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La arquitectura tradicional de Castilla en la obra literaria de Miguel Delibes

GIL CRESPO, Ignacio Javier

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 405.

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Una gran parte de la obra de Miguel Delibes, del que se conmemora este 2015 el quinto aniversario de su fallecimiento y el cuadragésimo de su ingreso en la Real Academia Española, tiene como escenario la Castilla rural. Sus personajes son, por lo general, «gente desheredada, pobre, que habitaban en tabucos de adobe, sin enlosar, sobre la tierra apelmazada» (El hereje, 1998). El arraigo al lugar y la autosuficiencia son las notas que más destaca Delibes en sus escritos. La pérdida de la tradición y, con ella, la lógica de la arquitectura vernácula, añaden un valor extraordinario a las descripciones literarias —si bien realistas— que Miguel Delibes hizo de la vida del hombre del medio rural castellano y de la arquitectura que construye y le sirve de habitación. En sus novelas hay numerosos pasajes en los que se describe esta arquitectura del medio rural. A lo largo de sus páginas se encuentra una seria reflexión sobre la triste desaparición de la cultura popular. El artículo ofrece un análisis de los principales tipos arquitectónicos que aún se pueden encontrar en el medio rural de la «Castilla maltratada», tomando como hilo conductor algunos pasajes literarios extraídos de la vasta obra del escritor vallisoletano, crónicas vivas de la manera en que se habitaba y se construía esa arquitectura.

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En 1979, la editorial Planeta publica en la serie «Espejo de España» el ensayo-compendio Castilla, lo castellano y los castellanos de Miguel Delibes. El director de la serie, Rafael Borrás, había solicitado un ensayo sobre Castilla al escritor vallisoletano, que declinó la invitación por no creerse capacitado. No obstante, y gracias a la insistencia del editor y del también escritor Jesús Torbado, Delibes accede a rastrear en sus libros los aspectos más relevantes de la imagen de Castilla, lo castellano y los castellanos. El ensayo se estructura en veinte capítulos en los que, tras una breve introducción, se selecciona un pasaje de alguno de sus libros en los que se incide sobre cada uno de los veinte aspectos de los que trata el libro: el paisaje castellano, dependencia del cielo, religiosidad, sumisión, piedras venerables, dos mundos, filosofía socarrona, apego a la tierra, humanización de los animales, individualismo, laboriosidad, rencillas y banderías, cazadores y pescadores, desconfianza y hospitalidad, fatalismo, picaresca, danzas y canciones, los apodos y los días, el éxodo y, por último, el castellano ante el progreso.

A estos bloques temáticos sobre los que gira la obra literaria de Delibes se puede añadir la arquitectura tradicional del medio rural, ya que es fácil encontrar descripciones, apuntes, quejas o sencillamente actúa como escenario de la acción, pero siempre con precisión y configurando un análisis profundo de esta arquitectura vinculada a la naturaleza física y humana del medio castellano.

Miguel Delibes, escritor castellano

Miguel Delibes nace, vive y muere en Valladolid, ciudad central y capital de Castilla y León. En esta ciudad trabaja como redactor y director del periódico El Norte de Castilla y en sus alrededores (cuando no en ella misma) sitúa los escenarios de sus novelas. El medio rural está prácticamente siempre presente en su literatura, ya sea cuando la novela se desarrolla íntegramente en un pueblo castellano —Las ratas—, montañés —El camino—, de la sierra burgalesa —El disputado voto del señor Cayo— o cuando sus protagonistas han emigrado a la ciudad, como en La hoja roja.

En el seno de una familia de ascendencia francesa, Miguel Delibes nace el 17 de octubre de 1920. En 1940 comienza a trabajar como caricaturista en El Norte de Castilla, y cuatro años más tarde entra en nómina como redactor fijo. De este periódico llega a ser director entre 1958 y 1963. En 1945 gana la oposición a la cátedra de Derecho Mercantil y comienza la docencia en la Escuela de Comercio de Valladolid.

En 1948 gana con su primera novela —La sombra del ciprés es alargada— el Premio Nadal. Desde este momento, y hasta su fallecimiento el 12 de marzo de 2010, la labor literaria es constante y en continua evolución, pero siempre con el marco común de su Castilla, la Castilla que, como él mismo cuenta en el discurso que pronunció en 1993 cuando fue distinguido con la Medalla de Oro de la provincia de Valladolid, primero conoció, «más tarde la amé y, finalmente, cuando la vi acosada por la mezquindad y la injusticia intenté defenderla» (recopilado en He dicho, 1996, 205).

Delibes emplea un estilo llano, directo y sobrio. La sobriedad se manifiesta precisamente en una amplia lexicografía, pues denomina cada cosa por su nombre. La riqueza y precisión del vocabulario de Delibes son aspectos que destacan los estudiosos de su obra. Marisa Sotelo (2006, 67) señala en el ensayo introductorio a El camino que el manejo terminológico se debe al «conocimiento profundo y directo que Delibes tiene de la realidad rural castellana, y sobre todo, de su empeño en erigirse en testigo de un mundo condenado a desaparecer por el abandono, la miseria, la despoblación y que, sin embargo, es el depositario de la tradición, de las raíces de cada uno, de la sabiduría natural en contraposición al saber aprendido» (Sotelo 2006, 67). De igual manera, el académico Fernando Lázaro Carreter, en el prólogo a La partida (1981, 11) subraya el empleo de «un idioma casto, simple, pegado como una dermis al contenido, dando testimonio de que su sencillez es también una exigencia moral para el artista».

Miguel Delibes expone en su obra sus preocupaciones, entre las que destaca el enfrentamiento, a veces violento, entre las culturas rural y urbana. Su intención es, en palabras de Sotelo (2006, 25), «levantar acta de la realidad de las gentes y la tierra castellana».

Los personajes de Delibes llevan «el pueblo en la sangre», como le dice la Marce a la Desi en La hoja roja. «El pueblo en la cara» es, de hecho, el título del primer capítulo del cuento Viejas historias de Castilla la Vieja (1964), donde el protagonista saca orgullo de tal procedencia y dice en dos ocasiones:

Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios.

Y ya empezaba a comprender que ser de pueblo en Castilla era una cosa importante.

