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Aspectos etnológicos y folklóricos en la obra del cronista de Sigüenza Don Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo

LOPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón

Publicado en el año 2017 en la Revista de Folklore número 426.

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En recuerdo y homenaje a Juan Antonio

Antes de entrar de lleno en la obra de nuestro recordado amigo, quisiera ofrecer algunos datos acerca de aquellas personas que pudiéramos considerar como «pioneras» de los estudios folklóricos en la provincia de Guadalajara.

Los hubo anteriores al siglo xx, pero no nos extenderemos demasiado en ellos puesto que en la actualidad nos quedan un tanto alejados en el tiempo y, gran parte de los autores así como sus trabajos, fueron más bien escasos, aunque algunos de gran interés. La mayoría fueron publicados por Mayoral y Medina en periódicos de la época como Flores y Abejas o por Pareja Serrada en El Briocense...

Aunque también se publicaron algunos libros como el de Díaz Milián, Reseña histórica del extinguido Cabildo de Caballeros de Molina de Aragón continuada con la de la Ilustre Cofradía Orden Militar del Monte Carmelo instituida en la misma Ciudad (1886); el curiosísimo Costumbres y Rebuznos Alcarreños en renglones cortos y largos, escrito al alimón por El Celipe y El Polito (1907); o los trabajos de don Claro Abánades acerca de Ntra. Sra. de la Hoz (s./f.) y La Reina del Señorío (1929), entre otros (León Luengo, Julio de la Llana...), por eso, en esta ocasión prefiero centrarme en aquellos autores que podríamos considerar como «pioneros» en este tipo de trabajos.

De los precedentes y «pioneros»

En realidad son escasos los trabajos que sobre el folklore provincial –menos aún del seguntino– podemos encontrar, posteriores al año 1939, y además, suelen estar enfocados desde un punto de vista un tanto historicista, ensalzando algunas hazañas o hechos importantes acaecidos en la provincia de Guadalajara y convertidos en leyenda, aprovechando el momento gozoso de los vencedores.

Hay que esperar hasta los años cuarenta para conocer los estudios o trabajos que podríamos considerar como «pioneros», en lo referente al costumbrismo, la etnografía y el folklore.

Ello se debe a la aparición –en 1944– de la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, en cuyas páginas aparecieron trabajos de gran interés y calidad, llevados a cabo, generalmente, por maestros de colegios rurales o por profesores provenientes de la cercana Universidad madrileña, deportados al Instituto «Brianda de Mendoza» de Guadalajara, donde habían sido trasladados por comulgar con ideas contrarias a las del régimen, que le sirvieron de corresponsales.

Entre ellos podemos citar a Fuente Caminals, autor de una recopilación sobre «La Carta de Candelas (Casar de Talamanca, Guadalajara)» (1944-1945), «Algunas palabras de Renera (Guadalajara)» (1951), «Botarga» de la Fiesta del Niño Perdido en Valdenuño Fernández (Guadalajara)» (1951), «Mayas de Hontoba» (1962).

Sinforiano García Sanz, que dio a conocer «Cuentos enlazados» (1946), «La quema del Judas en la provincia de Guadalajara» (1948), «Notas sobre el traje popular en la provincia de Guadalajara» (1951) y el más conocido de todos: «Botargas y enmascarados alcarreños (Notas de Etnografía y Folklore)» (1953).

Ernesto Navarrete también dejó su huella en la mencionada Revista con varios trabajos como «Devociones típicas: las Hermandades de San Antón y San Sebastián. Festividad de San Pedro. San Antón» (1947), informes recopilados en Moratilla de los Meleros, Pastrana y Budia (Guadalajara); «Semana Santa y limonada en Moratilla de los Meleros (Guadalajara)» (1947), «Canciones (Moratilla de los Meleros, Guadalajara)» (1947), «Devociones populares» (1949), «La botarga» de San Blas en Peñalver (Guadalajara)» (1951), «Corridas de gallos. Guadalajara» (1952), «El jueves lardero» (1952), «La Fiesta de San Agustín, Patrono de Fuentelencina (Guadalajara)» (1955) y «Semana Santa. Moratilla de los Meleros (Guadalajara)» (1959), como también lo hizo, aunque en menor escala

José Sanz y Díaz con «Adivinanzas» (Señorío de Molina, Guadalajara) (1947), cuya obra siempre fue muy dispersa, como podemos apreciar a través de otros trabajos suyos como «La vida nómada de los gancheros del Júcar y del Alto Tajo», que dio a conocer en Publicaciones de la Real Sociedad Geográfica (1947) o «El castillo de Motos y su leyenda» (1955), que vio la luz en el Boletín de la Asociación Española de Amigos de los Castillos.

Junto a estos autores, que podríamos considerar como los «pioneros» de los estudios del folklore de Guadalajara no debemos olvidar al doctor Layna Serrano, que en 1942 comenzó su andadura sobre la fiesta «de sus amores»: La Caballada, con un extenso artículo: «La histórica cofradía de «La Caballada» en Atienza», publicado en Hispania IX, al que siguieron otros como «La Cruz «del Perro» y la iglesia de Albalate de Zorita (Guadalajara)» (1943) y «Tradiciones alcarreñas. El Mambrú de Arbeteta y la Giralda de Escamilla» (1944), publicados en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, además de la ingente cantidad de trabajos, sobre dictados tópicos, motes y apodos, de don Gabriel María Vergara y Martín, que se podrían completar con «El coleccionista de apodos» del inefable C.J.C. y algunos trabajos del Dr. Castillo de Lucas.

