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Los instrumentos musicales en el texto cervantino de El Quijote

CABRELLES SAGREDO, Mª Soledad

Publicado en el año 2015 en la Revista de Folklore número 406.

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En la obra literaria titulada El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) aparecen muchas referencias a la música en general, con descripciones de canciones y danzas, sobre todo populares.

Nuestro interés, en esta ocasión, está centrado en los instrumentos musicales mencionados en dicho texto cervantino porque hemos considerado el aspecto más importante que desarrollar, con el objetivo de poder recuperarlos del olvido, ya que son poco utilizados en la actualidad.

El contexto histórico al que pertenece esta obra coincide, musicalmente, con ilustres compositores españoles como:

  1. Cristóbal de Morales (1500-1553), miembro de la capilla papal y maestro de capilla de Toledo y de otras ciudades españolas, fue uno de los más cualificados en la composición de madrigales, motetes y misas, impregnadas de un gran misticismo.
  2. Luis de Narváez (1500-1550?), importante vihuelista que escribió sus famosas «diferencias» para vihuela, sobre temas populares (Guárdeme las vacas, Ya se asienta el rey Ramiro, etc.). Su publicación Delphin de música adquirió gran notoriedad.
  3. Luis de Milán (1500-1565), destacado vihuelista valenciano, escribió el Libro de música para vihuela de mano, intitulado El Maestro, que es una obra capital para conocer la literatura vihuelística de su momento.
  4. Francisco Guerrero (1529-1599), discípulo de Cristóbal de Morales, fue uno de los mejores representantes de la polifonía de su época. Autor de diversas obras como Liber Vesperorum, Sacrae Cantiones, canciones y villanescas, salmos, etc.
  5. Mateo Flecha «el Joven» (1530-1604), sobrino del compositor catalán Mateo Flecha, que fue muy famoso por sus célebres Ensaladas, viajó a Praga donde publicó (1581) su serie de composiciones polifónicas titulada Divinarum completarum psalmi y las mencionadas Ensaladas de su tío, junto con otras obras propias.
  6. Tomás Luis de Victoria (1545-1611), nacido en Ávila, viajó a Roma donde estudió becado por Felipe II y allí conoció a Palestrina, que le influirá en sus composiciones. Después, volvió a Madrid y fue capellán en las Descalzas Reales hasta su muerte. Sus obras más destacadas son su Libro de Misas (dedicado a Felipe II), Oficio de Semana Santa y la Misa de Réquiem, que alcanzan un elevado nivel de intensidad expresiva.

Ninguno de ellos está reflejado directamente en el texto, y probablemente se deba al escaso interés que tenía Cervantes por la música culta, de estilo austero y profunda severidad.

En cuanto a los instrumentos musicales nombrados en El Quijote, hacemos mención de los más importantes de los tres grupos existentes, es decir: viento, cuerda y percusión.

Los instrumentos de viento, concretamente los de viento-metal, al igual que los de percusión, aparecen relacionados con los torneos y batallas, mientras que los de cuerda pulsada aparecen vinculados con escenas de ronda nocturna. En cambio, no aparecen el órgano, el sacabuche o el bajón, debido, probablemente, a la ausencia de aventuras litúrgicas o catedralicias.

Cervantes decide otorgar más protagonismo a la música popular, lo que supone algo muy novedoso en la literatura española de la época pero muy habitual en el lenguaje cotidiano, reflejado en refranes como «El abad, de lo que canta, yanta».

Esta novela es rica también en metáforas musicales como la referida por Dorotea cuando confiesa que tocaba el arpa porque «la experiencia me mostraba que la música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu» (I, capítulo XXVIII).

Las chirimías aparecen en el recibimiento de Sancho, como gobernador de su ínsula y acompañando musicalmente a dicha circunstancia. El autor narra: «… suenan las chirimías» (II, capítulo XXVI).

