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La fuerza de la palabra: retazos antropológicos y etnológicos de la Maragatería entre 1803 y 1848 a través del libro de cuentas de un arriero

BERNIS, Cristina

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 403.

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Introducción

La mayoría de los arrieros, además de transportar mercancías y personas, eran comerciantes, rentistas y prestamistas, lo que exigía el registro sistemático de los aspectos comerciales y económicos de todos sus negocios en libros de cuentas perfectamente organizados. Esos libros tenían tamaños y contenidos diferentes: más pequeños los que llevaban en sus desplazamientos, para anotar sobre la marcha la información necesaria, y de mucho mayor tamaño los que guardaban «en casa», en los que, además de información sobre préstamos, compras, servicios de transporte, deudas contraídas por clientes y vecinos o los pagos de arriendos sobre tierras y prados, incluían, debidamente explicadas, las anotaciones de los libros pequeños. He tenido en mis manos, y todavía conservo, diferentes ejemplos de esos libros y, a pesar que de su contenido reúne las dos cualidades esenciales que avalan el dato etnográfico, autenticidad y relevancia (San Martín, 2007), nunca me decidí a estudiarlos, por la gran inversión en tiempo y paciencia que ello requería y por el convencimiento de que ese esfuerzo proporcionaría una fría información económica sobre «una sociedad dentro de otra sociedad», estudiada en profundidad por otros autores (Rubio 1995a, 2003b, 2009) y dejaría fuera la realidad de la mayoritaria población agricultora, cuyos aspectos bioculturales siempre me interesaron y sobre los que trabajé en diferentes lugares, incluida la Maragatería.

Durante mucho tiempo, había reunido información bioantropológica, etnológica y ecológica sobre la población rural de la Maragatería, centrada en el siglo xx (Bernis 1974, Bernis 2014), y nunca imaginé que algún libro de arrieros me proporcionaría información relevante sobre la población agrícola del xix. Sin embargo, los dos libritos de arrieros que llegaron recientemente a mis manos me hicieron cambiar de opinión, por su contenido (diferente del que había visto en los libros previamente consultados) y porque las palabras con las que se transcribe, además de reflejar su entorno y su oficio de arrieros-campesinos, nos proporcionan interesantes retazos de la vida de la población agrícola y de la mutua dependencia entre arrieros y agricultores sobre los que se construyó la economía del arriero.

Los libritos me los prestó Antonio Martínez, nacido en La Maluenga, arriero y comerciante en su juventud (Martínez y Bernis, 2013); están fechados entre 1803 y 1845 y conservan el nombre de sus dueños: Francisco Alonso García de Santa Catalina de Somoza y Josef Fernández Nieto de Andiñuela de Somoza. Comparten dos tipos de registros: contratos de trabajo y apuntes sobre determinado tipo de deudas y préstamos. El libro de Francisco Alonso tiene un registro temporal más amplio de numerosos contratos de trabajo e incluye también las dotes de sus cuatro hijos. Su análisis es el núcleo principal de este artículo. El de Josef Fernández cubre el periodo de 1803 a 1834, con solo 18 registros de contratos de trabajo y préstamos entre arrieros que se encuentran en sus viajes; su información se utiliza para completar y contrastar la proporcionada por el otro libro. El análisis conjunto nos introduce en la vida cotidiana de las familias arrieras y agricultoras, mostrando claramente su interdependencia, ya que los arrieros no podían mantener sus negocios sin recurrir a miembros de la población agrícola, y esta necesitaba ingresos en dinero para pagar los obligatorios impuestos y comprar elementos esenciales como la ropa y el calzado, que no podía obtener de su economía agrícola de subsistencia.

Las tablas 1 y 2 resumen respectivamente la información contenida en ambos libros, cuyas transcripciones completas se incluyen al final del texto.

Resumen temporal del libro de Francisco Alonso García, arriero de Santa Catalina (1808-1848)

AÑO

Tipo de registros, contratos, deudas y dotes

Cantidad: sueldo/dote*

1808

Antonio Fernández, recua

1260 r y calzado

1809

Clara Fernández, servir / Deuda a su suegro

960 ropa y cabra

1810

Clara Fernández, servir / José Ferrero, recua

960R ropa y frisa

1811

José Alonso, recua / Pedro Enciso, recua / Clara Fernández, servir / Gregorio Fernández, recua / Deuda ingleses

