Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

Puentes, barcas y vados

PERIS BARRIO, Alejandro

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 402.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 402 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


El paso de los ríos y algunos arroyos importantes constituyó un grave obstáculo para arrieros, carreteros y viajeros en general, por la escasez de puentes que hubo en España durante siglos.

La falta de medios económicos fue la causa principal de la escasez de puentes, pero también influyó negativamente el egoísmo de algunos señores —nobles y eclesiásticos— y municipios que impedían edificar puentes en lugares donde ellos explotaban el servicio de una barca.

En una disposición del rey Enrique IV de Castilla, dada en Córdoba en 1455, ya se establecían fuertes sanciones a los que se oponían a la construcción de puentes:

Y mandamos que ningún perlado, ni caballero, ni otra persona alguna, no sean osados de impedir ni estorbar que se hagan las dichas puentes porque digan que tienen barcos o otros derechos en los ríos; y si atentaren de impedir y estorbar que las dichas puentes se hagan, si fueren legos que pierdan todos sus bienes y sean aplicados a la nuestra cámara, y si perlado o otra persona alguna eclesiástica, que por ese mismo hecho pierda la naturalidad y temporalidad que tuviere en los dichos nuestros reynos y no la pueda más haber.

Los vecinos de las ciudades y pueblos de Castilla tuvieron durante muchos años la obligación de colaborar económicamente en la construcción y reparación de puentes, de acuerdo con el sistema de repartimiento que se empleaba. Ya en las Siete partidas de Alfonso X se imponía el deber de cooperar con su dinero en la edificación y restauración de puentes a todas las personas pertenecientes a todas las clases sociales, sin excepción.

La obligación afectaba a los vecinos de las poblaciones situadas a una distancia que a veces podía llegar a las 40 leguas del sitio donde se iba a edificar o reparar el puente, aunque era muy frecuente que se obligara a pagar a los vecinos de lugares más alejados que la distancia indicada.

Llegaron a ser los repartimientos tan frecuentes que hubo quejas de los diputados en las Cortes. En las celebradas en Madrid en el período de 1586 a 1588, se expuso:

De algunos años a esta parte se ha introducido en estos reynos el hacer repartimientos generales para puentes en todos los lugares de quince y veinte leguas y más a la redonda, lo cual se hace tan a menudo y para tantas partes, que casi viene a ser una continua contribución muy dañosa y perjudicial a todos y las más veces impertinente.

Se quejaban también los diputados de los abusos que solían cometerse en algunas poblaciones construyendo puentes innecesarios o demasiado suntuosos.

Estos problemas se denunciaron asimismo en las Cortes de Madrid celebradas de 1588 a 1590 y en las de 1592 a 1596, pero los monarcas no los solucionaron. En 1600 volvió a hacerse un repartimiento para restaurar el puente de Viveros sobre el río Jarama y tuvieron que participar 174 poblaciones que estaban comprendidas en el contorno de las 40 leguas[1].

Los vecinos de los pueblos de la provincia de Madrid, en la que hubo también gran escasez de puentes a pesar de la proximidad de la Corte, tuvieron que contribuir en numerosas ocasiones con sus exiguos recursos a las frecuentes reparaciones de los puentes madrileños de Segovia y de Toledo, así como de otros más alejados.

Los puentes de Segovia y de Toledo eran tan necesarios que no solo las autoridades municipales, sino los monarcas, se preocuparon de sus reparaciones. Los Reyes Católicos, por ejemplo, ordenaban el 4 de agosto de 1496 el arreglo de ambos puentes más el pequeño de Valnadú, lo que supuso un gasto de 40‏000 maravedíes obtenidos por repartimiento entre los vecinos de la villa y los de sus aldeas[2]. En 1564, por orden de Felipe II, colaboraron para reparar el puente de Toledo todas «las ciudades, villas y lugares de los reinos de Toledo, Granada, Andalucía y Extremadura»[3].

La antigua puente segoviana, como se la llamó durante mucho tiempo, se cree que existía ya en el siglo xii, pero situada algo más arriba de donde ahora está. Por ser este puente de madera y estar situado en una zona de paso continuo de viajeros, necesitó de muchas reparaciones. Una de ellas, por ejemplo, se realizó durante el reinado de Alfonso XI, quien autorizó que se hiciera un repartimiento de 8000 maravedíes entre los vecinos de Madrid y los de sus aldeas. Tuvieron que colaborar «caballeros, escuderos, dueñas, doncellas, clérigos, moros y judíos». En otra ocasión y durante el reinado del mismo monarca, estaba el puente tan deteriorado que una vecina de Madrid, doña Mencía Fernández, ordenó en su testamento que una parte de sus bienes se destinase «para adobar el puente de la villa que dicen segoviana». Como los albaceas de doña Mencía se negaron a cumplir sus deseos, Alfonso XI les obligó a hacerlo el 1 de diciembre de 1345[4].

