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Leyendas de tesoros en Linares y sus alrededores

PADILLA CERON, Andrés

Publicado en el año 2016 en la Revista de Folklore número 417.

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¿Quién no ha fantaseado alguna vez con encontrar un tesoro escondido, un tesoro legendario que nos colme de riqueza y que nos saque de pobres? Nuestros antepasados solían soñar a menudo con esta posibilidad y de ahí surgieron las antiguas leyendas de tesoros y de fabulosas minas de oro que en su día se ocultaron al común de los mortales. Pero no hay que pensar que un «tesoro» es algo imaginario o intangible; antes bien, es una posibilidad real con la que incluso el legislador ha contado. En efecto, según el artículo 352 del Código Civil, se entiende por tesoro ‘el depósito oculto e ignorado de dinero, alhajas u otros objetos preciosos cuya legítima pertenencia no conste’. Es decir, lo que nuestros antepasados andaban buscando como locos. De tesoros reales, y no imaginarios, existe un buen puñado de ejemplos, como el tesoro de Guarrazar (Guadamur, Toledo), que es un conjunto de piezas de orfebrería visigoda, o el más reciente de Tomares (Sevilla), compuesto por miles de monedas.

Aclarado lo que es un tesoro, habrá que hacer lo propio con el concepto de leyenda y, para ello, nada mejor que el diccionario de la Real Academia Española, que la define bajo dos aspectos: ‘1. Narración de sucesos fantásticos que se transmite por tradición. 2. Relato basado en un hecho o un personaje reales, deformado o magnificado por la fantasía o la admiración’.

Justo lo que todos intuimos: la realidad mezclada con la fantasía. Pero, para que a una leyenda se la pueda «tomar en serio», lo primero que tiene que pasar es que no sea una invención del propio compilador. Eso sería un loable ejercicio de narrativa, pero no de recopilación. Una leyenda como Dios manda ha de haberse transmitido de una generación a otra o ser común a un determinado grupo humano. A falta de estos requisitos, también podemos rescatar leyendas de viejos escritos en los cuales se hubiera transcrito aquello que su autor oyó, vio o le contaron. Eso también sería leyenda.

La ciudad andaluza de Linares y sus alrededores no ha sido ajena a esta vorágine legendaria y, aunque pueda parecer extraño que en una población moderna e industrial tuviesen cabida estas historias, lo cierto es que se han podido recopilar un buen número de leyendas. En esta ocasión nos centraremos en una pequeña colección de historias sobre tesoros escondidos y minas fabulosas que tienen a Linares y a sus alrededores como lugar de ubicación.

El tesoro de santa Eufemia, natural de Cástulo

Para evitar malos entendidos, hay que aclarar que la única santa Eufemia de la que se tiene constancia, más o menos fidedigna, es la que vivió en Calcedonia (Bitinia, actual Turquía), ciudad que se encuentra en la entrada oriental del estrecho del Bósforo. Debido a que Eufemia se negó a practicar sacrificios a las deidades paganas, fue encarcelada y martirizada. Posteriormente, se construyó en Calcedonia una magnífica catedral sobre su tumba. Sin embargo, durante el siglo xvi se comenzó a divulgar la historia de que había habido otra Eufemia que fue martirizada en la antigua ciudad de Cástulo[1] por la misma época que la de Calcedonia de Asia Menor. Para argumentar esta creencia, se decía que Calcidonia era en realidad «Cazlona», es decir, el nombre moderno que hacía referencia a la antigua Cástulo. Por este motivo, a mediados del siglo xvii se construyó una ermita en el lugar que ocupaba la antigua población de Cástulo, empleando para ello piedras y esculturas antiguas de esta vieja ciudad. La existencia de la citada ermita, erigida en las cercanías de un antiguo castillo árabe, está ampliamente documentada, así como su desaparición definitiva, acaecida a mediados del siglo xix.

Según Gregorio López Pinto y su Historia apologética de Cástulo[2], la ermita de Santa Eufemia de Cástulo se erigió en el año 1536, lo que descartaría la influencia de los «falsos cronicones»[3], cuya difusión es de principios del siglo xvii. Por lo tanto, habrá que volver la vista a lo que el padre Francisco de Bilches nos cuenta en el libro que escribió en el año 1635 y que tiene por título: Santos y santuarios del Obispado de Iaen y Baeza…[4]. En dicha obra se dice que, en realidad, hubo hasta cuatro santas martirizadas con el nombre de Eufemia, aunque añade que «es cosa certísima que como Calcedonia y Cazlona [son las mismas], así las Eufemias son del todo distintas» y, para probarlo, alude al famoso Breviario Abulense. En dicha obra, al referirse al lugar del martirio de una de estas cuatro santas, se dice que fue in Europa civitate Calcedonia. A lo que el P. Bilches añade: «¿Y qué Calcedonia hay en Europa sino la de España?, cuyas ruinas vemos cerca de Baeza con nombre de Cazlona», y se quedó tan tranquilo…

Según nos sigue contando el recurrente L. Pinto[5], «por los años 1644» un tal Antonio de Molina (vecino de Bailén) que había sido sirviente de un clérigo de Granada, llamado el licenciado Palomino, recibió unos papeles de «cosas diversas» que el clérigo le dejó al morir. Entre esa documentación se hallaba una Recepta[6] en la cual se indicaba que el cuerpo de santa Eufemia se encontraba enterrado cerca de la ciudad de Cástulo, así como la forma de encontrarlo. Animado por el hallazgo, se decidió el tal Molina a viajar hasta la ciudad de Jaén y recalar en casa de un pariente suyo llamado Rafael Moreno. Dicho pariente le aconsejó que, antes de buscar por su cuenta, pusiese el asunto en conocimiento del entonces obispo de Jaén, el cardenal Moscoso y Sandoval (1589-1665), porque, según su pariente, «no convenía que ningún seglar le entretuviese en ello». Dicho con otras palabras: que el inevitable Moscoso quería tener el monopolio de los hallazgos de reliquias.

