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La presencia de animales invertebrados en el Guzmán de Alfarache

SANTIAGO ALVAREZ, Cándido

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 421.

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1. Introducción

El sevillano Mateo Alemán publicó el año 1599 en Madrid la Primera parte de Guzmán de Alfarache. Un lustro más tarde, en 1604, dio a la imprenta en Lisboa la nueva entrega de título ampliado: Segunda parte de la vida de Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana.

La vida del pícaro Guzmán de Alfarache relatada en la obra de Mateo Alemán transcurre de manera itinerante. Las venturas y desventuras del pícaro se desenvuelven en espacios urbanos, que jalonan dos amplias franjas de tierra, distanciadas entre ellas: una en territorio ibérico y otra en territorio italiano, para cuyo acceso recíproco se vale de la vía marítima.

Los parajes naturales, de orografía cambiante, paisaje diverso, llamativa biodiversidad, por donde discurre el viaje pedestre de nuestro personaje, apenas son tomados en consideración por el autor. Sin embargo, ha incluido en el texto numerosas referencias a plantas y animales, en su mayor parte ligados a los territorios explorados por el pícaro. En cuanto a los animales, encontramos una amplísima relación de vertebrados, mamíferos y aves, tanto domésticos como salvajes; también, reptiles, peces, cetáceos, batracios y una representación nada desdeñable de invertebrados que aparece ensombrecida por todos aquellos.

Ante tal situación, el presente trabajo tiene por objetivo el reconocimiento y la significación de los animales invertebrados que transitan por el texto de la afamada obra del pícaro Guzmán de Alfarache.

2. La relación de animales invertebrados

Las voces vernáculas encontradas por nosotros en el Guzmán de Alfarache, relativas a invertebrados, alcanzan la cifra de 23, que no es elevada en exceso, pero da muestras de gran diversidad; por otro lado, la aportación de cada una de las partes resulta desigual; así, a las trece voces compartidas agregan, de un modo exclusivo, siete la primera y tres la segunda respectivamente (tabla 1).

Tabla 1. Nombres de invertebrados en cada una de las partes del Guzmán de Alfarache

Mateo Alemán

Nombre

Parte

Nombre

Parte

Nombre

Parte

Nombre

Parte

abeja

alacrán

araña

avispa

caracol

carcoma

1.ª, 2.ª

1.ª, 2.ª

1.ª, 2.ª

1.ª, 2.ª

2.ª

1.ª

coco

coral

escarabajo

esponja

gusano

hormiga

1.ª

1.ª, 2.ª

1.ª

1.ª, 2.ª

1.ª, 2.ª

1.ª, 2.ª

lagostín

langosta

mosca

mosquito

piojo

polilla

1.ª

1.ª

1.ª, 2.ª

1.ª

1.ª, 2.ª

1.ª

pulga

pulpo

sanguijuela

tábano

zángano

1.ª, 2.ª

1.ª, 2.ª

1.ª, 2.ª

2.ª

2.ª

Los nombres inventariados fueron incorporados a la lengua romance, de modo continuo desde los orígenes, en un lapso multisecular, a medida que se trasvasaba a ella el conocimiento acumulado, en el devenir de la civilización, sobre tan inseparable e imprescindible conjunto de seres, que estaba disperso en registros escritos de muy diversa índole.

Pero, además, ellos sirvieron para que el vulgo hiciera acúmulo de saberes, de un modo en buena medida acertado, por medio de sentencias breves surgidas de la vena popular: las paremias o los refranes llegados a nosotros por transmisión oral (Santiago-Álvarez, 2014).

3. Análisis de los términos[1]

Abeja

Esta voz patrimonial deriva del latín apicula (dim. de apis), alude al insecto himenóptero social, productor de la cera y la miel, explotado por el hombre para su provecho desde los más remotos tiempos.

El autor del Guzmán de Alfarache tenía un claro conocimiento del modo de vida de este insecto, también del aprovechamiento de que era objeto, tal como ponen de manifiesto las citas que hemos recogido en su obra. Así, en esta frase:

Vela con los ojos, abre los oídos y no dejes que te pongan las abejas de Satanás la miel en ellos ni hagan enjambre, que son caminos anchos de perdición (1.ª, II, cap. IV, pág. 280).

Cargada de incuestionable intencionalidad moral, sugiere, por medio de la metáfora, cómo la codiciada miel aparece depositada en pequeños alvéolos, y la acomodación demográfica, el enjambre, en espacios confinados.

Algo más adelante, expone que la rica miel procede por transformación de un principio existente en la naturaleza:

Así les acontece como a los animales ponzoñosos, que sacan veneno de lo que las abejas labran miel (1.ª, II, cap. V, pág. 290).

Esta sentencia ha sido incluida en nuestro acervo paremiológico por Cobos López de Baños (1989), con una ligera modificación: «Los animales ponzoñosos sacan veneno de lo que las abejas sacan miel».

La idea ya circulaba en la sociedad de aquel tiempo, como señala la paremia contenida en el Vocabulario de refranes y frases proverbiales del maestro Correas (1992): «Cuanto zuga la abeja, miel torna, o cuanto la araña, ponzoña», de la cual hemos señalado con anterioridad la incorrección biológica (Santiago-Álvarez, 2006), pues la araña es depredadora y, por tanto, no participa de los recursos que utiliza la abeja para producir la miel.

En otra sentencia, mediante el símil, señala la apariencia externa que muestran las obreras que regresan a la colmena a depositar el producto de su pecoreo:

Era gastadora, franca, liberal, enseñada siempre a verme venir como abeja, cargado de regalos (2.ª, III, cap. III, pág. 344).

La enconada y encarnizada persecución a la que se puede ver sometida una persona, por envidias y malquerencias, la expone mediante un símil apícola:

Los invidiosos de mi privanza se bañarán en agua rosada y convocarán a sus amigos, para que, como enjambres tras la maestra, todos corran a verme y correrme (2.ª, I, cap. VI, pág. 103).

Esto es, el seguimiento que hacen las abejas obreras a la maestra, la reina, cuando sale de la colmena para extender la especie en el espacio; fundar una nueva sociedad.

El autor expresa en sentido figurado, por medio de una práctica apícola, cómo el pícaro Guzmán fue descubierto en un hurto:

Entró dentro y hallóme de rodillas, castrando la colmena (1.ª, III, cap. VII, pág. 431).

El castrado de la colmena consiste en la extracción de los panales cargados de miel.

Por último, da cuenta de la utilización directa de que eran objeto los panales para disfrutar del dulce contenido:

Y aun en esto hacían mil burradas; que como uno levantase un panal de la mesa, envolviólo de presto en un lienzo y metiólo en la faltriquera (1.ª, III, cap. VII, pág. 426).

Este proceder venía de antiguo (Martín Tordesillas, 1968) y era aconsejado para obtener miel muy pura (Méndez de Torres, 1586), la denominada miel virgen.

Alacrán

Este sustantivo masculino proviene del árabe hispano (ár. vg. al agrab) cuyo primer registro documental corresponde al siglo xiii (1251), en Calila e Dimna (Döhla, 2009): «Et yo no te di este enxenplo synon por que sepas et entiendas que el mal omne syenpre está aparejado para facer mal, asy commo el alacrán, que syenpre está aparejado para ferir» (manuscrito A). Designa a un arácnido, lucífugo, refugiado bajo piedras, de hábito alimenticio depredador, que al extremo caudal porta un aguijón conectado con una glándula venenosa, con el que pica por descuido o imprudencia.

El autor del Guzmán de Alfarache conocía muy bien a este temible animal. Así, da cuenta tanto de su presencia natural como del peligro que entraña:

Son verdes prados llenos de ponzoñosas víboras; piedras al parecer de mucha estima, y debajo están llenas de alacranes, eterna muerte que con breve vida engaña (1.ª, I, cap. III, pág. 146).

No obstante, el apacible paraje donde los ubica no es el adecuado; viven en terrenos pedregosos, en climas secos y cálidos. La parte final de la aserción se corresponde con lo que leemos en la Historia natural de Plinio[2]: «Son una importuna pestilencia de veneno de serpientes, sino que por mayor tormento acaban la vida, con una lenta muerte de tres días» (libro XI, cap. XXV), así como también con la anotación del Dr. Laguna al correspondiente artículo en el Dioscórides (1555): «Hieren siempre al través con la cola los alacranes, y esprimen en la herida cierto veneno blanco, el cual mezclado y encendido con la sangre, se esparce por todo el cuerpo, y si no le atajan, dentro de tres días despacha» (libro II, cap. XI).

