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Noviazgo y matrimonio en Extremadura (y III)

RODRIGUEZ PLASENCIA, José Luis

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 420.

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Noviazgo y matrimonio en Extremadura (I)

Noviazgo y matrimonio en Extremadura (II)

Noviazgo y matrimonio en Extremadura (y III)

Con el discurrir de los últimos años, las bodas —tanto extremeñas como españolas en general— han ido perdiendo la importancia y el ritual que tuvieron en tiempos pretéritos. Las mismas demandas sociales y económicas de un mundo cada vez más pragmático han hecho que las viejas tradiciones que antaño rodearon a este rito de paso hayan desaparecido, y que únicamente en algunos pueblos o aldeas pervivan pequeños retazos de lo que entonces fueron estas uniones, capaces de agrupar en torno a los nuevos contrayentes no solo a familiares y amigos, sino también a toda una sociedad, que veía así cómo la continuidad del grupo se mantenía y aumentaba con la posible llegada de nuevos retoños.

En Extremadura, era en las zonas rurales donde con mayor entusiasmo se seguían las uniones de sus miembros y donde aún continúan ciertos protocolos —a veces desvirtuados de su sentido primigenio, como se verá— sin saber que muchas de estas costumbres o rituales tuvieron su origen en Grecia o Roma, de donde fueron transmitiéndose a través de los siglos con mayor o menor pureza hasta nuestros días, propiciando una serie de paralelismos ya casi olvidados. De ahí que el fin de este trabajo sea redescubrir esas correspondencias que se instalaron desde antaño en esta comunidad autónoma.

En la antigua Roma, la celebración del noviazgo de los contrayentes se realizaba en la sponsalia, ceremonia que reunía a ambas familias. En ella, el novio ofrecía regalos a la novia, entre estos un anillo de hierro —más tarde, de oro— como ratificación de que cumpliría lo prometido en el contrato nupcial firmado por ambos linajes, en el que se establecía el monto de la dote; ceremonia que tenía su paralelismo en nuestras pedidas de mano, durante las cuales los novios se intercambiaban regalos. El anillo era colocado entonces, igual que ahora cuando se trata de compromiso, en el dedo anular de la mano izquierda, debido a que en la antigüedad se creía que ese dedo se comunicaba con el corazón a través de un nervio. Igualmente, se elegía la fecha de la boda, que solía fijarse en un período comprendido entre algunos meses y dos años después del noviazgo. Procuraba elegirse también la más favorable, que acostumbraba a ser la segunda mitad del mes de junio, porque estaba relacionada con el solsticio de verano, momento de apogeo del mundo natural. Y al igual que en Extremadura, en que se desechaba el martes y 13 como fecha nefasta, en Roma tenían sus días desfavorables para la celebración. Así, mayo era tenido por inconveniente, pues en ese mes se festejaba la Lemuria o fiesta de los muertos, o entre el 13 y el 21 de febrero, días del festival de la Parentalia. Realizados todos estos trámites, se celebraba un banquete, como se hacía antaño en algunos pueblos extremeños.

En Grecia, sin embargo, la unión de un hombre y una mujer no dejaba lugar a la elección ni para el posible amor entre ellos, donde el procedimiento más frecuente para obtener una espora eran los regalos y la dote —hébna—, que el pretendiente debía dar a la madre de la muchacha. Aunque, para algunos estudiosos de las costumbres griegas, lo que unió a los miembros de una familia antigua, ese algo más poderoso que el nacimiento, el amor o la belleza física, fue la religión del hogar y de los antepasados, hasta tal punto de que los griegos, para decir familia, dijeron ep-ístion, que significa ‘lo que está cerca del hogar’, por lo que una familia fue un grupo de personas al que la religión permitía invocar el mismo hogar y ofrecer la comida fúnebre a los mismos antepasados, siendo primero una asociación religiosa antes que una natural. De esta forma, parentesco y derecho de herencia se regularon no por nacimiento, sino conforme a los derechos de participación en el culto. E, igualmente, los griegos tenían un calendario oportuno y otro nefasto para celebrar los esponsales. Así, por Hesíodo se sabe que el 16 era considerado nefasto para las bodas, pues ese día la Luna se encontraba totalmente separada del Sol.

Las bodas acostumbraban a celebrarse a finales de verano, cuando las tareas agrícolas llegaban a su fin y había más elementos culinarios y dinero, y normalmente durante cualquier día de la semana, excepto el martes y 13, según he dicho, aunque en Valencia de las Torres (BA), Peraleda (CC) y El Gordo (CC) no soliera elegirse el domingo; no así en la localidad badajocense de Torremejía, que se acordaba la tarde de este día para la celebración. En Las Hurdes cacereñas se procuraba hacer coincidir los tres días que duraban los enlaces con viernes, sábado y domingo. En Montehermoso (CC) era cualquier día de septiembre —llamado por ello mes de las bodas—, pues en agosto concluía la recolección de los cereales. En el mismo mes se celebraban las bodas en Portaje (CC), de ahí que los obsequios siguieran la tónica de otros pueblos, especialmente relacionados con los productos agrícolas. Claro que si la principal actividad productiva o económica de alguno de los nuevos cónyuges no dependía de la agricultura —caso de ganaderos o personas dedicadas a otros menesteres, como el comercio—, la celebración de las nupcias no tenía por qué ceñirse a esos meses y fechas.

Generalmente, el enlace solía ser por la mañana, variando la hora según las localidades. En Navalvillar de Pela (BA), por ejemplo, el casamiento se verificaba por la mañana temprano. En Montehermoso (CC), los novios iban a confesarse con los padrinos sobre las 7:00, aunque las campanas no llamaban a la ceremonia hasta las 9:00. En Peraleda de la Mata (CC) era a las 10:00, mas, si la novia pertenecía a una familia importante o principal de la localidad, se celebraba sobre las 12:00. En La Zarza (BA) y Valencia de las Torres[1], allá por los años cincuenta, el enlace se realizaba por la tarde, aunque excepcionalmente también había enlaces por la mañana. En El Gordo (CC), solían casarse por la mañana, sin tener una hora concreta, aunque, si la novia iba embarazada o había tenido relaciones íntimas conocidas con un novio anterior, lo hacían por la mañana temprano.

Según Nuevo Morales (2004: 33) en Valdehúncar (CC), cuando se iba a casar una hija o un hijo, se apartaban los vellones en la época del esquileo, que era en mayo, para ir preparando la lana con que confeccionar los colchones. «Como dato diré —añade— que un colchón como es debido llevaba unas tres arrobas de lana, es decir, unos 34,5 kg».

En Portaje (CC), la antevíspera del enlace por la noche, el novio recorría el pueblo diciendo: «Mañana son los machos». Aludía a los machos cabríos que constituirían el principal plato de la boda, y que al día siguiente los amigos del novio traerían del campo. Desde este momento, esos jóvenes tenían gratis, a discreción, cuanto tabaco y bebida quisieran. Más tarde, a media mañana, los animales eran sacrificados y descuartizados por ellos, en presencia de los invitados. Durante la faena, el novio repartía tabaco, mientras una garrafa con vino pasaba de mano en mano; una vez concluida esta labor, se tomaba un aperitivo. Los riñones de estos animales quedaban reservados para los matarifes, que los consumían más tarde en cualquier taberna del pueblo.

Por la noche, el novio invitaba a guisao de macho a todos los mozos, y la novia a las muchachas. El convite se realizaba en una taberna y los gastos corrían a partes iguales entre los comensales. Concluido el ágape, amigos e invitados de ambos sexos iban a recorrer por separado el pueblo, cantando la alborada con sonajas, panderetas y almireces. Al final, terminaban todos en el salón del baile.

El baile era iniciado por los novios ejecutando una jota extremeña. Finalizada esa, los mozos levantaban en alto al novio, que brindaba con un vaso de vino. Luego, el baile continuaba hasta la madrugada, momento en que el novio y demás asistentes acompañaban a la novia hasta su casa, donde eran obsequiados con coquillos y floretas. Después se escoltaba al novio que, igualmente, convidaba a dulces.

Salvo raras excepciones —como en Ahigal (CC) o en Arroyo de San Serván (BA), que duraban dos días[2]—, los esponsales se desarrollaban durante tres. El primero, llamado vísperas —pelaero en Arroyo de San Serván (BA) o Santos de Maimona (BA), o el día de la carne en Herreruela (CC) y otros pueblos del Campo Arañuelo cacereño, porque ese día se mataban las reses para la comida de la boda—, se conocía en la antigua Grecia como praília y se dedicaba a la preparación de la novia en casa de su padre y a hacer sacrificios a Afrodita. En Roma, la novia dedicaba los juguetes de su infancia a los dioses Lares, así como el collar —bulla— que le fue colocado el octavo día de su nacimiento para protegerla del mal de ojo. La cabeza de la novia se cubría con un velo anaranjado —el flammeum—. El simbolismo de este acto era el más importante de la ceremonia y se denominaba nubere (literalmente, colocar el velo), rito que dio lugar a la velación de los esposos para —según la Iglesia católica—, dar solemnidad al matrimonio. Tenía un doble significado: la unión matrimonial simbolizada por el yugo y la sumisión de la mujer al marido —heredada de la antigua Roma—, al pasar ese sobre la cabeza de la desposada y al marido solo por los hombros. La costumbre parece haber desaparecido no solo en Extremadura, sino también en el resto de España, desde que fuera derogada en el Concilio Vaticano II (1962-1965), aunque aún se siga haciendo en casos muy puntuales. La velación consistía en cubrir con un velo a los cónyuges en la misa nupcial. Así, en Montehermoso (CC) y en Campo Arañuelo (CC), al arrodillarse ante el altar, el sacerdote ponía a los novios una especie de estola o larga banda de seda, que recibía el nombre simbólico de yugo, y cubría la cabeza de la novia y los hombros del novio. A este acto hace alusión esta canción que se cantaba en Almaraz (CC) cuando los nuevos esposos salían de la iglesia:

Cuando fuiste a velarte

esta mañana temprano,

los angelitos del cielo

bajaron a acompañarte.