La chirimía es un instrumento de viento-madera, con lengüeta doble y diez agujeros generalmente. Existen siete tamaños, todos de gran longitud y pabellón muy acampanado. Es similar al oboe, por eso se define como «oboe primitivo», del que se considera su antecedente. En Europa, durante los siglos xiii al xvii su empleo era muy frecuente, especialmente en la música al aire libre, como en las plazas de las villas o fiestas campestres. En España se tocaba en grupo, junto con el bajón y el bajoncillo. Fue llevada a América por los españoles y su uso se difundió por diversas regiones del continente.

Los clarines intervienen cuando don Quijote, en su segunda salida, cree oír de repente ante una gran refriega «el tocar de los clarines y el ruido de los atambores», aunque Sancho afirma que son «balidos de ovejas y carneros» (I, capítulo XVIII).

El clarín es un instrumento de viento metal que carece de válvulas, lo que significa que solo produce armónicos naturales. Es semejante en su diseño a la corneta natural, pero de menor tamaño, con embocadura en forma de copa y un pabellón acampanado. La boquilla es semiesférica y suele fabricarse con una aleación de cobre. Se utiliza frecuentemente en las bandas militares.

Las trompetas están mencionadas en la primera salida de don Quijote, cuando llega a la venta «esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo», aunque lo que suena realmente es un cuerno de porquero usado para recoger sus puercos (I, capítulo II).

La trompeta es un instrumento de viento-metal, con tubo cilíndrico en dos tercios de su longitud y en el tercio restante comienza la sección cónica que termina en el pabellón. En su versión moderna dispone de pistones que permiten entonar la escala cromática, pudiendo emitir el sonido de las «doce notas»; es decir, las naturales y las alteradas.

Los tamborinos, salterios, albogues y sonajas aparecen junto con otros instrumentos, en la celebración de las bodas de Camacho «el Rico», cuando don Quijote oye los «suaves sonidos de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y sonajas» (II, capítulo XIX).

El tamborino tiene dos acepciones, según el diccionario de la RAE. La primera se refiere al tamboril o pequeño tambor, que es un instrumento de percusión de membrana extendida sobre una caja de resonancia de madera, barro o metal. El golpe de mazos, palillos o baqueta sobre la membrana provoca su acción sonora. Generalmente, va acompañado por el «pito» y se utiliza en algunas danzas populares. La segunda acepción es la empleada para definir al tamborilero, es decir, la persona que percute el instrumento.

El salterio es un instrumento de cuerda pulsada, con caja de resonancia plana en forma trapezoidal, cuadrada, triangular o alargada, como el que puede verse en el siguiente enlace: http://www.funjdiaz.net/museo/alfabet.php?letra=S, perteneciente a la colección de instrumentos musicales de la Fundación Joaquín Díaz, museos de la Villa de Urueña (Valladolid). Sus cuerdas pueden ser pulsadas con un plectro, con un pequeño martillo o con las manos. En Europa fue muy utilizado durante los siglos xii al xvi, y con menor frecuencia en los siglos xvii y xviii.

El albogue es un instrumento de viento-madera, con lengüeta simple, formado por un tubo en cuyos extremos se encuentran dos piezas de cuerno: una grande para amplificar el sonido y otra pequeña para colocar una caña. Su uso era muy común entre juglares y pastores. Etimológicamente, deriva del término árabe al-buq (‘el cuerno’). Algunos tipos de albogue como la alboka vasca tienen dos tubos y cinco agujeros. Los albokaris interpretaban sus melodías en las romerías, cerca de una ermita o en un prado.

La sonaja es un instrumento de percusión metal de la familia de los idiófonos; es decir, de sonido indeterminado. Está formada por chapas de metal que se agrupan atravesadas en el centro por una barra metálica y están sujetas a una estructura circular o rectangular. La emisión sonora se consigue mediante golpeo o agitación. Además de la utilización musical, también se emplea en ámbitos religiosos, para ahuyentar los malos espíritus en nacimientos, bodas, fallecimientos, etc.