La emigración y la despoblación

Aceptaremos que el periodo que acabamos de mencionar, que abarca aproximadamente desde los años 1944, en que, como hemos dicho, se crea la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, a los comienzos o mediados de los años sesenta, momento nefasto para la etnografía y el folklore provinciales que, por aquello de la emigración se vio relegado a ser algo sin valor, puesto que no nada tenía que ver con esa especie de desarrollismo español entonces tan pujante en que nacieron los Planes de Desarrollo y la mano de obra rural era necesaria en las grandes urbes, por lo que el mundo rural, los pueblos, especialmente los más pequeños, se fueron despoblando paulatinamente. España había pasado de la «alpargata al charol», de la «borriquilla al seiscientos».

Así, con un pensamiento basado en que los pueblos no representaban más que un pasado que no merecía la pena conservar, se fueron perdiendo millares de objetos cotidianos, artesanías, entre ellas la alfarería y la forja, aperos de labranza, útiles para el ganado... que en muchos casos se malvendieron o se cambiaron –como si nada valiesen– por vasijas de plástico o coloristas batas de boatiné para señoras con rulos a la cabeza y zapatillas de andar por casa...

Guadalajara perdió en estos años, proporcionalmente hablando, mucho más patrimonio etnográfico que durante la guerra incivil del 36 al 39. A pesar de todo todavía había una luz de esperanza. Aún quedaba un grupo de investigadores interesados en la etnología y el folclore que recorrieron los últimos reductos de la geografía alcarreña en busca de su población anciana, esa población que todavía conservaba en su mente una antigua y larga serie de muestras de la tradición oral y de otras manifestaciones de la cultura que hoy hemos dado en decir inmaterial.

Había que darse mucha prisa en recoger toda esa sabiduría popular aún latente, viva, porque cuando esas personas, aquellas añosas «bibliotecas vivientes» dejaran de existir, se perdería una gran carga de cultura popular tradicional, ancestral en muchas ocasiones: mitos, cuentos, leyendas, chistes, consejas, refranes, formas de medir el tiempo y todo lo medible, palabras, jergas... y quién sabe cuántas cosas más, de modo que, en 1964, el entonces ministro Fraga Iribarne quiso demostrar al común que España iba bien, antes de ser diferente, y para ello editó un libro –conteniendo un disco y un mapa en sus solapas– sobre cada una de las provincias españolas, con motivo de la celebración de los XXV Años de Paz (España en Paz. XXV Años de Paz).

En el correspondiente a la provincia de Guadalajara, el disco es lo importante, puesto que recoge una serie de materiales grabados en directo de la voz del pueblo, aunque su texto no deja de ser un topicazo más acerca de los valores paisajísticos y culturales de cada provincia.

Es más o menos por entonces cuando surge un segundo grupo de investigadores, yo lo llamaría así, cuya labor se desarrolla aproximadamente entre mediados de los años sesenta y mediados de los setenta.

Una década de trabajos, entre los que destacaremos los nombres del Dr. Castillo de Lucas, ya citado, pero que siguió su tarea, especialmente a través de dos obras fundamentales para el conocimiento de Guadalajara: el Retablo de tradiciones populares españolas (1968), recopilación de trabajos breves entre los que se incluye «La Fiesta del Cristo de Montarrón», y otro libro más, Historias y tradiciones de Guadalajara y su provincia (Costumbres, devociones, fiestas, coplas, refranes, leyendas, notas de arte popular, biografías y lugares, etc., relacionados con Guadalajara y pueblos de su provincia), Guadalajara 1970, de igual o mayor interés, a cuya presentación asistimos nuestro homenajeado y quien esto escribe.

Fue la primera obra que se publicó por parte del Patronato Provincial de Cultura «Marqués de Santillana» que, después, recibiría el nombre de Institución Provincial de Cultura «Marqués de Santillana».

Poco antes, Pilar García de Diego, a la que tuve la suerte de conocer gracias a Sinforiano García Sanz, dio a conocer en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, XXV (1965), un trabajo –apenas conocido por los estudiosos de la etnología y el folklore de Guadalajara–, titulado «Comedia de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo (Guadalajara)», que vino a coincidir con los trabajos cinematográficos del que considero mi gran maestro y amigo, don Julio Caro Baroja, quien con su hermano Pío recorrió numerosos pueblos de nuestra geografía provincial en busca de las botargas que por aquellos tiempos eran las más representativas del mundo carnavalesco y que dieron a conocer en una filmación y un trabajo –el guión de la misma, más o menos reducido– que se llamó «A caza de botargas», primeramente publicado en la tantas veces mencionada Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, (XXI, 1965) y, posteriormente, en otras publicaciones como El Carnaval. (Análisis histórico-cultural), Madrid, 1965 o Estudios sobre la vida tradicional española (Barcelona, 1968).

Don Julio pensaba, como también lo pienso yo, que cuantas más veces se publicase un trabajo, más ampliamente sería conocido. Evidentemente sin egoísmo alguno ni estúpidas vanidades de solar, que, generalmente, suelen ser más bien paletas.

