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Etnografía negra. El crimen que dio lugar a la leyenda de "El Sacamantecas"

SANZ Y DIAZ, José

Publicado en el año 1984 en la Revista de Folklore número 47.

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Nunca se ha dicho, pero es así y tiene su arranque en los comienzos del XX, según vamos a comentar en las páginas de la Revista de Folklore, editada por la Caja de Ahorros Popular de Valladolid. El hecho en sí estuvo presente en los anales de la crónica negra y sangrienta de antaño, en diarios y revistas de la época, pasando luego a los romances y pliegos de cordel que popularizaron la leyenda de "El Sacamantecas". Fue un suceso de gran resonancia en España por entonces, que cantaban los ciegos y vendían los buhoneros en las ferias rurales, haciendo temblar de espanto a sus oyentes. Merece la pena recordarlo, por su incidencia en lo popular.

Yo lo oí cantar y contar por primera vez cuando iniciaba mis estudios de bachillerato en los Escolapios de Molina de Aragón, por el tiempo de las típicas ferias molinesas, allá por el año 1919 o algo así. El buhonero cantor se instalaba debajo del convento de la Orden Tercera de San Francisco y en el hastial de la plazuela en seguida tenía un apretado corro de curiosos. Todavía lo recuerdo bien, en sus líneas esenciales, reforzado el recuerdo con indagaciones pertinentes.

El tremendo relato que dio lugar a la leyenda popular, partió del crimen de Gádor, en las encrespadas sierras almerienses. Como sabemos ha cambiado la técnica del crimen rural y la mentalidad de las gentes. Pero aún perduran y están vivos en el recuerdo folklórico los viejos procedimientos de hace un siglo. Digamos que son las huellas últimas de épocas para siempre abolidas en ese aspecto, en su fundamento de incultura tremenda al menos.

Pero no nos desviemos de la génesis de "El Sacamantecas", que nadie relacionó con el crimen de Gádor donde naciera la leyenda popular, presente no obstante durante décadas en las tradiciones folklóricas negras.

Es un hecho increíble hoy, pero que tuvo su realización en otros tiempos, en los que se tenían por ciertos los procedimientos del curanderismo criminal y de la brujería nefanda. Todo ello se unía a las espesas nieblas de la ignorancia más supina, de unas gentes, malvadas además de crédulas. Efectivamente, esa amalgama terrible en su crueldad fue precisa para urdir un crimen tan horrendo como repugnante, capaz de dar origen a la leyenda que nos ocupa. Los ciegos y los buhoneros hicieron de ella su agosto, vendiendo pliegos y romances, con una entrada común a otros, que venia a decir así:

Al divino Consistorio
Y a la Virgen soberana,
le pido humilde y postrado
que me ayude con su gracia,
para referir un caso
que aterroriza y espanta
los más duros corazones
al oír estas palabras.

Los que seguían, frente a los chafarrinones del cartelón mal pintado, tales cosas, quedaban con la sangre helada en calles y plazuelas: -Oigan, señores todos, para general escarmiento, cómo se perpetró el horrible crimen de Gádor y cómo los asesinos, entre ellos "El Sacamantecas", fueron apresados por la Guardia Civil de Almería.

El lugar citado andaba entonces por las trescientas casas de mala construcción a orillas del río Almería, en una especie de barranco que forman tres colinas, en plena áspera y casi salvaje serranía. La parroquia de Santa María y la ermita de San Sebastián tutelaban como podían la espiritualidad supersticiosa del villorrio. Y como restos del medioevo, las ruinas árabes de dos fortalezas, el Castillejo de los Moros y la Torre de las Doblas, sobre las que revoloteaban bandadas de cuervos y grajos, y en las que anidaban buhos y murciélagos.

Por allí se abrían pozos, galerías estrechas y largas de antiguas explotaciones, que los romanos llamaron Hípula Montes y los musulmanes Gormita de Heb, ricas en plomo y galena. Parece que los fenicios fueron los primeros en beneficiarse de estas vetas geológicas en la llamada Cañada de los Guijarros. En los siglos últimos vino la decadencia del filón y todo aquello se convirtió en morada de malhechores. Tal es el escenario.

El tremendo relato quedó en mi imaginación, como ya dije, y todavía no lo he olvidado, por ser un aguafuerte imposible de borrar. Por ello, ya profesionalmente, revolví viejas colecciones de periódicos y revistas dados a esta clase de asuntos, hasta que di con el rastro de "El Sacamantecas". Era la publicación del año 1910, que refrescaba el caso ilustrado con unas amarillentas fotografías que he perdido con los recortes. Eran de la pandilla criminal, entre oficiales, jueces y guardias de la Benemérita. La fuente histórica de "El Sacamantecas", que los truculentos juglares de toda España narraron, señalando con voz cavernosa los distintos episodios con un puntero.

