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Todo el día corriendo. Cambio social en el olivar tradicional de Sierra Mágina

QUESADA AGUILAR, Juan Sergio

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 420.

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Resumen:

Se analiza el proceso de la recolección de la aceituna desde tres periodos de tiempo que se corresponden con tres miradas que representan el cambio social, con la desaparición de un universo sociosimbólico y su sustitución progresiva por un modelo taylorista propio de un sistema fabril. El cambio social supone la pérdida de identidades y saberes en este ámbito en pos de la uniformidad social.

El imaginario laboral del olivar como tradición

Aceituneros del pío pío,

¿cuántas aceitunas te has recogío?

Fanega y media porque ha llovío.

¡María! Asómate a la puerta

y verás quién pasa,

son los aceituneros y la gente borracha.

Canción popular

A consecuencia de la búsqueda de la comercialización del aceite, se ha ido creando un imaginario en torno al olivar y su «mundo» compuesto por varias afirmaciones recurrentes y que enlazan los olivares con la antigua Grecia, la Biblia, sus beatíficos beneficios, un manejo del cultivo sostenible, y una (no se sabe muy bien qué) forma de vida. Así pues, escribo este texto desde una perspectiva de observador participante y de realizar unas entrevistas a personas que han estado y están vinculadas al olivar durante la mayor parte de su vida, desde un territorio donde el olivo es casi el único cultivo, aunque no siempre fue así. La expansión del olivar tiene mucho que ver con la I Guerra Mundial y el aumento de la demanda de este como lubricante, además del uso tradicional para el alumbrado, (Zambrana, 1987), que va íntimamente relacionado con la crisis finisecular del viñedo, la filoxera, que acabó con el viñedo local, y va dando paso a la especialización productiva propia de la economía de mercado (Garrabou, 1999). Pero los testimonios recogidos apuntalan la gran expansión, con el proceso de ruralización que se da después de la Guerra Civil, con el aumento de las roturaciones de los montes conocido como «a quinto y parte», y que consiste en que los vecinos rompen un trozo de monte, ponen el trabajo, y el propietario de la tierra percibe un cuarto de la superficie y los trabajadores se quedan con una parte.

Pero el aumento no significaba monocultivo, como se desprende de la estadísticas del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, que en su mapa de usos del suelo constata el progresivo aumento de la superficie y la disminución de otros aprovechamientos como las huertas y algunas vegas sembradas de forraje, alfalfa (tal es el caso de la comarca de Sierra Mágina, en la provincia de Jaén). Con excepción de una ralentización en los años setenta, después de una campaña contra el aceite de oliva, considerado perjudicial por aumentar el colesterol, frente a otras grasas vegetales y que respondía a una expansión de estos cultivos de semillas, la soja, el girasol o la colza, esta última permanece en el imaginario colectivo como peligrosa después del fraude de los aceites mezclados que provocaron la muerte y la enfermedad de muchos consumidores.

Entre los factores que han propiciado este éxito del olivar están la caída de los precios del cereal, las limitaciones a la mecanización de este cultivo por la orografía y sus bajos rendimientos, y, fundamentalmente, el abandono de los modos tradicionales de vida y la introducción plena de la economía de mercado, y con ella la monetarización de las relaciones sociales. Debido a esta evolución, el olivar se ha convertido en el sustento socioeconómico de la mayoría de la población, junto a las transferencias de las diferentes administraciones vía salarios, pensiones y diferentes subsidios. Vista esta contextualización, vamos a proceder a tratar la recolección desde tres perspectivas, que se corresponden con tres universos simbólicos y con tres generaciones de olivareros tradicionales de las sierras del sur de Jaén. Existen dos constantes en el eje temporal analizado: el progresivo incremento de la superficie de olivar, como veíamos por los datos del Ministerio, y la progresiva disminución de la ocupación en la recolección de la aceituna, de las necesidades de mano de obra en las labores de recolección.