Surgen entonces los estudios acerca de lo que podríamos considerar como la etnología y la etnografía, ambas a un tiempo, que se preocupan de la arquitectura tradicional, de las formas materiales de los pueblos, de sus construcciones.

Antonio López Gómez da a conocer dos trabajos, que hoy podríamos considerar como «pioneros», en la entonces floreciente revista Estudios Geográficos; me refiero a «La vivienda rural y los pueblos de la serranía de Atienza» (1966) y a «Geografía urbana de Atienza» (1968). Se trata de trabajos propuestos a sus alumnos de las Escuelas del Magisterio y de la Universidad, cosa casi cotidiana en aquellos tiempos y que hoy, por desgracia, ya no se lleva a la práctica, puesto que se trataba de trabajos realizados después de haber vivido en el pueblo objeto del trabajo y de haber convivido con sus habitantes.

No quisiera pasar por alto un trabajo, para mí meritorio, que llevó a cabo Silvia Cañas titulado «Auto sacramental de Valverde de los Arroyos», que vio la luz en la revista Investigación (de diciembre de 1967), que a la sazón publicaba la Delegación Provincial de Archivos y Bibliotecas de Guadalajara.

Los trabajos de los investigadores de Guadalajara capital no se centraban ya exclusivamente en la capital de la provincia, sino que comenzaban a extender su interés por toda la provincia.

El trabajo mencionado es uno de los mejores ejemplos que, podrá o no, estar mejor o peor construido, pero que por aquellas fechas fue ejemplar y en el que todos hemos bebido.

Un nuevo punto de vista: una nueva escuela

Luego, más o menos unidas a este periodo de diez años, surgirán dos nuevas publicaciones de gran interés para los estudios etnográficos.

En primer lugar, nace en 1974, Wad-Al-Hayara, y fuera de la provincia, en la Universidad Autónoma de Madrid, –a través de su Museo de Artes y Tradiciones Populares–, otra importantísima revista que debemos a la generosidad de Guadalupe González-Hontoria y Allendesalazar y a la no menos importante colaboración de Consolación González Casarrubios, quienes con el placet de Gratiniano Nieto comenzaron la tarea de llevar adelante Narria. Estudios de Artes y Costumbres Populares, cuyo número 1, de enero de 1976, fue dedicado íntegramente a la provincia de Guadalajara.

Como reacción a este neo-movimiento, por así decir, surgieron numerosos grupos musicales, entonces llamados grupos folk, –así, con ka– y en numerosas instituciones de carácter cultural se crearon publicaciones y secciones para la recogida de aquellas huellas del pasado etnográfico a punto de desaparecer.

Es entonces cuando en nuestra tierra de Guadalajara surgen los nombres de nuevos investigadores hasta entonces agazapados en una especie de anonimato.

Antonio Aragonés Subero es el primero de ellos que, en 1973, publica nada menos que dos de las obras más conocidas en el panorama etnográfico provincial: Danzas, rondas y música popular de Guadalajara y Gastronomía de Guadalajara, el primero de ellos galardonado con el Premio Provincia de Guadalajara de Investigación Histórica y Etnográfica «Layna Serrano», que fue prologado por el doctor Francisco Cortijo Ayuso, gran amigo, quien en esa misma fecha de 1973, editó también un folleto de doce páginas acerca de La fiesta de los Mayos en la villa de Pastrana, basado en los papeles que le entregó el tío Farruco, que era el guitarrero de la ronda y que siempre llevaba un puro en la comisura de los labios.

Este mismo año es pródigo en trabajos. Así, el Cronista Provincial Antonio Herrera Casado realiza alguna incursión en las fiestas y tradiciones populares de Guadalajara y su provincia, pero ya desde un punto de vista mediante el que amplifica los trabajos, que no se quedan en una mera descripción, sino que trata de buscar un origen, una hermenéutica, acerca de lo que trata tal o cual fiesta o tradición.

Son trabajos comparativos, más meditados y trabajados, más estudiados en profundidad, por lo que es posible decir que entramos en una nueva etapa.

Antonio Herrera Casado, como digo, publica «San Agustín y el culto totémico» en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, pero también deja otros trabajos para una revista de humanidades recientemente creada por la Institución Provincial de Cultura «Marqués de Santillana» de la Diputación Provincial de Guadalajara: la revista Wad-Al-Hayara, como por ejemplo, «La hermandad de la Vera-Cruz, de Valdenuño Fernández» (nº. 1, 1974), o en las páginas de sus Glosarios Alcarreños I. Por los caminos de la Alcarria (1974) y II. Sigüenza y su tierra (1976).

Y aquí, –¡ojo!– encontramos alguno de los pocos escritos que sobre Sigüenza se escribieron en aquellas fechas.

Algo que siempre puso de manifiesto nuestro recordado Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo a través de párrafos como el que seguidamente transcribo para ustedes:

Sigüenza tiene un rico venero folklórico, escasamente descrito por los folkloristas que han dedicado amplios y profundos estudios a nuestra provincia, tales como el bellísimo libro de Aragonés Subero, premiado en 1973 por la Institución Provincial «Marqués de Santillana», o los dos ensayos que recientemente ha dado a conocer el joven y entusiasta folklorista alcarreño López de los Mozos Jiménez, si bien este último cita al menos la Romería de la Virgen de la Salud. Y Sigüenza puede ofrecernos aún cantos como sus «Sanjuaneras», sus «Rondallas de Navidad», su «Hoguera de San Vicente», «la quema del Judas» tras la Procesión de la Torreznera, su bellísima e incomparable «Procesión de los Faroles» en honor de Ntra. Sra. de La Mayor, así como sus «típicos encierros» en las Fiestas veraniegas de San Roque.

