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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2016 en la Revista de Folklore número 415.

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Algunos filólogos afirman que, aunque la palabra ruina —derivada del latín— aparece en casi todas las lenguas romances, una de las primeras veces que se escribe en castellano es en unos versos de los Milagros de nuestra sennora, de Gonzalo de Berceo, en los que el poeta narra el pecado y arrepentimiento del obispo Teófilo:

La madre gloriosa de los çielos reyna
La que fue a Teofilo tan prestable mediçina
Ella nos sea guarda en esta luz mezquina
Que caer non podamos en la mala ruyna...

Parece como si Berceo distinguiera entre ruina buena y mala, y parece también como si diese a la palabra un sentido de progresión. En la ruina podemos ir cayendo poco a poco; no se trata de una caída o un derrumbe repentinos, sino de un desmoronamiento o desboronamiento (un desmigajarse la borona, ese pan basto e imprescindible de maíz o de mijo que al endurecerse se iba deshaciendo en porciones o migas). El estado en que se encuentran algunos edificios y monumentos españoles ha llegado por múltiples desmoronamientos, de los que no sería el menor ni el menos importante el propio paso del tiempo, a extremos alarmantes pese a los esfuerzos no siempre suficientes de una Administración desbordada. Nos atreveríamos a apostillar que esas ruinas son nuestras y reflejan el estado de un patrimonio, siquiera hayan representado las realizaciones más elevadas del espíritu y hayan albergado durante siglos los sentimientos más nobles que pueda concebir el ser humano... Las ruinas no son del Estado o de la Iglesia, sino nuestras, y, además, son producto de una incuria especial que nada tiene que ver con la pobreza o con la escasez de medios. Son resultado de la desidia, de la desaparición o sustitución de los símbolos, de la pérdida de sensibilidad hacia los legados antiguos...

Hemos comentado muy a menudo que cuando el inglés William Thoms inventó la palabra folklore lo hizo porque en su profesión, la arqueología, había aspectos vivos, costumbres, objetos, que no habían dejado de utilizarse desde tiempos remotos; el límite entre lo enterrado y lo tangible era a veces imperceptible o discutible, pero, en general, estaba determinado por el uso: lo que ya no se utilizaba estaba muerto y lo que se utilizaba sobrevivía. Sería muy cómodo aplicar un criterio similar al inventario de bienes que representa el patrimonio artístico y monumental: muchos edificios no se usan y están aterrados, y, por tanto, no tienen salvación. Sin embargo, casi a diario están alzándose voces en defensa de posibles soluciones, aportadas para que todo ese patrimonio no sea la «ruina mala» de que hablaba Berceo y que, sin duda, tenía más que ver con la ruina del alma y del interés que con el equilibrio de los edificios. Las posibilidades de intervención, las propuestas de planificación respecto a los monumentos y su entorno son la única solución. Solución moderna, respetuosa, variada y original. Lo demás es disolución y palabrería inútil.