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El Álvarez de Sotomayor etnográfico. Pionero de la escuela gallega de pintura

FIDALGO CASARES, María

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 406.

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Resumen:

Fernando Álvarez de Sotomayor ha sido uno de los artistas más brillantes del siglo xx y uno de los más grandes pintores-etnógrafos europeos de todos los tiempos. Entre los géneros que cultivó, destaca su capítulo dedicado a plasmar escenas etnoantropológicas de Galicia, lo que le convertirá en el pionero e impulsor de la escuela gallega de pintura.

Palabras clave:

Etnografía, academicismo, identidad, celtismo, posimpresionismo.

Abstract:

Fernando Alvarez de Sotomayor, has been one of the most brilliant artists of the twentieth century and one of the greatest European painters-ethnographers of all time. Among the genres he cultivated his chapter highlights etnoantropológical capture scenes of Galicia, which will make it the pioneer and promoter of the Galician school of painting.

Keywords:

Etnographic, Academicism, Celtism, Identity, Posimpresionism.

El Álvarez de Sotomayor etnográfico. Pionero de la escuela gallega de pintura

Algún día Fernando Álvarez de Sotomayor, «Sotomayor», será reconocido como el mejor pintor gallego de todos los tiempos y uno de los grandes valores del arte español. Actualmente permanece olvidado, como casi todos los grandes pintores clásicos de su siglo, relegado por pintores de vanguardia que acaparan toda la atención y estudios de la crítica y de las instituciones.

Sotomayor no solo es el padre de la escuela gallega de pintura, sino que es uno de los grandes pintores-etnógrafos europeos que recogió con sus pinceles el testimonio de una sociedad hoy desaparecida de imposible retroacción que toma los valores ancestrales del pueblo gallego.

1. Introducción

Durante siglos, Galicia se mantuvo muy alejada del arte de la pintura. Su potente arquitectura, y en segundo plano la escultura, dominaban las parcelas de la esfera artística. Aunque existieron pintores de cierto relieve como Antonio Puga, Lucas Ferro, Villaamil —el pintor romántico español más internacional—, Avendaño, Fierros y la llamada Generación Doliente, solo representaron una pequeña excepción en una inexistente tradición pictórica[1].

No será hasta el siglo xx cuando puede empezar a hablarse de una escuela gallega, inaugurada por Fernando Álvarez de Sotomayor que fue, indiscutiblemente, el pionero e impulsor de una escuela que iría evolucionando desde los años 20 a los 80. En ella irán apareciendo distintas tendencias que bascularán desde el mantenimiento de la figuración y el academicismo —conviviendo con el simbolismo— a propuestas posimpresionistas que se desarrollan paralelamente a la modernidad y a la vanguardia abierta por los renovadores.

Tras Sotomayor, la pintura empieza a cobrar un registro de denuncia social (el arte como vía para la denuncia social tiene su máximo exponente en Castelao, hoy tótem identitario de la cultura gallega) y, sin dejar de lado a Carlos Maside y Arturo Souto, los investigadores actuales centran su interés en la pintura gallega realizada en el exilio y la emigración, ya que consideran que es la que adquiere la fuerza vital para el gran desarrollo artístico de la pintura gallega.

En el exilio sobresale la figura de Luis Seoane asociada al nacionalismo y a la actividad política, fundador con Isaac Díaz Pardo del Laboratorio de Formas, base de la actual Real Fábrica de Sargadelos y de O Castro, con el objeto de recuperar la memoria cultural de Galicia. Junto a Seoane, hay que señalar en Buenos Aires a artistas como Laxeiro y Colmeiro, dos de las grandes figuras del arte gallego contemporáneo.

Ya cerrando el siglo, aparecerá la abstracción de raigambre atlantista que se prolonga al siglo siguiente. Grupos como Los Artistiñas, Los Insurgentes o el Grupo Atlántica —vertiente pictórica de la llamada «movida gallega»— fueron reelaborando presupuestos que buscaban un compromiso ético entre la pintura y Galicia[2].

Pero estos nombres antes citados tan reconocidos convivieron con grandes artistas hoy olvidados que permanecieron en el país, como Juan Luis, López Garabal, Medal, Pousa, Bello Piñeiro, Abelenda, Julia Minguillón, Carmelo, López Guntín, Lago Rivera, Abelardo Miguel o Corredoyra, entre otros. Pintores de oficio que trabajaron y desarrollaron un estilo genuinamente gallego, sin alardes, y muchas veces mostrando una autenticidad mucho mayor que los consagrados, al no estar mediatizados por componendas ideológicas, pero que por no haber apostado por lenguajes transgresores permanecen en el olvido más absoluto.