La Sierra de Gádor se asoma al mar y casi roza la Nevada granadina, siendo su cima culminante el Puntal de la Higuera, con sus 2.325 metros de altitud. La zona está horadada por cuevas, galerías mineras medio cegadas y túneles lóbregos de las antiguas explotaciones, hoy morada de alimañas y de gentes huidas de la justicia. Algunas partidas de maquis hallaron en ellas refugio seguro, como antes los bandoleros.

A comienzos del siglo actual, época del horripilante crimen, Gádor se había organizado en municipio desde centurias anteriores y agrupando sus núcleos y barrios, contaba con unos tres mil habitantes, muchos dispersos del grupo central. Es decir, que se trata de una población muy desparramada, diseminada en cortijos agrícolas, chozas de pastores y cabreros, chabolas mineras, albergues de cualquier tipo, como los llamados La Paudenca y el cortijo Marchal de Arnoz, entre otros. Cerca de los sitios últimamente citados tuvieron lugar los hechos, dignos en verdad de los clanes más salvajes, como vamos a ver.

Antes de seguir, conviene subrayar que los gadorenses son hoy gente civilizada, trabajadora y honrada a carta cabal, como los de cualquier otro lugar de España. Gádor es ahora un pueblo culto, alegre, laborioso e industrializado como el que más. Nada tiene que ver con los hechos repugnantes cometidos por unos tipos brutales, ignorantes y degenerados; que tuvieron lugar allí, es cierto, pero que también pudieron ocurrir en otras partes.

Las viejas fuentes que nos sirven de documentación proceden del verano de 1910, con pies explicativos de los daguerrotipos, y un párrafo que anoté. Venía a decir, más o menos: "Allí se han juntado la maldad, la superstición y la ferocidad para sacrificar a un niño de siete años de edad, de sana y robusta constitución, cometiendo un crimen tan espantoso como increíble. "

Vayamos con los autores. Francisco Ortega, de apodo El Moruno, enfermo y deshauciado de tuberculosis pulmonar, llamó al curandero Francisco Leona para que con su embrujos le curara de sus males. Este le prometió hacerlo si le daba tres mil reales, a lo que accedió inmediatamente el tísico. Entonces el brujo, mientras se embolsaba el dinero, le dijo: -Tienes que beberte la sangre de un niño sano, recién salida de su cuerpo, para que esté caliente. Apenas bebida la sangre, te pondrás sobre el pecho unos emplastos con las mantecas de la criatura, y han de estar aún calientes cuando te las pongas, porque de lo contrario no surtirán efecto. Verás entonces cómo en seguida te curas. Con parecidas palabras, así constará en el sumario.

El curandero se encargó de buscar al niño, ofreciendo dinero de su cliente a algunos campesinos para que le dejaran alguno de sus hijos, engañándoles como es lógico, hasta que dio con una cueva donde habitaba con sus padres el niño Bernardo González, al que secuestró, en ausencia de sus progenitores, el día 27 de junio de 1910. A viva fuerza se lo llevó metido en un saco hasta la cortijada de Arnoz, que la vieja cómplice Agustina Rodríguez había puesto a disposición del curandero criminal. Este asestó una puñalada en el corazón del infortunado pequeño y en una vasija de porcelana recogió la sangre, que bebió El Moruno, presente en la horrible escena. Luego, peor que lobos carnívoros, llevaron a cabo la horrenda tarea de extraer las "mantecas" a la víctima, para que el feroz curandero brujo abriera en canal, como si de una res se tratara, el tierno cuerpecito.

Pronto la Guardia Civil y otros servidores del orden, encargados de la seguridad de la comarca, dieron con los criminales, en un rápido servicio muy sonado por sus características. La Benemérita detuvo a todos, actores y cómplices. Al inductor Francisco Ortega El Moruno; al curandero Francisco Leona; a la encubridora Antonia López; a Julio Hernández, que ayudó al brujo en la ejecución y despedazamiento del niño Bernardo González de la Parra; a Pedro y José Hernández, y a Agustina Rodríguez -madre de los tres Hernández-, cobrando los cuatro la cantidad estipulada, cuya cifra desconocemos. También detuvieron en seguida a otra mujer llamada Elena Amate. Todos hechores, encubridores y cómplices del horrible episodio que dio lugar a la leyenda de "El Sacamantecas". El drama debió acabar ahorcándolos a todos.

ROMANCE DE UN SUCESO ACAECIDO EN JEREZ DE LOS CABALLEROS

I
Al divino Consistorio
Y a la Virgen soberana,
le pido humilde y postrado
que me ayuden con su gracia,
para referir un caso
que aterroriza y espanta
los más duros corazones
al oír estas palabras.

