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EL MITO DE LA SERRANA DE LA VERA

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 1985 en la Revista de Folklore número 52.

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I.-ENTRE LA LEYENDA Y LA HISTORIA.

A Caro Baroja, cuya obra ha supuesto una ayuda para el estudio de numerosos mitos extremeños.

Hace años, Caro Baroja, buen conocedor y gran estudioso de los aspectos etnológicos de Extremadura, aconsejaba a los investigadores de la región a estudiar desde un punto de vista desacostumbrado hasta entonces la figura de la Serrana de la Vera: su probable origen mítico (1) .No parece que la recomendación fuera mínimamente tenida en cuenta, como se desprende de posteriores trabajos que algunos eruditos extremeños han sacado a la luz sobre el tema que nos ocupa, volviendo a las antiguas concepciones tradicionales o historicistas referentes a la Serrana. De mis conversaciones con folkloristas extremeños he sacado la conclusión de que ellos no aceptan otro cualquier enfoque que no sea el de la propia leyenda en sí, basada unas veces en la hipotética historia pura, y otras, en tradiciones históricas, siendo indiferentes a nuevos planteamientos (2).

Un escritor de la comarca de la Vera, don Gabriel Azedo de la Berrueza, publicaba en 1667 un libro titulado "Amenidades, florestas y recreos de la provincia de la Vera Alta y Baja, en la Extremadura" (3). En él se recogía por primera vez en romance la historia de aquella fantástica mujer, el que ahora va a servirnos para adentrarnos en la personal1dad de la protagonista.

"Allá en Garganta la Olla, -en la Vera de Plasencia, salteóme una serrana, -blanca, rubia, ojimorena. Trae el cabello trenzado -debajo de la montera, y porque no le estorbara -muy corta la faldamenta. Entre los montes andaba -de una en otra ribera, con una honda en sus manos -y en sus hombros una flecha. Tomárame por la mano -y me llevara a su cueva: por el camino que iba -tantas de las cruces viera. Atrevíme y preguntéle -qué cruces eran aquellas, y me respondió diciendo -que de hombres que muerto hubiera. Esto me responde, y dice -como entremedio risueña: "-Y así haré de ti, cuitado, -cuando mi voluntad sea." Dióme yesca y pedernal -para que lumbre encendiera, y mientras que la encendía -aliña una grande cena. De perdices y conejos -su pretina saca llena, y después de haber cenado -me dice: "Cierra la puerta." Hago como que la cierro -y la dejé entreabierta: desnudóse y desnudéme - y me hace acostar con ella. Cansada de sus deleites -muy bien dormida se queda, sintiéndome dormida -sálgome la puerta afuera. Los zapatos en la mano -llevo porque no me sienta, y,poco a poco me salgo -ya camino a la ligera. Más de una legua había andado -sin revolver la cabeza, y cuando mal me pensé -yo la cabeza volviera. Y en esto la vi venir, -bramando como una fiera, saltando de canto en canto, -brincando de peña en peña. "Aguarda (me dice), aguarda, -espera, mancebo, espera, me llevarás una carta -escrita para mi tierra. Toma, llévala a mi padre, -dirásle que quedo buena." "Enviadla vos con otro, -o sed vos la mensajera." (4).

En nota aclaratoria a su romance, Azedo indicaba que era tanta la fama de esa mujer, que "...apenas hay persona que no cante el antiguo romance de su historia" (5). Pero no sólo el pueblo se hacía lenguas del asunto, sino que algunos dramaturgos de aquella época buscaron en aquel tema argumento para sus comedias. Tal ocurrió con Lope de Vega y Vélez de Guevara.

Lope se encontraba en Alba de Tormes a finales del siglo XVI. Desde allí realizó algunos viajes a Extremadura. Estas correrías inspirarán algunas de sus obras: Los Chaves de Villalba, La Serrana de la Vera y Las Batuecas del Duque de Alba. Por lo que respecta a esta última, ya hace años realicé un estudio en el que demostraba cómo la comedia de Lope de Vega fue capaz de convertir una fábula en una "historia" auténtica y aceptada como tal historia por sus contemporáneos (6).

Todo obliga a pensar que el dramaturgo conoció perfectamente el romance que apunta Azedo. Este, junto con algunas cancioncillas existentes sobre el mismo tema, de las que luego hablaré, sirvieron de base a la comedia, aderezada lógicamente con la imaginación del autor. Su Serrana, que aparece citada en la primera lista de El Peregrino, es anterior a 1603, aunque su publicación no tenga lugar hasta el año de 1617 (7). Lope desarrolla el romance de una forma tan caprichosa que acaba desvirtuándolo. Leonarda es el nombre de la protagonista de Su comedia. Pertenece a una ilustre familia de Plasencia, ciudad próxima al lugar de sus correrías. A consecuencia de un desengaño amoroso, la hermosa doncella huye a las sierras de la Vera, instalando su morada cerca del camino real a Talavera. Amparada en la fragosidad de los montes, comete una serie de atentados. No tardará en prenderla la justicia. Termina la trama con el perdón de la arrepentida mujer y con el consiguiente casamiento.

La Serrana de la Vera de Vélez de Guevara, según un precioso estudio llevado a cabo por Menéndez Pidal, no es anterior a 1613 (8). Por consiguiente, es de suponer que el escritor conocía tanto el romance como la obra de Lope de Vega, lo que le llevaría a tratar su drama de manera diferente, acercándose un poco más a la tradición y a una acción más verosímil y acorde con la línea del romance. Gila se llama la serrana de Vélez, y es natural de Garganta la Olla. Esta mujer posee una serie de atributos por los que es famosa en toda la Vera. Ningún hombre se atreve a competir con ella en los deportes rurales: caza, carreras de caballos, salto, lucha, lanzamiento de barras, etc. (9). Ella presume de su hombría, como puede apreciarse en algunos fragmentos de la obra. Tal es el diálogo que mantiene con el capitán, al que dice:

"Si imagináys
que lo soy (mujer),
os engañáys,
que soy muy onbre" (10).

O en aquel otro diálogo con su prima Madalena:

Madalena: "Erró la Naturaleza, Gila, en no hacerte varón.