En la literatura de Delibes, tanto en sus novelas y cuentos como en sus ensayos y artículos periodísticos, se reflejan sus preocupaciones sociales y humanas: «… al escritor no sólo le duele Castilla, sino también la injusticia, la insolidaridad, la miseria, el egoísmo... y lo dice a través de sus personajes» (Salvador 1986, 251).

Sin embargo, además del enfrentamiento cultural y la condición social de los castellanos, Miguel Delibes, en su ensayo Castilla, lo castellano y los castellanos (1979, 93), clama contra el abandono que está dando al traste con una tradición ancestral: «… un abandono de siglos, ha provocado la marginación de los pueblos de Castilla, perdidos entre los surcos como barcos a la deriva».

Castilla y sus castellanos: escenario y protagonistas en la obra de Miguel Delibes

De la soledad, la horizontalidad y la pobreza de Castilla se han lanzado muchos —y acertados— aforismos y citas literarias. La imagen que desde el rectilíneo ferrocarril han tenido insignes literatos y pensadores, como Azorín, Ortega y Machado, es la de la Castilla infinita, la Castilla luminosa o la «Castilla archivieja». Sin embargo, la obra del vallisoletano Miguel Delibes, gran narrador de lo cotidiano, no tiene por escenario esta Castilla histórica, grande o imperial, sino la «Castilla maltratada» y sus personajes. Un ejemplo de lo primero lo constituye Azorín, a quien en el prólogo al libro Castillos de España de Carlos Sarthou Carreres le llama la atención que «la llanada dilatadísima se pierde en la remota lejanía y se tiene matices y coloraciones suaves. La luz es de una diafanidad, de una limpidez maravillosa. Nosotros estamos aquí en la Castilla vieja, en la Castilla archivieja, encima de un muro milenario».

Por el contrario, Miguel Delibes elevó la particularidad de lo rural en Castilla a categoría universal: él no habla de la Castilla como metrópoli, de la Castilla imperial. Ni tampoco de la Castilla oficial, la que enviaba a sus prohombres, y también a los que no tenían mejores quehaceres, a la colonización del Nuevo Mundo. Delibes es la voz de esa Castilla particular, real, apegada al terruño, a la Castilla campesina que nada sabe de oros ni conquistas: esa es la Castilla del castellano que ilustró Miguel Delibes en su vasta obra literaria. Y, como él mismo dice, no está tan lejos de aquella otra Castilla: «… esta parte de Soria [la Laguna Negra] es soberbia; la zona de la vieja Castilla que yo prefiero [...] Estamos lejos de las llanuras bíblicas y los páramos de ascetas de Machado. O no tan lejos, bien mirado» (Un año de mi vida, 1972, p. 24, 11 de agosto de 1970).

Delibes está preocupado por la pérdida de la identidad local y por los efectos que el abusivo progreso tiene en la sociedad y la cultura rural. Parafraseando uno de los títulos de sus obras más celebradas, a Castilla le ha salido su «hoja roja»; magnífica metáfora sobre la hojilla roja que indica el próximo final del librillo de papel de fumar que le sirve a Delibes para dar título a una novela en la que el protagonista se siente, en su jubilación, «en la antesala de la muerte».

Los personajes de Delibes no viven en una ingenua felicidad rousseauniana; antes bien: sufren. Padecen un sufrimiento provocado por su propio fatalismo, casi de tragedia griega, y por lo que les es impuesto. A este respecto apunta Lázaro Carreter (1981, 6-7) que «no hay para nuestro escritor espectáculo más fascinante que el de la gente sencilla, simple, viviendo su gozo y su dolor, inevitablemente se le va el corazón con ello».

Si bien no son más felices por vivir en su primitividad —les asusta o no entienden la industrialización que les roba su medio de vida y a sus jóvenes; «yo no entiendo eso, es inventado», dice el Nini de Las ratas—, sí son más auténticos. Viven una verdad más pura. Y esto es lo que ocurre con la arquitectura tradicional. La industrialización, estandarización, globalización —término que denostaba Delibes— han privado a la arquitectura de su verdad: la verdad de la sociedad a la que da uso y habitación, la verdad de la adaptación en respetable armonía con el medio natural y la verdad constructiva. En algún pasaje de la literatura de Delibes se aprecia esta verdad. Las casas son como tienen que ser y en ellas destaca un funcionalismo extremo no exento, sin embargo, de motivos estéticos y licencias que demuestran que, como escribe Delibes en El camino, «a un pueblo lo hacían los hombres y su historia»:

Con frecuencia, Daniel, el Mochuelo, se detenía a contemplar las sinuosas callejas, la plaza llena de boñigas y guijarros, los penosos edificios, concebidos tan sólo bajo un sentido utilitario. Pero esto no le entristecía en absoluto. Las calles, la plaza y los edificios no hacían un pueblo, ni tan siquiera le daban fisonomía. A un pueblo lo hacían los hombres y su historia.

La arquitectura tradicional del medio rural en la obra de Miguel Delibes

Sin llegar a ofrecer una descripción detallada de ningún pueblo o casa, Miguel Delibes incluye pasajes que nos introducen en los pueblos con «casas apiñadas», calles tortuosas y tapias derruidas. Son pinceladas que describen la forma, la construcción y el abandono de diversos elementos arquitectónicos. De igual manera, dentro de las viviendas no llegamos a penetrar por todas las dependencias, sino que únicamente nos está permitido descansar, conversar y participar de la parca comida alrededor del puchero que cuelga en el hogar. No obstante, es precisamente a través de estas escuetas pero precisas anotaciones como se puede trazar un discurso sobre la arquitectura tradicional de Castilla.

Muchas veces es una palabra —del rico léxico delibesiano— la que señala un edificio, o una parte de él, representativo de la cultura tradicional castellana. La «barda», la «trasera»... designan elementos que no tienen representación en otra arquitectura que la rural y tradicional de Castilla.