Una vez que el obispo tuvo conocimiento, reunió a un comité de «personas doctas» y se resolvió emitir un decreto dirigido al prior de la villa de Linares, que por aquellos años era el licenciado Andrés Bonilla Calderón. En este punto de su relato, L. Pinto nos da ciertos detalles sobre este presbítero al decir que era natural de Baeza y que era hijo del poeta Alonso de Bonilla (1570-1642). Y volviendo a la búsqueda del santo cuerpo, el decreto del obispo inquiría al prior de Linares para que buscase el sagrado thesoro guiado por lo indicado en la Recepta y que, para pagar las excavaciones, se gastasen hasta seiscientos reales del fisco episcopal. Para que nos hagamos una idea de cómo se iba a desarrollar la búsqueda, se transcribe el contenido íntegro de la Recepta. Dicho texto le fue facilitado a L. Pinto por el mismo Andrés de Bonilla, prior de Linares, y dice así:

RECEPTA DE CASTULO

9. Pasa el río que hoy llaman Guadalimar del término de Baeza[7], Bética de España y en el dicho río hay unos molinos de pan moler que tienen unos Batanes de encurtir paños.

10. Pasarás la barca del término de Baeza a Cazlona que está junto al río y pasando el río, por orilla arriba va el camino, camina por allí y llega a otro molino de fruto (?) en la misma agua.

11. Allí se vuelve el camino al Norte y centro de la ciudad y caminando este camino arriba a ducientos pasos del río, hallarás a la mano derecha una fuentecilla que tiene dos argibillos de boca torcida y a la parte donde sale el sol allí bien cerca hay una higuera que llevan higos colorados, cava en sus cepas porque está tapada con argamasa. Descúbrela y entra porque hallarás allí unos poyos y en ellos el cuerpo de Santa Eufemia, natural de Cástulo que padeció allí en tiempos de Diocleciano y más hallarás otros cuerpos de otros santos y otras cosas de valor[8].

Comenzó con entusiasmo la búsqueda del sepulcro y del cuerpo de la apócrifa santa y sobre todo de las «otras cosas de valor», pero según L. Pinto se hizo con poca destreza porque se erró al cavar, confundiendo unas higueras normales con aquellas que, según la Recepta, tenían higos colorados. Además, indica que las higueras son árboles efímeros y que las que había en los tiempos en los que se escribió la Recepta (primeros años del siglo xvii) podían haber desaparecido en 1644, año de la búsqueda. Igualmente, equivocaron también el sitio, porque se cavó en la parte occidental de Cástulo y, según el autor de la Historia Apologética, se debería haber excavado en la parte oriental. Al final, «vencidos del trabajo y del gasto… acabaron dándole de mano», es decir, finalizaron la búsqueda sin encontrar el tan ansiado cuerpo de la santa, así como su tesoro, y en este sentido se informó al cardenal Moscoso.

Se lamenta L. Pinto diciendo que los molinos, el camino y hasta la fuente permanecían en su sitio «salvo las higueras que el tiempo las llevó», aunque reconoce que algunas personas recordaban haberlas visto allí antiguamente. Se desprende de estas manifestaciones que nuestro inefable L. Pinto hizo una especie de investigación por su cuenta, aunque no pudo contar con medios suficientes para excavar en el sitio donde él suponía que se hallaba el sepulcro. En cualquier caso, zanja la cuestión aduciendo que confiaba en que para el futuro «Dios… sea servido de manifestar su thesoro». Es decir, permitir el hallazgo del glorioso cuerpo de santa Eufemia, mártir de Cástulo, pero también —suponemos— los otros objetos de valor que habría junto a su cuerpo.

Al final del relato, el autor se consuela con el hecho de que la historia ha de tener cierto fundamento, puesto que hasta el mismo cardenal Moscoso le había dado crédito, otorgando licencia para la búsqueda. Lo que López Pinto ignoraba (o tal vez no…) es que, por aquellos años de vorágine milagrosa y milagrera, cualquier historieta de santos era acogida por el cardenal Moscoso con el mayor de los entusiasmos. Muchos eran los beneficios (limosnas, donaciones, etc.) que se obtenían por las peregrinaciones a los santuarios que el avispado cardenal se apresuraba a fundar ante cualquier cuadro, imagen o reliquia con cierto aire de santidad.

Ante este fabuloso relato, nos podríamos hacer la siguiente pregunta: ¿existió realmente el sepulcro de santa Eufemia? Evidentemente, los restos de una inexistente santa son igualmente inexistentes, pero no los de cualquier otra persona. Es decir, que la citada Recepta podría estar describiendo una antigua estructura funeraria de la época ibera, romana o incluso paleocristiana. Por lo tanto, y desde ese punto de vista, hemos de admitir que la antigua ciudad de Cástulo está rodeada de numerosas necrópolis que los arqueólogos han venido descubriendo en los últimos cincuenta años. Sin entrar en detalles, algunas de esas necrópolis tienen una tipología similar a la descrita en la Recepta, es decir, unas tumbas en forma de fosa sellada («con argamasa») y unos receptáculos: urnas, sepulcros o incluso trégulas (estructuras a dos aguas que cubrían ciertos sepulcros) que podrían asimilarse a los «poyos» que se citan en la Recepta. Además, en algunas de estas necrópolis se ha hallado un ajuar (un thesoro) que muy bien pudieran ser las «otras cosas de valor» de las que se habla en la Recepta.

Por lo que respecta a la ubicación de esa legendaria tumba de santa Eufemia, y sin querer entrar en pormenores, parece que la Recepta nos está señalando el norte de la ciudad de Cástulo. La pregunta inmediata es: ¿se ha localizado por esa zona alguna necrópolis? Pues sí, en las campañas de los años setenta del siglo xx se descubrieron por esa zona las necrópolis de Puerta Norte, Casablanca, Baños de la Muela y Los Higuerones[9]. Por otra parte, es curioso comprobar que el nombre de esta última nos evoca a las higueras en cuyas cepas se había de excavar para encontrar el cuerpo de la legendaria santa. Además, casi todas esas necrópolis se encontraban saqueadas, es decir, que alguien ya las había visitado con anterioridad a los arqueólogos del siglo xx y se habría llevado las «otras cosas de valor» o posibles tesoros. ¿El autor de la Recepta?

