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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 405.

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Aunque la potencia en la emisión de la voz era un factor determinante para los buenos oradores sagrados, no todos los predicadores poseían la fuerza ni el volumen de san Vicente Ferrer (quien repetía allá donde iba su famoso timete Deum con voz poderosa y bien timbrada) por lo que, al parecer, tuvieron que recurrir muy frecuentemente a la insospechada ayuda que les proporcionó una especie de vas spirituale amplificador llegado directamente del taller de un alfarero.

En su magnífico Diccionario razonado de la arquitectura francesa de los siglos xi a xvi, el gran arquitecto francés Eugène Viollet-le-Duc escribía al hablar de la voz ‘pot’: «Los arquitectos de la Edad Media colocaban a veces en el interior de los edificios religiosos, en los paramentos de los muros, recipientes acústicos de barro cocido, probablemente para aumentar la sonoridad de los vasos […] Hemos constatado la presencia de estos recipientes en los coros de las iglesias de los siglos xi y xiii […] especialmente en la iglesia de Saint Blaise, en Arles». Viollet-le-Duc no era el primero en reparar en estos vasos de las iglesias románicas francesas (posteriormente se descubrirían en Suiza, Inglaterra, Polonia, Alemania y los países nórdicos). Mr. Huard, director del museo de Arles, había escrito un informe en 1842 en el que consignaba la presencia de, al menos, quince vasos acústicos en la iglesia mencionada por Viollet-le-Duc y manifestaba su convencimiento de que podría tratarse de recipientes colocados estratégicamente para amplificar la voz dentro del templo. Como si se tratara de un eco natural provocado por aquella noticia, diferentes investigadores —arquitectos, arqueólogos, científicos— fueron aportando sus opiniones en apoyo de la teoría o, por el contrario, negándole cualquier atisbo de verosimilitud. En algún caso se recurría incluso a la experiencia histórica del arquitecto Salomon, a quien se encargó en 1749 la reconstrucción del convento de los dominicos en Estrasburgo y que llegó a descubrir hasta noventa y nueve vasos en las ruinas de la primitiva iglesia, casi todos, eso sí, tapados o cubiertos de polvo o excrementos de aves. En 1902, Weber aseguraba que los recipientes podrían haberse usado como junta de dilatación; en 1910, Rougé negaba que se hubiesen podido usar como columbarios pues su disposición en las bóvedas hacía prácticamente imposible esa función, y otros especialistas venían finalmente a proponer en investigaciones sucesivas que los vasos podrían haber sido utilizados tanto para apoyar la resonancia como para reducir la reverberación, tan frecuente en los templos de piedra. De ese modo, mientras unos se inclinaban por la tesis de la producción o amplificación del eco, otros defendían una especie de corrección sonora o sistema de absorción que homogeneizase el sonido. En realidad, estos últimos proponían que las vasijas hubiesen servido para amplificar y percibir más nítidamente determinadas frecuencias —las que ya existían en la cavidad resonadora del vaso— mientras que se amortiguaban todas las demás. ¿Tendría en la mente estos principios el científico alemán Hermann von Helmholtz (profesor, por cierto, de Hertz y de Planck) cuando inventó su famoso «resonador», precursor de los samplers tan usados por los músicos contemporáneos? Casi todos, en cualquier caso, aun reconociendo que la costumbre de colocar esos pucheros en los templos cristianos se podía datar entre los siglos xi y xvii, se remontaban al romano Vitrubio como el primer arquitecto que describió en su De Architectura el uso de los vasos de bronce para amplificar la voz de los actores en el teatro griego. En el Libro V, y siguiendo las leyes de la armonía, Vitrubio había dejado escrito: «Sobre estas leyes se hacen matemáticamente los vasos de bronce, proporcionados a las dimensiones del teatro y afinados entre sí en tonos de cuarta y quinta, y por orden hasta las dos octavas. Se colocan después siguiendo las leyes musicales en unas oquedades especiales debajo de las gradas del teatro, sin que toquen en ninguna parte a la pared».

Sean o no los vasos cerámicos herederos de la tradición griega, es evidente que existieron, que se usaron y que los expertos todavía no se han puesto de acuerdo sobre el efecto que pudieron producir. Todavía durante el siglo pasado se encontraron en algunos teatros, como el Cervantes de la Colonia de Santa Eulalia en Alicante, unos vasos o cavidades para evitar ecos en el recinto, lo que prueba la perdurabilidad de la teoría y la reiteración en su aplicación.