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El gaucho en la historia y en la tradición argentina

CHULIVER, Raúl

Publicado en el año 2016 en la Revista de Folklore número 412.

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La cuestión del gaucho por quienes han manifestado muchas veces la afición preferente al tema y singular simpatía por el personaje no es sino motivo de íntima satisfacción. En este trabajo se incluyen conceptos de la historia y tradición, etimología del término gaucho, primeros documentos, medio social geográfico, faenas, indumentaria, el gaucho en la historia, danzas y música y escritores de gran talla que escribían a favor y en contra del gaucho.

Tradición es la trasmisión de generación en generación de noticias, creencias, informaciones, leyendas, supersticiones, etc. que por lo común nos llegan verbalmente, pero que también pueden ser transmitidas por otros medios, tales como la enseñanza objetiva y práctica de la acción, como ocurre, por ejemplo, en la tradición ergológica, o bien en forma gráfica pictórica o manual. Para muchos, la tradición es el archivo de los pueblos, que se compone no solo de sus cantos, sus poesías, sus danzas y sus artes, sino también de sus ciencias, su religión, el vestido, las artesanías y las hazañas de sus antepasados hechas leyenda.

El folklore, o ciencia popular que abarca también el arte popular tradicional, es en sí esa misma tradición, pero puesta en acción revivida por el pueblo mismo. La tradición argentina tiene su símbolo máximo en el gaucho, arquetipo de nuestra nacionalidad por sus virtudes innatas, por su valor, por su destreza y por su indiferencia. A mi manera de ver, existen vivencias, tradiciones, costumbres, creencias y modalidades que dan a nuestro criollo una autenticidad bien definida. Por lo común, concebimos al gaucho con su indumentaria característica, según la región en la que le toque actuar y según sea su actividad cotidiana.

Otro símbolo de nuestra tradición y que no podemos dejar de mencionar es la guitarra: con ella se acompañaba el gaucho en momentos de fiesta y de descanso. Esa guitarra que nos vino de España se acompañaba interpretando composiciones de nuestra región pampeana como la vidalita, un gato, un estilo o una milonga o de payadas en contrapunto. El gato fue el baile predilecto y el más sencillo. Pasaban también largas horas haciendo contrapuntos de malambos, el zapateo del hombre.

El triunfo, danza muy antigua. Una copla que recopila Andrés Beltrame en nuestra campaña:

Viva el gaucho surero

Que es como cuadro

Para bailar el triunfo

Con gracia y grabo.

Otra danza es la huella, delicada y melancólica, donde el gaucho hacía galanteos a la dama. La media caña, el pericón, cielitos… todas danzas de conjunto que alcanzaron gran popularidad tanto en los salones como en los ambientes rurales.

El caballo: el gaucho tuvo por fiel compañero a este animal, testigo mudo, pero insustituible y fiel en sus quehaceres y de sus andanzas a lo largo de la patria. El mate: amargo en ruedas de fogón y como aperitivo. La carreta: hecha con la ayuda de muchas manos criollas. El lazo: gracias a la destreza y a la baquía de nuestro hombre de campo, tanto para trenzarlo como para usarlo en las paradas de rodeo.

No queremos presentar un gaucho más, sino aproximarnos al gaucho, a ese ser que existió de alguna manera con ciertos caracteres, virtudes y debilidades, al que fue como fue, de acuerdo con nuestros estudios. El medio geográfico, las posibilidades económicas, las ideas predominantes o la influencia telúrica son algunos de los factores concurrentes estableciendo relaciones de causalidad, ninguna de las cuales pueden desecharse sin perjuicios para el razonamiento. Algunos autores han querido buscar explicaciones para la historia del gaucho o descubrirnos sus caracteres en la etimología del término, que se remonta hacia fines de 1700 y hasta hoy se discute la fecha en que apareció. Otros remontan a los más raros orígenes. Muchos investigadores han escrito y siguen escribiendo sobre la historia de nuestro arquetipo nacional.

Acerca de la palabra

La historia del gaucho, como es bien sabido, se halla exclusivamente en las zonas del litoral rioplatense, que fue el escenario de la vida gauchesca desde la aparición del arquetipo en los últimos años en la segunda mitad del siglo xviii. Es en esta fecha aproximadamente cuando se encuentran las primeras referencias documentales sobre la existencia del gaucho, cuya presencia en nuestra historia no dura más de una centuria.