En 1482, uno de los arcos del puente de Segovia estaba partido y el concejo encargó a los maestros alarifes Mahomad de Gormaz y Abraén de San Salvador su reparación, lo que supuso un gasto de 5000 maravedíes aportados por repartimiento[5].

Por fin, en el reinado de Felipe II se construyó el actual puente de Segovia. Intervinieron en su edificación el maestro mayor de obras del rey, Gaspar de Vega, y al morir este, lo hizo el arquitecto mayor del mismo monarca, Juan de Herrera, ayudado por los grandes aparejadores de cantería Simón Sánchez y Pedro de Tolosa.

El puente de Toledo —la puente toledana— fue también durante mucho tiempo de madera y muchas veces destruido por las crecidas del río. Lope de Vega escribió estos versos refiriéndose a su poca resistencia:

La puente, a quien da nombre y señorío

la ciudad imperial, honor de España,

en madera gastada, al viejo río

solo sirve de báculo de caña.

Fue muy utilizado este puente al ser la salida de los caminos que iban a Getafe, Aranjuez, Toledo y La Mancha, y fue reedificado muchas veces.

Dos años después de la reparación de 1496, una gran crecida del río Manzanares destrozó gran parte del puente y de nuevo los Reyes Católicos mandaron reedificarlo por repartimiento entre los vecinos de Madrid y los de los pueblos próximos.

Sería ya bien entrado el siglo xvii cuando empezaron a hacerse proyectos para hacer un puente de piedra. En 1702 fue nombrado Ardemans maestro mayor de las obras reales y dirigió la del puente de Toledo. En 1718, el corregidor de Madrid, marqués de Vadillo, encargó al gran arquitecto Pedro de Ribera la dirección de la obra. A su muerte no estaba totalmente terminado el puente, por lo que participó también Sachetti.

Otro puente madrileño muy utilizado por las personas que iban o venían de Alcalá de Henares y Guadalajara a Madrid fue el de Viveros, sobre el río Jarama. También tuvo que ser restaurado en múltiples ocasiones por repartimiento: 1484, 1489, 1493, 1496 y otras muchas más durante los siglos xvi y xvii. Al crear Fernando VI en las proximidades del puente el Real Sitio de San Fernando, el tránsito por ese lugar se incrementó y fue necesaria una nueva reparación en 1775.

Otro lugar de mucho tránsito fue el viejo puente de madera que existió para cruzar el río Guadarrama en Navalcarnero hasta casi finales del siglo xviii. El 14 de mayo de 1779, las autoridades de esa villa solicitaron al Consejo de Castilla la construcción de un puente de piedra, para lo que ellos aportaron 121 000 reales y el resto, 581 300, se obtuvo por repartimiento entre las poblaciones incluidas dentro de las 40 leguas. Contribuyeron 200 789 vecinos aportando cada uno 104 maravedíes, quedando 45 de ellos sobrantes «por no tener cómoda partición»[6].

Cooperaron también los madrileños en la edificación y reparación de puentes próximos como el de Carabaña (Tajuña), El Escorial (Guadarrama), Talamanca (Jarama), Ambite (Tajuña), Uceda (Jarama), Escalona (Alberche), etc., pero también en las de otros situados en lugares más alejados.

En 1734, para la construcción de un puente próximo a San Miguel de Bernuy (Segovia) colaboraron muchos vecinos madrileños, puesto que el repartimiento obligaba a todas las poblaciones comprendidas dentro de las 20 leguas (111,44 km) de distancia a aquel lugar. Al pueblo madrileño de Villa del Prado le exigían 63 000 maravedíes, a razón de 200 por cada uno de sus 315 vecinos. Las autoridades municipales se negaron a pagar, alegando que desde su pueblo al sitio donde se iba a hacer el puente había más de 26 leguas. La Chancillería de Valladolid reclamó esa cantidad y el Ayuntamiento de Villa del Prado tuvo que buscar los servicios de un abogado para que los defendiese, pero es muy probable que tuvieran que pagar. Ellos tardarían bastantes años más en poder construir el puente de la Pedrera para cruzar el río Alberche y, mientras tanto, lo tuvieron que hacer por el vado llamado del Rey o bien utilizando una mala barca, por lo que se produjeron muchos accidentes mortales[7].