800 R año / 1020 / 1040 R y camisa

1812

José Alonso, recua / Ángela Carro, servir/

Gregorio Fernández, ajusta cuentas hija / Deuda reconocida suegro

900 / 300 camisa pañuelo calzado

1813

José Alonso, recua / Juana González, servir

900 / 170 y zapatos

1814

José Alonso, ajusta cuentas de 3 años / Deuda ingleses

1815

Manuel Alonso, pastor /Matías, pastor

960 R y ropa sin enguanina / 520 y ropa

1816

Manuel Alonso, pastor / Antonia Domínguez, servir

960 y ropa / 700 ropa y zapatos

1817

Manuel Alonso, pastor / Antonia Domínguez, servir

1200 y ropa / 840 y ropa sin marcar

1818

Deuda cuñado-suegro

1819

1820

Clemente Martínez, pastor

600 y 2 trajes maragato completo, diezmo…

1821

Clemente Martínez, pastor / Antonia Botas, servir / 26

700 y ropa / 600 y suelas

1822

Manuel Alonso, pastor /Antonia Botas, servir/ Antonia Botas, servir

900 zapatos y camisa / 960 / 960

1823

Manuel Alonso, pastor / Antonia Botas, servir

335 secos / 1920 camisa, zapatos y pañuelo

1824

Manuel Alonso, pastor

1620 y ropa

1825

Manuel Alonso, pastor

1620 y ropa

1826

Manuel Alonso, pastor

1620 y ropa

1827

Manuel Alonso, pastor

1620 y ropa

1828

Manuel Alonso, pastor/

Dote hija 1

1620 y ropa

4400

1829

Manuel Alonso, pastor /Tomas Manríquez, pastor

1620 y ropa / 1920, camisa y cordera

1830

Santiago, pastor 13

1680, 2 camisas y calzado

1831

Santos Salvadores, pastor

2000 ropa y calzado

1832

Santos Salvadores, pastor

2000 ropa y calzado

1833

Blas Montero, pastor/

Dote hija 2

0 r, ropa y cuadra ovejas

3804

1834

Manuel Fernández, pastor

396, ropa y calzado

1835

Manuel Fernández, pastor

528 y ropa, calzado y cabra

1836

Manuel Fernández, pastor/

Dote hijo 1

528 y ropa

6320

1837

Antonia Alonso, pastora y servicio

1920? y el vestido

1838

1839

Manuela Fdez., pastora

264 ropa y cabeza

1840

Tomasa San Martín, pastora

160 y el vestido

1841

1842

Antonia San Martín, pastora

2,5 ducados y el vestido

1843

1844

Pepa San Martín, pastora

2,5 ducados y el vestido

1845

Narciso Nieto, pastor

2,5 ducados y el vestido

1846

1847

1848

Dote hijo 2 (cura)

3412

Tabla 1. Libro de cuentas de Francisco Alonso. Santa Catalina de Somoza.

Resumen del libro para el uso de Josef Fernández Nieto (1803-1834). Andiñuela

Año

Tipo de registro: venta, préstamo, contrato

Cantidad

1803

Nicolás Botas, arriero de Andiñuela, le vende fiado un macho

Pedro botas, arriero de Castrillo, préstamo en Badajoz

Manuel Botas, arriero, préstamo en los Nogales

2200

120

80

1804*

Manuel del Palacio, contrato recua, sin ajustar,

Cipriano Martínez/ contrato recua

Su cuñado, deuda por préstamo en Benavente y por un transporte

1000

1000

1260

Roque de Chana, pastor

NC

1805

Cipriano Martínez, contrato recua

Tío Andrés, contrato recua, 2 viajes a Galicia

Tío Anselmo, contrato recua, 1 viaje a Galicia

Antonio Franco, contrato recua, sustitución

Mozo contrato recua, 9 días, viene desde Madrid a 9 r día

1000 y ropa

100

50

160

36

1806

Antolino Martínez, contrato recua

1400

1807

Cipriano Martínez, contrato recua

1400

1808

Cipriano Martínez contrato recua

1400

Hija de Pepa del palacio, contrato servir

NC

1812

Juana Fernández, contrato servir

2,5 ducados y ropa

1813

Simona Pascual, hija de , servir 7 meses

NC

1834

Préstamo a Josefa Ramos

Préstamo al vicario Ramón Santos

Debe él al vicario por unas misas, paga en especias

120

28

26

Tabla 2. Libro de cuentas de Josef Fernández Nieto. Andiñuela de Somoza.

El libro de cuentas y su propietario

El libro perteneció al arriero maragato Francisco González García y conserva sesenta y dos registros fechados entre 1808 y 1845 que informan sobre tres aspectos económicos de muy diferente índole: contratos de trabajo, deudores importantes y dotes para los hijos. El propietario nació en Castrillo de los Polvazares, en el último cuarto del siglo xvii, todavía durante la época dorada de la arriería. Se casó hacia 1808, cuando aparentemente inicia el libro y, en contra de la costumbre mayoritaria en la época que establecía una residencia patrilocal a los nuevos matrimonios, se instala en Santa Catalina de Somoza, el pueblo de su esposa. Los textos, en general concretos y directos, están realizados con una escritura cuidada, pero en ocasiones difícil de comprender por la combinación de sus giros dialectales, por su peculiar ortografía que une o separa azarosamente las palabras y por la manera de distribuir ies, haches, uves, bes y equis, entre otras letras. Faltan, además, algunas hojas iniciales e intermedias y otras están dañadas. La transcripción del texto completo se incluye al final del artículo junto con algunas imágenes del original que permiten apreciar, entre otras cosas, las mencionadas peculiaridades ortográficas y filológicas, así como la frecuente utilización de abreviaturas.