Refiriéndome al vocablo, mencionaba Luis C. Pinto en una conferencia realizada por la Agrupación Tradicionalista Argentina Cruz del Sur, que fue publicada el 31 de julio de 1946 para una revista de publicación mensual de tradición argentina, lo siguiente:

De ahí el error más generalizado, desde Paul Groussac hasta aquí, de dar a la palabra gaucho el antecesor de gauderio, término éste que no ha existido en castellano, ni en latín y tampoco alguno parecido en lenguas indígenas y cuyo empleo sólo se halla en poquísimos autores de la colonia y todos ellos ajenos a nuestra tierra y nuestro medio social. Pero, si esto no bastara a darnos la seguridad de que no pudo el término gauderio originar gaucho, bastará el testimonio de que éste, con su prístino y verdadero significado de hombre de campo, aparece utilizado varias décadas antes que el otro, hacia la mitad del siglo xviii. Algunas decenas más de etimologías, contradictorias e imposibles, prueban que los oscuros vocabularios sobre la palabra gaucho son dudosos.

Emilio Ángel Coni (1886-1943), economista, ingeniero e historiador argentino. En 1905 obtuvo su licenciatura de ingeniero agrónomo por la Universidad Nacional de La Plata, centro académico en el cual inició su carrera docente e investigadora, que más tarde continuó en la Universidad Nacional de Buenos Aires. Entre sus obras principales se encuentra La independencia económica argentina ante la historia (1918). Escribió, además, Los distintos significados del vocablo gaucho a través de tiempos y lugares. Dice:

… aunque la primera mención documental de la palabra gaucho. Sólo se encuentra en 1790 en un informe de Lorenzo Figueroa a José Varela Ulloa, (Montevideo 30/4/1790 en el primer anexo a la carta del virrey Arredondo a Lerena), es probable que fuera conocida de pocos años atrás, pues Aguirre, la menciona en su diario de Viaje que inició por la Banda Oriental de 1784. Aun cuando no sepamos con exactitud el año en que fuera empleada la palabra en el manuscrito original. El informe de Figueredo que tiene hasta hoy gran valor de ser la primera prueba documental dice textualmente: malévolos, ladrones, desertores, y peones de todas castas que llaman gauchos…

Otros autores han pretendido que existe diferencia entre lo que denominamos gaucho y su congénere paisano, atribuyéndole significación castiza y virtudes y caracteres nobles, y a gaucho condiciones de inferioridad, pasibles de las más duras críticas. El término paisano, en el sentido de hombre de campo y sinónimo de gaucho, no existió con esa acepción en castellano más de doscientos años atrás, cuando hace más de una centuria se usaba en nuestra tierra como sinónimo de campesino y simultáneamente al uso del término gaucho. Concretamente en nuestro país, gaucho, paisano, campesino y hombre de campo son términos sinónimos, usados lo mismo en el lenguaje general hablado que en el escrito, donde existe una inmensa producción literaria argentina del pasado y del presente.

Las primeras referencias

Las encontramos documentadas en El Lazarillo de Ciegos, Caminantes desde Buenos Aires hasta Lima, de Concolorcorvo (seudónimo de Calixto Carlos Bustamante), que data de 1773. En un capítulo menciona el título «Gauderios», que comienza diciendo:

Estos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestidos, procuran encubrir con uno o dos ponchos de que hacen cama con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de almohada la silla. Se hacen de una guitarra que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores.

Se refiere el escritor a las faenas, los medios de transporte, las peripecias de los largos viajes de aquellos años; puntualiza y describe con pormenores al gaucho, y sus datos son fehacientes y folklóricos. Lo mismo en el segundo documento que encontramos bajo el rótulo de «Descripción del que llaman guaso u hombre de campo» y «Noticias de varios pueblos de Buenos Aires, del teniente de navío don José Espinosa y Tello, que en 1794, formó parte de la expedición de Alejandro Malaspina». Además, en este se describe una corrida de pato.

Las noticias del hombre de campo se refieren a ambas orillas del Plata; es interesantísima, pues, a más de tratar de la vida rural diaria, habla de los bailes y galanteos de los paisanos a sus enamoradas. Estos relatos son esencialmente folklóricos. Dice: «Un caballo, un lazo, unas bolas, una carona, un lomillo, un pellón hecho de pellejo de carnero, es todo su ajuar de campo…». Va luego describiendo las pilchas (botas de medio pie), espuelas (que llaman nazarenas), calzoncillos con flecos, una chaqueta, un sombrero redondo, un pañuelo de seda y un poncho ordinario y agrega: «Es la gala del más galán de los gauderios. Su vida siempre monótona se reduce a salir al campo, siempre a caballo y correrlo de rancho en rancho…». Más adelante, dice: «… si es invierno, juegan o cantan unas raras seguidillas, desentonadas que llaman cadena o el pericón o malambo, acompañado de una guitarrilla, que siempre es un triple…».