En Aceuchal, Ahigal, Descargamaría y otras localidades cacereñas, ese día se reunían los familiares y amigos más allegados en casa del novio o de la novia para cantar y bailar acompañados por los sones del tamborilero, mientras daban buena cuenta de las viandas que se repartían, especialmente dulces —jeringas, coquillos, floretas, roscas…—, acompañadas de buen vino. Por la tarde, en otras se procedía al avisijo de quienes quedaban invitados a la ceremonia o al banquete, o a ambos a la vez, bien por los mismos novios por separado bien por algunos parientes, que consistía en avisar a las personas a la boda.

En Portaje (CC), la víspera, por la noche, el pregonero, en bando público, invitaba a todo el pueblo. En cambio, en Zarza la Mayor (CC) existieron unas mujeres que tenían el oficio de notificar o avisar a las personas que eran invitadas por parte del novio o de la novia al enlace de sus hijos: eran las avisadoras. Solían ir ataviadas con el traje típico zarceño, con peineta y mantilla, tradición que se mantuvo hasta el segundo tercio del siglo xx, al menos.

Cuenta Pulido Rubio (2007: 171-172) que en Montehermoso, la víspera de la boda por la noche, después de cenar, la madrina iba a casa de la novia con una compañera, que solía ser prima de la futura por parte del padre; si no la tenía, una por parte de la madre y, en último extremo, su mejor amiga. Las tres salían con sus trajes típicos domingueros. La novia llevaba un farol muy grande, adornado con madroños de lana en colores. La madrina y la compañera llevaban, en cambio, faroles más pequeños, sin adornos, pues la novia solía estrenar el farol esa noche, de ahí que recibiese el nombre de linterna de novia y estuviese muy labrado y adornado. Las tres iban por las calles avisando —invitando— a las familias y jóvenes, tanto las que asistirían por su parte como por parte del novio. Las mozas estaban pendientes de su llegada, arregladas con sus respectivas linternas, muy limpias y provistas de aceite suficiente para el recorrido[3], evitando de esa manera quedarse a oscuras en la calle, porque en aquellos tiempos el pueblo no tenía alumbrado público y los faroles eran la única iluminación utilizada para desplazarse durante la noche por la localidad. Así, las mozas se iban incorporando poco a poco a la comitiva, hasta que se reunían todas. La frase de la invitación era: «Que vayáis mañana a misa, la boa por to er día». Esta comitiva no llevaba música.

Mientras, el tamborilero salía de su casa y, tocando su atabal, se dirigía solo a casa del padrino, y, ya juntos los dos, a casa del novio, para iniciar los tres su ronda de invitaciones, en su caso a los hombres de una y otra parte. Los hombres iban con más algarabía, puesto que llevaban el tamboril y una bota llena de vino de la que bebían cada vez que llegan al domicilio de un invitado. En ocasiones, y casualmente, se encontraban por la calle ambas comitivas, que, tras intercambiar algunas palabras, especialmente relacionadas sobre si les quedaban muchas o pocas familias por avisar, continuaban su marcha por separado.

Cuando terminaban de avisar, se dirigían todos a casa de la novia, donde había dulces y altramuces para todos, mientras el tamborilero alentaba con sus sones a los presentes para que se animasen a bailar lo mejor que cada uno supiese o pudiese.

En otros lugares, como El Gordo y Berrocalejo —ambos de Cáceres—, el día antes de la boda se llamaba el día del cumplido, y los allegados de ambas partes iban a casa de la novia «portando un cántaro de aceite, una cuartilla de trigo, o de cebada o de garbanzos tapada con una toalla cuanto más guapa mejor, apuntándose lo que ofrenda cada cual, todo lo que se juntaba se llevaba a casa de los novios» (Nuevo Morales, 2004: 35). Igualmente, en Peraleda (CC), donde las allegadas y conocidas de los contrayentes contribuían con harina, azúcar, aceite y huevos para los dulces. Se llamaba a esto hacer el cumplido. Aunque, advierte Nuevo Morales, no hay que confundir este cumplido con el de El Gordo y Berrocalejo, pues se entiende que «tú a tu vez tienes que “hacer el cumplío” con las que habían tenido ese detalle contigo» cuando casaron a un hijo o una hija. Cuenta Nuevo Morales (2004: 33) que, en Talavera la Vieja —hoy bajo las aguas del Tajo—, la familia comenzaba a hacer dulces antes de la boda; así, cuando la gente empezaba a llevar el azúcar, los huevos y la harina del cumplío, podían corresponder con los dulces que ya tenían hechos por adelantado. Luego, se seguían haciendo dulces para la víspera, la boda y la tornaboda con los cumplíos que iban llegando. «En Talavera la Vieja —añade Nuevo Morales— era tal la cantidad de huevos que juntaba la familia de la boda que era imposible emplearlos todos en los dulces, así que estos huevos se vendían. Venían los “gallineros” de Berrocalejo después de cada boda y compraban a la familia los huevos que sobraban, yendo el dinero para los novios». Y concluye: «Los familiares más allegados en vez de harina, aceite y huevos hacían el “cumplío” llevando pollos y gallinas que luego se servían en el banquete».

En Grecia, los banquetes duraban hasta que se consumaran las nupcias y se proclamasen. Para estos festines los invitados traían ovejas, vino y pan, siendo degollados también y preferentemente en estas comidas de bodas. En estos festines, tan pronto como el aedo tocaba con la cítara el preludio, empezaba de nuevo la danza, haciendo cabriolas los saltarines entre los comensales.

En Santiago de Carbajo (CC), la tarde anterior al enlace tenía lugar la frenda, ofrenda que el novio hacía a su futura esposa y que portaban distintas jóvenes ataviadas con el traje típico local. Así, las tres primeras llevaban carne; las siguientes, pan blanco, golosinas y dulces; una terceras, arroz, huevos y dulces, gallos, pavos y cuanto fuera necesario para aderezar el banquete marital. La comitiva la cerraba una señora mayor, que transportaba el aceite.

Este día —es decir, el día antes de la boda— los amigos solían cantar alboradas, en unas localidades a la puerta del novio, de la novia y de los padrinos —como en la desaparecida Granadilla cacereña, donde estas composiciones eran cortas, pero agudas y picarescas—, y en otras, como Guijo de Granadilla, se incluían igualmente al cura y a los padres de los contrayentes.

La alborada del novio comenzaba:

Novio, a la novia te entrego

para que mires por ella.

Si le has de dar mala vida,

déjala que quede soltera.

Y la de la novia:

Levántate de esa cama

y ponte a considerar

lo que vas a hacer mañana,

que son cosas pa pensar.

El estribillo, tanto del novio como de la novia, decía:

Levántate, morenita,

levántate, resalada,

levántate morenita,

que ya viene la mañana.

Levántate, morenita,

levántate,

que ya es de día, que ya se ve,

que ya es hora de venirte a ver.

Igualmente, la noche de la víspera, las mujeres, acompañadas a veces por los mozos y el tamborilero, iban a cantar la alborá o arborá a los novios y padrinos.

Levanta, novia, levanta,

si te quieres levantar,

que estamos aquí tus amigas

a cantarte al alborá.

Aunque mañana te cases,

y te vayas con tu marido,

a estos tus queridos padres

no los eches en olvido.

Con el sí que dio la niña

a la puerta de la iglesia,

con el sí que dio la niña

entró libre y salió presa.

En Montehermoso (CC) también solía cantarse la alborada. Cantando al son del tamboril y con acompañamiento de panderetas y almireces, los invitados iniciaban la alborada por todo el pueblo la víspera de la boda, volviendo más tarde al domicilio de la novia para cantarle la despedida de soltera, con cantares improvisados, a veces, por ellos mismos:

Mañana por la mañana,

a esu de la misa mayol,

tu padri con mucha pena

te echará la bendición.

Después, seguía la alborada hasta la casa del novio:

A tu puerta hemus llegau

amigus y compañerus,

por ser la última noche

que te queda de solteru.

En Torrejoncillo (CC) y otros pueblos de la Tierra de Coria, solían cantar esta tonada jocosa:

Esta nochi se te cumpli

el título de soltera…

Ahora te vieni el chorizu…

más tardi la patatera…

Las referencias al chorizu y a la patatera son una clara alusión al miembro viril del varón, que, si en un principio se muestra duro y potente, con el transcurso de los años se va ablandando y perdiendo el vigor de los primeros años de casados; es decir, se ablanda como la morcilla patatera.

Tras algunos cantares, los padres del novio abrían la puerta e invitaban a los componentes de la alborada a dulces, altramuces[4] y a beber vino, lo que hacía que con tanto cantar y tanto beber a esas horas de la madrugada estuviesen todos bastante achispados. Pero eso no impedía que siguiesen cantando por las calles, hasta la casa de los padrinos y aun había mozos a los que les quedaban fuerzas para volver a la casa de los padres del novio y luego seguir hasta la hora del enlace.