Dentro de estas constantes, hemos de hacer dos puntualizaciones. Por un lado, que en esta evolución encontramos el paso de una economía campesina, con lo que de peso tiene la subsistencia, hacia una economía plenamente integrada dentro de la economía de mercado, pero que aún mantiene características propias. La propia estructura de la propiedad, que algunos autores definen como multipropiedad, por el pequeño tamaño de las explotaciones y su dispersión geográfica. Esto hace difícil encontrar propietarios que puedan subsistir solo con el fruto de sus explotaciones, lo que obliga a buscar otras fuentes de ingresos dentro de la economía formal o informal, donde las relaciones de amistad y familiares son fundamentales para articular el universo económico local. Por otro lado, se fue limando la división sexual del trabajo, muy acentuada en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta, en busca de una equiparación entre finales de los ochenta y los noventa y una progresiva desaparición de la mujer, cuando no una vuelta a la división sexual con la introducción de la nueva maquinaria.

Entrando ya de lleno en el proceso de la recolección de la aceituna, diferenciamos entre diferentes cuadrillas, tiempos, espacios y situaciones vinculadas a la estructura de la propiedad y las familias. Así mismo, el análisis compara tres periodos, que son los años sesenta, los años ochenta y la actualidad. Los entrevistados definen el trabajo en los años sesenta como muy duro. Las descripciones nos hablan de jornadas agotadoras, de sol a sol, pero el trabajo no era lo peor en sí: lo peor era el desplazarse a las fincas a trabajar, a pie, en invierno, de noche, en condiciones climáticas adversas, dado que las horas de luz solar se utilizaban en el trabajo. Aunque el trabajo en sí forma parte del imaginario colectivo de en qué consiste la recolección de la aceituna, lo describiremos brevemente. Los hombres se dedicaban al vareo de los olivos, iban agrupados en conjuntos de cuatro o cinco hombres, dependiendo de los adolescentes que acompañaran, por cada par de mantas (fardos, lienzos, mantones...) o trozos de lona que se colocan debajo del olivo para que caiga la aceituna y no lo haga al suelo. Este número tan elevado de trabajadores se explica por el amplio volumen que presentaban los olivos, con gran porte, en buena medida debido a la costosa labor de la poda, donde la mecanización aún no había llegado o era incipiente, lo que hacía del trabajo de la poda algo muy laborioso y costoso; por lo tanto, solo se realizaba cuando era imprescindible para la rentabilidad/viabilidad del olivo. Un cortaor [podador] se podía tirar un día entero con una cabeza [tronco], algo que la utilización de las sierras mecánicas permite en la actualidad realizarlo en un espacio relativamente corto de tiempo.

Pongo el énfasis en el volumen de los árboles, porque solo así se puede comprender el que tantas personas pudiesen trabajar a la vez en un árbol sin estorbarse, y la importancia del trabajo de los adolescentes, que ya conocían el trabajo por haber asistido desde niños e iniciarse desde adolescentes con un trabajo específico, de piquetero, por la pequeña vara o piqueta (garrote...) —los términos varían dependiendo de los pueblos, en este caso seguimos la terminología de Arbuniel, pequeña pedanía del pueblo de Cambil— que era su herramienta de trabajo. Estos jóvenes iniciaban así su aprendizaje del vareo, avareo, mediante varas pequeñas, lo que provocaba menor daño en el olivo, a la par que eran los encargados de subirse a los olivos y derribar la aceituna del interior, de difícil acceso a los vareadores del exterior, así como de derribar la aceituna de los copos del olivo ayudando al adulto que llevaba la vara larga. El vareo de los olivos se aprendía desde una edad temprana, para (mediante transiciones que semejan las liminaciones de los ritos de paso) llegar a la edad adulta, cuando se utiliza la vara normal, de los hombres, o incluso la vara larga, propia de los más fuertes, y que por su tamaño y pericia en el manejo estaba reservada a los hombres jóvenes.

Además del vareo, cada manta —designa tanto a la pieza de lona como a los trabajadores que van asociados a esta unidad mínima de trabajo— compuesta por dos pares de lienzos que se entrecruzan con el tronco del olivo también tenía su división del trabajo dentro del traslado entre olivo y olivo. Así, los hombres jóvenes eran los encargados del arrastre, auxiliados por los mayores cuando las mantas iban muy cargadas de producto, mientras que los mayores permanecían detrás para el posterior desplegado de los mantones y su colocación. Los adolescentes eran los encargados de abrochar la corbata, esto es, cerrar los troncos, que por el carácter rugoso y la antigüedad de los árboles, con oquedades, permitía la pérdida de frutos, por lo que en muchos casos se utilizaba un trozo de mantón pequeño.