Encontramos otros datos en documentos de Félix de Azara (1746-1821), un naturalista, geógrafo, marino e ingeniero militar ilustrado que se destacó por sus estudios sobre la historia natural de Paraguay y del Río de la Plata, publicada en Madrid en 1887, y por la descripción de diversas especies de la flora y fauna de esa región. Nació en Barbuñales (Huesca). En su informe valioso para el estudio de la vida y las costumbres de toda la cuenca rioplatense por aquella época, hacen mención del gaucho por allí, diciendo: «En cada pulpería hay una guitarra y el que la toca bebe a costa ajena. Cantan yaravíes o tristes, que son cantares inventados en el Perú, los más monótonos y siempre tristes, tratando de ingratitudes de amor y de gentes que lloran desdichas por los desiertos». En El Gaucho, Francisco Javier Muñiz (1791-1851) hace mención de las boleadoras. Fue un científico argentino que destacó por sus estudios y descubrimientos en el campo de la paleontología. Nació en Monte Grande (Buenos Aires).

Gaucho y Rancho, de Francis Bond Head (1793-1875), dice: «La condición del gaucho es naturalmente independiente de las turbulencias políticas que monopolizan la atención de los habitantes de las ciudades. La población o número de estos gauchos es muy pequeño y están separados entre sí por grandes distancias; están desparramados aquí y allá sobre el haz del país». Del rancho, acota: «… generalmente se compone de una sola habitación para toda la familia, muchachos, hombres, mujeres y chicuelos, todos mezclados. La cocina es un cobertizo apartado unas pocas yardas; hay siempre agujeros tanto en las paredes como en el techo del rancho que uno considera al principio como señales singulares de indolencia en la gente. En el verano la morada está llena de pulgas y vinchucas […] El rancho se alumbra con una luz muy débil emitida por sebo vacuno…».

El capitán Francisco Bond Head llegó a Buenos Aires en 1825 como director de la Compañía Minera del Río de la Plata y nos ha dejado admirables páginas de literatura folklórica argentina. Head describe las pampas de Buenos Aires, los indios y los gauchos con admirable maestría. Las costumbres del gaucho, su rancho, su caballo y aprestos, como así también su indumentaria, están fotografiados con hábil y dúctil pluma. En el diario del capitán de fragata Juan Francisco de Aguirre, que contiene datos folklóricos de sumo interés, habla de las costumbres de los paisanos de la provincia de Buenos Aires, ya que este marino español recorrió las pampas a fines del siglo xviii.

Viajando por las pampas es una publicación de Samuel Haigh. En su libro de 1829, al pintar su viaje por Buenos Aires habla del uso del mate y del asado, entre otras cosas. Este viajero inglés, luego de atravesar nuestra pampa en 1817, describió la figura del gaucho: «No existe ser más franco, libre e independiente que el gaucho […] Siempre lleva lazo y boleadoras, que arroja con admirable precisión al pescuezo o a las patas del animal y al instante lo detiene».

El naturalista Charles Darwin, que visitó nuestro país entre 1827 y 1832 (estos años se denominaron La Gran Seca, por las escasas lluvias, la vegetación desapareció y no crecieron los cardos), consideraba al gaucho muy superior a los puebleros, y escribió: «Los gauchos o campesinos son muy superiores a los habitantes de las ciudades. Invariablemente, el gaucho es muy obsequioso, muy cortés, muy hospitalario; jamás he visto un caso de grosería o de inhospitabilidad lleno de modestia cuando habla de sí o de su país, es al mismo tiempo atrevido y bravo».

Otro documento, El apero criollo de William McCann, describe en la primera parte las prendas apero, y luego al gaucho, peón o paisano, su carácter y costumbre, y dice: «La palabra gaucho es ofensiva para la masa del pueblo, por cuanto designa un individuo sin domicilio fijo y que lleva una vida nómada; por eso al referirme a las clases pobres, evitaré el empleo de dicho término». Describe luego el rancho donde vive el paisano y las ocupaciones de la mujer.

Eduardo Olivera (1827-1910) escribe Evolución histórica del gaucho. Describe al gaucho en la colonia, en la lucha por la independencia, la de Rosas, la caída de Rosas y la reconstrucción de nuestras instituciones, la ampliación de nuestras fronteras y la desaparición del indio salvaje como poder ofensor.