En fin, el libro de Aragonés Subero es el anteriormente mencionado y los dos ensayos que yo escribí, lamento no poder recordar los que fueron, aunque desde luego anteriores al año 1978, fecha en la que Martínez Gómez-Gordo publicó su Glosario... o, para ser más exactos, su Sigüenza (Glosario de la Historia, Arte y Folklore seguntinos), cuyo prólogo, más bien miniprólogo, desganado y de compromiso, corrió a cargo del entonces obispo de Sigüenza Dr. Castán Lacoma que, al menos, lo firmaba.

No me gustaría cerrar este periodo, prolífico diría yo, sin mencionar al menos una de las obras más llamativas entonces de quien fuera considerado como la «voz honda y católica de la Alcarría», según descripción de Camilo José Cela, a nuestro querido Jesús García Perdices, que en 1974, es decir, en estas mismas fechas, dio a conocer todo un repertorio hagiográfico mariano de Guadalajara en un librito entrañable: Me estoy refiriendo a Cual Aurora Naciente. (Advocaciones marianas de la provincia de Guadalajara).

Este mismo año, 1974, quien esto escribe, hizo sus primeros pinitos, su «bautismo de tinta», en la Revista de Dialectología con un trabajo titulado «La fiesta de la Octava del Corpus en Valverde de los Arroyos (Guadalajara)» (XXX, 1974), redactado en base a los datos recogidos unos cuantos años antes, en 1969, bajo el auspicio del C.S.I.C. y gracias a mi amistad con Sinforiano García Sanz y con Pilar García de Diego, mujer entrañable y amabílísima por demás.

Pero... He querido pasarme de fecha adrede, puesto que la obra –digamos etnológica y etnográfica– de Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, comienza, al menos desde mi punto de vista, en 1971, precisamente formando parte de esta «avalancha», entiéndase, de gentes que hoy formamos escuela. Yo creo que la penúltima escuela.

¿Cómo comenzó la andadura de Martínez Gómez-Gordo en estas lides?

Sencillamente, a través de un trabajo no muy extenso (44 páginas), titulado Leyendas de tres personajes históricos de Sigüenza: Santa Librada, Virgen y Mártir, Doña Blanca de Borbón, Reina de Castilla y el Doncel de Sigüenza, publicado por el Centro de Iniciativas y Turismo de Sigüenza.

En este trabajo encontramos los tres temas preferidos de Juan Antonio: El Doncel, Santa Librada y doña Blanca y que, como veremos más adelante, quedaron reflejados a través de los numerosos artículos que acerca de ellos surgieron de su pluma.

Y paso a citar: sobre el Doncel: El Doncel de Sigüenza, historia, leyendas y simbolismo, (Sigüenza, 1974), editado por el Ayuntamiento seguntino; Simbolismo de «El Doncel de Sigüenza, (Sigüenza, 1973), un precioso folleto de 4 páginas y tirada de doscientos ejemplares; El Doncel de Sigüenza: Historia del heroico comendador don Martín Vázquez de Arce, (Guadalajara, 1986 y después Sigüenza, 1988) y una larga serie de trabajos de mayor o menor extensión que posteriormente recogió en un volumen titulado genéricamente El Doncel de Sigüenza (Guadalajara, 1997), editado por Aache, aunque muchos años más tarde volviese a revisar el tema donceliano en una comunicación presentada en el IX Encuentro de Historiadores del Valle del Henares (Guadalajara, 2004), titulado «Hipótesis en torno al Doncel de Sigüenza».

Son trabajos estos en los que Martínez Gómez-Gordo sigue una constante que va desde el concepto histórico del personaje, hasta las leyendas que circulan a su alrededor, que nunca desprecia y que forman parte, evidentemente, de nuestro más antiguo acervo cultural.

Lo mismo pasa con la figura de Doña Blanca, de la que escribió algo menos, aunque también con el mismo entusiasmo que había puesto con El Doncel. Fruto de este –digamos– apasionamiento surgió un trabajo que podríamos considerar como de «madurez»: Doña Blanca de Borbón la prisionera del castillo de Sigüenza, (Guadalajara, 1998).

Pero donde más se extendió el Dr. Martínez Gómez-Gordo fue en el personaje que más le apasionó durante algún tiempo, hasta que ciertamente cansado de oír tantas tonterías, generalmente de las gentes indoctas, dio por cerrado el tema. Me estoy refiriendo, claro está, a Santa Librada. Sus trabajos fueron muchos, y por eso recogeremos aquí los más significativos y entrañables, aparte de los que ya figuraban escritos en su libro sobre Leyendas de tres personajes históricos de Sigüenza...

Aquella interesantísima comunicación titulada «Errores en la hagiografía de Santa Librada, virgen y mártir», que se dio a conocer en las Actas del II Encuentro de Historiadores del Valle del Henares (Alcalá de Henares, 1990), a la que siguieron otras comunicaciones más, como esta otra que también recuerdo: «Santa Librada, Santa Wilgeforte y Santa Ontcómera», que presentó al IV Encuentro (Alcalá de Henares, 1994), donde realizaba una clara diferenciación entre cada una de las tres vírgenes que desde hacía mucho tiempo aparecían confundidas.