Esta operación se repetía hasta que las mantas estaban tan cargadas de aceituna que no se podía continuar con su arrastre. Aquí hacemos un inciso sobre lo penoso del trabajo por la existencia de gran cantidad de barro como consecuencia del laboreo de la tierra y las condiciones climatológicas propias del invierno, con lluvias e hielo, que hacía que este se adhiriese a los mantones y al calzado, dificultando enormemente la realización de las tareas.

Cuando las mantas estaban llenas, se procedía a su vaciado en espuertas, todavía de esparto, y de ahí se llevaba la aceituna a la criba, instrumento que, como su nombre indica, servía para separar el fruto de las hojas y tallos que se desprendían con ellos en el vareo. Tenía dos aparentes lógicas: una, llevar la aceituna lo más limpia posible a la almazara para su posterior proceso de molienda [molturación], y, la otra, eliminar peso innecesario en el transporte, que aún se realizaba con recuas de mulos, en la mayor parte de los casos, aunque ya también se acumulaba en los campos para su posterior transporte en camiones alquilados para la ocasión.

El proceso del cribado también presenta una clara división del trabajo entre edades: los más jóvenes acarrean las espuertas, mientras que es un hombre mayor, muchas veces el pequeño propietario, el encargado de ir vaciando la espuerta en la criba. El trabajo de separar los tallos, hojas, barro, piedras, etc. que puedan ir con las aceitunas lo realiza una mujer, también generalmente las más jóvenes, en otro proceso de aprendizaje/iniciación.

El dominio exclusivo de las mujeres eran los suelos, esto es, la recogida de los frutos caídos del árbol, antes, durante y después del proceso de recogida, a saber: se daba una vuelta al suelo que hay bajo los árboles para recoger el fruto caído antes de colocar las mantas y evitar así que se pisen, siempre y cuando exista tal, claro está, aunque la caída era frecuente por las plagas que afectan al cultivo, en concreto la mosca, que hace que con su picadura se precipite el fruto, así como por efecto del viento, propio de la época. Mientras los hombres vareaban, y siempre que las mujeres habían conseguido cierta ventaja en la recolección de suelos, algunas volvían para recoger los salteos, esto es, los frutos que caían fuera de los lienzos como consecuencia del proceso de vareo. Así mismo, se rebuscaban los troncos por si se quedaba fruto en ellos, o como consecuencia de alguna rotura o desprendimiento de las mantas por el transporte. Aquí habría que añadir que el trabajo de las mujeres era de una gran dureza, por el frío, hincadas de rodillas en el suelo helado, mojado, con barro, un suelo lleno de surcos del arado, muy irregular, que dificultaba sobremanera la tarea. Era habitual que padecieran del sabañón o eritema pernio a consecuencia de la exposición a la humedad y el frío de las extremidades y los apéndices nasales y auditivos.

Y a pesar de todas las penalidades señaladas, los entrevistados recuerdan otros aspectos positivos de las faenas, como la convivencia, la amistad, el conjunto de interacciones sociales que se articulaban alrededor de la recogida y que facilitaban una mayor comunicación, por la proximidad, que en el resto del año. No hemos de olvidar que la campaña de aceituna significaba muchas cosas más allá del trabajo físico, y que van desde las redes familiares y de amistad para la contratación y búsqueda de los miembros de la cuadrilla, y que tienen su correlato en las relaciones de clientelismo, en las que es importante señalar el apadrinamiento, que coadyuvaba a facilitarlo mediante el establecimiento de vínculos entre padrino/ahijado, y la ayuda mutua, que en un ámbito de pequeña propiedad permitía la recolección de la cosecha por agrupamientos de pequeños propietarios mediante el intercambio de peonadas y la liquidación por salarios, lo que hacía que la monetarización fuera menos importante, intercambiando trabajo y no dinero.

