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El crimen del cura

VAL SANCHEZ, José Delfín

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 420.

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Un grupo de 26 mujeres escribió un buen día una carta al papa Francisco para solicitarle una revisión de la disciplina del celibato, ya que han vivido o viven una relación sentimental con un sacerdote y querrían mantenerla sin enmendarla y sin ocultarla. Vaya por delante que las mujeres son italianas y residentes, creo que todas ellas, en Roma, donde la abundancia de curas es superior a la media de cualquier gran ciudad cristiana y el riesgo de que las mujeres se enamoren de curas es potencialmente más probable y verosímil.

Las firmantes lamentan que las alternativas a la situación que padecen sean dos: o el abandono del sacerdocio por parte de sus amantes o la mantenencia placentera aunque secreta, de tapadillo, como marca la tradición. La propuesta que hacen estas mujeres consiste en que los amados sacerdotes pudieran seguir con su vocación, sirviendo a la comunidad cristiana, pero manteniendo amores o amoríos, según vayan viniendo, no teniendo hijos (a ser posible, aunque sin hijos el amor es incompleto) y no dando motivos de escándalo en ningún momento. En la Iglesia católica de rito latino, el celibato eclesiástico, es decir, la renuncia al matrimonio y la promesa de castidad, es obligatorio para los sacerdotes desde el II Concilio de Letrán celebrado en 1139. Y, ahora, estas dos docenas de mujeres pretenden meter en un aprieto al papa Francisco, quien no ha tenido más remedio que manifestar que el celibato no es dogma de fe y, por tanto, deja la puerta abierta para una posible modificación, notable y quizá escandalosa, del sacerdocio.

Este asunto, ahora planteado por escrito por algunas mujeres italianas, es muy antiguo, y las relaciones amorosas entre un cura y una feligresa ha sido el pan nuestro de cada día de toda la vida de Dios, no solo en Roma, sino en nuestros viejos reinos, pongo al Arcipreste de Hita por testigo y cronista.

Las armas que la mujer utiliza para encandilar al hombre son tan fuertes e irrenunciables que hasta un hombre consagrado a Dios puede caer en la tentación del pecado de la carne. En el discurrir de los tiempos, el hombre ha sido generalmente el cazador cazado por las redes tendidas y las satisfacciones ofrecidas por la mujer. La mujer ha actuado siempre como tentación del hombre. Y el hombre, civil o eclesiástico, sucumbe a los encantos femeninos con idiocia de mansueto, pudiendo caer incluso en un pecado mayor que el de la carne, que al fin y al cabo es un pecado creativo. Me refiero al grave pecado del homicidio. Otras veces el pecado es de menor trascendencia social y, en lugar de quitar la vida, la da. Los hijos de cura generalmente no salen buenos, aunque tengan una apariencia saludable. Conocí a un hijo de cura y ama que salió bizco, pero de complexión robusta. Se conoce que la abstinencia prolongada da fuerza, pero el fruto sale con alguna maca.

El caso del cura Andrés —lo llamamos así por ponerle un nombre eufónico y quizá aleccionador, pues podría haberse evitado el caso si las cosas hubieran estado como quieren ahora que estén las mujeres enamoradas de curas— fue el caso de quien ejercía su sagrado ministerio con ayuda de una feligresa complaciente. Ocurrió en una ilustre villa vallisoletana, de cuyo nombre podría acordarme, a principios del siglo xx. Mi amistad con una autoridad de dicha villa me permite conocer los datos de aquel suceso que conmocionó a la población y fue cantado en coplas que los ciegos vendían, todavía en aquellos años, por plazas y mercados.

Vayamos a los hechos. En la madrugada del 29 de marzo de 1909 fue muerto «a consecuencia de una herida en la cabeza producida por arma de fuego, según resulta de la autopsia practicada», Laurentino V. R., natural de Paramera, de 15 años de edad, mancebo de botica. El fallecido era hijo legítimo de Arturo y Fermina.

Al cadáver se le dio sepultura en el cementerio católico de la localidad, siendo testigos presenciales Víctor Sigüenza de la Cruz, alguacil del Juzgado de Instrucción y Epifanio Conde Reguera. La comunicación oficial, asentada al folio 150 de la 3.ª sección del Registro Civil, fue hecha a las 12 horas del día 30 de marzo de 1909 ante don Policarpo Lorenzo Benito, juez municipal suplente (por fallecimiento del titular) y Walerico Cantalapiedra Mayordomo, secretario, por Canuto Morales de la Fuente con su cédula personal 223, natural de Serrada y alguacil del Juzgado de Instrucción de dicha villa.

Tras conocer los resultados, vayamos a los hechos declarados y probados. El muchacho sorprendió en la cama al cura don Andrés y a la mujer que trabajaba en el servicio doméstico del citado inmueble. En la botica no había nadie más que ellos tres: el ama, el cura y Laurentinito, ya que los dueños de la farmacia estaban ausentes. El cura, cuando se percató de que el muchacho le había visto con la mujer en situación comprometida (comprometida en realidad para el muchacho, ya que se puede considerar que para el cura y la criada la situación no era comprometida, sino prevista, aceptada y placentera), cogió un revólver que estaba en la mesilla de noche y disparó, alcanzando al muchacho en la cabeza y produciéndole la herida de la que falleció.

