”». Carmen Bernis, Trajes y modas en la España de los Reyes Católicos, II. Los hombres; Madrid: Instituto Diego Velázquez, CSIC, 1979; p. 103.

[15] «Rocha Burguen da patrones para una “mantellina o rebociño” de damasco o de terciopelo, y para otro “rebociño o mantillo” de seda lisa. Ambos tienen el mismo largo: vara, cuarta y ochava (lo que en varas de Castilla equivale a unos 115 cm). Echados sobre la cabeza, dejaban ver la parte inferior del vestido...»; Carmen Bernis, El traje y los tipos sociales en El Quijote; Madrid: El Viso, 2001; p. 253 [fig. 2a].

[16] Tomo el párrafo del Corpus Diacrónico del Español (CORDE) en su edición digital: http://corpus.rae.es/cordenet.html. [Consulta: 07/05/2015].

[17] Cervera de Buitrago, 1757; AHPM/41565, f. 204.

[18] Robledillo de la Jara, 1804; AHPM/41564, f. 498v.

[19] Inventario de Catalina García Pastor, Montejo de la Sierra, 1732; AHPM/41563, f. 133.

[20] Rascafría, 1644; AHPM/41934, f. 13v.

[21] Enrique Borobio me muestra un espléndido mantillo festivo hallado en Torreandaluz, en la provincia de Soria; de pardo y con angosto ribete verde claro, su campo perfectamente semicircular va guarnecido todo alrededor con una randa de color de oro y rosada, además de la consabida borla para centrarlo sobre la frente, que aquí es de hebras de colores como en la crista del manto alistano, viejísima mantilla que también solía hacerse de pardo o blanco. El mismo investigador me comunica que los grandes mantillos de lana blanca eran conocidos en la Sierra de las Merinas y en los Cameros como blanquetes, y que los de pardo del vestir diario se traían doblados a la cintura cuando no se llevaban por la cabeza, como las arcaicas fachas de La Cabreira leonesa (vid. Concha Casado Lobato, La indumentaria tradicional en las comarcas leonesas; León: Diputación de León, 1991; págs. 96 y 99).

[22] Hasta entonces, mantillas y mantellinas se usaban igualmente a diario —la que se lo podía permitir—, según dictaba la antigua norma hispánica de recato público femenino. Gabriela García, de Bustarviejo, lega en 1790 «...la Mantilla de paño negro de su uso diario...» (AHPM/41725; f.69 y ss.), y, todavía en 1867, Andrea Díaz Pascual, del mismo lugar, deja «...una basquiña digo mantilla la que usa diariamente la Testadora...» (AHPM/41789; f.491 y ss.).

[23] Por las mismas fechas un testamento de Horcajuelo de la Sierra (1730) refleja «Una mantilla de una chica Y mª bara de Jerga» valorada en 5 reales, y luego «Una mantellina de mujer con sus puntas de pano de Segobia» tasada en la friolera de 50 rs., y aun «Un Manto negro de mujer» igualmente caro: 30 rs. (AHPM/41383; f.477 y ss.); también en Mangirón (1800) «...yuna Mantilla de paño fino andada—» (AHPM/41469; f.238 y ss.). Más dudas plantea la aparición en una dote de Prádena del Rincón, un siglo después (1839; AHPM/41504; f.35 y ss.), de «Tres Mantillas, la una de Paño fino, la otra entrefino y otra de Paño de riaza=90 rs.», aunque teniendo en cuenta que en el mismo inventario «un Guardapies de frisa verde bueno» se tasa en 30 rs., y otros similares por precio semejante, sospecho que las tres mantillas de Rufina García serían de las de ceremonia o paseo: las mantellinas que por esos años dejan de apuntarse con ese nombre antañón por los escribanos butragueños (como venía usándose desde antes por la campiña: «Una Mantilla de Musulina=40 rs.; otra de baieta fina=12 rs.», Talamanca del Jarama, 1794; AHPM/41465; f. 10 y ss.), conservándose el viejo vocablo —como dije— en el recuerdo y en la tradición oral.

[24] Acerca de la construcción de la identidad a partir de la literatura en Castilla-La Mancha, verdadera región natural en la que cultural y antropológicamente debería incluirse la provincia de Madrid —en cuanto al estudio etnográfico, claro está— como parte integrante de la antigua demarcación histórica de Castilla la Nueva, al margen de la actual división autonómica, puede consultarse el ensayo de Francisco Gómez-Porro, Avena loca, miradas y noticias de literatura en Castilla-La Mancha; Madrid: Celeste Ediciones, 1998; col. Biblioteca Añil; 287 pp.