Por último, nos quedaría por dilucidar el motivo por el cual la ermita de Santa Eufemia se edificó al pie del antiguo castillo árabe de Cástulo y no en otro lugar. Dicho de otro modo: ¿con qué se encontraron en el siglo xvi los promotores de la ermita de Santa Eufemia para animarse a construir el templo en ese preciso sitio? Y por otra parte: ¿tendría algo que ver en esa devoción la iglesia paleocristiana del siglo iv que se descubrió en Cástulo durante la campaña del verano de 2014? Esperemos que una prospección arqueológica, que no se intuye muy lejana en el tiempo, contribuya a arrojar luz sobre esta interesante cuestión.

El tesoro de la Magdalena de Castro

En el término municipal de Linares hay un lugar cerca de su casco urbano que se conoce con el nombre de Castro. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que tenía iglesia parroquial bajo la advocación de María Magdalena, la cual estaba atendida por un único prior[10]. Este Castro está ocupado hoy en día por las ruinas de varios edificios y, entre ellas, las de un castillo cuya torre redonda aún se ve a lo lejos. Por los siglos xv y xvi, la población de Castro estaba constituida por moriscos[11] y labradores que habitaban los cortijos y caseríos cercanos. El padre jesuita Francisco de Torres (1612-1678), en su libro Historia de Baeza[12], cataloga a esta fortaleza dentro de la categoría de «castillos arruinados», e incluso se atreve a reseñar el año de su destrucción, que según este autor aconteció en 1607 y fue provocada por una epidemia de peste. Aunque las cosas que nos cuenta el P. Torres no suelen ser muy creíbles, lo cierto es que entre los años 1606 y 1610 tuvieron lugar en España algunas epidemias, si no de peste, al menos sí de otras enfermedades contagiosas como la difteria, llamada vulgarmente tabardillo. Igualmente, resulta curioso comprobar cómo la supuesta ruina del castillo coincide con el periodo de 1609 a 1616. En este lapso de tiempo, los moriscos, que eran la población mayoritaria en Castro, fueran expulsados definitivamente de nuestra nación.

Pese a lo atractiva que nos pueda parecer la catalogación del P. Torres, lo único que se sabe con certeza del renombrado castillo de la Magdalena de Castro es que no era un castillo como tal, sino que se trataba de un torreón construido durante la Edad Media en el Castro de la Magdalena. Por lo tanto, su origen puede datarse en el tiempo de los iberos, ya que este pueblo se asentaba en «castros», es decir, en poblados amurallados y elevados. Lo más relevante de la torre o castillo «de la Malena» (como popularmente se conoce) es su posición estratégica, ya que en su origen pudo haber constituido un adelantamiento de la ciudad ibero-romana de Cástulo que tendría como objetivo vigilar la vía de Aníbal que discurría junto a la citada torre. Además, según el Sumario de las Antigüedades…[13], en este lugar murió el general cartaginés Amílcar Barca, padre de Aníbal, militar que se casó en Cástulo con la legendaria princesa Himilce.

Pero como de lo que se trata es de relatar una leyenda, hay que volver la vista a nuestro inefable padre Torres, quien en su renombrada Historia de Baeza nos cuenta que un habitante de Linares, llamado Herrenuelo, encontró un tesoro en la torre vieja del citado castillo. Las pruebas que nos proporciona Torres de que ese hallazgo fue real son que el tal Herrenuelo, «siendo hombre de poco caudal», había gastado 15 000 ducados en unas herrerías (suponemos que rejas) que fabricó en el río Guarrizas, que es un cauce fluvial cercano a Linares. Además, cuando casó a sus dos hijas les otorgó una buena dote y, para rematar la faena, en lugar de banquete, obsequió a los invitados con monedas de plata «para la gente principal» y de vellón «para la común».

¿De donde provenían esas monedas? Para ello también tiene respuesta el padre Torres, ya que afirma que provenían nada menos que del rey don Rodrigo y, para sostener su afirmación, recurre a la autoridad de un tal Francisco de la Peñuela. Este personaje era un acaudalado vecino de Linares que vivió en la segunda mitad del siglo xvi y que contribuyó con su patrimonio a que la antigua villa de Linares obtuviese en 1565 jurisdicción independiente de la de Baeza. Con ello también se consigue ubicar la época del supuesto hallazgo en la segunda mitad del siglo xvii, algo que el padre Torres no había hecho. Por lo tanto, vemos cómo la leyenda se reviste de una cierta pátina histórica al recurrir a un personaje real de Linares para atestiguar la supuesta autenticidad de este tesoro.

En cualquier caso, es un hecho cierto que los visigodos acuñaron monedas en España entre los siglos v y vii. A esas piezas se las llamaba tremisis o también triente de oro, y equivalían a la moneda romana o bizantina del mismo nombre. Su diseño era semejante a los trientes imperiales, pero con algunas pequeñas diferencias, como la aparición de la cruz. Se sabe que al efímero rey don Rodrigo (710-711) le dio tiempo a acuñar un triente en la ceca de Toleto (Toledo). Pero es que, incluso en la antigua ciudad ibero-romana-visigoda de Cástulo, (muy cercana de Linares), se llegó a acuñar moneda en los reinados de Sisenando (631-636) y Chintila (636-639), aunque según otros autores puede que durante más tiempo[14]. Por otra parte, muy cerca de esa antigua ciudad de Cástulo y por aquellos mismos años, existió otra ceca en Mentesa, es decir, la actual población de La Guardia (Jaén).

Por lo tanto, tenemos un escenario que no deja de ser atractivo: Cástulo, una antigua ciudad romana, convertida al cristianismo y que fue sede episcopal en tiempo de los visigodos. Dos cecas muy cercanas, una en la misma Cástulo y otra en Mentesa (La Guardia, Jaén) y, por último, un torreón que servía de vigía a tan solo 5 km de dicha ciudad de Cástulo. Además, los hechos no son menos apasionantes: la invasión árabe del año 711 y alguien que, en su huida, quiere ocultar una ingente cantidad de monedas en un antiguo torreón. Y, por último, un avispado linarense que, quizás en connivencia con el tal Peñuela, aprovecha la guerra contra los moriscos (1568-1571) y sus primeras deportaciones para hacerse con un fabuloso tesoro.