En otro pasaje aclara el modo como estos animales pueden ocasionar el daño:

A los alacranes, que no muerden con la boca y hieren con la cola (1.ª, II, cap. VI, pág. 306).

También está consignado en el texto de la Historia natural de Plinio: «Siempre pican con la cola, y nunca cesan de exercitarla, porque no falte en alguna ocasión, hiere al través, y encorvado» (libro XI, cap. XXV), también en la anotación del Dr. Laguna (v. supra).

Son los malos como las víboras o alacranes que, en sacando la sustancia dellos, los echan en un muladar (1.ª, II, cap. X, pág. 361).

¿Qué condito cordial puede haber en el colmillo de la víbora o en la punta del alacrán? (2.ª, I, cap. I, pág. 38).

Las citas anteriores responden a la recomendada utilización medicinal de estos animales como antídoto para sanar del daño que originan con su picadura. Esto lo hallamos establecido tanto en el texto de la Historia natural de Plinio: «Entiendese que es remedio para el hombre picado de escorpiones la ceniza de los mismos escorpiones bebida en vino» (libro XI, cap. XXV); «el mismo alacrán puesto sobre su herida o asado, y tomado en la comida, o bevido en dos ciatos de vino puro (libro XXIX, cap. IV)», como en el tratado de Dioscórides (1555): «El alacrán terrestre majado ansi crudo, y puesto, se vuelve remedio de las heridas que el mesmo hizo. Comese también asado a este efecto» (libro II, cap. XI).

El Dr. Laguna hace una clara alusión a este proceder en la anotación que realiza a la consideración de Dioscórides: «Mucho debemos a la Naturaleza, pues ya que para mas adornar el mundo con tanta variedad de animales, quiso producir algunos virulentos, y perniciosos al hombre, juntamente con ellos, y en ellos mesmos, nos dio el remedio y la medicina» (libro II, cap. XI).

Araña

El término es patrimonial derivado del latín aranea, y se refiere a un complejo de especies conocidas por el hombre desde antiguo; unas viven en su habitación, sinantrópicas, otras en ambiente natural; tienen hábito alimenticio depredador, el cual aparece señalado en la Historia de los animales de Aristóteles[3] (488a17): οἱ δ’ ἀράχναι ἀπὸ τῆς τῶν μυιῶν θήρας ζῶσιν (las arañas viven capturando moscas [trad. del autor]).

El autor del Guzmán de Alfarache hace mención a las arañas de ambiente natural en dos pasajes:

No hallarás hombre con hombre; todos vivimos en asechanza los unos con los otros, como el gato para el ratón o la araña para la culebra, que hallándola descuidada se deja colgar de un hilo y, asiéndola de la cerviz, la aprieta fuertemente, no apartándose della hasta que con su ponzoña la mata (1.ª, II, cap. IV, pág. 286).

Todos y cada uno por sus fines quieren usar del engaño, contra el seguro dél, como lo declara una empresa, significada por una culebra dormida y una araña, que baja secretamente para morderla en la cerviz y matarla, cuya letra dice: «No hay prudencia que resista el engaño» (2.ª, I, cap. VIII, pág. 121).

Según Silverman (1969), Mateo Alemán trata de simbolizar por medio de un emblema la angustiosa situación vital que le oprime dada su ascendencia judía, análisis que nosotros descartamos para centrarnos en los aspectos zoológicos.

En primer término destacamos que Mateo Alemán se inspiró en la obra de Mexia (1540): «El araña desama y osa tener guerra con la culebra; y dize Plinio, que la acaesce matar desta manera: que, viéndola durmiendo debaxo del árbol donde ella se halla, [se] dexa colgar del hilo que haze y la muerde en el celebro; y affiérrase de tal manera, que de allí no se desase hasta que la mata con su ponçoña (Silva III, cap. IV)», quien a su vez se sirvió de la Historia natural de Plinio: «Dexase colgar la araña de un hilo suyo hasta la cabeça de la serpiente que está echada a la sombra de un árbol: y con tanta fuerça la muerde en el cerebro, que rabiando de dolor anda dando bueltas echa rueda, y no pudiendo romper el hilo que está colgado arriba, tampoco puede huir; y asi no dexa de dar bueltas hasta que muere» (libro X, cap. LXXIV).

La imagen descrita responde a un hecho real, en la naturaleza resulta normal la observación de alguna araña que desciende por un hilo de seda para lanzarse sobre la potencial presa, insectos en modo preferente, de la que previamente ha recibido la señal de su presencia. La araña no acecha a la culebra, si descolgada por el hilo se allega a ella, en la situación de reposo detallada, es de modo fortuito.

No obstante, la captura de cualquier pequeño vertebrado resulta ocasional pero en todo caso estaría originada por alguna de las que nidifican en el suelo. En la Historia de los animales de Aristóteles (623a 33-34; 623b 1-3) leemos: «Ἐπιτίθεται δὲ καὶ περιελίττεται καὶ τοῐς μείζοσι ζῴοις, ἐπεὶ καὶ ταῐς σαύραις ταῐς μικραῐς ἐπιβάλλον περὶ τὸ σώμα περιθέον ἀφίησιν, ἕως ἅν συλλάβῃ τὸ στόμα· τότε δ’ἤδη δάκνει προσελθόν» (La araña puede atacar y envolver con su tela también animales mayores que ella, como ataca también a los pequeños lagartos; corre alrededor de su boca dejando su tela hasta cerrarla y solo entonces se acerca y muerde [trad. del autor]), tema que fue recogido por Plinio: «También estas caçan los hijuelos de los lagartos, y lo primero que hacen es, embolverlos en su tela, y después asirlos de un bocado entrambos labios. Quando esto acontece es un espectáculo de Anfiteatro» (libro XI, cap. XXIV).

Algunas arañas fabrican artificiosas telas con la seda segregada que disponen en lugares visibles, de las que se valen para la captura de sus presas. Mateo Alemán habla de ellas en dos ocasiones:

Cuando la basquiña de tela de oro y bordada, ya se vendía el oro y no quedaba tela ni aun de araña que no se vendiese, y de razonable paño fuera bien recebida (2.ª, III, cap. III, pág. 357).

Aquí atisbamos la apreciación lucrativa de las telas de araña motivada por las aplicaciones terapéuticas que aparecen prescritas en Dioscórides (1555) para casos de hemorragias y otros: «Su tela aplicada, restriñe las efusiones de sangre, y defiende que las heridas superficiales no se apostemen» (libro II, Cap. LVI).

En este otro aserto: «Porque para con él son sus telas de araña, hechas contra un elefante» (2.ª, III, cap. VII, pág. 429) emplea la ironía para dar a entender firmeza y rigor, pues las telas de araña son livianas tal como lo expresa el refrán recogido por el Maestro Vallés (1549): «La tela de la araña, al ratón suelta y a la mosca apaña».

Avispa

Voz patrimonial, deriva del latín vespa, alude a varias especies de himenópteros con librea variegada, de amarillo con negro, que viven en sociedades no perdurables, a cuya provisión acuden las hembras de la casta trabajadora con recursos varios; relación que hallamos en la Historia de los animales de Aristóteles (628b12-13): «Τροφῇ δε χρωνται μεν και απ’ ανθων τινων και καρπων, την δε πλείστην απο ζωοφαγίας» (Su comida la obtienen de algunas flores y frutos, pero sobre todo de carne de animales [trad. del autor]).

El autor del Guzmán de Alfarache nos la presenta bajo dos aspectos muy diferentes. El primero aparece en la frase: «Hacíanle rostro de risa, y era la que suele hacer el perro a las avispas: que tal es lo que hoy corre, y más entre los mejores» (1.ª, I, cap. VIII, pág. 219), donde emplea el tono irónico por medio del cual expresa el carácter dañino del insecto que por reacción defensiva pica con el aguijón caudal a quien le molesta. La picadura de la avispa es limpia, el aguijón no queda retenido en el tejido epidérmico, a diferencia del de la abeja.

El segundo aparece en otro contexto donde, por medio de la metáfora, relata los perjuicios que ocasiona en la agricultura, de modo particular al viñedo, en el cultivo del parral, cuando acuden a las uvas maduras cuya epidermis cortan con sus mandíbulas, para alimentarse de la pulpa:

Son los presos della como la parra de uvas, que, luego que comienzan a madurar, cargan avispas en cada racimo y sin sentir se los chupan, dejándole solamente las cáscaras vacías en el armadura, y, según el tamaño, así acude la enjambre (2.ª, III, cap. VII, pág. 436).