El doctor Pablo Mantegazza, escritor y antropólogo italiano, residió en nuestra patria entre 1858 y 1863. De regreso a su patria, publicó un libro con sus noticias históricas, cuadros de la naturaleza y estudios sobre las costumbres de nuestro país, en Pavía, en 1867, con el título Río de la Plata y Tenerife y registró así sus impresiones sobre el gaucho argentino: «El gaucho o el argentino de la campaña, es un hombre alto, enjuto y moreno. Apenas puede tenerse en pie, después de apartado del pecho materno, se les coloca a caballo y aprende así al mismo tiempo a conocer el suelo que pisa». Otras referencias, y ya a principios del siglo xix, son muy valiosas: la de los viajeros ingleses como Samuel Hull en su obra Historia del Virreinato de Buenos Aires, y de Alejandro Gillespie, autor del libro Pequeños conocimientos y anotaciones recopiladas durante varios meses de estadía en Buenos Aires, de 1818. Este escritor, luego de referirse a un sinnúmero de datos interesantes a que dio lugar la reconquista de Buenos Aires el 12 de agosto de 1806, nos pinta los paisajes y costumbres camperas que vio cuando estuvo en San Antonio de Areco, localidad tradicionalista de la provincia de Buenos Aires. En El gaucho, José Torre Revello (1893-1964) escribe sobre el vocablo gaucho y los orígenes del personaje.

Es en estos últimos años de la primera mitad del siglo xix cuando los viajeros ven desaparecer al personaje típico que ya en los años de José Hernández se está convirtiendo en mito. Y es este mito el que comienza entonces a cobrar una vida que aún subsiste, es este mito el que influye con tan acentuado vigor sobre la evolución de las letras rioplatenses hasta encontrárseles en el nacimiento del teatro, en la adopción de los motivos musicales, como en casi todas las manifestaciones que señalan algún rasgo de auténtica originalidad en la formación y el desarrollo de nuestras ideas estéticas. Las referencias históricas nos demuestran que el gaucho aparece y desaparece en el breve lapso de una centuria. Pero su huella es mucho más profunda en la evolución de aquellas ideas, como lo demuestra su aparición en la novela, que es posterior a la desaparición del personaje. Puede afirmarse que el gaucho desaparece con Rosas y que se extingue cuando el alambrado y el ferrocarril, junto con el reparto de las tierras sustraídas al dominio del indio, reducen y anulan al ámbito ilimitado de las antiguas vaquerías, que habían dado origen a la aparición del personaje histórico.

Medio social y geográfico

Para entrar a estudiar el medio social y geográfico en que se desenvolvía el hombre de la campaña, debemos empezar considerando los dos aspectos característicos de que se componía la sociedad colonial. Las ciudades, residencia de comerciantes y sus familiares, cuyas vidas transcurrían en su ambiente lugareño, sin mayores alternativas, más atentos al enriquecimiento personal, a administrar mal los bienes reales y peor lo que se denominaba justicia; viviendo la fácil existencia de señores a cualquier costa menos a la del trabajo honrado, las industrias, las ciencias o las artes. Era esta, dice Juan Agustín García, la manera más eficaz de incitar al pueblo a la vida ociosa.

Componíase esa población de españoles peninsulares y españoles americanos, aparte de los esclavos negros que formaban la servidumbre y realizaban los llamados oficios bajos y viles. Una población distinta por su número superior al de las ciudades, por su medio de vida, por sus trajes, costumbres y caracteres, que habitaba diseminada por las dilatadas extensiones del territorio virreinal. El medio geográfico era desértico, el social casi primitivo, pero con clima benévolo y abundante riqueza en ganados cimarrones, principal y casi único alimento. El hombre de aquel medio criase libre frente a la naturaleza y en lucha bravía contra la hacienda chúcara, acostumbrándose a dominarla porque hervía en sus entrañas un ansia instintiva de ser soberano en su medio y dueño de sí mismo. En ese medio rústico surgió y transcurría la vida del hombre que después se denominó genéricamente el gaucho. Estaba consubstanciado con su medio hasta tal punto que podía decirse de él que eran brotados espontáneamente de la tierra.

Su ocupación era casi exclusivamente la ganadería, en las estancias o en la vecindad de ellas. Los que han hablado del nomadismo del gaucho utilizaron una metáfora o un concepto equívoco. Decía Luis C. Pinto: «… las grandes extensiones exigían largas travesías conduciendo ganado, carretas o viajeros. Días y días de viaje a través de los campos».

El medioambiente, cuya realidad de influencia sobre el hombre ha sido motivo de estudios comprendidos dentro de la sociología, captó al gaucho a campo y cielo. Aprendió a vivir sin necesitar la ayuda de nadie, haciendo su carácter; posee datos de orientación tan sutiles que le basta observar una limitada extensión de tierra para comprender todo el paisaje.

El gaucho se apoderó de todos los secretos de la tierra. Leyó el rumbo en el cielo estrellado, conoció la hora por la inclinación de los pastos, por la sombra proyectada. El vuelo de las aves, sus gritos, le sirvieron de guía meteorológica. Ciertos aspectos de la flora le indican la existencia de aguas, salitrales, etc. La tierra pampeana era para él simple, le había entregado sus secretos.

