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LAS ALMADREÑAS DE BURGOS

GONZALEZ MARRON, José María

Publicado en el año 1984 en la Revista de Folklore número 45.

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Voy facerte unes madreñes
de tacón y que levanten
porque eres baja y alcances
a los brazos de tu amante.

Así le cantaba a su esposa doña Evarista Santos, Rodolfo Vela en la localidad de Basconcillos del Tozo allá por los años 40 cuando de forma inesperada esta provincia de Burgos se encontro "infestada", como me decía su hija Alicia, de almadreñas hechas aquí con la madera de la Lora y vendidas profusamente en los mercados del Tozo, de Valdelucio, de Villadiego, de Zamanzas y en Burgos capital, en las tiendas de la Viuda de Pérez Antón y en la de José Jiménez.

Estas almadreñas, inesperadas, fueron confeccionadas con las hayas de los montes de Sedano y Villadiego y no pudieron jamás ser igualadas por otros almadreñeros, ya que no había nadie que las hiciera tan livianas, como las burgalesas.

¿Cómo es posible que una zona sin experiencia almadreñera, de la noche a la mañana se convirtiera en uno de los focos de fabricación más envidiado? La explicación está en una serie de circunstancias que forzaron a que ello se produjera.

Por el año 1904 y en Vibaño de Llanes (Asturias), nacía, Rodolfo Vela Santovenia, el cual por azares del destino se dedicó a hornero en las tejeras. Casó con doña Evarista Santos Pérez, también de Vibaño de Llanes y es entonces cuando entra en contacto con su suegro Fernando Santos, que era pionero almadreñero en Taberga. Vela ya había empezado a trabajar la madera haciendo cucharas y cucharones utilizando la madera de haya, alisa, o abedul y para las Semanas Santas hacía a sus hijos carracas con madera y cañas de escoba.

Con su suegro aprende a confeccionar almadreñas y enseguida empieza a suplementar sus horas de hornero con el oficio de artesano almadreñero que pronto lo realizaría con gran superación.

En el año 1936 se encontraba en el Condado de Valdivielso de la provincia de Burgos ejerciendo su profesión de hornero y ya se dio a conocer de forma incipiente como almadreñero. Estalla la guerra civil y pierde el contacto con su familia.

La gente de Burgos le acoge muy bien y pasa a San Mamés de Abar, a tres kilómetros de Basconcillos del Tozo a una tejera cuyo dueño era asturiano como él y es en esta localidad donde ya puede traer a su familia, exhausta por haber pasado en Vibaño 18 días en una cueva huyendo de los bombardeos, con el hambre y el miedo como principales protagonistas de aquella separación.

La madre, con tres de los seis hijos "devoraron" en siete días 57 hogazas de pan "negro" que al mezclarlo con el agua puso en peligro a uno de los tres pequeños. "Es menos peligroso el vino", decía el médico del lugar y Alicia se pasó unos días "piripi".

Allí en San Mamés de Abar vivieron en el cuartel de la Guardia Civil, cedido gentilmente con cariño y amistad. Tres años pasaron en esta localidad, en donde ya empezó a dedicarse exclusivamente a la fabricación de almadreñas y más tarde pasó a Basconcillos del Tozo, donde residió siete años y posteriormente pasaron nueve años en Ayoluengo de la Lora, pueblos donde se fraguó y se desenvolvió la gran operación "almadreñas de Burgos" tan conocidas en el mercado de la época.

Señalemos que en Basconcillos del Tozo los dueños de la cantina les dejaron una casa "muy maja" donde ahora está instalado el Banco de Santander. En Ayoluengo les cedió la casa el señor cura, ya que él vivía en otro pueblo y aunque se fue a Venezuela el sustituto respetó la cesión en precario hecha por su antecesor.

Era tan popular la familia Vera que el día en que se trasladaron a Ayoluengo lo hicieron en un camión donde iban los cuatro muebles que poseían y el resto, era gente que fue a despedirlos, dando la impresión a la llegada de que lo hacía "gente importante".

Allí en Ayoluengo vivían sólo diez vecinos, la familia Vela estaba ya más desahogada, fruto del trabajo de los años anteriores. Allí recuerdan que compraron una partida de nogales en el molino de Rasga Bragas, cerca de Moradillo de Sedano y es por eso por lo que don Restituto Monjón, soltero de Ayoluengo, podía llevar sus almadreñas de nogal, que eran sus predilectas.

Todos estos traslados fueron provocados por las cercanías de montes de hayas que necesitaba el señor Vela, para comprar "suertes" que le producían primera materia para la fabricación de las almadreñas.

¿Cómo las hacía?

Compraba las suertes de árboles una vez cubicados a ojo, casi a la perfección, después los talaba a hacha y una vez en el suelo los desbrozaba con la misma herramienta y la leña que salía de esta operación la aprovechaba para la cocina de su casa.

Limpios los árboles caídos y con sierra, los troceaba en "rodajas" de unos 45 centímetros de alto por un metro aproximadamente de diámetro.

Estas "rodajas" verdes pesaban lo suyo, pero las montaban al carro de bueyes (siempre cedido de gracia por algún vecino), con la ayuda de toda la familia. Para ello ponía dos ramas gordas en forma de rampa (ellos decían "rampla"), para, con otras ramas y fuerza, subir poco a poco cada "rodaja", que una vez llegadas a casa él solo las tiraba al suelo, donde se quedaban almacenadas hasta que les llegaba el turno.