El segundo día era el de la boda. En Grecia recibía el nombre de gámoi y en él se realizaba el banquete, generalmente en casa del padre de la novia, donde se reunía el novio con sus amigos y la novia, en mesa aparte, con sus compañeras. Antiguamente, en Belvís de Monroy (CC), la noche de la víspera el novio invitaba a sus amigos a una cena, mientras la novia hacía lo mismo con sus amigas. Seguidamente, ambos grupos se juntaban en un baile. ¿Recuerdo, acaso, de aquella costumbre? Después del banquete, en Grecia, los nuevos esposos eran conducidos por la ciudad en un carro tirado por caballos, mulas o asnos hasta su nuevo hogar. En el carro, la joven esposa se sentaba entre su marido y su perochos, su mejor amigo o pariente más próximo[5]. La madre de la novia y otras mujeres seguían al cortejo portando antorchas, acompañadas de bailes y coros invocando al dios Himmeneo[6] al son de caramillos, liras, flautas y cítaras. Los versos solían ser jocosos y a veces obscenos y atrevidos, pues se trataba de provocar y animar a los recién casados a disfrutar de su primera noche juntos y a ensalzar el sexo y la fertilidad. Esta costumbre griega tuvo su paralelismo, al menos con cierta asiduidad, en Santa Cruz de Paniagua (CC), donde los novios eran transportados en un carro desde la plaza donde se solía celebrar el banquete al aire libre hasta su nuevo domicilio, adonde se adelantaba un familiar para revisar el lecho nupcial, evitando así que los graciosos colgasen del catre instrumentos sonoros… Este traslado de los novios en carro se hico de modo ocasional y único en Guijo de Coria (CC) hace ya bastantes años. Cuentan que un tal tío Manuel, hombre de pocos posibles, pero de palabra fácil y envolvente, logró engatusar a una mujer del pueblo de Torremocha (CC), diciéndole que era dueño de fincas y olivares. Fue a buscarla a su pueblo natal y, según iban llegando al Guijo, el fulano iba indicando a su futura consorte: «Mira, ese olivar es mío; y aquella cerca también, y aquel huerto se lo tengo arrendado a Mengano…». Los guijeños decidieron seguir la broma al paisano y le prepararon una boda acorde con su «condición social», y entre los festejos estuvo el traslado en carro hasta el templo parroquial. Lo que nadie recuerda ya es cómo se tomó la nueva esposa la verdadera condición de su marido una vez descubrió que era más pobre que una rata… De lo que sí se acuerdan algunos vecinos es que se le dedicaron canciones para el acompañamiento, entre las que estaba esa:

De Torremocha ha venido

una mujer como un cielo

en busca de tío Manuel

que es un noble caballero…

Sixto Rivas me cuenta que en El Bronco (CC), pedanía de Santa Cruz de Paniagua, recuerdan que antaño, cuando se juntó un viudo con una soltera, le dieron una campanillada. Montaron a ambos en un carro, del cual colgaban varios campanillos, y los pasearon por el pueblo.

Igualmente, en algunos municipios extremeños, cuando se despedía a los novios, los amigos bromeaban con ellos con dichos como: «¡La noche que os espera!». En Arroyo de San Serván (BA), los invitados entraban en la casa de los desposados después de la boda y, en medio de un ambiente pícaro, no dejaban de insinuar y provocar a los novios en plan erótico, morboso y sexual. Y en Calzadilla, pueblo del norte cacereño, las mozas canturreaban el día de su boda:

¡Esta nochi, esta nochi,

esta nochi me rompin el brochi!

Los mozos le preguntaban:

¿Quién, quién, quién?

A lo que el novio contestaba:

Yo, con mi campañón,

yo, con mi campañón.

En Extremadura también se entonaban canciones tanto cuando el novio iba con su acompañamiento a buscar a la novia como cuando salían de la iglesia ya casados o cuando se iba a acostar a la pareja. Eran canciones sencillas, exentas del erotismo que tenían las griegas, aunque no faltaban algunas con cierta picardía. Así, cuando el novio y su acompañamiento —con música incluida, al igual que en Grecia— iba a buscar a la novia a su casa, en Almaraz (CC) se cantaba:

Están bordadas con oro

las sábanas de la novia,

están bordadas con oro;

se las bordó la madrina

para el día del casorio.

Sal, morena, a la ventana,

sal, morena, que te quiero ver,

para darte un besito en la boca,

que por uno te voy a dar tres,

que por uno te voy a dar tres,

que por uno te voy a dar tres,

un besito que te ha de gustar.

Sal, morena, a la ventana,

sal, morena, al verme pasar.

Y una vez casados, cuando salían de la iglesia, se les cantaba la ronda de bodas:

Ya te casaste, niña,

ya te casaste,

y de lindos amores

ya te borraste,

ya te borraste, niña,

prenda querida,

y te vas con tu novio

toda la vida.

Cuando subiste las gradas

subiste moza soltera.

ahora las bajas casada,

por muchos años sea.

¡Ay, si voy, ay, si voy, ay, si voy,

qué besito en la boca te doy!

¡Ay, si voy, ay, si voy, ay si fuera,

qué besito en la boca te diera!

En el cacereño Campo Arañuelo, los mozos lanzaban huevos a los novios al salir de la iglesia. Era una forma gráfica de propiciar la maternidad de la novia y el potencial genético del novio, puesto que el huevo es tenido como símbolo de vida; de ahí la costumbre cacereña «de hacer ingerir grandes cantidades de huevos a los hombres para que no desfallezcan en sus contactos sexuales» (Domínguez Moreno, 1987: 103).

Mientras, en Roma, las matronas seguían al espectáculo desde el vestíbulo de sus casas, tal y como hacían antiguamente en los pueblos las curiosas vecinas al paso del cortejo nupcial. Y ya en la casa del novio, la madre de este recibía a su nuera con una antorcha encendida. Tal vez como rememoración de esta costumbre romana, en Almaraz y El Gordo —localidades cacereñas—, la suegra recibía a su nuera en la puerta de la casa para reconocerla como tal:

Salga la madre del novio,

un poquito más afuera,

a recibir a su hijo

y a reconocer a su nuera.

Tanto en Grecia como en Roma, la puerta de entrada a la casa estaba untada con grasa de cerdo y aceite y adornada con cintas de lana, con coronas y guirnaldas. Tal vez como recuerdo de esta tradición, la víspera de la boda, en Descargamaría (CC), se ornamentaban el dintel y los laterales de la puerta de los novios, primero la del mozo y luego la de ella, con ramas de madroños y con flores. En Roma, antes de entrar en la casa, el marido peguntaba a su consorte cómo se llamaba y ella respondía: «Ubi tu Gaius, ego Gaia» —«Donde tú Gaio, yo Gaia»—. Entonces, los que la acompañaban la levantaban en pulso para que no pisase el umbral de la puerta, lo que se tenía como señal de mal agüero, de ahí la costumbre de que el recién casado coja en brazos a su consorte para entrar en el tálamo nupcial. En Casares de Las Hurdes (CC), esta noche anterior a los esponsales, las amigas de la novia le confeccionaban un ramo hecho de laurel y adornado con citas y rosquillas como símbolo propiciatorio de fertilidad, y que precedería el cortejo nupcial camino de la iglesia. Igual objetivo —el de propiciar la fertilidad— tenía la costumbre de arrojar granos de trigo sobre los recién casados en Las Hurdes —como el lanzamiento de arroz en las bodas actuales—. Escribe Domínguez Moreno (1987: 102-103) que en el primer tercio del siglo pasado las madres introducían en el dobladillo del vestido de la novia algunos granos que previamente habían sido rociados con agua bendita. «Llegada la noche, la recién casada sacaba los granos de la bastilla y los sembraba en un recipiente sin estrenar. Si la semilla agarraba era prueba de que la novia estaba preñada o que lo estaría en breve tiempo». Y añade que la costumbre guardaba ciertos parecidos con los jardines de Adonis que en Europa y Oriente se sembraban en honor de este dios como encantamientos capaces de despertar la fertilidad de las mujeres.

Todo este simbolismo aparece reflejado en la costumbre que hasta la década de los años veinte pervivió en ciertos pueblos hurdanos como Casares de Las Hurdes, en algunas alquerías de la zona alta del río Jurde o en Caminomorisco. En estos pueblos, bien el mismo día de la boda o en el día de la tornaboda, el nuevo matrimonio era enganchado al yugo de un arado para que trazasen algunos surcos en las tierras comunales. De gañán actuaba el padrino, que forzaba sobre la mancera para hacer más dificultosa su labor. Acción destinada, tal vez, a propiciar la fecundidad tanto de la desposada como a favorecer la abundancia de bienes que asistiría al nuevo matrimonio.

Este rito del arado quedó plasmado en esta canción que corría por las Tierras de Granadilla cacereñas:

El novio y la novia

se van a casar;

cogen el yugo

y se van a arar.

Es esa una costumbre heredada de los orientales. Sin embargo, otras culturas antiguas también siguieron rigurosamente este rito, aunque con características especiales. Los griegos por ejemplo, arrojaban harina y dulces; en la India, granos de cebada; en algunos pueblos del Mediterráneo, frutos, y nueces —como en Roma—, y en la Inglaterra del siglo xviii, granos de trigo. Así, el arroz sobre los novios era una manera de desearles que tuvieran muchos hijos y panes en su mesa; es decir, fertilidad y abundancia.