Francisco Alonso y su mujer pertenecen a familias de arrieros acomodados, aunque no se encuentren entre las más ricas élites arrieras. Diferentes registros del libro sugieren que su suegro estaba pasando por una difícil situación económica, con numerosas deudas que no podía pagar y sin liquidez para hacer frente a la dote ni a los gastos de la boda de la hija con la que él se casa. Esos gastos los asume a modo de préstamo Francisco Alonso, como reflejan repetidamente los registros encabezados por «me debe mi suegro». De su lectura se intuye que el suegro debió de padecer una grave enfermedad por la que estuvo un tiempo hospitalizado y que el yerno tuvo que asumir también el pago de la factura del hospital. La necesidad de cuidados y atenciones posteriores determinaron que hija y yerno vivieran con él, «hasta el día que Dios le mande a juicio», a cambio, eso sí, de un importante acuerdo económico aceptado por sus cuñados, uno de ellos sacerdote, que, además de casa y otras pertenencias, incluía «al menos 1500 reales al año».

Aparentemente, él mantuvo una buena situación económica, reflejada en el libro de cuentas a través de los contratos de servicio que se permitía hacer, de los pagos anuales por gastos de sementera, de los acuerdos con la familia del suegro, de las dotes que proporciona a sus hijos y de las ganancias de sus negocios; en este sentido, solamente el pago que le hacen los ingleses en 1814 cuando saldan con él la deuda contraída durante la guerra de la Independencia suma más de 63 600 reales.

El contenido: contratos, deudas y dotes

Cuarenta y siete registros corresponden a los contratos de trabajo realizados a mujeres y hombres, catorce registros informan sobre las grandes deudas que contrajeron con él tanto los ingleses como su suegro y, finalmente, cuatro registros recogen las dotes que dio a sus hijos, dos mujeres y dos varones, el menor de ellos sacerdote. Se analiza por separado cada uno de esos aspectos.

Los contratos

El análisis de los contratos proporciona una visión novedosa y directa de la relación entre arriero y agricultor, sobre la que se construyó la economía arriera. Es una cuestión abordada previamente por otros autores de manera indirecta, utilizando fuentes documentales de catastros, notarías y protocolos de las escribanías de la zona (Martín Galindo, 1956; Peña, 1962 y 2002; Rubio, 1995a). Los registros de los contratos cubren un periodo de treinta y cinco años, de 1808 a 1843: en veintitrés de ellos figura un único contrato y en los restantes su número oscila de cero a tres. Todos los contratos, salvo los que hace a su hermano para trabajar en la recua, corresponden a miembros de familias agricultoras que se «asueldan» o ajustan para servir al «amo» en labores domésticas (solo mujeres), con la recua (solo hombres) o con el ganado (mujeres y hombres indistintamente). Con cierta frecuencia se contrata a la misma persona dos o más años consecutivos, teniendo el récord el pastor Manuel Alonso, quien permanece once años, siete de ellos consecutivos y sobre quien volveremos después.

La mayoría de los contratos son de un año y se especifica la fecha de inicio y fin, siempre de San Juan a San Juan del siguiente año para los pastores y para la mayoría de las mujeres del servicio doméstico, aunque para ellas también se realizan contratos de seis meses, utilizando entonces como referencia «de los Santos a San Juan» y «de San Juan a los Santos». Para los brigadistas de las recuas, las fechas son más variables y la duración de los contratos también, porque depende de las necesidades del momento; casualidad o no, todos los contratos para la recua aquí recogidos corresponden al periodo de 1808 a 1812, durante la guerra de la Independencia. Además de las fechas de inicio y finalización del contrato, figuran los nombres de las personas a quienes se contrata, para qué servicio y el tipo de soldada, y en ocasiones se añade el pueblo de procedencia y la filiación.

El pago del contrato se realiza al finalizar el periodo acordado, momento en que el arriero suele escribir «pagué» y tachar el contenido del contrato indicando que se cerró a satisfacción. Más de la mitad de los empleados necesitaron pedir adelantos sobre el sueldo, dieciséis de los cuales eran hombres (catorce pastores y dos de recua) y diez mujeres (cuatro pastoras y seis de servicio doméstico). Normalmente al final del año se ajusta el pago, pero no es infrecuente que el ajuste definitivo se cierre años después, como evidencian algunos registros que corresponden a reajustes de cuentas de años previos.

El pago puede ser solo dinero o complementarse con ropa, zapatos y, más raramente, con una cabeza de ganado o el pago de los diezmos por parte del amo. El salario en unas ocasiones se expresa por mes y en otras por año, y siempre en reales, menos en cinco casos que se hace en ducados. Salvo excepciones, la cantidad media anual que se recibía no difiere significativamente ni entre profesiones, ni entre hombres y mujeres: estaba en torno a los 1100 reales, algo menos hasta 1830 y algo más a partir de esa fecha. Sí puede diferir la cantidad de dinero ajustada, porque depende del precio de las cosas con las que se complementa. Lo más frecuentemente solicitado es ropa, que en diecisiete ocasiones se expresa como «la ropa acostumbrada» y, aunque nunca se precisa en qué consiste, las referencias específicas de algunas prendas sugieren que no están incluidas en «lo acostumbrado». La camisa y el calzado son complementos comunes para hombres y mujeres, pero el pañuelo y la frisa son exclusivos para ellas, mientras que la enguarina (anguarina) y el traje de maragato completo o por piezas lo son para ellos. La petición de calzado y ropa de uso cotidiano y para trabajo al aire libre, como es el caso de la frisa y la enguarina, evidencia de nuevo la penuria económica de la población labradora. Las dos son prendas cimeras, fundamentales para protegerse contra el frío y la lluvia (Cea, 2014), y su uso se ha mantenido hasta bien entrado el siglo xx en algunas áreas del país. La frisa es una manta de lana fuerte, utilizada por las maragatas para envolverse completamente cuando salen de pastoras o a realizar trabajos agrícolas, suelen tener su nombre o alguna frase bordada y formaban parte de las prendas que, con diferentes nombres y forma, han utilizado las pastoras en el mundo rural (León, 2015). Las anguarinas son gabanes sin manga, utilizados por labradores y recueros maragatos, y su uso extendido con el mismo nombre en otras áreas está documentado en poblaciones agrícolas del siglo xviii de Palencia (Mediavilla, 2015) y de Salamanca (Cea, 2014).