Gila: ¡Ay, prima!, tienes razón" (11),

y también en el momento en que, al tomar la espada, exclama convencida:

"Muger soy sólo en la saya" (12).

La Serrana es bella en extremo, y su agraciada figura no tarda en llamar la atención de un capitán que se aloja en casa de su padre Giraldo. El militar la seduce y posteriormente la abandona. Ese desdén hace, que la aldeana trame con frialdad una venganza contra el seductor, venganza que hace extensible a todos los hombres:

"y guárdense de mí todos
quantos onbres tiene el suelo
si a mi enemigo no alcanzo,
que hasta matarlo no pienso
dexar honbre con la vida;
y hago al zielo juramento
de no bolber a poblado,
de no peinarme el cabello,
de no dormir desarmada,
de comer siempre en el suelo
sin manteles, y de andar
siempre al agua, al sol y al viento,
sin que me acobarde el día
y sin que me venza el sueño,
y de no alzar, finalmente,
los ojos a ver el cielo
hasta morir o vengarme" (13).

Gila escapa al monte. Durante su estancia en él, Vélez sigue fielmente el romance. Al igual que Lope, pone en boca de un caminante los primeros versos de éste:

"Allá en Garganta la Olla,
en la Vera de Plasencia..." (14).

Es de hacer notar que la obra de Vélez coincide con el romance en cuatro puntos claves: 1) los homicidios de Gila; 2) la pregunta del caminante sobre cruces que se topan en el camino; 3) la escapada de Mingo y el descubrimiento de la cueva de Gila, y 4) el apresamiento y muerte de la Serrana (15). En la mayoría de las versiones recogidas del romance (Menéndez Pidal conocía veintiuna), éste termina con la persecución por parte de la Serrana del fugitivo, y sólo en algunos se deja entrever el temor de la mujer a ser descubierta (16).

Por lo que respecta al punto cuatro, hay que hacer notar que ese fatídico final no se da en los romances más conocidos, como son los de Azedo, Menéndez Pidal, María Goyri (17) y otros. No obstante, existen variantes, como las recogidas en Murias, Saldaña, Reinosa y Salceda (Polaciones), en las que sí se presenta la muerte trágica de la Serrana. En Murias y Saldaña, el verdugo es un "lindo muchacho" que

"...con un fuerte puñal
le ha cortado la cabeza" (18).

En el caso de Polaciones, el ejecutor usa un arma más moderna:

"Setecientos de a caballo
no se atrevieron con ella,
si no es un paje valiente
por arrodeos que lleva;
le tiró un carabinazo,
la serrana cayó en tierra,
le tiró un carabinazo,
la serrana muerta queda" (19).

El hecho de que Vélez haga a la Serrana merecedora del cruel castigo evidencia que el autor conocía versiones del romance semejantes a las que he señalado en último lugar, y posiblemente cancioncillas referentes al mismo asunto. Caro Baroja, en un excelente trabajo sobre la Serrana de la Vera, da cuenta de fragmentos de cantares perdidos tanto en la comedia de Lope de Vega como en la de Vélez de Guevara (20) .Hoy podemos asegurar la existencia de estos cantos sueltos en los siglos XV, XVI y principios del XVII, coexistiendo con la ya aludida forma romanceada. De todas maneras, el primitivo romance de la Serrana puede considerarse como de transición entre los populares y los vulgares, siendo uno de los más antiguos de bandidos y facinerosos, que posteriormente abundarían en la poesía vulgar castellana y catalana. Sin embargo, su forma primitiva no parece haber sido la de romance, sino la de serranilla al modo de Juan Ruiz o del Marqués de Santillana. En este caso, según Menéndez Pelayo, la leyenda no tendría en un principio el carácter con que se presenta en el romance, sino un sentido más amatorio y picaresco (21), punto que personalmente no comparto, ya que las antiguas serranillas narran el encuentro de un caminante con una mujer montaraz que se presenta indistintamente como guiadora por los senderos y como salteadora (22).

Las primeras descripciones de una serrana en lengua romance son las Cantigas de Serrana, del Arcipreste de Hita. En ella nos topamos con el retrato decepcionante y repulsivo de este tipo de mujer, al tiempo que advertimos en esas serranas las siguientes cinco características determinantes:

1. Viven en la montaña, y por sus pasos y vericuetos, que conoce perfectamente, guían a los viajeros, pero sólo cuando les apetece.

2. Son gigantas dotadas de prodigiosa fuerza, contrastando su fuerza con la de un hombre normal, que al lado de ella parece un niño.

3. Se presentan armadas de bastón o garrota.

4. Son interesadas y lúbricas, obligando a pagar sus servicios al viajero, sea del modo que sea.

5. Gigantas y fornidas, nada más alejado de una zagala bella y delicada. Son monstruos de fealdad.

Sin grandes esfuerzos hallamos unas claras connotaciones entre las serranas del Arcipreste y la Serrana de la Vera, así como entre estas dos y la Silvática de la literatura popular del Medievo europeo:

1. La Serrana de la Vera vive en el monte, en las proximidades de Garganta la Olla. La tradición señala su morada en una cueva sita en la Sierra de Tormantos:

"Allá arriba en aquel alto -en aquellas altas sierras, se pasea una serrana, -una serranita fiera" (23).

La sierra no tiene secreto alguno para ella, y por los caminos intrincados, que conoce al dedillo, lleva a los caminantes perdidos hasta su morada:

"Tomárame por la mano -para guiarme a su cueva; no me lleva por caminos -ni tampoco por veredas, sino por un robledal arriba -espeso como la hierba" (24).

2. Tanto Lope como Vélez han insistido en la enorme fuerza de la Serrana (25). En una cancioncilla de origen popular que inserta el primero de los dramaturgos apreciamos la fortaleza de esa mujer al compararla con la de un hombre al que vence en buena lid:

"Luchando a brazo partido,
rendime a su fuerza extraña,
junto al pie de la cabaña" (26).

No parece ir a la zaga la Serrana de la Vera de aquella otra serrana del puerto de Lozoya que llevara a cuestas al Arcipreste de Hita como "a zurrón liviano". Queda su gran vigor determinado, como señalan numerosos romances, especialmente los recogidos en Garganta la Olla (27), por el uso que hace de una honda con la que arroja piedras de "arroba y media":

"Una honda que traía
la cargó de una gran piedra (28);
con el aire que arroja
derribóle la montera,
y la encina en que pegó
partida cayó por tierra" (29).