Este desarrollo no habría sido posible sin la figura del artista Álvarez de Sotomayor, que es el enlace, el imprescindible eslabón, entre la gran pintura clasicista y las corrientes innovadoras que surgen desde comienzos del siglo xx.

Fue un espléndido retratista y cultivó con éxito géneros como la pintura mitológica, religiosa o el paisaje, pero lo que sería fundamental en su aportación a la identidad de su pueblo sería la temática inspirada en los valores etnoantropológicos de Galicia. Constituye, por tanto, un magnífico ejemplo del valor de la vertiente etnográfica del arte.

Este género lo mantendrá hasta su muerte y dará lugar a algunas de las imágenes pictóricas más definitorias y trascendentes de la historia de Galicia.

2. Apuntes biográficos

Fernando Álvarez de Sotomayor nació en Ferrol en 1875. De nobles ancestros gallegos, su padre, marino de profesión, era teniente de navío en la plaza ferrolana. Pero, al morir, siendo Fernando un niño, la familia trasladó su residencia a Toledo, y en esta ciudad desarrolló su vocación al lado del profesor de dibujo José Gutiérrez y del paisajista José Vera.

En 1893 inició en Madrid sus estudios universitarios, y, aunque intentó seguir varias carreras, decidió dedicarse por completo a la pintura en el taller de Manuel Domínguez. En 1899 ganó una beca de la Escuela de San Fernando para la Academia de Bellas Artes de Roma. Desde la ciudad italiana viajó a París, Holanda y Bélgica. Ello le permitió conocer a los clásicos italianos, impresionistas franceses y la pintura flamenca y holandesa. Estas últimas tuvieron una gran influencia en su trayectoria y, sobre todo, en el desarrollo de su iconografía gallega, ya que fue allí cuando empezó a reconocer los rasgos diferenciales de su pueblo. «Me sentí gallego en cuerpo y alma al sentir la semejanza de mi pueblo con los nórdicos…»[3]. Especial impresión le causaron las kermesses, que sintió muy cercanas a las foliadas[4] gallegas.

En 1905 regresó a Galicia, de la que había estado apartado desde la infancia, lo que, sumado a su matrimonio con Pilar Castro, gallega del pueblo pontevedrés de Ponteceso, desencadenó en él un redescubrimiento de su tierra natal que sería definitorio en su desarrollo plástico y el germen de sus principales aportaciones a la escuela de pintura gallega.

En 1910 se trasladará a América, designado como profesor en Chile, y participará en la celebración del Centenario de la Independencia. Inaugurará el nuevo edificio del Museo Nacional de Santiago y después será nombrado director de la Escuela de Bellas Artes.

Sus enseñanzas allí se remitieron, sobre todo, a la tradición realista hispánica, centrada en la figura capital de Velázquez, pero también intentaba insuflar a los alumnos chilenos la pasión por captar lo auténtico, expresado en las tradiciones, costumbres y personajes populares, así como en los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana, y elevar todo ello a la condición de arte. Recordemos que Chile a principios de siglo poseía un gran sustrato rural y el desarrollo urbano era precario. Sin duda, detectamos en Sotomayor un interés añadido a formar a sus pupilos en las técnicas pictóricas: poner su arte al servicio de la representación de su cultura y su realidad. El artista dejará tanta huella en el arte del país que todavía hoy una generación de pintores chilenos se estudia con el nombre de Generación Sotomayor[5].

A su vuelta a España en 1922, es nombrado miembro de la Real Academia de San Fernando y director del Museo del Prado, cargo que desempeña hasta su muerte con el paréntesis de la República y la guerra civil, en el que se establece en Inglaterra. Ostentará en 1938 el cargo de alcalde de A Coruña y participará de forma muy activa en la recuperación de las obras de arte que se habían depositado en Europa para salvarlas del enfrentamiento bélico. En esta tarea protagonizará una épica aventura al liderar literalmente los convoyes férreos de retorno que se abrían paso entre las bombas y ataques que asolaban Europa en plena segunda guerra mundial.

Reconocido y en lo más alto del escalafón, llegados los años 50, pese al gran cargo que ocupaba y el reconocimiento de la sociedad de su tiempo, empezó a ser relegado oficialmente en vida como artista, ya que los grandes méritos y apoyos estatales del franquismo se dirigieron entonces a artistas modernos como Tapies, Chillida u Oteiza[6], quienes, aunque posteriormente algunos se postularían como luchadores antifranquistas, se formaron como artistas con cuantiosas ayudas de instituciones del régimen, en concreto del todopoderoso Instituto de Cultura Hispánica.