Hasta que perdió la fe en Santa Librada, puesto que «lo poco gusta y lo mucho cansa» y cerró el «ciclo», por así decir, de sus trabajos sobre la santa con una comunicación más, ya digo, la última, titulada «Naturaleza de Santa Librada», que pudimos escuchar en el V Encuentro de Historiadores del Valle del Henares, en cuyas actas fue publicado.

A través de este artículo vemos, al menos así a mí me lo parece, a un investigador cansado de seguir un mismo tema durante tanto tiempo, luchando contra la adversidad contra viento y marea y, lo que es peor, contra la incredulidad popular.

En fin, el tema de Santa Librada queda sobre el tapete, aunque hayan sido muchos más los que hayan escrito del tema, entre los cuales me incluyo, y especialmente Pedro Olea Álvarez que, recientemente, ha escrito un importante y amplio resumen sobre Santa Librada y San Sacerdote.

Creo que estos tres personajes, El Doncel, Doña Blanca y Santa Librada, sirvieron como verdadero leit motiv al trabajo de Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, pero por encima de todos tres, estaba su Sigüenza, la Ciudad Mitrada a la llegó y en la discurrió su vida, en la que nacieron sus hijos y en la que ayudó a dar a luz a tantas y tantas vidas desde su puesto de médico partero, es decir, de ginecólogo, y ciudad sobre la que escribió una guía de andar por casa: Sigüenza, editada en León, por Lancia en 1999, además de ese folleto que nos conduce por la Sigüenza de la educación y la cultura que recoge en Sigüenza ciudad docente (Sigüenza, 1982).

En todos sus trabajos aparece alguna huella de ese amor que significó, al fin y al cabo, parte de su sacrificio como médico, como padre y como político, puesto que también ostentó el cargo de primer edil.

Y nunca olvidó a la Virgen de la Salud de Barbatona como puede apreciarse a través de ese pequeño y entrañable folleto, apenas un juguete en las manos del investigador, que dejó escrito acerca del Santuario-basílica menor de Nuestra Señora la Santísima Virgen de la Salud de Barbatona (Sigüenza), que editó en 1977.

En alguna que otra ocasión se me ha dicho que analizase la obra etnológica y folklórica de Martínez Gómez-Gordo y, la verdad es que ahora no puedo pasar por alto ese aspecto de nuestro amigo en el que tan poco nos hemos fijado. Por eso quisiera dejar constancia de ese amor desprendido, entrañable, a flor de piel, que Juan Antonio tenía hacía quienes habían sido sus profesores, sus maestros o sus amigos y compañeros, cosa que puede apreciarse a través de la lectura de un librito de reducido tamaño, un librito que cabe en las dos manos juntas, una especie de «kempis» de mesita de noche, como es Marañón, en mi recuerdo (Sigüenza, 1977, con prólogo de Santiago Martínez Fornés), donde el lector sensible podrá apreciar inmediatamente cómo ese amor al maestro se va declarando en cada página, quizás como seña de agradecimiento, o aquel otro folleto, anterior en el tiempo, pues que fue dado a las prensas en 1972, titulado Sigüenza ante el Dr. Layna Serrano: in memoriam.

Juan Antonio fue también Cronista Oficial de Sigüenza en cuerpo, y hoy en alma, lo que le ayudó a no olvidarse de aquel gran artista que fuera Fermín Santos, cuya semblanza dio a conocer en otra participación, esta vez en el VI Encuentro de Historiadores del Valle del Henares celebrado en Alcalá de Henares en 1998, que lleva por título: «Fermín Santos, pintor del siglo xx», emotivo y exacto en cuanto a su contenido.

Pero además de todo lo anterior, que no es poco, me centraré en el libro que desde mi punto de vista resume la obra etnográfica (y en cierta forma la define) de Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo: Sigüenza: glosario de la Historia, Arte y Folklore Seguntinos, del que antes hice una somera mención, puesto que se trata de un libro, para mí quizás el más interesante y completo de cuantos diera a la luz nuestro homenajeado.

A través de todo un paisaje de cerca de trescientas cincuenta páginas nuestro autor desarrolla un amplio índice de datos repartidos en tan sólo cinco capítulos, que van desde la historia seguntina y el bosquejo geopolítico de Sigüenza, hasta una amplia serie de apéndices de tema variopinto, pasando por la reconquista, la Sigüenza monumental y artística –una visión más a tener en cuenta de las que tanto preocuparon a Gómez–Gordo, que siempre estuvo atento al desarrollo turístico de su Ciudad, como tantas veces puso de manifiesto en aquellos extensos artículos de fin de semana que escribía en las páginas de Guadalajara del periódico Pueblo, en el que fuimos compañeros–, pasando por otros temas.

Me llama mucho la atención que, quien fuera mi amigo, se fijara en aspectos que ya habían desaparecido o estaban a punto de perderse para el conjunto de la tradición y el costumbrismo de Sigüenza.