Un poco más adelante, prosigue con este realismo: «Quedé como el racimo seco, en las cáscaras» (2.ª, III, cap. VII, pág. 439), expresión que no guarda relación con el episodio de Jonás (v. infra), tal como insinúa Brancaforte (1984) en nº. 43; luego, consumada la acción adversa, concluye con la siguiente sentencia: «Ya no había sustancia en el gajo. Fuéronse las avispas. Dejáronme solo» (2.ª, III, cap. VII, pág. 441).

La detallada diagnosis del daño a las bayas resulta sorprendente porque se trata de un texto literario y no de un tratado agronómico; hasta donde se nos alcanza, es una de las primeras realizadas, muy probablemente fruto de propia observación, porque no aparece ni en la obra de Columela (libros III y IV) ni en la de Alonso de Herrera (libro II, cap. XV) (1513), que con toda probabilidad tuvo a su alcance. No obstante, encontramos una ligera insinuación a este carácter dañino de la avispa en la Historia natural de Plinio: «Es remedio contra las abifpas, para que no se las coman (las ubas), roziarlas con azeyte tomado en la boca» (libro XV, cap. XVII); también aparece en la obra de Costantino Baso, Geoponica, escrita en griego: «Ὣστε σφῆκαϛ μὴ ἅπτεσθαι ἀμπέλων, ἢ σταφυλῆϛ, ἢ ἄλληϛ ὀπώραϛ. Δημοκρίτου. Ἒλαιον ῥοφήσαϛ, πρόσρανον ὥσπερ ἐμφυσῶν ταῖϛ ἀμπέλοιϛ καὶ ταῖϛ σταφυλαῖϛ καὶ ταῖϛ ἄλλαιϛ ὀπώραιϛ» (libro IV, cap. X), de la que en 1543 circulaba una versión en latín: «Ne vespae uvas, et alios fructos contingant. Democriti. Oleum sorbeto, et velut insufflans ad vites, et uvas atquae, alios fructus accedito» (Que las avispas no toquen las uvas y otros frutos. De Demócrito. Sorbe aceite, y de ese modo sopla en las vides, y en las uvas, y hacia otros frutos [trad. del autor]).

Caracol

Este molusco gasterópodo terrícola vive encerrado en la retorcida concha calcárea que transporta cuando deambula en la noche para buscar su alimento.

Aparece una sola vez en el Guzmán de Alfarache:

Cogí mi hatillo, que todo era el del caracol, que cupo en una caja vieja bien pequeña (2.ª, III, cap. V, pág. 399).

Con esta frase el pícaro Guzmán expone mediante un símil que su hacienda era poca y la llevaba consigo. La expresión tiene su reflejo en el refranero, tal como la recogió el Maestro Vallés (1549): «Como el caracol, cuanto tiene, trae acuestas».

Carcoma

Este sustantivo femenino de origen incierto señala especies de coleópteros de pequeñas dimensiones que atacan a la madera, xilófagos; incluso al polvillo que producen después de digerir la que han roído.

Dos son las citas halladas en el texto de Mateo Alemán:

… que a la más gente no muy descansada son […], carcoma que se le hace ceniza y cicuta en vaso de ámbar (1.ª, I., cap. II., pág. 137).

Verdaderamente se pueden llamar […] y carcomas de la verdad (1.ª, III, cap. I, pág. 365).

Tanto en una como en otra, emplea el término en sentido metafórico.

Coco

Este término hace referencia al estado de larva de los insectos holometábolos. Mateo Alemán escribe:

Y si lo comes, ¿de qué te quejas, pues no eres más hombre que yo, a quien podridas lantejas, cocosas habas, duro garbanzo y arratonado bizcocho tienen gordo? (1.ª, II, cap. I, pág. 252).

Se hace alusión a la larva espermatófaga del gorgojo que vive a expensas del haba (Santiago-Álvarez, 2012b), hecho también destacado en el refranero español: «Cada haba tiene su coco».

Coral

El coral vive sésil en las profundidades marinas, tiene aspecto de planta, extraído a la superficie se endurece al contacto con el aire; era objeto de usos varios: adorno, remedios médicos y supersticiosos.

El autor del Guzmán de Alfarache solo se hace eco del producto transformado con fines de ornamento y lujo:

Y sacando unos corales de la faltriquera, hizo como que jugaba con ellos y de allí a poco fingió que le faltaba un relicario que tenía engarzado en ellos (1.ª, II, cap. VIII, pág. 337).

Y, sacados los líos para ver lo que iba en ellos, hallaron en cada uno un rosario de muy gentiles corales, con sus extremos de oro, que debían ser encomiendas diferentes (2.ª, III, cap. VIII, pág. 450).

Escarabajo

El término es patrimonial, deriva del latín scarabaeus; el vulgo lo aplica en primer lugar a los coleópteros escarabeidos coprófagos, también a los fitófagos. Una sola vez aparece en el Guzmán de Alfarache:

Dejóme como el escarabajo, el peso a las cuestas, y fuese a dormir (1.ª, II, cap. VI, pág. 308).

Esta frase metafórica guarda relación con el refrán recogido por el maestro Vallés (1549): «Ayuda al escarabajo, y dejaros ha la carga», en el cual se hace referencia al escarabajo pelotero (Santiago-Álvarez, 2006) que cuando alguien lo molesta suele dejar la pelota que rueda y trata de huir.

Esponja

Este animal sésil conocido y utilizado desde antiguo por su aptitud para embeber líquidos era extraído de las profundidades marinas por adiestrados buceadores[4].

En el Guzmán de Alfarache aparece por dos veces:

Huí de los deste trato y más de chismosos, a quien con gran propiedad llaman esponjas: aquí chupan lo que allí esprimen (1.ª, II, cap. V, pág. 296).

En esta cita por medio de la metáfora expresa con toda claridad la mentada aptitud. Con el mismo sentido viene en la frase siguiente:

Quedamos con él a pesar de ruines, más tan subido de precio y por sus cabales, que apenas alcanzábamos un pan y sardinas, que toda la ganancia se la chupaba la renta, como una esponjia y tanto, que perecíamos con el oficio del hambre (2.ª, III, cap. V, pág. 396).

Gusano

El vocablo es de origen incierto, hace referencia a las larvas vermiformes de insectos holometábolos; no obstante, en aquellas fechas era un término genérico que señalaba animales muy diversos.

La primera cita habla de una larva de insectos de hábitat hipogeo y hábito alimenticio rizófago:

Mas, como sea tan avara mi fortuna, cuando más nuestros tiernos amores iban cobrando alguna fuerza, quebráronse los pimpollos, la flor se secó de un áspero solano, royó un gusano la raíz, con que todo se acabó (1.ª, I, cap. VIII, pág. 232).

Este fenómeno resulta normal en la naturaleza, las larvas de un considerable número de especies de insectos holometábolos, coleópteros, dípteros y lepidópteros; viven en el suelo, pero los adultos lo hacen fuera, son los llamados geobiontes (del gr. γῆ, tierra; βιόω, vivir) periódicos; aquellas que son de hábito alimentico fitófago originan daños a las partes enterradas de las plantas, cuello, raíces, bulbos, tubérculos, etc.

Las larvas de los geobiontes están sujetas a las variaciones térmicas e hídricas en el horizonte superior del suelo; cuando estas no son óptimas, descienden, y en caso contrario ascienden, momento en el que vuelven a tener a su alcance las raíces, bulbos, etc. Una síntesis de esta migración de gusanos en el suelo la encontramos en la Historia natural de Plinio: «Nacen también gusanillos en las raizes, quando siguiéndose lluvias a la simiença, el repentino calor consume y seca la humedad» (libro XVIII, cap. XVII). Con ella podemos comprender el mensaje de Mateo Alemán: cómo la planta a la que «royó el gusano la raíz» bajo la acción «de un áspero solano» llegó al colapso a consecuencia del desequilibrio en el balance hídrico.

De todos modos, no podemos descifrar a qué orden pertenece el gusano: coleóptero, lepidóptero o díptero, porque el autor omite la planta; no obstante, el empleo del verbo roer nos habla de una larva ectófita, modo de acción de las de geobiontes.

Algo más adelante, en otro pasaje, en cierto modo similar al anterior, expresa:

Sacóme de aquel regalo, comenzóme a dar toques y aldabadas, perdiendo aquella pequeña sombra de yedra: secóseme, nacióle un gusano en la raíz, con que hube de quedar a la fuerza del sol, padeciendo nuevas calamidades y trabajos por donde no pensé, sin culpa ni rastro della (2.ª, III, cap. VIII, pág. 463).