En la provincia de Badajoz
hay un pueblo que se llama
Jerez de los Caballeros,
que es población muy honrada.

Allí vivía Carmen Soler,
y viuda por su desgracia,
a quien Dios le dio una hija
viciosa y degenerada.

Esta madre pobrecita
cuántos tormentos pasaba,
para educar a su hija
y por bien suyo casarla.

(Fueron inútiles consejos y regañinas):

Todo cuanto pudo hacer
para que se encarrilara,
pues está depravada hija
no hacía caso de nada.

Cierta noche, una de tantas,
de sus juergas regresaba.
Fuese donde la madre estaba,
tras prevenir una daga;
le atravesó el corazón,
le dio cinco puñaladas,
después le cortó la lengua
por lo mucho que gritaba.

Dejemos a la difunta,
Dios le perdone su alma,
la tenga en su santa gloria,
de ángeles rodeada.

(Volvamos a la hija criminal, que se llamaba Mariana):

Esta a la calle salió
y en altas voces gritaba:
Vecinos, acompañadme
y la justicia me valga.

Estos dos pícaros hombres
que habiendo entrado en mi casa
a sacar burla de mí
y como no me entregaba,
han dado muerte a mi madre,
¡madre de toda mi alma!

Han sido Antonio Valero
y Juan Francisco Villalba.
¡Qué corazón tan cruel,
qué alma tan relajada;
oh, qué falso testimonio
a estos jóvenes levanta!

Al momento la Justicia
con dos parejas de guardias,
apresaron a los mozos
y a la Cárcel los llevaban.

Les toman declaración,
y sin engañar en nada,
dijeron que eran inocentes
de cuanto les acumulaban.

(Sin embargo):

A los tres días siguientes
la causa les sentenciaba,
morir en garrote vil
en una pública plaza.

(Se encomiendan a la Virgen):

¡Madrecita del Amparo,
escucha nuestra plegaria,
que no ensucien nuestros nombres
con el lodo de una infamia!

y II

(Escena en un poyo de la casa del crimen, con la intervención de una vecina, pues la parricida, acosada por los remordimientos está desencajada):

-Dime qué tienes, Mariana.

-Qué he de tener, Feliciana.
Da parte a la Autoridad,
pa que suspenda la entrada. (La ejecución)
Pues no es justo que padezca
el que no se mezcló en nada.

(Así lo hizo la llamada Feliciana):

Al momento la Justicia,
con los beneméritos guardias,
se llevaron a la joven
para que pagara su causa.

Y en la plaza de Jerez,
la sentencia ejecutada.
Cumplió su oficio el verdugo,
dándole vueltas a un tornillo,
la reo entregó su alma.

* * *

y ahora padres de familia,
atended estas palabras:
Reprended a vuestros hijos,
no les déis la soga larga,
para que no se vean en la afrenta
en que se vio la Mariana.

NOTA DEL RECOPILADOR.-Jerez de los Caballeros, como todo el mundo sabe, es una ciudad de la provincia de Badajoz, situada al sur de la misma, casi en la raya de Portugal, lindando con Olivenza, Fraga y Fregenal de la Sierra, entre encinares de dulces bellotas, montes de carrascas, espesos en tiempos del romance que relata un crimen histórico. Su término limita con los de Barcanate, Salvaleón, Higuera la Real y Oliva

Según la estadística que da Madoz en 1843, sólo se cometieron en la provincia extremeña 126 crímenes en el año; aunque no cita el de este pliego de cordel. Por lo que suponemos es de fecha muy posterior, quizá de primeros del siglo XX. En los archivos judiciales constará.

Entonces la población contaba con ocho plazas y plazuelas -en una de ellas fue ahorcada en garrote vil la Mariana-, varias iglesias, como las de San Miguel y San Bartolomé, y una ermita de mucha devoción dedicada a la Virgen del Amparo, entre los alcornocales.

Abundan los árboles frondosos debajo de las ruinosas murallas árabes, que todavía abarcaban un par de millares de edificios. El Ayuntamiento y la Cárcel estaban en la plaza principal. En una visita que hace muchos años hicimos a Jerez de los Caballeros, nos mostraron la sangrienta torre de la antigua y célebre fortaleza donde fueron degollados los caballeros templarios. Es bien sabido que el nombre le vino a la villa extremeña por la Orden del Temple, a la cual había sido donada por Fernando III el Santo en el entonces llamado valle de Jerquez.

Recordemos, por último, que allí nació Blasco Núñez de Balboa, descubridor del Mar del Sur u Océano Pacífico en Panamá, gran devoto de Nuestra Señora del Amparo.-J. S. y D