La tradición insiste en la fuerza hercúlea de esta mujer. Los de Garganta la Olla enseñan aún hoy el Tiro de la Serrana hueco en el suelo que suponen hecho por una piedra de enormes dimensiones arrojada por su antepasada. Dice el pueblo que la pila bautismal de la iglesia fue construida de una piedra de doscientas arrobas que cerraba por la noche la cueva de la Serrana y que ella "manejaba como nosotros podemos manejar una naranja" (30). ¿y qué decir de sus aptitudes atléticas? Los saltos "de peña en peña" de los romances son, en opinión de los veratos, zancadas de la Serrana, que, colocando su pie derecho en el fondo del valle, "ponía el izquierdo en la cúspide de un cerro que hay enfrente, a un kilómetro de distancia..." (31) .La misma concepción popular hace que en la persecución del caminante aparezca la Serrana con caracteres de animales, a lo que no es ajena alguna variante del romancero (32).

3. Las serranas medievales son portadoras de un bastón o garrota que, cuando llega al caso, utilizan para su propia defensa. Pero los romances de la Serrana de la Vera presentan a ésta armada con una honda, unas flechas (33), una ballesta (34) y una escopeta, no insertándose en ninguno de ellos el uso del bastón o de la garrota. Empleando un sistema típico en la investigación etnográfica, veremos que las técnicas más rudimentarias corresponden indudablemente a las versiones más antiguas del romance. La honda, que se presenta en el romance de Azedo, es probable que coexistiera con la garrota que se adivina en las serranillas hoy desaparecidas y en las que se fundamentan los romances posteriores.

4. La Serrana lleva a su cueva al caminante y allí le prepara una cena de "perdices y conejos" por ella cazados. Luego obligará al viajero a pagarle el servicio prestado, al igual que la Serrana de Tablada:

"Díxome la moza:
-Pariente, mi choza,
el que en ella posa
conmigo desposa
o dame soldada" (35).

Ese mismo carácter se ve en la Serrana de la Vera cuando impone o fuerza al caminante un pago en forma de goce sexual:

"... y me hace acostar con ella" (36).

5. Existe una coincidencia general a considerar a la Serrana de la Vera como portadora de una belleza estereotipada. Pero si entresacamos de los romances, vemos que esta mujer está lejos de ser un modelo de belleza y de delicadeza, sin ni tan siquiera la bonachona consideración de Lope, que la hace "un poco fornida de persona" .Vélez crea una Serrana de gran exquisitez, adaptándola al papel que haría la actriz Jusepa Vaca, su amiga personal (37). La complexión robusta de la Serrana queda bien marcada en un romance por mí recogido en Endrinal de la Sierra (Salamanca), en el que se destacan algunas medidas del cuerpo de la mujer montaraz:

"Con vara y media de pecho,
cuarta y media de muñeca" (38).

La apariencia de "Yeguarisa trefuda" (39) de la serrana del Arcipreste la encontramos también en la Serrana de la Vera, según el anterior romance salmantino. Quedan claros sus caracteres animales:

"De medio cuerpo p'arriba
tiene figura de fiera;
de medio cuerpo p'abajo
tiene figura de yegua" (40).

Volvamos a Vélez. Parece que su obra gozó de gran popularidad en el siglo XVII, lo que llamó la atención general al tema que se trataba en la comedia, que no coincidía en su totalidad con la opinión que los extremeños tenían de aquella maléfica mujer. Ello movió a Azedo a poner en claro, siempre según él, la historia de la Serrana. En su libro citado, en el capítulo XX, diserta "del valeroso y determinado ánimo de la Serrana de la Vera". Señala que "esta determinada Serrana, natural de Garganta la Olla...y hija de muy honrados padres...", era tan hermosa que a todos enamoraba. Ella puso Sus ojos en un joven del pueblo, mas sus padres le propusieron otro casamiento. Ella no aceptó, y sus padres no cedieron, razón por la cual huyó de casa, "...como perdida, a habitar entre las fieras que esconde la grande fragosidad de aquellas altas y empinadas sierras...Dio esta hermosísima mujer, habitadora de los montes, en salirse a los caminos con una flecha al hombro y una honda en la mano..." A los viajeros los invitaba a comer y a dormir con ella en su cueva, y, tras robarles lo que llevaran, los mataba, para de esta manera no ser descubierta (41).

La Serrana de Azedo presenta algunas diferencias y algunas coincidencias con las comedias de Vélez y de Lope. La protagonista no es una ilustre dama de Plasencia (Lope), sino una joven aldeana de Garganta la Olla que huye al monte (Vélez) no por desengaños amorosos (Lope y Vélez), sino por problemas familiares derivados del desacato a la autoridad paterna. Lo que pudiéramos suponer una explicación del romance queda en una relación de hechos abstractos. No parece que el escritor de la Vera haga otra cosa que poner en prosa un pésimo romance de su propia autoría que nada tiene que ver con el que insertamos al principio (42). En él queda resumida la causa de la huida de la Serrana:

"De su casa se salió
y habitó en aquellas sierras,
sólo por no dar gusto
en un empeño que intenta.
Quiso casarse con quien
sus padres se lo reprueban,
y como desesperada
se fue a vivir con las fieras" (43).

Azedo no duda en darle un carácter histórico a la Serrana, iniciando así el movimiento historicista que tendrá su punto álgido en los siglos XIX y XX. El acepta la existencia de esta mujer en un tiempo cercano a la aparición de su libro, dando a entender que conoce hasta los nombres de los padres de la muchacha, aunque no los hace públicos "por no ser al caso". Esto contrasta con su otra afirmación sobre la antigüedad del romance. Lo poco conciso en los detalles de su explicación de la Serrana, que se opone a la minuciosidad con la que despacha otros apartados del libro, nos evidencia un truco o licencia empleado por el autor para hacernos patentes unos conocimientos respecto a ella de los que carece realmente (44).