La cámara nupcial estaría igualmente adornada; de ello se había encargado el novio. Esta costumbre parece tener su paralelismo con otra que antaño hubo en Las Hurdes cacereñas. Según escribe González Hinojo (1994: 38), el día de la víspera, que era empleado por el novio para hacer el rejollijo o rejollino, un colchón elaborado con helechos y hojas de maíz que regalaba a su futura esposa y que serviría como tálamo nupcial. «Aunque —añade— apenas se recuerda esta costumbre, su nombre se ha perpetuado en algunas aldeas, designando actualmente al día de la ˝víspera˝».

Y antes de partir el cortejo hacia la iglesia, en Santibáñez el Bajo (CC) los novios se hincaban de rodillas ante sus padres para recibir su bendición. Igual sucedía en Montehermoso (CC). Aquí, mientras la madrina y la servilla se dirigían solas a casa de la novia, el padrino y el tamborilero se encaminaban a la del novio. Una vez allí, el padrino se quitaba el sombrero mientras el padre de aquel lo bendecía puesto de rodillas sobre una manta tendida en el suelo del patio de casa, con estas palabras: «Que Dios te jaba bien casau». Entonces, el novio se levantaba y se santiguaba, al igual que el padre, y ambos, con el padrino y el acompañamiento, se dirigían a casa de la novia al son del tamboril. Una vez en ella, el padrino y el novio se quitaban el sombrero, quedándose en la misma puerta, sin entrar, mientras el padre de la futura desposada la bendecía con las mismas palabras que había utilizado el padre del novio. Luego, se iniciaba el camino hacia la iglesia. En el cortejo, el padrino y el novio marchaban delante; la novia, la madrina y la servilla, detrás, pero delante del acompañamiento; detrás de la novia y de la madrina marchaba una tía carnal del novio y otra de la novia, provistas de un hachero cada una, donde encendían cirios tras la ceremonia, momento en que el sacerdote y un monaguillo se acercaban donde estaban las tías carnales con los hacheros y aquel cantaba responsos por los difuntos de ambas familias. En las localidades cacereñas del Campo Arañuelo, los novios también contaban con cirieros o hacheros que, además de alumbrar a los novios durante el rito de la velación, situándose a los lados de ellos, se ocupaban de repartir tabaco a los invitados, mientras las hamayeras sacaban las bandejas de los dulces durante el baile de la manzana. Por cierto: la manzana estaba consagrada a Afrodita, diosa del amor conyugal y, por tanto, del matrimonio.

Al hablar de la influencia de los antepasados en la fecundidad, escribe Domínguez Moreno (1987: 100-101) que los cereruh o jacheruh eran los encargados de llevar y de proveer de las velas necesarias en la ceremonia nupcial. «Entregaban varias a la novia para que esa las colocara encendidas en el “candeleru” familiar, que por tradición ocupaba un sitio sobre la tumba de sus antepasados». Era considerado de mal augurio, siempre relacionado con la fecundidad, que alguno de los cirios se apagara durante la ceremonia. Y acabada la misa —como era el caso de Montehermoso—, el sacerdote se acercaba al lugar de las luminarias, donde ya estaba la novia con sus familiares y rezaba unos responsos por «loh difuntuh de la casa[7]». Y allí mismo la recién casada recibía las primeras felicitaciones, distintas de las clásicas noragüenas que se daban a la puerta de la iglesia. Las frases que le dirigían estaban todas ellas destinadas a favorecer la fecundidad: «Que loh conozamuh [a los hijos], por los que no pudun»; «Que venga unu por ca unu de loh que se juerum»; «Que llegemuh a veiluh anti de dilmuh pal bochi; «Que Dio lo jaga paecíu al agüelu, qu’en gloria ehté»…Y concluye diciendo que el pasado de la novia por la tumba de sus muertos durante la ceremonia nupcial, «así como los responsos y las ofrendas de velas, hay que verlos como una imposición a los antepasados para que actúen a favor de ella y la hagan fecunda». Pero esta costumbre parece estar relacionada con los primeros tiempos de Grecia y Roma que tenían exclusivamente una religión doméstica. En cada casa había un altar donde se adoraba a los antepasados y los dioses familiares. El padre era entonces el que ocupaba el lugar de sacerdote y, por lo tanto, debía cumplir el rito de entregar su hija al novio. Con este rito que se realizaba en el hogar de la novia comenzaba la ceremonia del casamiento. El padre ofrecía un sacrificio a los dioses domésticos y pronunciaba una fórmula sacramental declarando que entregaba a su hija. Esta declaración era absolutamente indispensable para desligarla de sus lazos familiares, que eran nada menos que vínculos religiosos. De esta manera, podía entrar con total libertad en el hogar de su marido para adorar a otros dioses.

En este segundo día, en Roma, y en todos los actos del rito matrimonial, la futura esposa era asistida por la prónuba —una matrona casada una sola vez—. El acto se empezaba consultando los auspicios y, si la respuesta era favorable, quería decir que los dioses favorecían la unión. Terminada esta parte, tenía lugar la firma del contrato matrimonial —las tabulae nuptiales— delante de diez testigos; después, la prónuba ponía las manos derechas de los esposos una encima de la otra y con esto los contrayentes se comprometían a vivir juntos. Concluidas estas formalidades, se procedía al banquete nupcial en la casa de la novia, con la participación de familiares y amigos. Y más tarde se producía la deductio, una simulación de secuestro de la novia por parte del novio. La joven se refugiaba en los brazos de su madre mientras él fingía que se la quitaba. Esta simulación de arrebatamiento aludía al rapto de las sabinas, cuando Rómulo —fundador y primer rey de Roma— y sus compañeros tomaron como esposas a mujeres de la tribu de los sabinos recurriendo a la fuerza bruta. Luego se iniciaba el cortejo que habría de conducir a la desposada a casa de su marido. La acompañaban tres niños que tuviesen a sus padres aún vivos. Dos de ellos iban al lado de la novia, mientras el tercero les precedía con una antorcha de espino. El séquito portaba teas encendidas, mientras clamaban a Thalasse, una de las deidades protectoras del matrimonio, y declamaban versos, la mayoría de carácter erótico y atrevido como acontecía en Grecia. Mientras, el novio se había adelantado para llegar antes a su casa, donde recibía a su esposa, quien le ofrecía fuego y agua.

En Peraleda (CC), iban las amigas a buscar a la novia, mientras los padrinos daban a los invitados un desayuno de chocolate y dulces a los invitados. Luego iban a buscar al novio y más tarde a la novia. Y todos se dirigían a la iglesia para celebrar los esponsales. Y finalizados esos, se firmaba el acta matrimonial y los novios recibían las felicitaciones en la puerta del templo, al igual que ahora sucede. Más tarde, los invitados se dirigían a casa de los padres del novio o de la novia —según por quiénes hubiesen sido invitados— para la comida o refresco. En Navalvillar de Pela (BA) hacían las comidas en casa del novio, y en cada comida se daba a cada invitado un buñuelo para llevárselo a su casa.

A la salida de la ceremonia, en Santiago de Carbajo (CC), la comitiva se dirigía a casa de los recién casados, donde se mostraba a los presentes la dote aportada al matrimonio por ambos contrayentes. Después, esos se situaban cerca de la alcoba —u oficina— para recibir los cumplidos y los regalos antes de ir al baile que precedía a la comida. Luego, los novios y el acompañamiento se trasladaban a un bar a tomar café y más tarde de nuevo al baile, que era únicamente para los invitados, hasta el anochecer, cuando podía acudir a bailar quien lo desease. Ya casi de madrugada tenía lugar la serenata a los recién casados, que duraba hasta que esos se levantaban para obsequiar a los rondadores.

Al concluir la primera comida del día de la boda —que invariablemente tenía lugar en casa del novio— se cantaba una tonadilla, acompañada de tamboril y flauta, amén de con cucharas, tenedores, cuchillos, vasos y otros utensilios de mesa, que se conocía como de levantar los manteles. Comenzaba así:

Levántense los manteles

y las cucharas de plata;

iremos a buscar la novia,

que es un ramo de albejaca.

¡Qué bonita está una rosa

en el jardín colocada!

Más bonita está la novia

hoy a la mesa sentada.

Cancioncillas que no olvidaban a los padrinos… y al cura:

¡Vivan la novia y el novio,

y el cura que los casó;

y el padrino y a la madrina

que a la iglesia los llevó.

En Garrovillas (CC), todos juntos se dirigían a casa de los padres del recién casado, donde el padrino del enlace se colocaba frente a la puerta y, descubriéndose ampulosamente, pronunciaba un breve discurso, que era aplaudido con ferviente entusiasmo por los presente y en el que, como escribe Marcos de Sande (1946: 453) no podía faltar este remate: «Agraezu la fineza de habel acompañau a mi ahijau; pasin ustés a convialsi; he dichu». Ya dentro de la sala del banquete, para, finalmente, «en fila de uno en fondo», ir pasando por la cabecera de la mesa para dar la enhorabuena a los recién casados.

En Portaje (CC), una vez terminado el enlace, era la hora del refresco; es decir, del refrigerio que los padres de los contrayentes ofrecían a sus invitados[8]; solía consistir en dulces —los típicos coquillos y floretas—, altramuces y vino. El sacerdote oficiante tomaba leche o chocolate. Durante la colación, el novio y el padrino repartían cigarros entre los asistentes. Y, una vez familiares e invitados dejaban al sacerdote en su casa, recorrían los bares del pueblo hasta la hora de la comida, que solía realizarse a la sombre de una calle, donde algunas mujeres habían colocado mesas al efecto.