Las situaciones podían ser diversas. Así, se podía dar el caso de la recolección de la cosecha propia y una vez finalizada incorporarse a otra cuadrilla a trabajar a jornal, o bien incorporarse a una cuadrilla en la que se cobra el jornal y la cuadrilla recoge la propia cosecha cuando se trata de fincas pequeñas. En este caso, aunque el utillaje era limitado, sí se contaba con la ventaja de que generalmente el propietario con más tierra solía dejar su uso en las fincas del que tenía poca tierra. Se conforma una red de prestaciones y contraprestaciones, de interdependencias y también de conflictos, necesarios como situación de ajuste, escuetamente representados en el refrán de «Quien regala bien vende si el que lo toma lo entiende». Estamos más cerca del concepto de campesinado (González Molina y Sevilla Guzmán, 2000) que del de agricultor, más relacionado este con la economía de mercado. De hecho, para referirse a su actividad laboral la gente de más edad utilizaba el término del campo antes que agricultor, concepto que se introduce con posterioridad, como veremos.

El trabajo a destajo, tan normal hoy en día, no era socialmente muy apreciado, siendo practicado en las pocas grandes fincas existentes. Se presupone que ganan ambas partes con su contratación: los propietarios, al recolectar la cosecha a un precio más bajo, mientras que los trabajadores ganan más al percibir más en función de una mayor inversión en trabajo. Esta situación de equilibrio en el fondo no era tal, dada la desigualdad entre las partes, pero la percepción que nos transmiten es que perdían ambos: el propietario, por el daño causado a las plantas, y los trabajadores, además de la sobreexplotación física desarrollada, porque, si la cosecha no era homogénea, podía haber días que ganasen menos que si trabajasen a jornal o una cantidad equivalente, lo que al final no comportaba ningún beneficio. Aunque había situaciones coyunturales, lo normal es que el destajo estuviese circunscrito al latifundio y en la comarca de Mágina a fincas muy concretas.

Es importante señalar que en los acuerdos de trabajo o las contrataciones, si es que las había, y dentro de la distribución sexual del trabajo, la mujer acompaña al vareador, para encargarse de la recogida de suelos. Era normal la asistencia del matrimonio, aunque también se formaban parejas entre solteras con el hermano o el padre cuando muchas solteras sustituyen a las madres al alcanzar estas cierta edad y permanecer al cargo de los hogares.

El análisis social de la recolección durante este periodo nos lleva a concluir que, aunque las condiciones del trabajo y las jornadas tan largas (incluido el itinerario hasta el tajo [lugar de trabajo], así como el acarreo de la aceituna) suponían un esfuerzo tan continuado durante todo el día que hacía que los hábitos de trabajo fueran más distendidos, durante el trabajo se hablaba incesantemente, se transmitían historias tradicionales del pueblo que servían de argamasa local, se establecían los árboles genealógicos de las diferentes familias, lo que permitía conocer perfectamente la ascendencia social de cada cual, así como su lugar en la estructura social, y también, por extensión, en el mundo. Se cohesionaba y se daba sentido a la identidad colectiva de los aceituneros y, por extensión, al conjunto de los vecinos del pueblo. Existían conflictos y odios, sin olvidar el control social de la dictadura, pero durante las largas jornadas de trabajo, y en virtud de las posibilidades, obviamente no siempre satisfactorias, de encuadrarte con quien compartías vínculos o afinidades, la situación —que en lo material también estaba resuelta por la percepción del salario o de la futura cosecha— era la mejor de las posibles, por lo que en todos los casos se añora, como tiempos donde todo era más noble, mejor, siempre en lo referente a las relaciones sociales.

Sin llegar a profundizar, quiero dejar clara mi postura respecto a la percepción del pasado como un tiempo mejor y los factores que ayudan a esta percepción, al menos a nivel social, en este periodo. La cohesión era más fuerte, también en buena medida por un mayor aislamiento relativo al no existir tanta movilidad, y porque, si bien es verdad que la radio ya estaba generalizada y uniformizaba el tejido social, aún no había alcanzado los niveles a que se llegará con los medios de comunicación en etapas posteriores.

De las faenas y los laboreos al trabajo productivo

Árboles que vuestro afán

consagró al centro del día

eran principio de un pan

que solo el otro comía.

Miguel Hernández

La segunda etapa de este esquema de trabajo la establecemos entre finales de los ochenta y finales de los noventa del siglo pasado, una década donde la transformación no ocurre solo en la mecanización, con la generalización de los tractores para el laboreo, de los vehículos todoterreno, pequeños tractores y diferentes vehículos diésel, mulillas mecánicas, con sus respectivos remolques para el transporte de los trabajadores y el acarreo de la cosecha de forma generalizada, así como para el uso de atomizadores para los tratamientos de fitosanitarios y herbicidas en los olivos y en la eliminación de las malas hierbas de los suelos. Los efectos sobre la fauna y la flora de la sierra todavía no se han calibrado, pero sí nos transmiten la disminución fácilmente constatable. En ello los testimonios de los cazadores son invariables sobre la falta de fauna; otra cosa distinta sería tener en cuenta la influencia de este «deporte» en esa merma.