Señala Menéndez Pidal que en el siglo XVII la tradición extremeña de la Serrana se diluyó y quedó convertida en un tema novelesco general en el que llegó a olvidarse la mujer y su entorno geográfico. Llegará a ser tratada a lo divino en algunos autos sacramentales: La Serrana de la Vera o La Montañesa, de Bartolomé Enciso, se representa en 1618, y en el año de 1619 se tienen noticias de La Serrana de Plasencia, de Valdivielso. Otro auto de ese siglo es El amante más cruel o la Serrana bandolera, de autor anónimo, descubierto por el placentino Vicente Paredes y publicado en su libro Orígenes históricos de la leyenda de la Serrana de la Vera (45). Parece que en la misma tradición están inspiradas Las dos bandoleras, de Lope de Vega, y la Ninfa del Cielo, de Tirso de Molina.

Hasta el siglo XIX no hay un intento serio para poner en claro la autenticidad histórica de la Serrana. El primero que inicia estos estudios es Cruz Rebollosa. Este erudito era de El Piornal, pueblo por el que también anduvo la Serrana en sus correrías. En un manuscrito fechado hacia 1850, en el que narra la historia de su lugar, dedica un capítulo a la Serrana de la Vera, y en él afirma que un sobrino del obispo de Plasencia, don Gutiérrez de Vargas y Carbajal, seduce a la "varonil" e ilustre doncella placentina y la abandona seguidamente, tras lo cual ella huye alas estribaciones de Peña Negra y Burguillos, en la Sierra de Tormantos. Allí dará rienda suelta a sus fechorías hasta ser descubierta por un pastor. Aunque en este apartado no dice la fecha de los acontecimientos, en otro capítulo intitulado Corrales de la Venta (de la Serrana) señala que ésta (la venta) desapareció en 1545, "en la época de la Serrana" (46), por lo que su existencia histórica corresponde al siglo XVI.

Posterior es el estudio de Vicente Barrante Moreno, quien recopila anteriores planteamientos y mediante un análisis muy particular de las comedias de Lope y de Vélez cree haber demostrado la verdadera historia de la mujer que "por amores malogrados cobró tal odio a los hombres, que se hizo salteadora de caminos, y no sólo vencía a los viajeros en sendas lides cuerpo a cuerpo, sino que los llevaba a su cueva, donde después de gozar con ellos los placeres sexuales en fúnebres orgías, los asesinaba sin piedad, señalando con rústicas cruces su sepultura, hasta que la justicia de Plasencia puso fin a sus aventuras en la horca" (47). Asegura que la Serrana es una ilustre doncella emparentada con casas nobles de Trujillo, Cáceres y Plasencia, y que sus descendientes eran conocidos de Lope. Esta razón de amistad, según Barrantes, fue lo que movió al dramaturgo a desfigurar la historia en lo más importante, como era el trágico final. No aporta el investigador otros datos sobre la mujer, pero no tiene reparos en reconocer el carácter histórico del seductor, don Lucas de Carvajal, en la forma expuesta por Lope. Su deducción arranca de los versos del acto primero, en el que Fulgencio pregunta a Fineo acerca del amante de la Serrana:

"Don Carlos, ¿no es aquel de Talavera,
sobrino de un obispo ya difunto?"

Afirma Barrantes que el "obispo ya difunto" ligado a las altas casas cacereñas no es otro que el obispo de Plasencia citado por Cruz Rebollosa. Estima, por último, que los hechos aventureros de la Serrana y su ejecución tuvieron lugar poco antes de la retirada de Carlos V a Yuste (48).

Será Vicente Paredes quien pretenda haber descubierto la filiación de la Serrana. Dice que la Serrana "fue doña María de Zúñiga, hija natural del Duque de Béjar, don Albaro, segundo de este nombre", según ficha que él enviara a Menéndez Pelayo (49). Pero donde se esperaba una aclaración más concreta, en su libro Orígenes históricos de la leyenda de la Serrana de la Vera, Menéndez Pidal no ha encontrado nada, como tampoco yo, que guarde relación con la leyenda (50). El mismo Pidal rechaza también el argumento de Barrantes respecto a la identidad del seductor (51).

Los historicistas encontraron eco en los posteriores estudiosos sobre el tema. Muñoz de San Pedro sigue fielmente a Barrantes (52), al igual que hace Gutiérrez Macías (53). Cortés Vázquez acepta el hecho histórico y, derivado de él, "una leyenda a todas luces deformada por incomprendida" (54). En Garganta la Olla rara es la persona que no dé nombre y apellido de la Serrana de la Vera. Dicen haberse llamado Isabel de Carvajal, y que aparece inscrita en un libro parroquial de 1560.

El escritor Publio Hurtado fue el primero que intentó aproximar la corriente historicista a la legendaria propiamente dicha. El aceptó el hecho histórico de la Serrana, aunque no dudó en señalar que "la imaginación popular...sacó su personalidad del campo de la verosimilitud, y llevándola al ilimitado de lo maravilloso, hizo de ella un ser sobrenatural, afirmando entonces y repitiendo aun hoy que la parió una yegua; que la piedra con que cerraba su cueva por la noche -que manejaba como nosotros podemos manejar una naranja- pesaba más de doscientas arrobas, y que de dicha piedra se hizo, por haberlo ella dejado así dispuesto, la pila bautismal existente en la iglesia parroquial de Garganta la Olla. Como prueba de lo extraordinario de su persona, enseñan sus paisanos al caminante que va desde este pueblo a Jaraiz una enorme peña a flor de tierra, de unos doce metros de superficie, en uno de cuyos extremos se ve un hoyo de la figura de un pie, y dicen que es la huella del pie derecho de la Serrana, que al plantarlo allí, ponía el izquierdo en la cúspide de un cerro que hay enfrente, a un kilómetro de distancia...En el término de Piornal también se enseña al curioso la célebre cueva, por ella convertida en rústico gineceo, donde dio vida a tanta torpeza y desafuero, y muerte a tanto incauto y deseoso" (55).

II. ANALISIS DEL MITO.

No soy el primero en afirmar el sentido evemerista, harto frecuente en gran número de eruditos extremeños, serviles casi siempre a las opiniones de las autoridades. Estos, al igual que el vulgo, hacen a la Serrana de la Vera una mujer con existencia real, sin importarle lo más mínimo y sin analizar los atributos paranormales o hechos que se le atribuyen, hechos que son comunes a otros entes reconocidos como míticos.

