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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 422.

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La tradición es una necesidad. Porque es una falsilla común sobre la que cada uno escribimos los renglones que narran nuestra existencia. Y esa falsilla o referencia está compuesta por aquellos saberes, contrastados por el uso y la práctica, que pueden ayudar al ser humano a crecer o a sobrevivir, aprovechándose este del conocimiento o del dominio que siempre trató de tener sobre el entorno en el que habitaba y sus posibilidades. Puesto que para sobrevivir en tiempos pasados el individuo precisó de esos conocimientos, procuró conservar y grabar en su memoria los factores más esenciales que entraban en su composición, contribuyendo además de ese modo a entender por sí mismo la bondad o maldad de las cosas en virtud de sus resultados.

Todo ese aprendizaje basado en modelos repetitivos sigue funcionando, a pesar de la tendencia actual a sacrificar lo antiguo en aras de lo nuevo, porque ayuda al ser humano a controlar —al menos a atenuar— su inseguridad y a comprobar que su imaginario y sus conocimientos tienen un factor común que se suele presentar en forma de emblema, es decir, en forma de imagen que ayuda a representar algo que sabemos o que intuimos.

Desde el siglo xv la imagen de Jesús niño (dormido, despierto, bendiciendo, etc.) al que, de algún modo, se le añaden los símbolos de la Pasión, comienza a hacerse popular, si bien será el Barroco el período en que la iconografía se enriquezca —merced a la difusión que los franciscanos hicieron de tal devoción— y llegue a ser casi agobiante. Algunas imágenes populares muestran a un Jesús niño (anterior a la imagen del niño Jesús de Praga del siglo xvii) bendiciendo con la mano derecha y sosteniendo el mundo en la izquierda. Sobre su túnica se dibujan todos los símbolos de su futuro padecimiento: la cruz, la corona de espinas, los clavos, los látigos de la flagelación, la lanza, la esponja con vinagre, los dados que usaron los soldados para sortear sus vestiduras, el martillo, las tenazas, la escalera, la columna, la mano haciendo la higa (o sea, insultando), el gallo de san Pedro, etc.

La memoria, entendida como la facultad de rescatar del pasado elementos fecundadores de la personalidad y de la vida, oscila así entre un recuerdo imaginado y la historia común. Pero si su uso va más allá del simple recurso para inventariar datos y se reconoce como un principio eficaz sobre el cual articular ideas y relacionar conceptos y creencias... ¿qué futuro puede aguardar a una sociedad que renuncia voluntariamente a todo eso? Antes de que los antiguos designaran a Mnemosina como la musa protectora de la memoria, su hermana Polimnia ya presidía los himnos y cantos en honor de los dioses y de los héroes. Según la tradición, Polimnia tenía la facultad de aprender y de recordar, por eso se la representaba en actitud de reflexión. Su emblema era una mano tirando de una oreja, lo cual significaba la primitiva costumbre de dar un tirón de orejas al que había olvidado algo. Tal vez sea el momento de recordar a la sociedad actual en cuánta medida es deudora de la voz y la memoria y, asimismo, sea el momento oportuno para darle un tirón de orejas necesario y estimulante.