[25] «Llevabas o un mantón o una capa, de sayal, pero la hacían de capa, una capa le llamaban; ponían un cacho de costura abajo, una nesga abajo en la parte más larga; porque si no el tejedor hacía lo que era el paño, que podía ser tan ancho como esto, entonces eso lo cortaban y sí, de largo te daba lo que necesitabas, pero de atrás no, tenían que ponerle un trozo atrás; pero era igual, no hacía la forma del cuello, era recto, recto y puesto aquí; y eso era las capas que llevábamos las mujeres, porque con las mantas grandes no valíamos ni siquiera; esta por ejemplo no ha ido con el ganao para llevar capa, pero yo sí, días lloviendo he ido con ellas y tenía que llevar, no había otra cosa; porque cuando hacía más frío, que no llovía tanto, llevaban el tapabocas morillano, que decían; lo hacían aquí también». Informes aportados por Elisa Bermejo Mata (71 años), recogidos en Valverde de los Arroyos (Guadalajara) el día 11 de abril de 2015 por M. León Fernández y J. M. Fraile Gil. Ocasionalmente, los mantillos de la Jara también se cortaron sin el rebaje del cuello, aunque no era lo común.

[26] La Real Orden de 1865 dice: «Teniendo en cuenta la conveniencia de que en el Museo Nacional haya una colección lo más completa posible de cuadros que recuerden en lo futuro los actuales trajes característicos, usos y costumbres de nuestras provincias, y en vista de las especiales circunstancias que concurren en Don Valeriano Bécquer, la reina (q. D. g.) se ha servido concederle una pensión de diez mil reales anuales a fin de que, recogiendo en dichas localidades los datos y estudios necesarios, remita al referido Museo dos cuadros al año». La pensión cesó con la Gloriosa (1868), y dos años después fallecía el pintor en Madrid a la temprana edad de 36 años, dejándonos una impagable galería de tipos y trajes de las provincias de Ávila, Soria y Zaragoza, únicas a las que alcanzó a representar. VV. AA., Bécquer y Soria; Madrid: Patronato José María Quadrado, CSIC, Centro de Estudios Sorianos, 1970; 140 pp.

[27] Debo estos datos a la amabilidad de Enrique Borobio, joven investigador de la indumentaria soriana. También debió de aplicarse por las vecinas tierras segovianas, según se desprende de un artículo que firmaba José María Avrial en 1839: «... para ir á la iglesia, ó á visitas de etiqueta, se ponen sobre la montera un mantillo [en cursiva en el original] de paño negro forrado de encarnado por dentro, en la parte que cubre la cabeza, con una gran borla negra que cae sobre la frente, y guarnecido con anchas franjas de plata...»; «El día de Santa Águeda en Zamarramala», Semanario Pintoresco Español, Madrid: 18 de agosto de 1839, n.º 33, p. 2. Igualmente, existieron en Sayago (Zamora) sobretodos de diario con idéntico nombre, aunque no sé si en este caso mantenían el corte semicircular o se trataba de piezas rectangulares, de más arcaísmo si cabe (vid. Agustina Calles Pérez y Carmen Ramos García, Indumentaria tradicional en Sayago, Zamora: Instituto de Estudios Zamoranos «Florián de Ocampo», CSIC, Diputación de Zamora, 2010; p. 182).

[28] Informes que debo a la generosidad de Antón Méndez Gándara, investigador orensano. Muradana llamaron también en algunos puntos de Galicia al mantelo nacional, o al menos a algunas variedades locales; y en la zamorana Sanabria también se usaron moradanas de tosca jerga o picote artesanal sobre los manteos, últimamente ya solo para las faenas (véase el libreto que acompaña al CD El gaitero de Sanabria; Madrid: Tecnosaga S.A., 1999 (WKPD 10/2039), donde Carmen Ramos García aporta interesantes datos acerca del antiguo vestir sanabrés). Para acabar de enredar la terminología, por la Mariña lucense llamaban muradana a la mantilla ceremonial de la cabeza. Documentación gráfica abundante de la muradana de A Limia, así como de otras prendas gallegas «inéditas», se encuentra en el recomendable Foro do Traxe Tradicional Galego, donde la generosidad de sus administradores aporta abundante e interesantísimo material encontrado en el trabajo de campo que llevan realizando desde hace varias décadas: https://www.facebook.com/groups/166510246839095. [Consulta: 09/04/2015].