Recoge Juan Antonio en este libro algunas pérdidas irreparables como la de «las bulliciosas romerías de santa Librada, con procesión, merienda y baile en la pradera, al sol tibio de la recién nacida primavera», o la total pérdida de la alegre fiesta de san Antón,

… en la cual el Mayordomo de la Cofradía –fundada en 1626– repartía a los Hermanos las «panotas» de anís rellenas de queso una vez bendecidas, y de la que solo nos resta la Rifa del cerdo, ya puramente simbólica, pues así como hasta hace unos años se veía pasear el voluminoso cerdo por las calles, hoy –ya sin el animal– se hace tan solo su «bendición». Cuando se tomaba la insignia se repartían manzanas y naranjas como obsequio.

Y otros motivos que se han ido perdiendo, como los asados de la fiesta de san Pedro. Pero a cambio refiere que de las antiguas romerías tan sólo se seguían celebrando las de la Virgen de Barbatona, en honor a la Virgen de la Salud, que tenían lugar en mayo y septiembre de cada año, como sigue sucediendo en la actualidad, por lo que nuestro querido cronista recoge un ramillete de festividades tradicionales en las páginas de su Glosario.

Las «Sanjuaneras» forman parte de ese elenco. De ellas nos dice que la ermita de san Juan, entonces cerrada por cuestiones de restauración, parecía haber sido la sede de una de las sinagogas seguntinas. El caso es que fue lugar donde radicaba una cofradía cuyas ordenanzas datan de 1603. Nos dice además que san Juan era la noche de las rondas y que, tras la procesión, se bailaba en la «Pradera de las Mozas», cerca del «Ojo» y, como hoy sucede, cada barrio, y a veces en las simples casas de la vecindad, se construían los tradicionales «arcos de san Juan», que todavía galardona el Ayuntamiento de la Ciudad.

Es un día especial en el que la chiquillería de ambos sexos se viste de lujo, al modo de las mozas casaderas de antaño, y que tras una cuestación por las calles del barrio, que duraba una semana, se atiborraba de chocolate.

Las coplas «sanjuaneras» no difieren mucho de las de otras rondas de lugares próximos y son sencillamente muestras de amor o desamor, que al fin es lo mismo, de quienes las cantan.

Pondremos un par de ejemplos:

Me quité las zapatillas

al entrar en tu jardín

me quité las zapatillas,

«pa» no pisar las flores

me fui por las orillas.

La mañana de San Juan

cómo te jaleabas,

con los zapatitos blancos

y las medias caladas,

las medias caladas, niña,

las medias caladas,

la mañana de San Juan

cómo te jaleabas...

Nos recuerda también la «Hoguera de San Vicente» y el «bibitoque», en recuerdo de aquel día en que, según la tradición seguntina, el obispo don Bernardo ganó Sigüenza a los moros, por lo que su tercer sucesor en la mitra mandó construir la iglesia de san Vicente, en la que el año 1793 se fundó la cofradía que lleva su nombre.

Quisiera recordar aquí la belleza de los «Gozos al Santo» que se rezan durante su «Novenario».

Pero no menos belleza conserva la procesión que el día 22 de enero, con todo boato de autoridades civiles y eclesiásticas, acude a la iglesia del santo donde se celebra misa.

Al pueblo llano le atraen más otros aspectos religiosos que tienen algo más de lúdicos. El día de la víspera el mayordomo y los cuatro hermanos menores, que han estado recogiendo leña en el pinar, encienden una hoguera en la plazuela, delante de la iglesia, que arde durante la noche para juerga y regocijo del mocerío que la salta alegremente y se tizna la cara, como signo de purificación, puesto que como todos los fuegos, sirve para arrojar a la hoguera los diarios pecadillos personales y los del propio pueblo, y así quedar limpio después de saltar la hoguera.

Al lado, en una casa antigua, tanto como la del Doncel, unas mujeres amables venden unas rosquillas estupendas. Pero ese, de momento, es otro cantar.

La fiesta sigue y el día 23 se celebra el «San Vicentillo», en el que las gentes se acercan a las Eras del Castillo precedidas del sonido de la dulzaina y el tamboril –mi recuerdo cariñoso también para Canfranc, dulzainero de pro, ahora en la distancia– a la espera del reparto del vino, seis litros de vino que ha entregado cada uno de los hermanos entrantes, junto a naranjas y caramelos.

Allí, entre la propia gente, los hermanos cofrades, se celebra «la Subasta», mediante las cartas de la baraja, de los productos que los seguntinos han tenido a bien ofrecer a lo largo de la procesión precedente.

También recoge nuestro Cronista en el libro que comentamos la conocida «Quema del Judas», que describe con gran agudeza, al menos a mí me lo parece, cuando señala que: «La procesión del «Encuentro», con la Virgen de «la Alegría», se denomina en Sigüenza «la procesión de Torreznera» (la denominan de la «Torrendera»), posiblemente porque da fin a los ayunos y abstinencias de Semana Santa.

Lo curioso es que al amanecer, los «armados de la Vera Cruz» llevan su paso que es recibido con los cánticos del cabildo catedralicio que entona el Resurrexit, para cuando termine la procesión, en la iglesia de las Clarisas, proceder a la quema del «judas», a la que sigue un pantagruélico desayuno.

La verdad es que los «judas» –ya que son muchos los que cuelgan de un alambre los mozos de cada uno de los barrios que compiten en ruido– son, como todos ustedes sabrán, unos muñecos o peleles realizado con ropas viejas rellenas de paja y cohetes. La pugna entre los barrios es estruendosa y cada cual procura organizar el mayor ruido posible, el mayor follón, que para eso estamos en fiesta.