En 1759, para la edificación del puente de San Martín en Toledo se impuso un repartimiento a los pueblos situados dentro de las 23 leguas de distancia y, por lo tanto, participaron en su coste los vecinos de bastantes poblaciones madrileñas.

En 1776, para la reparación del puente de la villa de Peral (Burgos) sobre el río Arlanza, que había sido destruido por un temporal, tuvieron que colaborar económicamente los vecinos de los pueblos situados dentro de las 40 leguas (222,88 km). A pesar de que los pueblos madrileños del sur estaban fuera de esa distancia, tuvieron que participar en el repartimiento.

Las barcas sustituyeron durante siglos a los puentes para el paso de los ríos. Eran planas y de grandes dimensiones. Por ejemplo, la barca que se hizo en Mejorada del Campo en 1610 para sustituir a otra que había sido arrastrada y destruida por la corriente del río Jarama era de madera de Valsaín y tenía 49 pies (13,72 m) de larga por 21 pies (5,88 m) de ancha.

Las barcas eran manejadas por medio de una gruesa maroma o andarivel, tendida entre las dos orillas del río y de las que tiraban dos, tres o cuatro hombres, según fuera menor o mayor la fuerza del agua.

En la provincia de Madrid fueron bastantes las barcas que funcionaron en los ríos principales. A principios del siglo xvi existían barcas en Arganda, San Martín de la Vega, Fuente el Fresno, Vaciamadrid, Cobeña y Fuentidueña de Tajo. Las tres primeras las cita Fernando Colón en su obra de comienzos de ese siglo[8]:

La barca de Vaciamadrid la instaló en 1522 el municipio de Madrid para cruzar el río Jarama.

A finales del mismo siglo xvi, las barcas más utilizadas en la provincia de Madrid fueron estas:

Una barca de mucho uso fue la de Arganda, porque era paso obligado de muchos viajeros de Valencia, Cuenca y La Mancha hacia Madrid, y viceversa.

La barca se instaló en un terreno perteneciente al término de Madrid y el 12 de enero de 1515 el Concejo madrileño dio la licencia necesaria al de Arganda. Esta villa explotaba la barca teniendo la obligación de pagar a la de Madrid una cantidad «por razón del aprovechamiento del puerto de su término»[9].

En 1570 producía la barca al municipio de Arganda unos 50‏000 maravedíes anuales.

Unos años después, hacia 1579, Felipe II dio a la villa de Madrid, en recompensa por el apropiamiento de varios sotos, unas tierras y la mitad del aprovechamiento de la barca de Arganda, las que «para siempre jamás la avían de tener la dicha barca bien aderezada […] y su producto llevar por mitad…»[10].

Con las crecidas del río la barca no podía ser utilizada, y los vecinos de Arganda pidieron bastantes veces que se construyera un puente.

El 24 de mayo de 1818, dos constructores de puentes de madera de Villaseca de la Sagra (Toledo), los hermanos José y Francisco Díaz, se comprometieron a hacerlo a cambio de percibir el impuesto de pontazgo durante 16 años. El puente se inauguró en noviembre de 1818 y se derrumbó con las crecidas del río en enero y abril de 1831 y se tuvo que usar de nuevo la barca hasta 1843, en que se construyó el popular puente colgante de hierro.

La barca de Mejorada del Campo estaba instalada en el lugar de Arrebatacardos y pertenecía a la villa de Madrid, que percibía 32‏000 maravedíes por su arrendamiento en 1576. Era pagado entre Mejorada, Velilla de San Antonio y Rivas de Jarama, a razón de 11‏000 los dos primeros pueblos y 10‏000 el tercero[11].

Era esta barca muy utilizada por los vecinos de los pueblos próximos. Calculaban que en varios meses del año pasaban hacia la corte empleando esa barca más de 3000 caballerías.

En 1753, los vecinos de Mejorada y de varios pueblos cercanos dirigieron un memorial al rey solicitando la edificación de un puente por repartimiento. Hasta 1922 no dejó de utilizarse la célebre barca de Mejorada del Campo, al construirse un puente de hierro.

La falta de puentes y de barcas en muchos lugares de la provincia de Madrid impuso la necesidad de cruzar los ríos por los vados, con el consiguiente peligro en épocas de lluvia. También se empleaban los vados por no pagar los impuestos de pontazgo o barcaje que se cobraban por el uso del puente o de la barca.