A comienzos de los 50, este organismo lideró una campaña política de apertura al exterior que consistía en dar una imagen moderna del régimen y de la España de su tiempo. Para ello, utilizaron como buque insignia a los artistas de vanguardia. En esta línea puede encuadrarse la recuperación de la obra y la figura de Picasso que, aun siendo comunista y republicano, «se vende» en plena dictadura exaltando su españolidad. Se inaugura el Museo Picasso y se patrocinan sus eventos mundiales[7], mientras en las famosas Bienales se relega a los pintores académicos. Sotomayor protagonizó uno de los episodios más comentados entonces y que cavaría parte de la tumba mediática que sufriría en décadas posteriores. Una protesta pública enmascarada en el pretexto de una pregunta al colegio de psiquiatras, al constatar cómo los que él consideraba artistas de ínfima calidad protagonizaban la vida artística española[8].

Las últimas décadas de su vida, apartado de la vida oficial y, sobre todo, nunca recuperado del hondo impacto de la muerte de su primer hijo varón[9], las dedicará a alternar temporadas entre Madrid y Galicia.

Por un lado, en la capital se dedicaba a una lucrativa pintura como retratista de la alta sociedad madrileña que se caracteriza por un estilo muy academicista, de factura impecable y de innegables y característicos resabios velazqueños y de Gainsborough (Alfonso XIII, duquesa de Medinaceli) que configuran un estilo majestuoso que sigue deslumbrando al espectador.

Paralelamente, sus estancias en Galicia cada vez eran más prolongadas, en concreto en la aldea pontecesa de Sergude, donde su mujer había heredado la casa de sus ancestros y en la que instaló su confortable estudio de pintor que aún se conserva. Sotomayor se volcó allí en su género etnográfico, en el que, libre de modelos impuestos y encorsetamientos, daba rienda suelta a su libertad. En este estudio gallego era donde se sentía creador y pintor. Junto a lienzos de gran enjundia, ejecutó multitud de apuntes y bocetos de rostros, paisajes, pequeños bodegones y ejercicios de composición.

Una comparativa de sus producciones madrileñas y gallegas singulariza estas últimas como verdaderas muestras de exaltación de libertad pictórica desbordante de movimiento. Y aunque el artista sigue manteniendo el gran peso del clasicismo de la escuela española y el costumbrismo decimonónico, aparecen bañadas por una aplastante, colorista y mágica estética posimpresionista dotada de modernidad. No destinaba al mercado estos cuadros etnográficos, aunque, curiosamente, uno de ellos, Orando a la Dolorosa, ha sido la obra artística que ha alcanzado un precio más alto en toda la historia del arte gallego[10].

Muy condecorado a lo largo de su vida, recibió todo tipo de medallas y distinciones tanto en España como en Europa (Lieja, Barcelona, Múnich, Buenos Aires, muestras internacionales, el Premio March…), y murió en Madrid en 1960. Con motivo del centenario de su nacimiento, se celebró en Madrid una monumental exposición retrospectiva con más de un centenar de sus obras.

Está representado en los principales museos de España, Europa y América.

3. Sotomayor. La vertiente etnográfica de su producción

Los argumentos fundacionales de la conciencia diferencial gallega se forjaron en el Rexurdimento, con una concepción romántico-histórica en la que, junto a la defensa de la lengua, aparecía la tesis central desarrollada por Murguía: un origen étnico remoto y singular, el conocido mito céltico. El celtismo constituyó una de las referencias fundamentales de la construcción de la identidad de Galicia. Un argumento romántico que cayó en desuso pero que hoy está de plena actualidad[11].

Esta voluntad etnicista aparece de forma innegable en la obra de Sotomayor. Una voluntad que entiende etnia en la acepción literario-antropológica de Murguía que establece que es un grupo con un origen común no basado en vínculos raciales, sino sostenido por el sentimiento de pertenencia a una comunidad simbólica con elementos culturales propios, lengua, tradición, fiestas, creencias, hábitos y referentes culturales únicos.

El pintor se desmarca de sus encorsetadas representaciones madrileñas, y para su estética etnográfica apuesta por la libertad a ultranza. Sus ejecuciones aparecen marcadas por trazos y pinceladas sueltas, impregnadas de un color apasionado y con gran apoyo en el claroscuro. La delicada y lírica naturaleza de matices no aligeran las composiciones que, dado el gran talento del artista para la composición, exhiben una gran contundencia.