El comienzo de la comida era anunciado con toques de campanas y los invitados se iban acomodando a una y otra parte de la larga mesa, provistos de sus propios cubiertos y su silla, si querían sentarse. Los novios, en cambio, comían en una casa próxima, en compañía de sus familias. En un segundo turno comían las mujeres que sirvieron las mesas. Los amigos del novio que escanciaron el vino durante el banquete y el tamborilero lo hacían con las amigas de la novia.

Una vez terminada la manducatoria, los novios, los padrinos y los nuevos consuegros se disponían a recibir los parabienes y regalos. La madrina, con una bandeja, y empezando por un extremo de la mesa, iba pasando de comensal en comensal para que cada cual depositara, en metálico, lo que quisiera, o lo que a él le dieron antes, porque en los pueblos extremeños —y Portaje (CC) no era una excepción— eso se tenía, y aún se tiene, muy en cuenta; y no solo para las bodas, sino también para los bautizos, comuniones e incluso en lo tocante al peculio que se pueda dar a las familias donde ha habido alguna muerte, para misas o responsos. A la madrina la acompañaba el novio, que iba invitando a tomar café y licores a sus amigos más íntimos y a quienes depositaban más dinero en la bandeja. Esta convidada se hacía en un bar previamente designado. Y mientras los convidados se reunían en el bar, los recién casados contaban el dinero recaudado; luego, el novio se sumaba a los familiares y amigos y allí permanecían hasta aproximadamente las 6:00, que era la hora del tálamo.

En Montehermoso (CC), después del enlace, la comitiva se encaminaba a casa del novio para desayunar y allí se quedaban el novio, la novia, los padrinos y los invitados del novio, mientras los invitados de la novia, acompañados por el tamborilero, se dirigían a casa de ella. Luego, el tamborilero regresaba a casa del novio porque era allí donde estaban los recién casados. Y terminado el almuerzo, se dirigían todos a bailar a la plaza, hasta la hora de la comida, momento en que los invitados de una y otra parte volvían a distribuirse, al igual que en el desayuno. Terminada la comida, todos los invitados —los de una y otra parte— se dirigían juntos al domicilio conyugal. Allí, mientras unos examinaban el ajuar[9] y el tamborilero tocaba sones de la tierra, otros, los más íntimos de la pareja, se atrevían a deshacerles la cama acostándose en ella —como en Peraleda de la Mata y todo el Campo Arañuelo cacereño—, o a sacar la bacinilla y echar en ella vino y buñuelos de rueda simulando otra cosa. A todos los que se atrevían a realizar estas bromas, u otras, el padrino los castigaba imponiéndoles una multa en metálico, con el fin de recaudar fondos para los recién casados. Claro que la noche de bodas solía ser de lo más incómodo para el nuevo matrimonio, pues, aparte de las posibles bromas, no dejaban de darles serenatas —como en Aceuchal (BA)—, en las que el novio tenía que salir a la ventana a dar aguardiente a los mozos, bastante bebidos por cierto, si no querían que hiciesen algún estropicio, ya que en algunos casos hasta rompían las puertas de la ventana. Ello dependía (De la Hiz Flores, 1981: 139) «de lo bruto que huera sido el novio en fechas similares». Algo semejante sucedía en Arroyo de San Serván (BA), donde el novio podía pasarse toda la noche en la ventana porque no dejaban de llegar invitados. En Navalmoral de la Mata (CC), cuando los padrinos consideraban que ya era hora de que los novios fueran a acostarse, el padrino decía a cuantos estuvieran en el baile: «¡Vamos a acosar a los novios!», y todo el acompañamiento seguía detrás de los recién casados hasta su nuevo domicilio. Aunque a veces se les rondaba, y los rondadores no cejaban en sus músicas hasta que los novios, como en otros lugares extremeños, no se levantaban a convidarles con dulces y aguardientes.

En Ahigal (CC) era costumbre hacer sonar la cama de los novios colgando esquilas y cencerros colgados del catre:

A eso de la media noche

mi novia se vino a mí

y sonaban las campanillas

con el din dilindín dilindín.

Luego, los invitados salían a girar una vuelta por las calles al son del tamboril, de panderetas y castañuelas, y bailando en las plazoletas que encontraban a su paso. Más tarde volvían a la plaza para seguir bailando hasta la hora de la cena. Mientras la gente estaba bailando, era costumbre en Montehermoso que algunos amigos entretuviesen al novio con algún pretexto, mientras otros cogían a la novia y la escondían sin que nadie se diera cuenta. De esta manera, los mozos y las mozas abucheaban al novio por dejar que se la raptasen. El novio aceptaba la broma de buen grado y accedía a invitar a los mozos a alguna copa como condición para que se la devolvieran. Y como la misión de la compañera era no dejar sola a la novia, también solían esconderla con ella. De esta forma también se reían de su novio, si es que lo tenía. Esta costumbre montehermoseña guarda paralelismo con la costumbre romana de intentar arrancar a la novia de los brazos de su madre, que recordaba el rapto de las sabinas al que se aludió más arriba.

Después venía la cena y, concluida esta, los novios, los padrinos y la compañera se iban a casa de los recién casados. Y una vez dentro cerraban bien las puertas y ventanas, evitando así que algún gracioso se colara sin ser visto y les diera algún susto o les gastase alguna broma pesada. Tranquilos ya, el padrino contaba el dinero recaudado con las multas que hubiera impuesto a los mozos por sus bromas. Mientras, los invitados seguían en el baile hasta altas horas de la madrugada. Después, iban todos a la puerta de los recién casados para cantarles el encierro, estrofas que solían improvisarse allí mismo.

A esta puerta hemos llegado

todos con mucha alegría

pa dali las guenas nochis

a los novios de este día.

Ábríme la puerta, señora María,

ábrime la puerta, ramu de alelías.

Si mos queréis ecuchar

abril al puerta un poquinu

pa darmus las guenas nochis

con un tragu de vinu.

Tanto en esta estrofa como en otras que pudieran inventarse sobre la marcha, el tema principal era insistir en que abriesen la puerta para entrar a tomar algo. Los novios, los padrinos y la compañera se hacían los remolones hasta que consideraban que ya les habían hecho esperar bastante. Entontes, dejaban entrar a los latosos y les ofrecían vino, dulces y cigarros. Y hubo ocasiones en que estos mozos se hacían los remolones, impidiendo que los recién casados pudieran acostarse, ya que les daban la pelma hasta la madrugada.

En Peraleda, tras el convite, los novios también recorrían el pueblo acompañados de la música, los padrinos, las hamayeras y los invitados, solo que en esta localidad cacereña era para recoger los regalos en especie que les ofrecían los vecinos, especies que acarreaban en caballerías adaptadas al efecto. Esta costumbre recibía el nombre de ir de rosca. «La gente, al oír las esquilas de las caballerías, se asomaban a la puerta y le decían a la novia que se acercara, que le iban a dar una cuartilla de trigo, de cebada o de garbanzos» (Nuevo Morales, 2004: 41). A la vez, una hamayera llevaba un cesto donde depositaban el dinero en metálico que, además del grano, les daban algunos vecinos. Este obsequio de las roscas lo daba todo el mundo, aunque no fueran allegados ni hubiesen sido invitados a la boda, pues como en Peraleda todos se conocían, no solía quedarse nadie sin obsequiar a los novios. Después de las roscas tenía lugar la comida y, tras descansar un poco los mayores —no así los jóvenes, que se iban a hacer fiesta a la casa de los recién casados para no dejarles echarse a siesta—, se procedía al baile de la manzana, que tenía lugar sobre las 5:00 o las 6:00 de la tarde en un rellano o plazuela cercana a la casa de la novia.


Este baile era muy tradicional en la comarca cacereña del Campo Arañuelo, aunque no solo en él. Para su ejecución se pinchaba en un tenedor una manzana, sobre la cual se hacían unos cortes para que los invitados fuesen incrustando monedas, y si eran billetes, se doblaban y pinchaban en ella con un alfiler, aunque, en los últimos años que se hizo este baile, la manzana fue suprimida y el dinero depositado directamente en un cesto, sin sobre ni nada, por el invitado, que luego bailaba una jota con la novia, acompañándose de guitarras y bandurrias, después se presentaba otro y hacía lo mismo, y así sucesivamente. En Peraleda (CC), sobre la mesa se colocaba el cesto de costura de la novia, y en Valdehúncar (CC), una caja de espejo.

Finalizado el baile, la familia se juntaba a contar con los novios el dinero que se había recaudado, y al terminar, uno de los allegados salía a la puerta y decía: «Los novios han juntado tanto dinero».

Luego había baile y cena, aunque en Valdehúncar no se daba cena y los festejos terminaban con el baile de la tarde. Y tras la cena, otra vez había baile, que duraba hasta que los padrinos decían lo de «¡Vamos a acostar a los novios!». En ese momento, invitados y guitarreros los acompañaban hasta la nueva casa. Era entonces cuando se cantaba:

Vecinas murmuradoras

que vivís en esta calle,

aquí sus traigo un rosa

no deshojada por nadie.

«Cuando se despedía de sus familiares a la puerta de su nueva casa, la novia lloraba desconsoladamente, pareciendo mal si no lo hacía (Nuevo Morales, ibíd., pp. 42-43)». Luego, los mozos se retiraban para seguir la fiesta, aunque más tarde volvían a rondar a los novios para que saliera a convidarlos.