Pero considero que, si hubiese que hablar de una innovación determinante dentro del cambio social para acabar con el modelo tradicional de las cuadrillas, fue la introducción de las sierras mecánicas en la poda la que progresivamente fue acabando con el gran porte de los olivos haciendo innecesaria la existencia de los piqueteros, así como propiciando la disminución de los vareadores necesarios en cada par de mantas. Con la disminución de la masa arbórea de los olivos era innecesario que hubiese trabajando más de tres personas en cada olivo, el resto no hacían más que estorbarse. Todo subsumido bajo la lógica económica de «menos personas trabajando, menos reparto de la riqueza», en la línea del pensamiento funcionalista de Europa que imponía sus ayudas obligando a los agricultores a dejar las miradas tradicionales y sumarse a un imaginario economicista, productivo e individualista.

El otro cambio importante de este periodo fue la progresiva equiparación de salarios y trabajo de las mujeres, que ya participan del vareo, junto a la paulatina desaparición del trabajo tradicional antes mencionado. La disminución del precio de la aceituna no hacía económicamente rentable la recolección de los suelos, por lo que no era infrecuente que en terrenos donde se laboraba se abandonase el fruto, máxime si la caída no era significativa. Se busca la prevalencia del trabajo masculino, en una clara asociación del trabajo en el campo con la masculinidad. La recolección de los frutos caídos, tema importante cuando hablamos del paso de una agricultura tradicional de subsistencia a otra de corte productivo capitalista, tuvo su cambio en los procedimientos de trabajo con la utilización de herbicidas, que favoreció el no-laboreo (apoyado también desde la Unión Europea con ayudas a estas «técnicas» de cultivo para evitar la desaparición de suelo productivo) y la preparación del terreno alrededor del árbol, los conocidos como ruedos, despejando de hierbas, piedras y allanando el terreno, en la búsqueda de permitir mediante la utilización de nuevos útiles (rastrillos, cepillos...) la recogida del fruto caído. Se llegaron a inventar unas máquinas compuestas de un rodillo con clavos que, al girar, recogía el producto y lo enviaba a una tolva, aunque el peso de la máquina hacía el trabajo pesado. Así mismo, al preparar los suelos se llegó a dar el derribo directamente de la aceituna al suelo en caso de poca cosecha, lo que hacía innecesario el uso de las mantas. No menor importancia tienen en el control de plagas los tratamientos aéreos realizados por diferentes administraciones con dinero detraído de las subvenciones que se les abonaba a los olivareros de fondos europeos o estatales.

Antes de continuar, hemos de indicar que los procesos y cambios descritos, como señalamos, se corresponden a un área concreta de la provincia de Jaén, aunque eso no excluye otros territorios, pero sí señalamos que no en todos los sitios se dan estos procesos, ni en la forma que aquí los estamos describiendo. En las campiñas, la mecanización y la recogida tienen características propias al no tener las limitaciones que la orografía impone a la sierra. Esta nueva situación supuso que cada vez hiciese falta menos mano de obra, lo que se tradujo en una contracción de las cuadrillas, la disminución de los grandes agrupamientos. A esto hay que añadir la desaparición, consecuencia de los cambios ocurridos en las recepciones del fruto, con la introducción de aventadoras y lavadoras, en las almazaras, del todo el trabajo previo de cribado en el campo, además de permitir que la aceituna recolectada en el suelo pudiese llevar piedras, ramas, hierba, etc., que después serán apartadas por las máquinas de la almazara ya mencionadas.