Podemos enmarcar esta leyenda dentro de las relacionadas con la búsqueda de tesoros ocultados por los moriscos. Esta población, empeñada en salvar sus pequeñas riquezas, había recurrido a esconder sus ahorros en campos y casas, con la esperanza de recuperarlos algún día. Pero ese día nunca llegó y la posibilidad de encontrar fabulosos tesoros excitó de tal manera la imaginación de los cristianos que, a finales del siglo xvi, se desató una auténtica vorágine buscadora. Pero, volviendo al padre Torres, lo que este seudohistoriador nos oculta es si Herrenuelo encontró la totalidad de lo que ese visigodo habría escondido en su huida o tal vez solo una parte de lo que ese afortunado morisco había hallado y luego vuelto a ocultar. En definitiva: ¿qué fascinantes secretos podrá revelarnos todavía el ruinoso castillo de la Malena cuando se excave en sus alrededores...?

La mina de oro de la Llejuela

Dentro de la renombrada Historia de Baeza del padre Torres[15], nos volvemos a encontrar con otra atractiva leyenda, pero esta vez referente a una mina de oro «especial» que se hallaba en el término municipal de Baños de la Encina (Jaén). Esta población está enclavada en las faldas de Sierra Morena, que es una cordillera del sur de España que separa la meseta Central de la depresión Bética. En este fabuloso relato, Torres no nos descubre nada que no supiésemos ya, es decir, que esa cordillera era rica en minerales. De hecho, la cuenca del río Rumblar ha sido lugar de asentamiento de numerosas colonias mineras, como lo demuestra la gran cantidad de restos arqueológicos localizados en esa zona. No obstante, lo que sí resulta novedoso es que situase minas de oro en esta zona, ya que la única riqueza minera de esta parte de la provincia de Jaén está constituida —casi en su totalidad— por yacimientos de galena argentífera (de la que se extrae plomo y plata) y algo de cobre.

Por lo tanto, nada nos hace pensar que en los parajes de Baños de la Encina pudiera encontrarse una mina de oro. Nada… excepto la Historia de Baeza del padre Torres. Nos cuenta este cronista que en la ribera de un río llamado Herrumbrar existía un corral de colmenas en un lugar llamado La Llejuela, en donde se veían unas ruinas esparcidas por el terreno, así como muchas columnas de alabastro. Nos sigue relatando Torres que esta antigua casa servía para el laboreo de una antigua mina de oro y que en las inmediaciones se hallaban «pedaços y escorias de metal». Para rematar el asunto, recurre a los socorridos moriscos, ya que un individuo «de esta ralea» llamado Damián de Baeza dio una cédula al licenciado Juan Muñoz, que a su vez la dio a un tal Pedro Navarrete. Pero vayamos por partes: ¿qué es una cédula? Pues ni más ni menos que un papel o pergamino escrito en el que, según Torres, se daban las señas de una mina «riquísima de oro» que estaba junto al edificio en ruinas que hemos indicado. Para concluir esta narración, el padre Torres nos cuenta que esta mina se perdió cuando los cristianos huyeron de la irrupción musulmana del año 711. El motivo de esta pérdida es que la cegaron, como a tantas otras, «porque no las goçassen…» los invasores.

Para saber si esa mina existe o existió alguna vez, habrá que revisar si los topónimos o las referencias que nos dice el padre Torres se ajustan o no a la realidad. Y el caso es que no andaba muy desencaminado del todo: para empezar, el río Herrumblar (en cuya ribera estaba la entrada a la mina) se trata del actual río Rumblar, que discurre muy cerca de la citada población de Baños de la Encina. La clave nos la da el padre Bilches en su obra Santos y santuarios del obispado de Jaén y Baeza[16], al citar al mismo río Herrumblar como uno de los límites de dicho obispado. De hecho, este nombre hace referencia a la herrumbre que contenían sus aguas y que seguramente provenía de las explotaciones mineras que se hallaban en su ribera. No obstante, lo que no se ha podido localizar en la toponimia local es esa Llejuela en cuyas cercanías se encontrarían los edificios anexos a la mina legendaria. Sin embargo, Torres nos proporciona otros datos muy interesantes al decir que, para llevar el material con que se levantaron las edificaciones anexas a las minas, fue preciso construir un carril «de poco más de cuatro leguas»[17]. Dicho camino iba desde las canteras de Cástulo, «que están entre Linares y Baños [de la Encina], junto al río Guadiel, no lejos de la Venta de Guadarromán» (la actual población de Guarromán, Jaén). Por lo tanto, si nos situamos en un plano y dibujamos un sinuoso camino desde esas canteras hasta el actual río Rumblar, tendríamos, más o menos, localizada la entrada a esa legendaria mina de oro. Además, lo más lógico es que esa mina estuviese en el margen izquierdo descendente del citado río Rumblar (tal y como se indica en el croquis adjunto), ya que, de lo contrario, habría sido necesario construir un puente sobre el río para llevar el material con el que se construyeron esos edificios.

Volviendo a la actualidad, es necesario recordar que los asentamientos mineros más antiguos e importantes que han sido documentados en dicha zona son los llamados «castilletes», es decir, poblados mineros fortificados que se localizan en la parte más interior de Sierra Morena, siendo los más representativos: Los Palazuelos, Escoriales, Huerta del Gato, Salas de Galiarda y el Cerro del Plomo en El Centenilla. El problema es que todos estos asentamientos se localizan en la ribera derecha descendente del río Rumblar, es decir, en su cuenca occidental. ¿Significa esto que Torres estaba fabulando? No tenía razón para ello, ya que también se han descubierto algunos asentamientos mineros en el margen izquierdo del río Rumblar, es decir, en la zona en donde se refería el padre Torres, como son: Peñalosa, Cortijo Salcedo, Piedras Bermejas, La Verónica, La Atalaya, Cien Ranas, Cerro Barragán y Cerro de los Túneles. De todos ellos, el que cuenta con más posibilidades de haber sido esa legendaria mina de oro es el llamado Cien Ranas[18], porque se encuentra «a poco más de cuatro leguas» (23 km) de esas canteras de las que nos hablaba el padre Torres[19] y, además, se localiza en la ribera oriental del río Rumblar. Este yacimiento arqueológico es un antiguo asentamiento minero de la edad del bronce pleno (años 2000-1250 a. C.), aunque también podría haber sido explotado por los iberios y los romanos. El establecimiento está situado en el término municipal de Baños de la Encina (Jaén) y cuenta con una extensión de algo más de dos hectáreas.