Los trabajos del gaucho

La calidad de los trabajos del hombre campero requería por comodidad y hábito el uso constante del caballo: hombre y caballo eran indispensables; algunos autores brindaban un juicio de vago para los campesinos que vivían a caballo.

Las faenas del gaucho, dice un historiador, determinan la índole de sus ideas, las imágenes de su fantasía, su vocabulario, los giros de su lengua, los temas de conversación… y le imprimen el instinto de su libertad, le limitan las necesidades, le imponen otras cosas. Estas se reducen a levantar su rancho, con paja quinchada, fabricar los aperos o las prendas del caballo (matra, cojinillos, bastos, encimeras, cincha, cabezadas), los lazos, las cuerdas de las boleadoras; a estaquear las pieles secadas al sol y sobar (restregar fuertemente un cuero para que se ablande o suavice) las de potro que le envolverán las piernas. Estas tareas sedentarias con las otras actividades a campo abierto de vaquear, como se decía antiguamente, para matar las reses, sacarles el cuero, la grasa, el sebo y otros derivados, completaban las ocupaciones del campesino. Le llaman a esto la carneada, la cuereada. Fue rastreador, conocía las características de los animales. Amansaba a los caballos y los hacía útiles en las faenas. Fue pialador, que es enlazar el caballo con un pial. Tiro de lazo que se arroja al animal. Es un trabajo de destreza. Existen varias formas de pialar: pial de payanca, pial de volcao, pial sobre el lomo, pial de paleta. Otra tarea la yerra, marcación de los animales y se hace cada año.

Entre otros documentos, encontramos sobre este tema Las Estancias. Los Gauchos, de Alejandro Magariños Cervantes (1815-1893), que dice: «El trabajo de los peones se limita a enlazar, derribar y desollar las reses, en lo que han adquirido tal perfección con la práctica, que en pocos minutos las descuartizan y sacan el cuero sin el menor tajo ni partícula carnosa; lo estaquean y preparan la carne en tiras delgadas para el tasajo o charque…».

En El Folklore de la Pampa, escribe Bartolomé Gutiérrez, en su capítulo «Los medios de vida»:

Vivía el gaucho de las volteadas de hacienda y de las vaquerías. Hasta pasado el año 1780, dice Félix de Azara, las pampas de la capital del virreinato hasta el Río Negro estaban pobladas de ganados cimarrones que se extendían hasta los Andes, Mendoza, Córdoba y Santa Fe y añade que el campo de las vaquerías sumaba 48 mil leguas cuadradas, pobladas por 42 millones de cabezas de ganado. Entraban los gauchos a las vaquerías para hacer acopio de cueros, que luego se embarcaban y conducían a España.

La vida de las campañas primitivas no le exigieron nada más, y él cumplió con exceso lo que las necesidades y su suerte le exigieron. Así pasaba la vida del gaucho, decimos, en la paz, hasta que la guerra le señala otro destino. Entonces ensillará su caballo, dejará su rancho, su mujer, sus hijos y correrá tras del caudillo.

El gaucho en la historia

En ese grado de evolución del hombre de nuestras campañas, se produce en el Plata la llegada de las naves inglesas. Si como entidad física y moral ya se perfilaba el gaucho con sus aptitudes propias, no alcanza todo su valor humano cuando es reclamado como guerrero para servir a su tierra y defender la libertad, ya que todavía no se podía hablar de patria. Fue en el Plata donde la caballería gaucha reclutada por Pueyrredón hace su estreno frente a las fuerzas imperiales con el empleo de sus propios recursos, sus artimañas combativas y su heroísmo, al unísono con la población de la ciudad, que no quería someterse a la opresión extranjera. Y fue en el Plata donde se produce, durante la jornada de la Reconquista, según cuenta el Dr. Castellanos, por la actuación que en él le cupo al entonces teniente Martín Miguel de Güemes, el extraordinario episodio de atacar y tomar un buque enemigo con un destacamento de caballería aprovechando una bajante del río, que convirtió en realidad lo que parece un contrasentido o milagro de espíritu criollo: un abordaje marítimo a caballo.

Cuando el general José San Martín envió desde el Ejército del Norte en 1814 un informe donde comunicaba que «los gauchos de Salta solos, están haciendo al enemigo una guerra de recursos tan terrible que lo han obligado a desprender una división con el solo objeto de extraer mulas y ganado», el director supremo de las Provincias Unidas, Gervasio Posadas, ordenó que en la publicación de ese parte en el periódico porteño La Gaceta se omitiese la palabra gaucho, reemplazándola por el de patriotas campesinos. Así, se incorporaba para mucho tiempo aquel nuevo elemento en la patria naciente, la caballería gaucha que durante años tendría papel preponderante en todas las guerras. Por eso, un escritor dijo que la patria se había hecho a caballo. Caballo y jinete fueron dos piezas inseparables: durante la paz en el trabajo y durante la guerra. No se concibe el gaucho sin el caballo.