Sotomayor pinta en Galicia a las gentes de la comarca, a los alfareros de la localidad de Buño, a los párrocos y a los campesinos. Junto a ellos, también los paisajes, arquitecturas y los animales que los acompañan.

Los tipos raciales son de diverso cuño pero con un gran predominio de la fisonomía celta. El tratamiento epidérmico de las carnaciones es sublime. Pieles muy blancas, con rasgos rubicundos y ojos muy claros. Los modelos eran siempre reales, elegidos del entorno rural más inmediato a su estudio.

Es significativo señalar el predominio de la mujer en sus producciones. Siempre digna, fuerte y aguerrida, cual heroína clásica. La retrata en diversas actividades, desde el desempeño de las labores campesinas a momentos de reposo, ocio, peregrinaje y oración. Ensalzará sus fisonomías y todas sus indumentarias identitarias. Y en sus lienzos se darán cita todas las artes aplicadas. Se ensalza el traje gallego con todas sus variantes de cotío o de garda, de verano o de invierno, incluso la condición social o el estado civil en caso de las mujeres. Aparecen tejidos hoy obsoletos, desde el lino hecho en la casa hasta sus variantes: estopa, lienzo, lino fino, como el algodón y sus combinaciones de lino y lana (picote) y algodón y lana (candil) y, episódicamente, las incrustaciones de azabache.

La multiplicidad de gamas cromáticas refulge sobre todo en pañoletas y corpiños y dota a estas obras de una deslumbrante belleza. Aparece también cacharrería variada, desde la loza más básica y las ollas de cocinar a la refinada porcelana de Sargadelos (como en los bodegones noreuropeos del barroco). La calidad en las representaciones de los distintos materiales es magistral. Tejidos y mantelerías completan las mesas, siendo en conjunto todo lo representado un valioso documento etnográfico de esa Galicia rural hoy desaparecida.

El predominio femenino en estas representaciones coincide con la consideración en las teorías del Rexurdimento en las que el icono de la mujer labriega, metafóricamente A Terra Nai, ha simbolizado a la nación gallega. Galicia es siempre A Terra Nai. La Tierra Madre. Es una expresión popular, tan empleada en el galleguismo culto como en el habla coloquial y en las canciones y leyendas; Galicia es una mujer horizontal, la fecunda y sagrada tierra.

Alardes compositivos caracterizan sus representaciones de las comidas comunales, de las romerías de las aldeas, así como las procesiones, escenas cotidianas, comidas de patrón, bodas y fiestas. Cuadros inolvidables como El segador, Saliendo de misa en el pazo de Mende, El desayuno del abad, Comida de boda en Bergantiños, Procesión en Malpica… muestran el valor intangible que los etiqueta como patrimonio etnográfico y antropológico, por ser la plasmación de un mundo que debe preservarse para las generaciones venideras, ya que representan los valores de Galicia que, desde cronologías inmemoriales, se fueron transmitiendo y permaneciendo en la memoria, aceptándolas como intemporales y representativas de la identidad de Galicia.

A Sotomayor se le menosprecia acusándole y recriminándole que su retrato de Galicia es siempre idílico, renunciando a adentrarse en la temática social. Pero no por ello es menos real, porque las mujeres, romerías y fiestas existían tal y como las pintó y su significado va mucho más allá de lo representado en la misma escena costumbrista.

Sotomayor evoca todo un sistema de ideas y creencias culturales —puesto de manifiesto en estas imágenes— y que enlaza claramente con esta voluntad etnicista de la que hablamos. Y aunque muchas veces se le califique despectivamente de costumbrista, es una visión sesgada, ya que Sotomayor no solo se dedica a buscar o exaltar los valores estéticos o culturales referentes a lo enxebre, sino a todo lo que muestra ser parte de la tradición que funciona como modo de cohesión social.

Para los hombres del Rexurdimento, desde Castelao hasta Os Novos, se diseñaron claves identitarias que debían existir en la pintura gallega: el paisajismo, el enxebrismo, la saudade, el celtismo, la mujer como Terra Nai, y, sobre todo, la tradición, que en palabras de Castelao es «o eterno, o que vive acochado no instinto popular». Y todas estas claves aparecen inequívocamente en la obra de Sotomayor. La insistencia en los temas rurales y en sus personajes característicos, el sentido de permanencia y la emoción contenida con que los representa traslucen la voluntad del pintor de contribuir, temáticamente al menos, a la configuración de una pintura que habría de servir de base para la creación de la personalidad pictórica gallega.