Ahora nombra al arbusto hiedra; además, emplea el verbo nacer, que nos llevaría a larvas endófitas de dípteros o coleópteros. En este caso, se trata de larvas pertenecientes a las especies que frecuentan el suelo de manera habitual para buscar su alimento, llamadas geófilos (del gr. γῆ, tierra; φίλος, amigo) activos, las cuales pueden causar daños en partes aéreas o subterráneas.

En el análisis de esta segunda sentencia, Brancaforte (1984) apunta el paralelismo que guarda con el pasaje del Profeta Jonás (4,5-8): «Salió Jonás de la ciudad y se sentó al oriente de la ciudad; allí se hizo una cabaña bajo la cual se sentó a la sombra, hasta ver que sucedía en la ciudad. Entonces Yahveh Dios dispuso una planta de ricino que creciese por encima de Jonás para dar sombra a su cabeza y librarla así de su mal. Jonás se puso muy contento por aquel ricino. Pero al día siguiente, al rayar el alba, Yahveh mandó un gusano, y el gusano picó al ricino, que se secó. Y al salir el sol, mandó Dios un sofocante viento solano. El sol hirió la cabeza de Jonás, y este se desvaneció; se deseó la muerte y dijo: ¡Mejor me es la muerte que la vida!». La única incongruencia está en que Alemán nombra al arbusto hiedra, símbolo de perennidad, que no tiene raíz única, muy probablemente porque le resultaba desconocido el ricino, latifolia de crecimiento rápido.

Por dos veces el autor del Guzmán de Alfarache cita al afamado gusano de seda:

Mi ama, como se acostó primero, llevóme muchas ventajas y más el estar holgada; corría sobre cuatro dormidas, como gusano de seda, y frezaba para levantarse (1.ª, II, cap. VI, pág. 309).

Aquí nos da un detalle de su biología, las dormidas o paradas por las que pasa, desde que sale del huevo hasta que alcanza el máximo desarrollo para convertirse en crisálida encerrado en el capullo de seda.

Este lepidóptero resulta un insecto exótico para nosotros. Originario de China, llegó a Occidente en el siglo vi de nuestra era, pronto se expandió la cría por todo el Mediterráneo, aquí comenzó en el siglo ix con una floreciente actividad en el sur y Levante peninsulares. El impacto que tuvo este insecto en la sociedad desde su llegada propició su entrada en el refranero, donde encontramos una paremia recogida por el maestro Correas (1992) que habla del tema: «Dormir como coco de seda».

Mateo Alemán estaba al corriente de la actividad sericícola en España. La cita trae a colación una raza que pasaba por cuatro dormidas, la cual debía estar muy extendida por aquí. La fuente de información, con toda probabilidad, la halló en el Arte Nuevo para criar Seda, de Gonzalo de las Casas, publicado en Granada el año 1581, donde las describe con todo detalle. Además, por el añadido «y frezaba para levantarse» demuestra que conocía el tratado de De las Casas: «Frefça fe llama aquel efpacio de tiempo que paffa el gufano después que despertó de la quarta dormida, hasta yr a las bojas para capullo, o por mejor decir defque fe muda de la quarta dormida, hafta que torna a mudar a las bojas. Deviera tomar efte nombre frefça de frendo frendis verbo latino, que quiere decir chafcar, porque en efte tiempo fe oye claro el ruydo que trae el gufano en comer» (2.ª parte, cap. XIII).

Por otro lado, De las Casas da una explicación muy acertada del proceso, algo insólito para aquellas fechas: «Y las quatro dormidas, que llaman los criadores, estas no se pueden llamar sueño, porque realmente no lo es, sino mudas: en las quales el gusano muda cuatro veces el cuero, y la causa, o razón, o manera porque la muda es, que como el gusano va comiendo, y hinchiendo el pellejo, estira hasta que da dolor, y como está estirado, queda delgado, y con el dolor que tiene no come, o no osa comer, hasta que ha vaciado la hoja comida, y gastado el zumo della, y como la ha acabado de vaciar, y el cuero estaba estirado, ha encogido la parte carnosa del gusano, y asi aparta el gusano del cuero» (2.ª parte, cap. III).

El crecimiento de los insectos es discontinuo; cada etapa, en el estado de larva, viene precedida por una renovación del tegumento externo, la muda, proceso bajo regulación endocrina, de enorme complejidad en los holometábolos, con metamorfosis completa, como los lepidópteros, que por ser muy delicado exige la detención de toda actividad, tanto ambulatoria como alimenticia. Los gusanos de seda, cuando se disponen a realizar la muda para pasar de un estado larvario al siguiente, quedan quietos: la parte anterior del cuerpo erguida, en ángulo recto, la posterior sobre el sustrato apoyada en las falsas patas abdominales; este es el «síndrome de la dormida» (Fig. 1).

En la segunda cita:

… y estando ella como gusano de seda de tres dormidas con quien ha querido… (2.ª, III, cap. II, pág. 328).

A parte de la intencionalidad inculpatoria, trata de la raza de tres dormidas, más extendida por Italia, cuya información, sin lugar a dudas, procede del poema latino «De bombyce» compuesto por Marco Girolamo Vida, publicado en Roma el año 1527, vertido a diversas lenguas, que por mucho tiempo estuvo considerado manual para la cría de tan beneficioso insecto:

De Bombyce. Liber I. 300-309

El gusano de seda. Libro I (trad. del autor) *

Nam tumidae interea renovant torpentia alumnae 300

Corpora, et exuvias veteres, ac tegmina ponunt,

Et nitidam induitur pubes renovata juventam.

Ceu, fodere domos serpentum ubi lubrica turba

Sub terram, veniente hyeme, stant frigore inertes,

Dum redeat terris tepidi clementia veris: 305

Tum demum egressi ad solem squalentia terga

Convolvunt, posita turpi cum pelle senecta.

Annuus hic illis mos: at bombycibus ipsis

Ter pigra, dum vivent, renovabit corpora somnus. 309

Su rápido crecimiento estimula un veloz despertar:

tú los verás sin dificultad, tras un corto sueño,

de sus costados arrojar la envoltura infiel,

y, relucientes, revestir su nueva juventud.

La serpiente, bajo la tierra, al abrigo de los ábregos,

se adormece, lejos del frío, hasta los días de la primavera;

pero, desde que Flore llega, rompe con destreza

su armadura escamosa, y se arrastra y se endereza:

así tus gusanillos, sujetos a las mismas leyes,

en un triple sueño rejuvenecen tres veces.

* No conocemos versión española del poema, nos valemos de la francesa realizada por Bonafous (1844).

En el siguiente párrafo habla en términos tan genéricos: «El que a los gusanillos, a las más desventuradas y tristes gusarapas y sabandijuelas no falta, también os acudirá con todo aquello de que os viere necesitado» (2.ª, III, cap. VI, pág. 425), que nos resulta difícil saber si se trata de insectos; cabría suponer que se refiere a los anélidos del suelo, las lombrices de tierra; en cualquier caso es la rememoración del siguiente párrafo evangélico: «Por eso os digo: no andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?» (Mateo, 6:25-26).

En otro pasaje, en el que leemos: «No se queja de verse ya podrido de tus impertinencias, viéndose metido entre los gusanos de tus demasías que le roen las entrañas» (2.ª, III, cap. III, pág. 346), hace una leve alusión, en sentido figurado, a los gusanos de la fauna cadavérica que pertenecen a los dípteros.

Sin abandonar el sentido figurado, expone:

Que la sospecha es terrible gusano del corazón y no suele ser viciosa cuando carga sobre un vicioso (2.ª, II, cap. V, pág. 210).

Esta consideración la ha tomado del tratado Lugares comunes de conceptos, dichos y sentencias en diversas materias de Aranda (1595): «La sospecha, es un grave mal para el hombre que le tiene, y un gusano del alma».

Finalmente, encontramos una cita desconcertante:

¡Bondad inmensa de Dios, eterna sabiduría, Providencia divina, misericordia infinita, que en las entrañas de la dura piedra sustentas un gusano, y cómo con tu largueza celestial todo lo socorres! (1.ª, II, cap. I, pág. 257).

Porque ningún animal puede vivir en un ambiente exclusivamente mineral; necesita de materia orgánica, vegetal o animal, para su sustento. Esta creencia debía venir de antiguo y estaba bastante arraigada, pues en el Diccionario de autoridades (1726), en la voz ‘carcoma’ leemos: «Gusanillo muy pequeño, que roe y penetra la madera, reduciéndola casi a polvo. Son muchas las diferencias que hai según los árboles: y aun en las piedras dicen algunos que se encuentran». También en el de Terreros y Pando (1786), en idéntico artículo encontramos: «gusano pequeño, y mui común en las maderas, y según muchos aun en las piedras».