¿Cómo eran esos gauchos? Un español, el general García Gamboa, decía: «Los gauchos eran los hombres de campo, bien montados y armados todos de machete o sable, fusil de los que se servían sobre sus caballos con sorprendente habilidad, acercándose a las tropas con tal confianza...». El general Mitre, militar, historiador documentado comenta: «... al retirarse vencidos los españoles ante ese puñado de gauchos mal armados, que tanto habían hecho alarde de despreciar, tenían que confesar que ellos solos habían bastado para defender el umbral de la República Argentina y hacerlos retroceder».

Queda expuesto, en líneas generales, cómo vivió, cómo fue y cómo se consagró el gaucho en nuestra historia que comienza en mayo de 1810.

Tradición

El reconocimiento a nuestro héroe que ha dado su vida por la patria naciente, desinterés y coraje, nuestro anhelo de dedicarle el más profundo y sincero de los homenajes no basta a nuestras inquietudes. Por ello nos hemos volcado a esa tradición, y a Joaquín V. González, este gran escritor riojano que vivió gran parte de su vida en su casa de Samay Huasi, a tres kilómetros de Chilecito en La Rioja, Argentina, y a quien tengo el gusto de conocer. Dice:

… que la tradición heroica es la primera necesidad del espíritu y es un culto tan sagrado como el de la religión. Cuando las naciones la olvidan, legado en la indiferencia sus relatos y sus personajes memorables es que en su alma han penetrado los vicios que aceleran su muerte; y cuando ha existido alguna que no tuvo esos héroes mitológicos, esas batallas en que las sombras del pasado combatieron con sus hijos o que su nacionalidad y su independencia nacieron sin violencia, tal es la fuerza de la necesidad de idealizar una época, que se ve inclinada naturalmente a crear una legión de mártires autores de su libertad y de seres fabulosos que los auxilien con su poder sobrehumano en sus grandes luchas.

Un defensor del gaucho y de la tradición es Luis C. Pinto, que expresaba allá por 1946:

... que el culto de la Tradición, bien entendido, no es la adoración mítica del pasado vetusto; no es nostalgia de glorias pretéritas [...] Estas tienen sus efemérides y el pueblo sabe darles el sentido profundo que la historia asigna a sus próceres representativos. La Tradición es otra cosa, no es producto de la reflexión: no se llega a ella por los ojos del rostro sino por los del alma. Es compenetrarse y confundirse con el aliento telúrico que imprime determinada fisonomía y espiritualidad a una raza humana, por la cabal adaptación a la tierra de un grupo humano homogéneo por su origen, sus costumbres.

En este sentido, podemos afirmar que no ha muerto el gaucho, cuyos continuadores se ven y se encuentran en los pequeños pueblos de las provincias argentinas. Con la tradición cultivamos activamente las virtudes y las costumbres del gaucho: el encanto de los bailes nativos, la belleza de la música, el homenaje a los poetas y pintores costumbristas y el amor a las canciones y payadores con su acento bien argentino.

Consideraciones generales sobre el gaucho

En referencia a este punto, podemos titularlo también «La tradición y los antitradicionalistas», o «Los que hablaron bien y los que hablaron mal del gaucho». Desde hace años, cuando el cosmopolitismo comenzó a desarrollarse en el país, los mismos criollos sufrieron los efectos de esa evolución, el culto de la tradición nacional; llevado a sus principales aspectos, étnicos o raciales —relacionados con la formación del suelo argentino y con el gaucho, prototipo de la raza— comenzó a oprimirse de manera alarmante.

En efecto, cada vez más son los que están en desacuerdo o los que reniegan de la tradición, con el gaucho para deshonrarlo. Es indudable de que esa actitud y al amparo de tal evolución, adversa a la conservación de los prestigios del gaucho, hay un enorme caudal de mentira, de ignorancia y de mezquindad (Julio C. Díaz Usandivaras, Revista Nativa de 1946). Muchos historiadores, escritores, estudiosos de nuestras tradiciones, y en especial del gaucho, se han dedicado a publicar páginas escribiendo mal o bien de nuestro arquetipo nacional. ¿Pero, quiénes tienen razón en la disputa?