Pero lo más curioso es que después de la quema de tan estruendosos muñecos viene un desayuno a base de sardinas fritas o chocolate, según preferencias.

Dice nuestro cronista que por la tarde era costumbre ancestral comer el asado o los lomos de la olla y añade más, que:

Esta festividad iba acompañada en la noche del «Santo Entierro» de la típica cena de vigilia para los «hermanos de carga» –pues era mucho el peso que habían de soportar sobre sus hombros– denominada «La Colación», consistente en judías coloradas y aceitunas verdes, regadas con limonada o vino.

También recoge nuestro buen amigo Juan Antonio las rondas de Navidad, numerosos grupos que con acompañamiento de guitarras, bandurrias, hierros, botellas y zambombas, recorrían las calles, de puerta en puerta, solicitando el aguinaldo, y que tras la «misa del Gallo» acudían a la Plaza Mayor para ver cuál de ellas se llevaba el premio ofrecido por el Ayuntamiento y Turismo.

Sus coplas, las coplas de estas rondallas nocherniegas, nos recuerdan en algunos aspectos esas otras manifestaciones de la censura popular tradicional que encontramos en los «juicios de carnaval» o en las Cartas de Candelas del Casar, en las que dan a conocer al público asistente los simples y sencillos «pecadillos» humanos de quienes como «funcioneros» participan ese año en la fiesta.

En Sigüenza se comentan los hechos más sobresalientes ocurridos a lo largo del año e incluso se arremete contra las Ordenanzas o los miembros de la Corporación municipal, pero siempre desde el buen humor y las palabras claras:

Está diciendo la gente

que no eres un buen Alcalde,

porque te vas al «Molino»

los sábados por la tarde.

Dice Juan Antonio que los mayores cantaban temas navideños, así como esa larga retahíla de «Las doce palabritas», el «Niño perdido» o «el Caracol».

Del mismo modo recoge otra de las más importantes tradiciones seguntinas cuando se refiere a la «Procesión de los Faroles» que tiene lugar en la noche de la festividad de Nuestra Señora la Virgen de la Mayor, cuando finalizan las fiestas de San Roque y por la noche aparece la procesión del impresionante «Rosario de Faroles», –unos artísticos y bellísimos faroles que componen un rosario– que portan los miembros de una cofradía fundada, al parecer, en tiempos del obispo Fadrique de Portugal, allá por el siglo xvi, mientras se canta el himno en honor a la Virgen –olvidado por entonces, según nos recuerda Gómez-Gordo–, pero que incluye en el libro que comentamos:

¡Salve!, Madre del pueblo seguntino,

¡Salve!, Reina feliz de la ciudad,

la que siempre te tuvo un amor vivo,

la que siempre postróse ante tu altar...

Es cierto que las fiestas que recoge Juan Antonio son pocas. Tal vez no hubiera más. Pero sus descripciones son alegres, festivas y jacarandosas, de modo que pareciera que cuando escribió sobre ellas las estuviera disfrutando, pues nuestro amigo y cronista nunca se quedó atrás a la hora de participar sanamente, como debe ser, en las tradiciones y gracejos populares.

Gracejos estos otros, más fuertes y duros, por aquello de las astas de los toros, cuando se refiere a los «Encierros» de las fiestas de verano o de san Roque, cuando, según dice, se corrían los toros al estilo sanferminero, que compara en antigüedad con los de Cuéllar, pues que los de Pamplona son mucho más modernos:

Con el primer cohete, –dice– en la madrugada de los días de corrida, un tropel bullicioso de jóvenes seguntinos y veraneantes se lanza en vertiginosa carrera por las calles empalizadas donde se efectúa el «desencajonamiento» de los toros, y finalmente torea sus vaquillas con entrada libre, muchas veces hasta medio día.

Hoy ya no existen casi los tan estimados veraneantes de Sigüenza y/o forman parte del recuerdo.

Un libro este del Glosario... que finaliza, menos mal, con el facsímil de la partitura musical del «Himno a Sigüenza», escrito por el Maestro Antonio del Olmo.

Y digo lo de menos mal porque es muy poco frecuente que en los libros que tratan de fiestas y tradiciones se incluyan partituras, que pocos piensan que puedan servir para aumentar y clarificar el texto que se comenta, porque consideran que la lectura de las partituras es algo de extrema especialización.

No puedo decir, en honor a la verdad, que Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo fuera un especialista en temas etnográficos y folklóricos, por lo menos hasta este momento, y me estoy refiriendo al año 1978, en que escribió el libro comentado y las muestras mencionadas son más que nada pinceladas descriptivas...

A Juan Antonio le gustaba más la Historia y el Arte, pero, tiempo al tiempo, porque estoy dejando aparte un espacio para decir que posteriormente, quizá aguzado por quien esto escribe, dedicara unos cuantos trabajos a esos temas, anteriormente un tanto dejados a trasmano.

Acababa de nacer una revista: Cuadernos de Etnología de Guadalajara, en 1986, y al poco comenzaron a salir los primeros números, que en su comienzo vieron la luz trimestralmente, y después semestralmente hasta convertirse, definitivamente, en anuales.

Pues bien, en estos Cuadernos... que me honré en dirigir, nuestro cronista publicó varios trabajos que, en su contenido, superaron con creces a los antes citados del Glosario...