[29] Véase Lorenzo Rodríguez-Castellano, La variedad dialectal del Alto Aller; (1.ª ed., 1952) ed. facsimilar Oviedo: Instituto de Estudios Asturianos, CSIC, 1986; p. 238; una imagen de un regociño allerano reconstruido puede verse también en Gausón Fernande Gutierri, El Paxellu Asturianu o «Traxe’l País»; Oviedo: Cajastur, 2007; p. 157. Los informes referentes a la toca de Sanabria los debo a mi amiga Carmen Ramos García.

[30] Benjamim Pereira. Traje popular, catálogo de la exposición realizada por el Museu de Etnologia en el Museo Nacional do Traje; Lisboa, 1977. Por todo el norte portugués, pero también en Galicia, Asturias o León, se llevaron mantillonas o coberturas cortadas en finos paños de color negro, azul marino o acastañado, y guarnecidos de ancha cinta de velludo; no presentan el corte del cuello característico del mantillo, siendo más bien como una mantilla semicircular de grandes dimensiones. También tengo noticias del uso de mantillones de hombros semejantes por el interior de Francia. Pero estas prendas, aunque muy parecidas en disposición al mantillo de las pastoras, entrarían a mi juicio en el apartado de los sobretodos de respeto y vestir, junto a mantillas, mantos y mantellinas de ceremonia o paseo, que no se tratan aquí.

[31] Por ejemplo, se documenta en Cerdeña, el Trentino, Irlanda o Suecia, entre otros muchos lugares.

[32] En ambos casos se trata de faldas especialmente hechas para abrigar, aunque nada en su confección las distinga de las de poner a la cintura salvo el color invariable, verde en la prenda toledana y rojo vivo en el caso isleño —según me apunta amablemente la autoridad en el traje ibicenco, mi amiga Lena Mateu Prats— si bien difieren en el modo de vestirse: el arropijo lagarterano vuelto del revés, de modo que el ruedo interior —el emperalete— encuadra el rostro a modo de mantilla, mientras que el faldellí pitiuso, en palabras de la misma investigadora: «... la forma fosilizada de dicho faldellí en su referido uso es la de disponerse a modo de poncho, de manera que su cinturilla ciñe el cuello en lugar del talle —tal vez por haberse desplazado hacia arriba en la gonella la línea de cintura—, alzando a su vez la parte posterior para proteger de la lluvia y del viento». En la sierra madrileña, manteos y refajos mantuvieron últimamente esa sola función de abrigo, también asociados a un color específico, como en Valdemanco, donde solían llevarse de frisa encarnada, o en las aldeas de Santa María de la Alameda, que lo traían de paño azul oscuro [fig. 11]. Para orientarse en la jungla impenetrable de las arcas garteranas, recomiendo la consulta del trabajo de Julián García Sánchez, El traje de lagartera, Toledo: Raquel García Moreno, 2000, 171 pp.

[33] «... y no quiero dar que decir a los que me vieren andar vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: “¡Mirad qué entonada que va la pazpuerca! Ayer no se hartaba de estirar de un copo de estopa, e iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya, en lugar de manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no la conociésemos”...», Miguel de Cervantes y Saavedra, Segunda Parte del Ingenioso Caballero Don Quijote de La Mancha; ed. de John Jay Allen; 3.ª ed. Madrid: Cátedra, 1981; cap. V, p. 63.

[34] Informes aportados por Fernanda García González (69 años), recogidos en Serrada de la Fuente el día 24 de marzo de 2012 por M. León Fernández, J. M. Fraile Gil y M. Vega Pérez.

[35] Informes aportados por Pilar Fernández García (87 años), natural de La Hiruela, recogidos en Montejo de la Sierra el día 9 de marzo de 2015 por M. León Fernández, J. M. Fraile Gil, M. Vega Pérez y C. Eguía Bernal.

[36] Informes recogidos en Cervera de Buitrago a Lucía García Nogal (82 años), Alfonsa Valle García (72 años), Gabina Acevedo Martín (79 años) y Felisa García Nogal (78 años), el día 30 de octubre de 2014 por M. León Fernández y J. M. Fraile Gil.

[37] Véase Gustavo Cotera, El traje en Cantabria; Santander: El Diario Montañés, Gobierno de cantabria, Consejería de Cultura y Deporte, 1999; p. 95. Reproduce el autor las figuras que aparecen en un Plan de las cercanías de la villa de Cartes. Montañas de Santander en el que se ve a dos mujeres con el mentado refajo; una lo lleva al brazo y otra con la cinturilla por la cabeza, y acompaña la siguiente leyenda: «... siendo general en ellas el traher una saia que llaman refaxo, para ponersela por la caveza, para entrar en la yglesia, y resguardarse del mal tiempo».