El gaucho, en sus horas de intimidad y descanso, ejecutaba la guitarra, haciendo de este modo perdurar el instrumento nacional por excelencia. Hablando también del lenguaje del gaucho, ahí esta el Martín Fierro, que muchos han censurado el lenguaje a José Hernández, cometiendo el yerro de no darse cuenta de que ello era obra deliberada de su autor para darle colorido al poema (Usandivaras, 1946). El Martín Fierro está escrito en lenguaje gauchesco, como habla el criollo, y, como acotaba una vez el profesor Lázaro Flury, ¡no se puede corregir! Por ejemplo, términos como «no ay ser» o «si ay ser». Esto no se puede tocar, porque lógicamente el criollo versificaba en forma natural y espontánea, justamente contaba la sílaba de otra manera, porque hablaba de otra manera, hablaba a su manera; esa frase era correcta, no la podemos tocar, porque los autores cultos harían dos sílabas y no una como hacían ellos. Bruno Jacobella fue el único que lo vio; son expletivos, quiere decir que eran palabras que el criollo anónimo y analfabeto empleaba cuando le faltaba o le sobraba una sílaba, de manera que jugaba una función literaria.

Veamos ahora lo que dicen algunos hombres de cultura, escritores o no, acerca del gaucho, sus costumbres, sus cosas. Cada uno es dueño de hablar lo que quiera, pero siempre que lo que se habla sea razonable. Reparemos en esa ofensa que significa para las letras argentinas y para los argentinos condenar al gaucho, maldecirlo. El gaucho, este hombre de campo, es un elemento simbólico de la argentinidad.

Primero brindaremos algunas reseñas de quienes hablaron mal del gaucho y luego otras de los que hablan a favor de aquel.

Paul Groussac, hombre de letras que hizo obra en nuestro país y que llegó a ser considerado un gran historiador, dijo:

… creo que el gaucho es una leyenda [...] Pocos rasgos dan la fisonomía real del gaucho, un bolerito estoico, desaliñado, pintoresco; es simplemente, un hombre adiestrado en el manejo del lazo y del caballo.

El señor Alberto Gerchunof opina lo siguiente del gaucho:

La leyenda del gaucho es refugio de mala literatura... Es una reacción contra la historia, contra la tarea refinadora de las generaciones que más trabajaron por la elevación mental y moral de nuestro pueblo. La leyenda del gaucho que fue una política de oposición en un tiempo, una protesta contra el orden arbitrario, sirve hoy de refugio a la mala literatura y a la mala oratoria. Los que en la actualidad no se avienen con la vida ordenada y reglada, con los principios serios de convivencia en una sociedad seria, ven en el gaucho su propio símbolo porque el gaucho peleó con la partida, con los alambrados, incompatible por su espíritu inconsistente y anacrónico, con lo que sea orden civilizado.

El escritor peruano Alberto Hidalgo, en la década de 1920, escribía para una revista literaria peruana fundada en Lima, Amauta, y dice acerca del gaucho:

¡Si el gaucho nunca existió! [...] Interesa hacer desaparecer al gaucho. Para mí es una calamidad. Y en ningún campo esta es más perceptible que en la literatura...

Y coincidimos con Díaz Usandivaras cuando dice que los que aspiran a la desaparición del gaucho, o al concepto que él merece, aspiran también a la abolición de la literatura vernácula, siendo que esa literatura es la verdadera literatura nacional.

El señor Enrique Amorin (1900-1960), narrador uruguayo cuya obra es muy extensa y variada estéticamente, es recordado por una clásica novela rural: La carreta. Nació en Salto y se le identifica con los temas del gaucho, el campo y la pampa, a los que estuvo ligado desde niño y que en la década de 1930 ocupaba una posición central en la literatura de la región. Dice:

Jamás respetó a su compañera; la dejaba en cada momento. Hizo su rancho de barro porque la piedra cuesta trabajo. El mate, su bebida favorita, es cosa de perezosos; aplaca los nervios, adormece el cuerpo, reduce las energías. El gaucho era pendenciero, vago, ladino, desconfiado. El gaucho me merece el peor de los conceptos.

En la revista Nosotros, que fue dirigida por Alfredo Bianchi, alrededor de 1942, durante mucho tiempo se expresó así del gaucho:

En muchas oportunidades he hecho público mi concepto sobre el gaucho. […] El gaucho individuo de desorden, matón de cuchillo, borracho, pendenciero, es un tipo del pasado que ya no tiene importancia, por suerte en nuestra vida nacional. Necesitamos tipos étnicos superiores, no el gaucho, personaje de barbarie, haragán, que ha constituido en una época el principal obstáculo para el progreso.

Otros escritores, como Emilio Suárez Calimano o Arturo Giménez Pastor (uruguayo), escribieron mal sobre el gaucho. La lista de los opinantes es larga. Estos son algunos de los pensamientos de los que hablaron y escribieron mal del gaucho y que se oponen a la tradición.

A continuación, hacemos mención a las manifestaciones de escritores que hablaron bien del gaucho.