Estoy hablando, evidentemente, de «El folklore gastronómico seguntino», publicado en el (n.º 2, 1987); «Folklore seguntino», dado a conocer en el (n.º 11, 1989); «El pan en la historia de Sigüenza», del (n.º 23, 1992), y «La congria, un cecial a punto de extinguirse», correspondiente a los números 32-33 (2000-2001), porque no conviene olvidar que uno de los aspectos más importantes de la bibliografía de Martínez Gómez-Gordo se refiere a temas relacionados con la Gastronomía, pues no en vano fue el productor, creador, director, redactor, etcétera, es decir todo lo que se quiera, de aquellos cuadernos amorosamente confeccionados por padre e hija, Sofía, que llevan por título Sigüenza Gastronómica, y que la desidia seguntina, una más de las desidias de esta España irredenta, dejaron que muriese lánguidamente.

Pero de los cuatro trabajos mencionados me fijaré ahora en dos: «Folclore seguntino» y «El pan en la historia de Sigüenza», que considero de gran interés.

En el primero, nuestro cronista dedica las páginas 7 a 50 a dar a conocer algunas fiestas que en su Glosario... no aparecían o aumentar los datos de otras que sí recogía.

Aunque, antes quisiera dejar constancia de las palabras que el propio Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo escribe a modo de introducción a su trabajo y que me parecen entrañables y al mismo tiempo un tanto tristes (son una especie de mirada atrás cuando ya se tiene puesto el pie en el estribo para el más allá, pero aún así no están faltas de razón y las asumo y comparto):

Cuando me dispuse a escribir mi libro «SIGÜENZA: Historia, Arte y Folklore» consideré que su faceta folclórica debía predominar y matizar su contenido. No hay nada comparable para conocer la identidad, el «duende» de una ciudad, como el estudio de su folclore, de sus vivencias tradicionales: desde las festividades ancestrales, hasta sus canciones, sus bailes o su gastronomía, fenómenos etnológicos y etnográficos que configuran su personalidad a través de los siglos. Y ese rico patrimonio espiritual de la cultura de nuestra ciudad de Sigüenza se ha ido conservando y transmitiendo secularmente pese a los cambios sociales y sobre todo económicos y culturales, como puede observarse en las diversas manifestaciones religiosas, festivas, lúdicas, artesanales, laborales e incluso gastronómicas que hoy resumiremos para evidencia histórica, con una gran dosis de nostalgia por el pasado. Y Sigüenza tiene, como ya he afirmado en otras ocasiones, un rico venero folclórico, escasamente descrito por los estudiosos de nuestro folclore que han dedicado amplios y profundos estudios a nuestra provincia, tales como el bellísimo libro de Aragonés Subero, premiado en 1973 por la Institución Provincial de Cultura «Marqués de Santillana»; los diversos ensayos que ha venido publicando nuestro folclorista y etnólogo López de los Mozos Jiménez, avezado en la temática seguntina; así como los diversos comentarios publicados entre 1985-87 por Julia Sevilla en «Flores y Abejas» sobre villancicos y coplas seguntinas; los tres, miembros de nuestro Centro de Estudios Seguntinos.

Posiblemente, pienso ahora, la falta de trabajos acerca del folklore y de las tradiciones seguntinas se debiera a que no se ha sabido diferenciar qué era Sigüenza, si una Ciudad Episcopal o si un pueblo anclado en su ruralidad secular.

Si era Ciudad no interesaba a los investigadores que se centraban en lo rural, y si era rural no interesaba tampoco porque su ruralidad estaba teñida de otra cosa que la hacía no ser rural del todo. Supongo que si ustedes quieren me entenderán.

Pero es cierto, Martínez Gómez-Gordo se aplicó en este trabajo de Cuadernos… y amplió muchos aspectos anteriormente anotados a medias y añadió nuevas manifestaciones, aunque en honor a la verdad, a mi verdad, lo que más me atrae de este artículo es el espacio que dedica a las tradiciones perdidas: Comenzando por el Orfeón Doncel, que no es que sea tema etnológico ni etnográfico propiamente dicho; siguiendo por la Banda Municipal de Música y terminando con los bailes de Carnaval, las romerías de santa Librada del 20 julio, la fiesta de san Antón con su verbena en la plazuela de las Cruces, el juego de la «tanguilla» y los asados del día de san Pedro, cuando se celebraba la feria de ganados.

El trabajo no lo voy a describir en su totalidad, pero recomiendo su lectura en homenaje a nuestro querido y recordado amigo Juan Antonio. Lo mismo que el otro artículo seleccionado que trata del pan y que va desde la antigüedad: «El pan en la historia del «señorío» de Sigüenza, el pan de los pobres y de los cofrades, las ordenanzas concejiles sobre el pan, el mayordomo del pan, los mercados de cereales panificables, los pósitos y la casa del peso de la harina, los molinos, hornos, horneros y panadera y los diversos tipos de pan que se vendían en Sigüenza, que, en 1991, eran once y que iban desde la hogaza o «Castilla» de 1.350 gramos –cuyo precio era de 210 pesetas– hasta la «alcachofa» de 80 gramos, que valía 20 pesetas.

Todo un mundo que, por desgracia, desde mi punto de vista –quizá un tanto pesimista–, se está perdiendo, aunque sean muchos más los trabajos que sobre Gastronomía escribió Juan Antonio.

José Ramón López de los Mozos
Cronista Oficial de Maranchón (Guadalajara)