La inspiración de Mateo Alemán para esta cita procede con toda seguridad del siguiente pasaje de Mexia (1540): «Y no menos maravillosa es lo que el mismo Fulgoso escrive por tan averiguado, como lo del azeyte: que en el medio de otra peña que para otro hedificio fue menester partirse, se halló en lo interior della un sapo grande, y bivo, donde era imposible aver otro mantenimiento sino la piedra. Y, desta misma manera, fue traýda al Papa Martino Quinto una culebra que assi fue hallada en medio de otra peña, que paresce naturaleza averla allí críado y que sin mantenimiento se sostenía en sola la virtud y propiedad de la piedra, como un camaleón (que afirman vivir sin mantenimiento)» (Silva II, cap. XII). No obstante, en nuestro refranero hallamos una paremia donde se expresa lo insólito de este fenómeno (Santiago-Álvarez, 2006): «Al desdichado en la sal le nacen gusanos».

Hormiga

Nombre patrimonial, derivado del latín formica, denota un conjunto de especies de himenópteros organizadas en sociedades subterráneas, cuyos efectivos salen al exterior y a peón, en grandes filas, marchan en busca del alimento que transportan asido por las potentes mandíbulas.

El autor del Guzmán de Alfarache muestra considerable interés por este animal. Así, la primera cita registrada es una frase metafórica que da cuenta de la glotonería de la hormiga, lo que hallamos perfectamente expresado en el refranero (Santiago-Álvarez, 2010): «Donde hay migas, hay hormigas».

Comencélo por las cortezas y acabélo en el migajón, que estaba hecho engrudo; más tal cual, no le perdoné letra ni les hice a las hormigas migaja de cortesía más que si fuera poco y bueno (1.ª, I, cap. III, pág. 148).

La segunda es una frase que nosotros hemos elevado a la categoría de paremia (Santiago-Álvarez, 2010) para juntarla como variante con las ya existentes, tal la recogida por el maestro Correas (1992): «En algo debe de topar, como dijo la hormiga». Este enunciado alude a la impresión que causa observar a las hormigas en el transporte de elementos que superan su tamaño corporal hacia el hormiguero y que para introducirlos siempre hallan dificultad (Santiago-Álvarez, 2010).

No se en que topa: en algo debe ir, como dijo la hormiga (1.ª, I, cap. V, pág. 175).

La tercera también es un refrán:

Que llevando de cada camino un grano, bastece la hormiga su granero para todo el año (1.ª, I, cap. V, pág. 175).

Delata la actividad de la casta trabajadora de un hormiguero durante la estación propicia, tienen como objetivo allegar alimento para el mantenimiento de la desbordante colonia (Santiago-Álvarez, 2006).

La cuarta es otra visión de la misma actividad:

No así las hormigas por agosto vienen cargadas del grano que de las eras van recogiendo a sus graneros (2.ª, II, cap. VIII, pág. 268).

Esta expresión refleja el pasaje de Proverbios 30: 24-25: «Hay cuatro seres los más pequeños de la tierra, pero que son más sabios que los sabios: las hormigas —multitud sin fuerza— que preparan en verano su alimento».

La quinta cita hace una ligera insinuación al carácter dañino de la hormiga para la agricultura, provocar mordeduras en tejidos jóvenes, yemas, flores, frutos maduros, etc.:

Del árbol de mi vecino y del conocido, no solo quitaría la flor y el fruto, mas no le dejaré hoja ni rama y, si se me antoja cortarele el tronco. Del mío me llega al alma si hallo una hormiga que le dañe o pájaro que le pique, porque es mío (1.ª, III, cap. IV, pág. 396).

Por último, leemos:

Que, de bien considerado, conociendo quién ella es, teme que si le diese licencia y alas, le acontecería como a la hormiga, para su perdición: así no se atreve ni consiente (2.ª, III, cap. III, pág. 354).

Se constata una observación natural, la emergencia de individuos alados de un hormiguero, machos y hembras, para extender la especie en el espacio, fundar nuevas colonias; estos individuos son malos voladores lo que los hace vulnerables a la acción de aves, reptiles, mamíferos insectívoros y otras calamidades, perecen en gran cantidad. Esto aparece recogido en el refranero, tanto en el repertorio del maestro Vallés (1549): «Sálenle alas a la hormiga para ser perdida», «Nacieronle alas a la hormiga, por su mal», como en el del maestro Correas (1992): «Nacieron alas a la hormiga para su daño».

Lagostín

Este término aparece citado una sola vez en el texto del Guzmán de Alfarache:

La gente villana siempre tiene a la noble —por propiedad oculta— un odio natural, como el lagarto a la culebra, el cisne al águila, el gallo al francolín, el lagostín al pulpo (1.ª, I, cap. VIII, pág. 238).

La fuente donde bebió Mateo Alemán fue, con toda seguridad, la Silva de varia lección de Mexia (1540): «Entre los peces también ay grandes discordias y enemistades. El camarón, en la mar, huye del pulpo más que de otro ninguno. Los delfines son competidores y enemigos de las vallenas. El congrio es enemigo natural de la lamprea. Y el mismo congrio es, en estremo, perseguidor y enemigo de los pulpos y de los lagostines; y es tanto el señorío y miedo natural, que, de ver al pulpo, se muere el lagostin» (Silva, III, cap. IV). Por otro lado el correcto significado zoológico del término lo halló tanto en el Diccionario latino-español (1492): «locusta marina, por la lagosta o lagostín en gr. carabo», como en el Diccionario español-latino (1495): «lagostín pescado de mar, locusta, ae» de Nebrija.

Esto imposibilita la correspondencia con el término langostín, con n, «pescado semejante a la langosta, salvo que es menor y tiénese por pescado regalado», presente en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Covarrubias (1611), también en el Diccionario de Autoridades (1732), donde además, para refuerzo del significado emplea el párrafo que analizamos pero añadiendo una n, letra que no aparece en la edición princeps. Tampoco podemos asimilarlo a langostino tal como indica el DLE: lagostín. m. ant. langostín. m. langostino. La primera documentación de este término la hallamos en la Vida de san Jerónimo (Corominas y Pascual, 1987; Alonso, 1947) escrita por Sigüenza y publicada en Madrid en 1595: «Y escribiendo sobre Naun, comparó a los que se dan a solo el filosofar de los Gentiles, a los saltones y langostinos que aquellas alillas que tienen no los pueden levantar mas altos que hasta las zarzas y espinas, ni puede durar mucho su vuelo sin venir a tierra» (Libro 1, Disc. 2.º), pero en realidad hace referencia a un insecto ortóptero y no a un crustáceo.

No es este el lugar apropiado para abordar la contrariedad semántica, pero, si no aceptamos el sentido del término según Nebrija, deberíamos transferir la autoridad léxica concedida a Mateo Alemán en el Diccionario de autoridades para Mexia en razón de prioridad. Por otro lado, en los textos de los clásicos, las fuentes que manejó Mexia se habla de la animadversión entre la langosta y el pulpo. Así, en la Historia de los animales de Aristóteles (590b, 10) leemos: «τοὺς μὲν γὰρ καράβους οί πολύποδες κρατοῦσιν, ὥστε κἂν ὄντας πλησίον ἐν ταὐτῷ δικτύῳ αἴσθωνται, ἀποθνήσκουσιν οἱ κάραβοι διὰ τὸν φόβον» (Los pulpos las vencen con total fuerza, de manera que las langostas, si los perciben próximos dentro de la misma red, mueren de miedo [trad. del autor]); en la obra de Eliano[5], Sobre las propiedades de los animales (Libro I, 32), encontramos: «Για παράδειγμα, η σμέρνα μισεί το χταπόδι, το χταπόδι είναι εχθρός της καραβίδας κι η καραβίδα είναι ο μεγαλύτερος εχθρός της σμέρνας» (Para ejemplo, la murena odia al pulpo, el pulpo es enemigo de la langosta y la langosta la mayor enemiga de la murena [trad. del autor]). Finalmente, en el encuentro de Mexia con la sentencia que aparece en la Historia natural de Plinio: «Polypum in tantum locusta pavet, ut si iuxta videat omnino, moriatur» (Libro IX, cap. LXII) (La langosta teme tanto al pulpo, que si lo ve junto a si, luego de todo punto muere [trad. del autor]) tuvo que hacer directamente la traducción, pues faltaban muchos años para que llegara la de Huerta; por tanto, él trasladó locusta por lagostín apoyado en el Lexicón de Nebrija.