En Navalvillar de Pela (BA) se hacía igualmente el baile de la manzana, consistente en que los familiares y amigos aportaban nuevas cantidades para los recién casados, cantidades que eran apuntadas escrupulosamente. En los bailes, el mozo, antes de iniciar la danza, dirigía a la moza en cuestión una copla como esa:

A tus plantas me arrodillo

con mucho dolor y pena,

si quieres que me levante,

dame la mano, morena.

La solicitada se la daba e iniciaban el baile.

En Ahigal (CC), como en otros pueblos citados, tras la ceremonia se iba a comer, a rondar o a bailar por las plazuelas del pueblo, siempre con acompañamiento de música y cantos. Y por la noche, una vez concluida la cena, se cantaba la canción de la manzana —recordando que antaño el dinero entregado a los novios en monedas se clavaba en una— y la cantilena del águilo, que las mozas solteras cantaban a la recién desposada en señal de despedida:

Águilo que vas volando

y en pico llevas hilo,

ya te vas de nuestro bando

vivir con tu marido.

Igualmente, en Alía (CC), por la tarde, tenía lugar en la plaza del pueblo lo más típico de sus bodas: el baile de la manzana, que reunía a gran parte del vecindario, durante el cual la novia permanecía sentada con una manzana ensartada en un tenedor y las parejas iban clavando monedas en ella. Cuando se ejecutaba la manzana se hacía un corro alrededor. El primero que daba la manzana era el novio, que bailaba con la novia. Después, seguían los padres de los novios y, finalmente, los invitados. Al acabar la manzana, se iban al baile del salón a esperar la hora de la cena. Todo este ir y venir a los contrayentes se amenizaba con música.

En Peraleda de la Mata (CC) también tenían su baile de la manzana, que no difería en casi nada en relación con el de otras localidades, e igualmente tenían sus coplas concretas para el baile. He aquí una de ellas:

Esos dos que están bailando

los dos me parecen bien,

ella me parece una rosa

y él me parece un clavel.

En la localidad cacereña de El Gordo se celebraba igualmente la manzana, y, a la hora de entregar el dinero recaudado en el baile, un allegado por parte del novio y otro por parte de la novia llevaban la contabilidad del caudal entregado, por separado, a cada uno de los contrayentes.

En Guijo de Granadilla (CC), al concluir el banquete nupcial, un muchacho joven se colocaba delante de la mesa de los novios con una manzana pinchada en una pica y, acompañado por un coro de mozos y mozas, comenzaba la interpretación de un canto de alabanza a los contrayentes, a los padrinos y a los invitados, con la finalidad de estimular a estos para que fueran generosos en el regalo que iban a dar a los recién casados. Era el canto de la manzana, que comenzaba así:

Mira, novio, a tu mesa,

mírala de arriba abajo,

mira que tiene en ella

los padres que te han criado.

Mira, novia, mira tu mesa,

mírala de abajo arriba,

mira que tienes en ella

a toda la tu familia.

«Una vez comenzado el canto los convidados se iban acercando al mozo que tenía la manzana pinchada en la pica y que golpeaba la cantonera de la azagaya reiterada y rítmicamente contra el suelo mientras interpretaba la canción, y clavaban los duros de plata en la carne de la manzana hasta que esa estaba llena por completo, momento en que era sustituida por una nueva, a la que se le volvían a clavar los duros o las pesetas de canto en su pulpa, o los billetes con alfileres, hasta que todos hubiesen pasado ante los novios a dar la ofrenda» (T. M. Camisón, 2007: 146-148).

A veces, la letra del canto incluso podía ser incisiva y crítica si los intérpretes notaban que determinado vecino iba a mostrarse tacaño a la hora de aflojar la bolsa.

Echa mano a la bolsa,

cara de rosa;

echa mano al bolsillo,

cara de pillo;

echa mano al bolsón,

cara de ladrón.

En las bodas Valdecaballeros (CC), según Rodríguez Pastor (1985: 65), el baile más importante era el de la manzana. En el local donde se efectuaba el baile, a una hora determinada, los novios y los padrinos se sentaban en una mesa sobre la que se colocaba una bandeja. En ese momento los músicos tocaban solo jotas, bahcorridoh y pasodobles y «los que habían asistido a la boda se acercaban a la mesa, sacaban a bailar al novio o a la novia, según los casos, y, tras bailar unas vueltas dejaban en la bandeja el dinero de “la manzana”». Acción que, como en otros lugares extremeños se denominaba bailar la manzana.

Después de los parabienes de cuantos habían asistido a la ceremonia nupcial y al banquete, en Las Hurdes cacereñas venía la conocida como ronda de bodas, que, mientras en Almaraz (CC) era un canto dedicado a la recién casada a la salida de la iglesia, en El Cerezal hurdano hacía referencia al reparto de tabaco y altramuces que el cortejo nupcial, encabezado por los novios y padrinos, realizaba por todo el pueblo y en la pedanía de Casares los invitados la recorrían distribuyendo entre el vecindario comida y vino. En ambos casos, el cortejo recibía a cambio aceite, patatas, trigo, centeno… Seguían a continuación los bailes, amenizados por el tamborilero, con flauta y tamboril, y a veces con acompañamiento de castañuelas.

El regalo de boda que se otorgaba a los recién casados también era conocido como la espigá o la espigaúra. Pero, asimismo, es una danza nupcial que se sigue celebrando en algunas alquerías de Las Hurdes el día de la boda, después de la comida, y que guarda paralelismo con la conocida como tálamo. Se baila al son de la gaita y el tamboril, aunque a veces los bailadores se acompañan de castañuelas. «Prácticamente participan en ella todos los invitados de la boda, los cuales se dirigen a espigá a los recién casados, que son llamados todavía ‘novios’ mientras no transcurra dicho día. Por ello, se oye decir a la gente: ‘Díminuh fuendu a ehpigá a loh noviuh’ (Vamos a espigá a los novios)» (Raíces. Tomo I. El folklore extremeño, 1965: 119-120). La danza se realiza dentro de un recinto cerrado, presidido en plan jerárquico por los padres de los novios, los padrinos, los tíos carnales… y se prolonga durante horas, dependiendo esta duración de los invitados que acudan al enlace, por lo cual los recién casados acaban agotados, pues no les queda otro remedio que bailar con cada pareja de invitados que se acerque a espigá. Antiguamente, los invitados bailaban llevando en sus manos una muestra simbólica de lo que se regalaba a los novios: un celemín de centeno, un puchero de aceite, un pedazo de jabón casero, una cesta de castañas… Esta danza tenía un ritmo solemne y algunas letras dicen así:

De la buena parra

sale el buen racimo;

de buena familia

lleváis el padrino.

Lleváis el padrino,

también la madrina,

ramito de rosas,

ramito de lilas.

Precisamente, en Tejeda de Tiétar (CC), el baile de la espigá se interpretaba antiguamente junto a un olivo centenario. «Estas curiosas jotas en torno a determinadas especies vegetales parecen manifestarnos que no sería un error el relacionarlas con las danzas de la fertilidad, las mismas danzas ejecutadas con motivo de la erección de los mayos en muchos puntos de la Península» (Domínguez Moreno, 1987: 100).

El regalo de boda que se otorgaba a los recién casados también era conocido como ofertijo u ofrecijo, que solía consistir en dinero, enseres domésticos y productos del campo —semillas—, entrega que solía hacerse en público y por lo general acompañada de cantos y de bailes del que ofrecía con el contrayente del sexo opuesto. Solo que en algunos pueblos extremeños también existían ofrecijos destinados a algunos santos o vírgenes el día de su festividad, como se verá más adelante; obsequios que eran subastados posteriormente y el dinero conseguido ingresado en las arcas eclesiales.

Estas ofrendas o dádivas que los invitados hacían a los novios recibían también el nombre de tálamo. En Portaje (CC), por ejemplo, y a tal efecto se colocaban en una plaza cuatro o cinco mesas repletas de coquillos, floretas, altramuces y sandías y las sillas donde se sentaban novios y familiares. Era el momento de los regalos y se hacía de la siguiente forma: familiares y amigos, con música de tamboril, iban a las casas de los padres, tíos y primos hermanos, que daban una o más fanegas de trigo, según su economía; fanega o fanegas que eran trasladadas a hombros de ellos mismos y depositadas en una manta que estaba tendida en el suelo. Otros familiares y amigos suministraban solo cuartillas[10] que, sin acompañamiento musical, eran transportadas al tálamo por muchachas ataviadas con el típico refajo extremeño. El trigo se iba introduciendo en sacos que, una vez llenos, se apilaban junto con los ya depositados en la manta.

Una vez concluida la entrega del trigo, los desposados y sus familiares ocupaban su puesto en las mesas. Quien quería bailarles algo a los novios elegía pareja y, tras ejecutar la jota extremeña correspondiente, depositaba su regalo en una bandeja. Lógicamente, los más solicitados eran los novios.

Al día siguiente, los primos, amigos íntimos y algunos invitados especiales iban a casa de los novios a tomar el chocolate que la madrina y la novia tenían preparado. Y era tradición arraigada que, mientras tomaban la colación, hubiera atadas juntas dos fanegas de trigo, por si alguno de los asistentes se animaba a cargárselas al hombro sin ayuda. El que lo lograba, se ganaba un puro, regalo del novio.