Otro dato importantísimo que nos proporciona Torres es cuando dice que en un cerro cercano «se ven muchas sepulturas». Este lugar se podría corresponder con una necrópolis asociada al asentamiento minero de Cien Ranas y ubicada en el mismo lugar o en los cercanos yacimientos de La Atalaya o Cerro Barragán, situados también en la cuenca alta del río Rumblar. En resumen, que ya podemos hacernos una idea del lugar en donde, según nuestro crédulo cronista, estaba ubicada la entrada de esa extraordinaria mina de oro: a unos 9 km del casco urbano de la actual villa de Baños de la Encina (Jaén) y aguas arriba del actual río Rumblar. Lo malo es que, de existir dicha entrada, estaría anegada porque las aguas del pantano del Rumblar, construido en los años cuarenta de la pasada centuria, cubrieron parte de esos parajes en aras del progreso. Y como nunca llueve a gusto de todos, esperemos que el efecto colateral de alguna pertinaz sequía acaso nos permitiera localizar esa legendaria mina, en la que muchos contemporáneos del padre Torres creyeron a pies juntillas.

El tesoro del Moro Huido

Se puede considerar a Federico Ramírez (1850-1929) como una de las primeras personas que se dedicó al estudio de la historia de Linares de una manera sistemática. Sin embargo, entre tanta seriedad de legajos y papelotes amarillentos, nos solía regalar con alguna historieta a medio camino entre lo humorístico y lo legendario. Y este es el caso del curioso acontecimiento relatado en una carta que un lejano pariente del señor Ramírez le hizo llegar allá por las postrimerías del siglo xix. Este pariente, militar retirado, se sintió atraído de forma inexplicable por una «papelerilla», es decir, una especie de cofre o baúl de época indefinida. El dependiente del tenducho donde se exponía este artículo supo excitar la curiosidad (y la codicia) del militar con historias de fabulosos tesoros escondidos. De esta manera, nuestro ingenuo personaje se apresuró a comprar ese trasto por la nada despreciable suma de doce reales. En ese momento, vino a la mente de nuestro cándido comprador una antigua historia que el avispado vendedor se había encargado de recordarle:

Vio en sus sueños a una familia de moros afincada en Linares en el tiempo en que nuestra villa es reconquistada por las huestes de Fernando III el Santo, allá por el año 1227. Vio a esa familia de honrados musulmanes emprender la huida hasta las puertas de Úbeda (ciudad que todavía se encontraba en poder de los sarracenos), en donde pidió auxilios a otros hermanos que, sin embargo, se lo niegan. En ese momento, nuestro infeliz fugitivo no tuvo más remedio que emprender el camino del reino Nazarí de Granada, ciudad en la que es acogido por un caritativo príncipe que le señala un lugar junto al río Darro en donde poder afincarse junto con otros paisanos suyos igualmente desterrados. En contra lo que pudiera pensarse, nuestro personaje sí pudo llevarse consigo cierto cofrecillo lleno de monedas que, una vez afincado en la ciudad de Granada, fue rellenando con más monedas y joyas por parte de sus descendientes.

Disfrutaba la descendencia del fugitivo linarense de cierta holgura (acrecentada por la seguridad que les otorgaban sus ahorros), cuando aconteció la batalla de la Higueruela. Este hecho de armas tuvo lugar el 1 de julio de 1431 en las inmediaciones de Medina Elvira, término municipal de Atarfe (Granada). Fue tal el desastre en que se vio sumido el ejército musulmán que únicamente quedó en pie una pequeña higuera que dio nombre a esta batalla. Este hecho supuso la victoria más importante que las huestes castellanas obtuvieron frente al reino de Granada durante el reinado de Juan II (1406-1454). Sin embargo, la desunión interna de los castellanos impidió que se aprovechase la ocasión y se tomase Granada, que además se encontraba más desprotegida que nunca a consecuencia de un terremoto. Pero la familia de moros oriunda de Linares, ajena a los aconteceres futuros, piensa que esa batalla acabaría con su feliz remanso a orillas del Darro, por lo que deciden esconder dicho cofrecito en su vivienda. Pasan cincuenta años y los Reyes Católicos toman la ciudad de la Alhambra, por lo que los descendientes de nuestro querido paisano musulmán huyen a las Alpujarras granadinas dejando tras de sí el preciado tesoro. No considerarían definitiva esa huida; antes bien, en su mente anidaba la esperanza de un regreso que nunca se produjo.

Pasa el tiempo y la antigua casa de la familia moruna es adquirida por un hebreo que encuentra el tesoro, el cual va pasando de generación en generación como un preciado secreto. Sin embargo, la repentina muerte de su último poseedor impidió que este pudiera comunicar a sus sucesores el complicado secreto de aquella caja en donde se ocultaban, sin duda alguna, piedras preciosas y costosas alhajas. La siempre socorrida «casualidad» haría que aquel cofrecito volviese a la población (ahora convertida en populosa ciudad) de la que había salido hacía más de 660 años.

Y he ahí el principal error de nuestro ingenuo militar: dar crédito a una historia cuyo punto más débil era precisamente el retorno, por arte de birli-birloque, del dichoso cofrecito, ahora escondido en una especie de baúl. Pero solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, de tal manera que el atribulado militar ya se creía dueño de un fabuloso tesoro, y más aún cuando oyó en el interior de aquel desvencijado mueble el tintineo de algo que se movía en su interior. ¿Qué podría ser aquel mágico sonido sino el repique de joyas y monedas aguardando a su nuevo poseedor? Dicho y hecho, en cuanto estuvo a solas con la papelerilla separó una de sus tablas laterales y lo que se mostró a su vista fue… una botella rota, cuyos vidrios al chocar eran los responsables de aquel «cascabeleo ideal». Rota en mil pedazos la dignidad del pariente de Ramírez, descargó su furia contra el mueble causante de su ridículo. Pero todo no estaba perdido: escondido en un cajoncillo secreto, encontró un manuscrito que se titulaba: «Breve noticia de la Antigua Hellanes, relatada por el Licenciado Tolico Fernández de la Cobatilla, graduado por la Barbacana, Era de 1852». Dicho cuaderno no era otra cosa que un compendio de historia de Linares, que el despechado pariente de Ramírez tuvo mucho gusto en ofrecerle y que este aceptó de buen grado. Y no es que el tal Cobatilla se pudiera comparar con Heródoto o Estrabón (más bien todo lo contrario), pero, al menos, proporcionó a nuestro recordado Ramírez algún material para componer sus conocidos Apuntes sobre la historia de Linares. Todo no se había perdido y, si no un tesoro de joyas, al menos sí que se había conseguido un tesorillo de legajos y papelotes antiguos, tan del gusto de Ramírez.