Porque, paradójicamente, aunque el artista permaneció al margen de cualquier compromiso identitario y ajeno a la búsqueda consciente de un «estilo gallego», no por ello su contribución fue menos efectiva a los postulados del mismo, ya que reflejó en sus lienzos, como nunca antes se había visto, las esencias intemporales de los hombres de Galicia.

Álvarez de Sotomayor, el mejor pintor gallego de todos los tiempos, aunque fue muy reconocido en su época hoy ha pasado al olvido como otros magníficos artistas académicos relegados por personalidades de menor calidad pero que apostaron por corrientes de vanguardia.

Y sus lienzos de gran empaque, mitologías y retratos de poderosos es probable que, pese a su extraordinaria calidad, el futuro no les haga justicia y jamás sean recordados. Pero lo que sí pasará a la posteridad serán sus representaciones de campesinos y labriegos, en los que late un espíritu puro y épico a la vez, un sentido de dignificación de su realidad que trasciende la mera representación documental.

Porque estas obras representan no solo una maravillosa exaltación del arte y el oficio de la pintura y una muestra de vitalidad y fuerza estética, sino también, y lo más importante: el reflejo de la naturaleza del ser gallego que subyace en los hombres, la tierra y las costumbres transformados en entes de la identidad.

«Quién podrá negarme que soy gallego cuando Galicia, la mía, ha nacido en mí»

(Álvarez de Sotomayor).

María Fidalgo Casares. Doctora en Historia



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NOTAS

[1]Basa, L. El pintor Fierros y el arte en Galicia, Buenos Aires, Talleres de J. Peuser, 1909.
[2]Pablos, F. Pintores gallegos del novecientos, A Coruña, Fundación Barrié de la Maza, 1981.
[3] Él mismo recordará en sus memorias: «En aquella época, aprendí en un día todo lo que sé de mi oficio; fue en el Museo de Ámsterdam, ante el retrato de Franz Hals y de su mujer […] la manera pastosa, robusta, las finezas de color en las carnaciones y, delante del retrato aludido, compendio de tales cualidades, permanecí varias horas de intensa atención, escrutadora de los secretos que yo creía descubrir».
[4] La foliada es una de las costumbres más antiguas y populares en nuestras aldeas, que se celebra de noche y pone término a las fiestas del día. Constituye una especie de verbena o velada de público regocijo al aire libre, en que la juventud da rienda suelta a su alegría en cantigas, baile y trouleo. Rodríguez González, Eladio (1958-1961): Diccionario enciclopédico gallego-castellano, Galaxia, Vigo.
[5]Bindis, Ricardo: Pintura chilena, doscientos años, Santiago, Origo Ediciones, 2006.
[6] Saura, Tapies, Oteiza, Manolo Millares y Guinovart gozaron de grandes prebendas en el régimen, económicas, becas, premios… «Muchos de los artistas colaboraron con el régimen para asegurarse recursos, visibilidad y proyección internacional. Una vez sus carreras adquirieron repercusión internacional pasaron a adoptar discursos y actitudes críticas con la dictadura». Marzo, J.: Arte moderno y franquismo, 2006.
[7]Cabañas, B.: La política artística del franquismo: el hito de la Bienal Hispano-Americana, Editorial CSIC, 1996.
[8]Fernando Álvarez de Sotomayor se pronunciará, junto a un grupo de artistas conservadores, en contra de las corrientes que llamaron «de arte surrealista abstracto» y que entendían como «peligrosa innovación en la política artística de nuestra patria». Las protestas se enviaron por carta a Franco e, incluso, al presidente de la sección de psiquiatría del Colegio de Médicos, al que se le preguntaba con ironía: «¿Quiénes son los locos? En el caso de que seamos nosotros prometemos no volver a ocuparnos de las bellas artes y dedicaremos nuestros esfuerzos a la agricultura o al comercio…».
[9] Su primogénito varón muere en 1937 en el asedio de Bilbao de la guerra civil española, con apenas 19 años.
[10] «La casa inglesa Sotheby’s vende la obra costumbrista `Orando a la Dolorosa´ del pintor coruñés en 160 000 euros». La opinión de A Coruña, jueves, 15 de noviembre de 2007.
[11] El celtismo permaneció durante siglos en la conciencia colectiva de una forma romántica. A partir de la década de los 70 del siglo XX, comenzó un furibundo anticeltismo en muchos círculos galleguistas. Galicia tendría un pasado diferenciado que se llamó cultura castrexa. Hoy se niega lo castrexo y las recientes investigaciones genéticas sobre los pobladores de Irlanda ―que comparten gran parte de su ADN con los gallegos― ha revitalizado las tesis celtistas y nuevos congresos sobre el tema.