Las relaciones sociales que cohesionan la sociedad del pueblo al incluir dentro de las cuadrillas a varias familias se rompen en este ámbito. Al ser necesarios cada vez menos trabajadores, las cuadrillas se encogen, y las redes sociales, amistosas y de parentesco con ellas, a lo que hay que unir la expulsión de trabajadores que buscan su forma de vida, como es una constante desde los años cincuenta, con la emigración a la capital de la provincia en principio, y con posterioridad, en los sesenta, a otras regiones de España y el extranjero, fundamentalmente Europa (González y Requena, 2008). Señalamos al respecto que, aunque el proceso emigratorio ya no es tan intenso, el envejecimiento de la población y la despoblación son dos problemas que atenazan a los pueblos de las sierras de Jaén.

La adaptación que se buscó ante la falta de trabajo en el ámbito local fue la emigración intraprovincial a otros pueblos en los que la diversificación económica supuso la falta de mano de obra para la cosecha, y que durante el periodo considerado se cubrió con trabajadores de Arbuniel, donde una amplia cuadrilla se desplazaba a trabajar a Mancha Real, a jornal, siendo preferidos a los de otras zonas o a los inmigrantes por las habilidades ya constatadas que les daba la experiencia ininterrumpida durante gran parte de su ciclo vital. Estos saberes inmateriales, la forma de trabajar, la innecesariedad de supervisión en el núcleo del trabajo, se asocian a ese orgullo por el trabajo bien hecho que era una seña de identidad de los jornaleros que tradicionalmente bajaban a las diferentes cosechas en las campiñas.

Si todavía quedaba algo de lo que hemos denominado «orgullo jornalero», no podemos decir lo mismo de ese conjunto de saberes que podríamos llamar «consuetudinarios», que por esta época entran ya en pleno declive. Deslindar entre lo que son saberes tradicionales de los olivareros o derivados del conocimiento experto, ingenieros agrónomos, es difícil cuando el discurso se unifica, aunque, tal y como vemos en la sociedad que estudiamos en este artículo, el cambio afecta al conocimiento y así se constata en el laboreo y en el manejo de los cultivos. Así, con la introducción de los herbicidas se apostaba por el no laboreo como manejo de los suelos, desechando la costumbre «tradicional» de arar y cavar los capotes de los olivos, ahondando lo más posible, lo que supuso un choque para los (ahora ya sí) agricultores, a los que siempre les habían enseñado que lo bueno era profundizar lo máximo posible tanto al arar como al cavar y que cuantas más raíces arrancases mejor, produciendo en ellos perplejidad y mucho desasosiego. La adopción de estas formas de cultivo supuso la extinción de muchos trabajos y la aparición de nuevas formas, como hemos visto, en la recogida de suelos, aunque estas también estaban en proceso continuo de adaptación.

Sin embargo, a pesar de la utilización del nuevo utillaje y maquinaria que se asumieron con más o menos resistencias, todavía en este periodo había cierta renuencia a contratar gente de fuera del pueblo, ya fuera de otros pueblos o de otros grupos sociales, «prefiriendo» a los del pueblo, mostrando la pervivencia de los vínculos tradicionales, así como la existencia de mano de obra local, dado que los excedentes ya hemos visto que trabajaban en otros pueblos de la comarca. Un ejemplo de esta continuación de los vínculos es la, digamos, imposición a los propietarios de que la mujer también trabaje si quiere que tú trabajes con ellos, en un momento donde la mujer es menos requerida por no realizar los trabajos tradicionales y ocuparse de la recolección de suelos también los hombres. Así, las mujeres se incorporan al trabajo dentro de las mantas y al vareo, aunque no sin reticencias.

Señalamos también que los ritmos de trabajo se aceleran al mermar el volumen de los olivos, el vareo, y los cambios de las mantas se hacen más frecuentes y el ritmo se incrementa, aunque aún es posible mantener conversaciones sobre los últimos chismes del pueblo y recordar situaciones y tradiciones del pasado, pero ya no son el centro donde gravitan todas las conversaciones. Además, la reducción de las cuadrillas hace que los ratos de asueto, los cigarros (paradas entre cambio de mantas de olivo a olivo), el ángelus (el descanso del mediodía) para comer algún dulce o tomar un aperitivo como señala el refrán («Aunque el tío sea de bronce no hay quien le quite el trago de las once»)… sean más breves, aunque se sigan manteniendo, pero indiscutiblemente los ritmos de trabajo se han acelerado siguiendo las pautas más propias de la sociedad fabril.

Hacia el futuro olvidando la tradición

¡Cuántos siglos de aceituna,

los pies y las manos presos,

sol a sol y luna a luna,

pesan sobre vuestros huesos!