Los pueblos castellanos

Los pueblos castellanos presentan una serie de características vernáculas propias que los diferencian de los de otras regiones merced a su adecuación tanto al medio físico —montañas, páramos o riberas, clima altamente continental, dureza de los agentes meteorológicos, presencia de barro o piedra, carestía de madera— como al medio cultural o humano —sociedad agraria y ganadera, núcleos familiares autosuficientes, peso de la historia— de Castilla. En 1960, Miguel Delibes escribe un artículo titulado «La cara lavada» en el que hace referencia al adecentamiento de los pueblos y de los extremismos de los habitantes que llevan desde no querer que se les diga nada de actuar sobre sus casas hasta el punto de esmerarse en una limpieza y aseo que llega a pervertir la fisonomía tradicional. Ante la primera y retrógrada actitud, Delibes cita una frase atribuida a Carlos III: «Los españoles son como niños pequeños; lloran y patean cuando se les limpia y adecenta». Respecto a la exageración en la limpieza, Delibes aboga por explicar claramente el criterio por el que debe mantenerse la imagen tradicional de estos pueblos:

De otro lado, a los hombres de nuestros pueblos, tan generosos como bien mandados conviene hablarles claro y controlarlos de cerca, a fin de evitar desaguisados. Pongo por caso el de dos pueblecitos serranos, cuyas casas son de piedra noble y que han sido enjalbegados hasta las tejas por aquello de cumplimentar debidamente la disposición de adecentamiento.

Si hay algo a lo que no podemos renunciar los españoles, pese a lo que nuestra pobreza y deficiente organización social deje trascender, es a nuestra personalidad regional. Con esto quiero decir que prefiero un pueblecito soriano o montañés con su pátina —o su porquería— de siglos que un pueblecito soriano o gallego que pueda confundirse con un cortijo extremeño. Bien están el decoro y el aseo siempre que el decoro y el aseo no den al traste con nuestra peculiar fisonomía.

Precisamente, una de las ideas que subyace en la obra narrativa, ensayística y periodística de Miguel Delibes es el enfrentamiento entre dos mundos. Estas dos fuerzas en las que una de ellas está sucumbiendo son la tradición frente la modernidad o el progreso que se personifican en los medios rural —el que defiende fervientemente Delibes— y el urbano. En su artículo de 1956 titulado «Ciudades impersonales», señala que «en las ciudades americanas y europeas que he visitado últimamente he observado una tendencia gregaria hacia la uniformidad». Esta uniformidad pervierte el reflejo y los matices de la sociedad y la cultura tradicional en la arquitectura y explica que «el declinante acento personal de las ciudades corresponde al declinante acento personal de los individuos».

En El Camino (capítulo 3) se describe un pueblo de la montaña y, en concreto y sin nombrarlo explícitamente el pueblo de Molledo, donde Delibes solía veranear desde su infancia: «La sucesión de peripecias y anécdotas muy propias de la edad de los protagonistas conforma el perfil abigarrado de un pueblecito en el que pasé muchos veranos de mi infancia y adolescencia: Molledo, entre la hoz de Reinosa y la de Torrelavega»:

Era, el suyo, un pueblecito pequeño y retraído y vulgar. Las casas eran de piedra, con galerías abiertas y colgantes de madera, generalmente pintadas de azul. Esta tonalidad contrastaba, en primavera y verano, con el verde y rojo de los geranios que infestaban galerías y balcones.

Siguiendo varga arriba, se topaba uno con el palacio de don Antonino, el marqués, preservado por una lata tapia de piedra, lisa e inexpugnable; el tallercito del zapatero, el Ayuntamiento con un arcaico escudo en el frontis, la tienda de las Guindillas y su escaparate recompuesto y variado; la fonda, cuya famosa galería de cristales flanqueaba dos de las bandas del edificio; a la derecha de ésta, la plaza cubierta de boñigas y guijos y con una fuente pública, de dos caños, en el centro; cerrando la plaza, por el otro lado, estaba el edificio del Banco y, después, tres casas de vecinos con sendos jardinillos delante.

Por la derecha, frente a la botica, se hallaba la finca de Gerardo, el Indiano, cuyos árboles producían los mejores frutos de la comarca; la cuadra de Pancho, el Sindiós, donde circunstancialmente estuvo instalado el cine; la taberna del Chano; la fragua de Paco, el herrero, las oficinas de Teléfonos...

Trescientos metros más allá, varga abajo, estaba la iglesia, de piedra también, sin un estilo definido y con un campanario erguido y esbelto.

Otra magistral descripción de un pueblo de Castilla se ofrece en Las ratas cuando dice que:

Bajo el campanario se tendía el pueblo, delimitado por el arroyo, la carretera provincial, el pajero y los establos de don Antero, el Poderoso. El riachuelo espejeaba y reverberaba la estremecida rigidez de los tres chopos de la ribera con sus muñones reverdecidos. Del otro lado del río divisaba el niño su cueva, diminuta en la distancia, como la hura de un grillo, y según el cueto volvía, las cuevas derruidas de sus abuelos, de Sagrario, la Gitana, y del Mamés, el Mudo.

Al comienzo de esta novela se dice:

El pueblo era también pardo, como una excrecencia de la propia tierra, y de no ser por los huecos de luz y las sombras que tendía el sol naciente, casi las únicas en la desolada perspectiva, hubiera pasado inadvertido.

En el capítulo 5 de El disputado voto del señor Cayo (1978), se ofrece una descripción de un pueblo de la sierra de Burgos:

A la derecha del camino, el pueblo se apiñaba al abrigaño de la roca, entre la fronda de las hayas, emergiendo del sotobosque de zarzamoras, hierbabuena y ortigas.

Sin embargo, una de las imágenes más simpáticas del acercamiento a un pueblo se ofrece en Viejas historias de Castilla la Vieja (1964):

… y detrás de los rastrojos amarillos, el pueblo, con la chata torre de la iglesia en medio y las casitas de adobe, como polluelos, en derredor.

Los pueblos castellanos son partícipes de la gran carga histórica de la región: no falta en ellos un castillo, una iglesia o un palacio donde ocurrió algún hecho narrado en las crónicas. Muchos de estos pueblos viven a los pies de las ruinas de castillos y torres o albergan tesoros artísticos en forma de iglesias milenarias. Así lo ve Delibes en Castilla, lo castellano y los castellanos en su capítulo 5, titulado «piedras venerables»:

En cambio, [mi pluma] ha consignado como hitos, como si de viejas atalayas se tratase, aquellas piedras que fueron marcando su huella en el transcurso de los siglos para pasar a configurar nuestro paisaje rural y darle una personal fisonomía. Así sucede con los castillos y torres, emblemas de nuestra región, o la humilde iglesia románica, aún erguida entre las ruinas de un pueblo sin vida.