[38] Cervera de Buitrago, 1780; AHPM/41566, f. 312.

[39] Inventario de María Rodríguez; AHPM/41563, f. 411. Como el cerro de zagalejos que aparece en una dote de 1816 de Horcajuelo de la Sierra; el 24 de febrero de aquel año Mariana Sanz —sin duda, una de las hacendadas del pueblo, pues su ajuar se compone de prendas más propias de una petimetra de la capital, v. gr.: «Un Citoyen de Paño=120 rs.»— llevó al matrimonio: «Un Zagalejo de cotonia=40 rs.; una Zagalejo de mosulina=34 rs.; un Zagalejo elastico de Algodon=60 rs.; un Zagalejo de Baieta fina, escarlatinada=90 rs.; otro Zagalejo delo mismo=70 rs.; un Zagalejo de seda de color de Rosa=140 rs.; un Zagalejo de Percl=40 rs.; otro Zagalejo delo mismo=30 rs.». Como se ve claramente, no todos los vecinos de aquel Rincón de la Sierra vistieron «al uso del lugar», donde, por las mismas fechas, la mayoría de las serranas seguían testando sus escasos jubones, mantellinas y manteos de lana.

[40] Ejemplos de capotillos de las diferentes islas se documentan en Juan de la Cruz Rodríguez, La indumentaria tradicional en la isla de La Palma, La Palma: Asociación Cultural Pinolere, 2007, p. 118; Juan de la Cruz Rodríguez, Textiles e indumentarias de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife: Aula de Cultura, Cabildo de Tenerife, Museo Etnográfico de Tenerife, Patronato de turismo, Aytos. de Santa Cruz y La Laguna, 1995, p. 103; José Antonio Pérez Cruz, La vestimenta tradicional en Gran Canaria, Gran Canaria: Fedac, Cabildo Insular de Gran Canaria, 1996, p. 124; Ricardo Reguera Ramírez, Las indumentarias de Lanzarote, Lanzarote: ed. del autor, 2007, pp. 228-229.

[41] Por el sur y noreste de Pontevedra (O Condado, Paradanta), se usó un mandil de hombros ceremonial, también de picote pero con bordados o aplicaciones de colores, al que llamaban lera. No me cabe duda de que una solución tan práctica, como es la de usar un mandilón de paño tosco para abrigo de cuerpo cuando se presentase la ocasión, debió de estar extendidísima en los siglos en que la gente de pardo de la España toda gastaba esos antiguos delantales de jerga, picote o estameña, de los que podemos considerar descendientes directos a esta venerable familia de ropas de cintura y hombros del noroeste. La escasa atención que solemos prestar al vestir cotidiano quizá esté detrás de esta ausencia de documentación al respecto. También se gastaron por el interior de Galicia, así como en comarcas adyacentes de Asturias y León, arcaicos mandiles de telar a modo de mantilla de respeto, los espléndidos mostrís o mandís de mostra (por la mostra de color que los remata al canto inferior, tejida en la propia pieza) que ponían por la cabeza. La valiosa información sobre los mandiles de tapar gallegos la debo a las desinteresadas aportaciones de Antón Méndez Gándara. Imágenes de todas estas prendas pueden consultarse en el foro citado en la nota 28. Prendas de abrigo similares se llevaron por el Tirol austríaco; y, a modo de curiosidad, por venir de un contexto ajeno al de la indumentaria occidental, el tubleti chipriota responde a un esquema semejante al de estos mandiles-capotillos de hombros cortados al hilo y fruncidos o tableados. Nada extraño, teniendo en cuenta lo elemental de su patrón, que de seguro podrá encontrarse en la indumentaria vernácula de todo el planeta.

[42] Ya dijimos que las mantas de telar para cama son conocidas por toda esta sierra con el nombre colchas.

[43] Informes aportados por Carmen Martín (81 años), Santiago Bernal Bernal (80 años) y la hija de ambos, Trinidad Bernal Martín. Recogidos en La Puebla de la Sierra el día 14 de julio de 2001 por M. León Fernández.

[44] Para el uso de este arcaico calzado en la provincia, véase José Manuel Fraile Gil, «Las albarcas de coracha en la tierra madrileña», Revista de Folklore, Valladolid: Obra Social y Cultural Caja España, 2006, n.º 307, pp. 23-34.