Las familias agricultoras a través de los contratos

Como el pago se realiza al final del contrato, es frecuente que necesiten pedir adelantos. Cuando esto sucede, bajo las escuetas dos líneas del contrato se añade la lista de lo que se van llevando y para qué, quién lo pide o recoge (el interesado o alguien de su familia) y cuál es el saldo que queda libre al finalizar el contrato. Gracias a esos apuntes sabemos el valor de las cosas básicas que necesitan adquirir en su vida cotidiana y cuánto significa ese precio sobre el salario anual que reciben. A modo de ejemplo, un cordero costaba en torno a 15 reales, una vaca 200, el cuartal de pan 4,5 reales y las camisas 20. Lamentablemente, no tenemos ninguna descripción de las camisas utilizadas, pero el hecho de que son las prendas más solicitadas por hombres y mujeres, tanto como complemento del sueldo como por adelanto sobre el mismo, y que todas estén valoradas en 20 reales, nos hace suponer que eran prendas sencillas de uso diario, quizá no muy diferentes del camisón maragato mencionado en algunos inventarios del siglo xviii de Salamanca estudiados por Cea (2014), que describe como «una variante arcaizante de camisa, según la manera de esa comarca leonesa».

La mayoría de los contratos no están firmados por los interesados (que no sabían escribir) pero, dado el valor que se les atribuía, muchos van firmados por testigos «a su ruego» o llevan símbolos de valor reconocido: «Por no saber firmar hizo la señal de la cruz». Nunca consta la edad de las personas contratadas, los contratos sugieren que algunos son adultos, casados y con hijos, pues en la lista de cargos consta «llevó su mujer» o «llevó su hija», pero muchos deben de ser muy jóvenes, como sugiere el hecho de que el ajuste del sueldo lo hace un pariente, casi siempre el padre. Prácticamente en todos los contratos con cargos recogidos en ambos libros, el padre se lleva una parte importante de las peticiones, tanto de sus hijas como de sus hijos. Basten dos ejemplos: todos los cargos al salario de Antonia Botas del año 1822 los llevó su padre, siendo el primero una deuda antigua que él tenía con el amo. El pastor Blas Montero, contratado en 1833, no recibe dinero, solo ropa y una cuadra para su padre. El hecho de que fuera el padre el principal negociador y, en gran medida, gestor del salario, lleva implícita la asunción de responsabilidades si los descendientes no cumplen a satisfacción el contrato. Eso está muy bien expresado en el caso de Cipriano Martínez, del libro de Andiñuela, cuyo contrato de 1807 dice: «He asoldado al hijo del tío Andrés Martínez […] obligándose el dicho su padre de los daños y perjuicios que causare el dicho hijo no cumpliendo la palabra…».

No hay ninguna diferencia en la manera de redactar los contratos de hombres y mujeres, ni tampoco en los contenidos (salvo el tipo de ropa). Aun así, su revisión sugiere que las mujeres registradas eran todas jóvenes solteras, tanto por el tipo de cosas que ellas solicitan en los adelantos como porque es el padre y nunca el marido quien cierra los contratos y quien pide adelantos. Además, en muchos de esos contratos en los que figuran como «hijas de», el padre ha sido también empleado del amo, como ocurre con Clara Fernández, Antonia Botas y las tres hermanas San Martín contratadas por su padre como pastoras en años sucesivos. Ellas piden dinero para fiestas de los pueblos y para las festividades religiosas (Navidad, difuntos), además de para comprarse pañuelos y arreglarse ropa. Las madres figuran como tales cuando piden adelantos y en raras ocasiones con su propio nombre. Como curiosidad, hay un único contrato de servir cerrado entre dos mujeres, probablemente viudas ambas: Pepa del Palacio (madre de la sirvienta) y María Manuela, vecina de Andiñuela (empleadora). No se menciona, sin embargo, el nombre de la empleada y sí el de un testigo, tras cuyo nombre, tío Pedro Domínguez, se añade: «Que por no saber firmar, firmo yo, Manuel Martínez».