En realidad, la animadversión delatada expresa el enlace trófico que regula el equilibrio de la fauna marina. La captura de la langosta por el pulpo nos la relata con sumo detalle Opiano: «El pulpo, por otra parte, a pesar de ser más débil y perezoso de movimientos, devora a la langosta espinosa y veloz. Pues, cuando el pulpo observa que aquella se halla inmóvil bajo las rocas, cautelosamente se echa sobre su dorso, y la rodea con varios lazos, oprimiéndola con la larga cadena de sus fuertes pies, y con el extremo de sus tentáculos aprieta y estrangula el caliente canal en el medio de su boca, y le impide el paso del aire para su respiración —pues los peces también respiran—, y la retiene apretada en su brazo. La langosta unas veces nada, otras permanece quieta, ya se agita convulsivamente, ya se estrella contra las salientes rocas. Pero el pulpo no relaja el concurso de fuerza, hasta que el vigor y la vida abandonan a la langosta y muere. Entonces, cuando ella cae al suelo, el pulpo se sitúa a su lado en las arenas y se la come, igual que un niño succiona con sus labios la dulce leche del pecho de su nodriza; así el pulpo succiona la carne de la langosta, y la extrae chupando de su espinoso vaso, y llena su vientre de dulce comida» (Libro II, 390-408).

Langosta

El término langosta es patrimonial, deriva del latín locusta, y se aplica tanto para un insecto como para un crustáceo.

En el Guzmán de Alfarache aparece citada una sola vez:

¡Pobres de los señores que no pueden o no saben o, por mejor decir, no quieren consumir esta langosta destruyendo tan dañosa polilla! (1.ª, II, cap. V, pág. 299).

Aquí se alude al insecto ortóptero en sentido figurado; las enormes bandas de adultos eran responsables de los estragos en la cubierta vegetal y en los cultivos.

Mosca

Este vocablo patrimonial derivado del latín musca señala a un insecto díptero que vive asociado al hombre desde siempre, la tan conocida mosca doméstica (Doby, 1998), aunque a veces el significado alcanza a otras especies que guardan semejanza morfológica con ella, pero se diferencian en el comportamiento.

Las cinco citas que encontramos en el Guzmán de Alfarache hacen referencia a la mosca doméstica.

Imitas a la moxca importuna, pesada y enfadosa que, no reparando en oloroso, huye de jardines y florestas por seguir los muladares y partes asquerosas (1.ª, Al vulgo, pág. 83).

En esta primera, aparece bien caracterizada, «importuna, pesada y enfadosa» que abandona un espacio apacible para ir a «los muladares y partes asquerosas», lugares donde deja la puesta y se crían sus larvas.

En el Epigrama latino escrito por Espinel se habla de la mosca doméstica (et lautas epulas; opíparos banquetes), aunque atisbamos cierta insinuación a las moscas miasígenas (et putrida tangis ulcera; podridas llagas), causantes de gusaneras (Santiago-Álvarez, 2012a), las llamadas moscones y moscardas o moscardones:

Quis te tanta loqui docuit, Guzmanule? quis te

Stecore submersum duxit ad astra modo?

Musca modo et lautas epulas et pútrida tangis

Ulcera, iam trepidas frigore iamque cales (1.ª, pág. 94).

¿Quién te enseñó tanta elocuencia, Guzmanillo? ¿Quién te

guió ha poco desde el estiércol en que te hundías hasta las estrellas?

No ha mucho, siendo mosca, tocabas opíparos banquetes y podridas

llagas; ora te estremeces por frio, ora ardes[6].

En esta otra frase expresa de manera metafórica un comportamiento de la mosca, la doméstica, que es atraída por las sustancias azucaradas. Esto aparece reflejado en el refranero, tanto en el repertorio del maestro Correas (1992) como en el del maestro Vallés (1549): «Haceos miel, y comeros han moscas».

Empero sucedióme lo que a el confitero, que al sabor de lo dulce acudían las moxcas y se lo comían (2.ª, III, cap. V, pág. 396).

En otro pasaje expone el modo servil para espantar las moscas domésticas que acudían a importunar a alguien de consideración:

Quitábale las moxcas con tanta puntualidad, que no había príncipe más bien servido (2.ª, III, cap. VIII, pág. 455).

Ahora nos trae un refrán muy conocido, el cual aparece recogido en el Vocabulario de refranes y formas proverbiales del maestro Correas (1992). Tiene varias explicaciones, pero exalta un fenómeno biológico; en verano las moscas están en plena actividad, tanto las que viven en las casas, establos, etc. como aquellas de ambiente natural:

Y a la mosca, que es verano (1.ª, II, cap. V, pág. 288).

Finalmente, la incluye en sentido figurado en la frase:

¿La mosca muerta, el que hacía del fiel, de quien yo fiaba mi hacienda? (1.ª, II, cap. VI, pág. 315).

Esta expresión, «mosca muerta», tiene un trasfondo claro: la mosca doméstica no pica, solo importuna, pero la «mosca brava o de los establos», de gran parecido con aquella, pica y desazona (Santiago-Álvarez, 2012a), casi siempre por descuido al no diferenciarlas. De aquí surge que el binomio «mosca muerta» se aplique en sentido figurado y familiar a aquella persona, al parecer, de ánimo o genio apagado, pero que no pierde la ocasión de su provecho (DLE).

Mosquito

Este término señala a un insecto díptero de sobra conocido por los tormentos que causa con sus picaduras, pero a veces también se aplica para especies inofensivas, de gran parecido, que vuelan en enjambres muy llamativos, pero no penetran en las casas.

Una sola vez aparece mencionado en el relato del Guzmán de Alfarache:

Y fue que, como los mosquitos lo persiguiesen, y hubiese muchos en toda Roma, y en casa buena cantidad, le dije:

—Yo, señor, daré un remedio de que usábamos en España para destruir esta mala canalla.

El me lo agradeció, y con ruegos me importunó, se lo diese. Díjele que mandase traer un manojo de perejil y, mojado en buen vinagre, lo pusiese a la cabecera de la cama, que todos acudirían al olor y, en sentándose en él, irían cayendo muertos.

Creyóme y hizolo luego. Cuando se fue a la cama, cargo tanto número dellos y dieronle tan mala vida, que le sacaban los ojos a tenazadas y le comían las narices. Dábase mil bofetadas para matarlos y, creyendo que morirían, paso hasta por la mañana.» (1.ª, III, cap. VII, pág. 431).

El autor expone un fenómeno natural que ocurría en la ciudad de Roma durante la época estival: la pululación de enjambres de pequeños dípteros durante las horas de luz y al crepúsculo, en las inmediaciones del río Tíber (Tevere), así como en espaciosos recintos con agua retenida, confundidos con mosquitos hematófagos, sin descartar la presencia de estos en las habitaciones y su insidiosa acción durante el reposo nocturno. Para su contención propone Guzmán su remedio, aunque con aviesa intención; pero el vinagre no actúa de atrayente, ni de repulsivo, ni de insecticida, carece de tales propiedades. Los mosquitos que hubieren entrado en la estancia del dómine Nicolao se lanzaron sobre su presa, sin interrupción alguna, atraídos por los efluvios que de su cuerpo emanaban.

La recomendación es probable que surgiera de la obra de Casiano Baso, Geoponica, donde leemos en el original griego: «Σπόγγοϛ ὄξει βραχείϛ, ἐὰν ἐκ τῆϛ ὀροφῆϛ κρεμασθῇ, πάνταϛ ἐκεῖ συνάγει» (libro XIII, cap. XI, 8). En la versión latina de 1543: «Spongia aceto imbuta si ex fastigio domus suspendatur, omnes culices illic congregabit» (Si una esponja empapada en vinagre suspendes del techo, todos los mosquitos se congregan allí [trad. del autor]). El manojo de perejil empapado en vinagre si atrajo mosquitos fueron inofensivos, las llamadas por otro nombre «mosca del vinagre»; estas, probablemente causaron importunación sobre el dómine Nicolao, que, junto con el correspondiente grado de histeria, fueron el motivo de tanta desazón y manotazos.

Piojo

Este sustantivo masculino hace referencia al insecto anopluro de boca chupadora con potente aparato perforador, hematófago, ectoparásito sedentario de los mamíferos; el que vive sobre el hombre resulta un compañero inseparable (Doby, 1998), sinantrópico.