[45] Informes aportados por Elena Nogal Bernal (90 años) y su nuera, Alejandra Bernal Martín (70 años). Recogidos en La Puebla de la Sierra el día 4 de abril de 2015 por M. León Fernández, J. L. Granado Zambrano, A. Morales Zamora, María Eugenia y Cristina Eguía Bernal; agradezco especialmente a estas dos últimas por ser nuestras verdaderas facilitadoras y conseguidoras en su pueblo.

[46] Supongo que antes de la adopción de las suaves mantas segovianas serían las de Valverde las usadas para el mismo fin. De aspecto mucho más rústico, se tejían exclusivamente en lana negra, sin rayas ni combinación de colores. Al emplearse las angostas piezas de sayal conforme salían del telar, después de haberlas abatanado, presentan una costura a punto de manta en toda su longitud para lograr el ancho deseado, quedando uno de los extremos unido para formar el consabido cucurucho o cobijón, con el añadido de sendas borlas en las dos esquinas de las costuras, resultando una espléndida prenda de notable arcaísmo, máxime cuando se vestía con el cogujón por la cabeza (vid. la nota siguiente). Tuvimos ocasión de ver una de estas mantas en La Hiruela, pero las recuerdan en muchos pueblos de la sierra [fig. 15].

[47] En efecto, Fuentepelayo tuvo larga tradición textil, de la que fue último estadio la fábrica titulada La Segoviana, de donde saldrían desde 1940 nuestros capotes, producidos ya de forma semiindustrial. La característica suavidad de sus mantas —que alababan en La Puebla— se lograba mediante el lavado con la greda que se sacaba de una cantera en Bernuy de Porreros, según se indica en el interesante blog de José Miguel Soler Valencia, de donde extraigo estos datos, dedicado al patrimonio industrial en Sevogia; se confirma allí que los pañeros de aquel pueblo segoviano recorrían las sierras de nuestro interés, visitando las ferias y mercados de Torrelaguna y Buitrago del Lozoya, así como las tierras colindantes de Guadalajara: http://patrimonioindustrialensegovia.blogspot.com.es/2009/01/fabrica-de-paos.html. [Consulta: 19/04/2015].

[48] Obviamente, las mantas de cogujón no fueron exclusivas de este enclave serrano, siendo usadas por amplias áreas, ya fuese con el pico puesto sobre la grupa de la mula o sirviéndose del mismo para transportar algún cordero o cabrito recién parido, así como de rústico saco de dormir, los pies bien abrigados en la cobija. En Robledillo de la Jara, donde las llamaban precisamente mantas de cucurucho, recogimos la siguiente anécdota —con ecos de chascarrillo tradicional— referida a ellas: «Es que antes antes se usaban unas mantas que las llamaban de cucurucho, que iban cosidas por una parte de eso, y había algunos que la metían así y la llevaban por la cabeza, exactamente, exactamente. Algunos eso, pero otras mantas, yo las mantas que he usao era de estas otras que no llevaba de eso, na más te arropabas por aquí, te echabas por aquí, que decíamos embozao. Iba cosido así, por ejemplo, esto iba cosido así. Bueno, pues en el pico aquí hacían como una borla también, algunas. Unos lo llevaban el cucurucho por la cabeza y otros lo llevaban y se embozaban así. Las de cucurucho por la cabeza. Y uno de El Atazar que fue a hacer sus necesidades, y llevaba el cucurucho así vuelto, y tan de prisa iba que se lo hizo en el cucurucho, y luego decía: “Caso [sic] en Dios, qué mal huele!, ¡y con las ganas que tengo yo de cagar y no he cagao na!”. ¡Y lo llevaba en el cucurucho de la manta!» [M. Suárez Moreno, Robledillo de la Jara].

[49] No sé si esta falta de atención a las variedades locales del traje popular obedece al actual —y, a mi juicio, desmedido— afán coleccionista, que acumula prendas de diversa procedencia en caótica mezcolanza, muchas veces adquiridas directamente en rastros o anticuarios poco atentos a documentar convenientemente las piezas. La insistencia en «completar» trajes a costa de sacar las ropas del contexto en el que se conservaron, pese a la buena intención que supongo anima a todo coleccionista apasionado, acaba por hurtarles a las prendas la valiosa información que llevan aparejada, datos que únicamente pueden aportar las familias propietarias de las piezas-testigo. Y de paso aplaudo desde aquí a quienes se preocupan de documentar exhaustivamente cuantas prendas salvan de la destrucción conservándolas en cuidadas colecciones, ya sean estas públicas o particulares. Quizá sea el mercadeo indiscriminado de ropas antiguas lo que lo trastoque todo.