En Santibáñez el Bajo (CC), después del enlace, el cortejo nupcial, precedido por los novios y el tamborilero, recorría las calles del pueblo pidiendo la maná. El vecindario solía entregar, como en otros lugares, dinero y productos del campo. A cambio, a los donantes se les ofrecía vino, altramuces y tabaco. Igualmente, era típico en Santibáñez entregar la lonja al sacerdote celebrante: unas mazas de carne y unas tortas de pan, ensartados en un largo pincho de hierro forjado, adornado con flores.

En Montehermoso (CC), al día posterior a las nupcias, y durante los siguientes, los familiares acudían a casa de los padres de los novios a llevarles la maná o dote para los recién casados. En el caso de los tíos carnales, la maná era de media janea —fanega— de trigo, un cuartillo de garbanzos y 14 o 15 reales en metálico. Las amistades o vecinos obsequiaban con un cuartillo de garbanzos, duros o blandos; si eran duros, los usaban para la siembra, y si eran blandos, para la olla. Otros solo entregaban algo de dinero. Al contrario de lo que hoy sucede, los obsequios nunca se entregaban en la mesa del banquete, sino después de la boda, en casa de los padres del novio o de la novia, dependiendo de quién hubiera partido la invitación. Las madres de los novios obsequiaban con dulces y un puñado de altramuces a quienes tributaban con la maná.

En Portaje (CC), cuando el baile del tálamo concluía, y por tanto, también los regalos, madrina y novia invitaban a cuantos concurrentes quisieran degustar los productos colocados sobre las mesas, mientras familiares y amigos trasladaban las fanegas depositadas en la manta a casa de los novios, donde, igualmente, ponían vino y dulces a disposición de quienes colaboraban en el transporte. Luego se procedía a pedir la maná por las casas del pueblo, con objeto de recaudar dinero o especies para el nuevo matrimonio. A este acto asistían quienes hubieran concurrido al tálamo, candando las típicas canciones de boda. Unas familias entregaban dinero, pero lo más tradicional y generalizado era dar un celemín o un cuartillo de trigo. Por supuesto, los recaudadores no olvidaban la garrafa de vino.

En otros pueblos cacereños, como Santibáñez el Bajo o Guijo de Granadilla, el baile o danza del tálamo estaba igualmente relacionado con los ritos nupciales.

Sin embargo, en determinadas localidades, el ofertijo, ofrecijo o tálamo se hacía a un santo o santa, o a la Virgen. Así, en Pescueza (CC), el tálamo se sigue celebrando el 15 de agosto, día de la Asunción de la Virgen, tradición que se perdió durante algunos años y ha sido recuperada nuevamente. En ella se conmemoran los esponsales de la Virgen. Por eso todas las bodas del pueblo eran posteriores a esta fecha, ya que, según la costumbre, la primera boda del año debería ser la suya. En la plaza Mayor de la localidad tiene lugar un acto popular durante el cual se realizan cuatro ofrendas a la imagen de la Virgen con productos de las cosechas del año y se baila una jota con cada ofrenda. Anteriormente, cada dedicatoria era subastada y los beneficios pasaban a la parroquia, pero ahora la ofrenda se reparte para todo el pueblo.

En Torrejoncillo (CC), la fiesta del tálamo se celebra el primer domingo de septiembre, y, al igual que en Portaje (CC), tiene su fundamento en el casorio de la Virgen, a cuya imagen, colocada sobre una mesa en la plaza, ofrendan los torrejoncillanos determinados productos, que reciben el nombre de maná. El sábado, las prioras o mayordomas recorren el pueblo anunciando que es la víspera, para que sus convecinos vayan preparando los regalos de la Virgen. Y en la tarde del domingo sale la comitiva en larga fila desde la casa de las prioras. Las mujeres llevan sobre sus cabezas cuartillas llenas de trigo, mientras que los más pequeños portan cuartillas o pequeñas alforjas. Llegados que son a la plaza, cada cual hace una genuflexión ante la Virgen, colocada sobre una mesa, y se vuelve a casa a casa de una priora a descargar el grano.

En Guijo de Coria, el tálamo es un baile que en esa localidad del norte cacereño se conoce como del tirurí. En este baile, amenizado por el tamborilero, los anderos —jóvenes de ambos sexos que han cumplido 21 años— comienzan a bailar entre sí ante la imagen de la Virgen de la Asunción —15 de agosto— o del Sagrado Corazón —el domingo más próximo a esa fecha—. Mas, si alguien —familiar o no— quiere participar en la danza, puede requerir un baile al andero o andera de su elección, previo pago de una cantidad en metálico —la maná[11]— que deposita en un cesto colocado a los pies de la imagen ante la cual se celebra el baile. Igualmente, estos jóvenes salen por las calles de la localidad pidiendo la maná, que los vecinos dan en metálico o en especies. Todo ello, junto con el dinero recaudado en el tirurí, pasa a engrosar las arcas eclesiásticas como aportación a sus necesidades.

En Casas de Don Gómez (CC), el ofertorio a la Virgen tiene lugar el segundo domingo de octubre.

El tercer día de esponsales, epaílía en Grecia —tornaboda en Extremadura— se despertaba a los recién casados con una serenata y se les agasajaba con toda clase de obsequios por parte de los parientes, donde no faltaban algunos con representaciones eróticas —en Arroyo de San Serván era costumbre que la madrina de boda les llevara el desayuno a la cama; en otros era la madre de la novia—. Ese día los griegos hacían una comida en la casa del padre del novio o en la del mismo novio en la que solo participaban los hombres. Después del festín, empezaban de nuevo las danzas y las cabriolas de los bailarines. Y, finalmente, se hacían públicas las nupcias, ya que el resto de la comunidad debía conocerlas, «aparte de por el puro aspecto folklórico y festivo» (Carlos Espejo). Se corresponderían con nuestras desaparecidas amonestaciones[12], que en algunas localidades del Campo Arañuelo, como Peraleda de la Mata, El Gordo y otras de la zona cacereña se conocían como publicaciones, y en Portaje como amonestijos. Normalmente, las amonestaciones católicas eran anunciadas por el sacerdote en la misa mayor de los tres domingos consecutivos o días festivos anteriores a la boda, para que, en caso de que alguien conociera algún impedimento para su celebración, pudiera ponerlo en conocimiento de todos. La primera amonestación suponía, además, en anuncio oficial del enlace ante la comunidad local, de ahí que hubiera personas que acudían a dar la enhorabuena a casa del novio o de la novia según la afinidad con una u otra familia, a lo que se correspondía ofreciendo algún dulce y una copita de aguardiente[13] o café (Acero Pérez y Casasola Franco, 2005: 320). En Montehermoso (CC), después de la primera amonestación, era costumbre que los novios, después del rosario de la tarde «invitaran a sus amigos, amigas, familiares, padrinos y vecinos a tomar unos dulces y alguna bebida en casa de la novia» (Pulido Rubio, 2007: 234). Esta costumbre se conocía en la localidad como darle el parabién a los novios, parabién que, algunas veces, se prolongaba hasta bien avanzada la noche, «sobre todo si se juntaban los amigos del novio y empezaban a beber y charlar amigablemente sobre la nueva vida que iba a emprender la pareja amonestada». En Portaje (CC), los amonestijos se hacían los primeros días de agosto y era entonces cuando la novia realizaba la primera visita a la casa de sus futuros suegros. En Torremejía (BA), una vez se comunicaba al cura el deseo de contraer matrimonio, ese ponía las amonestaciones en la puerta de la iglesia, comenzando a partir de entonces lo que en esta localidad badajocense se conocía como dar a vista la ropa, consistente en enseñar cada novio el ajuar que aportaba al matrimonio. El de ella consistía en la alcoba, el menaje, el salón y prácticamente todo lo necesario para montar una casa, «contando siempre con las posibilidades económicas de sus padres» (Lavado Barrero, 2003: 89). El de él, por el contrario, era bastante menor, salvo su ropa, algún mueble y poco más, aunque, como en el caso de su futura consorte, dependía del nivel económico de sus padres.

En Roma, este tercer día se celebraba igualmente otro banquete —spotia— reservado para los familiares de los recién casados; tornaboda que en Extremadura estaba destinada fundamentalmente a consumir las dos familias en común o por separado —con algún que otro allegado— los alimentos sobrantes de los esponsales. Era, pues, una medida práctica, debido a que entonces no había medios para conservarlos sin que caducasen. Aunque en más de una ocasión hubo que añadir nuevos alimentos para poder obsequiar a cuantos acudían a la tornaboda.

En Montehermoso (Pulido Rubio, 2007: 184 y ss.), el día de la tornaboda, sobre las 9:00 o 10:00 de la mañana, salía de su casa el tamborilero e iba a buscar al padrino, para acudir juntos a buscar al novio y seguir luego por las calles recogiendo al resto de invitados. Al llegar a casa de cada uno, el padrino le ofrecía un trago de aguardiente, un puro y una cerilla para encenderlo. A cambio, el invitado en cuestión entregaba para los novios el peculio en metálico que el padrino le hubiese asignado. Entretanto, la compañera había acudido a casa de la novia para peinarla y hacerle la cama. De esta forma sabía si fue o no virgen al matrimonio. La presencia o no de manchas de sangre en las sábanas corroboraría tal extremo.

Una vez concluida la ronda por el pueblo, el cortejo retornaba al domicilio conyugal, donde, al compás del tamboril y algún otro instrumento músico, los mozos iban bailando de uno en uno con la novia y la compañera a cambio de cierta cantidad que estipulaba el padrino. La duración del baile dependía de las veces que los mozos repitieran, pues los hermanos, primos y amigos más allegados de ambos cónyuges solían bailar más de una vez para aportar así mayores recursos al nuevo matrimonio. En tanto duraba este baile, unos muchachos, portando botas de vino, pasaban entre los presentes una y otra vez, de modo que más de uno solía terminar bastante achispado, si no totalmente borracho.

