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La percepción auditiva en relación con el desarrollo de las capacidades cognitivas

CABRELLES SAGREDO, Mª Soledad

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 424.

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El sonido forma parte de nuestras vidas. Los seres humanos utilizan el sonido desde los tiempos más remotos con diferentes fines, es decir, para obtener información sobre el mundo que los rodea, para comunicarse con la naturaleza y otros seres vivos, para celebrar acontecimientos especiales (ritos, ceremonias paganas y religiosas, etc.), para deleite del sentido del oído como goce estético, para realizar terapias, como son los llamados “sonidos curativos” en la medicina tradicional china (MTC), practicada desde hace muchos siglos en Oriente o la musicoterapia en Occidente.

El sonido es una sensación auditiva percibida por el oído, producido por movimientos o vibraciones de la materia que se propagan en forma de ondas longitudinales en todas direcciones a través del aire o de otro medio elástico. Estas ondas sonoras influyen en todo cuanto acarician y poseen diferentes tipos de tono o frecuencia, intensidad o volumen, timbre o calidad y duración. Son invisibles e intangibles en el aire, pero podemos observarlas a través de los efectos de sus vibraciones por las formas geométricas, circulares, que generan cuando atraviesan diversos líquidos o semisólidos, como el agua, el mercurio, el gel de glicerina y otras sustancias. De todas las ondas sonoras existentes, el oído humano solo percibe las que tienen una frecuencia entre 15 a 20.000 Hz., por eso los infrasonidos (frecuencia menor de 15 Hz) y los ultrasonidos (frecuencia mayor de 20.000 Hz) no son audibles aunque pueden medirse a través de diversos medios tecnológicos.

La música, en cambio, es la ordenación racional de los sonidos y el silencio dotados de significación para que produzca deleite y conmueva la sensibilidad, ya sea alegre o tristemente. La energía sonora es la materia prima de la que está hecha la música, por eso decimos que la música está formada de sonidos pero no todos los sonidos son música.

El sonido y la música penetran en nuestro cuerpo variando sutilmente las ondas cerebrales y modificando la presión arterial, el tono muscular, la temperatura corporal, la percepción del espacio-tiempo y hasta los niveles de endorfinas.

El oído humano posee una estructura compleja de asombrosa sensibilidad. No solo nos permite oír sino también ser conscientes de la posición y movimiento de nuestro cuerpo, contribuyendo así al sentido del equilibrio y a organizar la respuesta motriz. De la existencia de un buen funcionamiento vestibular entre los dos oídos depende el desarrollo del esquema corporal y la capacidad para integrar movimientos, ritmos y ubicación en el espacio y el tiempo. El oído interviene en el 90 % de la información y estimulación sensorial que recibe nuestro cerebro, por tanto, tiene una enorme influencia para el resto de nuestro cuerpo. Una escucha equilibrada en el trabajo de los dos vestíbulos (izquierdo y derecho), además de un diálogo sincronizado entre vestíbulo y cóclea, posibilita las bases para una respuesta emocional que conduce a «reacciones adaptadas» y contribuye a incrementar una «motivación positiva» regulando impulsos y aumentando la sociabilidad. El oído, como captor de información, tiene una función muy importante en la percepción de los sonidos del habla y está ligado a ritmos fisiológicos y neurovegetativos, por eso la escucha es una percepción activa, voluntaria, selectiva y, por tanto, consciente.

Percepción auditiva en la etapa intrauterina

Muchos investigadores se han interesado en el desarrollo y funcionamiento del oído en el período de gestación, pero fue el médico francés Alfred Tomatis (1920-2001) quien dedicó mayor tiempo a profundizar sobre este tema. Este especialista en otorrinolaringología, durante la década de 1950, realizó numerosas investigaciones sobre la función de los sonidos percibidos por el feto durante el tiempo de gestación, a fin de encontrar tratamientos eficaces para los trastornos de la audición. En la etapa intrauterina, los oídos rudimentarios aparecen a las pocas semanas de la concepción y a partir de los cuatro meses y medio, momento en el cual los oídos ya están completos y funcionando, el feto es capaz de oír y reaccionar a los sonidos, lo que supone la mitad del tiempo que pasa en el vientre materno.

El Doctor Tomatis descubrió que los sonidos corporales de la madre (ritmo cardíaco, ritmo respiratorio, toser, masticar, tragar, eructar, etc.) junto con el sonido de su voz funcionaban como «cordón umbilical sónico» para el desarrollo del futuro bebé, constituyendo una fuente primaria de estimulación. Creó un método basado en la escucha de sonidos grabados y filtrados, que simulaban la voz de la madre y el ambiente sonoro uterino, a fin de corregir trastornos en la escucha y en el aprendizaje. Observó que, cuando no podía integrar la voz de la madre por ausencia, la música de Mozart suplía perfectamente esta carencia y era la más efectiva para el tratamiento de las alteraciones auditivas y psicológicas.

Desde entonces, a través de sus múltiples Centros de Escucha situados en diversas ciudades del mundo, se han hecho pruebas a más de 100.000 personas (niños y adultos) para paliar problemas relacionados con una audición deficiente que provocaba disfunciones en la atención, memoria y otras capacidades cognitivas. Este médico se basó en melodías, ritmos y altas frecuencias de la música de Mozart para activar determinadas zonas del cerebro. Consideraba que a través de su obra se podía acceder a niveles profundos del ser humano aunque no predominara el genio matemático de Bach, ni levantara oleadas de emociones como el turbulento Beethoven.