Leite de Vasconcelos señalaba que las leyendas, las creencias y las costumbres autóctonas sufren una modificación por contacto con otras civilizaciones. El folklore de las distintas regiones peninsulares se halla repleto de estas creencias y costumbres añejas, algunas de origen prerromano, resultando sumamente complicado separar los posteriores añadidos y dilucidar cuáles han sido sus modificaciones. Vamos a tener ocasión de comprobar que la Serrana de la Vera, tal y como hoy se presenta, es una figura mítica que ha sufrido algunas transformaciones en el tiempo, pero en la que, a pesar de todo, se hallan muchos elementos del mito primitivo.

Caro Baroja y José María Blázquez señalan características propias de la Serrana de la Vera, que resumen en siete puntos. Se trata: 1) de una mujer selvática y montaraz; 2) rubia, blanca, ojimorena y excesivamente bella; 3) de carácter viril y cruel; 4) cazadora; 5) que tiene por morada una cueva; 6) reduce a los caminantes, los lleva a su refugio y hace que se enamoren de ella; 7) a estos mismos hombres los mata posteriormente despeñándolos.

En mi opinión, estos datos que apuntan como característicos no son suficientes para determinar el sentido mítico de la Serrana. Hay que insistir nuevamente en la influencia que la literatura ha tenido sobre la primitiva leyenda. A un ser femenino y montaraz, tal vez cruel, se le atribuyen hechos que arrancan de un período posterior y que, sin embargo, aparecen como parte principal de los distintos romances. Incluso el aspecto físico, reseñado en el apartado dos, es el de una mujer de gran feminidad. Su retrato está muy lejos del ambiente en que se desarrolla la acción y, por otro lado, es el mismo retrato tipo que ya encontramos en el romancero (56). Igualmente pongo en duda el carácter erótico-criminal con que se la representa en algunos romances y lo considero como una adición reciente. Yo he recogido leyendas del mismo ciclo en dos lugares de la provincia de Cáceres próximos a la comarca de la Vera. En el pueblo de Ahigal, la encantá, como es nombrada, habita en el sitio conocido por "Huerto de la tienda". En las Hurdes, junto al Gasco, está el "Cotorro de las tiendas", donde vive la bravía jurdana. En ninguno de los dos casos la fantástica mujer se presenta como una maníaca asesina, sino como un guía que aparece en los senderos y atrae a los caminantes, a los que ofrece las numerosas riquezas que esconden en sus moradas. La encantá sólo persigue al viajero cuando éste muestra desdén al ofrecimiento que la mujer le hace. Pero aquí el caminante logra ponerse a salvo al cruzar un arroyo que separa los limites del territorio de la encantá. Menos suerte tuvo el pastor que se cruzó con la bravía jurdana y abusó de ella. La mujer le cortó la lengua con las tijeras que previamente le había ofrecido, para que así aquél no propagara la infamia.

Es indudable la relación de estas leyendas con otras de la mitología peninsular. Está claro el paralelismo de la encantá con Besandere, genio troglodita vasco (57), ya que ambas se inscriben a un espacio concreto, determinado por los rayos del sol en el genio que habita las cumbres de las montañas de Mondarain y por el arroyo en el caso de Ahigal. Pero al mismo tiempo queda patente un entronque común de estos seres citados, incluido la Serrana de la Vera, con Mari, jefe de todos los genios de la región vasca y numen en el que convergen numerosos temas míticos de procedencia indoeuropea (58). El también origen indoeuropeo de los mitos extremeños que se vienen señalando me lleva a estrechar las relaciones mitológicas de las dos áreas geográficas e incidir en un muy probable idéntico significado originario.

La Serrana de la Vera es un genio de sexo femenino y su nombre se hace acompañar de la denominación del lugar donde vive o la comarca en la que habita. Es conocida por la Serrana de la Vera, la Serrana de la Cueva y también solamente por la Serrana (59).

Importante es detenernos en su aspecto físico que, si hacemos caso de los romances, se presenta en dos formas distintas: la primera es la de una bella mujer que ostenta una hermosa cabellera, mientras que en la segunda la observamos como un extraño zoomorfo con apariencia de yegua.

En cuanto a la primera de las formas, de la que se hacen eco algunos romances al señalarle a la Serrana "una mata de pelo, que a los zancajos le llega", hay que señalar que se halla emparentada con múltiples mitos de la Península, tales como las xanas de Asturias, las sireñinas do mar de las costas gallegas y las lamias del País Vasco, teniendo todas ellas como ocupación el peinarse los cabellos dorados. La larga cabellera femenina como símbolo de virginidad ha llegado hasta hoy en la provincia de Cáceres y es fácilmente constatable en la literatura de la Edad Media. Esto se opone claramente al sentimiento erótico que se le achaca a la Serrana, y mas bien hay que considerarla asimilada con Diana o con su homónima griega Artemis, también virgen, cazadora y montaraz, según la presenta Homero. Posiblemente los romanos vieron en la Serrana a una diosa semejante a Diana y como a tal la aceptasen. Incluso el carácter violento que se presume en la Serrana y que se presenta claramente en los mitos paralelos de la encantá y de la bravía jurdana es el mismo carácter violento que observamos esporádicamente en Artemis.

Más importante que la anterior apariencia es aquella en la que la Serrana aparece con caracteres propios de yegua. No creo que aquí estemos ante la explicación de un posible delito contra la natura. En los mitos del norte vemos que tanto Mari como las lamias se presentan con las extremidades de peces, aves acuáticas, gallinas y mamíferos diferentes, según el mito se localice en la costa o en el interior. En Arano la figura de Mari es la de un caballo. En la Lusitania se atestigua la existencia de yeguas en época prerromana y en relación con estos animales nos topamos un culto a Zephyro en la misma región. Plinio, Columela, Varrón y Virgilio recogen la leyenda de que en un monte sagrado de la Lusitania el viento fecundaba a las yeguas. Tal monte, en opinión de Silio Itálico, se localiza en tierra de Vettones, tierra a la que también pertenece la patria de la Serrana. Este mito del viento fecundador no es exclusivo de la región ni de la Península. Homero dice que los caballos conducidos por Automedón eran hijos de una arpía fecundada por el viento Zephyro. No estaría descaminado analizar las posibles afinidades de la arpía, mitad mujer y mitad ave, con la Serrana en su aspecto semiantropomorfo.