El protagonismo de las ruinas del castillo aparece reflejado en La caza de la perdiz roja (1963) cuando anuncia el anochecer con la siguiente cita:

La nava se incendia con el último sol de noviembre y la negra sombra del Castillo gatea por el sembrado y alcanza ya casi las faldas peladas de los cerros de enfrente.

Esto lo había dejado dicho, en 1953, en el artículo «Don Álvaro o la fuerza de la maledicencia» recopilado dentro de su libro Vivir al día (1968), cuando describe el pueblo de Arrabal de Portillo y que puede tomarse como paradigmático de los pueblos castellanos:

Es un pueblo netamente castellano: austeridad viril y, en la lontananza, suaves ondulaciones femeninas. Tierra dura y deleznables edificaciones en adobe. Tan sólo, aún en nuestros días y con excepción de la iglesia, es el castillo que sirvió de prisión al condestable, el único edificio construido con piedra noble.

Sin embargo, la carga histórica que es uno de los grandes valores de estos pueblos no es capaz de contener el abandono social y los pueblos se abandonan y, poco a poco, las casas se hunden ante el imparable avance de la ruina. Así lo ve Delibes en su artículo periodístico de 1961 titulado «Los pueblecitos moribundos»...

Se está produciendo en Castilla la Vieja, y más concretamente en las provincias de Burgos y Soria, el abandono de pueblecitos enteros, lugares que al ser visitados producen una impresión desoladora.

... donde continúa describiendo el pueblo de Cortiguera, en Burgos, que bien pudo servir de escenario para la novela El disputado voto del señor Cayo:

Entre sus abandonadas casas de piedra, muchas de ellas con blasón en sus fachadas y airosos arcos de dovelas en sus zaguanes [...] Es un pueblo moribundo, un pueblo en la agonía.

Delibes vuelve sobre este tema en otro artículo de 1964 titulado «Castilla negra y Castilla blanca», de donde se rescatan las siguientes citas:

Estos poblachos de barro son cada día más míseros.

En las parameras de Soria y Burgos hay pueblos enteros abandonados. Pueblos que las trepadoras, los helechos, la zarzamora y la ortiga van demoliendo poco a poco. De aquí a unos años, esos pueblos que todavía conservan su rastro humano, podrán mostrarse al visitante fríos y en escombros, como nuevas ruinas de Numancia.

En verdad, porque conozco y amo a Castila, no puedo permitirme licencias en su interpretación.

En el ensayo Castilla, lo castellano y los castellanos, tratando del individualismo propio de los castellanos, Delibes explica con la forma de ocupación del territorio esa propensión al aislamiento del castellano:

La despoblación, los caseríos diseminados por la montaña o la llanura, mas comunicados por intransitables caminos de relejes, han acentuado la propensión al aislamiento del castellano.

En los pueblos es de vital importancia la arquitectura del común: la iglesia, el ayuntamiento, la plaza, la fuente, las eras, el cementerio. Son espacios y edificios en los que se desarrolla la vida en comunidad, de esa comunidad que define el pueblo como sociedad. En este mismo ensayo, Delibes señala que «el aldeano habita en pequeños caseríos, con contados lugares de esparcimiento». La plaza, donde acostumbran a presentar fachada la iglesia parroquial y el ayuntamiento, además de la taberna y el pequeño comercio, es el espacio protagonista del pueblo, su núcleo y el centro de su vida. Sirve de elemento de comparación con las de otros lugares. En La hoja roja (1959), el Picaza se asombra al ver la plaza de la capital de provincia, y no duda en apropiársela para su pueblo: «A... anda que si la plaza ésta en lugar de andar aquí la llevaran a mi pueblo».

El cementerio es, por último, el recinto que reúne a los habitantes pasados con los presentes de cada pueblo. En la novela El camino hay un interesante pasaje sobre el pequeño cementerio:

Descendían ya por la varga por su lado norte, hacia el pequeño camposanto del lugar. Bajo la iglesia, los tañidos de las campanas adquirían una penetración muy viva y dolorosa. Doblaron el recodo de la parroquia y entraron en el minúsculo cementerio. La puerta de hierro chirrió soñolienta y enojada. Apenas cabían todos en el pequeño recinto [...] Los muertos eran tierra y volvían a la tierra, se confundían con ella en un impulso directo, casi vicioso, de ayuntamiento. En derredor de las múltiples cruces, crecían y se desarrollaban los helechos, las ortigas, los acebos, la hierbabuena y todo género de hierbas silvestres. Era un consuelo, al fin, descansar allí, envuelto día y noche en los aromas penetrantes del campo.

Tipos de casas castellanas en la literatura de Delibes

Miguel Delibes escribió en 1962 la novela Las ratas. Se desarrolla, según el autor señala en su ensayo Los niños (1994), en un pueblo segoviano en el que le sorprendió la pobreza de los habitantes de las cuevas. En las afueras del pueblo novelado, del que Delibes aporta un plano manuscrito, hay una colina en la que se abrían cuatro cuevas. Tres de ellas fueron derruidas por el alcalde Justo Fadrique ante la insistencia del gobernador civil. Se trasluce aquí una situación que se dio en la España de las décadas de 1950 y 1960: el adecentamiento y la imagen frente al turismo.

La cueva, a mitad del teso, flanqueada por las cárcavas que socavaban en la ladera las escorrentías de primavera, semejaba a una gran boca bostezando. A la vuelta del cerro se hallaban las ruinas de las tres cuevas que Justito, el Alcalde, volara con dinamita dos años atrás. Justo Fadrique, el Alcalde, aspiraba a que todos en el pueblo vivieran en casas, como señores.

–¿Es que no te da la gana entenderme? Quiero acabar con las cuevas. Se lo he prometido así al señor Gobernador.

–En realidad, no es eso, señora Clo. En realidad, es por los turistas, ¿sabe? Luego vienen los turistas y salen con que vivimos en cuevas los españoles, ¿qué le parece?