Miguel Hernández

El tercer periodo del análisis comienza con el milenio y llega a la actualidad. Al no existir aún otras condiciones que establezcan unas dinámicas diferentes, se caracteriza por seguir expulsando trabajadores de la recolección, por aumentar la mecanización y por insertar aún más esta agricultura dentro de la economía de mercado. En este periodo, y como acentuación de las políticas públicas derivadas de la Política Agraria Común y su énfasis en la productividad, bien es cierto que ya cuestionada en este periodo, y la aclimatación al mercado de las explotaciones, se han invertido grandes cantidades en la tecnificación de las almazaras, en la expansión del regadío mediante el sistema de riego localizado, en la investigación e implantación de otras variedades, y en el desarrollo e investigación de nuevas máquinas, utillaje y métodos de cultivo que suponen la introducción de la lógica del menor coste y máximo beneficio, asumiendo que los mayores gastos se generan en la mano de obra, por lo cual se busca que esta tenga la menor incidencia posible en la recolección.

En la comarca de Sierra Mágina, de terreno accidentado, aunque se comparten métodos con las llanuras de las campiñas, la mecanización por las pendientes se ha realizado con maquinaria ligera, que puede portar el trabajador, no con maquinaria pesada, como los vibradores asociados a los tractores, por las propias características ya mencionadas del terreno, a las cuales es más fácil adaptarse con las vibradoras portadas por los trabajadores, en continuo proceso de remodelación en cuanto a peso, forma, capacidades de vibración… y la introducción de vareadoras mecánicas alimentadas con motores eléctricos, que están haciendo que en situaciones de maduración óptima del fruto sea innecesario el vareo tradicional. En el caso de la recolección de los suelos, encontramos las sopladoras, también en continuo proceso de renovación, que en los suelos ya preparados, que veíamos con anterioridad, facilita que una persona haga el trabajo que tradicionalmente hacían varias con bastante menos esfuerzo. En cuanto a la tracción de las mantas, la utilización de quads, aptos para zonas pendientes, parece ser una opción. En definitiva, estas y otras máquinas (la plumas o grúas para cargar los remolques, desbrozadoras, trituradoras de ramón...) hacen que el trabajo en el campo no tenga nada que ver con los dos periodos que analizábamos con anterioridad. Estas reformas, vistas ya desde un punto de vista social, han incidido más aún en los dos factores que ya veíamos: expulsión y sustitución de la mano de obra por otra venida de fuera, y debilitamiento, cuando no simple ruptura, de los tradicionales vínculos sociales que generaba la recolección de la aceituna.

El trabajo en el olivar se caracteriza por la individualidad. Desde el comienzo de la jornada es imposible mantener cualquier tipo de conversación, salvo los ratos de asueto, debido al ruido estridente y ensordecedor de la maquinaria utilizada. De hecho, los servidores de las máquinas llevan cascos protectores contra el ruido. Las instrucciones ahora se hacen mediante señas, no sirve de nada intentar cualquier comunicación verbal. Van todo el día corriendo, al ritmo marcado por las máquinas. No existe intercambio, más allá del descanso de mediodía o la hora de la comida. Pero hasta esto ha cambiado, dado que no es infrecuente que la jornada sea intensiva, con lo cual no se establecen interrelaciones ni en el momento de la comida, lo que hace del trabajo algo alienante en el sentido más marxiano del término. Las posibilidades de interactuar que representaba la recolección de la aceituna son algo que pertenece al pasado, junto a los conocimientos tradicionales y los saberes inmateriales a ellos asociados. Ahora se darán en otros espacios y con nuevas formas; la interacción no desaparece, pero es mínima en la factoría que supone la recolección de la aceituna.

El valor de la experiencia en un mundo en cambio permanente. Conocimiento tradicional frente a conocimiento asociado al mercado, la importancia del conocimiento en el manejo de los inputs frente a la pérdida total del control de los outputs. Concepto de taylorización del trabajo frente a otras consideraciones de índole afectiva, comunitaria, social, que hace que se contraten trabajadores que en otras circunstancias estarían excluidos del mercado laboral, caso de los minusválidos. El refrán: «La mucha gente para la guerra es buena».



BIBLIOGRAFÍA


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