Por lo dicho anteriormente se podría pensar en la relación de la Serrana de la Vera con una divinidad adorada en su propia tierra y esa relación es lógico considerarla de parentesco, ya que ella nacería de su madre, una yegua, y del dios viento, asimilado posteriormente al dios Zephyro. De esta manera la Serrana sería hija de una divinidad, el viento, equiparable al espíritu, y de una yegua, ciertamente virgen, fecundada por el espíritu. Estamos ante el universal mito de la virgen madre.

La morada de la Serrana es una cueva en la Sierra de Tormantos. Esta cueva hay que considerarla como entrada a su verdadero habitáculo que está situado en el interior de la tierra. Es en realidad el conducto que pone en relación a este genio con el mundo exterior. Para el hombre primitivo la cueva era sinónimo de santuario, constituyendo "el umbral vaginal de la Tierra-Madre, que sirva a ésta para cumplir su función universal eterna y crónica de dar vida a los seres de la Naturaleza" (60), viéndose aquellos hombres en la necesidad de crear mitos como el que estudiamos. Mas no sólo era sagrada la cueva, sino también el monte que servía de cubierta a la morada del genio y en el que se movía y se presentaba a los humanos. Montes sagrados son abundantes en España y nada impide que interpretemos como tal la Sierra de Tormantos. En la Lusitania la toponimia ha conservado hasta el presente siglo el nombre de Monte de la Diosa para designar la Sierra de Santa Cruz. Montes sagrados en Cáceres abundan, entre los que podemos destacar la Sierra de Dios Padre y el Monsagro. No hay dudas de que los montes impresionaron fuertemente la imaginación de los antiguos, tanto por el aspecto majestuoso y solitario como por las riquezas minerales que ocultaban, siendo todo ello la causa de que se les ofreciera culto. El dios habitador del monte entrega voluntariamente las riquezas minerales a todos los hombres, pero a veces estas riquezas son guardadas por estas divinidades en lo profundo de sus antros, como se vio en los mitos análogos al de la Serrana, para ofrecerlas solamente a quienes consideran merecedores de ellas.

Justino (61) habla de un monte sagrado en Galicia, lo que implica necesariamente la existencia de un genius loci o numen loci: se trata de una divinidad vinculada al rayo y a la tormenta, que habita en lo más alto, deidad que, según Leite de Vasconcelos, es el mismo Júpiter. Precisamente entre los atributos de la Serrana está el de fraguar tempestades, pues no de otra forma se interpretan los versos de inspiración popular que Vélez pone en boca de Pascuala:

(......y el cura
como ñublo te conjura
a la puerta de la ygrexa" (62).

El relacionar a la Serrana con tempestades no es algo que sorprenda lo más mínimo, ya que tal relación se da con frecuencia en otros mitos peninsulares del ciclo. Mari fragua nubes tempestuosas en las montañas vascas y la misma ocupación tiene el ñubero asturiano y el nubero gallego. Las tormentas en forma de pedrisco, de rayo y de grandes lluvias capaces de desbordar las gargantas son mandadas por la Serrana contra los que no cumplieron con ella dedicándole el culto merecido. En estos casos al pueblo sólo le quedaba el recurso de disminuir el poder destructivo de las tormentas mediante el conjuro y el empleo de otros medios eficaces. Los anteriores versos nos hablan del conjuro que el cura dirige a la nube, que no había dudas de estar dirigida por la Serrana o personificada en ella. De igual manera se recurre a las velas, como las que enciende el sacristán de Garganta la Olla:

"...cada vez que nuevas dan
de tu condición ingrata,
descomulgándote, mata
candelas el sacristán" (63).

El empleo de velas para alejar las tormentas no era de uso exclusivo de la iglesia. Cuando una nube peligrosa asoma por la cima del monte, todavía en las casas de la Vera se enciende un cirio bendecido el día de las Candelas o que haya alumbrado el monumento de Viernes Santo. Con idéntica finalidad se recurre a la "piedra de rayo", a la milagrosa oración de Santa Bárbara, al toque de campanas, a la quema de hierbas recogidas por San Juan y a la colocación en balcones y ventanas del olivo bendecido el Domingo de Ramos. La cruz levantada en la torre de la iglesia de Garganta la Olla no escapa a este significado e idéntica función de defender las cosechas contra la tempestad tienen las numerosas cruces erigidas en los campos del pueblo, aquellas que los naturales señalan como puestas en los lugares donde la Serrana cometió cada uno de sus asesinatos, y que recuerdan aquellas cruces y ermitas que los campesinos del norte levantaron y en las que rogaban devotamente para que Besajaun no hiciera daño a sus cultivos (64).

La Serrana, genio terrestre o fuerza telúrica y crónica, no sólo crea las tempestades en lo profundo de la tierra, sino que también engendra el viento, un viento que fecundará a ella misma, de la que nacerán seres o genios y de los que será madre y jefe. "Reina de las fieras" llama Azedo a la Serrana en el segundo de sus romances, frase que hay que interpretar como reina de otros seres con su misma figura, nacidos de su unión con el viento. El poder etónico y fecundante de la tierra es señalado: la fuerza telúrica en figura de yegua es esposa de su propio hijo.

Pero la Serrana posee otros atributos. Cabe mencionar su gran fuerza, que se refleja en las comedias, en la tradición y en los romances. Señalan que la pila bautismal del pueblo fue hecha con la piedra de doscientas arrobas con la que ella cerraba sin dificultad su cueva. Con gran facilidad arroja también piedras y derriba encinas al golpe de éstas, dejando enormes hoyos en el suelo, como el conocido por "El tiro de la Serrana". Una peña de doce metros de longitud que se veía a flor de tierra se suponía puesta allí por la Serrana.