–Los turistas, los turistas… ¡déjeles que digan misa! ¿No van ellos por ahí enseñando las pantorras y nadie les dice nada?

El prejuicio de la insalubridad de las cuevas y la maledicencia sobre la condición social de los habitantes de las cuevas tuvieron gran fuerza. Así, en esta novela, doña Resu, apodada «el undécimo Mandamiento» llega a decir que Matías, el Furtivo, «era un vago y un maleante, un perdido como los de las cuevas y como los extremeños».

La insistencia del gobernador civil para que el fin de las cuevas sea una labor recordada de su mandato queda reflejada en varios pasajes de la novela:

El Justito visitaba con frecuencia a Fito Solórzano, el Gobernador, en la ciudad, y le llamaba Jefe. Y Fito, el Jefe, le decía:

–Justo, el día que liquides el asunto de las cuevas, avisa. Ten en cuenta que no te dice esto Fito Solórzano, ni tu Jefe Provincial, sino el Gobernador Civil.

Volar las otras tres cuevas fue asunto sencillo. La Iluminada y el Román murieron el mismo día y el Abundio abandonó el pueblo sin dejar señas. La Sagrario, la Gitana, y el Mamés, el Mudo, se consideraron afortunados al poder cambiar sus cueva por una de las casitas de la Era Vieja, con tres piezas y soleadas, que rentaba veinte duros al mes.

–Si el día de mañana queda algo de mi gestión al frente de la provincia, cosa que no es fácil, será el haber resuelto el problema de las cuevas. Tú volaste tres en tu término, Justo, ya lo sé; pero no se trata de eso ahora. Queda una cueva y mientras yo no pueda decirle al Ministerio: «Señor Ministro, no queda una sola cueva en mi provincia» es como si no hubieras hecho nada. Me comprendes, ¿no es verdad?

Más adelante, el alcalde se alarma de la grieta abierta por la construcción de la chimenea:

Justito señaló el puntal y la resquebrajadura.

–Es la chimenea –agregó el Ratero.

–Ya lo sé que es la chimenea. Pero un día se desprende una tonelada de tierra y te sepulta a ti y al chico, ya ves qué cosas.

El tío Ratero sonrió estúpidamente:

–Más tendremos –dijo.

–¿Más?

–Tierra encima, digo.

Respecto a la idea de progreso que emana del dominio del clima a través de una chimenea, Delibes atisba su crítica en La hoja roja (1959) cuando sentencia:

El hombre al meter el calor en un tubo creyó haber resuelto el problema pero, en realidad, no hizo sino crearlo porque era inconcebible un fuego sin humo y de esta manera la comunidad se había roto.

El hogar es el lugar central de la casa castellana: en él se desarrolla la vida y se desarrollan las relaciones humanas, además de ser el foco de calor. En la arquitectura castellana hay diversos tipos de hogares: desde las glorias de Tierra de Campos hasta las cocinas dominadas por la gran chimenea en los pinares de Soria. Una descripción de una cocina serrana castellana, en este caso burgalesa, se encuentra en la novela donde más claramente se muestra el enfrentamiento entre el mundo rural que agoniza y el urbano que le hace agonizar: El disputado voto del señor Cayo (1978).

La viga, ennegrecida por el humo, delimitaba el hogar y sobre ella, se veían cazos de cobre, jarras, candiles y una negra chocolatera de hierro con mango de madera. Tras la viga se abría la gran campana de la cocina y flanqueándola, un arca de nogal y un escañil con las patas aserradas. El fuego, que acababa de encender el señor Cayo, crepitaba sobre el hogar de piedra, revestido de mosaicos con figuras azules desdibujadas por el tiempo. Del lar colgaba el perol ahumado y, al fondo, empotrado en el muro, el trashoguero de hierro con un relieve indescifrable. [...] En las poyatas, a los lados de la chimenea, se apilaban cazuelas, sartenes, pucheros, platos y, colgados de alcayatas, cacillos, espumaderas y un gran tenedor de latón. Sobre la cabeza de Víctor, sentado en el escañil, sujeta al muro por una tarabilla, estaba una perezosa que medio ocultaba un calendario polícromo.

La casa de labrador, la casa molinera, la casa humilde que conforma el tejido urbano de los pueblos castellanos está presente en la literatura de Delibes, como en la novela corta titulada La caza de la perdiz roja (1963):

A mano derecha, pegando a la iglesia, está la casa del Barbas. Es una casita molinera, de adobe, con dos pequeñas ventanas y la boquera de la cuadra al lado.

La acción de las novelas de Delibes transcurre principalmente en las calles, en las tierras de labor, en la taberna o a las puertas de las casas. El interior de las viviendas pertenece a la intimidad de la familia. Así las cosas, es significativo el final de esta novela mencionada antes:

El Juan Gualberto empuja la media hoja de la puerta y ya en el oscuro zaguán se toca con un dedo el vuelo de la boina y dice formulariamente:

–Con Dios.

En algunos pasajes de la literatura delibesiana se advierte esta intimidad, como en El tesoro (1985):

Tras los visillos de las ventanas, se advertían furtivas miradas inamistosas y en los soportales de la Plaza, una hilera de viejos sentados en el poyete, recostados en las cachavas, les observaban con sorna.

Donde se ofrece alguna visión furtiva del interior de una vivienda es en El camino, cuando Daniel, el Mochuelo, observa a través de las grietas de las tablas que hacen de suelo en la casa castellana:

Por la grieta del entarimado divisaba el hogar, la mesa de pino, las banquetas, el entremijo y todos los útiles de la quesería.

En los pueblos de Castilla con frecuencia destaca alguna casa sobre las demás, bien porque la familia ha ostentado alguna rama de la antigua nobleza castellana o por pertenecer a un indiano, esto es: aquella persona que salió del pueblo, se embarcó a América, donde hizo fortuna, y regresó al cabo de unos años. En El camino, los niños protagonistas saltan la tapia de la casa del indiano, quien «compró la casa de un veraneante, frente a la botica, la reformó de arriba abajo y pobló sus jardines de macizos estridentes y árboles frutales». En efecto, uno de los invariantes de las casas de indianos es la presencia de arbolado exótico, principalmente una palmera, en el jardín de la casa.