Vemos en este relato que la fiebre por la búsqueda de tesoros ocultos no es exclusiva de los tiempos posteriores a la expulsión de los moriscos, ya que en este caso se retrotrae algunos siglos atrás. Por otra parte, no es casualidad que en la península ibérica, en donde tantos pueblos han dejado su huella, el fenómeno de la búsqueda del tesoro revista una especial dimensión. Tampoco resulta extraño que sean «los moros», en todos sus sucesivos estatus (conquistadores, conquistados y moriscos), los que hayan originado las más disparatadas especulaciones. Y es que la accidentada vida de los seguidores de Mahoma no solo ha sido un continuo alimento para la literatura romántica, sino que también ha inspirado a no pocos eruditos locales.

El tesoro maldito que Aben-Cotba encontró en Cástulo

Según nos cuenta el supuesto historiador árabe Abulcácim Tarif Abentarique[20], así como nuestro recurrente Gregorio López Pinto[21], al poco de verificarse la invasión árabe de la península ibérica, sucedió la muerte del emperador de «Las Arabias», Miramamolín Jacob Almançor, y también la de sus sucesores. De esta manera, por el año 726 de nuestra era, el imperio musulmán quedó sin una cabeza visible, hecho que aprovecharon todos los alcaides de África y España para coronarse reyes de aquellos territorios cuyo gobierno les había sido encomendado. Este fue el caso de Aben-Cotba, gobernador de Baeza y todo su territorio[22], entre el cual se incluía la antigua ciudad ibero-romana de Cástulo. Como este reyezuelo se encontraba ocioso y, además, tenía delirios de grandeza, decidió construirse un gran palacio en Baeza y para ello nada mejor que traer las piedras y los mármoles de la vecina Cástulo. Dicha ciudad, a decir de los habitantes de la zona, había sido muy importante y populosa en tiempos de los romanos y aun de los visigodos. Todas estas historias excitaron la codicia del rey baezano, de suerte que comenzó a extraer a toda prisa material para su flamante palacio.

Estando en estos menesteres, los obreros que estaban expoliando Cástulo encontraron una bóveda subterránea muy bien labrada en donde hallaron un fabuloso tesoro. Dicha construcción estaba situada en los alcázares o fortalezas de aquella ciudad de Cástulo, en cuyo lugar los administradores de este rey habían establecido un presidio. El caso es que, una vez descubierto el tesoro, se vio que estaba compuesto por una gran cantidad de tinajas que contenían un total de 55 arrobas[23] en monedas de oro acuñadas con la divisa del caballo alado Pegaso. Igualmente, se encontró un ídolo de oro «tan grande como un niño de dos años». La consecuencia inmediata fue que Aben-Cotba fundió todo ese oro y acuñó moneda propia con la que financiaría algunas de sus campañas militares.

Pero lo que a nuestro reyezuelo de Baeza le traía preocupado era: ¿de dónde habrían sacado los romanos tanto oro o tanta plata? La respuesta se la dieron unos cristianos que dijeron a este rey que los romanos tenían en la vecina Sierra Morena unas minas de las que sacaban mucha plata, pero cuya entrada fue cegada cuando perdieron Hispania en favor de los visigodos. Como la avaricia de este rey moro era mucha y la codicia de sus flamantes vasallos no tenía límite, se organizó la búsqueda de esa legendaria mina, espoleada por la promesa de otorgar cuantiosas dádivas a la persona que la encontrase. Poco tiempo se tardó en consumar el hallazgo, mérito que se le atribuyó a un cristiano renegado de nombre Celio, que fue nombrado alcaide de las minas, concediéndole una parte de sus beneficios.

Tras algunas campañas victoriosas protagonizadas por Aben-Cotba, en las que incluso llegaría hasta las mismas puertas de Granada, sobrevino el final de este rey menor. En efecto, tras diez años de feliz reinado, le aconteció la muerte en el mismo sitito en donde había comenzado a labrarse su fortuna: la ciudad de Cástulo. Nos cuenta López Pinto que murió en una gran batalla que se desarrolló en las vegas que hay junto a Cástulo, orilla del actual río Guadalimar. De esta manera, Aben-Cotba caería derrotado en el año 735 a manos de Abencerrix (según otras fuentes, Mahomet Alderariz), que se coronó también rey. Este nuevo reyezuelo murió en el 742, sucediéndole su hijo Abencerrix Almanzor, al que ese mismo año lapidarían los alcaides de las fortalezas bajo su mando, por no estar contentos con su gobierno. Dicho suceso tubo lugar también en las inmediaciones de Cástulo y para perpetrar el asesinato se emplearon las mismas piedras de sus ruinosos edificios. No acaba aquí la maldición del tesoro castulonense, puesto que Abdelaziz, sucesor de este efímero rey, fue también asesinado en el año 744. Este suceso tuvo lugar en Iliturgi, ciudad cercana a Cástulo, en donde se había casado con una hija de rey don Rodrigo. De esta manera, y según nos relata López Pinto, este homicidio sucedió «porque los moros se temían que se tornara cristiano, le aceleraron los días de la vida con darle muerte».

Visto el trágico final de todos y cada uno de los reyes árabes que tuvieron relación con Cástulo y su tesoro o sus minas, cabe preguntarse: ¿qué mina sería esa que se descubrió gracias a las pesquisas del desarraigado Celio? La respuesta la podemos encontrar en una crónica que escribió alrededor de 1680 el fraile dominico Antonio de Lorea. Dicha crónica trata de la historia de los conventos de su orden que había en Andalucía y, al llegar al convento de Linares[24], hace una pequeña introducción histórica, en la que destacamos este párrafo:

En tiempo de los Reyes Moros de Baeza se beneficiaban las minas de oro y plata, de que Dios enriqueció este suelo. Hoy conservan unas minas el nombre de el rey Almanzor, que lo fue de Baeza, el cual la dio en dote a una hija suya y de ella sacaban todos los días trescientos marcos[25] de oro y plata, cosa notable.