Estos ejemplos pueden explicarnos la fuerza sobrehumana de la mujer y hace que la relacionemos con mitos o seres mitificados que se encuentran en toda Europa. El pueblo recurre a lo maravilloso cuando no es capaz de explicarse hechos particulares, como tan a menudo ha ocurrido con los monumentos megalíticos. Algunos menhires fueron abandonados por el diablo en Cataluña, zona de Finisterre y norte de Francia. Arrojan piedras enormes Santón, Roldán y los "gentiles", que en Extremadura son los moros. También en Francia opera el mítico Gargantúa (65).En Eljas (Cáceres) la mora encantada juega a los "mecos" con moles graníticas como si fueran nueces. El mitificado García de Paredes transportó la pila del agua bendita, de varias toneladas de peso, como si fuera una bandeja, para que su madre no tuviera que molestarse. Tal pila se la suponía puesta en la iglesia de Santa María de Trujillo por el mismo Hércules.

Unido al lanzamiento y traslado de las enormes piedras, nos topamos las huellas que dejan sobre algunas de ellas estos seres que consideramos míticos. En la Península abundan los ejemplos. En Roncesvalles se encuentra el corte que Roldán hiciera en una roca con su espada. En una piedra del alto de Andía se ven marcados los dedos del "gentil" que quiso arrojarla sobre el pueblo de Torano. Las huellas de los; pies de los "santos" se observan en algunas piedras, así como las de las pezuñas de sus animales. El relicario de la catedral de Coria guarda una huella de la pisada de la Virgen. Cerca de la ermita del Puerto, en Plasencia, se ven en un canchal los pasos de la Sagrada Familia, dejados cuando "huían a Egipto". Junto al río de Los Angeles (Las Hurdes) se aprecian dos hoyos en una roca, que se creen hechos por las penitentes rodillas de San Pedro de Alcántara. Los devotos de Alcántara taparon con piedras un hueco profundo ocasionado al caer al suelo la corona de la Virgen de los Hitos. Se supone que algunos grabados de la Edad del Bronce son huellas dejadas por las manos del gentil o moro. Los ejemplos son numerosos y nos llevan a no considerar como un caso aislado, ni tan siquiera en Extremadura, la huella que el vulgo cree hecho por la Serrana en una piedra al colocar allí su pie, y que se encuentra en el camino de Piornal. Puesto un pie en dicha piedra con el otro alcanzaba la cúspide del monte, en lo que se ha dado en llamar el "paso de la Serrana".

Los romances se fijan en la agilidad de la Serrana para saltar de peña en peña durante la persecución del fugitivo de la cueva. Pero a pesar de la agilidad y del extraordinario "peso" no logra atrapar al caminante. Esto resulta impensable si se compara la capacidad corredora de la Serrana con los pasos naturales del fugitivo. Observamos que de repente la Serrana se detiene de manera inexplicable y se conforma con arrojar una gigantesca piedra y con intentar atraer al pastor con engaños. Hay que buscar, ya que existe, una causa que obligue a pararse a la mujer, teniendo en cuenta que la causa no es el decaimiento físico. Al hablar de Besandere y de la encantá señalé que estos dos seres estaban adscritos a un espacio limitado por un arroyo, en el caso de Ahigal, y por los rayos del sol, en el mito vasco. Su presencia está reducida a un espacio del que no pueden salir. El arroyo salvó al molinero ahigalense de caer en manos de la encantá y, de igual manera, el escapar de las sombras libró al pastor de Itxasu de caer en manos de Besandere. No hay dudas de que tanto la Serrana de la Vera como los dos seres anteriores están adscritos a un lugar determinado, que en el caso de la primera es la Sierra de Tormantos. Ella ha de residir forzosamente dentro de ese espacio limitado por unas fronteras no excesivamente claras pero que, en mi opinión, se extienden por un círculo aproximado de dos leguas de radio partiendo desde la cueva, centro del círculo y morada de la Serrana. Algunos romances hablan de las dos leguas que llevaba andadas el fugitivo cuando se vio sorprendido por la mujer que, sin embargo, no puede continuar su carrera. El cruzar los límites del espacio sagrado se puso fuera de peligro el escurridizo pastor, por cuanto que la Serrana estaba imposibilitada a traspasar sus fronteras. Si bien su presencia es imposible fuera del entorno sagrado, nada impide que la influencia o la fuerza de sus actos llegue más lejos y recaiga sobre las personas que habitan en sus proximidades. La piedra que arroja sale fuera del recinto sagrado y ya se vio que las tormentas fraguadas y dirigidas por ella van más allá del monte en que habita.

Resumiendo lo anterior, me atrevo a asegurar que la Serrana de la Vera es un ser mitológico femenino que se presenta en forma de mujer de larga cabellera o en figura antropo-zoomorfa, con mitad de mujer y mitad de yegua. Está adscrita a un recinto sagrado circular de dos leguas de radio, partiendo desde la cueva que es su habitáculo y el lugar donde fragua o por donde salen las tempestades que dirige contra los que no cumplieron para con ella. Fecundada por el viento, la Serrana de la Vera se convierte en madre y reina de otros seres o genios semejantes a ella. Entre sus atributos principales destacan la capacidad para trasladarse en largas distancias merced a un solo paso, así como la gran fuerza, siendo capaz de lanzar o mover enormes masas de piedras.

Por lo expuesto hasta aquí, se puede ver el carácter no natural de la Serrana, lo que lleva a aceptar como erróneos o poco ajustados los planteamientos de aquellos escritores que encontraron en ella a un personaje "histórico" con unas características a destacar sobre sus contemporáneos. Pienso que la Serrana de la Vera, con las variantes que se dan en otros lugares distintos a Garganta la Olla, no es más que una personificación o símbolo de la Tierra, como se desprende del dominio que ejerce sobre las fuerzas terrestres y de su identificación con los fenómenos supuestamente venidos del interior del planeta.

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(1) ¿Es de origen mítico la Serrana de la Vera?, en RDTP. II, 1946, pág. 572 ss.

(2) De esos autores iré dando cuenta a lo largo del trabajo.

(3) Fue publicado en Madrid, por Andrés García de la Iglesia y a costa de Juan Martín Merinero.