Entre los hombres jóvenes y adultos también es frecuente pedir adelantos para adquirir diferentes piezas de ropa, como la enguarina, en ocasiones incluida como complemento del salario y otras específicamente excluidas de «la ropa acostumbrada». Por los adelantos solicitados, sabemos que los hombres asumen importantes responsabilidades de protección familiar, tanto de línea directa (padres, hermanas, hijos) como política (cuñadas) y, en sus cargos, si figuran las esposas como solicitantes. Se ha sugerido que los servidores de los arrieros cobraban sus salarios a la muerte de estos o incluso nunca, y que los arrieros sacaban muy buen rendimiento de los préstamos que hacían a los labradores con cargo a sus tierras, porque cuando no podían devolverlo se quedaban con las fincas (Peña, 2004). Los contratos aquí analizados evidencian que, en general, se ajustaba y pagaba el dinero acordado al finalizar el contrato, aunque, eso sí, lo que se recibía en ese momento era muy poco, al quedar reducido por los adelantos que se habían tenido que pedir, lo que generaba en ocasiones una deuda del servidor con el amo, pero en ningún caso se hace referencia a que los empleados pusieran alguna finca como garantía.

La economía familiar se veía especialmente afectada cuando se debían pedir adelantos para cubrir gastos de enfermedad propia o de un familiar, y no solo entre los agricultores, sino también entre las acomodadas familias arrieras, como le ocurrió al propio suegro de Francisco. José Ferrero, empleado de la recua de Francisco Alonso en 1810, tuvo que pedir adelantos por enfermedad que casi sumaban su sueldo anual. No es muy diferente el caso de Cipriano Martínez, empleado para la recua por Josef Fernández que en 1805 estuvo enfermo y rompió una pierna en un accidente, lo que determinó que ese año necesitara veinte adelantos, la mayoría de los cuales se destinaron a cubrir los gastos de enfermedad y del accidente que sufrió, pero que también incluían los salarios de las tres personas que tuvo que contratar el amo para sustituirle cuando estuvo enfermo y cuando «se esnucó una pierna junto a Benavente».

Mención aparte merecen los cargos que hace el amo por castigos o para compensar descuidos, pérdidas o pagos de diferentes cosas de las que se responsabiliza al empleado, generalmente pastores y recueros. A los pastores se carga el valor de una oveja por dos motivos principales: «… porque la mató de un cantazo o porque la perdió […] y la comieron el lobo o los perros». También les cargaban las prendas o multas por infringir determinadas ordenanzas de los concejos; por ejemplo, cuando metían al rebaño en terrenos prohibidos, por estar cultivados o por pertenecer a otro pueblo. A los servidores de la recua les hacían cargos por diferentes descuidos: pérdida de algunas mercancías que transportaba y cobros equivocados o duplicados de otras, que luego reclamaban al amo. En 1805, el mencionado Cipriano Martínez tuvo que pagar 20 reales «por unas tenazas que me perdió» y a Gregorio Fernández le cargaron 32 reales en 1808 por «dos pares de medias que le entregaron en Avilés para Madrid y las entregó al criado Gaspar Delgado y se perdieron y las cobraron».

En resumen, las frecuentes peticiones de dinero por parte de los progenitores con cargo a los salarios de los hijos reflejan muy bien la difícil realidad de esas familias como unidades económicas que caracterizaron a la agricultura de subsistencia, en las que todos sus miembros debían contribuir trabajando desde la infancia, ayudando en casa y asalariándose para otros. Su trabajo agrícola cotidiano les permitía obtener y consumir de manera autárquica los alimentos y parte del material necesario para ropas y tejidos (a través del cultivo y procesado de lino y de la lana de las ovejas). Para cubrir otras necesidades básicas (impuestos, calzado, determinadas prendas, herramientas, etc.), necesitaban obtener dinero, bien asalariándose para sus paisanos arrieros, bien como jornaleros, pastores y mineros en estancias temporales fuera de la zona (Botas, 1993; Bernis, 2014). La dura economía de subsistencia de las familias agricultoras y el trabajo infantil y adolescente asociado persistió con matices en muchos pueblos de la zona al menos hasta mediado el siglo xx, a pesar de los progresos que se fueron realizando (Bernis, 2014).

Las deudas

Todos los libros de arrieros recogen deudas de diferentes tipos, contraídas por ellos o por otros. Lo analizado en el apartado anterior informaba sobre las familias campesinas porque corresponde a deudas por adelantos sobre el sueldo ajustado, mientras que las aquí analizadas informan sobre las familias arrieras. Francisco Alonso registra dos grandes deudores: los ingleses y su suegro. La deuda de los primeros proporciona un fogonazo histórico y temporal sobre de la guerra de la Independencia. La segunda ilustra aspectos sociales, económicos e identitarios ligados a las familias arrieras, que se completa con la información sobre préstamos entre arrieros realizados en diferentes lugares de las rutas comerciales del libro de Josef Fernández.

Me deben los ingleses

Hay tres breves registros sobre la deuda de los ingleses. En 1811, ingleses y franceses están por la zona implicados en la guerra de la Independencia, y parece que los arrieros negociaron con unos y otros (Peña, 2004a), pero en el caso de Francisco González solo hay constancia de que lo hiciera con los ingleses, quienes el año mencionado acumulan con él una deuda por alquiler de «los 5 machos que tengo en brigada con ellos a tres mil R cada mes». No sabemos cómo, pero mantiene el contacto con los ingleses, que le van pagando a tirones la gran deuda que han contraído con él, y que tres años después suma «a cuentas ajustadas en 12 de julio de 1814, cincuenta y ocho mil R», a lo que habría que añadir «tres mil y seiscientos R más, a pagar en tres meses […] si hay dinero». Las correspondientes tachaduras indican que finalmente cobró todo ese año.