El baile solía concluir sobre la hora de comer, por lo que cada cual acudía a la casa donde hubiera sido invitado. En esta ocasión, los novios, los padrinos y la compañera lo hacían en la casa de los padres de ella. Terminada la comida, y cuando ya los invitados habían salido de la sala, un hermano o el amigo más íntimo de los novios metía algo entre dos platos pequeños o en una caja, para hacer ver a los presentes que allí se ocultaba algo importante. Y se subastaba. Esa especie de sorpresa oculta solía ser una cosa sin valor: altramuces, cáscaras de huevos, una lagartija o incluso un pequeño ratón, de forma que la sorpresa causara mayor impacto. El dinero recaudado se entregaba al novio. Y concluida la broma, salían a dar otra vuelta por el pueblo, para acabar en casa de los padrinos y allí se les ofrecía un nuevo banquete, donde no podían faltar los humildes chochos. Cumplido el refrigerio, la madrina, muy preparada, salía a la calle, mientras el tamborilero animaba con su música a los presentes para que bailasen con ella, aunque también podían hacerlo otras parejas, mas solo el que danzase con la madrina estaba obligado a pagar una cantidad estipulada.

Luego el baile se trasladaba de nuevo a la plaza, donde se seguía zapateando hasta la hora de cenar. Y terminada esa, mientras los mayores se iban retirando a sus respectivas casas, no sin antes dar el parabién a los padres de uno u otro contrayente, otros se encaminaban al domicilio de estos para seguir bebiendo. Otros, sin embargo, acudían al hogar de los recién casados a darles la monserga hasta altas horas de la madrugada, cuando los novios, con buen humor y buenas maneras, procuraban convencerlos de que los dejasen tranquilos. Aquí terminaban propiamente las bodas en Montehermoso.

Al igual que en Montehermoso (CC), en Navalmoral de la Mata (CC) los invitados no pagaban la boda el mismo día, aunque había quien sí lo hacía, si no después, «por eso los recién casados se quedaban en casita por las tardes esos días, esperando a los familiares y amigos que iban a darles “la manzana”. Algunos tardaban meses en pagar la boda y este pago a veces se hacía en especie: unos chorizos, una cántara de aceite, un pollo, etc.» (Nuevo Morales, 2004: 40). En Peraleda de la Mata (CC), como hoy sucede, los invitados, antes de abandonar el banquete, entregaban a los novios, que permanecían sentados, su regalo. Ese se entregaba indistintamente a uno u otro, aunque «tal vez por una cuestión de cortesía o deferencia era en manos de la novia donde solían depositar los regalos» (Acero Pérez y Casasola, 2005: 225). Y en nota 17, a pie de página, matiza: «No sucede en Valencia de las Torres lo mismo que en otros pueblos (como Peraleda de la Mata, por citar un ejemplo) donde a pesar de que el dinero recaudado terminaba siendo destinado a la economía común de la pareja, cada donante especificaba “simbólicamente” si su aportación iba dirigida para la novia o para el novio según su mayor afinidad a una u otra familia».

Y, para concluir, debe decirse que el pastel —o la tarta— de boda es una costumbre nacida en la antigua Grecia. Al final de la ceremonia, los flamantes esposos compartían una torta como símbolo de una comunión mutua y de la unión con los dioses. En Inglaterra, la torta no formaba parte del rito religioso y, en cambio, los invitados debían llevar pequeñas tortas a la fiesta. Las colocaban unas encima de las otras, armando, de esta forma, una pila. Los novios debían besarlas y agregarles azúcar para después repartirlas entre sus invitados; así surgió la típica torta de casamiento formada de varios pisos.

Otra curiosidad: en la Edad Media la mayoría de las bodas se celebraban en el mes de junio, al comienzo del verano. La razón era sencilla: el primer baño del año era tomado en mayo; así, en junio, el olor de las personas aún era tolerante. Asimismo, como algunos olores ya empezaban a ser molestos, las novias llevaban ramos de flores al lado de su cuerpo en los carruajes para disfrazar el mal olor. Así nace mayo como mes de las novias y la tradición del ramo. Los baños eran tomados en una bañera enorme llena de agua caliente. El padre de la familia era el primero en tomarlo, luego los otros hombres de la casa por orden de edad y después las mujeres, también en orden de edad. Al final, los niños, y los bebés los últimos. Curiosa costumbre.




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NOTAS

[1] En esta localidad badajocense —según Acero Pérez y Casasola Franco, 2005: 322— era un requisito imprescindible antes del casamiento estar confesado para poder comulgar durante la misa de la boda; de ahí que acudiesen a cumplir tal requisito antes de la primera misa, acompañados o no por los padrinos y algún familiar muy allegado.

[2] En Granadilla (CC), la que antaño fuera capital de las tierras de su nombre, abandonada tras ser cubierto su término por las aguas del pantano Gabriel y Galán, las bodas —que se celebraban en el mes de agosto— duraban entre tres y siete días. Cuentan, también, que en Aceuchal (BA) hubo una boda tan rumbosa —era la octava y última hija que se casaba— que los festejos duraron cuatro días (M.ª de la Hiz Flores, p. 139). En Santibáñez el Bajo (CC), sin embargo, duraban cinco: día de la fruta, día de los machos, día de la boda, día de la tornaboda y día de los tíos carnales.

[3] Esta costumbre montehermoseña recuerda la parábola de las vírgenes prudentes y las necias, del Evangelio.

[4] Esta humilde papilonácea era parte muy representativa en las bodas de la Alta Extremadura. En algunas localidades, como Cilleros (CC) o Guijo de Coria (CC), aparecían en la mesa del banquete; en Aceuchal (BA), se ofrecían la víspera a los invitados que acudían a felicitar a los futuros consortes; en Montehermoso (CC), en la víspera se ponía en un baño, sobre una mesa, después de haber dado la alborada, y en la tornaboda en la casa de los padrinos; en Portaje (CC), eran el acompañamiento del vino en el refresco o refrigerio que los padres ofrecían antes de la comida y durante el baile del tálamo, etc.

[5] En Roma, la novia era acompañada igualmente por tres jóvenes, uno de los cuales llevaba una antorcha de espino delante, y los otros dos a su lado. Tal vez como recuerdo de las dos o tres amigas íntimas —llamadas segundasnovias—, en Campo Arañuelo (CC) acompañaban a la desposada para ayudarla en los preparativos de la boda o acompañaban a la futura consorte a avisar a las mozas del pueblo para que fuesen al baile, oficio que ellas solas asumían si la joven estaba de luto o embarazada; camareras que en Peraleda de la Mata (CC) y Valdehúncar (CC) se llamaban hamayeras, que unos días antes de la boda ayudaban a la novia a planchar y colocar su ropa. También se encargaban de decir a la gente del pueblo que fueran a verle el ajuar, que estaba expuesto en la casa de los novios y de hacer la cama de la novia. En Montehermoso (CC) la servilla era una joven que acompañaba a la madrina y se encargaba de llevar los anillos y las arras. La compañera, también en Montehermoso (CC), era la encargada de asistirla en cuanto necesitase. En Puerto de Santa Cruz (CC) era la acompañá, o dama de confianza de la novia, la que se encargaba de enseñar la casa de los novios, momento que aprovechaba para mostrar también el ajuar de ambos.

[6] O Himen, dios de la ceremonia del matrimonio. Himmeneo era un género de las poesías que se cantaban durante la procesión de la novia a la casa del novio.

[7] Era corriente en los pueblos extremeños tener un recuerdo para los familiares difuntos por parte de los familiares de ambos novios antes de salir hacia la iglesia para efectuar el enlace nupcial.

[8] En Garrovillas (CC), este refrigerio lo ofrecían los padres del novio.

[9] En Valencia de las Torres (BA), una semana o unos días antes del enlace el ajuar de la novia era expuesto en alguna de las habitaciones de la casa, como ritual propio de las bodas. Los familiares, amigos y vecinos acudían a verlo, visita que se hacía de modo voluntario. Tampoco era infrecuente en esta localidad badajocense que el novio hiciera lo propio en casa de sus padres.

[10] Medida de capacidad para áridos, cuarta parte de una fanega, equivalente a 1 387 cl, aproximadamente. Elaborado con los datos recogidos por V. G. Macías —«Tradiciones cacereñas». Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, tomo xv, cuaderno 4.º, 1967: 350-351— y con los que me fueron facilitados desde el Ayuntamiento portajeño.

[11] Antiguamente, los anderos y las anderas salían por la mañana, después de cada procesión: los anderos recorren junto con el sacerdote y el tamborilero por las calles pidiendo igualmente la maná, que por la tarde se ofrecían a la imagen correspondiente antes de comenzar el baile del tirurí.

[12] En algunas localidades, las amonestaciones se publicaban todas a la vez. Así, en Santiago de Carbajo (CC), la víspera del día 2 de septiembre, fiesta de su patrón, el Cristo de las Batallas, el párroco anunciaba los enlaces que iban a celebrarse en la localidad por esas fechas.

[13] Como los altramuces en numerosas localidades del norte cacereño, en otras localidades extremeñas, como la badajocense Valencia de las Torres, no podía faltar la copa de aguardiente, independientemente de que la familia pudiera o no ofrecer dulces en función de su disponibilidad económica.