Según el testimonio del cura, él solo pretendía asustar al muchacho para que no contara a la gente la escena que había visto, pero se le disparó el arma y alcanzó fatalmente al mancebo. Tras lavar y limpiar la sangre de la habitación, el cura salió hacia su casa.

A la mañana siguiente, dijeron los ocultos amantes que el mancebo había fallecido en la casa la noche anterior. Cuando fueron a verle, el muchacho estaba acostado en la cama, muerto, sí, pero sin rastro de sangre ni en su cuerpo ni en la habitación, de la que habían desaparecido alguna de las pruebas, por ejemplo, el casquillo de la bala disparada. El médico forense del Juzgado de Instrucción practicó la autopsia al cadáver y le sacó la bala de la cabeza.

La declaración de un vecino que oyó el disparo del revólver —pues vivía pared con pared del lugar de los hechos— fue vital para la resolución del caso. Al principio, en las primeras declaraciones, los familiares del cura decían que era imposible tal suceso por parte del sacerdote, aunque conocía el lugar en donde guardaba el revólver el dueño de la casa —que era tío del cura—. Pero, una vez realizadas las indagaciones, los familiares no negaron la verosimilitud de los hechos, con lo que el caso se aclaró bien. Al testigo oyente la familia del dueño de la casa dejó de tratarle por haber declarado lo que había oído pero no había visto.

(Un compañero de menor edad que el infortunado Laureanito, que trabajó algunos años en la misma farmacia —hasta que se salió de ella para trasladarse a Madrid—, conoció personalmente a Laureanito, del que tenía una limpia opinión: «Un niño muy guapo, vestido con un guardapolvos azul y una banda morada»).

Se llevó a cabo la vista en la Audiencia de Valladolid unos meses después del suceso y, tras la instrucción del sumario correspondiente, el sacerdote fue absuelto y puesto en libertad, ya que declaró que la muerte del mozo fue fortuita. Pudo continuar ejerciendo el ministerio sacerdotal en la ilustre villa escenario del triste suceso hasta su muerte diecinueve años después.

La criada se casó, una vez pasado todo el asunto, y tuvo tres hijos. Se trasladó a vivir a Madrid, donde murió a los 104 años. Parece ser que se hacía llamar por otro nombre diferente al que tenía en la villa del crimen.

Se cuenta que volvió años después al lugar de los hechos con aspecto de mujer respetable; y dijeron, quienes la vieron, que en la calle lloraba mientras hablaba con algunas mujeres del lugar. Una de ellas dijo: «Son lágrimas de puta vieja, que caen al suelo y no mojan».

Al poco tiempo de producirse los hechos que acabamos de relatar, se publicaron unas coplas que eran cantadas por los ciegos y vendidas por una perrilla a quienes quisieran aprenderlas o conservarlas como recuerdo de un suceso insólito. Todavía se recuerdan fragmentos de aquellas coplas, algunos de cuyos versos Luisa Gutiérrez recordaba a los 92 años con la frescura del canto bien aprendido de un hecho que sucedió en su infancia.

¿Y Laurentinito? —dijo feliz—,
que la botica se va a cerrar.
El señor cura muy enfadado
de la mesilla pronto sacó
un revólver que allí tenía;
al Laureanito lo asesinó
y al Laureanito le dio la unción.
Y en Paramera lloran sus padres,
también los pueblos de alrededor.
¡Hijo del alma!, ¿quién te ha matado?
que se descubra a ese autor
que se descubra a ese ladrón.

Por la ilustre villa circularon, nada más conocerse el escándalo, varias versiones de los hechos. Una de ellas aseguraba que no fue el cura Andrés el autor del disparo, sino ella, la criada, temerosa de que su fama de honesta y hacendosa se viera alterada si el muchacho salía de casa indemne y dispuesto a contar lo que había visto en el dormitorio de los señores de la casa. En este supuesto, el sacerdote hizo frente a la situación acusándose del disparo y de la muerte involuntaria. Y eso fue lo que declaró ante las autoridades y lo que se dio por bueno. Otra teoría aseguraba que el cura, que mantenía relaciones de mucha amistad y confianza con la sirvienta, tenía tendencias homosexuales y pretendía mantenerlas también con el joven y hermoso doncel quien, al negarse al enredo, recibió del cura un disparo para librarse del chismorreo que propalaría el mozo por la población. Ocultar el casquillo de la bala, limpiar el cadáver y la habitación de sangre, y esperar al día siguiente para notificar la muerte del muchacho, fue un intento de ocultar la muerte por disparo tratando de convertirla en muerte natural. Acerca de aquella situación los jueces se pusieron de perfil.