En 1814, el pintor (y quizá también espía) inglés Thomas O’Brien Mills Driver plasma en una interesante acuarela la imagen de un arriero y su recua bajo las palabras «Maragatto, mulero»; además de proporcionar una excelente visión del montañoso recorrido hacia Galicia para el que las mulas eran fundamentales, nos permite imaginar el aspecto que podía tener Francisco Alonso aquel año, cuando consigue cobrar la deuda completa que con él tenían los ingleses, (pelo largo, quizá garnachas, media barba y traje claramente de maragato, pero de diario, no el elegante traje de fiesta que estamos acostumbrados a ver en la actualidad (figura 1).

Me debe mi suegro

Los registros sobre la deuda que tiene con él su suegro mencionan separadamente los gastos relacionados con la dote y deudas acumuladas en aquel momento (recogido en diferentes registros sin fecha) y los posteriores gastos derivados del acuerdo para su manutención y gestión de las propiedades, recogido en dos registros con fecha, el primero titulado Razón de los gastos que he tenido con la sementera de mi suegro el primer año de 1809 y el segundo, redactado por el propio suegro («En 22 de abril de 1812 hicimos cuentas yo, Francisco González y mi yerno Francisco Alonso»), por el que Francisco Alonso acepta hacerse cargo de su manutención «hasta que Dios lo llame a juicio» a cambio de la cesión de la casa y de periódicas contribuciones de sus cuñados para alimentos y ropa. Los pagos que hace para rescindir deudas del suegro y para desempeñar objetos incluidos en la dote de su esposa se saldarán con cargo a la hijuela paterna cuando este fallezca, «si tienen por dónde».

Este acuerdo se basa sobre una boda entre parientes, tan frecuentes entre las familias arrieras y maragatas en general (Bernis, 1974; Rubio, 2005; Rivero, 2008) que fue probablemente acordada muchos años atrás, porque el padre de Francisco Alonso (Antonio Alonso) era hermano de María Alonso, madre de su esposa Antonia González, como sugiere la revisión de los apellidos de los cuatro abuelos recogidos en el registro bautismal de su segunda hija, Antonia María.

La preocupación de Francisco Alonso por la complejidad y cantidad de la deuda que con él tenía su suegro, unido al posterior compromiso de los pagos para su manutención, se refleja en los numerosos registros encabezados por «me debe mi suegro». En ellos repite y aclara gastos y deudas, que a veces modifica y que finalmente resume bajo el título: Cuentas con mi suegro que vuelvo a apuntar por no estar muy claras las del folio 151, 152 y 153 y no valgan el escrito de dichos folios 151, 152 y 153 (54-59). La lectura de esos gastos que él asumió no solo evidencia la difícil situación económica por la que pasaba su familia política, sino que aporta información sobre aspectos sociales (algunos compartidos por agricultores y arrieros como el pago de diezmos a la Iglesia) y de aspectos identitarios en torno al matrimonio entre familias arrieras a principios del siglo xix, también compartidos en ese momento por los agricultores. Respecto a los diezmos, su suegro debía pagar a la Iglesia dos cargas de pan al año, cuyo monto variaba en función de la cosecha recogida. Él pagó dos cargas por un valor de 410 reales el año 1812 y no vuelve a pagar hasta cuatro años después, cuando precisamente su cuñado el cura le paga el monto correspondiente, según explica el siguiente registro: «Debe mi cuñado el cura dos cargas de pan del año 13 y dos del 14 y dos del 15 y dos del 16 que es lo que me paga para ayudar a mantener a su padre, y solo me dio el año 11 y el año 12 las dos cargas cada año. Mas no el año 16 tres cargas, debe cinco más. Pagó».

Respecto a costumbres matrimoniales, se reflejan tanto los pagos al Concejo por derechos de vecindad al contraer matrimonio (él pagó los 39 reales que debía su mujer), como sobre los pagos de determinados aspectos relacionados con la boda, que debía hacer la familia de la novia, como invitar a las mozas el día previo y pagar determinadas viandas y vino para la celebración de la boda (gastos por los que pagó 90 reales). Finalmente, informa sobre algunos objetos y propiedades incluidos en la dote de su esposa, que sus padres habían tenido que empeñar a parientes. Entre ellas destacan unas valiosas collaradas o donas de plata, una larga de tres vueltas y una corta, propiedad de su suegra, que se incluyeron en la dote de su mujer y que Francisco Alonso recupera, con el entendimiento de que la familia de su esposa le reembolsará los 2700 reales del empeño. Uno de los registros sobre el estado de la deuda expresa cómo el suegro le reembolsa parte de lo que pagó por las donas: «Cuarenta onzas de plata que me dio de donas a veinte reales la onza, 800 reales». Las collaradas son piezas de gran valor simbólico y económico que, además de proporcionar prestigio social, permitían una cierta seguridad económica a las mujeres pues, en situaciones de necesidad, podían empeñarlas, enteras o por partes (Rivera, 2006). En este caso, ante la difícil situación económica familiar, la suegra (como propietaria de las joyas) debió de autorizar su empeño.