La construcción con tierra y con piedra

Delibes sentencia, en su ensayo Castilla, lo castellano y los castellanos que, referidos a estos, «su vida y su razón es ser la tierra, trabajar la tierra, sudar la tierra, morir sobre la tierra y, al final, ser cubierto amorosamente por ella». Se puede decir que además de ser, trabajar, sudar, morir y ser cubierto por la tierra, el castellano vive en la tierra, bien sea en casas de adobe o en cuevas. Ya se ha citado el pasaje de El camino en el que se afirma que «los muertos eran tierra y volvían a la tierra, se confundían con ella en un impulso directo, casi vicioso, de ayuntamiento».

Son muchas las referencias a la construcción con adobe de las casas de los pobres. Se menciona en El Hereje (1998) que vivían en «pobres tabucos de adobe»; se comenta en Las Ratas (1962) que el pueblo confunde el color del adobe con el del paisaje. También hay una mención a una adobera y a una tejera en La hoja roja (1959), donde se dice que trabajaba don Fidel, «don Fideo».

Cada familia hacía sus adobes y por eso en cada casa había una adobera o gradilla. Por eso no es de extrañar que en El camino se mencione que «su padre empezó a dar vueltas nerviosas a una adobadera entre las manos».

En el capítulo 15 de Las ratas, Delibes ofrece una imagen muy gráfica de la (para él) miseria de la arquitectura de tierra:

Pero el día iba abriendo sin pausa, aclarando los cuetos, perfilando la miseria de las casas de adobes.

Esa miseria es aludida en varias ocasiones. En 1964 escribió el artículo «Castilla negra y Castilla blanca» (recogido en Vivir al día) en el que señala que «estos poblachos de barro son cada día más míseros».

Entre estas referencias a las casas de adobe, en Viejas historias de Castilla la Vieja se menciona que, al regreso del estudiante tras 48 años fuera de su pueblo, «todo estaba tal y como lo dejé, con el polvillo de la última trilla agarrado aún a los muros de adobe de las casas y a las bardas de los corrales».

Respecto a la relación entre técnicas constructivas y entorno geográfico, Delibes tiene una singular teoría que esboza en Mis amigas las truchas (1977), en concreto en el epígrafe «Truchas y piedras» del 30 de abril de 1976:

Claro que en la provincia de Valladolid, salvo rarísimas excepciones, las casitas de sus pueblos son de barro, a lo sumo de ladrillo, y yo sostengo la teoría de que el barbo y la carpa de las corrientes fluviales empiezan a ser sustituidos por truchas cuando la piedra desbanca al adobe en la construcción. La piedra serrana anuncia el salmónido. La coincidencia es de un rigor casi científico hasta el punto de que únicamente la he visto fallar en el valle del Órbigo.

La piedra en construcción es empleada principalmente en las comarcas montañosas. En Un año de mi vida (28 de agosto de 1970), Delibes describe uno de estos pueblos en los que «las casas de piedra noble, la mayor parte de ellas blasonadas y con arcos de dovela en los zaguanes, empiezan a derrumbarse bajo la presión de la madreselva y la zarzamora».

No son infrecuentes las referencias a la autoconstrucción de la arquitectura por parte de sus habitantes o al esfuerzo (económico) que requería la construcción de la casa. En su segunda novela, Aún es de día (1949), se menciona que «el señor Sixto había amasado sus buenas pesetillas. Edificó la casita de encima de la tienda con los beneficios de los tres años de guerra».

Los nogales (1957) es una novela corta recopilada en el volumen titulado Siestas con viento sur. El protagonista había construido su propia casa y se muestra el conocimiento de las propiedades de los materiales cercanos y de fácil obtención en la construcción de la arquitectura vernácula:

Entonces me vine a vivir al pie de los árboles y construí esta cabaña. Al principio le puse tejado de carrizos, pero con las lluvias y el sol se pudría y pasaba el agua. Pero fui y me dije: «He de encontrar una paja que no se repase». Y di con la totora. En el pueblo nadie la usaba entonces para techado.

En la novela Las ratas (1962) queda registrado el momento en que el tío Ratero construyó la chimenea de su cueva:

Para poder encender fuego dentro de la cueva, el tío Ratero horadó los cuatro metros de tierra del techo con un tubo herrumbroso que le proporcionó Rosalino, el Encargado. El Rosalino le advirtió entonces: «Ojo, Ratero, no sea la cueva tu tumba». Pero él se las ingenió para perforar la masa de tierra sin producir en el techo más que una ligera resquebrajadura que apeó con un puntal primitivo.

Sin embargo, no dejaba de ser habitual la colaboración con artesanos de distintos oficios de la construcción, como el barruco o aprendiz de albañil (Urdiales Yuste 2012, 47) mencionado en Las guerras de nuestros antepasados (1975): «Quinidio, el barruco de Quintana, cubría aguas».

El valor de lo auxiliar: arquitecturas para los animales

La economía de subsistencia castellana se basa en una agricultura de cereal, principalmente trigo, cebada y centeno. El grano se guarda en silos, a veces subterráneos, y la paja, que servirá de alimento para los animales de tiro, se almacena en pajeros que en ocasiones son comunales, como aparece citado en Las ratas:

… y cuando se refugió, al fin, tras el pajero del pueblo, aún se lo mostró una vez más, lamentablemente desmayado, sobre los tubos de la escopeta.

De este modo al finalizar diciembre, el Nini divisaba desde la cueva, por encima del pajero, el anticuado potro donde se herraron las caballerías en los distantes tiempos en que las hubo en el pueblo.

En El camino aparecen varias referencias al pajar de la casa de Daniel, el Moñigo:

Fue uno de estos días y en el pajar de su casa, cuando Daniel, el Mochuelo, adquirió una idea concreta de la fortaleza de Roque, el Moñigo, y de lo torturante que resultaba para un hombre no tener en el cuerpo una sola cicatriz.

Se levantó la Sara y abrió la puerta del pajar visiblemente satisfecha.

Estos pajares suelen estar ligados a las cuadras y muchas veces forman un mismo edificio. En la planta baja se ubican los pesebres y en la planta alta el pajar, de manera que desde unos huecos practicados en el suelo —formado este sencillamente por palos— se arroja la paja a los animales. Así se recoge en un pasaje de Las ratas:

Contra la tapia del corral se apoyaban el arado herrumbroso y los aperos y el tosco carromato y sobre la cuadra se abría la gatera del pajar [...] Una vez limpios los pesebres, se encaramó ágilmente en el pajar y arrojó al suelo con la horca unas brazadas de paja.