Hubo en la provincia de Madrid varios vados peligrosos en los que ocurrieron bastantes desgracias, al quererlos utilizar incluso en épocas de crecidas de los ríos o arroyos. El arroyo Torote era muy difícil de cruzar en tiempos de lluvias para los vecinos de la población de Serracines a causa de ser de tierra de arenisca. El mismo arroyo era peligroso cruzarlo por el vado que existía entre Torrejón de Ardoz y Alcalá de Henares. Igual ocurría con el arroyo Grande de Villamanta y poco más abajo cruzar el río Alberche por el vado del Rey, entre Villa del Prado y Aldea del Fresno.

Muchas personas murieron al intentar pasar por dos arroyos de Torrejón de Ardoz: el Pelaios y el Ardoz. En ese lugar tuvo que detenerse varias veces por no poder pasar entre otros correos, el que venía de Nápoles a Madrid.

En el arroyo Abroñigal, entre Madrid y Vallecas, ocurrieron muchos accidentes y perecieron bastantes personas al intentar cruzarlo. En ese lugar, por donde pasaba gran parte del pan que se consumía en la capital, había un puente muy inseguro, «de lo más ruin que se podía ver», según Antonio Ponz[12].

Unos años después, ese puente seguía siendo intransitable y el cura párroco de Vallecas se quejaba de que no podía cruzarlo ni para administrar los sacramentos.

En Piñuécar no había más puente sobre el río Madarquillos que unos palos cruzados y preferían sus vecinos utilizar un vado.

Dos arroyos de Getafe que desembocan en el río Manzanares carecieron durante años de puentes y eran muy difíciles de vadear, por lo que ocurrieron también muchas desgracias en ellos.

En 1779, declaraba el cura párroco de Torrejón de Ardoz «haber dado eclesiástica sepultura a algunos pobres infelices que se hallaron ahogados» al intentar cruzar el río Jarama por el vado de Barajas que comenzaba en la villa de Rejas[13].

Los vecinos de esa zona tenían un puente cercano, el de Viveros, pero utilizaban los vados para no pagar el impuesto de pontazgo.

Especialmente difícil era cruzar el río Guadarrama entre Torrelodones y Galapagar en el camino que iba desde Madrid a El Escorial, por lo que era el que utilizaban las familias reales. Había un pequeño puente que en el reinado de Felipe II estaba casi inservible. Este monarca preguntó en 1565 sobre la posibilidad de pasar por un vado del río Guadarrama, y se le informó así[14]:

… que el Guadarrama no se podía pasar a vado de ninguna manera, y que el paso por una puente de piedra que ay entre la torre de lodones y galapagar, no podrá pasar el carro de V.M. ni acémilas cargadas.

El 20 de enero de 1582, Felipe II envió desde Lisboa una real cédula al prior del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, ordenándole que se hiciera un nuevo puente en el río Guadarrama entre esas dos poblaciones. Poco después, el 14 de mayo, Nicolás de Ribero y Juan de Ballesteros, maestros de cantería, se comprometían a hacer la obra de acuerdo con las condiciones dadas por Juan de Minjares, aparejador del monasterio, en el plazo de un año.

Sería casi a finales del siglo xviii, especialmente en el reinado de Carlos III, cuando, promovidos por este monarca o por los municipios, se construyeron numerosos puentes en España. Entre 1780 y 1788 se edificaron 325. En la provincia de Madrid se hicieron algunos muy necesarios.





NOTAS

[1] Archivo de Villa, Madrid. Secretaría 1-194-4.

[2] Domingo Palacio, T. Documentos del Archivo General de la Villa de Madrid. Madrid, 1907, tomo III, página 431.

[3] Archivo de Villa, Madrid. Secretaría 1-158-43.

[4] Libros de Acuerdos del Concejo madrileño, tomo II, página 93.

[5] Libros de Acuerdos del Concejo madrileño, tomo I, página 162.

[6] Archivo Histórico Nacional. Consejos, Legajo 24283.

[7] Archivo Municipal de Villa del Prado (Madrid).

[8] Colón, F. Descripción y cosmografía de España. Madrid, 1910.

[9] Archivo de Villa, Madrid. Secretaría 3-111-9.

[10] Archivo de Villa, Madrid. Secretaría 3-111-9.

[11]Relaciones histórico-geográficas-estadísticas de los pueblos de España hechas por iniciativa de Felipe II. Madrid, 1949.

[12] Ponz, Antonio. Viaje de España. Madrid, 1778, tomo III, pág. 150.

[13] Archivo de Villa, Madrid. Secretaría 1-193-11.

[14] Instituto Valencia de Don Juan. Envío 61 (1), folio 337.