Préstamos y deudas entre arrieros

El libro del arriero de Andiñuela tiene un tipo de registro de deudas y pagos diferentes de las que se han comentado anteriormente: son préstamos que se realizan entre colegas arrieros en diferentes lugares de su ruta en los que coinciden. Se hacen a personas a las que se conoce, en quienes se confía y de los que se espera comportamientos recíprocos, llegado el caso. Así, figuran préstamos a empleados y amigos de su cuñado, a quienes paga los gastos de la pensión en Badajoz y les deja dinero. Con el cuñado comparte negocios de recua y en ocasiones aprovechan viajes para hacer el transporte propio y el del otro, como consta en el apunte de 1200 reales por seis cargas de vestuarios que llevó a cuenta del cuñado de Madrid a Lugo y Pontevedra. Al terminar ese registro dice: «Ajusté esta cuenta con mi cuñado y quedamos contentos de todas riñas». El final de la frase ilustra bien el deseo de los arrieros de mantener buenas relaciones con familiares y colegas. Incluso Francisco Alonso finaliza así una de las anotaciones sobre la deuda de suegro y las dudas que puedan tener sus cuñados: «Todas estas partidas que están por año, también constan en otro asiento que llevo de toda cuenta […]. Lo que a nadie disgustara de dichas cuentas, si fuese necesario asentar, pues todo lo escrito va a toda conciencia sin agravio de nadie».

En otras ocasiones, la garantía puede ser la familia a la que pertenece el que recibe el préstamo, como es el caso de Nicolás Botas de Andiñuela, a quien Josef Fernández le proporciona en Badajoz un macho «al fiado» cuyo valor registra en 2200 reales, que representa casi el doble del sueldo anual de un criado de recua, lo que explica perfectamente que se emplearan dieciséis días de trabajo en localizar un macho que se había perdido. El elevado precio de las mulas, documentado en contratos de venta (López de los Mozos, 2006) y en dotes e inventarios (Rubio, 1995a), llamó la atención de Ford (1986) cuando recorre España contemporáneamente con los arrieros aquí analizados; el viajero inglés proporciona una documentada y divertida explicación de por qué son tan caras las mulas en España y también menciona los curiosos esquilados que se les hacían en las ancas, de modo que «se les suele dejar parte del pelo […] en un diseño caprichoso, como los tatuajes de un jefe indio», y que todavía hoy hacen los últimos esquiladores que aprendieron de niños (Ingesta, 1986).

Finalmente, se mencionan algunas mercancías que trasportaban y algunos lugares por los que pasaban, que ni mucho menos son un registro exhaustivo, porque solo se indican cuando hubo algún problema con el transporte de las mercancías (pérdida o cobro repetido de un pago) o con el criado de mulas (enfermedad o accidente). Por supuesto, en ambos casos los costes derivados se cargaban al muletero. Se mencionan libros, medias, vestidos y paños como mercancías, y estancias en los siguientes lugares: Astorga, Avilés, Benavente, Lugo, Madrid, Pontevedra, Pajares, Santiago, Toledo, Valdeorras, Valladolid, Villar de Frades o Villaviciosa, situados todos ellos en las principales rutas de los arrieros maragatos en Galicia, Asturias, Extremadura y ambas Castillas (Rubio, 1995a y b).

Las dotes

En el libro del arriero Francisco Alonso están anotadas las dotes completas de sus cuatro hijos, dos mujeres y dos hombres (uno de ellos sacerdote), cuyo análisis proporciona información diferente y complementaria a la visión esbozada anteriormente sobre las familias arrieras, muy centrada en los hombres. En la Maragatería, como en el resto de León y gran parte del norte de España, hijas e hijos heredaban por igual a la muerte de sus padres (García González, 2011) y ambos también recibían un adelanto sobre la herencia en forma de dote cuando se casaban o se hacían religiosos. Las cuatro dotes comienzan de la misma manera: «Dote que yo Francisco Alonso y Antonia González damos a nuestra/o hija/o […] a cuenta del primero que fallezca de sus padres». Es interesante el hecho de que son los hijos varones y los yernos, nunca las hijas, quienes escriben el acuerdo sobre la dote y firman ante testigos que se dan por satisfechos, aunque, a veces, las tachaduras y añadidos en torno a la firma indican falta de acuerdo inicial.

El valor total de la dote no era necesariamente idéntico entre hermanos ya que, aparte de posibles mejoras, las diferencias se compensaban cuando, a la muerte de los padres, recibían la hijuela con su herencia, en la que siempre se especificaba la cantidad recibida como dote. Así ocurre con las dotes de los hermanos González que, como veremos, difieren en cantidad (6320 para Vicente, 4400 para Francisca, 3804 para Antonia y 3400 para el sacerdote), en el contenido entre las hermanas y el hermano casado, y también entre este y su hermano sacerdote, aunque su monto indica que pertenecen a un familia arriera de nivel medio-medio alto. Por ejemplo, según los rangos establecidos por Rubio (1995a) para dotes femeninas en el siglo xviii, solo un 13,5 % de las familias dotaban a las hijas por encima de los 5000 reales, mientras el 33,5 % proporcionaban entre 3000 y 5000 reales, como hizo Francisco Alonso con sus hijas. Algo semejante ocurre con la dote a su hijo varón. Las tres dotes, cuya suma supera los 14 500 reales, se establecen en un periodo de 8 años.