Por lo tanto, es posible que esa «mina del rey Almanzor» fuera la que nuestro aguerrido Aben-Cotba encontró en Sierra Morena. Por otra parte, el título de la mina podría deberse a alguno de estos dos motivos: que se nombrase así en honor de Miramamolín Jacob Almanzor, a cuya muerte sin descendencia debía Aben-Cotba su reinado, o que el nombre le viniera por Abencerrix Almanzor, aquel efímero reyezuelo que fue lapidado en Cástulo. Así mismo, la única mina legendaria que se pudiera asemejar a la «mina del rey Almanzor» sería la de Los Palazuelos, de la que, según el Catálogo de Obispos…[26] se sacaban trescientas libras[27] diarias de plata fina y cuya existencia real está ampliamente documentada. Sin embargo, no deja de sorprender que sean también «trescientos» la cantidad de metal que se sacaba de la mina Almanzor, aunque en este caso sería de marcos y no de libras. Como un marco era la mitad de una libra, deducimos que de la mina Almanzor se sacaría la mitad de metal que de la mina de Los Palazuelos. Es decir, que estaríamos hablando del mismo yacimiento, solo que los árabes eran menos eficaces en su laboreo o, quizás, menos codiciosos.

Y, para terminar, conviene que nos hagamos otra pregunta: ¿de verdad han existido reyes moros en la Baeza del siglo viii? No se sabe con certeza, las únicas referencias que se han podido localizar de Aben-Cotba y toda su estirpe de reyezuelos se han encontrado en relatos de autores del siglo xvii y parte del xviii (López Pinto, Miguel de Luna, Fr. Francisco de Cardera, etc.). Dichos trabajos no gozan de mucha credibilidad por introducirse en ellos elementos moralizantes y de leyenda. Por otra parte, lo único que la historiografía moderna nos cuenta de los primeros años de la conquista musulmana de Hispania es que el territorio se constituyó como emirato dependiente del califato omeya de Damasco, con capital en Córdoba, y que desde 756 se convirtió en emirato independiente. Merced a esta división territorial, la zona de la actual región andaluza se subdividió en unas veinticinco coras o provincias. En cualquier caso, también se sabe que alrededor del año 743[28] tomó posesión del gobierno de al-Ándalus [29] un tal Abul-Jattar Husam, el cual se propuso acabar con las disputas en las que se encontraban enzarzados los árabes que habían llegado a la península. Es decir, un periodo convulso de luchan intestinas que no es, ni más ni menos, lo que nos están contando López Pinto y Abulcácim.

Por lo tanto, la leyenda que se ha transcrito puede que haga, de algún modo, referencia a ese oscuro periodo de los comienzos de la invasión musulmana. En dicha época, y a falta de noticias fiables, la imaginación de ciertos autores intentó complementar los exiguos datos historiográficos a base de añadirles fabulosas historias. En ese sentido, es muy posible que Aben-Cotba no fuera más que un gobernador provinciano con aires de grandeza. En cualquier caso, la coincidencia de tantos autores sobre su existencia y la detallada descripción de sus correrías bien se merecería una exhaustiva investigación.

Con respecto al tesoro de Cástulo, nos podemos hacer el mismo interrogante: ¿existió realmente? Nada nos hace sospechar que no fuera así, puesto que durante las excavaciones arqueológicas que se han desarrollado en Cástulo en época contemporánea han sido halladas numerosas monedas con una esfinge alada. Esta figura podría haberse confundido con un caballo alado, es decir, con la representación de Pegaso[30]. No obstante, es posible que el número real de las monedas encontradas fuera bastante menor que el que nos relata la leyenda, y tampoco es muy probable que fueran todas de oro. En cuanto al ídolo de áureo, quizás no fuera más que un exvoto ibero de unos pocos centímetros de largo, como los encontrados en las excavaciones contemporáneas.

Y, para concluir este somero análisis, hay que decir que se tienen muy pocas evidencias de que visigodos y árabes explotaran las minas de Sierra Morena, es decir, la comarca minera a la que pertenecía Cástulo. Sin embargo, un país necesita materias primas para abastecerse, siendo ineludible la casi segura existencia de una industria minera. No estaríamos hablando de grandes instalaciones, pero sí de pequeñas explotaciones de donde extraer las cantidades precisas para cubrir la demanda interna de materias primas. En el caso concreto de la minería árabe en la comarca de Cástulo, solo se sabe con cierta seguridad que se extraía «alcohol de hoja», que era un barniz fabricado a base de galena, el cual era utilizado antiguamente en alfarería.

En resumen, tenemos un tesoro encontrado al comienzo de la dominación árabe y que posiblemente fue escondido por algún cristiano ante el avance de los bárbaros del norte. Este hecho acontecería alrededor del 409 d. C., ya que por esa época está documentada la invasión del territorio español por vándalos y silingos. Por lo tanto, y ante el frenético avance de estos pueblos, la mayoría de los habitantes de los lugares conquistados abandonarían sus casas, sin darles tiempo a llevarse sus riquezas, que algunos se apresuraron a esconder, como pudiera ser el caso que nos ocupa.

¿Qué nuevos tesoros nos puede deparar la antigua ciudad ibero-romana de Cástulo? Hasta ahora solo se ha excavado una mínima parte de su vasto territorio y en una zona muy superficial. Aun así, se han hecho importantes descubrimientos, como una patena del siglo iv, considerada una de las primeras representaciones de la figura de Jesucristo, probablemente la primera en la Hispania romana. Por lo tanto, ya solo nos queda esperar a que nuevos y fabulosos hallazgos tengan un destino más pacífico que el tesoro de Aben-Cotba y que con ello, se conjure la maldición que se cernía sobre todo aquel que osaba desenterrar los tesoros de Cástulo.



BIBLIOGRAFÍA

Libros y artículos

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NOTAS

[1] Antigua ciudad ibero-romana situada a 5 km del casco urbano de Linares.