La cohabitación y convivencia con los animales se traduce en toda una suerte de edificios y construcciones auxiliares a la vivienda que sirven de acomodo, de guarda y de producción animal: gallineros, palomares, colmenares, corrales, majadas, taínas, tenadas, cochineras, cortes… Como indica Delibes en su ensayo Castilla, lo castellano y los castellanos (1979, 105):

La ciencia de la tierra, de los animales, de las plantas, de las mudanzas atmosféricas, es, en rigor, la única sabiduría de los hombres del campo [...] vive la vida en un régimen de estricto ayuntamiento con la tierra, como podría hacerlo un campesino de tres siglos atrás.

La soledad progresiva del hombre en el campo, al operar sobre su afectividad, le ha ido acercando más cada día a los animales, a los que, se diría, ha dotado de alma, humanizándoles.

A pesar de que los animales pueden compartir edificio con los hombres —las cuadras suelen ocupar la planta baja de las casas mientras que las habitaciones se sitúan arriba y aprovechan el calor expedido por los animales—, los pueblos suelen tener una corona de corrales alrededor del casco urbano. El funcionalismo de la arquitectura tradicional tiene aquí otro ejemplo soberbio. Según la orientación, los vientos dominantes y el relieve de cada pueblo, los corrales se ubican a las afueras en una u otra posición de manera que se echan fuera los olores, los ruidos y los residuos generados por los animales, además de que el labrador, a la vuelta de la faena, entra en el pueblo, guarda los animales y los aperos y, ya descargado, regresa a su casa. Esta disposición de los corrales se advierte al comienzo del capítulo tercero de El camino:

La primera casa, a mano izquierda, era la botica. Anexas estaban las cuadras, las magníficas cuadras de don Ramón, el boticario-alcalde.

Son varias las referencias a los corrales y a las tapias con bardas que los cierran en las novelas de Delibes, como Las ratas:

Desde hacía dos semanas no se oía en el pueblo sino el siniestro crotorar de la cigüeña en lo alto de la torre, y el melancólico balido de los corderos nuevos tras las bardas de los corrales.

Los gallineros son otros de los edificios que rodean los pueblos castellanos. Hay una referencia en Los santos inocentes (1981), si bien en este caso el ave que lo ocupa es la «milana bonita», mascota y compañera del Azarías:

Rascaba la gallinaza de los asiladeros y, al concluir, pues a regar los geranios y el sauce y a adecentar el tabuco.

La infinitud del paisaje castellano está jalonada por unos singulares edificios de formas prismáticas o cilíndricas que son los palomares. En Castilla habla (1986), Delibes dedica un capítulo a este tipo de construcción auxiliar que «no sólo decora y amuebla el paisaje: lo calienta. Es una referencia en la inmensidad desoladora del páramo». Los grandes y complejos palomares de Tierra de Campos llegan a tener varias naves concéntricas en cuyos muros de tapia de tierra o adobe se abren los nidales y las troneras para la entrada de las aves. Algunos de ellos se rematan con piramidones o pináculos, como también cita el autor en Castilla habla:

Ante el portón del caserío, el tercer palomar, redondo también, pero primorosamente enjalbegado, con ocho pináculos en la cubierta y cuatro troneras orientadas a los cuatro puntos cardinales, resalta entre el verde de las siembras.

Las palomas han sido una de las bases de la economía tradicional del medio rural de Castilla, ya que los pichones se comen y el palomino se emplea como abono y para desinsectar los huertos: «… y, un año con otro, un palomar le deja a usted remolque y medio de palomina, un abono de excepción». A través de las líneas que forman las novelas de Delibes siempre hay alguna mención a los palomares, como ocurre en Las ratas:

Don Antero, el Poderoso, no se andaba con remilgos a la hora de defender lo suyo y el año anterior le puso pleito al Justito, el Alcalde, por no trancar el palomar en la época de la sementera.

El bando de palomas describió un amplio semicírculo por detrás del campanario y tornó al palomar.

Sin embargo, entre los corrales, majadas, taínas, gallineros, palomares y demás arquitecturas para los animales, en la literatura de Miguel Delibes se aprecia una preferencia por los colmenares para la elaboración de la miel. En El disputado voto del señor Cayo ocupan un escenario principal en donde se desarrolla la trama y el autor no pierde la ocasión para ofrecer una didáctica descripción de los elementos de los que consta un colmenar:

En un rincón, al costado, se levantaba un cobertizo para los aperos y, al fondo, en lugar de tapia, la hornillera con una docena de dujos.

El señor Cayo, pendulando la escriña, ascendió por la senda, bordeada ahora de cerezos silvestres y, al alcanzar el teso, se detuvo ante la cancilla que daba acceso a un corral sobre cuyas tapias de piedra asomaban dos viejos robles. En un rincón, al costado, se levantaba un cobertizo para los aperos y, al fondo, en lugar de tapia, la hornillera con una docena de dujos. Dentro de la cerca, las abejas bordoneaban por todas partes.

–Diga usted, ¿y esos troncos metidos en la tapia?

El señor Cayo señaló la hornillera, los troncos grises, hendidos, empotrados entre las piedras amarillas:

–¿Esto? –dijo–. Los dujos son, a ver, las colmenas.

Las abejas entraban y salían por las hendiduras, entraban lentamente, mediante un esfuerzo, y salían ligeras, dispuestas nuevamente al vuelo. Añadió el señor Cayo:

–Mire, mire, cómo se afanan.

De igual manera, los colmenares son escudriñados en Las guerras de nuestros antepasados (1975):

Pero ya ve qué ciencia va a tener eso, oiga, si no es más que apilarlas, las abejas, digo, a un palmo de los aviaderos y ellas mismas se meten dentro.

Con que a pelo subí, oiga, que me llegué a las escorrentías de Cieza, donde los dujos.

¿A cómo llevas por dujo? ¿Y por hornillo? Porque ya es sabido que el dujo da poco y malo, y el hornillo mucho y bueno.