El contenido de las dotes de las hermanas es muy semejante y coincidente también con el de otras dotes de mujeres de familias arrieras, recibiendo todas ellas cuatro tipos de cosas:

  1. Muebles, ropa y utensilios para dormitorio y cocina (arcas, mesas, escaños, camas, sábanas, manteles, servilletas, sartenes, calderas, candeleros). El tipo de muebles que reciben las hijas, tanto por las maderas (roble, castaño y nogal, aunque también algunos de chopo) como por la descripción que de ellos se hace, se corresponden con los recogidos en diferentes documentos notariales de las potentes familias arrieras estudiadas por Rubio (1995a, b).
  2. Útiles para el trabajo agrícola, ganadero y doméstico, representantes todos ellos de los importantes aspectos productivos a cargo de las mujeres (carros, yugos, arados, bueyes, ovejas, arados, maseras y manta para cubrir la masa del pan; siempre rueca y devanadera para hilar y producir prendas de vestir).
  3. Vestidos para el novio y la novia.
  4. Algo para la despensa.

Lo que aporta el hermano casado en su dote no solo es diferente, sino que también se expresa de modo distinto, en grandes bloques de enunciado sintético y nada especificados, seguidos todos ellos por «según consta en asiento», lo que implica su registro en los gruesos libros de cuentas detalladas que guardan en casa. Como la mayoría de los hijos de arrieros, recibe una casa. Curiosamente, la primera opción de casa que le es asignada no acaba de satisfacerle, como evidencia su tachadura y los sucesivos añadidos de padre e hijo; finalmente, se le adjudica una vivienda que dobla el valor de la primera oferta y que sí le satisface. Llama la atención que en su dote no se incluya específicamente ningún macho, que sí están presentes en el 96,5 % de las dotes masculinas que revisó Rubio (1995a) y que sabemos que su padre los posee y utiliza. Podríamos pensar en dos posibles explicaciones: la primera, que recibió los machos a través de unas escrituras de emancipación, de las que se conservan algunos documentos notariales bajo la emocionante fórmula «De mí te aparto para que puedas casarte» (Rubio, 1995), pero sobre lo que no tenemos ninguna constancia directa ni indirecta para esta familia; la segunda podría ser que se incorporara a un negocio familiar compartido, y aunque no hay ningún registro específico sobre la incorporación del hijo a dicho negocio, sí hay dos que documentan su existencia reproducidos a continuación:

«Entra a servir mi hermano José Alonso con los machos en brigada el día dos de octubre de 1811 y después de que entró, estuvo diez y seis días en busca de un macho de Vicente y le doy de soldada ochocientos R por año, sin ropa. Le doy cincuenta reales más, que el de Antonio, que no cita más que en setecientos y cincuenta R sin ropa».

«En este año de 1813, volvió a entrar mi hermano José con dos machos míos y uno de mi hermano Antonio y otro de mi cuñado Antonio en la brigada por la misma soldada».

La dote del hermano sacerdote es diferente, más parecida en algunas cosas básicas a la de las hermanas (camas, ropas, utensilios de cocina, etc.), ya que no tiene mujer que lo aporte; él recibe además cosas singulares que no figuran en las dotes de los otros, como un paraguas, una chocolatera, una cornucopia y un escritorio, además de 1620 reales «para gastos del curato y misa nueva». Todos ellos reciben algo para «la despensa» (grano, patatas, tocino), lo que les permite disponer de alimentos básicos a lo largo del primer año, mientras se produce la primera cosecha.

Conclusión

El contenido de los libros de cuentas que aquí se analizan presenta aspectos económicos muy concretos e importantes para la mentalidad de su propietario arriero. «La mentalidad es la cultura y modo de pensar que una persona adquiere en contacto con su familia y con el grupo humano que le rodea. Cuando esa cultura le caracteriza frente a otros, le confiere una identidad» (Díaz, 2006). La identidad muy bien definida de los arrieros maragatos gira precisamente en torno al negocio y a las estrategias familiares que permiten conservarlo y aumentarlo. Eso incluye los aspectos esenciales de la vida de los pueblos como la formación de matrimonios y familias, las relaciones sociales entre hombres y mujeres y entre grupos desfavorecidos y privilegiados. Especialmente interesante es el hecho de que todos los registros analizados, contratos, deudas y dotes nos introducen en la vida cotidiana e inseparable de las familias arrieras y agricultoras, porque los arrieros no podían mantener sus negocios sin recurrir a los matrimonios endogámicos y consanguíneos, ni al trabajo de los miembros de la población agrícola (con quien comparten la organización concejil y los ritos de la vida y la muerte) y que, a su vez, necesitaba ingresos en dinero para pagar los obligatorios impuestos y comprar cosas esenciales como la ropa y el calzado, que no podía obtener de su economía agrícola de subsistencia. Todo eso y mucho más sobre su identidad, relaciones, sentimientos, problemas cotidianos y responsabilidades trasciende a partir de frases cuyas palabras más repetidas son verbos como cargar, asoldar, pagar o deber. De ahí, la fuerza de la palabra.





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