[2] LÓPEZ PINTO Y COVALEDA, Gregorio. Historia Apologética que escrivia el Maestro Gregorio López Pinto Obispo de Covaleda de la muy antiquissima Ciudad de Cástulo. […], 1656. [Manuscrito], pp. 436 y ss.

[3] El nombre original de estos cronicones es: F. L. Dextri necnon Pauli Orosii hispanorum chronologorum Opera omnia, escritos en el año 1594 por el jesuita Jerónimo Román de la Higuera y publicados entre 1619 y 1627. Su autor los presentó como de origen paleocristiano, obra de Flavio Lucio Dextro, Luitprando, Marco Máximo, Heleca, Julián Pérez o Aulo Halo. Sin embargo, incluso antes de su impresión, ya se dudaba de su autenticidad y actualmente su falsedad está fuera de toda duda.

[4] BILCHES, Francisco de. Santos y santuarios del Obispado de Iaen y Baeza, Domingo García y Morras. Madrid, 1653, pp. 33-34.

[5] LÓPEZ PINTO. Historia Apologética, o. c., pp. 449-454.

[6] «Es conocida la existencia de ciertos librillos que en algunas partes llamaban ‘gacepas’ o ‘gacetas’ y en otras ‘recetas’, y en los que, de modo más o menos críptico, se indica la existencia de tesoros en determinado lugar. En Granada estos librillos de recetas eran muy populares durante el siglo xvi...». CARO BAROJA, Julio. Las falsificaciones en la historia. Barcelona: Seix Barral, 1992, p. 119.

[7] La actual ciudad de Linares (dentro de cuyo término municipal se encuentra la antigua ciudad de Cástulo) dependía jurisdiccionalmente de la ciudad de Baeza hasta que obtuvo su independencia en el año 1565.

[8] LÓPEZ PINTO. Historia Apologética, o. c., pp. 452-454.

[9] GARCÍA-GELABERT PÉREZ, M. Paz. «Las necrópolis ibéricas de Cástulo. Componentes rituales», en Stvdia Historica. Historia Antigua. Salamanca, vol. 6 (1988): 61-76.

[10] XIMENA JURADO, Martín de. Catálogo de los Obispos de las iglesias catedrales de la diócesis de Jaén y Baeza y anales eclesiásticos de este obispado. Madrid, 1654, p. 184.

[11] Los moriscos eran aquellos musulmanes que habitaban la antigua al-Ándalus y que fueron bautizados tras la pragmática de conversión forzosa de los Reyes Católicos del 14-02-1502. Finalmente, tras 117 años de difícil convivencia, Felipe III decretó su expulsión en 1609, la cual se llevó a cabo entre 1609 y 1616.

[12] DE TORRES, Francisco. Historia de Baeza. 1677. Estudio y trascripción de RODRÍGUEZ MOLINA, José. Baeza: Ayuntamiento de Baeza, 1999, pp. 235-236.

[13] CEAN-BERMÚDEZ, Juan Agustín. Madrid. Sumario de las Antigüedades Romanas que hay en España. Imp. de Manuel de Burgos. Burgos, 1832, p. 65.

[14] BELINCHÓN SARMIENTO, Francisco. La Casa de la Moneda de Linares. Linares: Centro de Estudios Linarenses, 2015, p. 30.

[15] TORRES. Historia Baeza, o. c., pp. 259-260.

[16] BILCHES, Francisco de. Santos y santuarios…, o. c., pp. 2, 61 y 175.

[17] Antigua unidad de longitud que en el siglo xvi quedó establecida como 20 000 pies castellanos, es decir, entre 5,572 y 5,914 km. Por lo tanto, 4 leguas serían unos 23 km.

[18] ARBOLEDAS MARTÍNEZ, Luis. Minería y metalurgia romana en el Alto Guadalquivir. Tesis doctoral. Universidad de Granada, p. 1128.

[19] En la actualidad existen varias canteras de granito en las inmediaciones de la actual población de Guarromán (Jaén). Es decir, que esa zona pudieran haber servido como material de construcción para Cástulo.

[20] Abulcasin (Tarif-Aben-Tarich) o Abulcácim Tarif Abentarique, nombre del supuesto autor de una historia de la conquista de España, por los árabes titulada La Verdadera Historia del rey Don Rodrigo, que publicó en 1603 Miguel de Luna, intérprete de árabe al servicio de Felipe III, rey de España (posteriormente se demostró que era apócrifo), pp. 98-99.

[21] LÓPEZ PINTO. Historia Apologética…o. c., pp. 553-557.

[22] Recordamos que la actual ciudad de Linares (dentro de cuyo término municipal se encuentra la antigua ciudad de Cástulo) dependía jurisdiccionalmente de la ciudad de Baeza hasta el año 1565.

[23] Antigua unidad de peso del sistema castellano equivalente a unos 11,50 kg. Por lo tanto, 55 arrobas representarían 632,50 kg.

[24] LOREA, fray Antonio de. Historia de la Provincia de Andalucía (Crónica manuscrita). Sevilla, ¿1680? Archivo Provincia Bética. O. P., ff. 16-18. El convento de Linares era el de San Juan de la Penitencia, de religiosas dominicas.

[25] Antigua medida de peso equivalente a media libra o a ocho onzas. Un marco equivale a 230 gr, con lo que la producción de esa legendaria mina sería de unos 69 kg/día.

[26] XIMENA JURADO. Catálogo de los Obispos… o. c., p. 190.

[27] Una libra equivale a 0,460 kg. Por lo tanto, 300 libras/día serían 138,03 kg/día.

[28] AGUIRRE SÁBADA, F. Javier; JIMENES MATA, M.ª del Carmen. Introducción al Jaén islámico. Jaén: Instituto de Estudios Giennenses, 1979, pp. 112-113.

[29] Se conoce como al-Ándalus al territorio de la península ibérica bajo poder musulmán durante la Edad Media, entre los años 711 y 1492. Por lo tanto, no solo comprendería a la actual región de Andalucía.

[30] GARCÍA-BELLIDO, M.ª P. Las monedas de Cástulo con escritura indígena. Historia numismática de una ciudad minera. ANE-Barcelona, 1982.