Aunque don Quijote había solicitado un laúd para consolar a Altisidora, dama de compañía de la duquesa, solo le facilitaron una vihuela por ser un instrumento musical de uso popular en lugar del laúd, que se destinaba a la música culta. La vihuela está mencionada cuando se describe: «… halló Don Quijote una vihuela en su aposento, templola, abrió la reja […] y habiendo recorrido los trastes de la vihuela y afinándola lo mejor que supo […] con una voz ronquilla aunque entonada, cantó el siguiente romance que él mismo aquel día había compuesto» a su amada Dulcinea (II, capítulo XLVI).

La vihuela es un instrumento de cuerda pulsada, con forma similar a la guitarra. Tiene tapa y fondo planos, laterales poco profundos, mástil estrecho con diez trastes de tripa, clavijero doblado ligeramente hacia atrás y roseta con una elaborada decoración. Suele tener seis órdenes de cuerdas dobles afinadas al unísono. Hay tres variedades según la forma de ejecución: vihuela de arco que se toca frotando las cuerdas, vihuela de péñola que se toca con un plectro y vihuela de mano o vihuela que se toca pulsando las cuerdas con los dedos. Fue muy popular en la España medieval y renacentista. Posteriormente, durante el siglo xviii, su uso era menos frecuente y se fue sustituyendo por la guitarra barroca y, después, por la guitarra española.

Aparece el rabel de los cabreros cuando Antonio, «sin hacerse de rogar, se sentó en el tronco de una desmochada encina y, templando su rabel… comenzó a cantar» (I, capítulo XI).

El rabel es un instrumento de cuerda frotada, con cuerpo periforme y fondo arqueado que se extiende hasta formar un mástil corto y estrecho con clavijero abierto. Posee dos o tres cuerdas y una extensión de dos octavas aproximadamente. Se sujeta entre las piernas o sobre el hombro, algunas veces se apoya sobre las rodillas y se utiliza un arco curvo para frotar dichas cuerdas. Posiblemente derivado del término árabe rabäb o rebab, fue introducido en Europa durante el siglo xii, conocido con el nombre de «violín campesino». Es considerado el antecedente del violín.

Por último, el silencio también tiene una gran importancia en El Quijote, ya que Cervantes, al referirse a este concepto, no solo alude a la ausencia de palabra al imponer a Sancho «el áspero mandamiento del silencio» (I, capítulo XXI), sino a la ausencia de todo sonido, como en la casa del caballero del verde gabán, en la que don Quijote se alegra del maravilloso silencio que en ella había, semejante al de un monasterio de cartujos. Además, el silencio también permite y favorece que la imaginación del hidalgo divague en sus locuras.

Asimismo, se destaca la intervención y anuncio de sus múltiples personajes junto a un elemento sonoro, como en la narración del momento en que don Quijote pregunta a Sancho: «¿Qué rumor es ese, Sancho?», y responde: «No sé, señor… alguna cosa nueva debe ser, que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco» (I, capítulo XX). En ocasiones, también el sonido está acompañado de una descripción emocional añadida como en «oyeron a deshora otro estruendo que les aguó el contento del agua […] oyeron que daban unos golpes a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que acompañados del furioso estruendo del agua pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote» (I, capítulo XX).

En general, la sucesión temporal de sonidos y silencios están presentes en toda la novela, al igual que ocurre en la música. Ambos son contrarios y complementarios; por eso decimos que la música existe sustentada en el silencio o, como expresa el escritor y poeta mexicano Octavio Paz en el poema titulado Lectura de John Cage, compositor estadounidense, «la música es movimiento / sonidos caminando sobre el silencio / silencio es música / música no es silencio».

María Soledad Cabrelles Sagredo
Doctora en Filosofía y CC. de la Educación
Titulada en Música