Pedro Goyena dijo:

El gaucho es el tipo original, característico de nuestra sociedad. En él se reúne lo que tenemos de nuestro verdaderamente. El gaucho es una bella manifestación de la naturaleza humana.

Joaquín Castellanos, poeta salteño (1861-1932). El Borracho es su composición poética más famosa y que, sin pertenecer propiamente al género gauchesco, mantiene su vigencia entre los cultores del verso criollo. Se expresó así:

El gaucho no es como se cree, vulgarmente, el elemento auténtico del gringo; es más bien su antecesor en la evolución progresiva. Es el pionero de la pampa, ha despejado la tierra para entregarla libre al trabajo...

Ricardo Rojas, sabio de las letras y la historia, dijo:

El gaucho ha aparecido porque sí como una fuerza viva de la naturaleza. Trabajaba cantando, a veces con solo ritmo interior. Amaba y vivía con su canto.

Martiniano Leguizamón nació en Rosario de Tala, Entre Ríos. El amor que sintió por todo lo gaucho se traduce en Alma nativa, De cepa criolla, La cuna del gaucho, etc. Así dijo:

El gaucho aprendió desde niño a valerse de sí mismo y ser hombre […] Tuvo una pasión honda para las cosas del pago, el rancho y la prenda, que compendian su amor a la tierra natal. Se caracterizó por la lealtad caballeresca en la palabra empeñada, su generosidad proverbial y su espíritu altruista. El gaucho es el producto más original y auténtico de nuestra tierra.

Fernán Silva Valdez, destacado cultor de la poesía gauchesca rioplatense, escritor y poeta uruguayo, decía:

… la libertad fue para él el punto cardinal hacia el que apuntara la flecha de su espíritu.

Escribió un poema:

Gaucho / Naciste en la juntura de dos razas / Como en el tajo de dos piedras / Nacen los talas.

Claudio Martínez Payva, nacido en Entre Ríos, dramaturgo criollo; toda su obra se hallaba coronada de un sentimiento de profunda raíz nacional y decía:

Nuestro gaucho fundó un pueblo. En la frase ¿Me quiere hacer una gauchada, amigo? está encerrada la esencia del gaucho. Amar el gaucho, creer en sus virtudes, no es ser inculto; nos preciamos lo contrario.

Otros escritores que hablaron bien del gaucho y escribieron interesantísimos artículos son: Elías Regules, poeta uruguayo, inspirado cultivador del género gauchesco y nativista, gran parte de su obra se halla recogida en el libro Versos criollos; Héctor Pedro Blomberg, escritor y poeta argentino (1890-1955); don Santiago Rocca, un hombre de gran tradicionalismo; Justo P. Sáenz; Domingo V. Lombardi, y Benjamín Sarmiento. Muchos otros nos han dejado hermosos libros bien documentados del gaucho, verdaderos paladines de la tradición, que defendieron con arrogancia las conquistas sociales del gaucho argentino.

El profesor Lázaro Flury, a quien tuve el gusto de conocer, escribió varios libros acerca del folklore y artículos diversos del gaucho, entre ellos Las virtudes del gaucho. Luis C. Pinto, un tradicionalista y verdadero criollo, en su libro El gaucho rioplatense, edición de 1944, hace una magnífica defensa del gaucho ante el atropello cometido por Enrique de Gandía, quien agravió a nuestro gaucho. Arturo Scarone, uruguayo, publicó El gaucho en 1922, que sintetiza una admirable monografía histórica y literaria del personaje. También José Luis Passarelli publica un trabajo: Tradición y folklore, La Rioja (03/06/1968), que presenta en el Primer Congreso Nacional de la Tradición.

La historia ha demostrado con elocuencia que las virtudes morales del gaucho son las virtudes que caracterizan al pueblo argentino y constituyen los rasgos más típicos de su idiosincrasia. Estos rasgos son: el amor a la libertad, el espíritu de la hospitalidad, el concepto y la conciencia de la fidelidad y la solidaridad. Todo este simbolismo encarado así, a grandes rasgos, es folklore puro y auténticamente argentino. Es folklore porque sus manifestaciones humanas tienen una indiscutible vivencia y en ella se nutre el cotidiano quehacer en todas sus formas y en todas sus expresiones. La tradición argentina tiene vigencia, la que se evidencia a cada instante en todas las manifestaciones de su quehacer cotidiano, en su historia y en su folklore.

Solo he querido señalar la trascendente y fecunda virtualidad de ese mito que ha creado un arte, una literatura, y que posee todos los atributos de una tradición que, desde el pasado y en el presente, se proyecta con caracteres nacionales hacia el porvenir.

Raúl Chuliver

Concertista de guitarra, profesor de danzas nativas argentinas

Premio Santa Clara de Asís, 2015. Buenos Aires. República Argentina