El pícaro Guzmán de Alfarache manifiesta con detalle sin ningún prejuicio que estaba infestado:

… y sucio como estaba, lleno de piojos, metíme entre la ropa (1.ª, III, cap. I, pág. 371).

El parasitismo del piojo en tiempos pasados resultaba frecuentísimo, tanto en la parte de cabeza, el cuero cabelludo, como por el resto del cuerpo alojados en las costuras de las ropas con que cubrían las desnudeces.

En otro pasaje recrea el sitio apropiado para una segura infestación, porque era un lugar donde concurrían: hacinamiento, falta de higiene, cambio de ropa infrecuente, etc.:

Deje V. Md. a este bellaco ladrón, déle cien coces y no le haga prender; es un pobreto y se comerá en la cárcel de piojos (2.ª, II, cap. IV, pág. 201).

Finalmente, hace una alusión figurada en base a la pequeñez del insecto:

… haciendo la olla con tanto gordo de tocino, que sólo tenía el nombre, y así daban un brodio más claro que la luz, o tanto, que fácilmente se pudiera conocer un pequeño piojo en el suelo de la escudilla (2.ª, III, cap. IV, pág. 371).

Polilla

Este vocablo femenino, de origen incierto, alude a un insecto lepidóptero, mariposilla de colores apagados que vuela en la obscuridad cuyas larvas viven de lana, tejidos, pieles, etc. El término aparece cuatro veces citado en el texto del Guzmán de Alfarache.

En estas dos sentencias Mateo Alemán utiliza el término en sentido figurado:

… que a la más gente no muy descansada son polilla que les come hasta el corazón (1.ª, I, cap. II, pág. 137).

Verdaderamente se pueden llamar polillas de la riqueza (1.ª, III, cap. I, pág. 365).

En la siguiente viene aplicado como refuerzo del valor dañino de la langosta:

¡Pobres de los señores que no pueden o no saben o, por mejor decir, no quieren consumir esta langosta destruyendo tan dañosa polilla! (1.ª, II, cap. V, pág. 299).

Finalmente, vuelve a emplearlo como símil porque en la creencia popular abril y mayo estaban considerados los meses de cuya climatología dependía la buena cosecha:

¡Aquel tener siempre la mesa puesta, la cama hecha, la posada sin embarazo, el zurrón bastecido, la hacienda presente, el caudal en pie sin miedo de ladrones ni temor de lluvias, sin cuidado de abril ni recelo de mayo, que son polilla de los labradores, no desvelado en trajes ni costumbres, sin prevención de lisonjas, sin composición de mentiras para valer y medrar!» (1.ª, III, cap. V, pág. 405).

Pulga

El término es patrimonial derivado del latín pulex, -icis, hace referencia al insecto afaníptero (del gr. άφανής, invisible; πτερόν, ala; sin alas visibles), de pequeñas dimensiones, incluido entre los compañeros inseparables del hombre, sinantrópico (Doby, 1998), que se alimenta de sangre e inflige molestias por picadura.

El pícaro Guzmán expone la insidiosa actuación de este insecto en busca de su alimento, la sangre:

Porque fue tanto el número de pulgas que cargó sobre mi, que pareció ser también para ellas año de hambre y les habían dado conmigo socorro (1.ª, I, cap. VI, pág. 177.

Más adelante vuelve a incidir en las molestias y desasosiego que causa cuando despliega su acción durante el apacible reposo nocturno:

¡Cuántas pulgas les darían muy malas noches por muchos días! (2.ª, II, cap. VIII, pág. 270).

En esta otra cita aclara la situación, o condición ambiental, que procura la aparición de pulgas: lugares poco acicalados donde abundan los detritos que favorecen la alimentación y cría de las inofensivas larvas:

Traíale la plata y más vasos de la bebida tan limpios y aseados, que daba contento mirarlos, el vino y agua, fresca, mullida la lana de los trasportines, el rancho tan aseado de manera que no había en todo él ni se hallara una pulga ni otro algún animalejo su semejante (2.ª, III, cap. IX, pág. 467).

En las siguientes resalta su diminuto tamaño:

Que hay hombre [que], si se le ofrece propósito para cuadrar su cuento, deshará las pirámides de Egipto, haciendo de la pulga gigante, de la presunción evidencia (1.ª, I, cap. I, pág. 102).

De cada pulga fabricaban un pueblo (2.ª, III, cap. VI, pág. 420).

Ambas guardan correspondencia con el refrán recogido por el maestro Correas (1992): «Hacer de una pulga un caballo, o un camello».

Pulpo

El vocablo se refiere al molusco cefalópodo, comestible, cuya captura se practicaba en aguas litorales poco profundas.

En esta frase, Mateo Alemán emplea al pulpo como término de comparación.

Bien que por ahí dicen algunos que esto de pretender oficios y judicaturas va por ciertas indirectas y destiladeras, o, por mejor decir, falsas relaciones con que se alcanzan; y después de construidos con ellos, para volver algunos a poner su caudal en pie, se vuelven como pulpos. No hay poro ni coyuntura en todo su cuerpo que no sean bocas y garras (1.ª, I, cap. I, pág. 114).

En ella expone con claridad un aspecto del comportamiento del animal, el cual queda clarificado en la sentencia que coloca a renglón seguido. Esto resulta trasunto de lo referido en la Historia natural de Plinio: «De los pulpos hay muchas especies; los que se crían cerca de la tierra, son mayores que los del piélago. Todos usan de los brazos en lugar de pies y mano. […] Fuera desto, con unos como vasos esparcidos por los braços, con cierto chupamiento se asen, y de tal manera afierran estando boca arriba, que no pueden ser apartados» (libro IX, cap. XXIX).

En otras dos citas alude al aspecto morfológico:

Que como rabos de pulpos cuelgan de cada cosa destas (2.ª, III, cap. II, pág. 332).

Pues, como yo le viese un hombre hecho pedazos, con más rabos que un pulpo, sin zapatos, calzas (2.ª, III, cap. V, pág. 395).

Ahora concluye con su consideración gastronómica:

Pues qué diré del pescado, aquel pulpo y bello puerro, aquella belleza de sardinas arencadas (2.ª, III, cap. IV, pág. 373).

Sanguijuela

Este anélido es de hábitat dulceacuícola y de hábito alimentico hematófago, que por descuido o imprudencia puede pegarse al biotopo cutáneo de ganados y del hombre.

Las dos citas halladas en el Guzmán de Alfarache se valen del símil, exaltan el carácter hematófago del animal en clara correspondencia con la paremia recogida en el Vocabulario de refranes del maestro Correas (1992): «Chupar la sangre como sanguijuela»:

Al amancebado le consumieron el tiempo y la mala mujer; al jugador desengañó el tablajero que, como saguisuela de unos y otros, poco a poco les va chupando la sangre: hoy ganas, mañana pierdes, rueda el dinero, vásele quedando, y a los que juegan sin él (1.ª, I, cap. I, pág. 112).

Daca el solicitador, toma el abogado, poquito a poquito, como sanguijuelas, me fueron chupando la sangre, hasta dejarme sin virtud (2.ª, III, cap. VII, pág. 439).

Tábano

Este término patrimonial, del lat. tabanus, alude a un insecto díptero, cuyas hembras requieren sangre para la maduración de los ovarios, pican repetidamente a los animales e incluso pueden hacerlo al hombre.

El autor del Guzmán de Alfarache habla en sentido figurado de la acción punzante:

Me picaban tábanos por hallarla y di cien vueltas aquella noche por propia calle (2.ª, III, cap. II, pág. 319).

Sin embargo, la frase es una figura retórica porque las hembras de los tábanos son muy activas durante las horas diurnas en días calurosos y soleados.

Zángano

Este es un término de origen incierto, designa al macho de la abeja melífera.

En el Guzmán de Alfarache aparece una sola vez:

Pues volver a casa manivacío, sin haber llevado la provisión por delante y que por ventura los compañeros tuviesen ya labrada la miel, me llamaran zángano, que se la quería comer mis manos lavadas (2.ª, II, cap. IV, pág. 197).

En esta sentencia, Mateo Alemán inserta el término en sentido figurado, porque en aquella época aún se desconocía la función del zángano en el enjambre, fertilizar a la reina; era creencia general que vivía a expensas de la miel que labraban las abejas trabajadoras.