(4) MENENDEZ PELAYO, M.: "Obras de Lope de Vega, publicada por la RAE", II, en Crónicas y Leyendas de España, 6ª ed., Madrid, 1901, pág. XI. BARANTES MORENO, V.: "La Serrana de la Vera", en Narraciones Extremeñas. Madrid, 1872, pág. 15 ss.

(5) MENENDEZ PELAYO, M.: Op. cit., págs. X-XI.

(6) DOMINGUEZ MORENO, j. M.: "Hurdes: origen de una leyenda", en Diario Hoy (Badajoz), 18, 19 y 20 de julio de 1978.

(7) MENENDEZ PELAYO, M.: Op. cit., pág. IX.

(8) "I. La Serrana de la Vera, publicada por Luis Vélez de Guevara", en Teatro Antiguo Español. Textos y Estudios, Madrid, 1916, pág. 125 ss.

(9) Vv. 130-160 y 839-856.

(10) Vv. 350-352.

(II) Vv. 659-661.

(12) Vv. 773.

(13) Vv. 2134-2150.

(14) Es el comienzo de algunos romances.

(15) MENENDEZ PIDAL, R.: Op. cit., págs. 136-137.

(16) GIL. B. : Cancionero Popular de Extremadura, II. Badajoz, 1956, pág. 33. CID, j. A.: "Romances de Garganta la Olla", en RDTP, XXX, 1974, págs. 484-486. GUTIERREZ MACIAS, V.: "Una mujer legendaria: La Serrana de la Vera", en Mujeres Extremeñas, II. Salamanca, 1977, pág. 244 SS.

(17) "Romances que deben buscarse en la tradición oral", en RABM, XIV, 1907, pág. 33.

(18) ALONSO CORTES, N. : Romances populares de Castilla. Valladolid, 1906, pág. 69.

(19) COSSIO, j. M.: Romances de tradición oral. Buenos Aires, 1947, pág. 107 ss.

(20) CARO BAROJA, j. : "La Serrana de la Vera o un pueblo analizado en conceptos y símbolos inactuales", en Ritos y Mitos equívocos. Madrid, 1974, págs. 289-290.

(21) Op. cit., pág. XII.

(22) MENENDEZ PIDAL, R. : Op. cit., :pág. 243.

(23) ALONSO CORTES, N.: Op. cit., pág. c.

(24) RODRIGUEZ MOÑINO, A. : Diccionario Geográfico l Popular de Extremadura. Madrid, 1965, pág. 206.

(25) Vv. 129-168 y 839-856.

(26) MENENDEZ PELAYO, M.: Op. cit., pág. 238.

(27) Ver CID, GUTIERREZ MACIAS y GIL. En lo mismo inciden dos romances que he recogido en Ahigal (Cáceres) y Endrinal de la Sierra (Salamanca).

(28) Los romances anteriores dicen: "Puso una piedra en su honda / que pesaba arroba y media".

(29) MENENDEZ PIDAL, R. : Op. cit.

(30) HURTADO, P.: Narraciones extremeñas. Cáceres, 1902, págs. 70-74.

(31) HURTADO, P.: Op. cit., pág. c.

(32) CARO BAROJA, J . : Op. cit., pág. 280.

(33) AZEDO DE LA BERRUEZA, G. : Romance citado.

(34) Romance indicado por Menéndez Pidal.

(35) RUIZ, J. : "Cantigas de Serranas", en Cancionero y Romancero Español. Recopilación de Dámaso Alonso. Madrid, 1966, pág. 62.

(36) Romance de Azedo.

(37) MENÉNDEZ PIDAL, R.: Op. cit., pág. 16.

(38) GUTIERREZ MACIAS, V.: Op. cit., pág. 244 ss.

(39) MENENDEZ PELAYO, M.: Op. cit., pág. c.

(40) Romance de Endrinal de la Sierra.

(41) MENENDEZ. PELAYO, M.: Op. cit., págs. X-XI.

(42) MENENDEZ. PELAYO, M. : Op. cit., pág. XI.

(43) BARRANTES MORENO, V.: Op. cit., págs. 15-18.

(44) La obra de Azedo ha sufrido algunas críticas que la acusan de excesivamente imaginativa y fantástica.

(45) Plasencia, 1915.

(46) Manuscrito que copia A. Corchón en su Bibliografía Geográfica Extremeña, págs. 565-566.

(47) BARRANTES MORENO, V.: Op. cit., págs. 1-2.

(48) BARRANTES MORENO, V.: Op. cit., págs. 19-27.

(49) PAREDES, V.: Op. cit. Da cuenta Menéndez Pelayo: Op. cit., pág. XIV.

(50) MENÉNDEZ PIDAL, R. : Op. cit., pág. 130, nota 1ª

(51) Op. cit., pág. c.

(52) Extremadura (la tierra en que nacían tos dioses). Madrid, 1961, pág. 70 ss.

(53) Op. cit., Por la geografía cacereña (fiestas populares).Madrid, 1968, pág. 207.

(54) Viaje literario al norte cacereño. Salamanca, 1973.

(55) Op. cit., págs. 70-74.

(56) GIL, B. : Op. cit.

(57) GARCIA GARCIA, S.: Flores de mi tierra. Cáceres, 1941. BARANDIARAN, j. M.: "Diccionario ilustrado de mitología vasca", en Obras completas. Bilbao, 1972, pág. 58.

(58) BARANDIARAN, J. M.: Op. cit., pág. 168.

(59) DOMINGUEZ MORENO, J. M. : Diccionario Mitológico de la Alta Extremadura. (Inédito).

(60) GOMEZ TABANERA, J.: "La caverna como espacio sagrado en la Prehistoria humana", en BIE " Hoyos Sainz". Santander, 1973, pág. 113.

(61) Epist. Hist. Phil., XLIV.

(62) Vv. 2707.2709.

(63) Vv. 2710-2713.

(64) AZCUE, R. M. : Euskalerriaren yakintza, 4 tomos. Madrid, 1935.

(65) AMADES, J. : "Mitología megalítica", en Ampurias, III, 1941, pág. 116. QUARRE-REYBOURBON, L.: Les monuments dans les departaments du Nord et du Pas-de-Calais. Tournai, 1896, pág. 8. SEBELLOT, P.: Gargantúa dans les traditions populaires. París, 1883, pág. 6.