Antes de meterlas en casa y con el hacha, afilada como una hoja de afeitar, y con el acierto del profesional avezado, daba, a cada "rodaja", de seis a ocho golpes para sacar de seis a ocho "gajos", de cada cual saldría más tarde una almadreña. Estos "gajos" eran ya introducidos en la casa y allí ya, y encima del "potro", que era un tronco para trabajar en bruto y poder sentarse en él, las iba desbastando con el hacha, cosa que hacía casi siempre con sólo los cuatro seguros golpes que las dejaba con la forma para trabajarlas con la azuela hasta llegar a moldear las tres patas de la almadreña: el tacón (donde no podía nunca haber un solo nudo) y las otras dos delanteras, particularidad que las diferenciaba de otras almadreñas en que las dos patas delanteras formaban una sola barra.

De allí pasaba a trabajar en el "caballete", que era parecido al "potro", pero en la "mesa" había un rebaje cuadrangular, para situar la almadreña e inmovilizarla con unas cuñas, para poder "barrenar" con barrenos normales y torcidos y terminar con el vaciado de la pieza con las "liegres", labor ésta la más delicada, que hacía que tuvieran la menor cantidad de madera posible, dándoles robustez y liviandad, características de estas almadreñas. Excuso decir que las almadreñas al vaciarlas y al darlas la forma exterior, debían ser de pie derecho o de pie izquierdo. Si las hacía a medida, ésta la tomaba con una tablilla al pie, que debía estar calzado con la alpargata, que debía albergar más tarde.

Una vez dada la forma y preservando su chaqueta con delantal de tela, usaba los "raseros" y "cuchillos" que mandaba hacer de "dalles" viejos, para una vez terminada la primera fase llevarlas al horno de la cocina, alimentada con las ramas, virutas y sobrantes de todo el proceso, para secar la madera, donde estaban "un tiempo" toda vez que éste dependía de la fuerza del fuego y del grado de verdor de la madera.

Secas ya, toda la familia las "vidriaba", es decir, las raspaba con cristales rotos, para después lijarlas y dejarlas suaves.

Con una muñeca, hecha con trapos viejos, la esposa y las hijas les daban el color: negro de humo para las de hombre., y color "corinto" o "flating" a las de mujer.

Una vez coloreadas pasaban al artesano, el que, con gracia y arte, las barnizaba a brocha para después grabarlas primorosamente con dibujos hechos con cuchillos puntiagudos y "gubias" pequeñas. Los dibujos en las de hombre eran más sobrios y en las de mujer solía poner flores que incluso coloreaba.

Este trabajo artesano se hacía sin descanso y con gran habilidad y unión familiar, porque llegaban a hacer, cada día seis pares en verano y cuatro o cinco en invierno ya que usaban la luz solar, porque la bombilla que tenían daba una luz miserable, hasta tal punto que muchas veces utilizaban el candil. El precio era entonces de 20 pesetas el par de haya y de 35 el de nogal, éste sólo se hacía prácticamente de encargo. La diferencia estaba en que las de nogal no pesaban casi nada.

Era Rodolfo Vela alegre y popular, "Vela" para todos, hasta tal punto que su hija Alicia, me contaba, que hasta los nueve años no supo el nombre de pila de su padre. En la familia se vivía con estrechez pero con amor y cuántas veces los hijos decían que su padre había nacido para su madre y lo justificaban diciendo que "Velas" son para alumbrar a los "Santos", refiriéndose al apellido también de la madre.

Doña Evarista Santos era una gran cocinera. A esta señora la contrataban de vez en cuando para hacer los "menús" de bodas y banquetes de los alrededores, llegando a estar hasta semanas enteras fuera de la casa, y por eso en aquella zona era extraño, pero explicable, que por aquellos años del Señor en algunas bodas, banquetes o bautizos se dieran como "menú": Alubias blancas con "pantruque", Pechugas de pollo rellenas, Patatas con bacalao y arroz y Borona "preñada", manjar éste parecido al de las empanadas del norte de la provincia o a los "hornazos" de la provincia de Salamanca, aunque la diferencia estaba en la harina.

El "pantruque" lo hacía con agua, huevo, cebolla y tocino cocido muy picado y amasado con harina de maíz.

Fue tanta la cantidad y calidad duradera de las almadreñas de Burgos que era corriente, en domingos húmedos ver a la puerta de la iglesia o de la taberna muchos pares de almadreñas tan parecidas que se diría que era imposible que cada uno pudiera llegar a diferenciar la suya de las demás.

Era corriente el pensamiento generalizado de que las almadreñas usadas por la familia eran mejores y una vez utilizadas la gente las pagaba mejor que las nuevas.

La influencia de "los Vela" fue tan manifiesta que no era raro oír por aquella zona cantar esta canción:

Al carpintero Narciso
se le murió la muller,
como era de su querer
otra de madera hizo,
fue tanto lo que la quiso
que la metió en la alhacena;
ella, sin pena ni gloria
al carpintero mató,
y por eso digo yo:
La muller ni de palo es buena.

Don Rodolfo Vela era delgado, con mucho temperamento y de unos 70 kgs. de peso. Murió el 22 de enero de 1973 en la calle de San Lesmes, de Burgos, a los 69 años de edad de parálisis progresiva. Dejó viuda y seis hijos, aunque ninguno continuó el arte de su padre, y por eso con él murió también la fabricación de almadreñas burgalesas, pero queda una gratísima memoria en esta provincia de la huella de su paso que no puede por menos que señalarse, ya que estas almadreñas fueron inmejorables.

Esta historia verdadera de las almadreñas de Burgos, no se hubiera podido contar sin la colaboración de dos de sus hijos: Alicia y Mari, que me abrieron su corazón, como anteriormente lo había hecho su padre para con la historia del "traje burgalés".