También se cita en Parábola del náufrago (1969) la presencia de «un colmenar con seis dujos empotrados en la piedra». Estos términos —aviadero, escriña, hornillera, dujo— forman parte del vocabulario específico de la arquitectura tradicional del medio rural de Castilla y son inseparables de los objetos a los que aluden, de manera que la pérdida de los oficios no solo acarrea una pérdida de los elementos arquitectónicos sino también una merma en la riqueza lingüística del castellano como idioma. En su ensayo Castilla habla, Delibes vuelve a incidir sobre estas palabras y los objetos que designan:

El dujo de pie, como aquí decimos, es el dujo plantado, tieso, para que se entere, que el dujo tumbado, es decir, el hornillo, es el que va empotrado en el muro de una casilla que le decimos la hornillera.

Conclusiones

Miguel Delibes es el escritor que mejor ha conocido, analizado, explicado y defendido el medio rural y las tradiciones de Castilla. Si bien la arquitectura no ha sido uno de los temas tratados de manera específica —como sí ha sido la religiosidad, la infancia, el individualismo, el enfrentamiento entre la cultura urbana y la rural, las repercusiones del progreso, el fatalismo o la pérdida de la tradición y la identidad—, aparece como marco o escenario en el que se desarrollan las tramas de sus novelas o es objeto de su atención y denuncia ante su abandono en sus artículos periodísticos y ensayos. El narrador vallisoletano ofrece precisas y directas descripciones de los pueblos y la arquitectura del común. También representa algunos tipos arquitectónicos de viviendas castellanas entre las que destacan las casas de labradores y jornaleros y, sobre todo, las cuevas que son protagonistas en la novela Las ratas (1962). El estilo llano, directo y sobrio delibesiano conlleva la elección del término justo para cada concepto. Así, aunque pocas, hay algunas referencias específicas sobre términos de construcción. Precisamente, la construcción con adobe es entendida por Delibes como una construcción pobre y son varios los pasajes en los que se detallan características de algún edificio de adobe. Por último, Delibes es sensible al patrimonio arquitectónico destinado a las actividades económicas agropecuarias de la sociedad tradicional castellana. En sus novelas, cuentos, artículos y ensayos se muestra una gran variedad de este tipo de edificios auxiliares como pajeros, palomares, corrales y, sobre todo, colmenares. La crítica de Delibes ante el progreso es un lamento ante la destrucción y olvido de un patrimonio arquitectónico y cultural que está íntimamente ligado a la sociedad que le da razón de ser. Delibes ha dejado un cuerpo literario en el que se refleja esta sociedad con sus preocupaciones y sus expresiones culturales, entre las que aquí se ha destacado la arquitectónica.

Ignacio Javier Gil Crespo

Dr. Arquitecto

Miembro distinguido de la cátedra Gonzalo de Cárdenas de Arquitectura Vernácula

Director del Centro de Estudios José Joaquín de Mora/Fundación Cárdenas

Centro de Estudios Sorianos


Referencias

Obras de Miguel Delibes (fuente: Instituto Cervantes y Fundación Miguel Delibes)

1.1. Novelas

Publicación

- Título

1948

La sombra del ciprés es alargada

1949

Aún es de día

1950

El camino

1953

Mi idolatrado hijo Sisí

1955

Diario de un cazador

1958

Diario de un emigrante

1959

La hoja roja

1962

Las ratas

1966

Cinco horas con Mario

1969

Parábola del náufrago

1973

El príncipe destronado

1975

Las guerras de nuestros antepasados

1978

El disputado voto del señor Cayo

1981

Los santos inocentes

1983

Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso

1985

El tesoro

1987

377A, madera de héroe

1991

Señora de rojo sobre fondo gris

1995

Diario de un jubilado

1998

El hereje

1.2. Novelas cortas

Publicación

- Título

1953

El loco

1954

Los raíles

1957

La mortaja

1957

Los nogales

1957

La barbería

1957

Siestas con viento sur. Recopilación de cuatro de los relatos citados anteriormente: «El loco», «Los raíles», «La mortaja» y «Los nogales»

1.3. Cuentos

Publicación

- Título

1954

La partida

1970

La mortaja. Nueve cuentos

2006

Viejas historias y cuentos completos

1.4. Libros de caza y pesca

Publicación

- Título

1962

La caza en España

1963

La caza de la perdiz roja

1964

El libro de la caza menor

1970

Con la escopeta al hombro

1977

Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo

1977

Mis amigas las truchas

1981

Las perdices del domingo

1980

Dos días de caza

1988

La caza de la perdiz roja en España

1992

El último coto

1994

Un cazador que escribe

1.5. Libros autobiográficos

Publicación

- Título

1972

Un año de mi vida

1989

Mi vida al aire libre: memorias deportivas de un hombre sedentario

2002

Miguel Delibes y Josep Vergés. Correspondencia, 1948-1986

1.6. Libros de viajes

Publicación

- Título

1956

Un novelista descubre América

1961

Por esos mundos: Sudamérica con escala en Canarias

1963

Europa: parada y fonda

1966

USA y yo

1968

La primavera de Praga

1982

Dos viajes en automóvil: Suecia y Países Bajos

1.7. Libros sobre Castilla

Publicación

- Título

1964

Viejas historias de Castilla la Vieja

1972

Castilla en mi obra

1979

Castilla, lo castellano y los castellanos

1986

Castilla habla, crónicas de viejos oficios

1.8. Libros para niños

Publicación

- Título

1970

Mi mundo y el mundo

1982

Tres pájaros de cuenta

1988

Mi querida bicicleta

1992

La vida sobre ruedas

1993

Un deporte de caballeros

1.9. Ensayos y artículos periodísticos

Publicación

- Título

1968

Vivir al día

1976

S. O. S.

1979

Un mundo que agoniza

1982

El otro fútbol

1985

La censura de prensa en los años 40 y otros ensayos

1990

Pegar la hebra

1996

He dicho

2004

España 1936-1950: muerte y resurrección de la novela

2005

La tierra herida

1.10. Antologías

Publicación

- Título

1970

Mi mundo y el mundo

1979

Castilla, lo castellano y los castellanos

1994

Los niños




BIBLIOGRAFÍA

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