4. Apéndice

A este elenco cabe añadir los invertebrados que cita de manera indirecta:

Arador*

Este es el ácaro sarcóptido causante de la dolencia dérmica sarna, descubierto en el siglo xii por el médico hispano-árabe Avenzoar (Martínez de Anguiano, 1884), aunque su implicación en la generación de las lesiones cutáneas no quedó establecida hasta mediado el siglo xix (Doby, 1998).

Mateo Alemán habla de la sarna propiamente dicha:

Tanto ha que huelgo, que ya con el ocio ha criado el entendimiento sangre nueva y está lleno de sarna (2.ª, II, cap. V, pág. 213).

… que ni se las besan ni besarían, aunque los viesen obispos, y más las de algunos que las tienen llenas de sarna o lepra, y otros con uñas caireladas, que ponen asco mirarlas (2.ª, III, cap. I, pág. 311).

También de otras variantes de ella (Martínez de Anguiano, 1884):

Y si no se hubiera purgado en salud, bien creo que le saltara en arestín, mas como se labró sobre sano, ni le pudieron coger por seca ni descubrieron blanco donde hacerle tiro (1.ª, I, cap. II, pág. 121).

Él es como la seca, que el daño está en el dedo y escupe debajo del brazo (2.ª, III, cap. II, pág. 325).

Cigarra*

El insecto hemíptero-homóptero que ocasiona molestias con su monótono canto durante el período del estío, aparece insinuado en la siguiente expresión:

Tenía más enjertos que los cigarrales de Toledo (1.ª, I, cap. II, pág. 139).

Lugares llenos de árboles, apropiados para el desarrollo de las ninfas, que viven a expensas de las raíces, y para la alimentación y reproducción de los adultos sobre brotes jóvenes.

Ostra*

Este molusco bivalvo aparece delatado en la siguiente sentencia:

He visto en ti y entiendo que debajo de aquesos terrones y conchas feas está el oro finísimo y perlas orientales (1.ª, I, cap. VIII, pág. 229).

El sustantivo plural conchas habla de los despojos del animal; el calificativo de feas hace referencia a su apariencia externa; el sustantivo perlas hace mención a una producción zoógena de enorme aprecio que se genera dentro del bivalvo cuando un cuerpo extraño (grano de arena, larvas de trematodos o cestodos) penetra entre el manto y la concha (Santiago-Álvarez, 2011).

5. Recapitulación

Los invertebrados presentes en el Guzmán de Alfarache son todos de vida libre, tanto los veinte artrópodos como los seis no artrópodos (tabla 3), los cuales configuran un compendio de nuestra rica fauna. El elenco está constituido por animales que guardan estrecha relación con el hombre desde los tiempos más remotos y que formaban parte de la sabiduría popular, aparecen en el acervo paremiológico (Santiago-Álvarez, 2014).

Tabla 3. Los invertebrados en el Guzmán de Alfarache

No artrópodos

Artrópodos

caracol

coral

esponja

ostra*

pulpo

sanguijuela

abeja

alacrán

arador*

araña

avispa

carcoma

cigarra*

coco

escarabajo

gusano

hormiga

lagostín

langosta

mosca

mosquito

piojo

polilla

pulga

tábano

zángano

La diversidad del conjunto resulta llamativa, los invertebrados no artrópodos se reparten entre cuatro tipos de la escala zoológica: poríferos, cnidiarios, anélidos y moluscos; son de hábitat acuático, con la excepción del caracol terrícola que vive en suelos húmedos. Todos son útiles, salvo la sanguijuela, que puede originar daños de consideración, así como los caracoles que discurren por áreas antropizadas (tabla 4).

Tabla 4. Animales invertebrados no artrópodos

Tipo

Nombre

Modo de vida

Motivación

Poríferos

esponja

marino

beneficio

Cnidiarios

coral

marino

beneficio

Anélidos

sanguijuela

dulceacuícola

daño

Moluscos

pulpo

marino

beneficio

ostra*

marino

beneficio

caracol

terrestre

beneficio

daño

Los invertebrados pertenecientes al tipo artrópodos se reparten en tres clases: arácnidos, malacostráceos e insectos (tabla 5). La preponderancia de los insectos se debe a que estos suponen los 9/10 del conjunto de artrópodos.

Tabla 5. Los artrópodos en el Guzmán de Alfarache

Mateo Alemán

Clase arácnidos

alacrán

arador*

araña

Clase malacostráceos

lagostín

Clase insectos

abeja

avispa

carcoma

cigarra*

coco

escarabajo

gusano

hormiga

langosta

mosca

mosquito

piojo

polilla

pulga

tábano

zángano

Los tres términos computados en arácnidos representan otros tantos órdenes, exponente de la diversidad de la clase, son de vida aérea, en ambiente natural o en la compañía del hombre, sinantrópicos (tabla 6). Causan daños, el alacrán, por descuido o imprudencia; la araña, tanto las de ambiente natural como las sinantrópicas, de modo fortuito y el arador vive como ectoparásito en el propio cuerpo del hombre.

Tabla 6. La distribución de los arácnidos que aparecen

Orden

Nombre

Modo de vida

Motivación

Escorpiones

alacrán

a. natural

daño

Arañas

araña

a. natural

sinantrópico

daño

Ácaros

arador*

sinantrópico

daño

El crustáceo citado por Mateo Alemán, lagostín, es la langosta de mar, conocida y utilizada desde antiguo en gastronomía.

Los dieciséis vocablos referidos a insectos se reparten en ocho órdenes, visión bastante precisa de la diversidad característica de esta exitosa y abundantísima clase; todos son de hábitat aéreo, unos viven en ambiente natural, otros en la habitación y compañía del hombre, sinantrópicos (tabla 7). El término gusano aparece en tres órdenes (lepidópteros, dípteros y coleópteros), porque así lo hemos deducido del texto.

Tabla 7. La distribución de los insectos que aparecen

Orden

Nombre

Modo de vida

Motivación

Ortópteros

langosta

a. natural

daño

Ptirápteros

piojo

sinantrópico

daño

Hemípteros

cigarra*

a. natural

daño

Lepidópteros

gusano-seda

sinantrópico

beneficio

gusano

a. natural

daño

polilla

sinantrópico

daño

Dípteros

gusano

a. narural

daño

mosca

sinantrópico

daño

mosquito

a. natural

daño

tábano

a. natural

daño

Sifonápteros

pulga

sinantrópico

daño

Coleópteros

carcoma

sinantrópico

daño

coco

a. natural

daño

escarabajo

a. natural

beneficio

gusano

a. natural

daño

Himenópteros

abeja

sinantrópico

beneficio

avispa

a. natural

daño

hormiga

a. natural

daño

zángano

sinantrópico

beneficio

La relación de insectos beneficiosos queda reducida al gusano de seda, único insecto doméstico, a la domesticada abeja y al escarabajo que colabora en la descomposición del estiércol en humus.

El resto de los insectos origina daños. Así, entre los de ambiente natural unos, al hombre: avispa, cigarra*, gusano, mosquito, tábano; otros, a sus intereses: coco, hormiga, langosta. Los sinantrópicos son dañinos al hombre: mosca, piojo, pulga; y a los bienes: carcoma, polilla.

Cándido Santiago Álvarez

Catedrático emérito de Entomología Agrícola

Universidad de Córdoba




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NOTAS

[1] En todo el artículo, las citas textuales proceden de la edición del Guzmán de Alfarache preparada por D. Benito Brancaforte. 2.ª edición. Cátedra, Letras Hispánicas. 2 vol. Madrid, 1984.

[2] Para las citas textuales nos hemos inclinado por la Historia natural de Cayo Plinio Segundo, traducida por el licenciado Gerónimo de Huerta, 2 vol., Madrid, 1624.

[3] Las citas textuales proceden de: Αριστοτέλης, Τῶν περὶ τὰ ζῷα ἱστοριῶν. Απαντα, τόμος 15, 16, 17, 18. ΚΑΚΤΟΣ. Αθήνα. {Historia de los animales, tomos 15, 16, 17, 18, Obras completas}. Edición bilingüe: griego clásico, griego moderno. Atenas, 1994.

[4] OPIANO. (1990): (Halieutica, De la pesca, 5: 612).

[5] La cita textual procede de: Αιλιανός. Περὶ ζῷων ἰδιότητος. Απαντα, τόμος 1, 2, 3, 4. ΚΑΚΤΟΣ. Αθήνα. {Eliano. Sobre las propiedades de los animales, tomos 1, 2, 3, 4, Obras completas}. Edición bilingüe: griego antiguo, griego moderno. Atenas, 1992.

[6] Traducción de Garrote Barral en vol. II, pág. 22, Obras completas de Vicente Espinel, Málaga; 2001-2002.