El «Efecto Mozart»

En 1993, la psicóloga francesa Rauscher, F. H., junto con Shaw, G. L. y Ky, K. N. de la Universidad de California publicaron un artículo sobre la influencia de la música en la realización de tareas espaciales que ha servido de punto de partida para investigaciones posteriores sobre lo que se ha denominado el «Efecto Mozart». Este efecto fue muy difundido por el educador, músico y compositor estadounidense Don Campbell (1947-2012), en su libro del mismo nombre publicado en 1997, donde expone las propiedades de algunas melodías, ritmos y tonos de composiciones musicales para ayudar a fortalecer funciones psicológicas, desarrollar capacidades creativas, eliminar bloqueos emocionales y mejorar la inteligencia.

Dicho artículo se refería al resultado del estudio realizado con 36 estudiantes universitarios que escucharon 10 minutos de la «Sonata para dos pianos en Re Mayor (K.448)», de W. A. Mozart y lograron mejores puntuaciones en los test de inteligencia espacial que después de escuchar instrucciones de relajación o silencio. El efecto duró aproximadamente 10 a 15 minutos y, aunque los resultados fueron comprobados por otros investigadores, no todos pudieron reproducirlos. La investigación sobre los motivos y las limitaciones de dicho efecto en adultos sigue en marcha y no puede deducirse ninguna evidencia científica que apoye que la escucha de música mejore el cociente de inteligencia (CI), como afirma la numerosa industria de libros y discos existentes.

Los investigadores Mckelvie, P. y Low, J. (2002) realizaron dos estudios con 103 niños, de 11 a 13 años de edad, pero no han encontrado ningún apoyo experimental de dicho efecto, por lo que concluyen que sus implicaciones educativas parecen ser limitadas.

Estudios sobre la influencia de la música en diversas capacidades cognitivas

En 1997, varios investigadores intentaron demostrar una relación causal entre música y tareas espaciales y, al analizar los resultados de sus estudios, encontraron que el grupo de niños que recibió, durante 8 meses, clases de piano tuvo puntuaciones más altas en las tareas de montaje de objetos que miden las destrezas espacio-temporales, que los niños que no tuvieron clases de música. El aumento fue considerable desde el comienzo hasta los cuatro meses y menor entre los cuatro y los ocho meses pero el aumento total, comparando los resultados iniciales y finales, fue muy elevado. El argumento que lo explica es que, en la tarea de montajes de objetos, se requiere la formación de una imagen mental y luego se orientan dichos objetos para reproducir dicha imagen, de forma similar a como en la práctica musical se requiere una representación mental de algo que se realizará después.

En 2002, los investigadores Bilhartz, T. D. y Rauscher, F. H. estudiaron los efectos de la utilización de instrumentos de teclado, en niños de 3 a 9 años, obteniéndose mejores resultados cuanto más pequeños empezaban el aprendizaje, incluso antes de los 5 años, y dichos resultados perduraban más tiempo si se seguían al menos durante dos años.

En 2003, Rauscher, F. H. y LeMieux, M. T., realizaron investigaciones sobre la influencia de la música en habilidades aritméticas, comparando los efectos de la utilización de teclados con los del canto y el ritmo en la percepción espacial de 123 niños, de 3 a 4 años, de bajo nivel económico. Los grupos de experimentación lograron mejores resultados pero el grupo con actividades rítmicas fue el mejor en tareas de seriación y aritmética, no afectándose significativamente las tareas verbales ni de memoria. Este estudio sugiere que distintos tipos de prácticas musicales afectan a diferentes aspectos de la cognición. Para estudiar la durabilidad de las mejoras cognitivas halladas en niños que reciben educación musical, se han realizado investigaciones en niños de 9 años que estudiaban piano y lograron mejores resultados que el grupo de control inmediatamente después de las prácticas, pero no se encontraron diferencias después de dos años.

La relación entre música y matemáticas fue estudiada por Graciano, A. B., Peterson, M. y Shaw, G. L., en 1999. Estos investigadores fueron de los primeros en interesarse por esta relación aunque posteriormente otros han profundizado más en este tema. Compararon los resultados de raciocino proporcional de varios grupos de niños de 7 a 9 años (136 en total) con y sin enseñanza de teclado y los resultados indicaron que los grupos con enseñanza musical de piano lograron mejores resultados que los del grupo de control.

También en 1999, el investigador Hurwitz, I. realizó estudios sobre los efectos de una educación musical con los métodos Kodály y Orff, durante un año (cinco días a la semana) y durante cinco meses (tres veces a la semana) sobre la influencia en la capacidad lectora, en niños de Primaria. Los resultados indicaron que el grupo experimental mejoró su lectura mucho más que el grupo de control.

Conclusión

Para finalizar, teniendo en cuenta los estudios realizados, se deduce que la relación de la percepción auditiva de la música y el desarrollo de las capacidades cognitivas, sobre todo en el raciocinio espacio-temporal, parece incuestionable, lo que permite actuar de catalizador para la mejora de otras disciplinas.

Sin embargo, hay varios aspectos que se deben seguir investigando, ya que todavía se conoce poco sobre los mecanismos a través de los cuales la educación musical contribuye a los efectos de transferencia y se necesitan más estudios longitudinales, a lo largo de un tiempo mayor, para determinar la duración de los efectos producidos por la música. Asimismo, es recomendable tener en cuenta variables como introducir un período de espera determinado entre la escucha y los tests, a fin de establecer la duración y la disminución progresiva del efecto, variar el tiempo de escucha, analizar los efectos sobre otras medidas de inteligencia general, utilizar diversos estilos musicales y distintos compositores así como diferentes profesores. Por último, sería conveniente también realizar la experiencia con músicos y no músicos para determinar la forma en que procesan la música los niños o adultos y, sobre todo, interpretar música y no solo escucharla.